jueves, abril 22, 2021

Recuerdos de Amparo Dávila


El único taller de cuento al que he ido como alumno fue el de Amparo Dávila. Fue en 1979 y yo tenía 16 años de edad. Me llevó un amigo que, siendo mayor y ya con un libro de poesía publicado, conocía el medio literario: Juan Galván Paulín.

         El taller era los sábados a las 10 de la mañana, en las instalaciones de la ya desaparecida Asociación de Escritores de México (aemac), en la planta alta del edificio del Club de Periodistas, calle de Filomeno Mata, centro histórico de la Ciudad de México. En aquella época, Amparo Dávila todavía no era tan valorada como ahora, así que el taller tenía pocos integrantes y muchos iban una o dos veces y no volvían. Yo siempre fui el mas joven y además provinciano: creía que escribir literatura era usar palabras engoladas y arcaicas y toneladas de miel. Así que, como era de esperarse, recibí tremendas palizas por parte de mis compañeros. La maestra nunca fue dura, ni conmigo ni con nadie. Dando ejemplo de paciencia, me ayudó mucho a superar mis desventajas en poco tiempo, al grado de que ella misma envió un cuento mío a un periódico de San Luis Potosí que se llamaba Momento. Fue mi primera publicación y todavía tengo guardado un ejemplar. Otro ejemplo de su generosidad: en esa época, yo hacía separadores de lectura para vender. Eran gatitos pintados al óleo. Tuve el atrevimiento de ofrecerle uno sin saber todavía que su ex marido era un artista famoso, hermano de otro igual, y una de sus dos hijas pintaba como terapia. Y Amparo (que así la llamaba ya a esas alturas) me compró uno y lo guardó por muchos años.

         Fue una época muy buena, muy fecunda la de ese taller. Ahí, en esos salones umbrosos, conocí personas que todavía son entrañables amigas, como la artista escénica Berenice Camacho y algunas figuras que estaban en el centro de la vida literaria de entonces: Arturo Azuela, Elena Poniatowska, Héctor Azar, Juan de la Cabada, Manuel Mejía Valera, Carlos Eduardo Turón... en un salón al lado del nuestro estaba el taller de poesía de Isabel Fraire. Ahí conocí a Darío Galicia, personaje que volvería a encontrar años después, en la Facultad de Filosofía y Letras.

         El taller nunca tuvo más de diez alumnos, y los pocos que asistían al principio empezaron a dispersarse. A pocas personas de esa época les interesaba la literatura fantástica; eran los años de oro de la novela de “la onda”, y en esa dirección iban los intereses de los jóvenes. ¿Qué fue de todos aquellos compañeros? No lo sé. Los talleres literarios están llenos de personas que no van a ser escritores. En el transcurso de un par de años, Amparo Dávila se quedó sólo con dos: Galván Paulín y yo. Luego Juan empezó a alejarse también, aunque siguió cultivando la amistad de la maestra y visitándola cada vez que podía. Al final, me quedé yo solo con ella en aquel fresco y ya solitario salón con sus ventanas a la hermosa calle de Filomeno Mata.

         Y el final, ciertamente, llegó pronto. La sogem, que tenía pocos años de fundada, hizo que la aemac saliera sobrando. Desapareció nuestra Asociación. Se devolvieron los salones al Club de Periodistas y se finiquitaron los talleres. La gente lo tomó con calma. Yo no. Amparo comprendió que eso sería un golpe duro para mí y, en un enorme gesto de generosidad, me ofreció seguir enseñandome a mí solo, en su casa, sin cobrarme un centavo.

         Así conocí el departamento donde vivía en ese entonces, en la calle de Atlixco. Y conocí a sus dos hijas —una encantadora, la otra un signo de interrogación—, a su mucama ya vieja y maniática y sus gatos, que todavía no eran muchos porque el departamento no lo permitía. En el mismo edificio vivía o había vivido otra grande, Inés Arredondo. Amparo me la presentó (aunque eso no fue ahí sino en la Capilla Alfonsina) y me contó que eran tan amigas que se corregían sus cuentos una a la otra y se casaron el mismo día con sus respectivos maridos. Otra persona interesante que conocí gracias a ella fue María Teresa Retes, viuda de José Revueltas. Ciertamente, como aquellas visitas semanales ya tenían más de charla que de taller, la  maestra me contó muchas cosas de su propia vida y de otras: recuerdos de su infancia, de su padre a quien siempre adoró, de su amistad con Julio Cortázar. Yo también le contaba cosas de mi vida y recibía sus consejos y sus ocasionales regaños. Me hice amigo de su hija Loren, que siempre se acercaba a platicar y a mostrarme alguna cosa que había hecho; de Jaina no, porque ella parecía vivir muy ocupada y rara vez se detenía con nosotros.

         En 1983 entré a la Universidad y ya no me fue posible seguir asistiendo cada semana. Mis visitas se espaciaron. Luego, con la muerte de Pedro Coronel, el ex esposo de Amparo, ella heredó la casona de San Gerónimo y se fue para allá. Eso me hizo todavía más difícil ir a verla, pero trataba de ir. Y mi querida maestra tenía admiradoras que no sabían cómo contactarla, así que yo empecé a actuar un poco de intermediario. Llevé a San Gerónimo a varias amigas, entre ellas a mi querida Edmée Pardo. Amparo nos recibía siempre contenta, siempre pródiga; nos ofrecía café en tacitas de porcelana con cucharas de plata y nos presentaba a sus ya como veinte gatos, todos con nombres de ríos o de dioses egipcios. El momento más entrañable para mí era cuando sacaba el separador de gatito que me había comprado hacía ya tanto tiempo y se lo mostraba muy contenta a la visitante, como si la estrella del encuentro fuera yo y no ella.

