jueves, noviembre 08, 2012

Tres libros de Socorro Venegas

La risa de las azucenas. Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 (Núm. 151) 113 pp.



La risa de las azucenas es una colección de relatos cuya mayor cualidad es la intensidad emotiva. Esto es difícil de lograr cuando no se tiene talento, aunque el autor haya tomado infinidad de talleres. Y a Socorro Venegas lo que le sobra es talento. Trátese de historias de alcohólicos, de niños solitarios o de mujeres encerradas en el fondo de sí mismas, la autora consigue una perfecta tensión entre sus dos tonos dominantes: la violencia y la ternura. Esto se debe, en parte, al ritmo de su prosa: concentrado, duro, ajeno a esa lasitud que tanto daño ha hecho a la literatura mexicana de las últimas décadas. Pero también es responsable de este efecto la despiadada distancia que la escritora ha establecido desde el principio entre su mirada y sus personajes: no hay simpatía ni lástima ni presunción. Los seres de Socorro Venegas deambulan a través de un mundo helado en un estado de completo desamparo. No son sus hijos ni los trata ella como tales; no los sobreprotege, como lo hacen muchos de nuestros narradores, no los lleva de la mano ni los convierte en proyecciones narcisistas de sí misma. Aunque sean los seres más huérfanos del mundo. La suya es una literatura áspera, desnuda. Y sin embargo, el giro justo en el momento necesario, el adjetivo preciso, logran la magia: lo tierno se hace visible bajo las cuarteaduras del dolor cotidiano. Por eso estos cuentos son conmovedores. Me refiero, por ejemplo, a “Diario de plenilunio”, una historia donde el Apocalipsis es ese instante dulcísimo y esperado en que por fin la muerte toma para sí la cara de la bendición. Me refiero también a “El globo terráqueo”, a “Cristina”, a “Los niños que van a morir”, a “El hada”, a “El periplo de Espartaco”... Es difícil hacer una lista: me gustan todos.

La risa de las azucenas nos muestra el poder profundamente perturbador de la belleza. En este libro, nada hay más violento que la ternura.





La muerte más blanca. Cuernavaca, Mor., Instituto de Cultura de Morelos, 2000. 68 pp.




Socorro Venegas se dio a conocer como narradora con el libro de cuentos La risa de las azucenas (Tierra Adentro, 1997). En esta primera colección se advertían ya las que serían las características más notables de este oficio literario: la dureza de la voz, la contundencia del estilo, la potencia de la imaginación, la sensibilidad para el hallazgo anecdótico, la tensión entre las fuerzas opuestas de la ternura y la violencia.

Ahora, en La muerte más blanca, Socorro Venegas agrega a estos ingredientes una energía vital que se manifiesta en el sustrato anecdótico como erotismo, lealtad hacia los impulsos primarios, exacerbación de la vivencia del mundo interno y del de los actos humanos.

Se trata de diecisiete historias —número de esperanza—, unas de varias páginas, otras de un párrafo. Unas se desarrollan más o menos en esta época; otras, en el pasado histórico. Unas tienen ocurrencia en sitios reconocibles: Lisboa, Amsterdam; otras, en un espacio casi mítico, un poco mediterráneo, un poco mexicano. Y a veces, también, está ahí la presencia del desierto como un reflejo externo de inabarcables soledades interiores.

Continúa la exploración de los temas que ya habían cobrado en Socorro Venegas una memorable fuerza expresiva: el alcoholismo y la orfandad radical de la infancia. “Los borrachos son la gente que más me gusta. Sólo con ellos puedo entenderme y sólo ellos me entienden”, declara la niña protagonista de “Día de Santa Amada”. El alcohólico, ciertamente, y como ya lo han experimentado otros escritores —Malcolm Lowry, Charles Bukowsky, José Revueltas — es un ser que, desde su insalvable aislamiento, ha recuperado alguna forma de inocencia primigenia; un adulto que ha podido volver al desamparo de la infancia, a ese estado de dependencia en el cual necesitaba que lo cuidaran y lo llevaran a dormir. El alcohólico es hermano del niño.

Varios de estos relatos —“La higuera”, “La muerte más blanca”, “Refugiados”, “Jericó”— tienen elementos eróticos. Sin embargo sería un error leerlos como literatura erótica. El amor sexual, en ellos, es expediente anecdótico que, al igual que la infancia, el desierto o los secos diálogos de los personajes, pone de manifiesto el aislamiento radical de los individuos en el interior de sí mismos.

