viernes, mayo 06, 2011

En el aniversario luctuoso de Ricardo Garibay


En su libro de entrevistas Los escritores y Dios (Nueva Imagen, 1997), Adela Salinas preguntó a Ricardo Garibay si le tenía miedo a la muerte. Él respondió “Sí, claro, por supuesto”. Ella siguió con el tema, con ese implacable entusiasmo del interlocutor que sabe que ha tocado una fibra muy sensible. Ricardo Garibay tenía entonces setenta y cinco años. Esto fue parte del diálogo que tuvo con la joven escritora: “La visión momentánea de la muerte acarrea un sobresalto sumamente violento. Sí, me da miedo.” “¿Pero, y su literatura?” “¡A mí qué coño me importa mi literatura si yo me muero!” “Pues lo vuelve eterno...” “A mi literatura, no a mí.” “Pero es una manifestación de usted...” “¡Qué coño! ¡Me vale! ¡Yo ya no sabré nada! Esto es el temor, esto es el espanto: Yo ya no sabré nada.”

Hoy, quince años después de esta conversación, la obra de Ricardo Garibay está efectivamente desamparada de él. Está tal como él, en sus más violentos arrebatos de descreimiento, la veía: sola. Condenada a seguir sin su creador, independiente de él. Más de cuarenta libros que incluyen novelas, cuentos, ensayos, crónicas, reportajes, memorias...

Fue un hombre apasionado por escribir, que llegó al grado, como él mismo lo dijo, de “no valer para otra cosa”. Como pocos, convirtió la vida en la materia prima y sustancial de la creación literaria, y —hecho que ahora cobra su dimensión plena— convirtió la muerte y la pérdida en sus grandes temas. Ciertamente, hace varios años dijo José Emilio Pacheco que Beber un cáliz (1965), sin duda la novela más importante de Garibay, “significa para la prosa mexicana lo mismo que Algo sobre la muerte del mayor Sabines para nuestra poesía.” Es curioso que los dos autores comparados por Pacheco dejaran su obra a la intemperie histórica con tan pocos días de diferencia.

Quizás ahora, ya con más de una década de distancia, pueda hacerse por fin un balance general. Porque mucho se ha estado escribiendo sobre la obra de Ricardo Garibay, con su asistencia o sin ella. Ahí están una tesis de la joven narradora Natalia Arias, una biografía de María Esther Núñez, un libro de entrevistas de Ricardo Venegas, un abultado expediente de ensayos universitarios y notas publicadas... Algo, gracias a lo que de ellos se conoce, puede verse ya como una primera conclusión parcial. Si de algún consuelo le hubiera servido al maestro, no sólo le sobrevive su obra. Queda también esa historia fascinante que fue su vida: algo quizá más evanescente, quizá más real, pero que estrictamente hablando, es él. Ricardo Garibay se ha ido, queda Ricardo Garibay. ¿Lo sabrá? ¿Lo sabría en aquel entonces, cuando recibió en su casa a Adela Salinas para hablar de Dios y de la muerte y de la pasión de vivir? “¿Qué cosas le ofrecía el mundo que...?” “¡Todo! ¡Todo!” “¿Por ejemplo?” “Vivir todos los días: levantarse, nadar, bailar —aunque nunca bailé—, ver a las mujeres, tener a las mujeres, pelear a fondo, emborracharme. Todo lo que es el mundo.”

Para quien lo haya olvidado, Ricardo Garibay dejó todo esto el 4 de mayo de 1999.