jueves, septiembre 17, 2015

La campaña

(Imagen: "Politician" by Renegad3spectre - Deviant Art)




Se puede coger por tristeza. Es decir, se puede por muchas cosas: por amor, por venganza, por puras ganas, por lástima. Pero también por tristeza. Así nada más. Porque ya no aguanta uno las cosas de la vida y necesita desahogarse de esa manera. En eso pensaba Adriana aquella noche cuando finalmente se rindió a la evidencia de que la campaña estaba perdida desde el principio.
          Habían recorrido muchos pueblos en esas tres semanas. Todos miserables, casi iguales entre sí: la cancha de básquetbol a la orilla de la carretera; la escuela, la tienda y las casas importantes a los lados; atrás las calles de tierra suelta y las casas de tabique crudo; al fondo, en el cerro más cercano, el depósito de agua pintado con propaganda de algún partido. A veces del de ellos. Cardoso no había escatimado recursos: se había movido buscando apoyo por todos lados. Dinero. Había comprometido lo suyo. Estaba seguro de que iba a ganar o al menos eso decía. Eso les venía diciendo desde que salieron de la capital del estado, hacía tres semanas, en aquel autobús lleno de papeles, de propaganda, de botellas de whisky que había que renovar constantemente. Qué distinto se veía el futuro entonces. Quedaron de verse a las ocho de la mañana en la casa de campaña y llegaron puntuales, frescos todos, bien dormidos, llenos de energía. Cardoso, Adriana, los del equipo de Comunicación Social, el chofer y la secretaria subieron en el autobús; los tres guaruras y el otro chofer les ayudaron a acomodar su equipaje y luego abordaron el Stratus. Los dos vehículos salieron de la ciudad a la hora en que mucha gente entraba a trabajar. Se sentía eso en el aire: la emoción de la jornada que comienza, de lo que está por hacerse, de lo que está por ganarse. El sol calentaba apenas los cerros cercanos cubiertos de casas, tiñendo las paredes de dorado, y los árboles de la carretera se balanceaban apenas como si su única intención hubiera sido demostrar que no pertenecían a un cuadro fijo. En algún momento, ya saliendo de las últimas barriadas, Adriana reparó en el espectacular que mostraba a un atleta rompiendo una marca: un joven rubio, vestido de blanco, que levantaba sus brazos como para recibir el sol entero. Era un mensaje para ellos, o ella quiso verlo así: una promesa de poder, de conquista lograda y saboreada.
          —¿Entonces qué, licenciada? —le dijo el Changa— ¿La vamos a hacer o no?
          ¿Se refería a la campaña o a ella?, se preguntó Adriana débilmente, acostumbrada al hostigamiento del guarura. De todos modos, pensó, las dos cosas estaban perdidas: la campaña, porque si desde el principio ya se dudaba que Cardoso pudiera ganar, ahora, con tantos actos cancelados y con tantos errores, ya nadie parecía albergar ninguna esperanza; ella, porque estaba cansada de lo que habían sido esas tres semanas: el lento peregrinar de la comitiva por las carreteras del estado, el calor, el encierro del vehículo, las piernas entumidas hasta que llegaban al siguiente pueblo y podían estirarlas. Y estaba harta de trazar itinerarios, de programar actos públicos en poblaciones a las que a veces ya ni siquiera entraban, de estarle contando las copas a Cardoso, de recordarle cada compromiso y ver que pudiera cumplir, de acostarlo en la pequeña cama del autobús y ponerle los zapatos y hacerle el nudo de la corbata cuando estaba muy borracho, de hablar con las delegaciones locales para aplazar o cancelar la visita. No le habría importado tanto si sólo fuera un trabajo, sin más. Pero ella creía en Cardoso. Había creído en él desde que fue su maestro en la Facultad de Economía. Por eso se hizo su amante. Por eso siguió queriéndolo y admirándolo después de que su alcoholismo acabó de destruir la relación. Y por eso aceptó trabajar en la campaña aun cuando mucha gente decía ya que él no iba a ganar. El presidente de la República tenía su candidato y no era él. Eso era todo. La decisión estaba tomada desde allá arriba. Pero Cardoso hizo desde el principio como que tenía un as bajo la manga. Los hizo creer que iba a ganar. Tal vez él mismo lo creía aunque, pensaba ahora Adriana, tal vez no. Por eso comenzó a beber desde el principio. Subir al autobús, encender un cigarro y servirse medio vaso de whisky eran para él un solo acto. Luego, todo el camino era lo mismo: fumar más, beber más, hablar sin parar sobre los problemas del estado y los cambios que se necesitaban. Era tan lúcido, pensaba Adriana aun entonces, tan brillante. La gente creía en él de manera natural, nada más oyéndolo.
          —¿La hacemos o no la hacemos, licenciada? —repitió el Changa.
          Estaban en el extremo de la plaza, de espaldas a una tiendita de artesanías. Había mucha gente: grupos con pancartas, sindicatos y uniones de campesinos. Habían llegado en varios autobuses y tuvieron que esperar cuatro horas al candidato. Porque el acto iba a ser a la una de la tarde y eran las cinco.
