lunes, septiembre 23, 2013

El huésped venezolano



—Entonces, ¿es seguro que está aquí, en Budapest?
       —Camarada, lo que te estoy diciendo es de buena fuente.
       Vicente y Olga se fueron caminando por la orilla del río. La nieve había tendido sobre las calles su alfombra blanca. El Danubio respiraba cansado, como un viejo enfermo de frío, moviendo apenas su pecho de crestas pardas. En las dos riberas, los edificios antiguos, de cuatro o cinco pisos altos, parecían mirar el paisaje con los ojos penumbrosos de sus balcones neogóticos, mientras las chimeneas se ahogaban y los tejados se venían abajo con el peso de tanta nieve. A lo lejos, sobre la cúpula del Parlamento, la estrella roja destellaba a la luz de la tarde.
       —Siempre he querido conocerlo —comentó el mexicano, y se quedó pensativo.
       —Ni se te ocurra buscarlo. Se supone que no estás enterado de nada.
       Eran amigos desde hacía muchos años, desde que se conocieron en Cuba, a principios de los años setenta. Los rusos se dejaron caer en parvadas: agentes de inteligencia, asesores militares, diplomáticos, ingenieros... todos vinculados de alguna manera con la kgb. Olga llegó entre ellos. Su misión era coordinar enlaces con América Latina. Y Vicente, que había debido huir de México cuando la crisis del 68, estaba allá haciendo lo mismo: coordinando enlaces entre el gobierno de Fidel Castro y los grupos revolucionarios mexicanos.
       —¿No me lo vas a presentar entonces, tovarish?
       —Por supuesto que no. Si te conté esto fue nada más para que no lo vayas a escuchar por otro lado y cometas una indiscreción.
       —Entonces fue por estrategia, no por confianza —Vicente se hizo el ofendido.
       —Fue por protegerte, si lo ves bien.
       —¿Sale a la calle?
       Olga se encogió de hombros:
       —No tendría por qué no. Además, a un hombre así no se le puede tener encerrado.
       —Tú ya lo conociste, ¿eh?
       Olga respondió sólo con una sonrisa. Era una mujer muy atractiva, al estilo de las rusas de esa época: alta, fuerte pero femenina, de pómulos definidos y ojos ligeramente oblicuos que hacían pensar en la tribus indómitas de las estepas, labios plenos, casi soeces de tan sensuales y una sonrisa que lo hacía a uno dudar de si se hallaba ante una joven inocente o ante una espía entrenada para matar sin un parpadeo. El abrigo blanco la hacía aún más atractiva, sobre todo sabiendo que debajo de éste iba armada.
       —Te gustó —la acusó Vicente.
       —¿Qué? ¿Quién?
       —El... huésped. Te gustó.
       —No es guapo.
       —Pero te gustó.
       Tovarish, ¿a qué vienen esta pregunta?
       —Simple curiosidad, tovarish.
       El auto de Olga —un Lada gris acero— se hallaba estacionado cerca. Subieron los dos y se fueron siguiendo la curva suave que dibujaba el Danubio hacia el norte. En la ribera opuesta, el sol comenzaba a descender tras las terrazas y la orgullosa cúpula del castillo de Buda, bañando de oro los muros ocres del Bastión de Pescadores y la esbelta torre de la iglesia Matías.
       Olga se metió por alguna calle. Parecía confundida.
       —¿Adónde vamos? —preguntó Vicente.
       —No creerás que te estoy secuestrando, ¿verdad? —le sonrió ella por el retrovisor.
       —No, no. Es sólo que me parece que estás dando vueltas.
       —Vamos al Café Gerbaud. Nada más que no recuerdo bien cómo llegar.
       —No está lejos. Estaciónate donde puedas y vámonos caminando.
       Lo que Vicente quería era salirse ya del coche, mover las piernas. Era un paseante compulsivo. Aunque ya llevaba ocho años viviendo en Budapest, seguía sintiéndose fascinado por la magia de esa ciudad llena de rincones misteriosos, palacios escondidos, vecindades abandonadas, pasajes secretos, puertas que se abrían a otro tiempo.
       —Vamos, pues, camarada.
     El Café Gerbaud se hallaba al final de la calle, al otro extremo de la pequeña plaza Vörosmarti. Era un lugar lleno de cristales y de luces viejas, de ese esplendor lánguido del imperio austrohúngaro que todavía podía sentirse en ciertos lugares. Sobre la alfombra de sus interminables salones tintineantes se arrastraban pasos ya idos, ecos sofocados, roces de crinolinas: los murmullos de la vieja burguesía que ahí se reunía, ahí charlaba y era frívola, ahí creía seducir a la historia, que un día iba a volverse contra ella, conducida por el proletariado triunfante del mundo socialista.
       Tomaron asiento en un rincón apartado. Olga le dio su abrigo al mesero y ordenó un café vienés y una rebanada de struddel de semillas de amapola. Vicente pidió sólo café.
    —Bueno, ¿y qué has sabido del cargamento para Nicaragua? —preguntó ella, a quemarropa.
       —Los compañeros lo entregan hoy. A más tardar, mañana.
       —Debía haber llegado la semana pasada, tovarish.
       —Son unos cuantos días de retraso.
     —Para los sandinistas, unos cuantos días pueden significar mucho. Estamos en guerra, camarada.
      Vicente se quedó callado. Casi toda la ayuda soviética para los sandinistas y para los salvadoreños del fmln se canalizaba a través de México. Él había tenido la idea de utilizar a Hungría como puente, diciendo que era más seguro, y se había responsabilizado de que todo saliera bien.
       —Moscú va a preferir volver a hacer todo como antes —le advirtió Olga—, y eso sólo daría la impresión de que no estás trabajando.
        Él seguía sin responder. No podía defenderse, pero había hecho todo lo posible porque el plan saliera bien. Sólo que los compañeros en México estaban acostumbrados a trabajar con los de la embajada de Yugoslavia. Desde la época de Echeverría, México había desarrollado una relación especial con ese país: era la vía más fluida para cualquier negocio con el bloque socialista. Pero por eso mismo la cia los tenía más vigilados.
        —No quiero que tengas problemas, Vicente —Olga cambió el tono: parecía sinceramente preocupada.
        —¿Qué puede pasar?
        —Ya lo sabes: que te manden a otro país.
        —¿Adónde?
        —A México no puedes regresar: eso sería enviarte al matadero. Pero pueden mandarte a Centroamérica. O a África.
        Vicente dejó escapar un suspiro. Aunque no tenía con Olga una relación de pareja —eso no era posible en un trabajo como el suyo— los unía algo más que una amistad de colegas. Sostenían relaciones sexuales desde que estaban en Cuba. Aquí mismo, en Budapest, dormían juntos una vez al mes, si era posible. La kgb seguramente lo sabía. Pero no habían dicho nada. Estarían guardando esa información para utilizarla cuando fuera necesario.
         —Llega mañana, a más tardar —repitió.
         Olga le hizo una caricia en la mano, por toda respuesta. Él prefirió cambiar la conversación:
         —Bueno, cuéntame, ¿qué tal estuvo la fiesta de la embajada brasileña?
         Olga se encogió de hombros.
         —Aburrida, como siempre.
         —¿No pasó nada interesante?
     —El cónsul de Chile llegó con una mujer nueva: una checa que iba vestida como si estuviera en el trópico. Todo el mundo habló de eso.
         —Los prejuicios burgueses del hombre socialista —ironizó Vicente.

