lunes, febrero 03, 2014

La Bella Sonámbula

(Imagen: "Sleeping", de Alvor - Deviant Art)




Conocí a Anton hará unos quince años, en Praga.

          En los años 90, en las capitales de los países recién liberados del socialismo se dio un gran auge de turismo sexual. Por todas partes se abrieron prostíbulos, sex shops, bares de lap dance, locales de peep show... había para todos los gustos y presupuestos: algunos lugares eran secretos y muy exclusivos, otros se anunciaban sin reserva en el periódico, en los folletos que daban en las oficinas de turismo, en tarjetas que se distribuían en hoteles y hasta en los mapas de la ciudad. También, por supuesto, había mujeres que hacían la calle a la manera tradicional, en pequeñas plazas, callejones, puentes...
          El turismo sexual, como cualquier otra clase de turismo especializado —el gastronómico, el literario, el religioso— propicia la creación de lo que se llama “círculos”: sociedades informales. Los licenciosos, como los arqueólogos o los buscadores de casas embrujadas, traban amistad a fuerza de encontrarse en los sitios del culto. Y no sólo eso: empiezan a reconocerse a simple vista, aprenden a identificar los rasgos, los gestos, el lenguaje corporal que los distinguen del profano. Un verdadero licencioso, como un revolucionario o un catador de vinos, puede engañar a todos menos a los que son como él. A los suyos. Y de la misma manera los reconoce al instante cuando los ve, así sea en medio de una multitud. Pues esto fue lo que determinó o propició que Anton y yo nos hiciéramos amigos.
          Yo estaba de viaje en Praga, buscando ya se sabe qué, y fui a tomarme una copa al Big Sister, en aquel entonces el burdel más caro de la ciudad. Aunque lo realmente caro eran los servicios; las bebidas costaban lo mismo que en la mayoría de los bares. Pedí una cerveza de la casa y me puse a mirar alrededor. Curiosamente, no había ninguna muchacha por ahí. En cambio, sobre la barra se encontraban varias pantallas en las cuales era posible ver lo que estaba ocurriendo en las 14 habitaciones. En efecto, una de las fantasías que el Big Sister podía hacer realidad era la de convertirlo a uno en estrella porno. Las pantallas mostraban mujeres bellas, de cuerpos esculturales, en distintas fases de la relación con el cliente. La mayoría estaban ya desnudas, pero dos o tres conservaban ligueros o tangas. Los clientes —por lo menos la mitad de ellos de rasgos orientales— tenían una cara de felicidad que no podían ni querían disimular.
          Aquello era como la Disneylandia de los libertinos. Tenía una habitación llamada Heaven (los nombres estaban en inglés), que era un espacio blanco con algún detalle azul, todo mullido y encortinado en manta de cielo, listo para el encuentro con los ángeles. Su antípoda era el Hell: una caverna con estalactitas artificiales, cadenas de hierro y demás parafernalia dantesca y lámparas ocultas que simulaban el fuego de los infiernos: el lugar ideal para condenarse por la lujuria. Luego estaba el Sultan’s Harem, como sacado de Las mil y una noches, con brisas de aire caliente y perfume de jazmines. Seguía el Fetish, difícil de describir: si hubieran puesto un prostíbulo en Blade Runner habría sido como esa habitación: paredes con espejos negros, cojines cilíndricos, luces como de galería de arte. En aquella primera visita al Big Sister me pareció más simpático el Mountains, un paisaje de fotomurales alpinos, con grandes rocas artificiales y la cama encima de éstas: una mezcla de Los Picapiedra y Heidi. Seguía el Girlish World, el sueño de toda quinceañera: una alcoba rosa y blanca, con una cama enorme en forma de madreperla con las valvas abiertas. Y por último estaba el Igloo: lleno de falsos témpanos de hielo y con un enorme oso blanco de museo de historia natural al pie de la cama.