Así, nada en este libro —y me atrevería a afirmarlo respecto de la obra completa de Socorro Venegas— se aparte de una visión del mundo centrada en la experiencia subjetiva: narrativa dantesca en el sentido estricto. Odisea interior. Largo viaje de retorno a una Ítaca que tal vez desapareció antes de todo, a una “isla del recuerdo” que estallará sola, sin Penélopes que esperen nada.

Veo en La muerte más blanca el segundo círculo de un descenso que parece saber lúcidamente adónde va. Y los recursos literarios que lo permiten, lo guían y lo obligan son cada vez más depurados, más penetrantes.





Todas las islas. México, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, 2002.




De voz dura, voz fraguada más en los purgatorios rurales de diversas geografías vistas o soñadas que en el rumor adecentado de las avenidas urbanas, de pocas pero sustanciosas palabras, Socorro Venegas comenzó a explorar sus temas axiales desde sus primeros libros: La risa de las azucenas (1997) y La muerte más blanca (2000). En ambas colecciones de relatos se percibe una visión del mundo indudablemente personal, articulada en torno de ciertas figuras recurrentes: el individuo aislado en su mundo interior, el alcohólico, el infante que debe elegir entre salvarse y salvar su inocencia, el ser condenado a cualquier forma de silencio, el ángel en la tierra que tanto nos recuerda a José Revueltas. El mundo a través del cual estos personajes tratan de moverse es un espacio simbólicamente denso, donde cada objeto parece ser parte del aura de quien lo usa, lo porta o lo mira: proliferan los colores, los seres del mundo vegetal, los paisajes ásperos, las desnudeces; hay objetos —vestidos, globos terráqueos, bicicletas, camas, campanas, árboles, muchos árboles—; animales —caballos, perros, zorras, aves—; abundan las referencias a los ojos y las miradas y a la luna, como si las tres cosas acabaran por ser lo mismo. Y las manos: casi tan importantes como los ojos. Hay muchos, muchos viajes, algunos a lugares que quién sabe si existen. Ciertas palabras percuten con insistencia: remordimiento, odio, memoria, dolor.

En Todas las islas, el libro por el cual recibió el Sexto Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, emisión correspondiente al año 2002, Socorro Venegas lleva más allá la exploración de sus constantes. En efecto, se trata de una colección de quince relatos en los cuales las figuras del alcohólico, el niño desolado, el amante que se asume transitorio y otros más parecen transitar un espacio todavía más desnudo, más ajeno, si esto es posible. La condición insular que anuncia el título del volumen se rebate y finalmente se reafirma en cada pieza.

Todos los personajes de Socorro Venegas se han ido o se están yendo o están por irse. Todos han muerto o se están muriendo o están por morirse. Deambulan en el mundo y sin embargo fuera de él; han encontrado una manera —siempre dolorosa— de ponerse a salvo. Sufren para no sufrir tanto. Contemplan. A veces se diría que no tienen otra actividad que ésa: contemplar una tierra que parece irreal de tan bella, de tan espantosa. Eso hacen la alcohólica que bebe desde en la mañana en la playa de Varadero, la niña que debe recorrer la ciudad en busca de su padre ebrio, la mujer que pone un anuncio para cambiar sus pertenencias por otras, la niña que ve morir a su hermano, el hombre que entrega su mujer al río, la agonizante que sólo desea mirar un cuadro... todos ellos parecieran vivir la vida como una condena. Atraviesan por ella en un paisaje de casas deshabitadas, de mudanzas, de islas reales y metafóricas. Y ahí están acompañándolos, como siempre en Socorro Venegas, los colores y los símbolos y los ojos. Y la pintura —los grandes cuadros de los grandes pintores—, otro tema recurrente desde La risa de las azucenas. La pintura: único lenguaje capaz de expresar algo vivo en un mundo donde lo que no es silencio es ruido ensordecedor y, finalmente, también silencio. Está también el asunto —más sutil, menos explícito en los libros anteriores— del triángulo, la tríada, las Parcas, la Diosa Triple de la feminidad que inspira, da vida, enloquece y mata.

Al final, la conclusión resulta obvia: Todas las islas son todos los seres humanos.

viernes, noviembre 02, 2012

Dos novelas de Javier Sicilia

El bautista. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1991. 241 pp. (Ficción).


