jueves, noviembre 08, 2012

Tres libros de Socorro Venegas

La risa de las azucenas. Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 (Núm. 151) 113 pp.



La risa de las azucenas es una colección de relatos cuya mayor cualidad es la intensidad emotiva. Esto es difícil de lograr cuando no se tiene talento, aunque el autor haya tomado infinidad de talleres. Y a Socorro Venegas lo que le sobra es talento. Trátese de historias de alcohólicos, de niños solitarios o de mujeres encerradas en el fondo de sí mismas, la autora consigue una perfecta tensión entre sus dos tonos dominantes: la violencia y la ternura. Esto se debe, en parte, al ritmo de su prosa: concentrado, duro, ajeno a esa lasitud que tanto daño ha hecho a la literatura mexicana de las últimas décadas. Pero también es responsable de este efecto la despiadada distancia que la escritora ha establecido desde el principio entre su mirada y sus personajes: no hay simpatía ni lástima ni presunción. Los seres de Socorro Venegas deambulan a través de un mundo helado en un estado de completo desamparo. No son sus hijos ni los trata ella como tales; no los sobreprotege, como lo hacen muchos de nuestros narradores, no los lleva de la mano ni los convierte en proyecciones narcisistas de sí misma. Aunque sean los seres más huérfanos del mundo. La suya es una literatura áspera, desnuda. Y sin embargo, el giro justo en el momento necesario, el adjetivo preciso, logran la magia: lo tierno se hace visible bajo las cuarteaduras del dolor cotidiano. Por eso estos cuentos son conmovedores. Me refiero, por ejemplo, a “Diario de plenilunio”, una historia donde el Apocalipsis es ese instante dulcísimo y esperado en que por fin la muerte toma para sí la cara de la bendición. Me refiero también a “El globo terráqueo”, a “Cristina”, a “Los niños que van a morir”, a “El hada”, a “El periplo de Espartaco”... Es difícil hacer una lista: me gustan todos.

La risa de las azucenas nos muestra el poder profundamente perturbador de la belleza. En este libro, nada hay más violento que la ternura.





La muerte más blanca. Cuernavaca, Mor., Instituto de Cultura de Morelos, 2000. 68 pp.




Socorro Venegas se dio a conocer como narradora con el libro de cuentos La risa de las azucenas (Tierra Adentro, 1997). En esta primera colección se advertían ya las que serían las características más notables de este oficio literario: la dureza de la voz, la contundencia del estilo, la potencia de la imaginación, la sensibilidad para el hallazgo anecdótico, la tensión entre las fuerzas opuestas de la ternura y la violencia.

Ahora, en La muerte más blanca, Socorro Venegas agrega a estos ingredientes una energía vital que se manifiesta en el sustrato anecdótico como erotismo, lealtad hacia los impulsos primarios, exacerbación de la vivencia del mundo interno y del de los actos humanos.

Se trata de diecisiete historias —número de esperanza—, unas de varias páginas, otras de un párrafo. Unas se desarrollan más o menos en esta época; otras, en el pasado histórico. Unas tienen ocurrencia en sitios reconocibles: Lisboa, Amsterdam; otras, en un espacio casi mítico, un poco mediterráneo, un poco mexicano. Y a veces, también, está ahí la presencia del desierto como un reflejo externo de inabarcables soledades interiores.

Continúa la exploración de los temas que ya habían cobrado en Socorro Venegas una memorable fuerza expresiva: el alcoholismo y la orfandad radical de la infancia. “Los borrachos son la gente que más me gusta. Sólo con ellos puedo entenderme y sólo ellos me entienden”, declara la niña protagonista de “Día de Santa Amada”. El alcohólico, ciertamente, y como ya lo han experimentado otros escritores —Malcolm Lowry, Charles Bukowsky, José Revueltas — es un ser que, desde su insalvable aislamiento, ha recuperado alguna forma de inocencia primigenia; un adulto que ha podido volver al desamparo de la infancia, a ese estado de dependencia en el cual necesitaba que lo cuidaran y lo llevaran a dormir. El alcohólico es hermano del niño.

Varios de estos relatos —“La higuera”, “La muerte más blanca”, “Refugiados”, “Jericó”— tienen elementos eróticos. Sin embargo sería un error leerlos como literatura erótica. El amor sexual, en ellos, es expediente anecdótico que, al igual que la infancia, el desierto o los secos diálogos de los personajes, pone de manifiesto el aislamiento radical de los individuos en el interior de sí mismos.