         Con el exilio en Europa, ya no pude acompañarla en su vejez, pero me da alegría ver que nuestro país ha empezado a pagar la deuda que tenía con ella. Porque una cosa que la entristecía, en la época en que aún salía a la calle, era que sus libros no estaban en las librerías. Ahora ya están, y si no están, sus lectores los exigen.

jueves, marzo 11, 2021

Mi historia con los teléfonos

 


Tuve mi primer teléfono celular en el año 2011, como quince años después que la gran mayoría de mis amistades. Y de ser por mí habría seguido posponiéndolo, pero me lo regalaron. Me parecía y me sigue pareciendo un collar de perro que traigo al cuello. No es que tenga aversión a la tecnología: me gustan las computadoras y las teorías sobre inteligencia artificial. Lo mío es contra los teléfonos, por algún motivo que desconozco.

En mi casa tuvimos línea fija mucho después que nuestros vecinos. No nos hacía demasiada falta y no teníamos dinero. En los años 60, Ixmiquilpan era un pueblo chico y para qué llamar si era más divertido apersonarse y chismear con todos los condimentos del lenguaje corporal. Había señoras que hacían diariamente su ronda de visitas, a veces cargando una canasta o una bolsa de mandado para despistar. Si algo urgía, era tarea de los chicos ir corriendo a dar una noticia o a preguntar por la salud de alguien.

El único tío que llegaba a tener necesidad de llamarnos por teléfono, porque vivía en la capital, lo hacía a la tienda de abarrotes o a la veterinaria; una la teníamos a la derecha, la otra a la izquierda. Y esos vecinos, siempre amables, nos avisaban y ahí iba mi madre, corriendo para no molestar demasiado y para que el tío no pagara tanto de larga distancia. Ahora, si nosotros necesitábamos hacer la llamada, íbamos a la oficina de teléfonos que se encontraba en nuestra misma calle. A mi hermana y a mí nos fascinaba ir y ver ese enorme tablero lleno de cables que una señorita guapa enchufaba y desenchufaba según intrincadas combinaciones numéricas. Eran las operadoras. Cuando jugábamos con telefonitos de esos que se hacían con hilo y cartón, siempre decíamos: “Operadora, ¿me comunica por favor al número 311?” Nos sentíamos importantes diciendo eso con voz de adultos.

Para cuando tuvimos nuestra primera línea, ya no había operadoras y los números ya no eran de tres dígitos sino de cinco, en nuestro pueblo. Luego tuvimos dos aparatos en casa y ya era posible, como lo habíamos visto en las telenovelas, levantar la bocina de uno y oír la conversación del otro. Había que ser muy cuidadoso para que no nos traicionara ni el más leve clic. Y no era que se tratara de nada interesante; lo interesante era la emoción de sentirse espía.

Años después, los teléfonos me darían otras experiencias, más agridulces: la de llamar a la novia y colgar si contestaba el papá o armarse de valor, carraspear y saludar con mucha gentileza: “Ehem. Buenas tardes, señor, ¿se encuentra fulanita-mi-desesperado-amor?” Y luego, la emoción de las emociones: hablar con ella. Me encerraba en la recámara, luego de gritar la amenaza de siempre: “Si alguien levanta la bocina, lo pagará muy caro”. Los suspiros, las imágenes que la voz provocaba, la sensación del auricular caliente en la oreja… la frustración al oír: “Ya tengo que colgar. Me toca calentar la cena”. Y luego había que ver el inútil esfuerzo porque, después de la llamada, no se le notaran a uno ni el rubor, ni la sonrisa de oreja a oreja, ni los latidos de corazón con bocina, ni la erección a todo lo que daban las hormonas.

Claro, esto tenía su lado oscuro: el dolor de cuando venían las peleas y uno oía la voz amada por allá lejos: “Dile que no estoy.” O, todavía más aterrador: “Dile que sí estoy pero no quiero hablar con él”. Era real, y no sólo real sino también frecuente, esa escena típica de las telenovelas de la chica que colgaba el teléfono y se tiraba a llorar en la cama. Y no sólo las chicas lo hacían, me consta. La educación sentimental de mi generación está ligada al teléfono y al audio cassett.

Ya viviendo en la Ciudad de México, los teléfonos me mostraron su lado realmente oscuro. En aquella época, la policía secreta mexicana empleaba diversos métodos para reprimir los movimientos estudiantiles. Uno de ellos consistía en seguir al objetivo con un coche sin placas, a cualquier hora y en cualquier rumbo de la ciudad, un rato, lo suficiente para sembrar inquietud. En cuanto el objetivo llegaba a casa, sonaba el teléfono: uno o dos timbrazos nada más, sólo para dar el mensaje: “Sabemos quién eres, sabemos dónde vives, sabemos qué haces”. Suficiente para crear miedo. Supongo que los del coche se comunicaban por banda civil con una oficina de las cual salían las llamadas.

Otro reto eran los teléfonos públicos, pero eso ya es el mester de callejería y amerita dejarlo para otro episodio.

Era otra época ésa de antes de los celulares. No era tan fácil como ahora comunicarse. La primera vez que viví fuera del país, cuando estuve en Austin College, de 1993 a 1994, llamaba a mi familia una vez al mes, por diez minutos, no dos veces al día y por dos hora como lo hacen ahora muchas personas aun viviendo en continentes distintos. Todavía, esté yo donde esté, conservo esa sana costumbre de las llamadas cortas y al grano. Y tal vez sea por eso, por lo fácil que se da en este siglo la garrulería telefónica, que les tengo ojeriza a los celulares.

sábado, enero 16, 2021

La granada

De las cosas que puedo hacer en la cocina solo, ninguna me da tanto placer como desgranar una granada. Es su delicadeza lo que me hechiza, su repulsión a todo lo que sea fuerza bruta. Porque si uno no tiene cuidado con ella, sangra. La granada no es como la naranja, que se desnuda a cuchillo y se desgaja con fuerza, ni como la manzana o la ciruela, a las que hay que quitar el corazón. Mucho menos como el coco, que se abre de un machetazo certero y sonoro. Tampoco las uñas tienen nada que hacer aquí. Todo se hace con las yemas de los dedos, despacio, acariciando cada grano como si supiera que va a ponerse erecto, como puliendo el rubí que es. Y cuando detecta uno el que ya está flojo, listo para dejarse llevar, empieza a rozarlo desde su base suplicándole en silencio, ordenándole en silencio; lo remuele uno con suavidad, girándolo entre las yemas de los dedos, hasta que se viene solito. Y así con el que sigue y el que sigue.

         Uno avanza palpando, viendo con la piel, dejando que la granada misma nos diga por dónde va a dejarse. Y efectivamente, llega un momento en que esos rubíes como que se hacen a la idea de entregarse y se dejan separar ya sin esfuerzo. Es como si la fruta clamara: “Desgráname. Desgráname toda.”

         Por supuesto, no es posible pasar inadvertida esa delgada piel blanca que tiene la granada, translúcida, adherida a sus contornos. Es como su ropa interior.

         La granada es ruda y suave y usa chamarra de cuero y lencería de encaje.

miércoles, diciembre 30, 2020

El confesor


Desde su ventana en un séptimo piso, Ángel observaba el escaso movimiento de la avenida: apenas un par de autos detenidos ante el semáforo en rojo, ni un transeúnte, ni una tienda abierta. Cuando empezó a mirar todavía quedaba algo de la tarde —un enrojecimiento frío, sin belleza ni esperanza—, luego la noche inundó el paisaje y él no pensó en encender la luz. De cualquier manera no le gustaba hacerlo porque no tenía cortinas en sus ventanas. ¿Para qué gastar en eso? Los edificios de enfrente eran menos altos y no parecía probable que nadie lo espiara. De todos modos prefería la oscuridad. En verdad no necesitaba luz. Su biblioteca se reducía a un solo libro de pasta azul y fuera de éste no tenía la costumbre de leer, no veía televisión ni películas, no le interesaban los videojuegos. La laptop y el celular los usaba sólo para su trabajo y para mirar pornografía, de vez en cuando. No se aburría. Si llegaba a aburrirse, se ponía a mirar por la ventana.

Hacía unas horas lo había llamado una mujer. Necesitaba sus servicios. El marido estaba agonizando. Después de negociar sus honorarios, Ángel le pidió su dirección y le dijo que estaría allí alrededor de las ocho de la noche. Debía ponerse en marcha.

Se quitó la sudadera y los jeans y se puso su ropa negra de trabajo: la sotana y la pechera negra con alzacuello. Sobre ésta, un crucifijo de plata. Luego se echó en el bolsillo el cubreboca azul que se había vuelto obligatorio usar y salió del departamento. Vivir en el séptimo piso de un edificio sin elevador era la cosa más desgraciada del mundo. Y la más barata, había que reconocerlo: la renta era mínima. Tenía otras ventajas también: Ángel no veía nunca a sus vecinos. No los conocía. Sabía que existían porque a veces los oía a través de las puertas: música o ruido de televisión, alguien que tosía, alguien que lloraba o peleaba... y ocasionalmente se sentía en los pasillos algún olor de comida que a él le provocaba náusea más que antojo. Los únicos vecinos de los que sabía algo eran las del departamento contiguo al suyo: una mujer divorciada y su hija de once o doce años. Incluso a través de las paredes las oía pelear: la madre maldiciendo a la chica porque no hacía bien algo o porque le apestaban los pies. Y aquélla gritando para defenderse. Ahora estaban en silencio, por el momento.

Fuera del edificio hacía fresco. En días anteriores, Ángel había estado resfriado y, aunque ya no tenía tos ni estornudaba, por momentos le dolía la cabeza y sentía escalofríos. Le daba miedo. ¿Quién no sentía miedo de enfermarse en estos días aciagos? Había estado varios días en cama, solo, deseando que alguien lo acompañara por lo menos a ratos, alguien que le ayudara a cargar con el miedo. Pero no tenía amigos. Ya era un peligro más tener amigos.

Cruzó el parque y echó a andar hacia la avenida principal. En ese momento se oía la sirena de una ambulancia: un maullido largo, intermitente.

Se tenía la sensación de caminar por una ciudad fantasma: las calles desiertas bajo un cielo siempre denso, los edificios amenazantes, probablemente llenos de enfermos que morían en secreto, las sombras de quienes aún debían salir a buscar comida o medicamentos.

En la avenida grande había más luz, aunque no más vida, y un silencio que lejanamente recordaba el de los domingos de antes. Pero no era domingo, era viernes. De un portón cerrado se desprendía una música cortada, ronca, como de alguna película. Adelante —recordó Ángel— había antes una sala de cine. A el le gustaba ir ahí. Pero ya no funcionaba; lo habían vandalizado y lo que quedaba de él era el enorme boquete negro de la entrada y el vestíbulo lleno de basura, vidrios rotos y pedazos de butacas. Ya no funcionaba ningún cine en la ciudad.

Caminaba encorvado y como escondiéndose, como si fuera posible esconderse de la enfermedad. Atravesó la vieja estación de microbuses, mirando con una mezcla de nostalgia y resentimiento esas unidades que ya no daban servicio, impecablemente formadas en los andenes. Parecía cuidarlas un hombre obeso vestido con ropa deportiva y un cubreboca negro, aparatoso, que parecía diseñado para la guerra química. Ni siquiera lo miró.