“Aquella mañana Juan partió al desierto. Hacía meses que el espíritu de Dios lo empujaba hacia ahí. Pero Juan se había resistido con todo su corazón, con toda su alma y toda su mente”.

Así empieza El bautista, primera novela de Javier Sicilia. En ella, el autor explora conflictos interiores: las dudas y los instantes de rebeldía o de arrebatada fe por medio de los cuales el protagonista, Juan el Precursor, fue arrastrando su tarea hasta cumplirla cabalmente. Como en toda obra de carácter histórico, biográfico o hagiográfico, el lector puede adelantarse más o menos al desenlace. Aun antes de abrir el libro sospechamos que terminará con la decapitación del Bautista, según se refiere en los Evangelios, principalmente en los de Mateo y Marcos (Mt. 14:1 y Mc. 6:14). La novela, entonces, no podía crecer en la dirección de la intriga; tenía que hacerlo hacia adentro, aprovechando los huecos que dejan las Escrituras. Lejos de limitarlo, este hecho le permite a Sicilia desarrollarse en lo que sabe hacer. Porque parece evidente que tiene más de poeta que de narrador. La alianza establecida resulta, pues, inteligente: la Biblia pone el hilo anecdótico; él se encarga de tejerlo. Por supuesto, el asunto no es tan radical: hay de parte de Sicilia mucho trabajo narrativo, sólo que lo principal ya está dado. Hay que ver los resultados.

En primer lugar, salta a la vista que el oficio poético del autor domina sobre el narrativo. Me explico: hay imágenes en El bautista que obedecen más a la lógica de la elaboración onírica que a las reglas de la precisión referencial: “Juan, como todos los hombres de Judea, entraba en su habitación, se tendía en su jergón y aguzaba el oído”. Cito este ejemplo porque la generalización propuesta me parece excesiva: es una imagen onírica, o si se quiere poética, la de todos los hombres de Judea tendidos en su jergón y aguzando el oído. Por otra parte, los personajes se presentan, de manera poco convincente, como tipos demasiado puros, caracterizables en una palabra o dos; son megáfonos de verdades eternas. Esta última condición explica que el análisis de los procesos interiores llegue a pesar demasiado y le reste agilidad a la narrativa, que en general es lenta.

No quiero dar a estos detalles un peso tal que parezca que, en mi lectura, demeritan la obra en conjunto. El bautista es una novela llena de claroscuros, de oposiciones, de paradojas que reproducen efectivamente el conflicto abordado. Semejantes recursos nos hacen concebir a Juan como un hombre cuyo tránsito progresa permanentemente al borde de algo, rodeado por la oscuridad que acompaña la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo. La palabra oscuridad y sus sinónimos y formas adjetivales aparecen muchísimas veces en la novela. Ya cerca del final comenzamos a sospechar que es en la oscuridad del mundo soñado donde se encuentra la luz del libro. La iluminación no se da sino en medio de la oscuridad; fuera de las tinieblas, en el mundo del día aparente, la divinidad permanece muda e insondable. El silencio de Dios es el umbral de su presencia. La lectura nos sugiere, de hecho, que Juan encontró a Dios desde el momento en que sintió su ausencia y decidió buscarlo. Estas consideraciones merecen detenimiento. La sabiduría que Javier Sicilia pone en boca de sus personajes tiene el sello de Israel, pero, extratextualmente, me aventuro a sospechar detrás de ella lecturas amplias en el campo de las religiones comparadas, de los gnósticos y los neoplatónicos al zen y, por supuesto, los Padres de la Iglesia.

Las teofanías de Juan, cuando son directas y no tienen lugar dentro de la visión franciscana que tiñe gran parte del libro, asumen el carácter terrible de la cratofanía: el choque contundente que abate a quien roza, así sea por un segundo, los circuitos de poder elemental del cosmos: “No se puede permanecer mucho tiempo mirando a Dios sin ser destruido”.

