miércoles, mayo 04, 2016

LOS SEGADORES



Among leaves, I have torn out the heart of
the sun
The long-lost Mexican sun.

James Dickey

 

Matiana ya sabía que iban a venir. Se lo había dicho su abuela. Allí, en la olorosa penumbra de su tienda de plantas medicinales en el mercado de Sonora, entre velas de chile, collares de santería y jabones para limpias, su abuela le dijo todo lo que iba a pasar. Y después de contárselo, selló sus labios con un movimiento de sus dedos torcidos y negros. No fue necesario, porque Matiana nunca tuvo la costumbre de hablar mucho, ni siquiera de niña. Y ahora que era adolescente y sabía que su tiempo en la tierra llegaba al final, menos. Había hecho su parte y estaba en paz. Por fin iba a reunirse con sus padres, quienes se fueron de este mundo cuando ella aún no cumplía el año de nacida. No hubo tiempo ni de darle hermanos. Matiana creció bajo el cuidado de la abuela, cobijada por las sombras de su tienda, entre el olor de la ruda y el del ocote, alimentando gallinas negras y buscando en los rincones a los sapos que escapaban de su jaula. Un día, cuando ya le había enseñado todo lo necesario, la anciana también se fue.
          —Pero nos vamos a reunir pronto —le dijo—. Ahorita todos los de nuestra sangre, incluidos tus padres, están solos allá en el Mictlán, esperando. No tienen con quien hablar y ahí no hay luz ni para mirarse los dedos de las manos. Todos están tristes y allá voy yo también. Pero en cuanto tú, que eres la última porque ya no va a nacer más gente de nuestra sangre, hagas tu parte, nos vamos a juntar.
          Esas palabras fueron la única herencia de la abuela. La tienda estaba vendida desde antes. Era parte del plan para Matiana, que debería caminar mucho en adelante, ver todo lo malo, ponerse en contacto con las existencias más inferiores de la ciudad de sus antepasados.
          Durante algún tiempo pidió limosna en las calles aledañas a la catedral metropolitana.
          —¿No tienes padres? —le preguntó un día un hombre como de cincuenta años, miserable, con los ojos como estrellados de cansancio. Matiana lo reconoció en seguida.
          —No.
          Podía anticipar todo lo que vendría después como si su vida fuera una película que ya había visto.
          El hombre se llamaba Apolión, pero en el barrio le decían “Apo”,  y era merolico; vendía unas milagrosas píldoras que curaban la solitaria, las lombrices, el granizo y todo tipo de parásitos intestinales. Buscaba un sitio adecuado en cualquier banqueta y ahí, sobre una lona pringosa, colocaba sus frascos llenos de bichos conservados en formol; eran cosas tan horribles que los transeúntes invariablemente se detenían a mirar y muchos compraban las píldoras, sólo por el temor de saberse invadidos por alguna de esas repugnantes serpentinas.
          Aunque Matiana no iba a resistirse a nada, no quiso tocarla sexualmente. Se la llevó a vivir con él así, sin cohabitación de esposos, porque ella era una niña y él se sentía sucio de gusanos. Se limitaba a bañarla. Vertía el agua sobre su cabeza con una jícara y luego, arrobado,  recorría con las manos enjabonadas toda su piel: los hombros redondos y suaves, el pecho todavía infantil pero cuyos oscuros pezones ya sabían erizarse al contacto de los dedos, la cintura. Luego la llevaba a la cama para secarla y, en ciertas noches especialmente infernales, se ponía a contemplarla durante horas, sin moverse, como un peregrino ante una imagen. No era ella lo que veía, sino las llamas que la rodeaban protegiéndola. Habría bastado un solo movimiento, una sola caricia impura, para que él mismo estuviese condenado, para que su alma se llenara de gusanos como ya lo estaba su cuerpo. El vértigo de ese peligro le daba un placer maravilloso y culpable. Y gracias a él, al otro día ofrecía sus píldoras milagrosas con mayor poder de convencimiento, con mayor espanto. Ante sus ojos aterrados de deseo, el cuerpo de Matiana dejó las formas y el perfume de la infancia. Una noche, al secarla, Apo descubrió entre las piernas de la niña su primera vaharada de mujer. Y ella se estremeció. El aire entraba con esfuerzo a sus pulmones a través de los labios entreabiertos. La visión del techo miserable y de la luz amarilla del foco se congeló en sus ojos entornados, en su mirada de pronto turbia. Apretó ambos puños, escondiendo los pulgares bajo los demás dedos. Después de ver así a su niña, Apo  corrió a la cocina de la vivienda en busca de un cuchillo. Sin un instante de vacilación, se sacó el ojo izquierdo. Y de la cuenca sangrante empezaron a salir gusanos, unos gusanos delgaditos y blancos que se retorcían de dolor al sentir el aire seco.
          Esa fue la señal para Matiana. Al día siguiente, como se lo había dicho su abuela, escapó de la casa sin llevarse nada ni dejar nada suyo. La calle lucía como recién lavada cuando salió. Echó a andar sin rumbo y sin tristeza, súbitamente llena de alegría.