          Adriana otra vez no respondió. Fingió que estaba poniendo atención en el discurso de Cardoso. Ella lo había escrito hacía unas horas, mientras él continuaba su monólogo de borracho diciéndole más o menos lo que deseaba expresar, haciéndole un resumen de los problemas del pueblo en turno y de lo que haría para resolverlos.
          Al no obtener respuesta, el Changa se paró atrás de ella y se le pegó al cuerpo. Adriana pudo sentir su respiración en la nuca. Era un hombre asqueroso, prepotente, sucio, lleno de lujuria por todas las mujeres. ¿Por qué tenía que serlo de manera especial con ella? Desde que empezó la campaña no había dejado de mirarla. Sus ojos trazados de venas rojas la seguían por todas partes. En cuanto paraban en algún lugar, se daba prisa en bajar del Stratus para ir a ayudarla a apearse del autobús. Trataba de hacer conversación con ella; le hablaba de política, de los municipios del estado que él ya conocía, de la música de moda. Era inculto, soez, lento de inteligencia: todo lo opuesto a Cardoso. Pero tenía unas manos enormes en cuya muñeca izquierda el ostentoso reloj deportivo parecía chiquito, y ahora, por primera vez, Adriana reconoció que le atraían las manos así. ¿A cuántos hombres y quizá mujeres habría desecho a golpes? Era comandante de granaderos antes de entrar a trabajar con Cardoso.
          —Ni parece que haya tomado nada, ¿verdad, licenciada? —le dijo, buscando otro tema de conversación. Por lo menos hablaba de Cardoso con respeto, incluso con simpatía. Eso era lo único que hacía al Changa tolerable para Adriana. Tal vez no admiraba a su jefe como ella, pero era el único en quien se podía confiar. Los demás estaban ahí sólo por el salario y porque en realidad no sabían nada, no se daban cuenta, no veían aún que su camino por esas carreteras no iba a llegar a ninguna parte. Eran como dos embarcaciones perdidas en el mar. El Changa sí parecía preverlo. Y seguramente le dolía porque también él había creído en Cardoso. Estaba orgulloso de trabajar con él y eso, ahora que ya todo estaba perdido, le inspiraba a Adriana una enorme simpatía. Por eso finalmente le contestó:
          —Sí, no se ve mal. Dirán que se tomó sólo una cerveza con alguno de los líderes.
          —Yo digo que está bien que se eche unas antes de los actos, ¿no, licenciada? —el Changa pareció animarse, sentirse estimulado por la respuesta de ella— Como que agarra inspiración, írelo. Habla más bonito, le llega más a la gente.
          Esa manera de hablar, con su acento de barrio, le desagradaba a Adriana; echaba a perder de golpe todo lo que el hombre, en sus mejores momentos, podía lograr.
          —El problema es que no “se echó” nada más unas, y si la gente lo “ira” bien, se va a dar cuenta.
          —Usté déjelo, licenciada —el Changa ni siquiera notó la manera como ella le había hablado—. Orita con el calor que está haciendo va a sudar todo el whisky.
          El Changa no pudo oír lo que Adriana le contestó porque el discurso había terminado y la gente comenzó a aplaudir. Hubo una pausa. Algunas personas se abrieron paso entre la muchedumbre para retirarse o para cambiar de lugar. Bajo los sombreros se veían las sienes que escurrían de sudor. Los líderes campesinos empezaron a leer discursos de apoyo. Luego se acercaron a Cardoso para estrecharle la mano. Cuando Adriana se volvió, el Changa había desaparecido. Instantes después lo vio en el templete, cuidando que ninguna persona armada o con ánimo agresivo se acercara al candidato. Los otros guaruras andaban echando ojo entre la multitud, y los asistentes de comunicación social repartían propaganda.
          Adriana respiró con alivio: disponía de unos minutos para ella sola. Fue a la tienda de abarrotes y compró una botella de agua purificada. En la penumbra del local, sentado en una banca, estaba un campesino bebiendo cerveza. A ella se le antojó, por el calor que hacía. Desde que empezó la campaña, no había querido beber nada de alcohol para que Cardoso no se sintiera acompañado y tomara más. Pero ahora tenía necesidad de relajarse, de olvidarse un momento de todo. Y además se le antojaba tanto esa cerveza... el placer con que el campesino se llevaba la botella a los labios. Se decidió a pedir una y se sentó en la banca, junto al hombre. Era joven, musculoso. Y hubo algo en su olor a sudor y a cerveza que a Adriana le resultó repulsivo y excitante a la vez. No quiso reconocer lo último; se frotó los ojos con enorme cansancio y se dio prisa en terminar de beber. El campesino se le quedó viendo a los pechos: una mirada directa, no oblicua, no torcida como las del Changa. Se levantó y le pidió al dependiente dos vasos de caña; uno se lo invitó a Adriana.
          —¿Usté es casada? —le preguntó a bocajarro.
          Adriana aceptó la bebida, pero no quiso conversar.
          —No —respondió secamente.
          —¿Por qué?
          Vaya con el metiche igualado. El primer trago le supo muy fuerte, después empezó a gustarle.
