martes, febrero 19, 2013

Tan oscura en formato digital

Presentación

Tal vez el rasgo más notorio de las novelas de Agustín Cadena sea la fluidez de un lenguaje a la vez lírico y claro, lleno de evocaciones en las que el deseo, como ineludible puerta hacia la otredad, juega el papel más destacado. En Tan oscura, Cadena retorna al deseo como motor de todas las acciones y con unos cuantos personajes —en realidad, tres— logra encadenarnos a una narración que conjuga el intimismo y el erotismo con algunos elementos de la llamada “novela urbana”. Novela al mismo tiempo urbana e intimista, Tan oscura es una historia en la que el trillado tema del triángulo amoroso encuentra una nueva y brillante realización al ser llevado al extremo del erotismo.


En esta ocasión, el centro, el “signo único” en torno al cual giran todas las situaciones narrativas, es Julia, «una mujer hecha de pura voz», pero también «una mar honda y secreta». En El ano solar, Georges Bataille compara el mar con el órgano hembra «que se licua bajo la excitación de la verga» y afirma que el mar «se masturba continuamente». Ilimitado y cambiante, azaroso y a la vez origen de la vida, el mar ha sido una metáfora reiterada en la literatura universal: en él se han adentrado los hombres más osados, aquellos que no temen el peligro ni se dejan absorber por el miedo a lo desconocido. Julia, agua y voz, es un mar en cuyo interior «habitan pulpos, medusas eléctricas, peces de muchos colores que respiraban un agua suave, proteica». Como ocurre en las novelas de Pierre Klossowski o de Juan García Ponce, la mujer es un centro cambiante, vital, seductor, abierto, disponible e ilimitado; un objeto artístico y bello que al elegir el erotismo niega la utilidad del sexo como acto procreativo: lo único importante es la desintegración del yo que implica el placer sexual:

El orgasmo fue una explosión tan intensa, tan volcánica que Julia se sintió ahogada, revolcada en el ojo de un remolino de luz. Era energía pura puesta en movimiento, ondas calóricas incontenibles, un arcoiris en espiral hecho de núcleos atómicos. Su cuerpo había desaparecido. Todo estalló y se hizo silencio.


Envolvente y luminoso, el éxtasis se convierte en el paraíso que vence a la oscuridad, pero para lograrlo Julia necesita duplicarse, entregarse a dos hombres, tener dos amantes: un pintor casi veinte años mayor que ella (Gregorio Montero, cuyo apellido es significativo) y un muchacho inseguro y débil (Bodo). Ellos son los dos polos de un triángulo que Julia desea equilátero, pero que inevitablemente sufrirá un desequilibrio que llegará al paroxismo a través de las crisis y las sucesivas transformaciones. El continuo vaivén de las olas es deshecho por una tempestad que atenta contra el erotismo. Y si bien por iniciativa de Bodo los tres se van a vivir a la habitación «milagrosa y sucia» del bohemio Gregorio, para el joven tal experimento pronto resulta insoportable:

Bodo oyó primero cuando el hombre se pasaba a la cama de Julia: rechinar de resortes, movimiento de sábanas y cobijas. Luego vinieron los besos, los primeros hipos, alguna palabra trunca pero fácil de suponer, el golpe de un brazo en la cabecera. El instante en que Gregorio la penetró fue registrado por él con absoluta precisión: un suspiro hondo y cortado, un sollozo. Y ahí terminó todo para Bodo: no pudo seguir el resto del encuentro. Salió corriendo de la habitación, envuelto en sus cobijas, y se fue a la sala a dormir, a llorar hasta quedarse dormido.


Es el sentido del oído y no la mirada el que aquí concede significación al acto erótico; es el oído el que atormenta a Bodo, quien sin embargo pronto tendrá que aceptar las cosas como son, sin que la difícil disyuntiva entre la posesión y los celos, y la aceptación de ser parte de una “familia”, se borre del todo. La impureza del intercambio sexual llega a ser tan enfática que se convierte en pureza.

