domingo, enero 27, 2013

El primer capítulo de mi nueva novela

El monigote apareció una mañana a principios de octubre, colgado en el enorme tejo que daba sombra al atrio de la iglesia azul. Empezaba a soplar el viento del otoño y la gente se acercaba al árbol en busca de cobijo: señoras que ya venían de regreso del mercado, cargadas de bolsas rebosantes y olorosas a verduras en vinagre y a pescado seco, un deshollinador con sus cepillos, una vendedora de pañuelos bordados, un campesino en traje de domingo que había venido a la ciudad a hacer alguna diligencia, el prefecto de alguna escuela, con su gorro frigio, que andaba a la caza de niños prófugos... venían a sentarse en las bancas de hierro del atrio, a la sombra del tejo, y he aquí: encontraban el monigote, colgado por el pie izquierdo.

De haber ocurrido en una ciudad grande y liberal, esto no habría causado mayor revuelo, pero aquella ciudad no era ni una cosa ni la otra. Era pequeña y conservadora, y sus habitantes no estaban acostumbrados a que pasara nada fuera de bodas, nacimientos, defunciones, fiestas nacionales y religiosas y todos esos pequeños y grandes acontecimientos que forman parte de la vida provinciana. Podían tolerar que una golondrina no se marchara al empezar el otoño, que un murciélago volara antes del crepúsculo, que la luna diera de pronto una luz lívida y hasta que dos personas de distintas clases sociales se casaran. Pero que de la noche a la mañana apareciera un muñeco colgado por el pie, de la rama más horizontal del abuelo de todos los árboles y en el atrio de la iglesia azul... eso era un desafío abierto a la sagrada ley de la cotidianidad ciudadana. ¿Es difícil de creer? Pues permítame el lector ponerlo un poco en antecedentes, a fin de que pueda calibrar en su justa proporción el significado del suceso.

La historia comienza y termina en una pequeña ciudad de veinte mil habitantes, muy antigua, de gente conservadora como ya hemos dicho, apegada a sus costumbres y a sus tristezas; una ciudad llena de torres, agujas y cúpulas, de fuentes sollozantes, estatuas de poetas, callejuelas empedradas y rincones nostálgicos, y de edificios que parecían pintados por un pastelero: crema con azul pálido, vainilla con lila, durazno de atardecer, pistache con frambuesa, rosa de enamorado... Su bonanza económica se sostenía en los cientos de estudiantes que llegaban a inscribirse en las distintas secundarias, los bachilleratos, los seminarios, los liceos, las academias, los colegios y la universidad. Estas instituciones le habían dado el prestigio de que gozaba. Sobre todo la universidad era motivo de orgullo, no sólo por la excelencia de los estudios e investigaciones que ahí se realizaban, sino también porque ocupaba uno de los dos edificios más importantes, simbólicos y majestuosos de la ciudad: un palacio estilo Weltschmerz que dominaba el paisaje con sus muros de piedra gris y su domo rojizo, que al atardecer se volvía cereza. El otro edificio principal era la iglesia, la misma iglesia de desmayado color azul en uno de cuyos árboles más venerables se le ocurriera a algún orate colgar un mono por el pie izquierdo.

Ahora bien, había tres puntos con los cuales la gente se orientaba: en el norte estaba la universidad, en el sur la estación del tren y en el centro la plaza de armas, con la iglesia como corazón. De un extremo a otro hacían los ataúdes un recorrido de media hora, aunque también se podía caminar si a uno le gustaban las calles antiguas y tenía buena condición física. Perdón, creo que el lector no sabe qué es esto de los “ataúdes”: pues así les decían ahí a los tranvías porque estaban pintados de negro. Sólo había una línea, y lo más chistoso era que se llamaba Línea 1. “Como si hubiera más”, se burlaban los pasajeros. Pero bueno, esto dará una idea de lo realmente provinciana que era la población y de sus ínfulas de ciudad grande.

La iglesia, entonces, se hallaba en el centro, cerca del mercado, el Museo de los Corazones, el Puente Roto, que no cruzaba nada y no estaba roto sino que nunca terminó de construirse, y el monumento a los Defensores de la Patria, lo cual quiere decir que a mucha gente le quedaba de paso. Difícilmente podía haber encontrado el gracioso del monigote un lugar más estratégico.

Y ahí estaba su creación: un muñeco de trapo de un metro, tal vez un poco más de alto, vestido con un traje del año de la canica: pantalón azul de bailarín, alpargatas rojas, casaca combinada de rojo y amarillo, con diez botones blancos y dos bolsillos en forma de medias lunas. En realidad no estaba mal hecho; era un trabajo cuidadoso en el cual parecía haberse invertido tiempo y creatividad. Nadie lo haría sólo por el gusto de jugar una broma. Aunque si uno se fijaba bien, los materiales se veían ya deslucidos, como si el muñeco hubiera estado guardado muchos años. Detalle curioso: prendidos en el pecho tenía un ramito de azahares, una libélula disecada y un pequeño trozo de pergamino.

El primer comentario vino del primer ciudadano que lo vio —el prefecto, por supuesto, siempre listo para descubrir alguna travesura y culpar a los chicos por ella—; después se acercó alguien más a ver qué era aquello tan extraño —el campesino, escandalizado con las extravagancias de la ciudad—. Luego llegó otro, luego otro más y otro. Se retiraron los primeros y aparecieron más.

Faltaba decir que, además de estudiantes, lo que más había allí eran conspiradores. Las páginas más gloriosas de la historia local versaban sobre las hazañas de heroicos conspiradores que prefirieron morir antes que traicionar un voto de secreto, y los modernos descendientes de esos próceres no habían querido quedarse atrás. Así que muchos de los edificios de lacrimosa arquitectura albergaban logias, gremios milenarios, cofradías, iglesias cismáticas y sociedades secretas. Y los correspondientes adeptos, aprendices y maestros rivalizaban a ver cuál era el más capaz de descifrar los antiguos símbolos y emblemas de que estaba llena la ciudad. De estos buenos ciudadanos vinieron los primeros intentos por explicar el mensaje que encerraba aquel monigote.

—Se trata de un enamorado que se lamenta de no ser correspondido —dijo uno.

—Es del cliente de algún abogado, en protesta porque su asunto no avanza en la corte —dijo otro.

—Es un símbolo de la fe —respondió un tercero.

—¿Y la libélula? ¿Y los azahares? —preguntó un cuarto, observando que nadie había reparado en esos detalles.

—La libélula es un símbolo de ilusión. El mensaje completo es que tengamos fe y no nos dejemos extraviar por las ilusiones del mundo.

—¿Y el pergamino?

—¡Es verdad! ¡El pergamino! —por fin se le ocurrió a alguien pensar en eso. En esa ciudad de soñadores, la gente prefería imaginar historias que investigar hechos concretos.

—Tal vez tenga algo escrito.

—Vamos a verlo.

Efectivamente, encontraron algo escrito. “Se solicita esposa”, decía. Habría parecido un anuncio relativamente común, de esos que las personas solitarias acostumbran insertar en los clasificados de algún periódico, y no habría causado mayor comentario entre los transeúntes. Pero enseguida había una extraña cláusula:


Requisitos: acreditar examen de odonatología a nivel básico y de dominio del idioma esperanto en las cuatro habilidades. Presentarse en la oficina del Profr. Dr. Saturnino Grünman (edificio principal de la universidad, Instituto de Historia Natural) con una docena de hojas de papel blanco, plumilla y tintero con tinta negra.


Conque el muñeco no tenía otro objetivo que el de atraer la atención sobre ese anuncio: no había ningún simbolismo en ello. A mediodía ya toda la ciudad estaba enterada y los comentarios no se hicieron esperar: ¿Qué mujer se iba a prestar a una cosa tan ridícula y humillante? ¿Qué quería decir eso de “odonatología”? ¡Requisitos! ¡Acreditar examen! ¡Y para ser esposa de un profesor! Ni que fuera un príncipe.


***

De venta en Kindle, a precio especial durante el primer mes de lanzamiento: http://www.amazon.com/dp/B00B6AH196

viernes, enero 04, 2013

Noticias del mundo sutil

“Lo sobrenatural es muy extenso”, dice Alethia Ventura en Supernaturalia. “Sin embargo, de su vastedad apenas se sabe un poco. A diferencia del mundo natural, cuya abundante biodiversidad aún nos sorprende con maravillosos hallazgos, el estudio del mundo sutil se dificulta enormemente debido a su naturaleza etérea, totalmente esquiva a los métodos de comprobación científica”.

    Ciertamente, llama la atención el hecho de que en México, donde las culturas ancestrales dan tanta importancia a lo sobrenatural, esto casi no se haya estudiado. Hubo una época, recién “descubierto” el continente americano, cuando todo era tan nuevo que la categoría “sobrenatural” resultaba irrelevante. Para Europa todo lo americano era, literalmente, maravilloso. Había que describirlo y de eso se hicieron cargo cronistas, naturalistas y viajeros curiosos.  Juan Rodríguez El Viejo, Sebastián de Macarro y, más tarde, Francisco Javier Clavijero, por ejemplo, dan cuenta de avistamientos de misteriosos jabalíes que tenían el ombligo en el lomo. Y Francisco Hernández, en su Historia natural de la Nueva España, se deja seducir por un monstruo que inspirará, desde esa época hasta el siglo XX y tal vez después, algunas de las más perturbadoras fantasías literarias: el Ambystoma axolotl. Sí, hubo una época en que la inteligencia estaba abierta a la maravilla y, si esta época hubiera durado un poco más, tendríamos un corpus respetable de tratados, monografías y documentos de todo tipo que hablaran de aluxes y chaneques y tlahuelpuchis, y hasta se incluiría en los programas de la SEP la materia de Ciencias sobrenaturales.