          Esas eran las habitaciones especiales. Aparte había otras más tradicionales, menos caras. Y en otras áreas del edificio había una pista de baile para los strip shows, un sauna y un relax room con cómodos sillones para sentarse a descansar, a reponer energías o a platicar con alguna de las muchachas. En el sótano se hallaba un bar más pequeño con una  piscina de cristal: una especie de tiburonera donde uno podía sentarse a tomar una copa mientras miraba cómo las chicas buceaban y retozaban desnudas en el agua.
          Ahí, en ese bar del sótano, conocí a Anton. Lo reconocí como uno de los nuestros porque, mientras los orientales y demás turistas miraban todo como niños en juguetería, él bebía y fumaba despacio, mirando hacia la tiburonera con la expresión lánguida de un dandy victoriano.
          Cuando se dio cuenta de que lo estaba observando, me reconoció a su vez como a un miembro de la hermandad aunque de menor jerarquía que él, hizo una leve inclinación de cabeza y, con fuerte acento eslavo, me preguntó en inglés:
          —¿Dónde cree usted que se concentre la belleza de esa chica, la pelirroja?
          —En el cuello —le dije, luego de pensarlo unos instantes.
          —Se equivoca —me respondió en el tono con que un maestro francmasón de muy alto grado se dirigiría a un joven aprendiz—. Está en los párpados.
          —¿En los párpados?
          —Así es. Obsérvelos: lánguidos, sutiles y al mismo tiempo grávidos, ligeramente hinchados como si acabara de despertar o tuviera fiebre.
          —Ha de ser muy bella cuando está gozando —le dije, tratando de seguir el hilo de su reflexión.
          —No —respondió, seguro de lo que decía—. Cuando está gozando ya no hay nada que esperar. Dormida —concluyó, con tono de ensoñación—. Yo la tendría siempre dormida. O drogada.
          Nuestra conversación continuó un par de horas en ese tenor. Esa es la maravilla de la belleza: que fecunda a la inteligencia y la lleva a volar en alas de la reflexión y la conversación.
          Unos días después, Anton y yo volvimos a encontrarnos, esta vez en el Darling’s. Luego cada uno siguió su camino de libertinaje en distinta dirección: él se fue a viajar por las islas del Caribe y yo me fui a Hungría. Durante varios años, nuestro contacto fue a través del correo electrónico y de ocasionales envíos hechos por mensajería. Compartíamos fotos de la más artística pornografía, libros, curiosidades fetichistas.
          Finalmente, volvimos a encontrarnos. Él me envió un mensaje electrónico invitándome a visitarlo con la promesa de mostrarme “un tesoro”. Esta palabra, escrita por un hombre que, dándole la vuelta a la frase evangélica, afirmaba estar construyendo sus tesoros en el Infierno, tenía un brillo irresistible.

Anton rentaba un piso elegante pero muy discreto cerca de la estación de Hütteldorf, en Viena. Ahí tuvo lugar el encuentro. Una mucama uruguaya, advertida de mi visita, me atendió en castellano desde que abrió la puerta. Me condujo a un salón que, como parecía ser el caso del resto del apartamento, estaba iluminado sólo con luz eléctrica. En esa penumbra y ese silencio no perturbado por los ruidos de la calle, se olvidaba fácilmente que afuera había sol.
          —El señor viene enseguida —me dijo la mucama, y desapareció al fondo de un pasillo algodonado de sombras.
          Mientras tanto, me puse a observar el espacio. Los muebles eran antiguos, de la época de Francisco José, y en los libreros, aparte de novelas licenciosas y álbumes de arte erótico, había una interesante colección de objetos de procedencia variopinta: una estatuilla hindú ilustrando una de las posiciones clásicas del sexo sagrado, una figura mexicana de barro de una pareja en el acto sexual, una Venus Afrodita de alabastro, una diosa africana de ébano, una serie de falos de piedra de alguna región mediterránea, un oxidado cinturón de castidad, algunos juguetes modernos...
          —Bienvenido a  L’Enfer —Anton apareció antes de que yo terminara de mirar sus cosas.
          Venía envuelto en una bata de baño rojo oscuro y se había teñido el pelo y el bigote para ocultar sus canas. Me recordó a Dirk Bogard en el papel de Aschenbach, en la adaptación de Visconti de Muerte en Venecia.
