jueves, diciembre 28, 2017

MUSEO: LUGAR DE LAS MUSAS



Debo reconocer que soy un viejo libidinoso. Lo primero que me llamó la atención de ella fue su cuerpo: sus nalgas calipigias, perfectas.
         Había mucha gente en el museo y no resultaba fácil acercarse a ver los cuadros, que en esa sala eran casi todos de pequeño formato. Era necesario abrirse paso, esperar turno.  En uno de esos movimientos quedé detrás de un ajustado pantalón negro, unas botas de tacón alto, una chamarra de cuero, una cabellera como una cascada de miel quemada.
         Me olvidé del cuadro y ya sólo pensé en colocarme de modo que pudiera verla bien. Y logré ver su rostro: los ojos cafés llenos de luz, absortos en la contemplación de la obra, perdidos en esos paisajes que la soledad y la locura dictaran.
         A veces sucede en los museos que se formen pequeños grupos de desconocidos que se van acompañando de una sala a otra. No sé si con nosotros había alguien más, pero aquella chica y yo nos movimos hacia la obra siguiente y luego a otra y a otra. No supe –no sé aún ahora– qué obras eran. Uno va a los museos de arte en busca de la belleza, y yo había encontrado la mía.
         Así procedimos durante un tiempo que mi mente no estaba en condiciones de medir. Ella, aislada en su extática concentración, no parecía darse cuenta de que yo la miraba. Y yo fingía acercarme a mirar en detalle cada pieza, sólo para seguir cerca de ella sin despertar sospechas.
         En una de esas ocasiones, un paisaje de sombríos tonos rojos y ocres, logrado a partir de brochazos impulsivos, casi furiosos, me distrajo. Me perdí en él. Cuando logré apartar la vista, me encontraba solo en esa parte de la sala. Me volví en todas direcciones y ya no encontré a la bella calipigia.
         El arte había ganado.

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