viernes, enero 19, 2018

El miedo lejano



Texto leído durante la presentación del libro El miedo lejano, de Juan Antonio Rosado, que tuvo lugar el 17 de enero de 2018.

Hace mucho que no me invitan a presentar un libro, ni en presencia ni en ausencia, un poco porque vivo fuera de México la mayor parte del año y otro poco porque rehúyo las cofradías de escritores. Así que la invitación de Juan Antonio Rosado a presentar El miedo lejano me cayó muy bien; es una especie de retorno a la más frívola y popular de las actividades literarias y, más allá de eso, el libro es de un amigo estimado que es un escritor admirado.
         Soy de los pocos –aunque creo que en realidad son muchos— lectores que conocen toda la obra de Juan Antonio Rosado. Motivo de orgullo. También me atrevo a decir que soy de los que mejor conocen esta obra, desde sus primeros libros publicados. Y mi tercer alarde: conozco muchos de los textos de El miedo lejano desde antes de que aparecieran en este volumen. Algunos son de 1980 y yo conocí a Juan Antonio en los años 90, así que me perdí de varias cosas. ¡35 años de escritura! Se dice fácil, ¿verdad? Pues El miedo lejano es un ajuste cuentas del trabajo cuentístico realizado en este largo, largo lapso. Hay que leerlo así, como obra de revisión, de síntesis: un prolongado periplo en el cual un autor maduro se reencuentra con sus temas de juventud, los revisa y se deja revisar por ellos, los defiende, al incluirlos aquí, y se deja defender por ellos.
         En 35 años se piensa mucho, se vive mucho, se desea mucho. Por eso los temas y los recursos son numerosos. Aunque de por sí, como lo he dicho en algún estudio anterior, Juan Antonio Rosado es un heteróclito. No es tradicional ni como persona ni como maestro ni como escritor. Sus cuentos no son tradicionales. Y El miedo lejano es una amplísima colección de intereses narrativos, un catálogo de posibilidades temáticas, técnicas y estilísticas. Ciertamente, entre los veinte cuentos que incluye el volumen hay de todo: momentos distópicos, de ciencia ficción, fársicos, crueles, fantásticos, experimentales, eróticos, angustiantes, asombrosos, negros, cínicos, desafiantes, subversivos, irreverentes, estrujantes, psicológicos, crudos, polifónicos, sociológicos, filosóficos, nauseabundos, inmorales, perturbadores, despiadados, hiperbólicos, absurdos, cotidianos, simbólicos, depravados, iniciáticos, eruditos...
         Por supuesto, tengo mis favoritos.
“Luces opacas” es el primero de ellos por su ambiente perturbador, de alucinante incertudumbre, definitivamente rosadiano. En este relato, como lo he comentado antes, puede el lector constatar la presencia perturbadora de lo liminal. Nada hay claro aquí y eso es quizá lo que hace la historia tan intensa, tan concentrada. Nunca se sabe dónde se encuentran las protagonistas, de dónde vienen, adónde quieren llegar. Es de noche y no se ven bien muchas cosas. Hay luz y no hay luz. Estas mujeres acaban por comprender, como lo harán los personajes de los otros cuentos, que en medio de la incertidumbre lo menos incierto es la acción.
         Otro de mis favoritos es “La uva y el dominó”, por su oscuridad existencial, su desamparo y también por el orgullo que me da haber sido quien le dio a Rosado el pretexto para escribirlo.
         Otro es “Vuelta de paseo”, por su tratamiento muy personal de las representaciones de personajes y espacios urbanos, cualidad que también celebro en “Higiénica entrega”, donde el tema de la incertidumbre adquiere implicaciones más amplias y más angustiosas al darle una vuelta de tuerca al discurso de Romeo en el balcón de Julieta: "What's in a name?".
         Y otro que me gusta mucho es “Destino de átomos”, por su tensión, que jamás decae, y su ritualidad.
         En suma, celebro la publicación de El miedo lejano. Es un libro necesario, disfrutable, perturbador y a la vez iluminador como todos los buenos libros y como todos los libros de Juan Antonio Rosado.

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