Casi una hora más de caminata y llegó a una colonia perdida en la noche, una de esas colonias de casas bajas y muros de materiales baratos, sin aplanado, con oxidadas y torcidas varillas asomando en las esquinas. Detrás de un zaguán, un perro comenzó a ladrar.


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Llevaba dos años en el negocio de los santos óleos y había empezado por obra del azar. O de la Providencia, dirían los que creían en Dios. Él no creía en Dios. Ni siquiera sabía mucho de él y no le gustaba pensar: le parecía alucinante eso de que había Dios y había Jesús y eran el mismo personaje. Y luego decían que había un tercero por ahí y también era el mismo. Lo bueno era que nadie le hacía preguntas sobre esas cosas. Le gustaba el trabajo: implicaba riesgo pero no esfuerzo, y Ángel siempre, desde niño, huyó más del esfuerzo que del riesgo.

Se le ocurrió una vez que oyó una conversación en la calle, entre dos señoras que caminaban delante de él. Rompiendo las reglas de la sana distancia, Ángel se acercó sin que se dieran cuenta para oírlas mejor. Hablaban de que alguien necesitaba con urgencia un sacerdote y no lo encontraban. “Para darle los últimos auxilios a un agonizante”, explicó una de las señoras. “Es que ya hasta los padrecitos tienen miedo de contagiarse”. Costaba mucho trabajo convencerlos. No estaban dispuestos a poner en peligro su salud y su vida por una miseria de dinero. Fue entonces cuando Ángel tuvo la idea. Sabía qué cosa eran los primeros auxilios, pero nunca había oído hablar de los últimos. Se puso a investigar en internet todo lo que había sobre eso, se aprendió un montón de palabras con tufo medieval como “sacramento”, “extremaunción”, “santos óleos”... memorizó el ritual completo, compró los artículos necesarios en un mercado de pulgas virtual y ya estaba: empezó a anunciarse en redes sociales. Nadie le pedía ningún papel: ni cédula profesional ni nada de eso. Si se daban cuenta o sospechaban la impostura, no decían nada. Para qué: nada más habría sido perder la oportunidad de resolver su problema. Lo importante era que el agonizante se fuera tranquilo de este puto valle de lágrimas, con la conciencia descargada, satisfecho de haber cumplido con el último deber que le pedía su fe. Qué más daba quién le ayudara: Dios no condenaría a un idiota por dejarse engañar.


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Lo pasaron a la sala comedor, si así podía llamársele todavía. Se hallaba en penumbra. Esas personas, como todos ahora, trataban de que no se viera nada de su vida desde la calle: qué hacían, qué tenían, quiénes vivían ahí. Todo eso era peligroso. Todo daba miedo. La mesa, las sillas y el sofá se hallaban cubiertos de bultos —probablemente comida— y recargados en la pared había alteros de paquetes de papel higiénico. Olía a cloro, a vinagre, a alcohol.

La mujer que lo hizo pasar era como una extensión del espacio: vestida con un traje deportivo que ya no estaba limpio, con pantuflas de peluche color de rosa. Al igual que Ángel, tenía puesto un cubreboca. Por encima de éste se veía la piel grasosa de su frente y sus mejillas. También la mano con que le entregó su paga se veía grasosa, pero ésta era de comida: olía a carne frita. Un niño como de cinco  años, también con cubreboca, apareció tras ella abrazando una Barbie vestida de princesa.

El enfermo se encontraba en la recámara: un hombre como de sesenta años. Se veía mal. Y apestaba. Pero lo que Ángel sintió al entrar en la penumbra de su espacio no fue asco en primer lugar. Fue miedo. Al principio le llamaba la atención que esa gente no llamara mejor a los números de emergencia sanitaria. Después comprendió sus motivos: si se los llevaban al hospital, morirían solos. Y de todas maneras a eso iban: a morir. Mejor hacerlo en su casa, con alguien que los acompañara. Y con un sacerdote dispuesto a correr riesgos por una bicoca.

La habitación olía a meados. Y a ungüentos y a jarabes para la tos. Resultaba por demás curioso —pensó— que tuvieran suficiente pesimismo para dar por hecho que no saldrían vivos y, por otra parte, suficiente inocencia para creer que esos remedios caseros servirían para algo.

La acarició la cabeza al moribundo, sólo para ver si estaba despierto. Pero no, no lo estaba.

Ángel tenía un librito azul que se había robado de un hospital. No decía el autor; se llamaba Salmos. Nuevo Testamento. A él no le gustaban los libros, pero le pareció que ése podía ayudarle en su nuevo trabajo. Se saltó los poemas porque nunca le había gustado la poesía y se leyó todo lo demás. Allí encontró aquello de los tesoros en el Cielo. ¿Que tal si algo de eso era verdad? Podía ser. Mejor protegerse para el caso de que lo fuera. Cobrar por lo que hacía y hacerlo lo mejor posible, con buena onda y todo muy pro, era matar dos pájaros de un tiro: hacerse de tesoros en la tierra y en el Cielo. ¿Quién decía que no se podía?

La mujer y el niño ya salían del cuarto para dejar al confesor solo con su enfermo, pero él les pidió que se quedaran. Había leído en un foro que era una blasfemia dar los santos óleos con el cubreboca puesto, así que se tragó el miedo y se lo quitó. Y quizás como una manera de reconocer el valor de su gesto, la mujer y el niño también se lo quitaron.

—No es necesario —les dijo él enseguida—. En ustedes no es blasfemia. Blasfemia es no cuidarse.

La mujer y el niño volvieron a cubrirse, dóciles. “Bienaventurados los mansos”, decía el librito azul.

Ángel tuvo la tentación de recitar eso en voz alta, pero mejor se aclaró la garganta y comenzó a hablarle al moribundo; le dijo que iba a prepararlo.