Ya había oscurecido cuando salieron del café. Se fueron caminando por la avenida Király, hacia el estacionamiento donde Olga había dejado su automóvil.  La noche blanca resultaba seductora: la luz del alumbrado público hacía que la nieve brillara en las banquetas como si estuviese sembrada de diamantes.
         —¿Vamos a tu casa? —preguntó Olga, empezando a conducir.
         —¿No quieres ir primero a tomarte una copa?
         —Vamos. Así te cuento de mi vecino loco, que ahora ha adoptado un cuervo.
     El auto enfiló por esas calles oscuras del distrito vii, que a Vicente le resultaban perturbadoras porque no podía estar seguro de si ya las conocía, o las había soñado, o nunca había estado en ellas pero creía recordarlas. Es que eran esa clase de calles que aparecen en los sueños: abiertas como una herida, como un abismo de sombra entre edificios enfermos de cantera gris. Poca gente caminaba por ahí a esas horas y con ese frío: sólo algunos estudiantes, al parecer de la Universidad de Artes Musicales Ferenc Liszt, que llevaban sus instrumentos en estuches negros.
         —Entonces, ¿ya no te interesa saber si nuestro huésped venezolano me gusta?
           —No —mintió Vicente—. Ya no me interesa.
         —Pues por si acaso, te diré que siempre pensé que cuando lo conociera me iba a gustar. Pero no. Me desilusionó y me desagradó.
            —¿Tanto así?
            —Es un machista.
            —Como buen latinoamericano.
            —Éste sólo sabe dar órdenes.
           —Un hombre que se cree capaz de hacer una revolución él solo ha de tener su carácter. ¿Cuánto tiempo va a estar aquí?
           —Hasta que se meta en otra de sus espectaculares operaciones.
           —Dicen que no tuvo nada que ver con lo de los atletas de Israel.
         —Sí tuvo. Yo lo sé. Escuché una grabación de una de sus conversaciones con Ulrike Meinhof.
            —No me contaste nada.
            —¿Tengo que contarte todo? No eres mi jefe.
            —Bueno, ¿que decía?
            —Eso no es asunto tuyo. Basta con lo que acabo de decirte.
           La calle Akácfa, donde estaba el bar que les gustaba, se veía blanca. De suyo tan triste, tan arañada por el tiempo y la mala vida, esa angosta calle parecía de pronto vestida de inocencia. La nieve, auxiliada por el viento, trataba piadosamente de cubrir las cicatrices de los negros edificios, la sarna de las mamposterías, los ladrillos que asomaban desnudos de tanto en tanto en los muros descascarados, tal como las carnes blancas de una muchacha indigente asoman bajo la blusa en girones. Incluso los coches que se habían estacionado en las banquetas, porque la calle era tan estrecha que no había lugar debajo, lucían cubiertos con un mullido tapete blanco. Nadie andaba por ahí, excepto un borrachín que, sentado en el vano de una puerta vecina, canturreaba con una voz muy vieja: Jaj, de sokat áztam-fáztam katona koromban...: “¡Ay, cuánto padecí la lluvia y el frío cuando era soldado!”
        Estuvieron bebiendo durante un par de horas. Finalmente, después de bostezar, Olga dejó que sus labios dibujaran una sonrisa coqueta.
            —Entonces, ¿te llevo a tu casa y me das asilo político esta noche?
           —No sé —respondió Vicente, un poco tomado por sorpresa. Se había puesto melancólico pensando en el venezolano. Ese hombre había tenido el valor de llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias; él no.
            —¿No sabes?
            —Perdón. Sí. Vamos.
      De pronto se le habían venido encima sus recuerdos de México: sus años en la universidad, su militancia en un pequeño grupo revolucionario, sus ansias de cambiar el país de manera radical y violenta, las marchas, las discusiones de madrugada en apartamentos llenos de humo y cerveza y carteles del Che Guevara, de Zapata, de Lenin... cómo nunca estuvo satisfecho, nunca sintió que estuvieran andando hacia ninguna parte. Por eso finalmente, aunque muy a su pesar, los abandonó para ponerse a salvo. Y ahora ya no le importaban ni quería saber de ellos, si seguían por ahí o estaban en los campos militares. Había logrado acomodarse, sacar provecho de su buena suerte.
            —No. Si no quieres, no.
            Vicente la oía desde muy lejos. Y desde esa distancia le respondió, ausente:
            —Sí quiero —intentó hacerle una caricia, que ella rechazó.
            —Creo que se te subieron las copas, tovarish.
           Sí, pensó Vicente, también debía ser eso: estaba borracho. El alcohol lo había puesto así.
            —Sí —aceptó—. Mejor lo dejamos para otro día, tovarish.
            —¿Por lo menos quieres que te lleve?
            —Puedo irme caminando. No está lejos. Sirve de que se me baja.
          Afuera estaba nevando otra vez cuando se despidieron, junto al coche de Olga. Era casi medianoche y Budapest se había vuelto lóbrega y silenciosa. Los automóviles pasaban lentamente detrás de las máquinas que retiraban la nieve.
          Vicente se fue caminando hacia su casa. Pensativo, se perdió entre las calles oscuras. Al día siguiente llamaría para ver qué había pasado con el cargamento de los sandinistas.

lunes, abril 29, 2013

Un fragmento de la novela juvenil Operación Snake

No hay pasatiempo más vigorizante ni más saludable que el de hacer enemigos. Es una expresión de poder, un marcaje de territorio, como cuando los perros mean lo que es suyo. Equivale a decir: “De aquí no pasas, imbécil”. Los tipos duros como yo, que lo han experimentado, me entienden. Los conejitos, no. Y en esta escuela todos son conejitos y dedican el primer día de clases a conocerse, ubicar a sus posibles aliados, medir a sus posibles rivales y adelantarse a hacer las paces con ellos o empezar a segregarlos, y ver hasta dónde van a aprovecharse unos de otros... empiezan a formar grupitos y a crear estructuras de poder pretendiendo que todo es camaradería y buena onda. Y mientras tanto van por la vida sonriéndole hipócritamente al que pasa, tal como les enseñaron sus padres. Que hagan lo que quieran. No me importa. Me mantengo fiel a mis principios: todavía no termina mi primer día de clases y ya me di el lujo de ahuyentar a cinco que querían venir a untarme su amabilidad.

—Hola —me dijo el primero. No le contesté. Me limité a barrerlo con la mirada. Pero siguió adelante—. Me llamo Sebastián. ¿Y tú?
 

—Rosales —se lo dije en voz baja para que aprenda a hacer un esfuerzo de atención cuando yo hablo.
 

—Ése es tu apellido —me informó.
 

—¿De verdad? Gracias.
 

—De nada.
 

“Éste no tiene remedio”, pensé y me quedé mirándolo en espera de la aberración siguiente.
 

—¿Cuál es tu nombre? —insistió.
 

—Rosales.
 

—Ése es tu apellido —volvió a ilustrarme el peque—. Yo me llamo Sebastián Enríquez, y los profesores pueden llamarme Enríquez, pero para los cuates soy Sebastián. O Seb, si quieres.
 

—Yo soy Rosales para ti y para tus cuates —le dije, me di la vuelta y lo dejé ahí papando moscas. Me sacan ronchas los tipos sociables.
 

A mediodía fue una fulana con todo su gang la que vino a jorobarme. Había terminado la clase de filosofía, más soporífera que una tarde de hamaca en el trópico. Presintiéndolo en cuanto entré al salón, me senté en la última fila, cerca de la puerta por si debía huir antes de tiempo. El maestro —un molusco de maestro, vestido de gris como corresponde— empezó a dictar cosas que le venían a la mente sin decir agua va, como si la musa de la inspiración pedagógica lo hubiera poseído de pronto: “¿Qué sería de la humanidad sin la filosofía, jóvenes? ¿Cómo podríamos entender nuestro paso por la tierra sin la filosofía?”
 

Al principio no veía a nadie, pero, en cuanto la musa le dio un respiro, bajó la vista a los mortales: se me quedó viendo con odio porque yo era el único que no estaba apuntando lo que tosía; le devolví la mirada con una compasión infinita. El molusco no se atrevió a decirme nada. Terminó la clase, tomé mi mochila, que no había abierto, y fui el primero en salir. En un intento por olvidar la traumática experiencia, me fui a caminar por los jardines de atrás del edificio, donde la neblina parecía mantener las últimas hojas pegadas a las ramas ya casi desnudas de los castaños. Los romanos eran hijos del sol. Yo no. A mí me disgusta, me cansa, me jode la vista, me da comezón en la piel... no lo soporto. Por eso soy feliz en esta ciudad de bruma eterna que a los conejitos les parece deprimente.
 

Pues ahí fue donde sufrí el ataque. Estaba parado en el sendero que va del edificio administrativo a la cafetería, cruzado de brazos, distraído en observar cómo un cuervo martirizaba un escarabajo entre los montones de hojas secas que los trabajadores habían acomodado para llevárselas al bosque. De pronto apareció esta rubia de minifalda y suéter color de rosa con su grupito de recién adquiridas amigas. Me hicieron recordar un almohadón que me bordó mi abuela cuando era niño, que mostraba una niña holandesa con zuecos y gorro de tres picos arreando una parvada de gansos. Sólo que aquí faltaba la niña.
 

—Qué entripado le hiciste pegar al tícher de filosofía, ¿eh? ¡No supo ni cómo regañarte!
 

Me le quedé viendo a las tetas. Eso no falla para hacer que se ofendan y se larguen, normalmente. Pero con ella no resultó.
 

