miércoles, mayo 21, 2014

LOS POBRES DE ESPÍRITU



Cuando vio a Sonia arreglándose, Lope recordó que era primer domingo del mes. Eran como las once de la mañana. Habían desayunado temprano y luego él volvió a acostarse pensando que ella lo seguiría después de lavar los trastes, como lo hacían otras veces. Se quedó dormido en la cama revuelta, arrullado por el ruido del fregadero, que llegaba desde lejos. En algún momento, su cuerpo echó de menos la compañía y entonces despertó. Sonia se había puesto un vestido blanco y estaba untándose gel en el pelo. Lope iba a preguntarle, pero entonces recordó: era primer domingo del mes. Sintió una leve amargura, muy en el fondo de sus pensamientos, y se sentó en la orilla de la cama. Tomó del buró sus calzones del día anterior, se los llevó a la nariz y, como le pareció no estaban tan sucios, se los volvió a poner. Con la misma pereza de ir a escoger algo al ropero terminó de vestirse.
            A través del espejo, Sonia le lanzó una mirada de reproche. Se puso los zapatos y, viendo que la cama ya estaba libre, comenzó a cambiar las sábanas. El viejo canijo llegaba a las 12 en punto a cobrarse la renta. Lope fue a peinarse al tocador aún impregnado con el olor de los menjurjes que Sonia acababa de echarse. Trató de mirarla como si nada y fue a darle un beso.
            —Nos vemos al rato —le dijo.
            Ya fuera de la vivienda, se dio prisa en bajar las escaleras y salir del edificio. No quería toparse con el casero: le parecía humillante tener que saludarlo. Una vez en la calle, compró el periódico y se alejó rápidamente de la cuadra sin pensar en ir a ningún lado. Eso se lo preguntó un poco después, cuando fue necesario decidir hacia dónde iba a seguir caminando.
            Pensó en el billar. Si fuera de tarde y entre semana, hacia allá hubiera ido. Pero los domingos se llenaba de adolescentes y a Lope le molestaban. Se sentía invadido por ellos, aunque no era viejo. Todavía no llegaba ni a los treinta. Además era guapo: tenía la barba partida y un bigote negro y grande como de bandido de película vieja. Las jovencitas que iban a jugar pool le echaban miradas, le sonreían. Él las observaba con reprobación, no sólo porque jugaban un juego de hombres, sino también porque a veces bebían cerveza mientras esperaban su turno para tirar. Un día —recordaba— una de ellas le puso en la mesa un papel que decía: “¿No quieres hacerme el amor?” Lope se ruborizó. Sus compañeros de juego se habían dado cuenta de que recibió algo y quisieron curiosear. Pero él no los dejó. Buscó con la mirada a la autora del recado. Estaba al fondo del salón: una muchacha güera, nada fea, como de dieciocho años, que lo miraba sonriendo con una cerveza en la mano. Eso fue lo que no le gustó a Lope; de no haber sido por eso habría considerado la oferta, pues qué. Pero era enemigo del alcohol y de los borrachos, y le desilusionaba que la juventud se iniciara tan pronto en ese vicio. Y más las mujeres. Así que consiguió una pluma y escribió su respuesta al otro lado de la hoja: “Señorita, usted ha bebido y tal ves luego se arrepienta de lo que dise. Si mañana que este en su juicio sigue pensando lo que dise busqueme aqui mismo sin aliento alcólico y hablaremos de eso.” Ante las miradas curiosas de sus amigos y de los amigos de la muchacha, Lope volvió a doblar la hoja y fue a dejarla en la mesa de la joven. Ella leyó el mensaje, se echó a reír y le hizo una seña obscena. Al día siguiente, Lope llegó temprano para ver si la veía, pero la muchacha no volvió a aparecer por ahí. Él suspiró con satisfacción, como si hubiera hecho una buena obra. Además de todo porque nunca le había sido infiel a Sonia. Le gustaba mirar a las mujeres y que ellas lo miraran, pero no intentaba ir más allá. Le parecían seres lejanos, ilógicos. No sabía cómo definirlas hasta el día en que vio en la televisión un documental sobre Picasso. A partir de entonces filosofaba con sus amigos: “Las mujeres son como cuadros de Picasso.”
            Dio vuelta en una esquina, hacia la periferia del barrio. Era el camino que tomaba antes, cuando trabajaba de mesero en La Negrita; el camino que aún tomaba en las noches para ir a recoger a Sonia. Lope prefirió evitarlo: se metió por otra calle, que no conocía. A media cuadra estaba llegando mucha gente, unos en coche y otros a pie. Era la iglesia. Después de tantos años de vivir en ese barrio hasta ahora se enteraba de que había una iglesia ahí. Iba a pasarse de largo, pero vio entre los fieles a una muchacha güera, alta, que llegaba del brazo de sus padres. Le pareció conocida. Antes de entrar, ella también lo miró y entonces Lope ya no tuvo duda: era la del recado en el billar.
            Entró a la iglesia detrás de ellos. Ya no había asientos libres; se quedó de pie cerca de la puerta, con la intención de poder irse pronto. La muchacha y su familia pasaron adelante. Lope quería verla bien, sólo verla. No le interesaba nada más. Cabrona hipócrita, pensó. Quién la viera con esa carita de alma de Dios. Era la primera vez en muchos años que entraba a una iglesia; ya ni siquiera recordaba cómo era la misa. Sentía que todos lo miraban y, cuando apareció el sacerdote, tuvo la intención de marcharse. Qué tal si le decía: “A ver ese señor de la playera negra, ¿es la primera vez que viene? Háganos el favor de presentarse ante todos”. Pero nadie lo miraba y comenzó a relajarse. Él sí miraba a los otros, los miraba para hacer lo que ellos hacían. Se hincaban, él se hincaba; decían una oración, él fingía decir una oración; cantaban, él hacía como que cantaba.