    Infortunadamente, dos cosas se unieron para mutilar nuestra visión del mundo. La primera: el avance del racionalismo y el positivismo, según los cuales lo incompresible se convirtió en lo irreal. Y segundo: el triunfo ideológico del racismo novohispano y luego mexicano, que condenó las culturas ancestrales al terreno de “las supersticiones de los indios”.


    Ante este estado de cosas, sólo una obra monumental, un contundente golpe de audacia intelectual, habría podido enderezar lo torcido. Este formidable acontecimiento es  la aparición de Supernaturalia, de Norma Muñoz-Ledo: una obra que ha devuelto a la ciencia su carácter de fábula, y a la fábula su carácter de ciencia. Será que para Norma Muñoz-Ledo, como para Palinuro, el de Fernando del Paso, la ciencia no es ciencia sino arte, medida de las cosas, cosmovisión.
 

    Desde los tiempos de la Nueva España, cuando la cultura europea se hallaba apenas en el proceso de perder la inocencia, y América era un mundo que seguía descubriéndose día tras día, a cada paso que el conquistador daba a través del continente amanecido, hasta los días quizá demasiado cercanos del furor positivista, la búsqueda de una percepción verdadera de las cosas ha sido una invocación a lo fantástico, a la fábula, a la superstición. En las tierras milagrosas de las Indias Occidentales, el pensamiento científico no ha sido sino una manera distinta de hacer mitologías, de fabular. Supernaturalia invierte así la presunción de Alejo Carpentier: para el indiano que diariamente convive con fantasmas y espíritus ancestrales, con deidades guardianas de cada uno de los seres que pueblan la naturaleza, con muertos ambulantes y hálitos de desgracia que flotan invisibles en el aire, lo real maravilloso es la superstición racionalista de los europeos. Se trata de una diferencia de gestalt.

    Esta vocación científica de Supernaturalia se hace evidente en varios aspectos. Más que como un bestiario medieval, Norma Muñoz-Ledo escribió su libro siguiendo la estructura moderna de los manuales de zoología o botánica; es decir, con un formato científico propio de la más pura tradición positivista: descripción de la especie y sus subespecies, hábitat, características físicas y psicológicas, grado de peligrosidad, índice de territorialidad, etc. A esta ficha le sigue lo que es la esencia del libro: las historias, los testimonios, el entramado literario, tan fino, tan rico en matices, que la autora va tejiendo.
 

    Así desfilan ante nosotros La Llorona, Tonantzin y Metstli, la Xtabay, Nuuk, la vieja Chichima, el señor Escolopendra, duendes, aluxes y chaneques, tzitzimimes, xocoyoles, encueraditos, chamaquitos, enanos y gigantes, el bebé con dientes de fiera, la mujer serpiente, brujas y sirenas, nahuales y tlahuelpuchis, y luego fantasmas y mensajeros de la muerte, lugares encantados que son puertas dimensionales o guardan tesoros o gente que vive fuera del tiempo (a veces ciudades enteras, pueblos, iglesias, cuevas, parajes, árboles)... y hay animales sobrenaturales que se parecen a sus primos del mundo natural: burros y caballos, aves de corral, perros, el ratón de los dientes, sapos, serpientes, tecolotes, el chupacabras... en su afán enciclopédico, la autora incluye objetos aparentemente inanimados: árboles, el arcoiris, la calabaza gigante, campanas encantadas, canastas de buena suerte, piedras, sogas, varitas mágicas... y termina reviviendo uno de los temores más antiguos de la humanidad: el de las enfermedades sobrenaturales.

    “Dicen que México es el quinto país con mayor riqueza en su biodiversidad”, dice, otra vez, Alethia Ventura. “Me pregunto si, quienes afirman eso, tendrán en cuenta a la infinita variedad de vida sobrenatural que comparte el territorio con nosotros”.
 

    Con Supernaturalia, Norma Muñoz-Ledo pasa a formar parte de esos autores que, escribiendo originalmente para niños, han logrado producir una obra sin edad. La suya es, en efecto, una obra monumental cuya lectura es indispensable para todo el que quiera saber algo del mundo más allá del funcionamiento normal de nuestros atrofiados sentidos.