—Está bonita tu sudadera. ¿Me dejas ver lo que dice? —me pidió con la mayor dulzura de que era capaz.
Efectivamente tengo una sudadera, pero jamás me habían dicho que fuera bonita. Es muy simple, es negra y tiene una inscripción en letras amarillas: “Life is about kicking ass, not kissing it”.
 

—¿Sabes inglés? —le pregunté sin descruzar los brazos, esperando ofenderla con mi pregunta, ya que no la ofendí con mi mirada.
 

—¿Oíste eso? —exclamó una voz de bruja enana detrás de ella— ¡Que si sabes inglés! Mi vida...
 

—Seguramente lo habla mejor que tú —me informó otra de la parvada, una que tiene la cara llena de barros y se pinta los labios de azul como muerta por envenenamiento—. Su mamá es británica.
 

—Sé decir “amor” en diez idiomas —la gansa alfa me sonrió con tono de perdonavidas; había olvidado todo interés en mi sudadera.
 

—Búscame cuando sepas hacerlo en diez posiciones —le contesté.
 

Se largaron por fin. Alcancé a oír “Te dije que era un megapatán”, y luego las vi perderse hacia Keats, la cafetería.

viernes, enero 04, 2013

Noticias del mundo sutil

“Lo sobrenatural es muy extenso”, dice Alethia Ventura en Supernaturalia. “Sin embargo, de su vastedad apenas se sabe un poco. A diferencia del mundo natural, cuya abundante biodiversidad aún nos sorprende con maravillosos hallazgos, el estudio del mundo sutil se dificulta enormemente debido a su naturaleza etérea, totalmente esquiva a los métodos de comprobación científica”.

    Ciertamente, llama la atención el hecho de que en México, donde las culturas ancestrales dan tanta importancia a lo sobrenatural, esto casi no se haya estudiado. Hubo una época, recién “descubierto” el continente americano, cuando todo era tan nuevo que la categoría “sobrenatural” resultaba irrelevante. Para Europa todo lo americano era, literalmente, maravilloso. Había que describirlo y de eso se hicieron cargo cronistas, naturalistas y viajeros curiosos.  Juan Rodríguez El Viejo, Sebastián de Macarro y, más tarde, Francisco Javier Clavijero, por ejemplo, dan cuenta de avistamientos de misteriosos jabalíes que tenían el ombligo en el lomo. Y Francisco Hernández, en su Historia natural de la Nueva España, se deja seducir por un monstruo que inspirará, desde esa época hasta el siglo XX y tal vez después, algunas de las más perturbadoras fantasías literarias: el Ambystoma axolotl. Sí, hubo una época en que la inteligencia estaba abierta a la maravilla y, si esta época hubiera durado un poco más, tendríamos un corpus respetable de tratados, monografías y documentos de todo tipo que hablaran de aluxes y chaneques y tlahuelpuchis, y hasta se incluiría en los programas de la SEP la materia de Ciencias sobrenaturales.


    Infortunadamente, dos cosas se unieron para mutilar nuestra visión del mundo. La primera: el avance del racionalismo y el positivismo, según los cuales lo incompresible se convirtió en lo irreal. Y segundo: el triunfo ideológico del racismo novohispano y luego mexicano, que condenó las culturas ancestrales al terreno de “las supersticiones de los indios”.


    Ante este estado de cosas, sólo una obra monumental, un contundente golpe de audacia intelectual, habría podido enderezar lo torcido. Este formidable acontecimiento es  la aparición de Supernaturalia, de Norma Muñoz-Ledo: una obra que ha devuelto a la ciencia su carácter de fábula, y a la fábula su carácter de ciencia. Será que para Norma Muñoz-Ledo, como para Palinuro, el de Fernando del Paso, la ciencia no es ciencia sino arte, medida de las cosas, cosmovisión.
 

    Desde los tiempos de la Nueva España, cuando la cultura europea se hallaba apenas en el proceso de perder la inocencia, y América era un mundo que seguía descubriéndose día tras día, a cada paso que el conquistador daba a través del continente amanecido, hasta los días quizá demasiado cercanos del furor positivista, la búsqueda de una percepción verdadera de las cosas ha sido una invocación a lo fantástico, a la fábula, a la superstición. En las tierras milagrosas de las Indias Occidentales, el pensamiento científico no ha sido sino una manera distinta de hacer mitologías, de fabular. Supernaturalia invierte así la presunción de Alejo Carpentier: para el indiano que diariamente convive con fantasmas y espíritus ancestrales, con deidades guardianas de cada uno de los seres que pueblan la naturaleza, con muertos ambulantes y hálitos de desgracia que flotan invisibles en el aire, lo real maravilloso es la superstición racionalista de los europeos. Se trata de una diferencia de gestalt.

    Esta vocación científica de Supernaturalia se hace evidente en varios aspectos. Más que como un bestiario medieval, Norma Muñoz-Ledo escribió su libro siguiendo la estructura moderna de los manuales de zoología o botánica; es decir, con un formato científico propio de la más pura tradición positivista: descripción de la especie y sus subespecies, hábitat, características físicas y psicológicas, grado de peligrosidad, índice de territorialidad, etc. A esta ficha le sigue lo que es la esencia del libro: las historias, los testimonios, el entramado literario, tan fino, tan rico en matices, que la autora va tejiendo.
 

    Así desfilan ante nosotros La Llorona, Tonantzin y Metstli, la Xtabay, Nuuk, la vieja Chichima, el señor Escolopendra, duendes, aluxes y chaneques, tzitzimimes, xocoyoles, encueraditos, chamaquitos, enanos y gigantes, el bebé con dientes de fiera, la mujer serpiente, brujas y sirenas, nahuales y tlahuelpuchis, y luego fantasmas y mensajeros de la muerte, lugares encantados que son puertas dimensionales o guardan tesoros o gente que vive fuera del tiempo (a veces ciudades enteras, pueblos, iglesias, cuevas, parajes, árboles)... y hay animales sobrenaturales que se parecen a sus primos del mundo natural: burros y caballos, aves de corral, perros, el ratón de los dientes, sapos, serpientes, tecolotes, el chupacabras... en su afán enciclopédico, la autora incluye objetos aparentemente inanimados: árboles, el arcoiris, la calabaza gigante, campanas encantadas, canastas de buena suerte, piedras, sogas, varitas mágicas... y termina reviviendo uno de los temores más antiguos de la humanidad: el de las enfermedades sobrenaturales.

    “Dicen que México es el quinto país con mayor riqueza en su biodiversidad”, dice, otra vez, Alethia Ventura. “Me pregunto si, quienes afirman eso, tendrán en cuenta a la infinita variedad de vida sobrenatural que comparte el territorio con nosotros”.
 

    Con Supernaturalia, Norma Muñoz-Ledo pasa a formar parte de esos autores que, escribiendo originalmente para niños, han logrado producir una obra sin edad. La suya es, en efecto, una obra monumental cuya lectura es indispensable para todo el que quiera saber algo del mundo más allá del funcionamiento normal de nuestros atrofiados sentidos.

viernes, noviembre 02, 2012

Dos novelas de Javier Sicilia

El bautista. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1991. 241 pp. (Ficción).


“Aquella mañana Juan partió al desierto. Hacía meses que el espíritu de Dios lo empujaba hacia ahí. Pero Juan se había resistido con todo su corazón, con toda su alma y toda su mente”.

Así empieza El bautista, primera novela de Javier Sicilia. En ella, el autor explora conflictos interiores: las dudas y los instantes de rebeldía o de arrebatada fe por medio de los cuales el protagonista, Juan el Precursor, fue arrastrando su tarea hasta cumplirla cabalmente. Como en toda obra de carácter histórico, biográfico o hagiográfico, el lector puede adelantarse más o menos al desenlace. Aun antes de abrir el libro sospechamos que terminará con la decapitación del Bautista, según se refiere en los Evangelios, principalmente en los de Mateo y Marcos (Mt. 14:1 y Mc. 6:14). La novela, entonces, no podía crecer en la dirección de la intriga; tenía que hacerlo hacia adentro, aprovechando los huecos que dejan las Escrituras. Lejos de limitarlo, este hecho le permite a Sicilia desarrollarse en lo que sabe hacer. Porque parece evidente que tiene más de poeta que de narrador. La alianza establecida resulta, pues, inteligente: la Biblia pone el hilo anecdótico; él se encarga de tejerlo. Por supuesto, el asunto no es tan radical: hay de parte de Sicilia mucho trabajo narrativo, sólo que lo principal ya está dado. Hay que ver los resultados.