            La gente seguía llegando. Lope estaba fascinado: cuántas jovencitas bellas iban a misa. Como ya no había lugares, se quedaban paradas regalándole el espectáculo de sus nalgas y sus piernas. ¿Cuántas de ellas serían igual de hipócritas que la güera? ¿Cuántas saldrían de ahí sintiéndose santas y en la tarde ya iban a estar tomando cerveza o abriéndole las piernas a un hombre? Y sus madres se veían iguales a ellas. Y sus padres. Más de cuatro serían clientes de La Negrita, aunque él no reconoció a ninguno. Recordó la época cuando trabajaba ahí. Al principio estaba contento. Él y Sonia tenían pocos meses de vivir juntos y se sentían enamorados. Ella también trabajaba en La Negrita y, con el sueldo y las propinas, vivían desahogadamente. Pero luego a él comenzó a pesarle el ambiente: había demasiados borrachos. Le daba asco tener que limpiar las mesas con ceniza de cigarros y restos de bebidas derramadas. Después contrajo esa enfermedad, dizque del oído medio, que lo hacía perder el equilibrio. La primera vez fue a dar al suelo con una charola llena de vasos y botellas. De milagro no se cortó con tantos vidrios. El dueño de La Negrita le pagó los estudios médicos y, cuando supo lo que tenía, le quitó el empleo. El doctor le dijo a Lope que no podría trabajar en ningún lado hasta que lo operaran. Pero la operación era muy cara y el tiempo fue pasando. Sonia se quedó sola con el sostén de la casa; es decir, casi sola, porque Lope hacía sus negocios. Uno de los clientes de La Negrita le tenía afecto porque él no le robaba con las cuentas y, cuando ya estaba muy borracho, lo acompañaba a la calle a tomar un taxi. Resultó que era ex comandante de la policía. Él metió a Lope en el negocio de la compraventa de armas de fuego, todo clandestino por supuesto. Sus clientes eran puros tipos de aire siniestro; no le gustaban y menos aun cuando querían hacer tratos con aliento alcohólico. Lope nunca los recibía así y eso le ayudó a hacerse fama de traficante serio. En ciertas temporadas ganaba buen dinero; luego, durante meses enteros, nada. El sueldo de Sonia no alcanzaba para vivir los dos, por lo menos no como estaban acostumbrados. Comprendieron que tendrían que dejar el apartamento y buscar algo más barato, pero lo más barato se encontraba en barrios todavía más jodidos y lejos. Ahí donde vivían, La Negrita les quedaba a quince minutos a pie. Sonia no quería mudarse y tener que tomar camiones para llegar a su trabajo. Fue entonces cuando el viejo canijo, viendo su situación, le dijo: “Las mujeres tienen la chequera entre las piernas”.
            Por medio de un proyector pasaban en la pared, a la derecha del altar, el texto de la misa. Lope intentó leerlo un par de veces, pero no entendió de qué se trataba y además le pareció aburrido. Eso sí, se dijo que la iglesia era un buen lugar para ir a mirar mujeres y se hizo el propósito de volver, si no cada semana, por lo menos los domingos en que a Sonia le tocaba pagar la renta.
            Al momento del saludo de la paz, la güera se volvió a mirarlo. Lope se acercó de inmediato a darle la mano. Como no sabía qué se tenía que decir, le dijo “Hola”. Ella respondió algo entre dientes, muy breve, y apenas si lo dejó tocar su mano. Será porque viene con sus padres, pensó él. En algún lugar, arriba, el coro empezó a cantar una canción bonita y alegre mientras muchas personas desfilaban hacia el altar para tomar la comunión. Lope se preguntó si estaría obligado a tomarla él también. Algo le decía que no tenía derecho a ello. Afortunadamente, así como nadie se dio cuenta de su condición de extraño, tampoco repararon ahora en que él no comulgaba.
            Antes de salir a la calle, metió los dedos en la pila de agua bendita, más por seguir imitando a los demás que por cualquier otra cosa. Le gustó sentir el frío del agua en su frente y en su pecho. Y le gustó la simpatía con que lo miró una jovencita, tal vez tomándolo por un hombre piadoso. La güera ya había salido con sus padres. “Qué tonto fui ese día”, pensó Lope. Siquiera hubiera guardado la hoja, de recuerdo nomás.
            Cuando llegó a su casa, Sonia estaba llorando en la cama. Siempre se quedaba llorando después de que el viejo canijo se iba. A Lope le molestaba que lo hiciera: le parecía como un reproche después de todo injusto, ya que ella fue la que no había querido dejar el apartamento. En todo caso, el enojado había de ser él. Pero ahí estaba Sonia con sus lágrimas, con la cara hundida en la almohada como una adolescente que se hubiera peleado con su novio. Ni siquiera se había vestido. Ya debería acostumbrarse, pensó Lope. Total: jabón que no se gasta. No sabía qué decirle. Ella nunca quería contarle nada. La única vez que él le preguntó si el viejo le había hecho algo, le respondió enojada: “Ya sabes, ¿no?”
            Lope no quería verla así. Iba a salirse otra vez cuando ella levantó la cara.
            —¿Qué hiciste mientras? —le preguntó, gangosa de llanto.
            —Nada. Fui a la iglesia.
            —¿Pediste por mí?
            —Sí —le dijo él y se metió en la cama, a su lado, acariciándose el bigote.
            —Gracias —le contestó ella y le dio un beso impulsivo que le dejó a Lope la cara llena de lágrimas.