Paso a explicar el título de esta nota. En algún momento, Juan es comparado por su madre, Isabel, con Jacob. Pero si la lucha de aquél contra el ángel se relata en términos de combate físico (Génesis 32:25), la de Juan contra Yahvé se libra todo el tiempo como una contienda de voluntades: se trata del conflicto pagano entre el destino y la libertad. Es en este sentido que veo en Juan menos de Jacob que de Eneas. Repetidas veces Juan intenta ocultarse de la gracia de Dios como el héroe de Virgilio huía de la ira de Juno. Los dos son precursores: preceden a una figura fundadora, le allanan el camino. Y luego, así como Eneas lleva en su brazo de aventurero la historia de Roma, así Juan es portador de la memoria de la Iglesia. Se trata de ese juego entre tiempo y eternidad que Rubén Bonifaz Nuño observó en la obra de Virgilio.

Un ejemplo de ello se encuentra en las visiones que tiene Juan después de su lucha más decisiva. Se trata de visiones prolépticas que él no comprende en ese momento, pero que funcionan como la memoria de la tradición. Juan ve su propia cabeza servida en un platón, ve al maestro Jesús orando en el Monte de los Olivos, y no podemos dejar de recordar que, también en una visión, le fueron revelados a Eneas su destino y la historia romana.

En alguna parte, Sicilia hace coincidir, en una sola escena y de la manera más luminosa, dos dogmas de la Iglesia Católica: es durante la concepción cuando se revela a María, “una virgen joven, pobre y desconocida”, el misterio de la Santísima Trinidad: “Fue el triple temor del amor: una llama de fuego penetrando por mi oído, un batir de alas sonando por la estancia, y el miedo de los miedos: pensar que llevaría el cielo en mis entrañas”.

Hay otros aspectos en la novela que me parece necesario destacar. En The Marriage of Heaven and Hell, William Blake dice que el cuerpo es la parte visible del alma. Sicilia pone en boca de Jesús palabras que lo recuerdan casi textualmente: “el cuerpo es una extensión del alma”. Efectivamente, la aproximación de Juan a Dios es a través de los sentidos, las meditaciones a que invita el amor de María Magdalena y la celebración que el poeta hace de la naturaleza. Todo esto cumple con una función: la de devolver al cuerpo la dignidad cristiana que —supongo— alguna vez tuvo.

Con resultados semejantes de recuperación sensorial, Sicilia recurre constantemente a una figura retórica: el símil. Podría dar de ello muchos ejemplos, que abundan en el libro, pero basta uno: “sus labios son rojos como el grito que abate al enemigo, más rojos que las patas de las palomas y que los tobillos de los hombres cuando vuelven del lagar”.

Otra cosa que hace crecer la novela es una serie de anécdotas que, cercanas a las parábolas del Nuevo Testamento, escenifican vívidamente las tesis del autor. Estas anécdotas son por demás convincentes: parecen forjadas de verdad en el austero yunque de la leyenda.

Por último, objeto de un estudio interesante sería la constitución libidinal de Juan, así como lo presenta la novela: un hombre que renuncia a la mujer para ser “devorado” por el Padre. A lo largo de su camino de perfección, el protagonista traza la crónica de su búsqueda del látigo de Dios, el cual encuentra finalmente en la figura crística. En este sentido, resulta sugerente la escena donde lucha contra el ángel, y especialmente sugerentes parecen estas palabras: “... y tomándolo por el cuello lo tendió contra el piso”.



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Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. México, Fondo de Cultura Económica, 2001. 512 pp. (Vida y pensamiento de México)


En su famoso “Prefacio”, que con toda probabilidad es la obra teórica más importante que se ha escrito sobre el arte de la biografía, Lytton Strachey hace una observación fundamental que separa al biógrafo del novelista. Considera que narrar de manera escrupulosa no es el mejor método para quien desea explorar la arqueología de una vida. La pureza del trazo narrativo puede ser una virtud en el novelista, que trabaja con personajes traídos a la luz desde las tinieblas de su mundo interior, pero el biógrafo —dice Strachey— “si es sabio adoptará una estrategia más sutil. Atacará su tema en lugares inesperados; lo abordará por los flancos o la retaguardia; dirigirá un repentino y revelador haz de luz en dirección a un oscuro lugar que ha pasado inadvertido hasta ahora”.

Ignoro si Javier Sicilia tenía en mente estas recomendaciones cuando escribió Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. Lo que sí puedo decir es que el método con el que parece haber construido su biografía coincide con ellas de una manera puntual.

