lunes, octubre 07, 2013

El misterio de la noche



Hace tiempo tuve en mi taller de narrativa a una muchacha muy bonita con aire de princesa árabe. La llamaremos Luna. O Noche, sí, mejor Noche. Tendría 20 años más o menos, era alta, como de 1.70 o más, y muy delgada; se vestía y se maquillaba con buen gusto, a la moda, y casi siempre llegaba a clase con una maleta de cabina de las que usan las azafatas. De ésta sacaba un termos que contenía un misterioso brebaje en cuyo aroma pude reconocer algo de cardamomo, y, entre sorbo y sorbo, se ponía a leer sus cuentos y a comentar los de sus compañeros, la mayoría hombres. Escribía historias de esas que parecen infantiles pero no lo son, un poco al estilo de El Principito. No era especialmente talentosa, pero tenía un candor que daba a sus textos una gracia innegable. Tampoco era muy buena para opinar: le faltaba lo que llaman los académicos “un aparato crítico”. Y en todo esto era diferente a sus compañeros, todos muy “jóvenes escritores”, muy “próximos becarios” y blablablá. Por lo menos ya tenían los defectos típicos del medio, entre ellos el desprecio disfrazado de cortesía y la espontaneidad para fraguar alianzas subrepticias, alimentadas con críticas estratégicas y deudas sobreentendidas.
            Sólo tres personas —de nueve— había en ese grupo que no participaban de tales juegos: dos señoras despistadas y un joven demasiado inteligente como para necesitar envilecerse. Este joven —lo platicamos años después él y yo— estaba dispuesto a pelear contra todos los mafiosos si hubieran convertido a Noche en blanco de sus inquinas.  Pero nunca lo hicieron. Nunca lo hicieron porque había algo en ella que los intimidaba. ¿Qué?, me he preguntado muchas veces desde entonces. Era la belleza.
            Y ahora que lo pienso a la distancia del tiempo, es sospechoso que nadie intentara ligársela. Era evidente que les gustaba; eso se notaba hasta en las cosas que escribían. Me gustaba también a mí y le gustaba al joven que estaba dispuesto a defenderla. Su presencia hacía que el aire del salón se cargara de electricidad, de feromonas. Pero era como un aparato de botones sin letreros; nadie sabía cuál apretar o qué iba a pasar si tocaba éste o aquél. Sencillamente olvidamos que, como se sabe desde que la Divina Comedia fue revelada a los sueños del gran florentino, el talento debe caminar detrás de la belleza, no adelante. ¿O sería que ahí no había talento?
            El hecho es que aquel taller terminó sin que nadie lograra hacer amistad con Noche ni resolver ninguno de los misterios que la rodeaban. Sólo una vez, alguien se atrevió a preguntarle si era azafata. Ella dijo que no y eso fue todo.
            Años después nos enteramos de que era modelo. La vimos en unas revistas femeninas de la época del taller, anunciando un perfume. O sea que mientras ella posaba para esas fotos glamurosas, nosotros perdíamos el tiempo imaginando que era espía, terrorista, experta en artes marciales, guardaespaldas de un jeque árabe o algo así. Pero cómo íbamos a saber si nosotros leíamos literatura de vanguardia, no revistas de modas. Lo más irónico de todo es que, mientras ella ya era famosa y tenía tras sí a hombres de verdad poderosos, aquellos aspirantes del taller la miraban con condescendencia y le decían: “Pues no está tan mal tu cuentito”.

lunes, septiembre 23, 2013

El huésped venezolano



—Entonces, ¿es seguro que está aquí, en Budapest?
       —Camarada, lo que te estoy diciendo es de buena fuente.
       Vicente y Olga se fueron caminando por la orilla del río. La nieve había tendido sobre las calles su alfombra blanca. El Danubio respiraba cansado, como un viejo enfermo de frío, moviendo apenas su pecho de crestas pardas. En las dos riberas, los edificios antiguos, de cuatro o cinco pisos altos, parecían mirar el paisaje con los ojos penumbrosos de sus balcones neogóticos, mientras las chimeneas se ahogaban y los tejados se venían abajo con el peso de tanta nieve. A lo lejos, sobre la cúpula del Parlamento, la estrella roja destellaba a la luz de la tarde.
       —Siempre he querido conocerlo —comentó el mexicano, y se quedó pensativo.
       —Ni se te ocurra buscarlo. Se supone que no estás enterado de nada.
       Eran amigos desde hacía muchos años, desde que se conocieron en Cuba, a principios de los años setenta. Los rusos se dejaron caer en parvadas: agentes de inteligencia, asesores militares, diplomáticos, ingenieros... todos vinculados de alguna manera con la kgb. Olga llegó entre ellos. Su misión era coordinar enlaces con América Latina. Y Vicente, que había debido huir de México cuando la crisis del 68, estaba allá haciendo lo mismo: coordinando enlaces entre el gobierno de Fidel Castro y los grupos revolucionarios mexicanos.
       —¿No me lo vas a presentar entonces, tovarish?
       —Por supuesto que no. Si te conté esto fue nada más para que no lo vayas a escuchar por otro lado y cometas una indiscreción.
       —Entonces fue por estrategia, no por confianza —Vicente se hizo el ofendido.
       —Fue por protegerte, si lo ves bien.
       —¿Sale a la calle?
       Olga se encogió de hombros:
       —No tendría por qué no. Además, a un hombre así no se le puede tener encerrado.
       —Tú ya lo conociste, ¿eh?
       Olga respondió sólo con una sonrisa. Era una mujer muy atractiva, al estilo de las rusas de esa época: alta, fuerte pero femenina, de pómulos definidos y ojos ligeramente oblicuos que hacían pensar en la tribus indómitas de las estepas, labios plenos, casi soeces de tan sensuales y una sonrisa que lo hacía a uno dudar de si se hallaba ante una joven inocente o ante una espía entrenada para matar sin un parpadeo. El abrigo blanco la hacía aún más atractiva, sobre todo sabiendo que debajo de éste iba armada.
       —Te gustó —la acusó Vicente.
       —¿Qué? ¿Quién?
       —El... huésped. Te gustó.
       —No es guapo.
       —Pero te gustó.
       Tovarish, ¿a qué vienen esta pregunta?
       —Simple curiosidad, tovarish.
       El auto de Olga —un Lada gris acero— se hallaba estacionado cerca. Subieron los dos y se fueron siguiendo la curva suave que dibujaba el Danubio hacia el norte. En la ribera opuesta, el sol comenzaba a descender tras las terrazas y la orgullosa cúpula del castillo de Buda, bañando de oro los muros ocres del Bastión de Pescadores y la esbelta torre de la iglesia Matías.
       Olga se metió por alguna calle. Parecía confundida.
       —¿Adónde vamos? —preguntó Vicente.
       —No creerás que te estoy secuestrando, ¿verdad? —le sonrió ella por el retrovisor.
       —No, no. Es sólo que me parece que estás dando vueltas.
       —Vamos al Café Gerbaud. Nada más que no recuerdo bien cómo llegar.
       —No está lejos. Estaciónate donde puedas y vámonos caminando.
       Lo que Vicente quería era salirse ya del coche, mover las piernas. Era un paseante compulsivo. Aunque ya llevaba ocho años viviendo en Budapest, seguía sintiéndose fascinado por la magia de esa ciudad llena de rincones misteriosos, palacios escondidos, vecindades abandonadas, pasajes secretos, puertas que se abrían a otro tiempo.
       —Vamos, pues, camarada.
     El Café Gerbaud se hallaba al final de la calle, al otro extremo de la pequeña plaza Vörosmarti. Era un lugar lleno de cristales y de luces viejas, de ese esplendor lánguido del imperio austrohúngaro que todavía podía sentirse en ciertos lugares. Sobre la alfombra de sus interminables salones tintineantes se arrastraban pasos ya idos, ecos sofocados, roces de crinolinas: los murmullos de la vieja burguesía que ahí se reunía, ahí charlaba y era frívola, ahí creía seducir a la historia, que un día iba a volverse contra ella, conducida por el proletariado triunfante del mundo socialista.
       Tomaron asiento en un rincón apartado. Olga le dio su abrigo al mesero y ordenó un café vienés y una rebanada de struddel de semillas de amapola. Vicente pidió sólo café.
    —Bueno, ¿y qué has sabido del cargamento para Nicaragua? —preguntó ella, a quemarropa.
       —Los compañeros lo entregan hoy. A más tardar, mañana.
       —Debía haber llegado la semana pasada, tovarish.
       —Son unos cuantos días de retraso.
     —Para los sandinistas, unos cuantos días pueden significar mucho. Estamos en guerra, camarada.
      Vicente se quedó callado. Casi toda la ayuda soviética para los sandinistas y para los salvadoreños del fmln se canalizaba a través de México. Él había tenido la idea de utilizar a Hungría como puente, diciendo que era más seguro, y se había responsabilizado de que todo saliera bien.
       —Moscú va a preferir volver a hacer todo como antes —le advirtió Olga—, y eso sólo daría la impresión de que no estás trabajando.
        Él seguía sin responder. No podía defenderse, pero había hecho todo lo posible porque el plan saliera bien. Sólo que los compañeros en México estaban acostumbrados a trabajar con los de la embajada de Yugoslavia. Desde la época de Echeverría, México había desarrollado una relación especial con ese país: era la vía más fluida para cualquier negocio con el bloque socialista. Pero por eso mismo la cia los tenía más vigilados.
        —No quiero que tengas problemas, Vicente —Olga cambió el tono: parecía sinceramente preocupada.
        —¿Qué puede pasar?
        —Ya lo sabes: que te manden a otro país.
        —¿Adónde?
        —A México no puedes regresar: eso sería enviarte al matadero. Pero pueden mandarte a Centroamérica. O a África.
        Vicente dejó escapar un suspiro. Aunque no tenía con Olga una relación de pareja —eso no era posible en un trabajo como el suyo— los unía algo más que una amistad de colegas. Sostenían relaciones sexuales desde que estaban en Cuba. Aquí mismo, en Budapest, dormían juntos una vez al mes, si era posible. La kgb seguramente lo sabía. Pero no habían dicho nada. Estarían guardando esa información para utilizarla cuando fuera necesario.
         —Llega mañana, a más tardar —repitió.
         Olga le hizo una caricia en la mano, por toda respuesta. Él prefirió cambiar la conversación:
         —Bueno, cuéntame, ¿qué tal estuvo la fiesta de la embajada brasileña?
         Olga se encogió de hombros.
         —Aburrida, como siempre.
         —¿No pasó nada interesante?
     —El cónsul de Chile llegó con una mujer nueva: una checa que iba vestida como si estuviera en el trópico. Todo el mundo habló de eso.
         —Los prejuicios burgueses del hombre socialista —ironizó Vicente.

Ya había oscurecido cuando salieron del café. Se fueron caminando por la avenida Király, hacia el estacionamiento donde Olga había dejado su automóvil.  La noche blanca resultaba seductora: la luz del alumbrado público hacía que la nieve brillara en las banquetas como si estuviese sembrada de diamantes.
         —¿Vamos a tu casa? —preguntó Olga, empezando a conducir.
         —¿No quieres ir primero a tomarte una copa?
         —Vamos. Así te cuento de mi vecino loco, que ahora ha adoptado un cuervo.
     El auto enfiló por esas calles oscuras del distrito vii, que a Vicente le resultaban perturbadoras porque no podía estar seguro de si ya las conocía, o las había soñado, o nunca había estado en ellas pero creía recordarlas. Es que eran esa clase de calles que aparecen en los sueños: abiertas como una herida, como un abismo de sombra entre edificios enfermos de cantera gris. Poca gente caminaba por ahí a esas horas y con ese frío: sólo algunos estudiantes, al parecer de la Universidad de Artes Musicales Ferenc Liszt, que llevaban sus instrumentos en estuches negros.
         —Entonces, ¿ya no te interesa saber si nuestro huésped venezolano me gusta?
           —No —mintió Vicente—. Ya no me interesa.
         —Pues por si acaso, te diré que siempre pensé que cuando lo conociera me iba a gustar. Pero no. Me desilusionó y me desagradó.
            —¿Tanto así?
            —Es un machista.
            —Como buen latinoamericano.
            —Éste sólo sabe dar órdenes.
           —Un hombre que se cree capaz de hacer una revolución él solo ha de tener su carácter. ¿Cuánto tiempo va a estar aquí?
           —Hasta que se meta en otra de sus espectaculares operaciones.
           —Dicen que no tuvo nada que ver con lo de los atletas de Israel.
         —Sí tuvo. Yo lo sé. Escuché una grabación de una de sus conversaciones con Ulrike Meinhof.
            —No me contaste nada.
            —¿Tengo que contarte todo? No eres mi jefe.
            —Bueno, ¿que decía?
            —Eso no es asunto tuyo. Basta con lo que acabo de decirte.
           La calle Akácfa, donde estaba el bar que les gustaba, se veía blanca. De suyo tan triste, tan arañada por el tiempo y la mala vida, esa angosta calle parecía de pronto vestida de inocencia. La nieve, auxiliada por el viento, trataba piadosamente de cubrir las cicatrices de los negros edificios, la sarna de las mamposterías, los ladrillos que asomaban desnudos de tanto en tanto en los muros descascarados, tal como las carnes blancas de una muchacha indigente asoman bajo la blusa en girones. Incluso los coches que se habían estacionado en las banquetas, porque la calle era tan estrecha que no había lugar debajo, lucían cubiertos con un mullido tapete blanco. Nadie andaba por ahí, excepto un borrachín que, sentado en el vano de una puerta vecina, canturreaba con una voz muy vieja: Jaj, de sokat áztam-fáztam katona koromban...: “¡Ay, cuánto padecí la lluvia y el frío cuando era soldado!”
        Estuvieron bebiendo durante un par de horas. Finalmente, después de bostezar, Olga dejó que sus labios dibujaran una sonrisa coqueta.
            —Entonces, ¿te llevo a tu casa y me das asilo político esta noche?
           —No sé —respondió Vicente, un poco tomado por sorpresa. Se había puesto melancólico pensando en el venezolano. Ese hombre había tenido el valor de llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias; él no.
            —¿No sabes?
            —Perdón. Sí. Vamos.
      De pronto se le habían venido encima sus recuerdos de México: sus años en la universidad, su militancia en un pequeño grupo revolucionario, sus ansias de cambiar el país de manera radical y violenta, las marchas, las discusiones de madrugada en apartamentos llenos de humo y cerveza y carteles del Che Guevara, de Zapata, de Lenin... cómo nunca estuvo satisfecho, nunca sintió que estuvieran andando hacia ninguna parte. Por eso finalmente, aunque muy a su pesar, los abandonó para ponerse a salvo. Y ahora ya no le importaban ni quería saber de ellos, si seguían por ahí o estaban en los campos militares. Había logrado acomodarse, sacar provecho de su buena suerte.
            —No. Si no quieres, no.
            Vicente la oía desde muy lejos. Y desde esa distancia le respondió, ausente:
            —Sí quiero —intentó hacerle una caricia, que ella rechazó.
            —Creo que se te subieron las copas, tovarish.
           Sí, pensó Vicente, también debía ser eso: estaba borracho. El alcohol lo había puesto así.
            —Sí —aceptó—. Mejor lo dejamos para otro día, tovarish.
            —¿Por lo menos quieres que te lleve?
            —Puedo irme caminando. No está lejos. Sirve de que se me baja.
          Afuera estaba nevando otra vez cuando se despidieron, junto al coche de Olga. Era casi medianoche y Budapest se había vuelto lóbrega y silenciosa. Los automóviles pasaban lentamente detrás de las máquinas que retiraban la nieve.
          Vicente se fue caminando hacia su casa. Pensativo, se perdió entre las calles oscuras. Al día siguiente llamaría para ver qué había pasado con el cargamento de los sandinistas.