En primer lugar, salta a la vista que el oficio poético del autor domina sobre el narrativo. Me explico: hay imágenes en El bautista que obedecen más a la lógica de la elaboración onírica que a las reglas de la precisión referencial: “Juan, como todos los hombres de Judea, entraba en su habitación, se tendía en su jergón y aguzaba el oído”. Cito este ejemplo porque la generalización propuesta me parece excesiva: es una imagen onírica, o si se quiere poética, la de todos los hombres de Judea tendidos en su jergón y aguzando el oído. Por otra parte, los personajes se presentan, de manera poco convincente, como tipos demasiado puros, caracterizables en una palabra o dos; son megáfonos de verdades eternas. Esta última condición explica que el análisis de los procesos interiores llegue a pesar demasiado y le reste agilidad a la narrativa, que en general es lenta.

No quiero dar a estos detalles un peso tal que parezca que, en mi lectura, demeritan la obra en conjunto. El bautista es una novela llena de claroscuros, de oposiciones, de paradojas que reproducen efectivamente el conflicto abordado. Semejantes recursos nos hacen concebir a Juan como un hombre cuyo tránsito progresa permanentemente al borde de algo, rodeado por la oscuridad que acompaña la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo. La palabra oscuridad y sus sinónimos y formas adjetivales aparecen muchísimas veces en la novela. Ya cerca del final comenzamos a sospechar que es en la oscuridad del mundo soñado donde se encuentra la luz del libro. La iluminación no se da sino en medio de la oscuridad; fuera de las tinieblas, en el mundo del día aparente, la divinidad permanece muda e insondable. El silencio de Dios es el umbral de su presencia. La lectura nos sugiere, de hecho, que Juan encontró a Dios desde el momento en que sintió su ausencia y decidió buscarlo. Estas consideraciones merecen detenimiento. La sabiduría que Javier Sicilia pone en boca de sus personajes tiene el sello de Israel, pero, extratextualmente, me aventuro a sospechar detrás de ella lecturas amplias en el campo de las religiones comparadas, de los gnósticos y los neoplatónicos al zen y, por supuesto, los Padres de la Iglesia.

Las teofanías de Juan, cuando son directas y no tienen lugar dentro de la visión franciscana que tiñe gran parte del libro, asumen el carácter terrible de la cratofanía: el choque contundente que abate a quien roza, así sea por un segundo, los circuitos de poder elemental del cosmos: “No se puede permanecer mucho tiempo mirando a Dios sin ser destruido”.

Paso a explicar el título de esta nota. En algún momento, Juan es comparado por su madre, Isabel, con Jacob. Pero si la lucha de aquél contra el ángel se relata en términos de combate físico (Génesis 32:25), la de Juan contra Yahvé se libra todo el tiempo como una contienda de voluntades: se trata del conflicto pagano entre el destino y la libertad. Es en este sentido que veo en Juan menos de Jacob que de Eneas. Repetidas veces Juan intenta ocultarse de la gracia de Dios como el héroe de Virgilio huía de la ira de Juno. Los dos son precursores: preceden a una figura fundadora, le allanan el camino. Y luego, así como Eneas lleva en su brazo de aventurero la historia de Roma, así Juan es portador de la memoria de la Iglesia. Se trata de ese juego entre tiempo y eternidad que Rubén Bonifaz Nuño observó en la obra de Virgilio.

Un ejemplo de ello se encuentra en las visiones que tiene Juan después de su lucha más decisiva. Se trata de visiones prolépticas que él no comprende en ese momento, pero que funcionan como la memoria de la tradición. Juan ve su propia cabeza servida en un platón, ve al maestro Jesús orando en el Monte de los Olivos, y no podemos dejar de recordar que, también en una visión, le fueron revelados a Eneas su destino y la historia romana.

En alguna parte, Sicilia hace coincidir, en una sola escena y de la manera más luminosa, dos dogmas de la Iglesia Católica: es durante la concepción cuando se revela a María, “una virgen joven, pobre y desconocida”, el misterio de la Santísima Trinidad: “Fue el triple temor del amor: una llama de fuego penetrando por mi oído, un batir de alas sonando por la estancia, y el miedo de los miedos: pensar que llevaría el cielo en mis entrañas”.

Hay otros aspectos en la novela que me parece necesario destacar. En The Marriage of Heaven and Hell, William Blake dice que el cuerpo es la parte visible del alma. Sicilia pone en boca de Jesús palabras que lo recuerdan casi textualmente: “el cuerpo es una extensión del alma”. Efectivamente, la aproximación de Juan a Dios es a través de los sentidos, las meditaciones a que invita el amor de María Magdalena y la celebración que el poeta hace de la naturaleza. Todo esto cumple con una función: la de devolver al cuerpo la dignidad cristiana que —supongo— alguna vez tuvo.

Con resultados semejantes de recuperación sensorial, Sicilia recurre constantemente a una figura retórica: el símil. Podría dar de ello muchos ejemplos, que abundan en el libro, pero basta uno: “sus labios son rojos como el grito que abate al enemigo, más rojos que las patas de las palomas y que los tobillos de los hombres cuando vuelven del lagar”.

Otra cosa que hace crecer la novela es una serie de anécdotas que, cercanas a las parábolas del Nuevo Testamento, escenifican vívidamente las tesis del autor. Estas anécdotas son por demás convincentes: parecen forjadas de verdad en el austero yunque de la leyenda.

Por último, objeto de un estudio interesante sería la constitución libidinal de Juan, así como lo presenta la novela: un hombre que renuncia a la mujer para ser “devorado” por el Padre. A lo largo de su camino de perfección, el protagonista traza la crónica de su búsqueda del látigo de Dios, el cual encuentra finalmente en la figura crística. En este sentido, resulta sugerente la escena donde lucha contra el ángel, y especialmente sugerentes parecen estas palabras: “... y tomándolo por el cuello lo tendió contra el piso”.



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Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. México, Fondo de Cultura Económica, 2001. 512 pp. (Vida y pensamiento de México)


En su famoso “Prefacio”, que con toda probabilidad es la obra teórica más importante que se ha escrito sobre el arte de la biografía, Lytton Strachey hace una observación fundamental que separa al biógrafo del novelista. Considera que narrar de manera escrupulosa no es el mejor método para quien desea explorar la arqueología de una vida. La pureza del trazo narrativo puede ser una virtud en el novelista, que trabaja con personajes traídos a la luz desde las tinieblas de su mundo interior, pero el biógrafo —dice Strachey— “si es sabio adoptará una estrategia más sutil. Atacará su tema en lugares inesperados; lo abordará por los flancos o la retaguardia; dirigirá un repentino y revelador haz de luz en dirección a un oscuro lugar que ha pasado inadvertido hasta ahora”.

Ignoro si Javier Sicilia tenía en mente estas recomendaciones cuando escribió Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. Lo que sí puedo decir es que el método con el que parece haber construido su biografía coincide con ellas de una manera puntual.

En efecto, manteniéndose dentro de la mejor tradición biográfica, Sicilia ha pergeñado su libro independientemente del estilo novelado que está de moda entre quienes escriben biografías. Su personaje es elusivo, misterioso, a veces contradictorio; él lo sabe y se detiene respetuosamente ahí donde el biógrafo novelista no habría tenido escrúpulos en llenar los huecos con su poder de invención. El resultado de este procedimiento es una obra más o menos ordenada, más o menos fragmentaria, como suelen serlo las vidas humanas; una obra donde los pasajes narrativos se entretejen con reflexiones de orden ensayístico e incluso didáctico, comentarios al margen, observaciones personales y hasta algunas bromas a costa de los personajes. Las fuentes de estas acotaciones tienen diversos orígenes: la filosofía, la teología, la historia de la Iglesia, la historia nacional, el psicoanálisis, la propia existencia.

Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, cuenta la vida de esta mística mexicana, a quien Sicilia pone a la altura de Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita de Liesieux. Abarca desde la historia de los bisabuelos, muchos años antes del nacimiento de la protagonista, en 1862, hasta el momento de su muerte, en 1937. Años coyunturales fueron los que le tocaron vivir a Concha, como el autor la llama cariñosamente. La guerra contra los franceses, los conflictos entre liberales y conservadores, la Revolución, las luchas posrevolucionarias, la revuelta cristera, el maximato y el cardenismo pasan rápidamente por estas páginas, un poco de soslayo. A Concha, como se dice en alguna parte, lo único que le interesaba era Dios. Mujer devota por tradición familiar, niña que jugaba a ser santa, adolescente enamorada de Cristo, esposa y madre, la señora de Armida se supo desde siempre llamada hacia la cruz, símbolo que con ella alcanzaría una realidad y una fuerza de manifestación plenas y renovadas. Y todo esto sin hacer a un lado su destino en la tierra. De ahí que Sicilia la considere una mística revolucionaria, como Teresa de Lisieux. El mérito de Concha, su aportación genial a la historia del ascetismo cristiano, radica en que logró sacar la mística de los conventos y llevarla a la vida secular. Demostró que una mujer no necesita vivir encerrada para ser santa, y que los deberes de atender una casa no son un estorbo cuando se ha decidido seguir un camino espiritual. Innovadora inconsciente de su mérito, la señora de Armida tuvo siempre una (a veces no tan secreta) envidia hacia las monjas: ellas eran a sus ojos las esposas legítimas. Vírgenes consagradas al Señor, podían reclamar el derecho de llamarse así. Concha, en cambio, para quien la condición de mujer con obligaciones conyugales parece haber sido siempre un martirio y una mancha, se sentía menos que ellas, se sentía la amante. De ahí el título del libro.