miércoles, abril 30, 2014

APUNTES SOBRE EL TEMA DEL HÉROE INFANTIL EN LA OBRA DE JOSÉ REVUELTAS



Trazando un mapa de la obra de José Revueltas, se notarán grandes continentes temáticos: la enajenación del hombre en el sistema capitalista, la lucha militante y sus peligros (tanto operativos como ideológicos), la condición humana en su dimensión metafísica, la condición mexicana y sus metáforas... se advierten también, en este mapa, amplias zonas atmosféricas: la fábrica, el barrio proletario, la provincia depauperizada, la cárcel, las miserables viviendas y vecindades donde son más visibles las contradicciones del ser enajenado... y una colección de personajes favoritos, muchas veces esperpénticos: el enfermo, el deforme, el sádico, el derrotado desde siempre, el militante, el padrote, la prostituta, el niño...
            El niño, en la obra de José Revueltas, es un ser en fuga, una víctima ciega y colocada tan al margen de su propio destino que ni siquiera le es permitido ese heroísmo de resistencia o de desprendimiento que Re­vueltas reserva para sus personajes adultos.
            Así tenemos a Eulalio, el hijo de La Chunca, en “Dormir en tierra”. Ni siquiera tiene conciencia de su papel protagónico en las vidas de los otros personajes. Es co­mo el refilón de la miseria de todos, un golpe de rebote de la sordidez del mundo. Y sin embargo, en virtud de es­ta misma marginalidad, es anterior a ellos: “El niño permanecía inmóvil, ahí estaba en el muelle desde hacía muchos años, desde antes de nacer, desde antes de ser un hijo de puta” (Revueltas 9, 114).
            Ni siquiera parece ganar nada con salvarse. Sobrevive, pero se trata de una sobrevivencia que sólo se explica por el dolor de otro, por la soledad y la deses­peranza de otro, y que por la misma razón no parece ser portadora sino de dolor, soledad y desesperanza. En este sentido, Eulalio es un antihéroe.
            Lo mismo sucede con los otros personajes infantiles de Revueltas. Cristóbal, de “El quebranto”, llega al re­for­matorio no para endurecerse y luchar con más fuer­zas, sino para descubrir de una vez por todas que se encuentra irremediablemente solo:
Por la puerta estrecha pintada de blanco sucio, in­clinando un poco la cabeza y con el alma llena de congoja, desapareció Cristóbal. Su chaqueta desteñida desapareció en un fugaz instante, como un ave desplegada sobre el negro definitivo y terrible de la cárcel (Revueltas 8, 71).

