miércoles, junio 18, 2014

DOS LIBROS DE JUVENTUD DE ALFREDO E. QUINTERO

Alfredo E. Quintero es uno de esos raros poetas que, además de además del entusiasmo intelectual que todo buen escritor puede provocar, despiertan reacciones emocionales, a veces encontradas, muchas veces apasionadas. Ciertamente, los comentarios que he oído o leído sobre sus libros, provenientes de lectores de muy distintos contextos, son tan contundentes que rayan en lo aguerrido, en el desafío abierto. “Para mí es el mejor y a ver quién dice lo contrario”. Desde la publicación de su primer libro, pero especialmente a partir de que recibió el premio “Enriqueta Ochoa” y luego el premio Aguascalientes, Alfredo E. Quintero tiene un club de fans que es el sueño de todo escritor: lo admiran, lo defienden, lo quieren.
            A manera de invitación a la lectura de su obra —y para complacencia de sus admiradores— recupero aquí dos reseñas que publiqué en medios impresos hace más de veinte años, cuando él era una joven promesa y se dirigía a los maestros con el mismo tono de respeto y admiración con que hoy se dirigen a él sus discípulos.
  
UN CRISTAL INCANDESCENTE

La realida recordada es un cristal hecho pedazos. Tarea del poeta es unirlos, aunque al hacerlo se hiera y sangre. Así lo ha asumido Alfredo E. Quintero, joven poeta que nació en Culiacán en 1969.
            La mesa de los portarretratos es su primer libro y se halla dividido en tres secciones: “Un tragaluz en la memoria”, “La mesa de los portarretratos” y “Portarretratos”. La primera de ellas apareció como volumen independiente en la colección Cuadernos de Malinalco, en 1991.
            Desde los títulos, Alfredo nos dice de qué se trata su libro: son poemas sobre el pasado, hechos de nostalgia; poemas que insisten en que no hay paraíso sino perdido. Hablan del agua y del fuego, de la madre, de la vida, del padre ausente. Sus espacios son los de la ternura doméstica: la casa, el fogón, el portal donde las ancianas desgranaban mazorcas; los espacios de la infancia: la matiné de los domingos, el río donde lavaban las mujeres, las rejas de bugambilia. “¿Cómo deshabitar los recuerdos?”, se pregunta el poeta, y su libro responde con un éxtasis de la memoria: los recuerdos en él se vuelven luz, imágenes fervorosamente fijas, atesoradas en la intimidad de la ensoñación, en daguerrotipos hechos de palabras terribles y al mismo tiempo entrañables.
            El cristal es la materia de que están hechos estos poemas. Es un cristal-ventana, un cristal-lámpara que permite acceder a lo imposible: la resurreción de los muertos, la iluminación de la memoria en un relámpago que le devuelva, brevemente, la textura fiel de lo perdido.
            Y todo esto con un oficio seguro, limpio, enriquecido en la exploración de las formas. Endecasílabos, alejandrinos, octosílabos armonizan en La mesa de los portarretratos de manera natural, sin esfuerzo aparente, construyendo la cadenciosa evocación que es el tono del libro. Los metros se desbaratan de repente, se metamorfosean y luego emergen en otros poemas como un recuerdo de sí mismos.
            La voz de Alfredo E. Quintero tiene el ritmo de la melancolía, del dolor que a fuerza de acendrarse ha dejado de ser amargo. Sus versos, de alientos hondos y dúctiles, insinúan el vaivén del recuerdo, del amor, de las imágenes que al pasar quedan atrapadas en un cristal. Por eso todo es medido en este libro, todo da la impresión de haber sido sopesado cuidadosamente, porque hasta una leve inexactitud podría traicionar la nitidez de la memoria. De ahí el temblor de la poesía: “Dónde se va perdiendo la verdad del recuerdo”.
            La voz de Alfredo E. Quintero arde hacia adentro, como si quisiera contenerse  y no pudiera. Y en el intento por conseguirlo arde aún con mayor violencia. Hay en él una estética del silencio, una renuncia a decir las cosas de más: “Y si de pronto hablara a gritos/ desmantelara el secreto...”
            Pocos han sido tan poetas a los veintidós años.

Alfredo E. Quintero, La mesa de los portarretratos. México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 1992. 83 pp. (Núm. 33).

CORCELES DE AGOSTO
  
Entre los que nacimos en la década de los sesenta, resulta innegable que la poesía escrita por hombres ha pasado a segundo término ante una producción femenina caracterizada por voces muy altas e intensas.
            Alfredo E. Quintero es de los muy pocos poetas gracias a los cuales no es posible decir que la poesía de los nacidos en los sesenta se sostenga exclusivamente en el trabajo de las mujeres. Sin embargo, la energía yin que se extiende como un incendio por todo el mundo se manifiesta también en él, con una calidad especial. Esto hace de Alfredo E. Quintero un poeta profundamente de su tiempo.
            En su obra en general —y específicamente en Corceles de agosto—, el poeta percibe el mundo por las ventanas de la memoria.  La suya es, ciertamente, una poesía del recuerdo, de la nostalgia, del tiempo recuperado. La insistencia en sus temas le ha proporcionado al poeta nuevos y más depurados matices. Siguen ahí la casa de provincia, el espacio de la infancia, la abuela, la madre  inmediata y remota. En su reconstrucción predominan las líneas suaves, los tonos velados, las cadencias intimistas. Son poemas conseguidos a partir de la tensión entre elementos a veces difíciles de conciliar: sensuales y domésticos, audaces y recogidos. Pongo éste como ejemplo: “Inundación de geranios   la tarde./ Cristales adentro/ los ojos son pasos/ agua de lluvia que recuerda./ Comienza a perder altura la mirada./ Toda la distancia se reúne ahora:/ Ella desempolvaba la porcelana.
            Corceles de agosto es hasta ahora el mejor libro de nuestro mejor poeta yin.

 Alfredo E. Quintero, Corceles de agosto. México, UAM, 1996 (Margen de poesía 52). 34 pp.