No tiene mucho caso entrar en detalles. La vida que ha estudiado para nosotros Javier Sicilia, tal como él la cuenta, es una vida intensa, activa y contemplativa (admirable síntesis) al mismo tiempo. “La santidad no niega lo humano —dice el autor—, lo lleva a su plenitud”. En efecto, paralelamente a las interminables gestiones que formaron la vida pública de Concha, asistimos al desarrollo y a la realización plena de su vida mística. Ninguna parece ser más importante que la otra. De la primera se desprendió un vasto apostolado que aún hoy abarca a muchas personas e instituciones católicas; de la segunda, surgió un camino de crecimiento interior, de entrega y renuncia, que logró integrar el Cielo y la Tierra y debió pasar por todas las etapas (al parecer ya bien definidas) de una ascensión, con los primeros encuentros, las pruebas, el matrimonio en el espíritu, la transverberación, la encarnación mística y el abandono último y total al Amado.

Sólo hay que tener en cuenta algunas cosas al leer el libro. 1) Javier Sicilia no es biógrafo ni historiador de profesión: es poeta. 2) Javier Sicilia no es alguien que esté escribiendo sobre un personaje desde fuera de su contexto ideológico (como lo hizo, por ejemplo, Álvaro Ruiz Abreu con José Revueltas); por el contrario, escribe desde dentro; es un investigador católico escribiendo sobre una heroína católica.

Luego de estas consideraciones, es comprensible que Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, parezca un libro escrito con más buena fe que objetividad. Ya sé. Se me dirá que la objetividad es sabidamente imposible y que la escritura de una biografía es siempre el diálogo de dos subjetividades. Sin embargo, es evidente que hay quienes logran (o quienes pretenden) crear una ilusión de objetividad. El mismo Sicilia ha demostrado antes (en El bautista y en El reflejo de lo oscuro) que puede hacerlo. Éste no es el caso ahora. Ahora las costuras se ven demasiado y los momentos en que esto sucede son varios. Si vamos a ser justos, por ejemplo, habría que decir que la condenación a la sexualidad no es directamente “hija del neoplatonismo”, como Sicilia la llama, sino de manera mediata, a través de la Iglesia Católica, que mucho de neoplatonismo le ha inculcado a la gente, aun si en sus dogmas lo rechaza. Como si la gente mocha fuera lectora de filosofía. Nieta del neoplatonismo e hija de la Iglesia es, siendo más estrictos en esto de las filiaciones, la condenación a la sexualidad. Semejante parcialidad es visible en otras partes, con otros temas, y no tiene caso ahondar en ello para quitarle mérito literario a una obra cuyo objetivo va más allá de lo literario. El autor mismo, previendo nuestras objeciones, se ha adelantado a ellas: “Javier Sicilia, dirán, está lleno de beaterías. No lo voy a discutir. Para los ideologizados mis razones son otro campo de lo ideológico, pero trasnochado”. No veo ningún acierto intelectual, pues, en tratar de coger en falta un libro que con admirable honestidad se declara ya en falta.

Por ahí hubiera empezado, dirán algunos lectores tal vez desilusionados. Es que, a diferencia de El bautista y de El reflejo de lo oscuro, Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo no parece haber sido pensada como una obra esencialmente literaria. Es más bien un documento, no sólo para la historia del catolicismo en México, sino, sobre todo, para el conocimiento del alma humana y de los misteriosos procesos que pueden llevarla a rebasarse. El estilo es muy sencillo y claramente (yo diría deliberadamente) menos cuidado que el de las obras anteriores del autor. Como si Sicilia no quisiera que la belleza del adorno distrajera al lector de lo principal. Los recursos narrativos son primarios, toscos, como si en un acto de ejemplar modestia el autor nos hiciera recordar que, cuando se escribe una biografía, debe lucir el personaje biografiado, no el que lo presenta.

Sin embargo, estoy seguro de que muchos lectores (yo entre ellos, lo confieso) no se acercarán al libro porque les interese la vida de Concepción Cabrera, de quien tal vez no sepan nada, sino porque les interesa el poeta Javier Sicilia. Y aquí es donde resulta relevante la consideración de que el libro está escrito con más buena fe que objetividad. Y aquí es donde se hace necesario recordar que el autor es, en primer lugar, poeta. A su pesar, esta obra, más que revelarnos a Concepción Cabrera, nos revela al mismo Javier Sicilia. Y vaya que nos dice de él mucho más de lo que pudieron decirnos sus libros anteriores. No sólo es una especie de mapa ideológico útil a la hora de transitar por La presencia desierta, El reflejo de lo oscuro o El bautista, ya que de manera explícita expone las ideas del poeta acerca de la iglesia, la santidad, la penitencia, la carne y el cuerpo, el pecado, la Encarnación y la Gracia, sino también nos permite asomarnos a una infinidad de detalles tal vez triviales, tal vez meros chismes, pero que van construyendo el semblante posible de uno de nuestros escritores más interesantes.

En efecto, aquellos más interesados en el escritor que en su personaje, tendrán que reconocer que, gracias a las 512 página de Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, sabemos que Javier Sicilia tiene ancestros llegados de España, que su padre contaba chistes, que oye a Chabuca Granda y a John Lennon y a éste último lo llama “maestro”; que Los puentes de Madison le parece “la mejor película que ha dirigido y actuado Clint Eastwood”, y en cambio la televisión se le hace un “ojo obsceno e inhumano”; sabemos cuáles son sus iglesias favoritas; entendemos que para él el sexo es maravilloso y probablemente santo; que es amigo de Ignacio Solares y que a éste le gustan las mujeres gorditas, que la basílica de Guadalupe le parece una “espantosa carpa de circo”, que los “dramones” de Ninón Sevilla le encantan y que habla un inglés de “acapulqueño de playa”.

A mí me interesa mucho este escritor y por eso he reparado en estos detalles y en cuanto ellos pueden revelar acerca de la obra. Pero también, ahora, ha comenzado a interesarme la vida de Concha. Javier Sicilia me la presentó en su libro y me cayó bien. Y creo que la Iglesia debería darle a su mejor autor vivo una beca vitalicia en consideración a lo mucho que ha hecho por levantar su imagen.

martes, abril 24, 2012

Nostalgia por los monstruos

En la memoria infantil de todo humano adulto hay nostalgia por los monstruos. Para el niño, como para el hombre primitivo, la monstruosidad puede ser el lenguaje de lo sagrado. Acaso un ser horrible, deforme, repugnante, represente una letra en el alfabeto de la Creación que aún no hemos descifrado. Acaso tenga algo que decirnos acerca de nosotros mismos o de algún mundo lejano al que, de alguna manera desconocida, estamos vinculados. Esta sospecha se presenta al niño y al salvaje con la misma fuerza, manifestándose en sus sueños, en sus fantasías de vigilia, en sus creaciones. Langostas con rostro humano, dragones de múltiples cabezas, serpientes gigantes, humanos cubiertos de vello, machos cabríos erguidos, niños con dos cabezas, mujeres barbadas o reptílicas, embarazos diabólicos, gárgolas vivientes, leprosos risueños, ogresas maternales, malvados con cuernos o cola o patas de cabra o de gallo, siameses enloquecidos, arañas gigantes, vaginas dentadas, garras y colmillos, escrófulas, sarcomas, llagas, espantapájaros, hombres-lobo, hombres-tigre... todos estos son los seres que visitan nuestros sueños o nos acechan en los rincones oscuros de las casas viejas, en los panteones, a la orilla del río cuando empieza a oscurecer, en lo profundo del bosque cuando hay luna llena.