lunes, abril 29, 2013

Un fragmento de la novela juvenil Operación Snake

No hay pasatiempo más vigorizante ni más saludable que el de hacer enemigos. Es una expresión de poder, un marcaje de territorio, como cuando los perros mean lo que es suyo. Equivale a decir: “De aquí no pasas, imbécil”. Los tipos duros como yo, que lo han experimentado, me entienden. Los conejitos, no. Y en esta escuela todos son conejitos y dedican el primer día de clases a conocerse, ubicar a sus posibles aliados, medir a sus posibles rivales y adelantarse a hacer las paces con ellos o empezar a segregarlos, y ver hasta dónde van a aprovecharse unos de otros... empiezan a formar grupitos y a crear estructuras de poder pretendiendo que todo es camaradería y buena onda. Y mientras tanto van por la vida sonriéndole hipócritamente al que pasa, tal como les enseñaron sus padres. Que hagan lo que quieran. No me importa. Me mantengo fiel a mis principios: todavía no termina mi primer día de clases y ya me di el lujo de ahuyentar a cinco que querían venir a untarme su amabilidad.

—Hola —me dijo el primero. No le contesté. Me limité a barrerlo con la mirada. Pero siguió adelante—. Me llamo Sebastián. ¿Y tú?
 

—Rosales —se lo dije en voz baja para que aprenda a hacer un esfuerzo de atención cuando yo hablo.
 

—Ése es tu apellido —me informó.
 

—¿De verdad? Gracias.
 

—De nada.
 

“Éste no tiene remedio”, pensé y me quedé mirándolo en espera de la aberración siguiente.
 

—¿Cuál es tu nombre? —insistió.
 

—Rosales.
 

—Ése es tu apellido —volvió a ilustrarme el peque—. Yo me llamo Sebastián Enríquez, y los profesores pueden llamarme Enríquez, pero para los cuates soy Sebastián. O Seb, si quieres.
 

—Yo soy Rosales para ti y para tus cuates —le dije, me di la vuelta y lo dejé ahí papando moscas. Me sacan ronchas los tipos sociables.
 

A mediodía fue una fulana con todo su gang la que vino a jorobarme. Había terminado la clase de filosofía, más soporífera que una tarde de hamaca en el trópico. Presintiéndolo en cuanto entré al salón, me senté en la última fila, cerca de la puerta por si debía huir antes de tiempo. El maestro —un molusco de maestro, vestido de gris como corresponde— empezó a dictar cosas que le venían a la mente sin decir agua va, como si la musa de la inspiración pedagógica lo hubiera poseído de pronto: “¿Qué sería de la humanidad sin la filosofía, jóvenes? ¿Cómo podríamos entender nuestro paso por la tierra sin la filosofía?”
 

Al principio no veía a nadie, pero, en cuanto la musa le dio un respiro, bajó la vista a los mortales: se me quedó viendo con odio porque yo era el único que no estaba apuntando lo que tosía; le devolví la mirada con una compasión infinita. El molusco no se atrevió a decirme nada. Terminó la clase, tomé mi mochila, que no había abierto, y fui el primero en salir. En un intento por olvidar la traumática experiencia, me fui a caminar por los jardines de atrás del edificio, donde la neblina parecía mantener las últimas hojas pegadas a las ramas ya casi desnudas de los castaños. Los romanos eran hijos del sol. Yo no. A mí me disgusta, me cansa, me jode la vista, me da comezón en la piel... no lo soporto. Por eso soy feliz en esta ciudad de bruma eterna que a los conejitos les parece deprimente.
 