—¿Para qué le habla? —le reclamó la señora—. No puede oírlo. No está consciente.

—Aunque no esté consciente, puede oírme.

—No oye, le digo —insistió la señora.

—Su espíritu me oye.

La mujer dejó escapar un suspiro de resignación, de fastidio. Y ahí se quedó, callada, con su niño que miraba todo como ausente y no oía nada ni entendía nada.

Ángel continuó hablándole al enfermo. Luego abrió su maletín y sacó sus cosas: una estola morada, una especie de tubo metálico, una caja pequeña y también metálica, una botella como de perfume pero que sólo tenía agua de la llave. Se inclinó sobre el enfermo y le puso en los labios la cruz de plata que llevaba al cuello.

El enfermo lo sintió, tal vez, porque empezó a respirar más rápido, con dolor.

El confesor le descubrió las manos y los pies, que estaban ardiendo. Sí, iba a terminar pronto. Ángel sabía lo que venía: una vez que el corazón dejara de latir, el cuerpo asumiría una forma de rigor mortis que no era la normal, que no era de muerto pero tampoco de vivo; la piel comenzaría a teñirse de amarillo, los ojos volverían a abrirse, esta vez sólo para congelarse en una mirada inerte. Entonces se levantaría y volvería a andar, en ese acto de blasfemia en el cual la biología se rebelaba contra la divinidad.

Abrió el tubito metálico y se puso en los pulgares un poco de aceite. Empezó la unción.


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—Perdone que no lo invitemos a merendar —le dijo la señora cuando terminó el rito, ya fuera de esa sofocante cámara mortuoria—. No tenemos casi nada.

A él no le importó que la frustración se le notara en la mirada: aquello era de una tacañería imperdonable. ¿No pensaba esa mujer que los sacerdotes eran hombres solos y no tenían comida en casa? De todas maneras, al final prefirió ser profesional:

—No se preocupe. Estoy haciendo penitencia.

Gracias a ese brevísimo diálogo, Ángel pudo mirar bien al niño. ¿Qué le pasaba? Tenía los ojos rojos. Completamente rojos. Como de conejo.

—Es sangre —le explicó la madre sin parecer ofendida, siguiendo la dirección de su mirada—. Es una enfermedad que tiene mi hijo. No es contagiosa.

—¿Le duelen?

—No.

Ángel no quiso esperar más. Salió de esa casa huyendo, sintiendo que tropezaba a cada paso. ¿En qué tiempo le había tocado vivir, en qué mundo que tanta gente padecía alguna enfermedad espantosa?

Afuera caía una llovizna floja, lenta, aunque suficiente para formar charcos. Ángel odiaba los charcos porque sus zapatos dejaban pasar el agua; tenía que evitarlos o saltarlos si no quería terminar con los pies empapados y helados. La calle se veía abandonada: un largo pasillo abierto entre ruinas. Las puertas cerradas, las ventanas ciegas. En el local de la esquina, cerrado con una cortina metálica toda grafiteada, recordó él que había una panadería. Varias veces fue ahí a comprar conchas de chocolate. No volverían a abrir.

Sintió que le dolía el hombro de tanto cargar su maletín y se cambió éste a la otra mano. Fue entonces cuando los vio: un rebaño de seres difícilmente humanos avanzaban desde el fondo de la calle. Serían cien, tal vez más. Era difícil calcular porque sólo se veía la vanguardia y además todavía se encontraban lejos. Pero iban rápido. Paralizado por la impresión, Ángel tardó en reaccionar. Se quedó mirándolos fascinado. Entonces, ya que estaban cerca, se dio cuenta: la piel amarilla, la cara inexpresiva... no estaban vivos ya.

Echó a correr en dirección opuesta. Afortunadamente, no lo siguieron. No parecían haberlo visto.

Con una sensación de irrealidad, dobló en la esquina y atravesó un  parque con juegos infantiles. Cansado, se recargó en un poste y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio el cielo sin estrellas, las nubes azul gris que velaban la noche, las ventanas altas de las casas vecinas, todo difuso como si hubiera caído al fondo de un estanque turbio. Su reloj marcaba las nueve y media de la noche. Llegaría a casa después de las diez, con hambre. Necesitaría esperar hasta el día siguiente para comprar comida. ¿Alcanzaría a llegar a eso? De pronto, el día siguiente resultaba tan lejano... volvió a su mente la imagen del niño con los ojos sangrantes.

Se miró las manos lleno de angustia, como si le quemaran. Pero no parecía tener nada malo en ellas. Su piel se veía normal, en color y en textura. ¿O no? ¿Estaba vivo? ¿Estaba vivo?

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Eran más de las diez de la noche cuando entró a su edificio y encendió la luz de la escalera para subir a su departamento. Estaba cansado y sentía frío en los pies. Aunque en ese mohoso interior no hacía más frío que en la calle, tuvo la misma cálida sensación de los caminantes que llegan a casa.

Al pasar por el departamento de la divorciada, se encontró con la chica de doce años sentada en el suelo, acurrucada en el umbral de su puerta como un perro mojado. Se veía desamparada: flaquísima, con la piel de los brazos erizada de frío porque no traía puesto más que una camiseta.  “Seguro volvieron a pelear”, pensó Ángel. “O la corrió la arpía de su madre”. Mejor no preguntar; para qué, si no había nada que él pudiera hacer. Mejor pasarse de largo como si no la hubiera visto.

Fue la chica quien le habló a él.

—Dicen que eres un hombre santo —le dijo—. Dicen que curas moribundos tocándoles la frente.

Ángel iba a seguir subiendo sin contestar. No estaba de humor. Pero la chica lo detuvo hablándole con una voz más firme:

—Toca mi frente.

—¿Estás enferma? Yo no tengo ningún poder. No es verdad lo que te han dicho.