Y luego, ese teatro del horror que son las tradiciones populares se encarga de mantener viva y alimentar esta fascinación. Ciertamente, la cultura mexicana, entre todas, se caracteriza desde sus orígenes prehispánicos por una fina sensibilidad hacia lo monstruoso. Basta ver a los dioses aztecas: seres que no podrían llamarse ni humanos ni animales, adornados con serpientes y cráneos, despedazados, desollados, armados de grandes colmillos, sedientos de sangre. Y no sólo en esta clase de monstruosidad —que acaba por ser atractiva en virtud del horror que genera— se complacían nuestros abuelos de Tenochtitlán. También les gustaba mirar lo monstruoso en cuanto esto tenía de compadecible o simplemente de raro. Prueba de ello lo fue el célebre zoológico de Moctezuma, en donde se mantenían para su exhibición pública enfermos de bocio, albinos, enanos, jorobados, cojos, obesos... El Diccionario de la Academia define monstruo como una “producción contra el orden regular de la naturaleza”, de acuerdo con lo cual lo angélico, la belleza extrema sería también monstruosa. Pero adelante proporciona otra acepción: “lo extremadamente feo”.

Hay grados, entonces, de monstruosidad, dependiendo del horror al cuerpo que un individuo o una sociedad experimente a nivel inconsciente.

En México, decía, nuestra relación con lo horrible tiene siempre la ambigüedad de la atracción-repulsión. ¿Quién no ha querido ver esa niña —ya asociada a las novelas de García Márquez— que se convirtió en araña por desobedecer a sus padres? ¿Quién no ha entrado en una feria, por lo menos una vez, a la carpa de los fenómenos? Seres —a veces en su tierna infancia— que, colocados en otra situación deberían inspirarnos piedad cristiana, están ahí para que los observemos sin ningún pudor, sin ninguna clase de represión moral. Y a nadie se le ocurre discutir que en un circo es totalmente legítimo reírse de los enanos ridiculizados o mirar a los ojos, con franca y limpia repugnancia, a la mujer barbona. A los mexicanos nos dan curiosidad los monstruos, cualquier monstruo: los de las películas del Santo, o el chupacabras, o aquellos que se han ganado a pulso el derecho de ser llamados así: los infanticidas, los violadores de sus hijas, los que matan a su abuela para quedarse con una miserable herencia.

Con el tiempo, a medida que nos volvemos adultos, se nos enseña a ver este interés como algo enfermo. Lo olvidamos —creemos olvidarlo—, lo reprimimos, exorcisamos nuestro horror al cuerpo y a la carne hundiéndonos en ellos. Nos bañamos, cubrimos nuestro cuerpo, escondemos sus secreciones y sus malos olores, vamos al gimnasio... Sólo unos cuantos, los más sinceros, seguimos complaciéndonos en el humus. Compramos de vez en cuando, para leerlo a solas porque nadie nos comprende, el Alarma o el Semanario de lo insólito. Nos fascinan esas historias de los bebés que nacieron pegados por la cabeza, de la mujer que pesa trescientos kilos, del anciano al que le crece la piel... descubrimos que se llama “teratología” al estudio de las deformidades humanas; este descubrimiento nos abre un mundo de lecturas y nos levanta el ánimo: quiere decir que esa afición enferma es una ciencia, un campo legítimo del conocimiento y no sólo un hobby de pervertidos. Con más confianza, entramos a la página de internet donde personas con amputaciones se exhiben desnudas.

En el fondo se trata de una postura romántica. El hombre romántico estaba obsesionado por la evidencia de su mortalidad; se sentía o se sabía herido de muerte desde su nacimiento. Fascinado por el Demonio y por el Infierno, ya no esperaba el Cielo cristiano sino otra clase de recompensa: la gloria de hallar el fin del héroe cósmico, del transgresor, del despreciador de la vida. Esta aristocracia espiritual se manifestaba exteriormente como una forma refinada de estoicismo: el spleen, mal du siécle o Weltschmerz. Envolvió entonces, en el manto vaporoso de su poesía, la tuberculosis, la enfermedad en general junto con algunos de sus signos externos: la palidez, la fiebre, la delgadez extrema. La verdadera belleza estaba en la beauté malade que Baudeleaire tomó, para consagrarla, de Edgar Poe. Su ideal estético es reductible a una imagen: la joven tocada por la muerte en la flor de la vida.

En efecto, las mentes más elevadas de la promoción romántica se dejaron atrapar por medusas de barriada. Dickens y Dostoievsky, seducidos por jóvenes prostitutas cuyo cuerpo lleno de infecciones relataba en terribles silencios la historia del Támesis o del Neva: aguas que nacieron cristalinas en la montaña, cayeron hacia la gran ciudad industrial y ahí se precipitaron bramando por las cloacas. Baudelaire, en este mismo tenor, escribió dos grandes poemas: “Una noche, junto a una espantosa judía” y “A una mendiga pelirroja”. Coleridge, uno de los primeros maestros del horror moderno, concibió de la noche romántica y del opio a “Christabel”, demonio femenino que debe seducir a los inocentes para que ellos sean la puerta por la cual entre al mundo: vampiresa y súcubo. Como ella, hay muchos otros personajes. Françoise Duvignaud ha estudiado con profundidad a la mayoría de ellos: la Lamashtu, Gorgona, la Madre Devoradora, Aisha Kandisha, las Sirenas, Vampirella, Circe, Caribdis, las Gorgonas (Esteno, Euriale y Medusa), las Amazonas, los Empusas (espectros de Hécate), Las Erinias, Furias o Euménides. Todas ellas forman el “terror seductor.”

Sin embargo, como decía, también quiero hablar de los otros monstruos, no sólo de las horrendas seductoras, no sólo de las que tientan al paseante con sus bellísimos senos envenenados. En el Fausto de Goethe aparecen las Fórcidas o Forcíadas, hijas de Forcis. “Se las denomina también Greas (viejas) porque nacieron con cabellos blancos. Eran en número de tres: Enio, Pefredo y Dino. Su fealdad era extremada, y entre todas no tenían más que un ojo y un diente disforme, como de caballo, de los cuales se servían ellas alternativamente. Vivían en los confines de la tierra, lejos de la vista del sol y de la luna.”

Y en su versión del cuento del Grial, Chrétien de Troyes habla de una Doncella Monstruosa:

Jamás hubo nada tan absolutamente feo ni en el mismo infierno. Nunca habéis visto hierro tan oscuro como ennegrecidos estaban su cuello y sus manos, y esto aún era lo de menos al lado de sus otras fealdades, pues sus ojos eran dos agujeros pequeños como ojos de rata. Su nariz era de mono o de gato, sus labios de asno o de buey, y sus dientes parecían más bien de huevo, tan rojizo era su color, y tenía barbas como un buco. En medio del pecho tenía una jiba y por detrás la espina dorsal parecía un bastón ganchudo.

Estos son los casos que menos esplendor tienen en la historia literaria, no la romántica fealdad medúsea, la fealdad seductora de la que han escrito Mario Praz, Françoise Divignaud y J. Delumeau, sino esa otra condición desamparada, desangelada: la fealdad de los pobres monstruos que no asustan a nadie.

“Pipistrella”, le decían en Italia y en Buenos Aires a esa vampiresa de peluche cuya fealdad está tan lejos de las fantasías voluptuosas de Bram Stoker como un Halloween de colegio de una Noche de Walpurgis. Dice Duvignaud que Ulises les tapó los oídos a sus marineros por puro egoísmo: para ser el único que disfrutara del horror. Nadie haría esto con la pobre fea, pero ella también tiene su prosapia, su historia literaria. En el siglo XVII —siglo de monstruosidades, lo llama Praz—, el gran poeta Alessandro Adimari escribió una serie de piezas maestras relacionadas con la fealdad femenina: poemas a la bella pecosa, la pequeña judía bizca, la bella calva, la bella esquelética, la leprosa, la linda jorobada. Y en el mismo siglo hubo quien cantara a hermosas mendigas, ancianas seductoras, negras fascinantes y cortesanas humilladas. Por su parte, recuerda Praz, Achillini le escribió un soneto a una hermosa epiléptica.

