Pertenezco al tipo de exiliados que se resisten a la asimilación. Aunque no estoy seguro de que esto obedezca a una decisión consciente. Acaso lo que sucede es que no he podido asimilarme y racionalizo este fracaso diciendo que así lo quiero. El hecho es que después de todos estos años no me he ido de México. Inés Arredondo decía que, estando en el extranjero, sus ojos seguían llenos de los tonos verdes del Paseo de la Reforma. Y el muchacho de la película argentina Martín H escapa de Madrid y toma el avión de regreso a casa porque —dice— extraña las azoteas de Buenos Aires. A mí me ocurre algo semejante, aunque no tan melancólico porque tengo la fortuna de poder pasarme en México tres meses de cada año.
He llegado a entender que mi país, visto desde los ojos de Europa, resulta caótico y hasta salvaje, especialmente la Ciudad de México: es demasiado agresiva para los sentidos. Las calles están llenas de ruido, no sólo el ruido normal de tráfico de automóviles, ambulancias y patrullas de policía que hay en toda ciudad grande, sino también otro, el que producen los vendedores de música pirata que han invadido hasta los trenes del metro. Luego están los olores: esos miasmas que en casi todas las estaciones del metro se desprenden de los puestos de vísceras fritas y de los charcos de agua sucia.
Y sin embargo todo esto acaba por asumirse, como asume uno los mosquitos cuando va a la playa. Ya ni siquiera me molesta, a tal grado que, viajando por otras ciudades de Latinoamérica, encontrar una paisaje urbano semejante me produce una agradable sensación de estar en casa.
En la Ciudad de México, viví muchos años en el barrio de San Pedro de los Pinos. Y ahora, cuando debo dejar la tranquilidad de la casa solariega de mis padres, en el Estado de Hidalgo, y voy a la Ciudad de México para alguna diligencia, me quedo en casa de mis hermanos, en el mismo barrio. Hay algo que me lleva allá una y otra vez, al grado de que, si no conociera a nadie ahí, creo que buscaría hospedaje en uno de los hoteles del rumbo. Religiosamente, no paso unas vacaciones sin visitar mis lugares favoritos y cumplir con los rituales que el tiempo y los afectos me fueron creando: ir a almorzar al mercado, comprar cualquier cosa en el carro de productos oaxaqueños que se pone por ahí todos los viernes, ir a tomarme una cerveza o varias a la cantina Pierrot de la calle 17, aunque ya no trabaje ahí Esperanza, la mesera incansable que parecía saberse las historias de todos los que asistíamos regularmente. Con un sentimiento parecido, me gusta cenar en alguno de los restaurantes de chinos que se hallan en Revolución, casi llegando a Tacubaya, y comer gorditas de Zacazonapan de las que se encuentran en dirección opuesta, hacia el sur, ya llegando a Mixcoac. En fin, ésas son mis azoteas: las cosas que me proporcionan la excusa necesaria para no asimilarme al exilio. De las personas ni hablar: esos afectos son mi verdadera Ítaca. Y no hablo sólo de San Pedro de los Pinos, por supuesto, sino de toda la Ciudad de México y de mi pueblo.
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26 comentarios:
Hay tantos tangos hermosos que hablan de vos.La nostalgia tiene sones, tiene su propia poesía.Es tan fuerte que podés sentirla aunque nunca te hayas ido mucho tiempo de tu propia ciudad, como es mi caso.
Yo extraño una azotea en especial: esa desde la que miraba las estrellas, mapa del cielo en mano, tratando de aprenderme las constelaciones , hace más de veinte años. A veces voy hasta ese barrio y miro la puerta de esa casa que tanto amé.
Los tangos... mi infancia estuvo llena de ellos. Lástima que ya no se escuchen tanto por acá.
La añoranza de las raíces... Hermoso sentimiento. Yo viví en tantos lugares que no tengo a donde volver, ninguno es mi "casa".
Felicidades.
Ay, !México! qué nostalgia tengo, por Dios... Pues, la verdad, hizo falta tomarnos una chela este verano ahí en una esquina de Coyoacán...
Creo que hay cosas que no se deben perder, y aun los más asimilados no pierden, sólo se engañan... ¿o no?
Yo, por mi parte, tengo una invitación inesperada para ir a Morelia a principios de Octubre... pero nada como el DF para calmar mis ansias de mi segunda patria...
te mando un besote Agustín...
