martes, diciembre 21, 2010

El testigo

—¿Te traigo otro café?

—Sí, mi amor. Gracias.

José Luis se acercó a la silla de Liz, se paró detrás de ella y le dio un poco de masaje en los hombros sobre el pijama de franela; luego se llevó la taza vacía y de paso el cenicero sucio.

Aquella noche, como muchísimas noches desde que se casaron, él le hacía compañía mientras Liz trabajaba en la computadora. José Luis vendía enciclopedias de casa en casa; caminaba todo el día y al final de su jornada sólo deseaba llegar, quitarse los zapatos y disfrutar la cercanía de su mujer, sentir su presencia, mirarla haciendo sus cosas. A veces le parecía que trabajaba más que él y eso lo hacía sentirse mal, no por la diferencia de ingresos sino porque le hubiera gustado ayudarle de alguna manera. Bueno, a veces le ayudaba. Liz hacía traducciones para un par de revistas y, cuando algo no le sonaba bien, se lo leía en voz alta a José Luis. Él le daba su opinión. Juntos buscaban la palabra exacta.

Regresó de la cocina con la taza humeante y el cenicero limpio. No había ya lugar para eso: Liz trabajaba ocupando todo el escritorio.

—Ponlo encima del diccionario —le dijo ella sin mirarlo y, viendo el cenicero limpio, tomó un cigarrillo de los que tenía al lado del monitor. José Luis dejó las cosas a un lado y se adelantó a prendérselo.

—¿Cómo vas? —volvió, con placer, a masajearle los hombros. Hacía frío. Era diciembre y el departamento se sentía helado.

Las manos de Liz dejaron un momento las teclas y comenzaron a acariciar esas otras manos que se habían detenido sobre sus hombros.

—Bien. Pero me falta mucho.

—Es para mañana, ¿verdad?

—Para al rato. Ya va a ser la una —dejó de acariciarlo y volvió al teclado.

Las manos de su marido reiniciaron su movimiento, ahora con más presión.

—Estás tensa.

—Tengo frío.

—¿Quieres que te traiga un cobertor?

—No. Así me mantengo despierta —le dio un trago a su café y una fumada a su cigarro y siguió trabajando. Lo hacía rápido generalmente, cuando no se topaba con términos técnicos.

José Luis se quedó un poco más a su lado, contemplando las cosas desordenadas en el escritorio como si hubieran sido objetos preciosos: varios diccionarios grandes, post-its con anotaciones pegados por todas partes, una caja redonda de metal de galletas danesas, una taza del día de San Valentín llena de lápices y plumas, una cinta adhesiva, una engrapadora, el libro en fotocopias que Liz iba traduciendo... lo poco que quedaba libre estaba cubierto de moronas de galletas.

—¿Por qué no me dictas? Ya ves que así es más rápido.

—No. Necesito ver lo que voy escribiendo.

José Luis comprendió que ella no podía concentrarse con él ahí y fue a sentarse en el sofá sin hacer ruido. Se quedó mirando su árbol de Navidad: un arbolito pequeño pero que por lo menos no era de plástico. Ni él ni Liz encendían mucho las luces, no tanto por ahorrar electricidad sino porque los dos eran distraídos y no se acordaban. Tomó un libro de la mesa de centro y se puso a leer. Era el tomo correspondiente a las letras R-S de una enciclopedia. Le gustaba leer sus enciclopedias, no sólo porque así podía venderlas mejor, sino porque de esa manera nunca se aburría. Pasaba de una ciencia a otra, de una época a otra, de un país a otro. De la geografía de Rumania a los poemas de Rumi y a la anatomía de los rumiantes.

Oyó que Liz encendía otro cigarrillo, lo cual significaba que pronto querría otro café. Conocía de memoria los hábitos de su esposa y esto le causaba una enorme satisfacción. Contó hasta diez y se levantó por la taza en el momento en que ella hacía la silla hacia atrás.

—No te levantes. Yo te traigo el café.

—Voy al baño.

Era verdad. José Luis no había calculado eso. A través de la nube de humo de tabaco la vio darle la espalda y caminar hacia el baño: una figura atractiva, hechicera, con su pijama de franela y sus pantuflas del gato Silvestre. Aunque él no fumaba (a un vendedor le da muy mala imagen tener voz, aliento y dientes de fumador), no le molestaba que ella lo hiciera.

Fue a servir el café. Por la ventana de la cocina se veía el cubo del edificio y, enfrente, el departamento de los vecinos. Habían puesto en su ventana una corona navideña que a Liz le parecía horrible. Y todo el día estaban tocando su disco de temporada a todo volumen, quizá creyendo que era generoso de su parte compartirlo con los demás. Por eso Liz prefería trabajar de noche, cuando no había ningún ruido.

—Hace frío —dijo ella al salir del baño. Se acercó a él, que acababa de dejar la taza en el escritorio, y lo abrazó.

—¿Y si hacemos el amor? —le dijo, coqueta.

—¿Ya terminaste?

—No, pero así se me quitan el sueño y el frío.

José Luis se quedó pensando. La deseaba, pero no le gustaba quedarse solo en la cama después de hacerlo y que ella volviera al escritorio.

—Ándale, ¿sí?

No. No lo convencía. Si ya se iba a quedar a dormir, estaba bien; pero así, no.

—¿Te falta mucho?

—Sí. Un poco —le respondió ella frotándose los ojos.

—Te espero hasta que termines y luego lo hacemos.

Ahora era Liz quien dudaba, y él quien trataba de convencerla.

—Y te doy un masaje para que se te quite lo tensa

Ella torció la boca, un poco en broma.

—No. No me esperes.

Luego añadió, a modo de explicación:

—No sé a qué hora termine.

Volvió a su lugar en el escritorio. El protector de pantalla se había puesto: era nieve cayendo sobre un paisaje alpino.

—Sí te espero. Yo no tengo sueño.

José Luis fue a encender el árbol de Navidad, contagiado por el espíritu de ese protector de pantalla. Enseguida volvió al sofá y a los volúmenes rojos de su enciclopedia.

Ya había acabado de leer la historia de Rusia y estaba por pasar al átomo de Rutherford cuando oyó la voz tartamudeante de Porky: “E-e-eso es todo, amigos”. Era la señal de apagado de la computadora. Liz había terminado y estaba bostezando.

Él cerró el libro.

—Me adelanto a la cama para calentarte tu lugar —le dijo. Sabía que antes de acostarse, ella iría a orinar, a lavarse los dientes y a revisar que todas las llaves estuvieran cerradas.

Ya en la habitación, se metió rápido bajo las sábanas y se pasó al lado de ella, junto a la pared. Se quedó viendo el adorno navideño que habían colocado en el vidrio de la ventana y, por un momento, se acordó de su padre ya fallecido: a él no le gustaban esas cosas; le parecían puro consumismo y nada de espíritu cristiano. Pensó con nostalgia en su familia, que vivía en otra ciudad, y cerró los ojos.

Cuando Liz se sentó en la cama para quitarse las pantuflas, él estaba casi dormido. Se pasó a su lugar, donde las sábanas se sentían frías como losas de mármol. En la oscuridad sintió que ella lo abrazaba.

—Entonces qué —le dijo en voz baja, traviesa—. ¿Ya no quieres?

José Luis se volvió hacia ella: sus manos olían a jabón y todavía un poco a cigarro. Los dos bostezaron al mismo tiempo. Empezaron a acariciarse con toda la intención de llegar hasta el final, pero se quedaron dormidos antes, abrazados, con el pantalón del pijama a las rodillas.

Ninguno se había acordado de apagar el árbol.