En la época moderna, los ejemplos han escaseado pero la tradición sobrevive. La pobre fealdad, a diferencia de la belleza medúsea, no se ubica fácilmente en lo trágico o épico. Su efecto es más bien patético y por lo tanto su territorio es el melodrama, esa tragedia de los pobres que, tratando de adaptar a su gusto a los grandes héroes, ha creado figuras pequeñas e inolvidables. En todo gran drama de barriada hay una fea, una puta, un ladrón y un ángel. Y como los cantos populares suelen desarrollarse como un producto cristalizado de las actitudes melodramáticas del pueblo, es en éstos donde a veces se conservan mejor los mitos urbanos. Así, tenemos el tango “La fea”, de H. Pettorossi:

Procurando que el mundo no la vea,
ahí va la pobre fea camino del taller;
y a su paso, cual todas las mañanas,
las burlas inhumanas la hieren por doquier

Cuando alguno le dice una torpeza
inclina la cabeza transida de dolor,
y piensa con amargo desencanto:

“¿Por qué se reirán tanto de mi fealdad, Señor?”.



Petorossi, con esa precisión del poeta que escribe para comunicarse con la gente, habla de “la cruz de su fealdad”. Luego encontramos este otro tango de E.S. Discépolo, “Esta noche me emborracho”:


chueca, vestida de pebeta,
teñida y coqueteando
su desnudez...
parecía un gallo desplumao
mostrando al compadrear
el cuero picoteao.


Con menor crueldad, pero en el fondo igualmente melodramática, recordamos esta canción de Aline, que estuvo de moda hace muchos años:


Las chicas feas también tienen corazón,
todas podemos despertar una ilusión.
[...]
No somos unas corcholatas
tiradas en la coladera.

Pipistrella. Podríamos verla así, como una entrañable figura de melodrama, la versión humanizada de “La muñeca fea”, de Gabilondo Soler. Después de todo, ya hace más de cien años Dickens descubrió las profundidades humanas que pueden revelarse a través del melodrama. Y T. S. Eliot lo reconoció así: “Drama y melodrama no pueden definirse de tal manera que parezcan recíprocamente exclusivos. El gran drama tiene en sí algo de melodramático, y el mejor melodrama participa de la grandeza del drama”.

Es en este punto donde la monstruosidad —la condición de esos seres que el diccionario define como contrarios al orden regular de la naturaleza— puede adquirir otra dimensión, no necesariamente dramática, pero sí dotada de mayor estatura humana. Puede referirse, por ejemplo, a esa muchacha del cuento de Mario Benedetti, “La noche de los feos”. Tenía un pómulo hundido y ni siquiera —explica el narrador— podía decirse que tuviera ojos tiernos, “esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza”.

Y más alla de esto, la fealdad extrema representa uno de los últimos depósitos de energía en la inercia neoliberal y globalizante. “Nadie es feo”, dice el pensamiento políticamente correcto. “Sólo hay unas personas más diferentes que otras”. Parecería cosa de George Orwell. ¿Será cierto? A mí me parece que no está errado Javier Marías cuando llama al lenguaje políticamente correcto “una plaga” y advierte que “va a más hasta alcanzar verdaderas cotas de imbecilidad”. Lo que siento es que si se pierde el sentido de lo monstruoso se sacrifica también el sentido de lo sagrado. Debemos resistir. He visto carteles ecologistas que dicen “Salvemos a la vaquita marina”, “Salvemos a la ballena jorobada”. ¿Por qué no hacemos uno que diga “Salvemos a nuestros monstruos”? Ellos, al verse como tales, están salvando al mundo de ser devorado por la utopía globalista del bienestar universal. Ciertamente, a fuerza de rechazo y de marginación sexual y social, el monstruo ha aprendido a desconfiar del hedonismo dominante. Sus valores son más elementales. Su dignidad no tiene nada que ver con el narcisismo del modelo o el físicoculturista, y esto lo hace heroico y extraordinario: es uno de los seres que permanecen de pie en un mundo en ruinas. Para él escribió Nietzche estas líneas de hierro:


Y Zaratustra sintió una gran vergüenza por haber visto con sus ojos semejante cosa.
—¡Quédate! ¡Siéntate! ¡Pero no me mires: honra así mi fealdad!

martes, abril 03, 2012

El fin de la inocencia

“Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, que a la familia le parecieron ERAS”. Sobre el espejo de una recámara, Charles Dickens puso una tarjeta con esta inscripción. El famoso escritor danés Hans Christian Andersen acababa de despedirse de la familia, en cuya casa de Gad's Hill había pasado sus vacaciones. Los dos creadores se habrían caído bien al conocerse, pero la poca fluidez de Andersen para expresarse en inglés determinó graves malentendidos y una general dificultad social. Sin embargo, gracias al interés de Andersen y en la medida en que el escaso entusiasmo de Dickens lo permitió, la amistad entre ellos se mantuvo.


Los dos se hallaban trabajando para que un nuevo arquetipo franqueara el umbral de la realidad humana: el héroe niño. Sólo que mientras Andersen infantilizaba problemas universales para reflexionar sobre ellos junto con los niños, Dickens les descubría los claroscuros de la vida adulta. Acaso no era éste su público ideal, como en el caso del danés, pero tenía que llegar a los niños. Por un lado, lo apremiaba la necesidad comercial de mantenerse como un escritor familiar cuyas novelas no fueran para leerse en silencio y a escondidas, a la luz de una vela avergonzada, sino en voz alta y a toda la familia, incluyendo niños y sirvientes, junto a las llamas honradas de una chimenea. Este interés en la familia como público, además de explicar el carácter dramático —y fácilmente dramatizable— de muchas escenas en sus primeras obras, determinó las grandes aportaciones de Dickens a la narración oblicua, en la que ni siquiera un futuro maestro como Henry James lograría superarlo.

Por el otro lado, Dickens, que había sobrevivido a una infancia traumática, mostró a lo largo de su vida una necesidad constante de re-vivir, vivir otra vez, de otra manera, aquellas experiencias que lo habían despojado de su inocencia. Era una manera de recuperarla: sentir que el sufrimiento de los inocentes sirve para algo.

Aun en aquellas de sus obras que tratan de problemas adultos, como Historia de dos ciudades, La pequeña Dorrit o Grandes ilusiones, Dickens seduce a la imaginación infantil, le habla en su lenguaje. También aquí se ve que no es tanto un novelista preocupado por los problemas del realismo, como un mitógrafo. Y la potencia iluminadora del mito suele correr paralela con un aparente ocultamiento de la realidad mundana. Dickens fue creador de mitos infantiles perdurables acerca de la vida adulta. No sólo inauguró la institución moderna de las fiestas navideñas sino también el heroísmo juvenil, ciertos rostros de lo angélico femenino, una especie de aristocracia espiritual que subyace en el individualismo proletario. Descubrió un nuevo género de lo real visible: lo sórdido infantil: fábricas y callejones oscuros cuya miseria no incluye ningún aspecto que no pueda ser imaginado por un niño, aun por el más inocente. Sin duda Dickens sabía que, si el escritor ve cuando escribe, el niño ve cuando lee.

Ahora bien, la idea de que la bondad se halla contenida en la naturaleza fue revisada con diferentes perspectivas, ninguna de las cuales pudo salvar el prestigio de la civilización. Hasta entonces, la interpretación cristiana de la vida había sostenido que el hombre nace marcado por el Pecado Original, y que la infancia no es más que el estadio durante el cual la virtud racional rescata al ser humano de su condición de caída. Al volverse innegables las contradicciones de la urbanización industrial, este concepto debió revertirse. La doctrina del Pecado Original halló su reverso en la de la Inocencia Original: la idea de Rousseau acerca del hijo puro de la Naturaleza, “nacido en un estado de inocencia y amenazado por la corrupción del mundo social adulto”. Los románticos ingleses, especialmente Blake, Wordsworth y Coleridge trasplantaron esta doctrina al coto de la poesía, y luego Charles Dickens se encargaría de transvasarla de la poesía a la narrativa y del contexto rural, pastoril de Wordsworth a las calles de Londres.

La idea wordsworthiana del niño como padre del hombre absorbió en gran medida la angustia culpable de la época victoriana. Al creer en una nueva forma de virtud natural, visible sólo en la infancia, la sociedad enferma convirtió al niño en guardián de una de sus últimas certidumbres espirituales. Echó sobre sus hombros una responsabilidad enorme y, para que él pudiera llevarla, tuvo que idealizarlo. Un ser puro tenía que sufrir ante el espectáculo de la injusticia y la insensatez del mundo adulto. Así realizó Dickens uno de los descubrimientos más importantes en la historia literaria moderna: el de la conciencia infantil. El miedo de Oliver Twist, la solitaria orfandad de David Copperfield, la culpa neurótica de Pip... La sociedad, en su búsqueda de valores espirituales y de aventuras estéticas, había descubierto el placer sádico de ver el sufrimiento de los niños.