          Nos dimos un abrazo y un apretón de manos, y luego Anton llamó a la mucama, que nos trajo sendas tazas de espresso con su respectiva rebanada de sachertorte. Mientras se inclinaba para poner los platos en la mesa de centro, mi amigo aprovechó para meterle la mano bajo la falda y hacerle una caricia larga, soez, que pareció molestar mucho a la mujer. Sin embargo, no protestó ni hizo gesto alguno de rechazo. Sólo yo pude advertir la expresión de aborrecimiento que desfiguró su cara.
          Conversamos durante más de una hora sobre las más diversas trivialidades: viajes, descubrimientos bibliográficos y cinematográficos, hallazgos que entraban en nuestra particular especialidad...
          —Bueno —dijo él, por fin—, no te invité aquí para que me dieras una clase de literatura. Te voy a mostrar el mayor de mis tesoros, el que seguramente me dará el pase a la condenación eterna.
          Hizo sonar la campanita de plata que había llegado con los pasteles y, cuando la mucama apareció, le dijo en alemán:
          —Traiga usted a la niña, si está lista para ser presentada.
          —Está lista, señor. En un momento.
          La mujer desapareció al fondo del pasillo y en un momento, ciertamente, regresó. Llevaba del brazo a una jovencita que caminaba como enferma o ebria. No era que no pudiera sostenerse en pie ni que tropezara de una manera lastimosa; simplemente se movía como presa de una languidez invencible, pesada de debilidad o de tristeza o de voluptuosidad. Iba vestida con sólo una túnica transparente, que revelaba su cuerpo exquisitamente anémico y contrastaba con lo oscuro de su cabellera. Su piel mostraba una palidez enferma, como de azucena.
          —Puedes acercarte a ella —me dijo Anton, seguramente notando mi arrobamiento— y observarla tan cerca como quieras. Para eso te hice venir.
          Obedeciendo, me puse de pie y me acerqué a “la niña”, como la había llamado su dueño. Emanaba de su piel un sutil aroma de flores nocturnas, que me hizo confirmar lo que había pensado del color de su piel. Y entendí por qué actuaba como ebria: estaba dormida.
          —Abre los ojos, Schatzi —le ordenó Anton, tronando los dedos como un hipnotista que despierta a su paciente.
          La niña obedeció . Tenía las pupilas completamente dilatadas, tanto que era difícil apreciar el color de sus ojos: un delgado aro azul titilando débilmente tras el espejo negro, como en un eclipse de sol. Los labios semiabiertos, sedientos. Y babeaba un poco, pero no con ese efecto de fealdad un poco tierna que tienen algunas niñas idiotas, sino de una manera inequívocamente erótica, salvaje, maligna. No era una retrasada de babero y balbuceo, era la hembra de un animal de presa destilando el espeso veneno de su estro.
          —Hermosa, ¿verdad? —Anton interrumpió mi contemplación.
          No me atreví a contestarle. No estaba seguro de que le niña no entendiera el diálogo. Como si leyera mi pensamiento, Anton me explicó:
          —No oye a nadie, excepto a mí. No ve nada ni se da cuenta de nada. No habla, no pide, no reclama... sólo dos cosas sabe hacer: amarme y obedecerme.
          —¡Es bellísima! —me atreví, por fin, a decir.
          —Pero mírala bien —me dijo. Enseguida, dirigiéndose a ella, volvió a tronar los dedos y ordenó:
          —Quítate todo, Schatzi.
          La niña obedeció con la misma morosa languidez. Ver su cuerpo surgiendo de entre los pliegues de la túnica, en esa penumbra y con ese aroma de flores moribundas que despedía, me hizo pensar en una versión gótica del nacimiento de Venus.
          —¿Y bien? —me interrogó Anton cuando terminé de contemplar su tesoro. Evidentemente estaba orgulloso de él.
          —Es... es... —no se me ocurría la palabra que pudiera describir todas las emociones y todas las impresiones que la niña me había provocado— Es... increíble.
          Anton llamó a la mucama.
          —¿Señor? —acudió ella.