—No estoy enferma. Pero sí creo que eres un hombre santo. Tienes cara.

Detenido con un pie en un peldaño y otro en otro y con la mano apoyada en el pasamanos, Ángel le dirigió una mirada inexpresiva.

—Sólo toca mi frente —repitió la chica—. Y dime que esto va a pasar pronto y vamos a volver a vivir como antes.

Ángel abrió la boca como para decir algo, pero volvió a cerrarla. Se quedó pensativo un instante y luego dijo:

—Pero es que eso no es verdad. Esto no va a pasar. Sólo será peor.

La chica le dirigió una mirada en la que había súplica y había horror. Pero no le respondió. Encogió las piernas y hundió la cara entre sus manos.

Ángel terminó de llegar a su departamento.

“¿Estás contento con lo que hiciste?”, se dijo a sí mismo.

Se quitó los zapatos y los calcetines mojados de lluvia y fue al baño a orinar y a llenar una cubeta de agua caliente para meter ahí los pies. Tenía hambre.

“¿Estás contento, Ángel?”, se repitió. “Igual le hubieras dado una patada en la cara, ¿no? Le habría dolido menos”.

Frente a la silla donde estaba sentado disfrutando su baño de pies había una ventila abierta. Por ahí se veía un poco del cielo. ¿No habría nadie por allá que lo castigara?, se preguntó. Hubo una época en que tal vez había un dios aquí en la tierra, y ese dios lo habría castigado por la inmundicia que salió de su boca. Ángel deseó que existiera alguien que lo castigara. Pero la ciudad estaba desierta y el planeta Tierra era un bolita devastada y sucia que flotaba en la más completa soledad.

No había nadie.

viernes, diciembre 11, 2020

Für Elise

 


Tenía once años cuando terminé la primaria. Como me gradué con honores y de “premio” me llevaron a la Ciudad de México a saludar al presidente, algunas personas notables se interesaron en mí. Una de ellas fue un prócer local que tenía un primo rico en la capital.  Este primo llamó por teléfono a mis padres, no a nuestra casa porque nosotros no teníamos una línea, sino a la tienda de al lado. Era para ofrecerme hospedaje en su casa a mi llegada a la Ciudad de México, sólo la primera noche porque ya luego la Secretaría de Educación Pública se encargaría de mí. En aquella época uno no desconfiaba de las personas.

         Así que me encontré, por primera vez en mi vida, en una casa rica. Todo me dejó boquiabierto: la escalera alfombrada con su barandal de madera, el piano de cola, el despacho lleno de libros, la enorme cocina donde una mucama en uniforme me hizo un sandwich delicioso. Y aún me faltaba lo más bello, que llegó después de la cena. Era la hija menor de los señores, una niña como de mi edad a quien llamaron para que tocara el piano. Bajó por la elegante escalera. Tenía el pelo largo, castaño claro, y un vestido de color pastel que ahora, viendo la escena en perspectiva, me doy cuenta de que no era un vestido sino un camisón para dormir. Y me sonrió y se presentó y enseguida se sentó al piano. Yo nunca había visto un piano de cola, mucho menos una niña capaz de tocarlo. Tocó Para Elisa.

         A mi edad he llegado a saber que Para Elisa es una pieza relativamente fácil, para estudiantes que empiezan. Pero en ese entonces me conmovió como la música más sublime en la ejecución más virtuosa del mundo.

         La niña no tocó más que eso. Y yo me fui a dormir ya sin poner atención a los lujos de la casa. Ni siquiera recuerdo cómo era la recámara que me dieron. Estaba en éxtasis por la música.

         Al día siguiente me despertaron temprano para llevarme en coche a la Secretaría de Educación Pública. Nunca volví a ver a aquella familia. Ni siquiera recuerdo el nombre de la niña. Han pasado más de cuarenta años y ya no queda nadie a quien preguntarle qué fue de esas personas. Pero cada vez que escucho Para Elisa, vuelvo a ver en mi mente los cabellos castaños, el “vestido” color pastel, los bellos ojos concentrados en el cuaderno de partituras. Quizá no eran bellos. No importa. Quizá la niña no tocaba bien y no siguió haciéndolo; se casó y se olvidó del piano. Tal vez aquélla no era una casa rica; sólo era diferente a las casas de mi pueblo. Nada de eso es asunto mío. La memoria es otra cosa. La memoria sabe decir mentiras que parecen verdad y eso es suficiente.

jueves, noviembre 26, 2020

Fantasmafilia

 

Como bien sabe todo el que ha puesto un altar en Día de Muertos, hay que ofrecer algo a los fantasmas si uno quiere que vengan. Algo que apele a los sentidos. Por alguna razón que todavía estoy descifrando, no les mueve mucho el sentido de la vista. Será que finalmente aprendieron a desconfiar de las apariencias, de las engañosas formas del mundo físico. Por razones obvias, tampoco el tacto funciona con ellos. Los otros tres sentidos, sí. Son golosos y de verdad los hacen felices esos banquetes caseros que les ofrecemos cada 2 de noviembre. Con el gusto va el olfato, por supuesto. Yo les tengo su mesa especial —una mesita de madera de cerezo— y ahí les pongo sus golosinas: bombones de chocolate, lágrimas de azúcar con licor de anís, dulces de regaliz, una copa de absenta o algún licor de hierbas amargas. No, no es lo que me gusta a mí. Mi menú depende en realidad de la clase de fantasmas que me interesa invitar a mi casa. Vamos, ¿qué clase de presencias etéricas vendrían si ofrezco uno de esos platillos que halagan a la gente sin modales? Mi oferta está dirigida a espíritus sensibles que vivieron en esa época dichosa en que aún había respeto por los prejuicios y murieron dignamente de tuberculosis o de sífilis.