Así, nada en este libro —y me atrevería a afirmarlo respecto de la obra completa de Socorro Venegas— se aparte de una visión del mundo centrada en la experiencia subjetiva: narrativa dantesca en el sentido estricto. Odisea interior. Largo viaje de retorno a una Ítaca que tal vez desapareció antes de todo, a una “isla del recuerdo” que estallará sola, sin Penélopes que esperen nada.

Veo en La muerte más blanca el segundo círculo de un descenso que parece saber lúcidamente adónde va. Y los recursos literarios que lo permiten, lo guían y lo obligan son cada vez más depurados, más penetrantes.





Todas las islas. México, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, 2002.




De voz dura, voz fraguada más en los purgatorios rurales de diversas geografías vistas o soñadas que en el rumor adecentado de las avenidas urbanas, de pocas pero sustanciosas palabras, Socorro Venegas comenzó a explorar sus temas axiales desde sus primeros libros: La risa de las azucenas (1997) y La muerte más blanca (2000). En ambas colecciones de relatos se percibe una visión del mundo indudablemente personal, articulada en torno de ciertas figuras recurrentes: el individuo aislado en su mundo interior, el alcohólico, el infante que debe elegir entre salvarse y salvar su inocencia, el ser condenado a cualquier forma de silencio, el ángel en la tierra que tanto nos recuerda a José Revueltas. El mundo a través del cual estos personajes tratan de moverse es un espacio simbólicamente denso, donde cada objeto parece ser parte del aura de quien lo usa, lo porta o lo mira: proliferan los colores, los seres del mundo vegetal, los paisajes ásperos, las desnudeces; hay objetos —vestidos, globos terráqueos, bicicletas, camas, campanas, árboles, muchos árboles—; animales —caballos, perros, zorras, aves—; abundan las referencias a los ojos y las miradas y a la luna, como si las tres cosas acabaran por ser lo mismo. Y las manos: casi tan importantes como los ojos. Hay muchos, muchos viajes, algunos a lugares que quién sabe si existen. Ciertas palabras percuten con insistencia: remordimiento, odio, memoria, dolor.

En Todas las islas, el libro por el cual recibió el Sexto Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, emisión correspondiente al año 2002, Socorro Venegas lleva más allá la exploración de sus constantes. En efecto, se trata de una colección de quince relatos en los cuales las figuras del alcohólico, el niño desolado, el amante que se asume transitorio y otros más parecen transitar un espacio todavía más desnudo, más ajeno, si esto es posible. La condición insular que anuncia el título del volumen se rebate y finalmente se reafirma en cada pieza.

Todos los personajes de Socorro Venegas se han ido o se están yendo o están por irse. Todos han muerto o se están muriendo o están por morirse. Deambulan en el mundo y sin embargo fuera de él; han encontrado una manera —siempre dolorosa— de ponerse a salvo. Sufren para no sufrir tanto. Contemplan. A veces se diría que no tienen otra actividad que ésa: contemplar una tierra que parece irreal de tan bella, de tan espantosa. Eso hacen la alcohólica que bebe desde en la mañana en la playa de Varadero, la niña que debe recorrer la ciudad en busca de su padre ebrio, la mujer que pone un anuncio para cambiar sus pertenencias por otras, la niña que ve morir a su hermano, el hombre que entrega su mujer al río, la agonizante que sólo desea mirar un cuadro... todos ellos parecieran vivir la vida como una condena. Atraviesan por ella en un paisaje de casas deshabitadas, de mudanzas, de islas reales y metafóricas. Y ahí están acompañándolos, como siempre en Socorro Venegas, los colores y los símbolos y los ojos. Y la pintura —los grandes cuadros de los grandes pintores—, otro tema recurrente desde La risa de las azucenas. La pintura: único lenguaje capaz de expresar algo vivo en un mundo donde lo que no es silencio es ruido ensordecedor y, finalmente, también silencio. Está también el asunto —más sutil, menos explícito en los libros anteriores— del triángulo, la tríada, las Parcas, la Diosa Triple de la feminidad que inspira, da vida, enloquece y mata.

Al final, la conclusión resulta obvia: Todas las islas son todos los seres humanos.

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