 ***

Esa noche del viernes 20 de diciembre comenzó todo. Varias jornadas antes había tenido lugar un eclipse de luna, celebrado con ofrendas en todo el valle, y ahora el solsticio de invierno coincidía con la luna llena, como hacía muchos años no se observaba. Sería una noche de revelaciones. Uno por uno fueron llegando los abuelos. Fuera de la Catedral, en pleno Zócalo, un águila volaba como si fuera mediodía y el colibrí se había convertido en ave nocturna. Tres días después, el lunes 23, aparecieron los signos. El más claro fue el de los pájaros adivinos. En todas las plazas y los parques de la ciudad y en las ferias y en todos aquellos sitios donde había una ave de éstas, nació primero el temor. La noche había sido tranquila, quizá un poco invernal, pero no parecía que fuera a pasar nada. En la mañana, cada dueño se levantó a la hora acostumbrada, desayunó, hizo alguna otra cosa y se dispuso a salir a trabajar. Buscó la jaulita con sus tarjetas de la buena suerte, saludó al animal que se encargaría de escoger una de ellas para cada persona que se acercara a consultarlo. Y entonces se dio cuenta. Sintió miedo. Después, durante el día, supo que en todas partes había ocurrido lo mismo: un espíritu maligno, un agente invisible y probablemente múltiple penetró en las jaulas de los pájaros adivinos y les sacó los ojos.
          No hubo más signos y, quienes no tenían en su casa un pájaro adivino, no se enteraron de nada. La ciudad pareció vivir normalmente. Los coches cumplieron con su lenta rutina. El color verde de los uniformes de la secundaria alegró un poco el paisaje vespertino. Pero bajo esta apariencia se desató un intenso movimiento. Moriscos, albinos, torna-atrás, lobos, zambayos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamizos y allí-te-estás... todas las castas olvidadas de México recibieron señal de alerta. El tiempo había llegado. En el altar mayor de la Basílica de Guadalupe, un sacerdote encendió el fuego. En las calles de la ciudad, las prostitutas de dientes pintados de rojo iniciaron la vigilia. Eecatl, Cipactli, Calli, Cuetzpallin, Coatl, Miquiztli, Mazatl, Tochtli, Atl, Itzcuintli, Ozomatli... Éstos y otros fueron los nombres que el sacerdote repitió.