         Últimamente he detectado una que me tiene entusiasmado. No le interesa la comida y eso ya la eleva por encima de todos los demás. Puedo ordenar los más exquisitos chocolates de Suiza o de Bélgica y me los desprecia. Si acaso se acerca a la absenta. En cambio, ciertos olores le arrancan suspiros que llegan a mecer mis cortinas. Le gustan los perfumes, en especial los cítricos y los florales. Abrir una botella de esas fragancias en mi mesa de ofrendas es como abrir una lata de arenque donde hay gatos.  Mi fantasma toma ante mis ojos la forma de una tenue niebla opalina. Sabe recompensarme: más tarde, ya en la cama, gozaré hasta la ebriedad ese soplo helado que viene a rizar los vellos de mi pecho con retozos de chicuela.

jueves, octubre 08, 2020

Memoria de Ixmiquilpan. Parte 1

 


Nací en 1963. Eso quiere decir que los primeros siete años de mi infancia me tocaron en los años sesenta. Una década de mucho ajetreo: las luchas revolucionarias latinoamericanas, Fidel Castro y el Che, la crisis de los misiles, los hippies, los Beatles, María Sabina, el boom latinoamericano, la primavera de Praga, la masacre de Tlatelolco, la llegada del hombre a la luna... era otro el mundo de entonces. México era otro. Ixmiquilpan era otra, tan diferente que hoy apenas y es posible reconocerla en las imágenes de las fotos antiguas.

         Ciertamente, esa ciudad de calles sucias y llenas de agujeros, atravesada por un río y un arroyo ya muertos, no se parece nada al tranquilo y un poco adormilado pueblo que todas las primaveras lucía alfombrado por las jacarandas. Miro las fotos que publica la revista Cactus: imágenes de los años 50, 60, 70… reconozco algunas caras y casi todos los nombres. Ixmiquilpan era tan pueblo que todo el mundo se conocía. Debía su identidad a algunos viejos apellidos: López, Vázquez, Rocha, Núñez, Monter, Ramírez, Trejo, Romero, Pedraza, Velázquez, Regalado, Salomón, Martínez, Morales, Hernández, Olguín, Bravo, Rangel, Sandoval, Roa, Alcántara, Durán, Cadena… esos y otros que de momento no recuerdo eran los apellidos de los personajes de esas fotos antiguas en blanco y negro, los de los primeros equipos de futbol y las primeras reinas de la belleza.

Ixmiquilpan todavía no tenía ínfulas de ciudad. Era un pueblo tan pequeño que, desde la parte de atrás de mi casa, se veía el arroyo, luego el mercado y, más allá, sólo tierras de labranza y un área despejada donde se ponían las carpas del circo. Allá me escapaba yo con mis hermanas y mi hermano, los chicos de los vecinos y a veces mis primos. Íbamos a ver los animales, con la sensación de aventura que daba llegar a las afueras del pueblo. En las otras direcciones era más o menos lo mismo; no se necesitaba tomar peseros para ir de un lado a otro. No había zonas residenciales ni supermercados ni casas de cambio ni pizzerías ni tiendas de computadoras ni nada de esas cosas modernas que nos han invadido. Eso sí, había muchas misceláneas y talleres de todo tipo. Bueno, creo que de sastrería sólo había tres: el de mi papá y mi tío Beto, el de Marcelo y Luis y el de Juan. Los cinco maestros ya se fueron de este mundo, pero dejaron discípulos que ahora siguen. También había pocos balconeros, pocos carpinteros, pocos zapateros y en general eran honrados y bien hechos, aunque a veces tardados.

Lugares de reunión también había pocos, pero muy queridos: La fuente de sodas Alcántara, adonde muchas veces íbamos saliendo de la secundaria y después de los desfiles; la cafetería El Minuto, ideal para citas amorosas porque tenía una sección a media luz donde uno podía platicar a salvo de miradas indiscretas. Y por supuesto, las cantinas a las que uno podía ir directamente en busca de los borrachos locales. En esa época no había teléfonos celulares y no todos tenían línea fija, así que era común ir a buscar a los hombres (jóvenes y viejos) a esa especie de despacho que era la cantina. Yo, por ejemplo, tenía una amiga que me llamaba a mi casa para que fuera al bar de la cuadra a buscar a su novio, que seguro estaba ahí, y le dijera que ella quería hablarle. Y ahí iba yo de obediente, lo llamaba y me lo llevaba a mi casa a que se pasara un buen rato oyendo regaños perfectamente justos. Estos entrañables templos dedicados al ocio y el vicio tenían nombres como Billares Alcántara, El Paraíso, El Atorón, El Jacalito, Haz de venir… aunque el lugar de reunión favorito de todos era el portal oriente, por las noches. Se llenaba de puestos de antojitos (chalupas, flautas, enchiladas, etcétera) y ahí se encontraban las familias, a veces aunque no quisieran. El otro portal, el del poniente, tenía más vida en las mañanas, cuando había un bolero en cada columna y era casi cuestión de estatus dejarse ver ahí sentado, leyendo el periódico, mientras esos chicos hacían rechinar las franelas.