Pues ahí fue donde sufrí el ataque. Estaba parado en el sendero que va del edificio administrativo a la cafetería, cruzado de brazos, distraído en observar cómo un cuervo martirizaba un escarabajo entre los montones de hojas secas que los trabajadores habían acomodado para llevárselas al bosque. De pronto apareció esta rubia de minifalda y suéter color de rosa con su grupito de recién adquiridas amigas. Me hicieron recordar un almohadón que me bordó mi abuela cuando era niño, que mostraba una niña holandesa con zuecos y gorro de tres picos arreando una parvada de gansos. Sólo que aquí faltaba la niña.
 

—Qué entripado le hiciste pegar al tícher de filosofía, ¿eh? ¡No supo ni cómo regañarte!
 

Me le quedé viendo a las tetas. Eso no falla para hacer que se ofendan y se larguen, normalmente. Pero con ella no resultó.
 

—Está bonita tu sudadera. ¿Me dejas ver lo que dice? —me pidió con la mayor dulzura de que era capaz.
Efectivamente tengo una sudadera, pero jamás me habían dicho que fuera bonita. Es muy simple, es negra y tiene una inscripción en letras amarillas: “Life is about kicking ass, not kissing it”.
 

—¿Sabes inglés? —le pregunté sin descruzar los brazos, esperando ofenderla con mi pregunta, ya que no la ofendí con mi mirada.
 

—¿Oíste eso? —exclamó una voz de bruja enana detrás de ella— ¡Que si sabes inglés! Mi vida...
 

—Seguramente lo habla mejor que tú —me informó otra de la parvada, una que tiene la cara llena de barros y se pinta los labios de azul como muerta por envenenamiento—. Su mamá es británica.
 

—Sé decir “amor” en diez idiomas —la gansa alfa me sonrió con tono de perdonavidas; había olvidado todo interés en mi sudadera.
 

—Búscame cuando sepas hacerlo en diez posiciones —le contesté.
 

Se largaron por fin. Alcancé a oír “Te dije que era un megapatán”, y luego las vi perderse hacia Keats, la cafetería.

viernes, enero 04, 2013

Noticias del mundo sutil

“Lo sobrenatural es muy extenso”, dice Alethia Ventura en Supernaturalia. “Sin embargo, de su vastedad apenas se sabe un poco. A diferencia del mundo natural, cuya abundante biodiversidad aún nos sorprende con maravillosos hallazgos, el estudio del mundo sutil se dificulta enormemente debido a su naturaleza etérea, totalmente esquiva a los métodos de comprobación científica”.

    Ciertamente, llama la atención el hecho de que en México, donde las culturas ancestrales dan tanta importancia a lo sobrenatural, esto casi no se haya estudiado. Hubo una época, recién “descubierto” el continente americano, cuando todo era tan nuevo que la categoría “sobrenatural” resultaba irrelevante. Para Europa todo lo americano era, literalmente, maravilloso. Había que describirlo y de eso se hicieron cargo cronistas, naturalistas y viajeros curiosos.  Juan Rodríguez El Viejo, Sebastián de Macarro y, más tarde, Francisco Javier Clavijero, por ejemplo, dan cuenta de avistamientos de misteriosos jabalíes que tenían el ombligo en el lomo. Y Francisco Hernández, en su Historia natural de la Nueva España, se deja seducir por un monstruo que inspirará, desde esa época hasta el siglo XX y tal vez después, algunas de las más perturbadoras fantasías literarias: el Ambystoma axolotl. Sí, hubo una época en que la inteligencia estaba abierta a la maravilla y, si esta época hubiera durado un poco más, tendríamos un corpus respetable de tratados, monografías y documentos de todo tipo que hablaran de aluxes y chaneques y tlahuelpuchis, y hasta se incluiría en los programas de la SEP la materia de Ciencias sobrenaturales.


    Infortunadamente, dos cosas se unieron para mutilar nuestra visión del mundo. La primera: el avance del racionalismo y el positivismo, según los cuales lo incompresible se convirtió en lo irreal. Y segundo: el triunfo ideológico del racismo novohispano y luego mexicano, que condenó las culturas ancestrales al terreno de “las supersticiones de los indios”.


