martes, julio 22, 2014

UNA COSA NATURAL



Aquella mañana, Porfirio estaba buscando cambio para darle al muchacho que lavaba los coches. No había nada en la lata donde guardaban las monedas, encima del refrigerador. Por eso fue a abrir el clóset de su mujer. Ella dejaba dinero a veces en las bolsas de su ropa, en la que ya no se ponía desde que subió de peso. Fue entonces cuando encontró, bien escondido en el fondo de uno de los cajones, el vibrador. Era una cosa bien grande, de un material duro y suave color carne. La primera reacción de Porfirio fue de vergüenza porque había tocado eso: era como si le hubiera gustado un hombre. Después sintió ira, una ira enorme en contra de Bety. ¿Por qué tenía esa cosa? ¿No le bastaba con él? Debía de haberle costado caro, ¿con qué derecho malgastaba así el dinero de la familia?
            El muchacho lo estaba esperando en la sala. Porfirio debió dejar su ira para después. Fue y le dio el único billete que tenía.
            —No hay cambio —le dijo de mal humor—. Ahí que quede a cuenta de la semana próxima.
            El muchacho le dio las gracias, casi apenado, y se fue.
            Después de cerrar la puerta, Porfirio pateó una silla que le quedaba de paso y volvió a la recámara. Sacó otra vez la porquería esa, como empezó a llamarla desde ese instante. Tenía pilas. Se encendía por la parte de abajo y comenzaba a zumbar y a vibrar. Ya no le daba vergüenza tocarlo. Sentía sólo odio.
            Hacía siete años que no tenía que salir a trabajar a la calle. Su esposa había heredado esa casa junto con todo el terreno aledaño y lo acondicionaron como pensión para coches. Cabían treinta. Porfirio había dejado su trabajo de chofer para dedicarse a eso: a dirigir a los empleados que recibían y cuidaban los coches y a cobrar mensualmente el dinero de las pensiones. Era buen negocio y había valido la pena. Además no era mucho trabajo: no tenía que estar ahí.
            Bety, por su parte, no había querido renunciar a su empleo porque le gustaba. Era niñera en una guardería. No habían podido tener hijos y ella volcaba en los niños ajenos su instinto maternal. Sólo ese instinto le había conocido él. Hasta ahora. ¿Por qué había comprado eso? Ni siquiera parecía tener necesidades sexuales. Hacían el amor una vez al mes, porque él quería. Pero si él no se acordaba, ella no decía nada.
            Poco a poco, pensando en estas cosas, la ira de Porfirio fue dando lugar a una inmensa tristeza. Cuando se acostó en la cama se sentía abandonado, como si en lugar de comprar un vibrador Bety se hubiera buscado un amante. ¿En qué momento lo usaría? Él nunca le había visto una actitud sospechosa. Tal vez cuando se bañaba. Se lo llevaría al baño envuelto en una toalla.
            Porfirio volvió a la ira: no podía permitirle semejante cosa a Bety. Cuando llegara de trabajar se lo diría así. La obligaría a echarlo a la basura. Pero, ¿en qué momento lo usaba? Trató de imaginarla metiéndose eso, se bajó los pantalones y comenzó a excitarse. ¿Se excitaría ella? Con él le costaba mucho trabajo. Tenía que ponerse un poco de crema para las manos para lubricarse. ¿Cómo le haría con esa porquería? Con lo gorda que estaba. Porfirio se levantó de la cama, con los pantalones hasta las rodillas, y volvió a sacarlo. Reconoció que era más largo que el suyo y considerablemente más grueso. Cabrona puta. Con que eso quería. Con que por eso no se excitaba con él. Pero en cuanto llegara lo iba a echar a la basura.
            Pensando en esas cosas se quedó dormido. En algún momento se oyó roncar y cambió de posición.
            Cuando despertó, Bety ya tenía rato de haber llegado y estaba en la cocina haciendo la comida. Porfirio se compuso la ropa y fue a verla, resuelto.
            —Tenemos que hablar —le dijo con un tono de que algo grave había pasado.
            —¿Qué tienes? —le preguntó ella asustada.
            Él se le quedó viendo a los ojos.
            —¿No adivinas?
            —No —respondió ella, dudando.
            Porfirio se sintió dueño de la situación.
            —¿Qué tienes en tu clóset?
            —Mi ropa.
            —¿Qué más?
            —Pues... más ropa. ¿Qué otra cosa?
            —Algo escondido. ¿Qué tienes escondido en un cajón?
            Bety no le contestó esta vez. Se le quedó mirando como si no entendiera.
            —¿Vamos a que te lo enseñe? —Porfirio la agarró de la mano.
            —¿Qué me vas a enseñar?
            —Ven —la jaló hacia la recámara.