¿Tiendas? Ya había muchas, pero no todas eran de tradición y no todas sobrevivían. Recuerdo algunas, las del centro, para no ir más lejos: La botica La Gloria, La Casa Venus (nombre más que promisorio para una perfumería), las ferreterías Casa Regalado, Casa San Pedro y El Zepelín (donde los hombres hacendosos nos sentíamos como niños en juguetería), La Alcántara (precursora de los minisúper), la mercería de don Marquitos, adonde tantas veces me mandaron a comprar botones, cierres, elásticos y cosas de ésas; y esa otra mercería que se llamaba La Vencedora y estaba en mi calle. Recuerdo también La Pasadita, donde vendían esas bebidas alcohólicas de colores que tenían el bello nombre de “espíritus”; la papelería El Venadito, atendida por un señor muy amable que se llamaba Bartolo y platicaba con los niños; y luego esa mezcla de juguetería y tienda de deportes que se llamaba El Trébol y estaba mero enfrente de donde paraban los autobuses a Pachuca y a la Ciudad de México; las farmacias Cruz Blanca e Hidalgo; esta última también era papelería y ahí compraba yo mis monografías y todas esas cosas que se usaban entonces. Por cierto, fue ahí donde una vez oí que un muchacho preguntaba si no tenían la biografía de la ballena. Tal vez se refería a alguna de esas ballenas famosas, como Mobby Dick o la que se comió a Jonás o la de Pinocho, pero yo no pensé en ésas y me dio risa.

            Es que había poca cultura entonces, y eso que la desgracia de la televisión apenas empezaba. Creo que empezó con cuatro canales nada más, pero ustedes me corregirán. Eran el 2 (telenovelas), el 4 (películas del año de la canica), el 5 (caricaturas y series gringas) y el 8 que ya no me acuerdo de qué era. Eso sí, muchas de las películas más emocionantes de mi vida (y algunas eran películas de arte) las vi en los dos cines que teníamos: el Del Valle y el Aries. Qué emoción era entrar ahí. Eran mis lugares favoritos en todo el pueblo. En el Del Valle me eché todas las de ficheras, metiéndome de contrabando. Bueno, también había aún carpas de cine en la feria, pero ya no me acuerdo de ésas. Creo que pasaban puras pelis de charros y canciones rancheras. Y había unas carpas con enanitos y esas otras tradiciones de la cultura de feria, como la carpa de la mujer lagarto.

            De música, pues qué querían: nadamás la banda municipal de tambora y trombón, y los tríos de huapangos de los lunes. No se habían inventado los Cds ni los formatos digitales, y los casets eran la gran novedad, aunque la mayoría de la gente seguía presumiendo sus discos de acetato. Me acuerdo de las portadas. Me acuerdo también de que en algunas casa tenían una consola; es decir, un mueble de madera con patas, especial para tocar música. Le ponían una carpetita de gancho encima con un elefante de yeso y era el orgullo de la familia, junto con la foto de XV años y el título de la universidad, que normalmente se colgaban en la pared, sobre la consola. ¿Quién no recuerda casas así?

            Ciertamente, tener un título universitario era cosa respetada y se consideraba que ya con eso tenía uno su fortuna hecha (ya habría tiempo para el desencanto). Ser llamado “doctor”, “licenciado” o “ingeniero” era cosa de mucho prestigio y mucho brillo: era uno un profesionista. ¡Las mamás estaban tan orgullosas de sus hijos profesionistas! Es que además no era tan fácil como ahora. No teníamos universidad, ni siquiera prepa. Lo más que se podía estudiar, saliendo de la secundaria, era la academia comercial (Villa o Lux).  Esas academias eran el destino de las señoritas de buena familia antes de casarse. Porque éramos una sociedad patriarcal, y, si la familia no podía sufragar los estudios universitarios de hijos e hijas, pues se daba la preferencia a los hijos. Las hijas para qué; nada más se iban a echar a perder allá en la ciudad juntándose con hippies y comunistas, y además qué necesidad había si su futuro estaba hecho con que se casaran bien. Mientras tanto iban a la academia comercial. Esas academias me encantaban porque las muchachas se veían muy bonitas con sus uniformes y además los salones de clase tenían ventanas a la calle y uno podía echarse su taco de ojo cada vez que pasaba por ahí.

            Otras muchachas se iban a estudiar la Normal, que en esa época se podía hacer sin preparatoria. Aunque muchos hombres también lo hacían, se consideraba una profesión de mujeres. Y en Ixmiquilpan llegaba a ser una tradición familiar. Así teníamos a las maestras Rocha, las maestras Domínguez, las maestras Chávez... tal vez otras que en este momento no me vienen a la memoria.

            En cambio, ser doctor o licenciado (más aún ingeniero) se consideraba cosa de hombres. Será por eso que cuando trato de recordar a los médicos de mi infancia, sólo se me ocurren hombres. La gente se refería a ellos por su apellido, con mucho respeto: Alisedo, Armenta, Lemus, López, Absalón, Luque, Valdivieso...

            De otras profesiones se sabía poco y a nadie le importaban. Eran un exotismo de los intelectuales. Y los “intelectuales” eran algo así como un montón de herejes que atentaban contra las buenas costumbres y los valores de la patria y la familia, pero afortunadamente vivían lejos; en Ixmiquilpan no teníamos ni uno. Tan se sigue dando por hecho esto que, una vez, hará unos veinte años, escuché un diálogo muy chistoso. Estaba una pareja joven mirando unos lentes en un puesto del portal. La muchacha intentaba convencer a su novio de que se comprara los que ella quería. “¿Por qué estos?”, le preguntó él, aferrado a otros más feos. “Es que con éstos te ves como intelectual”, le contestó ella. La respuesta de él fue contundente: “¿Y tú cómo sabes cómo son los intelectuales si nunca has visto uno?”.

            Pues ya me cansé. He escrito estas cosas un poco al azar, sin seguir un plan y sin ser exhaustivo en nada. He mencionado cosas, lugares y nombres, y seguramente habrá quien me reclame que me faltó esto o me faltó lo otro. Culpa de mi memoria o de que siempre fui muy distraído, tanto que de niño se me olvidó muchas veces pedir el vuelto en los mandados y mi mamá me mandó de regreso a la tienda o a la tortillería, con toda la pena. Así que si se me olvida algo, no se enojen y de todos modos recuérdenmelo, por si un día se me antoja hacer crecer estos recuerdos.