    Ante este estado de cosas, sólo una obra monumental, un contundente golpe de audacia intelectual, habría podido enderezar lo torcido. Este formidable acontecimiento es  la aparición de Supernaturalia, de Norma Muñoz-Ledo: una obra que ha devuelto a la ciencia su carácter de fábula, y a la fábula su carácter de ciencia. Será que para Norma Muñoz-Ledo, como para Palinuro, el de Fernando del Paso, la ciencia no es ciencia sino arte, medida de las cosas, cosmovisión.
 

    Desde los tiempos de la Nueva España, cuando la cultura europea se hallaba apenas en el proceso de perder la inocencia, y América era un mundo que seguía descubriéndose día tras día, a cada paso que el conquistador daba a través del continente amanecido, hasta los días quizá demasiado cercanos del furor positivista, la búsqueda de una percepción verdadera de las cosas ha sido una invocación a lo fantástico, a la fábula, a la superstición. En las tierras milagrosas de las Indias Occidentales, el pensamiento científico no ha sido sino una manera distinta de hacer mitologías, de fabular. Supernaturalia invierte así la presunción de Alejo Carpentier: para el indiano que diariamente convive con fantasmas y espíritus ancestrales, con deidades guardianas de cada uno de los seres que pueblan la naturaleza, con muertos ambulantes y hálitos de desgracia que flotan invisibles en el aire, lo real maravilloso es la superstición racionalista de los europeos. Se trata de una diferencia de gestalt.

    Esta vocación científica de Supernaturalia se hace evidente en varios aspectos. Más que como un bestiario medieval, Norma Muñoz-Ledo escribió su libro siguiendo la estructura moderna de los manuales de zoología o botánica; es decir, con un formato científico propio de la más pura tradición positivista: descripción de la especie y sus subespecies, hábitat, características físicas y psicológicas, grado de peligrosidad, índice de territorialidad, etc. A esta ficha le sigue lo que es la esencia del libro: las historias, los testimonios, el entramado literario, tan fino, tan rico en matices, que la autora va tejiendo.
 

    Así desfilan ante nosotros La Llorona, Tonantzin y Metstli, la Xtabay, Nuuk, la vieja Chichima, el señor Escolopendra, duendes, aluxes y chaneques, tzitzimimes, xocoyoles, encueraditos, chamaquitos, enanos y gigantes, el bebé con dientes de fiera, la mujer serpiente, brujas y sirenas, nahuales y tlahuelpuchis, y luego fantasmas y mensajeros de la muerte, lugares encantados que son puertas dimensionales o guardan tesoros o gente que vive fuera del tiempo (a veces ciudades enteras, pueblos, iglesias, cuevas, parajes, árboles)... y hay animales sobrenaturales que se parecen a sus primos del mundo natural: burros y caballos, aves de corral, perros, el ratón de los dientes, sapos, serpientes, tecolotes, el chupacabras... en su afán enciclopédico, la autora incluye objetos aparentemente inanimados: árboles, el arcoiris, la calabaza gigante, campanas encantadas, canastas de buena suerte, piedras, sogas, varitas mágicas... y termina reviviendo uno de los temores más antiguos de la humanidad: el de las enfermedades sobrenaturales.

    “Dicen que México es el quinto país con mayor riqueza en su biodiversidad”, dice, otra vez, Alethia Ventura. “Me pregunto si, quienes afirman eso, tendrán en cuenta a la infinita variedad de vida sobrenatural que comparte el territorio con nosotros”.
 

    Con Supernaturalia, Norma Muñoz-Ledo pasa a formar parte de esos autores que, escribiendo originalmente para niños, han logrado producir una obra sin edad. La suya es, en efecto, una obra monumental cuya lectura es indispensable para todo el que quiera saber algo del mundo más allá del funcionamiento normal de nuestros atrofiados sentidos.