Cuando las víctimas de este sistema lograron sobrevivir y cruzar la frontera que divide a los pobres de los ricos, cuando la frase de Wordsworth se pervirtió con adjetivos tácitos: el niño bueno es el padre del ciudadano próspero (nótese cómo el premio a una condición moral es un estado social), surgió el culto del héroe niño. Templado desde muy pequeño en la cruenta batalla de la vida, protegido por su propia nobleza de corazón y equipado con una mezcla de virtudes masculinas (tenacidad, capacidad de acción, impulso conquistador) y femeninas (sensibilidad, emotividad, intuición), este héroe precoz se convirtió en el nuevo campeón de la búsqueda de la felicidad. Por poco tiempo. Porque aquí se encuentra una lección que a nadie le habrá dolido más que al propio Dickens. David Copperfield, ya adulto, conquistó la dicha del bienestar burgués gracias a un doloroso aprendizaje que a través de las estaciones de una infancia huérfana y una adolescencia desamparada, lo llevó a comprender que debía “disciplinar su corazón”.


En el caso de las niñas, la doctrina de la Inocencia Original adquiere un carácter necesariamente pasivo. La niña victoriana debe ser obediente, desprovista de egoísmo, capaz de sacrificarlo todo, de perderlo todo sin desesperarse, puesto que ella es la caja fuerte de la fe; debe ser modesta, industriosa, inmune a la pasión pero sensible a los afectos de la ternura: una mezcla, en fin, de Job y Cordelia. Así aparece la cara femenina de una infancia curtida en la “batalla de la vida”: el heroísmo doméstico. Su vasta iconografía es como una colección de retablos mexicanos que representaran hechos milagrosos atribuidos a vírgenes impúberes. En uno de ellos aparece Nell tratando de salvar a su abuelo; en otro se encuentra Esther Sumerson llenando de generosa luz la casa de Jarndyce & Jarndyce; en otro más, vemos a Agnes Wickfield, guía y corona de triunfo para un progreso del peregrino cuya prueba más ardua es la disciplina del corazón.

La dimensión de Charles Dickens como uno de los creadores de mitos más importante de la modernidad, no puede comprenderse sin examinar, así sea someramente, su relación con escritores posteriores. Oliver Twist, Fagin, Nell, Daniel Quilp, Ebenezer Scrooge, Dora, Martha Endell... todos han desempeñado un papel en el desarrollo imaginativo de jóvenes lectores que después se volvieron escritores, engendrando hijos y nietos muchas veces reconocibles. Ciertamente, Mark Spilka observa respecto a La tienda de antigüedades:


Fue una de las novelas más populares de su época y fácilmente la que más ha influido. A este libro le debemos los personajes Eppie, de George Eliot (Silas Marner); Nellie, de Dostoyewsky (Humillados y ofendidos); Alicia, de Lewis Carroll; la pequeña Eva, de Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom); Heidi, de Johanna Speyri; Wendy, de Sir James Barrie (Peter Pan); Maisie, de James; y extensiones modernas del tipo, como Shirley Temple en sus películas de los años treinta (La pequeña rebelde); Mick Kelly, de Carson McCullers, en los cuarenta; Phoebe y Esme, de Salinger, en los cincuenta y, más recientemente, Jennifer Cavilleri, de Erich Segal (Love Story). Su supuesto reverso lo encontramos en Lolita, de Nabokov, y en películas recientes sexualmente explosivas como El exorcista (Spilka 1984, 174).


Aventuro una explicación para este “supuesto reverso” de Nell como Lolita. Aunque la virtud y la pureza espiritual de la ninfeta dickensiana son innegables (de hecho, en su desprendimiento de todo egoísmo puede ser incluso más angelical que Esther Sumerson o Agnes Wickfield), se hallan contenidos —no en ella sino en la presentación de su historia— ciertos genes espurios. La tienda de antigüedades es heredera de la picaresca inglesa, la de Henry Fielding y Daniel Defoe; su hilo conductor es una sucesión de aventuras por los caminos de la vida y los de Inglaterra. Nell es hija de Moll Flanders. Con toda su inocencia y su halo místico, desciende de una prostituta. El arquetipo que encarna no es el mismo de las otras niñas buenas de Dickens. Para empezar es una vagabunda que, por una cosa o por otra, no pasa mucho tiempo en ningún espacio doméstico. Es cierto que sabe usar la aguja y el hilo, pero resulta difícil imaginársela en una casa, como no sea bajo el aspecto de una muñeca en su propia tienda de antigüedades, en su recámara de juguete. Así que no puede ser una divinidad doméstica, una Hestia como Esther Sumerson. Su sangre es más celta; se acerca más al hada bienhechora de los bosques que a la estática virgen cristiana o griega. Sin embargo no cuaja en esta figura porque Dickens insiste en atormentarla hasta que la mata. De esta tensa combinación entre el estatismo icónico de la mística y el tránsito azaroso de la novela de aventuras surge el tipo que encarna Nell: la virgen pícara. Desprovista más tarde de sus elementos trágicos, transformados sus harapos de huérfana en jeans, será efectivamente la heroína americana de las décadas recientes: una ninfeta que —back-pack al hombro— se lanza a las interminables carreteras.

Por último, en Charles Dickens el culto al héroe y a la aventura se halla imbuido de nostalgia, no sólo por aquella edad de energía que la civilización moderna agotaba rápidamente, sino también por su propia edad heroica, por su epopeya personal. El mundo interior de Dickens era el mundo de su memoria, bendita facultad que le devolvía ese niño resuelto a sobrevivir entre calles oscuras y fábricas, que fue él y que las prioridades prácticas del éxito habían condenado a una muerte lenta. Oliver Twist y Nell, sus primeros grandes protagonistas, encarnan este culto de la aventura: sus destinos sugieren que la búsqueda de la felicidad es una abstracción en todo caso secundaria junto al valor absoluto de las acciones que implica; salen al encuentro del peligro y su recompensa es permancer en condiciones para dar el siguiente paso. Sus voces de héroes jóvenes se hacen oír sobre el uniforme golpear de martillos de la masa industrializada. Son los últimos sobrevivientes de una raza que ya desocupaba el mundo. El arquetipo se agotaba rápidamente a cambio de dinero, a cambio de una sórdida —así lo comprendió Dickens en su madurez— participación del bienestar moderno. El heroísmo aventurero, epifánico de Nell se apoltrona y degenera en el inerte “heroísmo doméstico” de Agnes Wickfield. Y el guerrero de la vida, Oliver Twist, se convierte en un neurótico snob para quien la abdicación completa de la voluntad de aventura es la única alternativa, una vez descubierto el ínfimo metal que oculta la chapa de oro del hedonismo burgués.

El lector infantil, cultor natural de la aventura y del coraje, admira a Oliver Twist y puede querer a David Copperfield, pero desprecia a Pip. Grandes ilusiones es una novela de agotamiento. El halo que irradia surge del crepúsculo interior tanto de su creador como de sus circunstancias históricas. Dickens había escrito su testamento espiritual.



Publicado originalmente en El Angel, suplemento del periódico Reforma, el 5 de febrero de 2012, con motivo del bicentenario del nacimiento de Charles Dickens.

domingo, enero 29, 2012

Después de tantos años

Una versión modificada de este poema aparece en mi libro La ofrenda debida, que este mes salió publicado por el Consejo para la Cultura y las Artes de Hidalgo.


Después de tantos años,
de tanto amarnos y extrañarnos,
son tan pocas las horas
que nos han sido prestadas.

Hoy pienso que me habría gustado, por ejemplo,
tener juntos una nuestra casa,
una tarde por lo menos, robada como todo.

Que en esa tarde nos sentáramos a la mesa
y yo te calentara las tortillas
y tú me pasaras la sal o la salsa.

Oír un nuestro perro ladrando a los paseantes
Esperar juntos
el atardecer en la barda de piedra rosa
con el juego de las sombras del follaje
y el susurro de los álamos, tan triste.

Verte en pijama —nunca te he visto en pijama.
Saber de tus cólicos menstruales.
Que me pegaras un botón de la camisa
y yo fuera a traerte algo a la farmacia.

Estoy triste, este día,
por este amor que se quedó niño.
Que se hizo viejo siendo niño.
Que no conocerá ni la resequedad ni la rutina
ni la decrepitud ni el frío ni el hastío,
pero tampoco la mesa ni el sueño compartido.

Y hasta podría terminar estas líneas
diciendo que, al final, muy al final,
estos amores que viven a la sombra
son también grandes amores.

Pero aquí no se trata de hacer poesía,
sino de llamar al pan “pan”,
y a lo que no pudo ser “puta madre, no pudo ser”.
Y ya.
Es todo.
C’est tout.
That’s all.