          Antes de decirle para qué la quería, mi amigo le dirigió una mirada que me pareció amenazante, como si ella no estuviera haciendo lo que debía hacer o hubiera el peligro de que no lo hiciera. Y la mujer le devolvió la mirada sin dejarse intimidar.
          —Vístala y llévesela —le ordenó Anton.
          —Sí, señor.
          En cuanto las dos mujeres desaparecieron, mi amigo me dio la explicación que esperaba.
          —La idea se me ocurrió en Haití. En un prostíbulo de zombis al que fui en Puerto Príncipe.
          —¿Quieres decir que ella es...? —un temor supersticioso me impidió completar la frase.
          —Una zombi. Una bella zombi. ¿No se le nota?
          —Pero... ¿cómo la sacaste del prostíbulo?
          —Amigo mío, estás demasiado perturbado como para poner atención en lo que digo. Dije que la idea se me ocurrió ahí, no que saqué a mi Schatzi de ahí.
          —¿Entonces?
          —La niña es polaca. La rescaté de un muladar de inmigrantes heroinómanos en Belfast. Ya tenía el plan y ella era exactamente lo que estaba buscando. Ya tenía contactado al boko en Puerto Príncipe. Lo llamé por teléfono, compré en línea su boleto de avión, le pagué una pequeña fortuna por hacer el trabajo y una semana después... —Anton concluyó la frase chasqueando la lengua.
          “Lo que le hiciste fue como matarla”, pensé, pero no tuve el coraje necesario para dar voz al reproche. En lugar de eso, en mi cobardía, lo justifiqué:
          —Supongo que la vida que llevaba como drogadicta sería peor que esto.
          —Así es —confirmó mi amigo, en un tono más serio, casi piadoso—. Esa vida es un infierno. Pero ya no más.
          —¿Nunca... volverá en sí?
          —Según el boko, lo único que podría devolverle la conciencia es comer sal.
          —¿Sal?
          —Sí. Una pizca de sal bastaría para destruir el efecto de las sustancias administradas por el brujo. En el prostíbulo de Puerto Príncipe se contaba una historia: una vez, un marinero llevaba en su bolsillo una bolsa de cacahuates con sal. Le ofreció de ellos a la zombi que se llevó a la cama, ella recuperó la conciencia y, cuando comprendió dónde estaba y todo lo que había pasado, se arrojó de cabeza al mar.
          No comenté ya nada. Me quedé pensando en eso y en otras historias sobre zombis que había escuchado. Y sentí que me asfixiaba en ese lugar, pero al mismo tiempo experimenté un desesperado sentimiento de haberme enamorado de “la niña”.
          —Tómate una copa —me ofreció Anton, notando mi contradictorio estado de ánimo—. Te ayudará a asentar la experiencia.
          Al día siguiente me fui de Viena. Durante los años que transcurrieron después, muchas veces volví a pensar en mi amigo y en la horrenda belleza que tenía en su casa. Deseaba y a la vez temía volver a verla. Soñaba con ella. Una noche la soñé o la vi —no lo sé— sentada en la orilla de mi cama, observándome mientras se comía a mordidas un enorme trozo de carne cruda, los labios escurriendo sangre. No baba, como aquel día en el piso de Viena, sino sangre.
          Me alejé un poco de Anton para no sentirme obligado a volver a visitarlo. Y ya no me sentía bien cuando pensaba en él. No era ninguna forma de rechazo moral; creo que lo envidiaba, que le tenía celos. Él no insistió.
          No volvimos a vernos. Lo último que supe de él fue que había muerto. Salió en el periódico. De acuerdo con el informe oficial, lo asesinó una joven que vivía con él y que se hallaba bajo el efecto de una droga desconocida. Lo apuñaló repetidamente con un cuchillo de cocina y luego se suicidó clavándose en el vientre la misma arma. Eso era todo lo que decía la nota. Lo demás me vino a la mente en una imagen clarísima: la mucama uruguaya dándole cacahuates salados a la niña, sin saber. O tal vez, por descuido, dejó un salero al alcance de ella. Y aun había una tercera posibilidad: lo hizo a propósito, para vengarse por algo de Anton.