En efecto, manteniéndose dentro de la mejor tradición biográfica, Sicilia ha pergeñado su libro independientemente del estilo novelado que está de moda entre quienes escriben biografías. Su personaje es elusivo, misterioso, a veces contradictorio; él lo sabe y se detiene respetuosamente ahí donde el biógrafo novelista no habría tenido escrúpulos en llenar los huecos con su poder de invención. El resultado de este procedimiento es una obra más o menos ordenada, más o menos fragmentaria, como suelen serlo las vidas humanas; una obra donde los pasajes narrativos se entretejen con reflexiones de orden ensayístico e incluso didáctico, comentarios al margen, observaciones personales y hasta algunas bromas a costa de los personajes. Las fuentes de estas acotaciones tienen diversos orígenes: la filosofía, la teología, la historia de la Iglesia, la historia nacional, el psicoanálisis, la propia existencia.

Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, cuenta la vida de esta mística mexicana, a quien Sicilia pone a la altura de Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita de Liesieux. Abarca desde la historia de los bisabuelos, muchos años antes del nacimiento de la protagonista, en 1862, hasta el momento de su muerte, en 1937. Años coyunturales fueron los que le tocaron vivir a Concha, como el autor la llama cariñosamente. La guerra contra los franceses, los conflictos entre liberales y conservadores, la Revolución, las luchas posrevolucionarias, la revuelta cristera, el maximato y el cardenismo pasan rápidamente por estas páginas, un poco de soslayo. A Concha, como se dice en alguna parte, lo único que le interesaba era Dios. Mujer devota por tradición familiar, niña que jugaba a ser santa, adolescente enamorada de Cristo, esposa y madre, la señora de Armida se supo desde siempre llamada hacia la cruz, símbolo que con ella alcanzaría una realidad y una fuerza de manifestación plenas y renovadas. Y todo esto sin hacer a un lado su destino en la tierra. De ahí que Sicilia la considere una mística revolucionaria, como Teresa de Lisieux. El mérito de Concha, su aportación genial a la historia del ascetismo cristiano, radica en que logró sacar la mística de los conventos y llevarla a la vida secular. Demostró que una mujer no necesita vivir encerrada para ser santa, y que los deberes de atender una casa no son un estorbo cuando se ha decidido seguir un camino espiritual. Innovadora inconsciente de su mérito, la señora de Armida tuvo siempre una (a veces no tan secreta) envidia hacia las monjas: ellas eran a sus ojos las esposas legítimas. Vírgenes consagradas al Señor, podían reclamar el derecho de llamarse así. Concha, en cambio, para quien la condición de mujer con obligaciones conyugales parece haber sido siempre un martirio y una mancha, se sentía menos que ellas, se sentía la amante. De ahí el título del libro.

No tiene mucho caso entrar en detalles. La vida que ha estudiado para nosotros Javier Sicilia, tal como él la cuenta, es una vida intensa, activa y contemplativa (admirable síntesis) al mismo tiempo. “La santidad no niega lo humano —dice el autor—, lo lleva a su plenitud”. En efecto, paralelamente a las interminables gestiones que formaron la vida pública de Concha, asistimos al desarrollo y a la realización plena de su vida mística. Ninguna parece ser más importante que la otra. De la primera se desprendió un vasto apostolado que aún hoy abarca a muchas personas e instituciones católicas; de la segunda, surgió un camino de crecimiento interior, de entrega y renuncia, que logró integrar el Cielo y la Tierra y debió pasar por todas las etapas (al parecer ya bien definidas) de una ascensión, con los primeros encuentros, las pruebas, el matrimonio en el espíritu, la transverberación, la encarnación mística y el abandono último y total al Amado.

Sólo hay que tener en cuenta algunas cosas al leer el libro. 1) Javier Sicilia no es biógrafo ni historiador de profesión: es poeta. 2) Javier Sicilia no es alguien que esté escribiendo sobre un personaje desde fuera de su contexto ideológico (como lo hizo, por ejemplo, Álvaro Ruiz Abreu con José Revueltas); por el contrario, escribe desde dentro; es un investigador católico escribiendo sobre una heroína católica.