Los ejemplos se multiplican. Ahí están el niño huérfano de padre, de “Una mujer en la tierra”, cuyo rostro, al ser “el mismo rostro del amado”, y pesar de ser también la cifra de todo eso que puede justificar el sacrificio, se revela como el presagio de una nueva caída, de otra caí­da del cielo hacia la tierra. Y el bebé de “Preferencias” —“el angelito”—, que muere de miseria pero ante todo de soledad, porque no había nadie para cuidarlo: un niño “tan feo, tan humillado, tan pobre, un niño sin sonrisas, sin amparo, que había vivido siempre en la miseria” (Revueltas 1944, 102). Y luego el de “El hijo ton­to”: un niño de cabeza rapada y piernas temblequeantes, de ojos cegatones, “tan tonto, tan inútil, el pobrecito”...
           
Con las niñas sucede algo semejante, en algún sentido más atroz, por el contraste de otro tipo que se establece. Por lo sexual. Hay, desde luego, una idea de virtud —el terrible culto mexicano de la virtud—, pero es esta misma cualidad lo que hace a las niñas de Revueltas más victimizadas o más perversas o más crueles. Si en la novela decimonónica, en general, perderla lleva a la muerte, en la narrativa de José Revueltas vemos que la virtud, como lo sostenía San Jerónimo, es en sí misma ocasión de pecado y motivo de condenación; no es ne­cesario apartarse de ella, basta con haberla recibido de Dios. Es un don que trae la muerte. Así, en “La hermana enemiga”, la protagonista es torturada moralmente por un sacerdote que le toca los pechos, y el ser víctima la hace sentir aún más culpable.
            A otro tipo pertenece Alicia, la de “La palabra sagrada”. Para ella la virtud y su pérdida no son sino epi­sodios en una misma historia de egoísmo, manipulación y mentira. A su modo, Alicia se encuentra tan ena­jenada, tan prisionera del movimiento centrífugo de su propia realidad, como la niña inocente de “La hermana enemiga”.
            Parece que la infancia femenina, en José Revueltas, está presentada con los mismos claroscuros del realismo decimonónico. Únicamente son como el negativo fotográfico de las otras. Por eso a algunas parece necesario sacrificarlas ritualmente, ofrecerlas como una expiación bárbara, como se hace con la pequeña Bandera de Los días terrenales, o con Chonita, la de El luto humano, o con la misma víctima de “La hermana enemiga”. Resulta inte­resante observar el aspecto ritual que estos hechos aparentemente crueles presentan en Revueltas y habría que rastrearlo a nuestras antiguas tradiciones prehispánicas.
            José Revueltas tenía acceso directo a una antigua y poderosa tradición sacrificial, que incluía entre sus ofrendas niñas púberes e impúberes y que, por in­creíble que parezca, estaba aún viva en los años de El luto humano y Los días terrenales. Entre los nahuas, de todas las posibles víctimas sacrificiales, los niños son los predilectos para los dioses de la lluvia (Nájera 1987, 128). Cuando se quiere pedir agua o que el agua se reti­re, se ofrece un niño o una niña. Y la fe indígena es tan profunda que los creyentes, como el patriarca Abraham, se hallan dispuestos a ofrecer a sus hijos o sobrinos. Esto continúa tan vivo entre nosotros que el último sacrificio celebrado por motivos religiosos tuvo lugar en el año de 1967, en la localidad de Nepisté, “de­bido a una intensa sequía” (Nájera 1987, 223).
            Estos tratan de facilitar la comprensión del papel que juega la infancia en la obra de José Revueltas. Indudablemente hay una idea determinista, en el sentido de que las contradicciones del sistema pueden determinar la vida de los seres humanos desde su infancia, condenándolos ya a ser destruidos, ya a convertirse en un engrane más de la maquinaria destructiva, como Mario Cobián, el niño malo de Los errores, que se entretenía disparando con una pistola a los tinacos de agua de las azoteas vecinas, sólo para ver cómo el agua salía a chorros, a presión, como si los tinacos estuvieran orinando.
            Dice Revueltas, al final del relato “Preferencias”: “Es cuestión únicamente de guardar un gran silencio, un silencio que no tenga límites. Entonces se puede escuchar el llanto de un niño cualquiera, de un niño sin nombre. Porque siempre hay un niño que está llorando sobre la tierra”. (Revueltas 1944, 88)


Bibliografia
Escalante, Evodio. 1979. José Revueltas, una literatura del “lado moridor”. México, Ediciones Era.