          —¿No ha visto usted bien a los que fracasan? —comenzó a repetir palabras que le había oído a Cardoso, como un homenaje a él, pero también porque necesitaba oír que eran falsas, que el gran hombre se había equivocado en todo— Siempre tienen compañía. A la victoria, en cambio, va uno solo: para ganar no hacen falta testigos.
          El hombre no siguió el diálogo: se quedó pensando. Acaso los sofismas de Cardoso funcionaban también pasados de segunda mano. Adriana le dirigió una mirada de desprecio al muchacho.
          —Quién sabe —dijo él como defendiéndose así de esa mirada de hielo.
          Adriana se volvió hacia la calle. Cuando terminó de beber la caña, el campesino ya se había ido. Se sentía ligeramente ebria.
          Salió a la plaza, para entonces casi vacía. El sol estaba bajando. El viento arrastraba cientos de volantes por las calles de grava. Adriana sintió el impulso de dar una vuelta por el pueblo, conocerlo, entrar a la iglesia tal vez. Pero en ese momento se le apareció uno de los guaruras.
          —La estamos buscando por todo el pueblo, licenciada. El candidato quiere verla.
          —¿Hay algún problema? —preguntó, alarmada. En un instante era otra vez la misma de siempre: tensa, nerviosa, pendiente de todo lo que tuviese que ver con Cardoso.
          —No, licenciada, todavía no. Lo que pasa es que el candidato se fue con unos líderes y...
          —¿Está tomando?
          —Sí, licenciada. Y creo que ya se está sintiendo mal.
          —¿Y el Changa?
          —El Changa fue el único que se quedó con él. Todos los demás salimos a buscarla a usted.
          Adriana se sintió molesta: ¿por qué tenía que preguntar por él? Echó a andar por donde el guarura quiso llevarla. Atravesaron la plaza llena de basura, dieron vuelta por una callejuela. En el patio de una de las casas había una lona azul y bajo ella varias mesas pegadas con un solo mantel, mucha gente sentada y algunos de pie. Ahí estaba Cardoso, ciertamente bebiendo. Ya no podía hablar bien. No se le entendía. Intentaba decir algo en contra del presidente de la República, pero no había argumentos en su discurso, sólo epítetos, insultos. Los campesinos lo miraban en silencio, sin expresión. Las mujeres, paradas junto a la pared del fondo, se reían tapándose la boca. Estaba oscureciendo y habían encendido la luz.
          —Ayúdeme, por favor —le dijo Adriana al Changa, que estaba ahí sentado junto a su jefe como un perro echado a los pies de su amo. Tomó a Cardoso del brazo y trató de levantarlo.
          —Vámonos —le dijo resuelta.
          El Changa esperaba una confirmación de Cardoso, pero como éste no respondiera le obedeció a Adriana.
          —¿Adónde llevan al candidato? —se interpuso uno de los campesinos, también bebido.
          —A que descanse, señor. Déjenos pasar.
          —¿Ya saben dónde está la casa donde se van a quedar? —le preguntó otro hombre, que parecía tener autoridad. Buscó con los ojos a un niño y le gritó:
          —A ver, m’ijo, llévalos a la casa de don Alí. Toma las llaves.
          Finalmente salieron de ahí. Cardoso no podía tenerse en pie. El Changa lo levantó en brazos como si hubiera sido un niño pequeño y se lo llevó detrás del chamaco que los guiaba. Unos perros ladraron a lo lejos, en la noche morada de calor.

Después de que dejaron a Cardoso en su cama, Adriana soltó un suspiro de cansancio. Al día siguiente tenían que salir temprano. Continuaría la peregrinación por esas carreteras que no tenían fin ni destino. Continuarían el calor, el aire reseco, el mosquerío. Cardoso diría que necesitaba curársela. Comenzaría a beber desde que subieran al autobús. Por supuesto, ya no recordaría ninguna de las promesas que hubiera hecho hoy a esas personas. Pero, ¿para qué recordarlas si no iba a ser gobernador?, ¿si esta campaña seguía adelante por pura inercia, porque había que gastarse el presupuesto hasta lo último?
          —Se ve muy cansada, licenciada —le dijo el Changa, afectuosamente, recargándole apenas en el hombro una de sus manos—. ¿No quiere que le dé un masaje pa que duerma bien?
          Adriana sonrió con amargura. No había recámaras ahí para cada uno. Iban a dormir en cuatro habitaciones: en una los guaruras, en otra los choferes con los dos muchachos de Comunicación Social, en otra ella y la secretaria. La cuarta era ésta, la de Cardoso, la mejor de la casa.
          —Está bien —contestó finalmente. Fue entonces cuando pensó eso de que se puede coger por tristeza. Por puritita tristeza—. Pero vámonos al autobús —puntualizó—. Total, que hablen. Ya esto se acabó.
          Antes de salir le hizo una caricia a Cardoso en los cabellos y cerró los ojos un instante. Vio el paisaje del primer día, cuando parecía que todo iba a salir bien: el campo verde y al fondo el anuncio del atleta con sus brazos hacia lo alto, lleno de poder.