Luego de estas consideraciones, es comprensible que Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, parezca un libro escrito con más buena fe que objetividad. Ya sé. Se me dirá que la objetividad es sabidamente imposible y que la escritura de una biografía es siempre el diálogo de dos subjetividades. Sin embargo, es evidente que hay quienes logran (o quienes pretenden) crear una ilusión de objetividad. El mismo Sicilia ha demostrado antes (en El bautista y en El reflejo de lo oscuro) que puede hacerlo. Éste no es el caso ahora. Ahora las costuras se ven demasiado y los momentos en que esto sucede son varios. Si vamos a ser justos, por ejemplo, habría que decir que la condenación a la sexualidad no es directamente “hija del neoplatonismo”, como Sicilia la llama, sino de manera mediata, a través de la Iglesia Católica, que mucho de neoplatonismo le ha inculcado a la gente, aun si en sus dogmas lo rechaza. Como si la gente mocha fuera lectora de filosofía. Nieta del neoplatonismo e hija de la Iglesia es, siendo más estrictos en esto de las filiaciones, la condenación a la sexualidad. Semejante parcialidad es visible en otras partes, con otros temas, y no tiene caso ahondar en ello para quitarle mérito literario a una obra cuyo objetivo va más allá de lo literario. El autor mismo, previendo nuestras objeciones, se ha adelantado a ellas: “Javier Sicilia, dirán, está lleno de beaterías. No lo voy a discutir. Para los ideologizados mis razones son otro campo de lo ideológico, pero trasnochado”. No veo ningún acierto intelectual, pues, en tratar de coger en falta un libro que con admirable honestidad se declara ya en falta.

Por ahí hubiera empezado, dirán algunos lectores tal vez desilusionados. Es que, a diferencia de El bautista y de El reflejo de lo oscuro, Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo no parece haber sido pensada como una obra esencialmente literaria. Es más bien un documento, no sólo para la historia del catolicismo en México, sino, sobre todo, para el conocimiento del alma humana y de los misteriosos procesos que pueden llevarla a rebasarse. El estilo es muy sencillo y claramente (yo diría deliberadamente) menos cuidado que el de las obras anteriores del autor. Como si Sicilia no quisiera que la belleza del adorno distrajera al lector de lo principal. Los recursos narrativos son primarios, toscos, como si en un acto de ejemplar modestia el autor nos hiciera recordar que, cuando se escribe una biografía, debe lucir el personaje biografiado, no el que lo presenta.

Sin embargo, estoy seguro de que muchos lectores (yo entre ellos, lo confieso) no se acercarán al libro porque les interese la vida de Concepción Cabrera, de quien tal vez no sepan nada, sino porque les interesa el poeta Javier Sicilia. Y aquí es donde resulta relevante la consideración de que el libro está escrito con más buena fe que objetividad. Y aquí es donde se hace necesario recordar que el autor es, en primer lugar, poeta. A su pesar, esta obra, más que revelarnos a Concepción Cabrera, nos revela al mismo Javier Sicilia. Y vaya que nos dice de él mucho más de lo que pudieron decirnos sus libros anteriores. No sólo es una especie de mapa ideológico útil a la hora de transitar por La presencia desierta, El reflejo de lo oscuro o El bautista, ya que de manera explícita expone las ideas del poeta acerca de la iglesia, la santidad, la penitencia, la carne y el cuerpo, el pecado, la Encarnación y la Gracia, sino también nos permite asomarnos a una infinidad de detalles tal vez triviales, tal vez meros chismes, pero que van construyendo el semblante posible de uno de nuestros escritores más interesantes.

En efecto, aquellos más interesados en el escritor que en su personaje, tendrán que reconocer que, gracias a las 512 página de Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, sabemos que Javier Sicilia tiene ancestros llegados de España, que su padre contaba chistes, que oye a Chabuca Granda y a John Lennon y a éste último lo llama “maestro”; que Los puentes de Madison le parece “la mejor película que ha dirigido y actuado Clint Eastwood”, y en cambio la televisión se le hace un “ojo obsceno e inhumano”; sabemos cuáles son sus iglesias favoritas; entendemos que para él el sexo es maravilloso y probablemente santo; que es amigo de Ignacio Solares y que a éste le gustan las mujeres gorditas, que la basílica de Guadalupe le parece una “espantosa carpa de circo”, que los “dramones” de Ninón Sevilla le encantan y que habla un inglés de “acapulqueño de playa”.

A mí me interesa mucho este escritor y por eso he reparado en estos detalles y en cuanto ellos pueden revelar acerca de la obra. Pero también, ahora, ha comenzado a interesarme la vida de Concha. Javier Sicilia me la presentó en su libro y me cayó bien. Y creo que la Iglesia debería darle a su mejor autor vivo una beca vitalicia en consideración a lo mucho que ha hecho por levantar su imagen.