            Una vez ahí, Porfirio abrió enérgicamente el cajón y metió la mano. La porquería no estaba. Claro, lo había dejado sobre el buró antes de dormirse. Pero había desaparecido.
            —Aquí estaba.
            —¿Qué cosa, Popy?
            —No te hagas. Aquí estaba.
            —¿Qué cosa?
            —Lo volviste a esconder mientras yo estaba dormido.
            —No te entiendo nada —esta vez fue Bety quien se le quedó viendo a los ojos—. No te entiendo, Popy.
            Porfirio comenzó a buscar en los demás cajones, en todas partes.
            —Si lo encuentras me avisas —le dijo Bety, regresando ya a la cocina—. Vamos a comer tardísimo.
            Porfirio siguió buscando la porquería esa. La buscó en los burós, debajo de la cama, en el baño. Estaba seguro de que ella lo cambió de escondite mientras él dormía. ¿Dónde lo había puesto? Siguió buscando hasta que, media hora más tarde, ella lo llamó para comer.
Estaban sentados a la mesa, en silencio, cuando ella empezó a hablar:
            —¿Encontraste lo que buscabas?
            —No.
            —¿Qué era?
            —Una cosa.
            —¿Qué cosa? —de pronto su voz sonaba muy triste. Parecía a punto de llorar.
            Porfirio estaba confundido.
            —Ya no importa. Olvídalo.
            Se quedaron callados un rato. Bety se veía cada vez más triste.
            —Popy, yo no quería hablar de eso ahorita para que comiéramos en paz, pero estoy muy triste.
            —¿Por qué?
            Se sentía confundido y culpable.
            Ella había perdido el apetito y ya sólo jugaba con la cuchara con las sobras de comida.
            —¿Ya no estás contento conmigo?
            —¿En qué sentido?
            —En todos... —y después de unos instantes aclaró:
            —Especialmente en el sexual.
            —¿Por qué dices eso?
            —Respóndeme: ¿ya no estás contento conmigo?
            Se sentía confundido y culpable y ahora además cogido en falta.
            —Sí, Bolita. Sí estoy contento. Quiero decir, no tenemos relaciones con mucha frecuencia, pero...
            —¿Por qué te haces... cosas, entonces?
            —¿Cosas?
            —Sí, Popy. Hoy cuando llegué tenías los pantalones abajo y... la colcha estaba mojada.
            “Entonces sí entró cuando yo estaba dormido”, pensó Porfirio. Pero no dijo nada porque se sentía avergonzado, terriblemente avergonzado. Una idea le había venido a la mente haciendo que se pusiera rojo: si Bety se había percatado de que él encontró su porquería, seguramente pensó que se había excitado con eso: con un pene.
            —No te pongas rojo, Popy. Es una cosa natural en las personas solitarias. Pero tú me tienes a mí y yo nunca me he negado. Por eso te pregunto si no estás contento conmigo.
            Pensaría que ya no le gustaban las mujeres y por eso...
            —Contéstame, Popy: ¿te falta algo? ¿Quieres que me ponga a dieta?
            Qué vergüenza sentía con ella.
            —Perdóname.
            —Ven —Bety lo atrajo hacia sí.
            Él se levantó de la silla y se hincó en el piso, a los pies de su mujer. Y ella lo apretó contra sus enormes tetas como si hubiera sido un niño.
            —No te avergüences, Popy. Es natural. Sólo dime si ya no te gusto. Puedo ponerme a dieta.
            —Me gustas como estás.
            Porfirio hundió la cara entre los pechos de Bety hasta sentir que no podía respirar. Deseó no haberse hecho nada para poder tener una erección ahora.
            Se quedaron callados unos minutos, él inmóvil, ella acariciándole la cabeza.
            —Ven —le dijo Bety por fin—. Vamos a olvidarnos de esto. Ya no estoy triste. Ven, vamos a descansar un ratito —le ayudó a levantarse y lo condujo al sofá.
            Ahí volvió él a acurrucarse en ella. Al lado estaba el bolso que Bety se llevaba a la guardería. A Porfirio le pareció más abultado que de costumbre. Tal vez había guardado la cosa ahí, donde sabía que él no iba a buscarla. Pero ya no podía decirle nada. Siempre había odiado a los homosexuales y ahora ella pensaría... Se sentía avergonzado, confundido, culpable. Comenzó a tocarse: quería demostrarle... Pero sabía que era inútil: no tendría una nueva erección hasta en la noche y eso, tal vez, si ella le ayudaba.
            —Perdóname, Bolita. Perdóname.

2 comentarios:

Sella dijo...

¡Muy bueno, Agustín! Me dio un poco de tristeza a mi también, por las Betys y los Popys del mundo, que creo son muchos...
Abrazo, Silvia.

Agustin Cadena dijo...

¡Gracias, Silvia! Abrazo de regreso.