Al igual que Georges Bataille, Cadena no cree que lo sagrado sólo exista como algo reducido a lo puro, a lo positivo, a la bondad, a la no violencia. Y es que el centro, en realidad, no es Julia, sino sus genitales, su vagina como el lugar hacia donde todo confluye; fuerza centrípeta y centrífuga que reúne, decide, expulsa o monopoliza el deseo. Todo desemboca en Julia: lo mismo el placer que el dolor, lo negativo que lo positivo. Tan oscura es una novela vaginal que se desarrolla entre dos óleos sobre tela: un paisaje yermo, virginal, genésico, y un paisaje que nos hace volver al caos, a lo difuso, a la oscuridad.

Y aquí conviene referirnos a la estructura de esta nouvelle. En lo personal, me atrevo a afirmar que Tan oscura, en cierto sentido, parodia a la Biblia. Así, en su primer párrafo nada está vivo: «Dominan las áreas oscuras, manchas de color que rasgan el fondo como llagas resecas, como sedientos sexos femeninos», lo cual no deja de ser antitético: un sediento sexo femenino es un sexo húmedo y, como tal, contrasta con las llagas resecas. Se trata de un cuadro insuflado de «vitalidad rígida», acaso como una mujer tiesa y embarazada que lucha para dar a luz. Asimismo, aparece la evocación de un cadáver, de un cuerpo de mujer joven, lo cual me recuerda al Poema de la creación babilónico (Enuma Elish), donde Marduk extrae el universo del cadáver de Tiamat, diosa del caos y de la oscuridad. El universo novelístico al que apunta este primer cuadro estará hecho de luz y sombra, Eros y Tánatos.

Pero no sólo el cuadro inicial nos evoca a la Biblia. En esta novela aparece también la “experiencia del desierto” como una búsqueda, pero aquí se trata de una “ascesis” erótica en que los personajes se reconocen, se continúan uno en el otro para encontrar nuevos placeres: desde la doble penetración de Julia por parte de Gregorio y Bodo, hasta la uridipsomanía. Julia se convierte en objeto de culto. Durante esta experiencia en la que la transgresión, la violación de las normas morales y sociales de conducta está vinculada al éxtasis místico, los personajes se desbordan, tocan fondo. De esta anti-ascesis sólo quedará un acercamiento cada vez mayor hacia la desintegración y el desequilibrio: el Apocalipsis del cuadro final, que ya se anuncia desde el cruento debate del deseo de Julia —cuando Gregorio la entrega a los albañiles—, hasta la aparición del desorden urbano propiciado por las “fuerzas del orden”, que en este país actúan con absoluta impunidad, y por la aparición de los niños de la noche, comparados con ajolotes, símbolo recurrente en la obra (Gregorio tenía un ajolote del que tuvo que deshacerse para que Julia y Bodo fueran a vivir a su casa); símbolo que me recuerda a La jaula de la melancolía, de Roger Bartra; símbolo no menos importante que la piedra blanca, a la que Gregorio interpreta como una epifanía, terrible y milagrosa. Intimismo y erotismo se combinan con esoterismo.

Pero la obra de Cadena no apunta a la resolución de ningún problema, ni erótico-amoroso ni social, sino sólo a mostrar el horror que se oculta tras el amor, las sucesivas crisis consecuentes de la fusión de tres cuerpos —esa santísima trinidad erótica—, el paulatino acercarse a la muerte por medio de la carne: Eros y Tánatos en medio de un espacio urbano y carente de ley. Julia es, en este espacio, lo que Rilke llama lo “Abierto”, no como un estar en el mundo, sino como ser el mundo, la vida misma, con todas sus contradicciones y paradojas. Si Julia no defiende al amante, sino su libertad, ella es también esclava del deseo, esa fuerza irracional y desproporcionada que recorre a los personajes para hacerlos tocar fondo, y por ello mismo su clamor es el clamor inocente de la carne, espacio en que la luz y la oscuridad se debaten infinitamente.


Juan Antonio Rosado   ***   Tan oscura ya se puede adquirir en edición electrónica en Kindle, en este enlace: http://www.amazon.com/dp/B00BHLN8XC