miércoles, marzo 02, 2016

WALPURGISNACHT






La luna estaba crecida, casi llena, y su luz amniótica se unía con la del alumbrado público para dar a la explanada su aspecto irreal, de ciudad fantasma o de reino sumergido. El pavimento blanco parecía un extenso lecho de arena, y el aire sedoso y plateado daba volumen y profundidad a los sonidos.
          Primero apareció una hembra desbocada, completamente desnuda. Corría y danzaba salvajemente, mientras la claridad de la noche enmarañaba su largo pelo. Por momentos emitía gruñidos de excitación, breves y aterciopelados. Sus ojos brillaban con tal intensidad que desde lejos se veía cómo un halo de lumbre se expandía cada vez que las pupilas se dilataban.
          Detrás de ella aparecieron cinco machos también desnudos e igualmente formidables. El que parecía ser el líder venía adelante, con la verga erecta como una larga gema rosada. La hembra lo miraba con deseo pero no parecía dispuesta a dejarse alcanzar tan pronto. Llevó adelante su danza impúdica, huyendo de sus persecutores con asombrosa agilidad, aparentando que caía para quedarse un instante en la pose de una víctima segura, mostrando su sexo dilatado y encendido y acariciando con la mirada de sus ojos húmedos los cinco falos que la cercaban. Los machos parecían disfrutar el juego igual que ella. Cada vez que estaban a punto de alcanzarla y la perdían, lanzaban largos gritos de placer.
          De repente, el que parecía el líder alcanzó a sujetarla por los cabellos e intentó abrazarla. Ella se quedó quieta unos segundos, acezante, mientras una cosa lúbrica subía por entre sus piernas tratando de abrirse paso hacia adentro. Lo sintió duro y caliente y dulce. Sin embargo no se dejaría poseer tan fácilmente; volviéndose, mordió el cuello de su atacante y echó a correr, tomando por sorpresa a uno de los otros, que ya se precipitaba sobre ella. Volvió a iniciarse la danza, pero ahora los muslos de la hembra lucían empapados por la humedad que escurría de su sexo. El tiempo fluía insensiblemente.
          Después de un rato, notó que sus persecutores comenzaban a cansarse —uno ya había desertado— y decidió estimularlos un poco más; ella también estaba cansada y cubierta de sudor; la luz de la noche parecía un agua azul de la cual ella estuviera empapada. Se tendió en el suelo boca arriba, con las piernas abiertas, cerró los ojos y empezó a quejarse de placer, quedito, como una niña que después de llorar se duerme con el pezón de la madre entre su boca. El olor de su sexo se prendió al aire, y los machos se sintieron obligados a detenerse para contemplarla así. De entre los labios —encarnados, abiertos al tacto de la luna como una flor de noche—  brotaba una baba purísima como luz coagulada; de ella estaban empapadas sus piernas, mojaba el vello púbico como una escarcha caliente y anegaba el pequeño orificio anal antes de encharcarse en el piso. En medio de todo esto, el botón del placer pulsaba ferozmente, hinchado de dolor como un gusano comestible. Y ella gemía de gozo.
          Entre los machos, el liderazgo parecía haber cambiado; el nuevo jefe, más audaz que el anterior, se arrojó sobre la hembra. Y esta vez ella no hurtó su cuerpo, sino que lo esperó sin cerrar las piernas, con las pupilas aureoladas de miel ardiente. Pero antes de que él la penetrara, otro lo apartó de un golpe y se enredó con él en una pelea que los hizo rodar de un lado a otro. La hembra  aprovechó la oportunidad para ponerse a salvo, aunque sintió que esa violencia la encendía más. Otro de los atacantes, en un estado de completa ebriedad, se acostó para lamer del piso los líquidos que ella había dejado, mientras el cuarto, un ejemplar de músculos finos  y más joven que sus rivales, se le quedaba viendo sin atreverse a dar un paso. Ella tenía las mejillas encendidas y de sus boca abierta salía un aliento de sal y de exquisito veneno. Sus pechos subían y bajaban al ritmo de su excitación.  El macho joven la miraba como si no pudiera creerlo y ella se dio cuenta de que era virgen. De pronto, mientras los jefes se peleaban y el tercero se apresuraba a lamer el piso, le dio la espalda y se dejó caer hacia adelante, hasta que quedó apoyada sobre sus codos. Ante el joven incrédulo se alzó una grupa como un fruto abierto que se le ofrecía completo.
          Los otros dejaron de pelear cuando oyeron el primer bramido de la hembra. El joven la sujetaba de los cabellos con sus dientes, como si hubiera querido devorarla, y mientras tanto ella sentía que la desgarraba con aquello que le estaba metiendo y gritaba con todas sus fuerzas, roncamente. Los otros la rodearon con sus manos, bocas y falos que esta vez se adueñaron de ella.
          El joven terminó demasiado pronto, quizá porque era la primera vez, pero ella no tuvo tiempo para sentir su ausencia: otro la cubrió inmediatamente sin darle respiro, y los gritos de la hembra volvieron a oírse encendiendo el aire.
          No supo ni qué le había hecho cada quien; le mordieron los pezones, le lastimaron el recto, se vinieron en sus cabellos, orinaron en su espalda...
         
Antes del amanecer bajó de la azotea. La puerta de la recámara estaba cerrada, pero la hembra se puso a rasguñarla. Aventuró un maullido largo, que reveló inevitablemente lo cansada que estaba. Y como siempre, no tardaron en hacerle caso. La puerta se abrió y unas manos tibias de sábanas la levantaron.
          —¡Mafalda! ¿Te fuiste otra vez de juerga? Mira nada más cómo te dejaron. ¡Cochina! Ven acá, vamos a dormirnos juntas, que yo estoy igual.

No hay comentarios.: