sábado, enero 16, 2021

La granada

De las cosas que puedo hacer en la cocina solo, ninguna me da tanto placer como desgranar una granada. Es su delicadeza lo que me hechiza, su repulsión a todo lo que sea fuerza bruta. Porque si uno no tiene cuidado con ella, sangra. La granada no es como la naranja, que se desnuda a cuchillo y se desgaja con fuerza, ni como la manzana o la ciruela, a las que hay que quitar el corazón. Mucho menos como el coco, que se abre de un machetazo certero y sonoro. Tampoco las uñas tienen nada que hacer aquí. Todo se hace con las yemas de los dedos, despacio, acariciando cada grano como si supiera que va a ponerse erecto, como puliendo el rubí que es. Y cuando detecta uno el que ya está flojo, listo para dejarse llevar, empieza a rozarlo desde su base suplicándole en silencio, ordenándole en silencio; lo remuele uno con suavidad, girándolo entre las yemas de los dedos, hasta que se viene solito. Y así con el que sigue y el que sigue.

         Uno avanza palpando, viendo con la piel, dejando que la granada misma nos diga por dónde va a dejarse. Y efectivamente, llega un momento en que esos rubíes como que se hacen a la idea de entregarse y se dejan separar ya sin esfuerzo. Es como si la fruta clamara: “Desgráname. Desgráname toda.”

         Por supuesto, no es posible pasar inadvertida esa delgada piel blanca que tiene la granada, translúcida, adherida a sus contornos. Es como su ropa interior.

         La granada es ruda y suave y usa chamarra de cuero y lencería de encaje.

miércoles, diciembre 30, 2020

El confesor


Desde su ventana en un séptimo piso, Ángel observaba el escaso movimiento de la avenida: apenas un par de autos detenidos ante el semáforo en rojo, ni un transeúnte, ni una tienda abierta. Cuando empezó a mirar todavía quedaba algo de la tarde —un enrojecimiento frío, sin belleza ni esperanza—, luego la noche inundó el paisaje y él no pensó en encender la luz. De cualquier manera no le gustaba hacerlo porque no tenía cortinas en sus ventanas. ¿Para qué gastar en eso? Los edificios de enfrente eran menos altos y no parecía probable que nadie lo espiara. De todos modos prefería la oscuridad. En verdad no necesitaba luz. Su biblioteca se reducía a un solo libro de pasta azul y fuera de éste no tenía la costumbre de leer, no veía televisión ni películas, no le interesaban los videojuegos. La laptop y el celular los usaba sólo para su trabajo y para mirar pornografía, de vez en cuando. No se aburría. Si llegaba a aburrirse, se ponía a mirar por la ventana.

Hacía unas horas lo había llamado una mujer. Necesitaba sus servicios. El marido estaba agonizando. Después de negociar sus honorarios, Ángel le pidió su dirección y le dijo que estaría allí alrededor de las ocho de la noche. Debía ponerse en marcha.

Se quitó la sudadera y los jeans y se puso su ropa negra de trabajo: la sotana y la pechera negra con alzacuello. Sobre ésta, un crucifijo de plata. Luego se echó en el bolsillo el cubreboca azul que se había vuelto obligatorio usar y salió del departamento. Vivir en el séptimo piso de un edificio sin elevador era la cosa más desgraciada del mundo. Y la más barata, había que reconocerlo: la renta era mínima. Tenía otras ventajas también: Ángel no veía nunca a sus vecinos. No los conocía. Sabía que existían porque a veces los oía a través de las puertas: música o ruido de televisión, alguien que tosía, alguien que lloraba o peleaba... y ocasionalmente se sentía en los pasillos algún olor de comida que a él le provocaba náusea más que antojo. Los únicos vecinos de los que sabía algo eran las del departamento contiguo al suyo: una mujer divorciada y su hija de once o doce años. Incluso a través de las paredes las oía pelear: la madre maldiciendo a la chica porque no hacía bien algo o porque le apestaban los pies. Y aquélla gritando para defenderse. Ahora estaban en silencio, por el momento.

Fuera del edificio hacía fresco. En días anteriores, Ángel había estado resfriado y, aunque ya no tenía tos ni estornudaba, por momentos le dolía la cabeza y sentía escalofríos. Le daba miedo. ¿Quién no sentía miedo de enfermarse en estos días aciagos? Había estado varios días en cama, solo, deseando que alguien lo acompañara por lo menos a ratos, alguien que le ayudara a cargar con el miedo. Pero no tenía amigos. Ya era un peligro más tener amigos.

Cruzó el parque y echó a andar hacia la avenida principal. En ese momento se oía la sirena de una ambulancia: un maullido largo, intermitente.

Se tenía la sensación de caminar por una ciudad fantasma: las calles desiertas bajo un cielo siempre denso, los edificios amenazantes, probablemente llenos de enfermos que morían en secreto, las sombras de quienes aún debían salir a buscar comida o medicamentos.

En la avenida grande había más luz, aunque no más vida, y un silencio que lejanamente recordaba el de los domingos de antes. Pero no era domingo, era viernes. De un portón cerrado se desprendía una música cortada, ronca, como de alguna película. Adelante —recordó Ángel— había antes una sala de cine. A el le gustaba ir ahí. Pero ya no funcionaba; lo habían vandalizado y lo que quedaba de él era el enorme boquete negro de la entrada y el vestíbulo lleno de basura, vidrios rotos y pedazos de butacas. Ya no funcionaba ningún cine en la ciudad.

Caminaba encorvado y como escondiéndose, como si fuera posible esconderse de la enfermedad. Atravesó la vieja estación de microbuses, mirando con una mezcla de nostalgia y resentimiento esas unidades que ya no daban servicio, impecablemente formadas en los andenes. Parecía cuidarlas un hombre obeso vestido con ropa deportiva y un cubreboca negro, aparatoso, que parecía diseñado para la guerra química. Ni siquiera lo miró.

Casi una hora más de caminata y llegó a una colonia perdida en la noche, una de esas colonias de casas bajas y muros de materiales baratos, sin aplanado, con oxidadas y torcidas varillas asomando en las esquinas. Detrás de un zaguán, un perro comenzó a ladrar.


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Llevaba dos años en el negocio de los santos óleos y había empezado por obra del azar. O de la Providencia, dirían los que creían en Dios. Él no creía en Dios. Ni siquiera sabía mucho de él y no le gustaba pensar: le parecía alucinante eso de que había Dios y había Jesús y eran el mismo personaje. Y luego decían que había un tercero por ahí y también era el mismo. Lo bueno era que nadie le hacía preguntas sobre esas cosas. Le gustaba el trabajo: implicaba riesgo pero no esfuerzo, y Ángel siempre, desde niño, huyó más del esfuerzo que del riesgo.

Se le ocurrió una vez que oyó una conversación en la calle, entre dos señoras que caminaban delante de él. Rompiendo las reglas de la sana distancia, Ángel se acercó sin que se dieran cuenta para oírlas mejor. Hablaban de que alguien necesitaba con urgencia un sacerdote y no lo encontraban. “Para darle los últimos auxilios a un agonizante”, explicó una de las señoras. “Es que ya hasta los padrecitos tienen miedo de contagiarse”. Costaba mucho trabajo convencerlos. No estaban dispuestos a poner en peligro su salud y su vida por una miseria de dinero. Fue entonces cuando Ángel tuvo la idea. Sabía qué cosa eran los primeros auxilios, pero nunca había oído hablar de los últimos. Se puso a investigar en internet todo lo que había sobre eso, se aprendió un montón de palabras con tufo medieval como “sacramento”, “extremaunción”, “santos óleos”... memorizó el ritual completo, compró los artículos necesarios en un mercado de pulgas virtual y ya estaba: empezó a anunciarse en redes sociales. Nadie le pedía ningún papel: ni cédula profesional ni nada de eso. Si se daban cuenta o sospechaban la impostura, no decían nada. Para qué: nada más habría sido perder la oportunidad de resolver su problema. Lo importante era que el agonizante se fuera tranquilo de este puto valle de lágrimas, con la conciencia descargada, satisfecho de haber cumplido con el último deber que le pedía su fe. Qué más daba quién le ayudara: Dios no condenaría a un idiota por dejarse engañar.


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Lo pasaron a la sala comedor, si así podía llamársele todavía. Se hallaba en penumbra. Esas personas, como todos ahora, trataban de que no se viera nada de su vida desde la calle: qué hacían, qué tenían, quiénes vivían ahí. Todo eso era peligroso. Todo daba miedo. La mesa, las sillas y el sofá se hallaban cubiertos de bultos —probablemente comida— y recargados en la pared había alteros de paquetes de papel higiénico. Olía a cloro, a vinagre, a alcohol.

La mujer que lo hizo pasar era como una extensión del espacio: vestida con un traje deportivo que ya no estaba limpio, con pantuflas de peluche color de rosa. Al igual que Ángel, tenía puesto un cubreboca. Por encima de éste se veía la piel grasosa de su frente y sus mejillas. También la mano con que le entregó su paga se veía grasosa, pero ésta era de comida: olía a carne frita. Un niño como de cinco  años, también con cubreboca, apareció tras ella abrazando una Barbie vestida de princesa.

El enfermo se encontraba en la recámara: un hombre como de sesenta años. Se veía mal. Y apestaba. Pero lo que Ángel sintió al entrar en la penumbra de su espacio no fue asco en primer lugar. Fue miedo. Al principio le llamaba la atención que esa gente no llamara mejor a los números de emergencia sanitaria. Después comprendió sus motivos: si se los llevaban al hospital, morirían solos. Y de todas maneras a eso iban: a morir. Mejor hacerlo en su casa, con alguien que los acompañara. Y con un sacerdote dispuesto a correr riesgos por una bicoca.

La habitación olía a meados. Y a ungüentos y a jarabes para la tos. Resultaba por demás curioso —pensó— que tuvieran suficiente pesimismo para dar por hecho que no saldrían vivos y, por otra parte, suficiente inocencia para creer que esos remedios caseros servirían para algo.

La acarició la cabeza al moribundo, sólo para ver si estaba despierto. Pero no, no lo estaba.

Ángel tenía un librito azul que se había robado de un hospital. No decía el autor; se llamaba Salmos. Nuevo Testamento. A él no le gustaban los libros, pero le pareció que ése podía ayudarle en su nuevo trabajo. Se saltó los poemas porque nunca le había gustado la poesía y se leyó todo lo demás. Allí encontró aquello de los tesoros en el Cielo. ¿Que tal si algo de eso era verdad? Podía ser. Mejor protegerse para el caso de que lo fuera. Cobrar por lo que hacía y hacerlo lo mejor posible, con buena onda y todo muy pro, era matar dos pájaros de un tiro: hacerse de tesoros en la tierra y en el Cielo. ¿Quién decía que no se podía?

La mujer y el niño ya salían del cuarto para dejar al confesor solo con su enfermo, pero él les pidió que se quedaran. Había leído en un foro que era una blasfemia dar los santos óleos con el cubreboca puesto, así que se tragó el miedo y se lo quitó. Y quizás como una manera de reconocer el valor de su gesto, la mujer y el niño también se lo quitaron.

—No es necesario —les dijo él enseguida—. En ustedes no es blasfemia. Blasfemia es no cuidarse.

La mujer y el niño volvieron a cubrirse, dóciles. “Bienaventurados los mansos”, decía el librito azul.

Ángel tuvo la tentación de recitar eso en voz alta, pero mejor se aclaró la garganta y comenzó a hablarle al moribundo; le dijo que iba a prepararlo.

—¿Para qué le habla? —le reclamó la señora—. No puede oírlo. No está consciente.

—Aunque no esté consciente, puede oírme.

—No oye, le digo —insistió la señora.

—Su espíritu me oye.

La mujer dejó escapar un suspiro de resignación, de fastidio. Y ahí se quedó, callada, con su niño que miraba todo como ausente y no oía nada ni entendía nada.

Ángel continuó hablándole al enfermo. Luego abrió su maletín y sacó sus cosas: una estola morada, una especie de tubo metálico, una caja pequeña y también metálica, una botella como de perfume pero que sólo tenía agua de la llave. Se inclinó sobre el enfermo y le puso en los labios la cruz de plata que llevaba al cuello.

El enfermo lo sintió, tal vez, porque empezó a respirar más rápido, con dolor.

El confesor le descubrió las manos y los pies, que estaban ardiendo. Sí, iba a terminar pronto. Ángel sabía lo que venía: una vez que el corazón dejara de latir, el cuerpo asumiría una forma de rigor mortis que no era la normal, que no era de muerto pero tampoco de vivo; la piel comenzaría a teñirse de amarillo, los ojos volverían a abrirse, esta vez sólo para congelarse en una mirada inerte. Entonces se levantaría y volvería a andar, en ese acto de blasfemia en el cual la biología se rebelaba contra la divinidad.

Abrió el tubito metálico y se puso en los pulgares un poco de aceite. Empezó la unción.


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—Perdone que no lo invitemos a merendar —le dijo la señora cuando terminó el rito, ya fuera de esa sofocante cámara mortuoria—. No tenemos casi nada.

A él no le importó que la frustración se le notara en la mirada: aquello era de una tacañería imperdonable. ¿No pensaba esa mujer que los sacerdotes eran hombres solos y no tenían comida en casa? De todas maneras, al final prefirió ser profesional:

—No se preocupe. Estoy haciendo penitencia.

Gracias a ese brevísimo diálogo, Ángel pudo mirar bien al niño. ¿Qué le pasaba? Tenía los ojos rojos. Completamente rojos. Como de conejo.

—Es sangre —le explicó la madre sin parecer ofendida, siguiendo la dirección de su mirada—. Es una enfermedad que tiene mi hijo. No es contagiosa.

—¿Le duelen?

—No.

Ángel no quiso esperar más. Salió de esa casa huyendo, sintiendo que tropezaba a cada paso. ¿En qué tiempo le había tocado vivir, en qué mundo que tanta gente padecía alguna enfermedad espantosa?

Afuera caía una llovizna floja, lenta, aunque suficiente para formar charcos. Ángel odiaba los charcos porque sus zapatos dejaban pasar el agua; tenía que evitarlos o saltarlos si no quería terminar con los pies empapados y helados. La calle se veía abandonada: un largo pasillo abierto entre ruinas. Las puertas cerradas, las ventanas ciegas. En el local de la esquina, cerrado con una cortina metálica toda grafiteada, recordó él que había una panadería. Varias veces fue ahí a comprar conchas de chocolate. No volverían a abrir.

Sintió que le dolía el hombro de tanto cargar su maletín y se cambió éste a la otra mano. Fue entonces cuando los vio: un rebaño de seres difícilmente humanos avanzaban desde el fondo de la calle. Serían cien, tal vez más. Era difícil calcular porque sólo se veía la vanguardia y además todavía se encontraban lejos. Pero iban rápido. Paralizado por la impresión, Ángel tardó en reaccionar. Se quedó mirándolos fascinado. Entonces, ya que estaban cerca, se dio cuenta: la piel amarilla, la cara inexpresiva... no estaban vivos ya.

Echó a correr en dirección opuesta. Afortunadamente, no lo siguieron. No parecían haberlo visto.

Con una sensación de irrealidad, dobló en la esquina y atravesó un  parque con juegos infantiles. Cansado, se recargó en un poste y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio el cielo sin estrellas, las nubes azul gris que velaban la noche, las ventanas altas de las casas vecinas, todo difuso como si hubiera caído al fondo de un estanque turbio. Su reloj marcaba las nueve y media de la noche. Llegaría a casa después de las diez, con hambre. Necesitaría esperar hasta el día siguiente para comprar comida. ¿Alcanzaría a llegar a eso? De pronto, el día siguiente resultaba tan lejano... volvió a su mente la imagen del niño con los ojos sangrantes.

Se miró las manos lleno de angustia, como si le quemaran. Pero no parecía tener nada malo en ellas. Su piel se veía normal, en color y en textura. ¿O no? ¿Estaba vivo? ¿Estaba vivo?

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Eran más de las diez de la noche cuando entró a su edificio y encendió la luz de la escalera para subir a su departamento. Estaba cansado y sentía frío en los pies. Aunque en ese mohoso interior no hacía más frío que en la calle, tuvo la misma cálida sensación de los caminantes que llegan a casa.

Al pasar por el departamento de la divorciada, se encontró con la chica de doce años sentada en el suelo, acurrucada en el umbral de su puerta como un perro mojado. Se veía desamparada: flaquísima, con la piel de los brazos erizada de frío porque no traía puesto más que una camiseta.  “Seguro volvieron a pelear”, pensó Ángel. “O la corrió la arpía de su madre”. Mejor no preguntar; para qué, si no había nada que él pudiera hacer. Mejor pasarse de largo como si no la hubiera visto.

Fue la chica quien le habló a él.

—Dicen que eres un hombre santo —le dijo—. Dicen que curas moribundos tocándoles la frente.

Ángel iba a seguir subiendo sin contestar. No estaba de humor. Pero la chica lo detuvo hablándole con una voz más firme:

—Toca mi frente.

—¿Estás enferma? Yo no tengo ningún poder. No es verdad lo que te han dicho.

—No estoy enferma. Pero sí creo que eres un hombre santo. Tienes cara.

Detenido con un pie en un peldaño y otro en otro y con la mano apoyada en el pasamanos, Ángel le dirigió una mirada inexpresiva.

—Sólo toca mi frente —repitió la chica—. Y dime que esto va a pasar pronto y vamos a volver a vivir como antes.

Ángel abrió la boca como para decir algo, pero volvió a cerrarla. Se quedó pensativo un instante y luego dijo:

—Pero es que eso no es verdad. Esto no va a pasar. Sólo será peor.

La chica le dirigió una mirada en la que había súplica y había horror. Pero no le respondió. Encogió las piernas y hundió la cara entre sus manos.

Ángel terminó de llegar a su departamento.

“¿Estás contento con lo que hiciste?”, se dijo a sí mismo.

Se quitó los zapatos y los calcetines mojados de lluvia y fue al baño a orinar y a llenar una cubeta de agua caliente para meter ahí los pies. Tenía hambre.

“¿Estás contento, Ángel?”, se repitió. “Igual le hubieras dado una patada en la cara, ¿no? Le habría dolido menos”.

Frente a la silla donde estaba sentado disfrutando su baño de pies había una ventila abierta. Por ahí se veía un poco del cielo. ¿No habría nadie por allá que lo castigara?, se preguntó. Hubo una época en que tal vez había un dios aquí en la tierra, y ese dios lo habría castigado por la inmundicia que salió de su boca. Ángel deseó que existiera alguien que lo castigara. Pero la ciudad estaba desierta y el planeta Tierra era un bolita devastada y sucia que flotaba en la más completa soledad.

No había nadie.

viernes, diciembre 11, 2020

Für Elise

 


Tenía once años cuando terminé la primaria. Como me gradué con honores y de “premio” me llevaron a la Ciudad de México a saludar al presidente, algunas personas notables se interesaron en mí. Una de ellas fue un prócer local que tenía un primo rico en la capital.  Este primo llamó por teléfono a mis padres, no a nuestra casa porque nosotros no teníamos una línea, sino a la tienda de al lado. Era para ofrecerme hospedaje en su casa a mi llegada a la Ciudad de México, sólo la primera noche porque ya luego la Secretaría de Educación Pública se encargaría de mí. En aquella época uno no desconfiaba de las personas.

         Así que me encontré, por primera vez en mi vida, en una casa rica. Todo me dejó boquiabierto: la escalera alfombrada con su barandal de madera, el piano de cola, el despacho lleno de libros, la enorme cocina donde una mucama en uniforme me hizo un sandwich delicioso. Y aún me faltaba lo más bello, que llegó después de la cena. Era la hija menor de los señores, una niña como de mi edad a quien llamaron para que tocara el piano. Bajó por la elegante escalera. Tenía el pelo largo, castaño claro, y un vestido de color pastel que ahora, viendo la escena en perspectiva, me doy cuenta de que no era un vestido sino un camisón para dormir. Y me sonrió y se presentó y enseguida se sentó al piano. Yo nunca había visto un piano de cola, mucho menos una niña capaz de tocarlo. Tocó Para Elisa.

         A mi edad he llegado a saber que Para Elisa es una pieza relativamente fácil, para estudiantes que empiezan. Pero en ese entonces me conmovió como la música más sublime en la ejecución más virtuosa del mundo.

         La niña no tocó más que eso. Y yo me fui a dormir ya sin poner atención a los lujos de la casa. Ni siquiera recuerdo cómo era la recámara que me dieron. Estaba en éxtasis por la música.

         Al día siguiente me despertaron temprano para llevarme en coche a la Secretaría de Educación Pública. Nunca volví a ver a aquella familia. Ni siquiera recuerdo el nombre de la niña. Han pasado más de cuarenta años y ya no queda nadie a quien preguntarle qué fue de esas personas. Pero cada vez que escucho Para Elisa, vuelvo a ver en mi mente los cabellos castaños, el “vestido” color pastel, los bellos ojos concentrados en el cuaderno de partituras. Quizá no eran bellos. No importa. Quizá la niña no tocaba bien y no siguió haciéndolo; se casó y se olvidó del piano. Tal vez aquélla no era una casa rica; sólo era diferente a las casas de mi pueblo. Nada de eso es asunto mío. La memoria es otra cosa. La memoria sabe decir mentiras que parecen verdad y eso es suficiente.

jueves, noviembre 26, 2020

Fantasmafilia

 

Como bien sabe todo el que ha puesto un altar en Día de Muertos, hay que ofrecer algo a los fantasmas si uno quiere que vengan. Algo que apele a los sentidos. Por alguna razón que todavía estoy descifrando, no les mueve mucho el sentido de la vista. Será que finalmente aprendieron a desconfiar de las apariencias, de las engañosas formas del mundo físico. Por razones obvias, tampoco el tacto funciona con ellos. Los otros tres sentidos, sí. Son golosos y de verdad los hacen felices esos banquetes caseros que les ofrecemos cada 2 de noviembre. Con el gusto va el olfato, por supuesto. Yo les tengo su mesa especial —una mesita de madera de cerezo— y ahí les pongo sus golosinas: bombones de chocolate, lágrimas de azúcar con licor de anís, dulces de regaliz, una copa de absenta o algún licor de hierbas amargas. No, no es lo que me gusta a mí. Mi menú depende en realidad de la clase de fantasmas que me interesa invitar a mi casa. Vamos, ¿qué clase de presencias etéricas vendrían si ofrezco uno de esos platillos que halagan a la gente sin modales? Mi oferta está dirigida a espíritus sensibles que vivieron en esa época dichosa en que aún había respeto por los prejuicios y murieron dignamente de tuberculosis o de sífilis.

         Últimamente he detectado una que me tiene entusiasmado. No le interesa la comida y eso ya la eleva por encima de todos los demás. Puedo ordenar los más exquisitos chocolates de Suiza o de Bélgica y me los desprecia. Si acaso se acerca a la absenta. En cambio, ciertos olores le arrancan suspiros que llegan a mecer mis cortinas. Le gustan los perfumes, en especial los cítricos y los florales. Abrir una botella de esas fragancias en mi mesa de ofrendas es como abrir una lata de arenque donde hay gatos.  Mi fantasma toma ante mis ojos la forma de una tenue niebla opalina. Sabe recompensarme: más tarde, ya en la cama, gozaré hasta la ebriedad ese soplo helado que viene a rizar los vellos de mi pecho con retozos de chicuela.

jueves, octubre 08, 2020

Memoria de Ixmiquilpan. Parte 1

 


Nací en 1963. Eso quiere decir que los primeros siete años de mi infancia me tocaron en los años sesenta. Una década de mucho ajetreo: las luchas revolucionarias latinoamericanas, Fidel Castro y el Che, la crisis de los misiles, los hippies, los Beatles, María Sabina, el boom latinoamericano, la primavera de Praga, la masacre de Tlatelolco, la llegada del hombre a la luna... era otro el mundo de entonces. México era otro. Ixmiquilpan era otra, tan diferente que hoy apenas y es posible reconocerla en las imágenes de las fotos antiguas.

         Ciertamente, esa ciudad de calles sucias y llenas de agujeros, atravesada por un río y un arroyo ya muertos, no se parece nada al tranquilo y un poco adormilado pueblo que todas las primaveras lucía alfombrado por las jacarandas. Miro las fotos que publica la revista Cactus: imágenes de los años 50, 60, 70… reconozco algunas caras y casi todos los nombres. Ixmiquilpan era tan pueblo que todo el mundo se conocía. Debía su identidad a algunos viejos apellidos: López, Vázquez, Rocha, Núñez, Monter, Ramírez, Trejo, Romero, Pedraza, Velázquez, Regalado, Salomón, Martínez, Morales, Hernández, Olguín, Bravo, Rangel, Sandoval, Roa, Alcántara, Durán, Cadena… esos y otros que de momento no recuerdo eran los apellidos de los personajes de esas fotos antiguas en blanco y negro, los de los primeros equipos de futbol y las primeras reinas de la belleza.

Ixmiquilpan todavía no tenía ínfulas de ciudad. Era un pueblo tan pequeño que, desde la parte de atrás de mi casa, se veía el arroyo, luego el mercado y, más allá, sólo tierras de labranza y un área despejada donde se ponían las carpas del circo. Allá me escapaba yo con mis hermanas y mi hermano, los chicos de los vecinos y a veces mis primos. Íbamos a ver los animales, con la sensación de aventura que daba llegar a las afueras del pueblo. En las otras direcciones era más o menos lo mismo; no se necesitaba tomar peseros para ir de un lado a otro. No había zonas residenciales ni supermercados ni casas de cambio ni pizzerías ni tiendas de computadoras ni nada de esas cosas modernas que nos han invadido. Eso sí, había muchas misceláneas y talleres de todo tipo. Bueno, creo que de sastrería sólo había tres: el de mi papá y mi tío Beto, el de Marcelo y Luis y el de Juan. Los cinco maestros ya se fueron de este mundo, pero dejaron discípulos que ahora siguen. También había pocos balconeros, pocos carpinteros, pocos zapateros y en general eran honrados y bien hechos, aunque a veces tardados.

Lugares de reunión también había pocos, pero muy queridos: La fuente de sodas Alcántara, adonde muchas veces íbamos saliendo de la secundaria y después de los desfiles; la cafetería El Minuto, ideal para citas amorosas porque tenía una sección a media luz donde uno podía platicar a salvo de miradas indiscretas. Y por supuesto, las cantinas a las que uno podía ir directamente en busca de los borrachos locales. En esa época no había teléfonos celulares y no todos tenían línea fija, así que era común ir a buscar a los hombres (jóvenes y viejos) a esa especie de despacho que era la cantina. Yo, por ejemplo, tenía una amiga que me llamaba a mi casa para que fuera al bar de la cuadra a buscar a su novio, que seguro estaba ahí, y le dijera que ella quería hablarle. Y ahí iba yo de obediente, lo llamaba y me lo llevaba a mi casa a que se pasara un buen rato oyendo regaños perfectamente justos. Estos entrañables templos dedicados al ocio y el vicio tenían nombres como Billares Alcántara, El Paraíso, El Atorón, El Jacalito, Haz de venir… aunque el lugar de reunión favorito de todos era el portal oriente, por las noches. Se llenaba de puestos de antojitos (chalupas, flautas, enchiladas, etcétera) y ahí se encontraban las familias, a veces aunque no quisieran. El otro portal, el del poniente, tenía más vida en las mañanas, cuando había un bolero en cada columna y era casi cuestión de estatus dejarse ver ahí sentado, leyendo el periódico, mientras esos chicos hacían rechinar las franelas.

¿Tiendas? Ya había muchas, pero no todas eran de tradición y no todas sobrevivían. Recuerdo algunas, las del centro, para no ir más lejos: La botica La Gloria, La Casa Venus (nombre más que promisorio para una perfumería), las ferreterías Casa Regalado, Casa San Pedro y El Zepelín (donde los hombres hacendosos nos sentíamos como niños en juguetería), La Alcántara (precursora de los minisúper), la mercería de don Marquitos, adonde tantas veces me mandaron a comprar botones, cierres, elásticos y cosas de ésas; y esa otra mercería que se llamaba La Vencedora y estaba en mi calle. Recuerdo también La Pasadita, donde vendían esas bebidas alcohólicas de colores que tenían el bello nombre de “espíritus”; la papelería El Venadito, atendida por un señor muy amable que se llamaba Bartolo y platicaba con los niños; y luego esa mezcla de juguetería y tienda de deportes que se llamaba El Trébol y estaba mero enfrente de donde paraban los autobuses a Pachuca y a la Ciudad de México; las farmacias Cruz Blanca e Hidalgo; esta última también era papelería y ahí compraba yo mis monografías y todas esas cosas que se usaban entonces. Por cierto, fue ahí donde una vez oí que un muchacho preguntaba si no tenían la biografía de la ballena. Tal vez se refería a alguna de esas ballenas famosas, como Mobby Dick o la que se comió a Jonás o la de Pinocho, pero yo no pensé en ésas y me dio risa.

            Es que había poca cultura entonces, y eso que la desgracia de la televisión apenas empezaba. Creo que empezó con cuatro canales nada más, pero ustedes me corregirán. Eran el 2 (telenovelas), el 4 (películas del año de la canica), el 5 (caricaturas y series gringas) y el 8 que ya no me acuerdo de qué era. Eso sí, muchas de las películas más emocionantes de mi vida (y algunas eran películas de arte) las vi en los dos cines que teníamos: el Del Valle y el Aries. Qué emoción era entrar ahí. Eran mis lugares favoritos en todo el pueblo. En el Del Valle me eché todas las de ficheras, metiéndome de contrabando. Bueno, también había aún carpas de cine en la feria, pero ya no me acuerdo de ésas. Creo que pasaban puras pelis de charros y canciones rancheras. Y había unas carpas con enanitos y esas otras tradiciones de la cultura de feria, como la carpa de la mujer lagarto.

            De música, pues qué querían: nadamás la banda municipal de tambora y trombón, y los tríos de huapangos de los lunes. No se habían inventado los Cds ni los formatos digitales, y los casets eran la gran novedad, aunque la mayoría de la gente seguía presumiendo sus discos de acetato. Me acuerdo de las portadas. Me acuerdo también de que en algunas casa tenían una consola; es decir, un mueble de madera con patas, especial para tocar música. Le ponían una carpetita de gancho encima con un elefante de yeso y era el orgullo de la familia, junto con la foto de XV años y el título de la universidad, que normalmente se colgaban en la pared, sobre la consola. ¿Quién no recuerda casas así?

            Ciertamente, tener un título universitario era cosa respetada y se consideraba que ya con eso tenía uno su fortuna hecha (ya habría tiempo para el desencanto). Ser llamado “doctor”, “licenciado” o “ingeniero” era cosa de mucho prestigio y mucho brillo: era uno un profesionista. ¡Las mamás estaban tan orgullosas de sus hijos profesionistas! Es que además no era tan fácil como ahora. No teníamos universidad, ni siquiera prepa. Lo más que se podía estudiar, saliendo de la secundaria, era la academia comercial (Villa o Lux).  Esas academias eran el destino de las señoritas de buena familia antes de casarse. Porque éramos una sociedad patriarcal, y, si la familia no podía sufragar los estudios universitarios de hijos e hijas, pues se daba la preferencia a los hijos. Las hijas para qué; nada más se iban a echar a perder allá en la ciudad juntándose con hippies y comunistas, y además qué necesidad había si su futuro estaba hecho con que se casaran bien. Mientras tanto iban a la academia comercial. Esas academias me encantaban porque las muchachas se veían muy bonitas con sus uniformes y además los salones de clase tenían ventanas a la calle y uno podía echarse su taco de ojo cada vez que pasaba por ahí.

            Otras muchachas se iban a estudiar la Normal, que en esa época se podía hacer sin preparatoria. Aunque muchos hombres también lo hacían, se consideraba una profesión de mujeres. Y en Ixmiquilpan llegaba a ser una tradición familiar. Así teníamos a las maestras Rocha, las maestras Domínguez, las maestras Chávez... tal vez otras que en este momento no me vienen a la memoria.

            En cambio, ser doctor o licenciado (más aún ingeniero) se consideraba cosa de hombres. Será por eso que cuando trato de recordar a los médicos de mi infancia, sólo se me ocurren hombres. La gente se refería a ellos por su apellido, con mucho respeto: Alisedo, Armenta, Lemus, López, Absalón, Luque, Valdivieso...

            De otras profesiones se sabía poco y a nadie le importaban. Eran un exotismo de los intelectuales. Y los “intelectuales” eran algo así como un montón de herejes que atentaban contra las buenas costumbres y los valores de la patria y la familia, pero afortunadamente vivían lejos; en Ixmiquilpan no teníamos ni uno. Tan se sigue dando por hecho esto que, una vez, hará unos veinte años, escuché un diálogo muy chistoso. Estaba una pareja joven mirando unos lentes en un puesto del portal. La muchacha intentaba convencer a su novio de que se comprara los que ella quería. “¿Por qué estos?”, le preguntó él, aferrado a otros más feos. “Es que con éstos te ves como intelectual”, le contestó ella. La respuesta de él fue contundente: “¿Y tú cómo sabes cómo son los intelectuales si nunca has visto uno?”.

            Pues ya me cansé. He escrito estas cosas un poco al azar, sin seguir un plan y sin ser exhaustivo en nada. He mencionado cosas, lugares y nombres, y seguramente habrá quien me reclame que me faltó esto o me faltó lo otro. Culpa de mi memoria o de que siempre fui muy distraído, tanto que de niño se me olvidó muchas veces pedir el vuelto en los mandados y mi mamá me mandó de regreso a la tienda o a la tortillería, con toda la pena. Así que si se me olvida algo, no se enojen y de todos modos recuérdenmelo, por si un día se me antoja hacer crecer estos recuerdos.