Gracias, Ilana. Yo también te extrañé este verano. Espero que el próximo pueda llevarte a la Pierrot. Besos.
Paloma: No conozco esa historia tuya de errancia. Cuéntame.
El sabor de la casa nada lo asemeja, te leo y vuelo a mis azoteas y a un país que llevo no sólo en la sangre o en los afectos, sí.
Hermosa manera d narrar la nstalgia del que se sabe lejos pero a la vez tan cerca.
Un saludo,
OA
Yo en lo particular, creo en las raíces ancladas al viento. Suelo tener nostalgia de Veracruz pero cuando vivo ahí se me borra y añoro cualquier otro lugar. Gracias por anexarme a tu blog.
MEXICO es una ciudad hermosa.
Tenga olor a lo que tenga ,sea ruidosa ,embarullada etc etc .
Prefiero gastar mi dinero en MEXICO y no en ORLANDO Y MIAMI.
Además el país azteca es superinteresante.
hmmm... gorditas de Zacazonapan...
Aunque nunca he dejado de vivir en esta ciudad monstruo, añoro los barrios en lo que antes viví, como Mixcoac. Lo bueno es que desde la Escandón en donde ahora vivo, las gorditas de Zacazonapan me quedan tan cerca...
saludos, n.
Ophir: Gracias por tu comentario y por seguir visitando este espacio. Saludos.
Frinee: No sabía que eras de Veracruz. Me encanta el puerto y todo ese Estado. Te extrañamos el viernes.
Ana María: Si un día sucede que andes por México en el verano, mándame un mensaje. Me gustaría saludarte personalmente.
Montserrat: Así que casi somos vecinos. Tal vez podríamos verbos un día para un café. Saludos.
Que lindo serìa poder ir en verano ,siempre lo hago fuera de temporada -razones de peso $-.
Lo más probable es que por nuestra megalomanìa-viajamos a festivales en AUSTRIA- cruzamos frontera y quizás te saludemos en esos lugares sin sombras.
Ana María: Me dará mucho gusto saludarte en Hungría y mostrarte lugares. No dejes de avisarme cuando vayas.
No me he alejado lo suficiente de mi país, pero bastan unos años para sentirme extraña en aquellos sitios donde me sentí refugiada en mi propio hogar, se me agotaron los espacios para desahogar mis nostalgias del pasado... ahora sólo queda escribir... y ser expuesta.
De la Cd de México... extraño las visitas a los museos y el Zócalo...
Cloud: ¿Dónde vives ahora? Te mando saludos hasta donde estés.
"Cuando emprendas el viaje hacia Itaca, ruega que el camino sea largo, lleno de aventuras, de descubrimientos"...Me encanta ese poema de Kavafis y me encanta tu amor por San Pedro de los Pinos, que quizá no es profundamente nostálgico pero se lee y se siente auténtico, desde el alma.
Gracias por la cita, Branwen. De verdad es hermosa. Me hubiera gustado verte este verano. Escríbeme cuando puedas.
Hay comportamientos y aprendizajes tan grabados en nuestro consciente, que trasparon éste y dejaron marca en el insconsciente. Cuando esto ocurre, no hay cirugía que lo cambie. Salvo una lobotomía, claro.
Saludo.
Maestro,
Excelente texto. Recibí tu correo. Gracias. ¿Recibiste mi respuesta? La envié el lunes, sime por favor si la recibiste Te abrazo.
Hola, Abraham. Gracias por el comentario. No recibí tu correo. ¿Me lo puedes mandar otra vez, por favor? Abrazo.
Agustín,
Entiendo lo que dices de resistirte a asimilar el exilio. A mi me pasa lo mismo viviendo en Palm Beach. Todos piensan que es un paraíso, pero yo extraño mi Ítaca, que es Tijuana y su muy particular movimiento cultural. Tal vez porque ahí me hice adulta y mi camino me llevó a ser escritora, cuando yo pensaba ser actriz.
Hace dos meses estuve en México DF y recordé lo mucho que me gusta esa enorme ciudad, que antes solia visitar mucho. Mis lugares favoritos eran el mercado de artesanías, Coyoacán, el mercado de Sonora, y la casa de mi prima en San Bartolo.
Empatizo contigo desde el exilio.
abrazos,
Regina
Regina, me hubieras dicho que ibas a la Ciudad de México. Yo también andaba ahí hace dos meses. Me hubiera gustado darte un abrazo y platicar. Bueno, nos seguiremos escribiendo desde el exilio.
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