***

Le había dado por pensar en su vida como la historia de un rescoldo. Había nacido por accidente, porque alguien lo dejó caer al pasar, quizá de la punta de un cigarro, y él se aferró a lo primero que encontró: un periódico viejo, un pedazo de cartón. Logró sobrevivir con mínimo alimento. Pasaron días, que para él fueron años, y no le fue dado conocer otra cosa que el hambre, la soledad. Pero una noche, en virtud del mismo azar que lo había puesto ahí, una gracia le fue concedida en el ser de una niña. Aunque no supo quererla y ahora ya ni siquiera deseaba aquello en cuyo nombre la había perdido. Supo que había llegado su tiempo y no habría otro. Comenzó a arder con todas sus fuerzas, se aferró a aquello que de momento le era concedido: la cegadora luz de la soledad. Hubiera podido cuidarlo, apurarlo lentamente y así hacerlo durar. Pero nunca había tenido nada semejante y, ¿qué si mañana ya no había más? Se entregó a su propio calor y se dejó devorar por él. Vino luego, otra vez, el abandono. Los mismos invisibles seres que la habían encendido la dejaron consumirse. Ahora era otra vez un rescoldo, un calor débil sepultado en un montón de ceniza. No habría una segunda oportunidad.
          Había caminado mucho, durante varias horas, y estaba terriblemente cansado. Sentía que las piernas iban a doblársele en cualquier momento. Pero no le importaba. Sólo pensaba en una cosa: no dormirse. Se sentía como si le hubieran confiado la guarda de una torre, en una ciudad a punto de ser destruida. Sentía que si cerraba los ojos no los abriría más. Ni él ni ninguno de los que se hallaban bajo su protección. Pero, ¿quiénes eran? ¿Qué clase de tarea estaba cumpliendo al permanecer despierto? Se detuvo en un parque y se sentó en una banca. Detenido en el aire quieto, el smog delataba su presencia en una lenta vibración metálica. En el suelo, cerca de sus pies, había varios pájaros muertos, sin ojos, llenos de gusanos. A él también le faltaba un ojo, el que había entregado como rescate. Estaba en paz. Supo que debía detenerse en algún lado y vender sus píldoras milagrosas por última vez, aunque no llevara consigo sus frascos. El Señor de las Lombrices le dictaría lo que debía decir, hablaría por su boca. De pronto no tenía cansancio ni sed. Se plantó en un extremo de la banqueta, tal como lo hacía cuando ponía su lona y sus frascos, y comenzó su pregón. A su espalda, a muchos kilómetros en dirección del oriente, el volcán vomitaba su negra lluvia de cenizas.
          Después de casi tres horas, nadie se había detenido a oírlo. Apo  comprendió que ya era inútil. Había hablado de muchas cosas, de las tantas muertes de esta ciudad arrasada por el fuego y diezmada por la viruela, bombardeada con cañones y fertilizada con sangre. Luego, sin que nadie hubiese puesto atención a una sola de sus palabras, dejó caer los brazos y lloró por los abuelos y por las abuelas. Cuando terminó, era de noche. No había nada más qué decir ni a qué quedarse.
          Echó a andar otra vez. Los vendedores ambulantes habían levantado sus puestos y el viento nocturno dispersaba la basura en pequeños remolinos. En los comercios cerrados, ya sólo se movían —lentos relámpagos de carne oscurecida— algunas prostitutas. Apo  se metió por una calle de casas pequeñas con techos de cartón negro. Al dar la vuelta en una esquina, una figura llamó de pronto su atención. Recargada contra un muro, con los cabellos en desorden y la ropa desgarrada, una mujer parecía llorar. Apo  se detuvo frente a la banqueta cubierta de basura, bajo la luz oblicua de un letrero de hotel de paso. Al fondo, la calle se veía larga y sin fin y las cenizas del volcán seguían cayendo como mariposas incandescentes.
          —¿Te hicieron algo? —le preguntó a la mujer. Ella no le contestó, ni siquiera pareció oírlo. Con los brazos en cruz, cubrió su pecho. Sus piernas temblaban.
          —¿Quieres que llame a la policía?
          La mujer seguía sin contestarle. Empezó a llorar más fuerte.
          Apo  esperó unos instantes.
          —¿Quieres que llame a la policía?
          La mujer levantó la cabeza y se le quedó viendo. Era Matiana. Una Matiana ya no niña, pero muy joven, casi adulta. Y extendió hacia él sus brazos.
          —¿No vienes conmigo? —le dijo—. Ándale. Ya hicimos todo lo que podíamos hacer.
          Apolión  iba a preguntarle de qué hablaba cuando sintió en la mejilla la hoja de un cuchillo. Una sensación de calor le dijo que había empezado a brotar la sangre. Antes de dejarse caer, lanzó un grito largo y vibrante, como el de un pájaro cuando le sacan los ojos, y se inclinó hacia las manos de la muchacha que lo esperaba.
          —Eras el último, mi hijo —le explicó ella con inmensa y consternada tristeza—. Ahora ya pueden venir los Segadores a hacer su trabajo. Por fin, después de tantisísimos años.
          Las cenizas del volcán se retorcían en la calle como un reguero de gusanos en llamas.