martes, abril 07, 2020

La lluvia





Desde mi ventana se veía la bandera toda escurrida, húmeda por la lluvia, en el patio de la primaria de la unidad habitacional. El verde, supongo, representaba la carne echada a perder de los miles de muertos; el rojo, los bubones inflamados. ¿Y el blanco? ¿Qué decían los maestros que representaba el blanco? Tal vez ese cielo lechoso de septiembre. Porque no había parado de llover desde hacía un mes. Todo se veía húmedo a lo lejos; en las azoteas, los tendederos cayéndose de ropa que no se secaría nunca. El paisaje me trajo el recuerdo de aquella última tarde que pasé en mi pueblo antes de la pandemia, cuando saqué al Káiser a dar una vuelta por la plaza. Éramos los dos únicos seres vivientes que andaban por ahí mojandose. No es que fuera un aguacero aquella vez; la verdad sólo era chipi-chipi, pero la gente ya había empezado a encerrarse. Ya había empezado el miedo.
         Desde las ventanas del departamento, en el octavo piso de la unidad, la ciudad no se veía tan desierta como estaban diciendo en la televisión. Encendí la laptop para ver qué comentaban mis contactos del Face. Los hospitales estaban saturados, y los alarmistas ya estaban posteando fotos de enfermos agonizantes y médicos en traje de guerra biológica. ¿Por qué les gustaba crear miedo? Iba a hacer un comentario al respecto cuando sonó mi celular. Era mi madre:
         —Hola, má. ¿Cómo tás? ¿Está lloviendo en el rancho?
         —¿No has visto las noticias? ¡Está horrible, hijo! Qué bueno que no vas a venir al pueblo. No salgas si puedes evitarlo, por favor.
         —¿Quién te dijo que no voy a ir?
         —¿A qué vienes? Nada más a emborracharte con tus amigos. Pues ya ni eso vas a poder hacer.
         —Todavía no prohíben las reuniones en casa. ¡Además yo quiero ir! Es el cumple de Minerva y le van a hacer fiesta.
         —¿Es tu novia?
         —No, es mi amiga, pero...
         —Celebras su próximo cumpleaños. No le ha de faltar compañía... así como tiene de fama...
         Mi madre no se imaginaba por qué tenía yo tantas ganas de ir al rancho. La verdad es que ya no me quedaba nada de dinero. Me lo había gastado ordenando comida por internet ahora que había tanta oferta. Al final de la discusión telefónica, mi mamá se quedó con la idea de que yo iba a hacerle caso, y yo con la decisión de ir al rancho. Cuando colgué, me di cuenta de que la batería del celular ya estaba en amarillo, pero no quise entretenerme en cargarla. Junté mi ropa sucia y la zambutí en mi mochila, junto con la laptop. ¿Qué podía pasar? ¡Nada! Yo nunca me enfermaba. A veces, en la escuela, todo el mundo andaba moqueando y tosiendo, contagiándose unos a otros, y a mí no me pasaba nada. Ni un estornudo.
         Estaba lloviendo leve cuando salí del edificio. El impermeable no servía de mucho porque había viento y la lluvia pagaba de lado, fría, cortando la cara y las manos. Así llegué a la parada del micro. Un letrero avisaba que el servicio se había interrumpido hasta nuevo aviso: tendría que caminar. La estación de autobuses estaba lejos: cuatro kilómetros de acuerdo con Google maps, pero por lo menos ya estaba parando de llover. Recorrí esa distancia entre calles vacías, silenciosas. Parecía que nunca hubiera vivido nadie ahí. Ni siquiera salía ningún ruido de las ventanas cerradas a piedra y lodo. A cierta distancia vi humo, no el humo bucólico que sale de la chimenea de alguna cabaña anidada entre flores; no, yo sabía demasiado bien lo que era: estaban quemando a los muertos junto con todas sus pertenencias. En todo el trayecto vi sólo seis personas: las conté. Eran jóvenes todas. No traían cubrebocas ni ninguna protección. Los habitantes de la ciudad nos dividíamos en dos grupos: los que creíamos que todo eso era una falsa alarma creada por los medios y en realidad no ocurría nada, y los que ya no creían en la eficacia de nada. En cualquiera de los dos casos, las máscaras sobraban.
         Así llegué a la terminal. En el andén que me tocaba había como diez personas nada más y eso que las corridas de autobuses se habían reducido a una por día. Cuatro iban juntos, supongo que eran una familia; en todo caso lo parecían porque todos estaban gordos. La menos gorda era una niña como de once años; otra, más chica, era una verdadera lechoncita: hasta la voz tenía de cochinito. La madre estaba callada, seguramente llena de miedo. En cambio el padre se veía contento: un puerco grandote, prieto, de bigotes como de escobetilla pero negros, con una chamarra de cuero. Entre los otros pasajeros había tres o cuatro señoras y dos chicas, una de ellas lindísima y buenísima. Me puse a pensar en cómo podía hacerle la plática, pero luego decidí mejor no molestarla. Hacer caso de las recomendaciones oficiales de no acercarse a nadie. Justificación para mi inseguridad, lo reconozco. Mientras pensaba en eso, la gente pasaba hacia otros andenes, y más pasajeros vinieron a formarse en nuestra fila. El autobús no llegaba y ya eran las once y media de la mañana; se suponía que salía a las once.
         Dejé de pensar. Mi mochila estaba pesada con toda la ropa sucia que me llevaba al rancho para que mi mamá me la lavara. Pero ni modo de ponerla en el piso lodoso del andén. Recomendaban no hacer eso: el suelo era otro hervidero de virus.
         El gordo bigotón empezó a despotricar porque no llegaba el camión. “Cálmate, papá, por favor”, le suplicó la niña relativamente delgada. “Aquí amontonados corremos más peligro de infectarnos”, respondió él. Ni modo, iba yo a tener que aguantar la piara todo el camino. Ya quería llegar a casa. Tenía hambre y no tenía dinero ni para una torta; con trabajos había completado lo del pasaje.
         Finalmente llegó el autobús. Yo estaba a la mitad de la cola y de repente todos empezaron a empujarse para subir, a pesar de las advertencias sanitarias. Nunca he podido entender eso: si los boletos están numerados, ¿para qué se avientan? ¿No que tenían mucho cuidado de guardar Susana Distancia? Ah, claro, los que tenían ese cuidado se quedaban en casa y no viajaban a ninguna parte.
         —La mochila va abajo —me dijo el chofer con tono autoritario. Él sí traía su cubrebocas azul de dentista. No sé por qué pensé en un dentista, uno de esos que a uno le da asco que le metan en la boca sus dedos regordetes y peludos.
         —Siempre me dejan subirla.
         —No cabe en el portabultos. Además puede estar contaminada.
         —Me la llevo en las piernas.
         —Molesta al pasajero de al lado.
         —Pero si ni se van a ocupar todos los asientos —insistí.
         El chofer dejó de mirarme y meneó la cabeza, aferrado a su actitud.
         —Va abajo.
         —¿Por qué?
         —Es el reglamento y ya, hijo. Te subes o te quedas.
         Comprendí que no iba a lograr nada:
         —Está bien. Ábrame la cajuela.
         —Jálale nomás.
         Hasta eso tuve que hacer. Con la lata de que iba a tener que ponerme a las vivas en cada parada, no fueran a robarse mi mochila. Nada más saqué la laptop.
         Me fui viendo el paisaje: la ciudad empapada tras la cortina gris de la lluvia, que había vuelto. Lentamente, parando cada tanto, pasamos los últimos barrios de la ciudad, la zona industrial, la caseta de cobro... el chofer iba hablando por su radio de banda civil, probablemente con sus colegas que iban por otros rumbos. No alcancé a oír lo que decían ni me interesó.
         Saliendo de la ciudad vimos el primer accidente: dos autos destruidos, un carro de bomberos, un hombre empapado haciendo señales con una franela roja... la turba llena de miedo le había prendido fuego a una casa. Luego ya todo fue más rápido. El chofer dejó su juguetito y puso música o lo que él entendía como tal. Para cuando terminamos de remontar la sierra, ya habíamos contado otros cuatro desastres y linchamientos de enfermos. Entendí que ni mi madre ni mis contactos del Face habían exagerado: la situación estaba grave. En mi teléfono, la señal de batería baja no dejaba de flashear. “Creo que mejor me hubiera quedado”, me dije. “Pero bueno, gracias a Dios no ha pasado nada hasta ahorita”.
         Nos detuvimos en Los Limones, donde bajaron dos pasajeros. Quedamos como ocho, yo creo. El chofer se tardó un poco platicando en la oficina de la línea y luego volvió con un café en un vaso de unisel y reanudamos la marcha. Atrás de mí iba la familia de gordos. Adelante, junto a la puerta, la muchacha bonita. Luego dos señoras que iban secreteándose. Cerca de mí, del otro lado del pasillo, un señor ya viejo que se me hizo conocido y un muchacho como de mi edad. Pensé que viajaban juntos porque iban platicando muy animados, como si les valiera un cacahuate lo que pasaba allá afuera con la pandemia. Se reían.
         Bajando hacia los valles no llovía, pero el lodo y los montones de hojas verdes arrancadas de los árboles indicaban que eso era sólo una tregua. De cualquier manera, dejé de estar preocupado: era ya la mitad del camino a mi pueblo. Saber esto me llenó de tranquilidad. Cerré los ojos y poco a poco, arrullado por el rumor de las conversaciones y la música tropical del chofer, empecé a cabecear. Como entre sueños, sentí que el autobús dejaba de moverse hacia adelante y en cambio descendía en una lenta y suave caída. Quién sabe qué me hizo despertar. Yo creo que los gritos de las niñas gordas. El hecho es que abrí los ojos sólo para darme cuenta de que estábamos atascados en una cuneta. Las señoras chismosas exclamaron algo y las niñas gordas se soltaron a llorar. El chofer se puso de pie y dijo:
         —Todos están bien, ¿verdá? Tranquilos. Tuvimos una falla mecánica y yo no puedo arreglarla. En cuanto pase otra unidad de la línea, le digo que los lleve.
         —¿Y a qué horas va a ser eso? —preguntó desde atrás el gordo de la chamarra de cuero.
         —Eso sí no sé decírselo, señor. Puede ser una hora, puede ser más.
         La más chica de las niñas gorditas empezó gritar:
         —¡Mami, tengo miedo!
         Y la madre se puso a acariciarle los cabellos tratando de consolarla. Ha de haber sido una de esas señoras aguerridas, porque sin duda todos estábamos nerviosos y sin embargo ella se aguantaba para no asustar más a sus hijas. Pensé en mi mamá y en lo que ella habría hecho en este caso, y me cayó el veinte de que esto era precisamente de lo que había querido salvarme. Me sentí triste, no alarmado como los otros pasajeros. Intenté llamar a mi casa, pero el teléfono ya no respondió. A nadie le importó, por supuesto. Ni siquiera se dieron cuenta. Cada quien estaba en su onda, reaccionando a su manera. Unos le echaban la culpa al chofer, otros hacían lo posible por mantener la calma, las señoras chismosas se pusieron a rezar. Nadie me miraba, nadie miraba a nadie más. La única que volteó hacia mí fue la muchacha bonita. Era mi última oportunidad para acercármele. Y otra vez me quedé paralizado, pensando.
         El chofer se quitó su cubrebocas de dentista y se bajó a fumar. Siguieron su ejemplo el viejo que se me hacía conocido y el muchacho que iba con él, y luego la bonita. Se pararon del lado de la cuneta, donde quedaban protegidos del viento húmedo, y ahí encendieron sus cigarros. Yo sabía fumar, como todos los de mi banda de la prepa, pero no me gustaba. Sin embargo me di cuenta de que ahí sí era mi última oportunidad. Me bajé corriendo con mi laptop en la mano, como estúpido nerd:
         —¿Tendrás un cigarro que me regales? —le pregunté a la bonita. La voz me salió entre tartamudeos, como si nunca en la vida le hubiera hablado a una chica. Ella se me quedó viendo y sonrió. Iba a responder algo, pero en eso el viejo se metió en nuestra conversación:
         —No te pases de gandul. ¿Cómo le pides cigarros a una señorita? Eso no es de caballeros. Yo te doy los que quieras. Toma —y me extendió su cajetilla.
         Me le quedé viendo con una mezcla de odio y vergüenza. La bonita se dio cuenta y acudió en mi ayuda.
         —Yo se lo doy, señor. No se preocupe —dijo, y siguió sonriendo. Era el momento de demostrar mi caballerosidad:
         —No la voy a despreciar, ¿verdad, amigo?
         —Como quieran —gruñó el viejo con una voz ronca de fumador—. Para mí, mejor. Me dura más la cajetilla.
         Fue así como, fumando, comenzamos a platicar los tres. Yo hubiera querido que nada más fuéramos dos, pero ni modo de hacer una grosería; para empezar, me hubiera visto muy lanzado. Definitivamente se me hacía conocido el viejo. ¿De dónde?
         —¿Cómo se llama, señorita? —hizo la pregunta que yo quería hacer.
         —Diana. ¿Y usted?
         —Isaías Galindo, para servirle.
         En ese momento se hizo la luz en mi memoria. Claro: ese viejo disminuido, encorvado, con aspecto de enfermo, era “El Pezuña” Galindo, el orgullo de mi pueblo hacía como veinte años. Yo todavía no nacía cuando él dejó de pelear, pero mi padre y mis tíos siempre que se ponían a chupar acababan hablando de ese gran boxeador que fue El Pezuña Galindo, campeón de peso gallo. Se contaban mil anécdotas, a cual más exagerada, y una de las cantinas del pueblo tenía las paredes cubiertas de recortes de periódico donde él aparecía, fotos y carteles anunciando sus peleas y, sobre la barra, unos guantes autografiados. Vivía en Los Angeles, hasta donde yo estaba enterado. ¿iba al pueblo? ¿De visita? Me dieron muchas ganas de preguntarle, pero lo que nos sobraba era tiempo. Ya lo haría después, con más confianza.
         —¿Y tú cómo te llamas? —me preguntó Diana.
         —Juan José.
         Se unió a nosotros el muchacho que iba sentado junto a El Pezuña, y así el grupo llegó a cuatro. Mejor: así me sería más fácil concentrarme en Diana. Y así lo hice: cuando terminamos de fumar y regresamos al autobús, me senté junto a ella.
         —Eres estudiante, ¿verdad? —me preguntó.
         —Sí, de la prepa uno. ¿Y tú?
         —De la tres.
         Y así se nos fue el tiempo: platicando. Al parecer, los otros pasajeros también se hicieron amigos. Confiábamos en que nadie estaba infectado y así debía ser: esa enfermedad era rápida para hacer su trabajo: el que la contraía iba a dar a la morgue dos días después. El gordo se puso de buenas y empezó a contar chistes que los demás le celebraban. Mientras tanto, el chofer seguía comunicándose con alguien por el radio.
         —No nos queda más que esperar —dijo finalmente a través de su máscara de dentista—. Las unidades no están saliendo por el mal tiempo.
         —¿Qué vamos a hacer? —el gordo volvió a ponerse de mal humor. Se le había acabado la risa.
         —Ustedes no se preocupen, señores. El Ejército ya está apoyando: viene en camino un vehículo militar.
         —Pues a ver si de veras.
         —Véanlo por el lado positivo: aquí no hay quien nos contagie.
         Seguimos esperando, ya todos con hambre. Las señoras chismosas llevaban galletas y las repartieron.
         Luego de un rato oímos que un camión grande se detenía al lado del autobús. Eran  soldados y venían con sus trajes blancos de guerra biológica. El chofer y el gordo se bajaron a hablar con ellos. Yo iba a ir también, por si había algún problema, pero pensé que me sería más caballeroso mantenerme al lado de Diana y protegerla.
         —¿Cuántos civiles hay en el vehículo? —alcancé a oír que preguntaba uno de los militares, a través de la visera del traje.
         —Nueve en total, mi jefe —le respondió el chofer.
         —Tenemos capacidad para seis. Los llevamos a Los Limones. Ahí han instalado un refugio en la escuela. Les darán alimentos y atención médica si es necesario.
         El chofer y el gordo volvieron al autobús y nos repitieron lo que ya habíamos oído
         —Mis hijas no han comido nada y están muy asustadas —argumentó la mamá gorda—. Denles prioridad. Entre ellas y yo somos tres. Y mi marido...
         —¡Nosotras somos del grupo más vulnerable, por nuestra edad! —gritó desde atrás una de las señoras— Y tampoco hemos comido. Los niños aguantan; nosotras ya no.
         —Niños y mujeres siempre van primero —dijo el chavo de mi edad, con un tono definitivo que no le había oído antes.
         —Yo tengo que inyectarme mi insulina —dijo El Pezuña sin mucha convicción, más bien como con tristeza.
         —Tengan lástima de los que ya estamos viejos —insistió otra de las señoras chismosas—. Ya no nos queda mucho de vida. En cambio para los niños, esto es una aventura.
         —¿No tiene usted nietos? —le reclamó Diana— ¿Qué les diría si estuvieran aquí: que disfrutaran su aventura?
         —Estaría orgullosa de verlos cederles el lugar a unos pobres ancianos.
         La niña más chiquita empezó a chillar:
         —¿No nos van a llevar, mami?
         —Claro que sí, nena. ¡No faltaba más!
         —Pero esta pinche vieja...
         —Sshhhh —la madre le tapó la boca.
         El sargento, capitán o lo que fuera paró la discusión:
         —Nos llevamos a las niñas con su mamá, a las abuelitas y a la señorita. Los demás esperan a la próxima unidad de auxilio.
         —¿Y mi esposo? ¿Qué va a pasar con él?
         —Las alcanza en el siguiente vehículo que podamos mandar, señora.
         Nadie dijo ya nada. Nada más se oyó el ruido de las bolsas y cosas que bajaban los pasajeros.
         —Nos vemos al rato en el refugio —me sonrió Diana, echándose su mochila a la espalda.
         Ya sin ella, sentí que se había agotado mi paciencia. Hubiera querido volver a ser niño y soltarme a llorar como las gorditas. Y no podía ni siquiera usar mi puto teléfono. Me dieron ganas de aventarlo al suelo y pisotearlo. Pero me levantó el ánimo lo que me dijo Diana: “Nos vemos al rato”. Era una promesa y supongo que también expresaba un deseo de su parte. Y bueno, tal vez tenía razón la viejita y todo esto sería una aventura. Tal vez pasaríamos la noche en el refugio... corriendo aún más peligro de infectarnos. Miré a los otros pasajeros que se habían quedado conmigo. El gordo parecía muy inconforme con la decisión de los militares de separarlo de su familia. Se puso a sermonearnos a los demás sobre cómo había que portarse en situaciones de crisis. El Pezuña ni lo oía; se veía mal. Entonces me di cuenta: bajo el cuello y los puños de la camisa se le veían los bordes de unos bultos enrojecidos: los bubones. ¿Era posible que nadie más que yo lo hubiera visto? Sentí terror. Creía que porque había películas y había tenido miedo de que me mordiera un perro conocía el terror. Pero no, aquello no lo era. Esto sí. Y ni siquiera podía decir nada: la gente se pondría histérica y querrían prenderle fuego al enfermo. Él se veía tan jodido... si además tenía diabetes, no iba a durar. Apenas y podía articular las palabras cuando dijo:
         —Cuando lleguemos al albergue, me voy a inyectar mi insulina.
         —¿Por qué no lo hizo antes? —le preguntó el chofer.
         —Llevo muchas horas viajando. No creí que tendría que esperar tanto.
         Yo me sentía mareado de miedo. ¿Me había tocado? ¿Tenía ya el virus yo también? ¿Estaríamos infectados ya todos los pasajeros? Me toqué los brazos, el cuello... no tenía molestias, pero... él sí se veía mal. Muy mal. ¿De verdad era ése el hombre que había noqueado quién sabe a cuántos, que se movía en el ring como un tiburón buscando su presa? ¿No se habían dado cuenta los demás pasajeros? ¿Era que el miedo les impedía ver lo que no soportarían ver?
         —¿Dijeron los soldados a qué hora vendrán por nosotros? —le pregunté al chofer.
         —Como en una hora, hijo. En lo que van a Los Limones y regresan.
         —Hace rato no se veía usted tan amolado —le espetó el gordo a El Pezuña—. ¿Qué le pasa?
         —Los nervios me ponen así. No es bueno para la diabetes.
         —¿Por qué no se inyecta ahorita?
         —No traigo jeringa. Allá en el albergue han de tener. El capitán dijo...
         —Pues no se angustie, don Isaías —le dijo el muchacho de mi edad—. ¿Por qué se angustia? No estamos en peligro ni nada aquí.
         —Nervioso había de estar yo, que no sé dónde estarán mi mujer y mis hijas. Quién me dice que no se las llevaron a otro lado los milicos. Capaz que ni siquiera existe el tal refugio. Ya ven lo que hicieron en Ayotzinapa.
         —Cómo cree, señor —trató de calmarnos el chofer, sin mucha convicción.
         —Hay que tranquilizarnos —dije en voz baja, creo que más para mí que para ellos.
         Nos bajamos a fumar. Pasó una hora. Hora y media. Me había invadido una angustia muy fea: sentí que mis neuronas empezaban a explotar como palomitas de maíz dentro de mi cabeza. No pude más.
         —Los Limones no está tan lejos —dije—. Yo me voy caminando.  Cualquier cosa es preferible a estar aquí, en esta espera.
         —Estás loco —me regañó el chofer—. Espérate aquí; ya no han de tardar los militares. Ahorita vuelvo a llamar, a ver qué pasa.
         —Pues si vienen, a fuerzas me tienen que ver en el camino. Para ellos es igual levantarme de la carretera que llevarme de aquí.
         Todos se me quedaron viendo como si realmente estuviera yo loco. El gordo hasta me sonreía.
         —¿Quién se va conmigo? —pregunté.
         Quien menos hubiera esperado, El Pezuña, levantó la mano.
         —Yo tampoco quiero seguir aquí sin hacer nada. Esto no es de hombres.
         —No, señor —lo detuvo el chofer—. Usted tiene diabetes. Ni siquiera debería haber salido de su casa. Regrese a su asiento y espere a que venga el auxilio y vengan a multarlo por irresponsable.
         —Escúcheme, joven —me dijo El Pezuña, sin molestarse en contestarle al chofer—, yo sé lo que necesito: necesito respirar aire fresco, estirar las piernas. Nadie de ustedes sabe quién soy o quién fui alguna vez, pero no soy de los que se quedan sentados.
         —Está muy lejos para usted —le dije, tratando de convencerlo de que no me siguiera. Me daba miedo. Y lástima. Respiraba como con esfuerzo, como si acabara de correr, y las manos le temblaban. Pero estaba decidido.
         —No me importa. Vámonos de aquí.
         Los demás se dieron cuenta de que no iban a detenernos y ya no dijeron nada. Abrí la cajuela y saqué mi mochila y el veliz de El Pezuña. ¿Qué llevaría ahí? Pesaba. Pero no me dejó ayudarle.
         —Yo puedo —dijo.
         Empezó a lloviznar, con viento. Un viento que cortaba, que chicoteaba entre los árboles del camino cargado de agua. Traté de ir despacio, por consideración al viejo. Ya para qué me cuidaba de él: si iba a haber daño, ya estaba hecho. Él comentó algo, pero no lo oí bien y no le contesté. No se podía hablar con ese clima. Como  tampoco oía sus pasos, de rato en rato volteaba hacia atrás para ver si aún me seguía: estaba empapado, más que yo porque él no traía ropa para la lluvia: un saco de pana y un sombrero viejo que ya ni forma tenía. Zapatos de ciudad. Me paré en seco y le grité para que me oyera:
         —Señor, regrese al autobús. Mire cómo está de mojado. Ya respiró aire fresco y ya estiró las piernas.
         —De ninguna manera. Vamos a llegar a Los Limones.
         —Pues sígale usted solo. Yo aquí me quedo parado hasta que lo vea que va usted de regreso al camión.
         —Nos quedamos aquí parados los dos.
         Y así lo hicimos unos minutos. Yo tenía ganas de decirle que ya sabía quién era, pero pensé que entonces menos me dejaría en paz. Me contenté con mirarlo a los ojos, tratando de dominarlo, pero finalmente cedí:
         —¿Por qué no dijo nada? ¿Por qué subió al autobús si ya tiene los bubones?
         —No sabía. Me empezaron a salir hace rato.
         —¿No sabe que puede habernos contagiado a todos? ¿No se siente mal por eso?
         El Pezuña asintió con la cabeza, inmensamente triste. Reanudamos la marcha.
         —Vamos a llegar a Los Limones a que me curen —dijo—. Es mi última pelea y tengo que ganarla.
         —Usted sabe que a su edad ya no se cura. Y con diabetes, menos. Y ya nos amoló a todos. Nocaut. ¿Esta satisfecho?
         No habíamos recorrido más de un kilómetro cuando se cayó. Fui a verlo. Dejé a un lado mi mochila y con todo y mi miedo y mi enojo me hinqué junto a él para ayudarle. El viejo estaba sudando frío y los bubones le habían crecido. Le ayudé a levantarse y le dije que se apoyara en mis hombros. Así seguimos andando un poco más.
         —Nada más tengo hambre —dijo—. En cuanto coma algo me voy a sentir mejor.
         Yo no sabía qué hacer. Íbamos muy despacio y empezamos a hacer pausas para descansar. La lluvia arreció.
         —Déjame sentarme tantito —se separó de mí y se arrimó al tronco de un pino, a unos tres metros de la orilla de la carretera.
         —Usted es El Pezuña Galindo: el campeón —le solté de golpe, para ver si sabiéndose reconocido sacaba fuerzas. Él me miró a los ojos como sonriendo.
         En ese instante oí un motor que se acercaba. Era un jeep.
         —¡Los soldados! —exclamé, y corrí a detenerlos.
         Eran sólo dos, pero llevaban el carro lleno de víveres. No había lugar para pasajeros. Les expliqué lo que había pasado y que venía conmigo un hombre enfermo que necesitaba insulina urgentemente.
         Los militares se miraron uno al otro.
         —Si tiene diabetes, no debía haber salido de su casa —dijo el que manejaba.
         Que se vaya encima de esos bultos —dijo el otro—. Pero nada más cabe él.
         Esta vez sentí otra clase de angustia. ¿Y si por mi culpa, por querer salvar a un hombre que de todos modos ya estaba acabado, provocaba el contagio de otros? Pero ellos eran jóvenes y se veían fuertes: podían curarse...
         —Está bien —acepté—. Ayúdenme a subirlo. Apenas y puede caminar.
         Cuando llegamos por él, ya estaba muerto. Los soldados lo comprobaron. Y vieron cuál había sido la causa. Uno de ellos fue al vehículo por gasolina.
         —Tenemos que quemarlo.
         —Pero... no es cualquier muerto. ¡Era Isaías El Pezuña Galindo! Boxeador famoso. ¿No sabe quién fue?
         —Y usted está detenido porque estuvo en contacto con él.
         —¿Adónde me van a llevar?
         —Al refugio, por lo pronto.
         —¿Al de Los Limones? ¿Es un refugio de emergencia sanitaria?
         —No hay de otra cosa.
         —Pensé que era por la lluvia.
         Se rieron. Se rieron tanto que la visera de su traje blanco se empañó por dentro. Por fuera reflejaba las llamas de la incineración.
         Cuando llegamos allá, los otros refugiados ya estaban enterados. No sé qué versión les dieron, pero sentí sobre mí las miradas incriminatorias de todos: la familia de gordos, el chofer del autobús, el muchacho de mi edad, las ancianas, Diana... incluso Diana me miraba como si hubiera sido yo un asesino. El asesino de todos ellos.