Frankenthaler, Marilyn R. 1979. José Revueltas, el solitario solidario. Miami, Ediciones Universal.


Nájera, Martha Ilia. 1987. El don de la sangre en el equilibrio cósmico. El sacrificio y el au­tosacrificio sangriento entre los antiguos mayas. México, Unam, (Instituto de Investigaciones Filológicas. Centro de Estudios Mayas).


Negrín, Edith. 1999. Nocturno en que todo se oye. José Revueltas ante la crítica. México, Ediciones Era - unam.


Ramírez Garrido, Jaime. 1991, Dialéctica de lo terrenal. Ensayo sobre la obra de José Revueltas. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Fondo Editorial Tierra Adentro, Núm. 9).


Revueltas, José. Obras completas (numeradas según la edición de Editorial Era, México).

1. Los muros de agua. 1941.

2. El luto humano. 1943.

3. Los días terrenales. 1949.

4. En algún valle de lágrimas. 1956.

5. Los motivos de Caín. 1957.

6. Los errores. 1964.

7. El apando. 1969.

8. Dios en la tierra. 1944

9. Dormir en tierra. 1960.

10. Material de los sueños. 1974.

11. Las cenizas. 1981.

12. Escritos políticos 1. 1984.

13. Escritos políticos 2. 1984.

14. Escritos políticos 3.1984.

15. México 68: juventud y revolución. 1978.

16. México: una democracia bárbara.      1983.

17. Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. 1980.

18. Cuestionamientos e intenciones. 1978.

19. Ensayo sobre México. 1985.

20. Dialéctica de la conciencia. 1982.

21. El cuadrante de la soledad. 1984.

22. El conocimiento cinematográfico y sus problemas. 1981.

23. Tierra y libertad. Guión cinematográfico. 1981.

24. Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas. 1983.

25. Las evocaciones requeridas I. 1987.

26. Las evocaciones requeridas II. 1987.


Ruiz Abreu, Alvaro. 1992. José Revueltas. Los muros de la utopía. México, Cal y Arena, uam-x, 420 pp.


Sánchez Vázquez, Adolfo.1983. Estética y marxismo (dos tomos). México, Ediciones Era.


Slick, Sam L. 1983. José Revueltas. Boston, Twayne Publishers.


Torres, Vicente Francisco. 1985. Visión global de la obra literaria de José Revueltas. México, unam.

lunes, abril 14, 2014

EL JARDÍN SECRETO

(Imagen de Lucky Loser - Deviant Art)


Empezaba a oscurecer cuando Rosa llegó al callejón. Había llovido fuerte, y abajo de las banquetas el agua arrastraba basura: colillas de cigarros, un diario que alguien habría usado para cubrirse. Aún alcanzaban a leerse los encabezados: “El 90% de la ciudad está destruido. Los habitantes resisten heroicamente”.
          Era el 29 de agosto de 1942, finales de quincena y además época de lluvias. No podía esperarse que hubiera muchos clientes. Y, ciertamente, no cayó ni uno en las primeras dos horas de espera. Rosa se pasó el tiempo platicando con las otras muchachas; cuando se cansaba de estar parada, caminaba de un extremo a otro de la cuadra. Pensaba en las noticias de la guerra, que todos los días salían en el periódico: los alemanes avanzaban sobre Estalingrado. Se contaban cosas horribles de esas batallas. Pero ella se sentía contenta desde que despertó, en la mañana: había soñado que en el minúsculo jardín de su casa crecía una cuerda como un árbol, una cuerda para subir al cielo. Ella la miraba desde abajo: gruesa, limpiamente trenzada, tensa; la seguía hacia lo alto con la mirada, con todo y que el sol la deslumbraba de tan brillante, y la veía adelgazarse hasta convertirse un cabello finísimo que atravesaba el velo de las nubes y desaparecía más allá, en algún lugar. Hubiera querido guardar esa imagen como se guarda una foto, pero la hicieron olvidarla las ocupaciones del día. Y ahora aquí estaba, en el callejón, con las otras muchachas, esperando a los clientes que no venían por la lluvia o porque era a finales de quincena.
          No quería terminar en blanco la jornada y por eso, rompiendo la regla de no dar servicios fuera del hotel con el cual todas ellas tenían trato —el Papaloapan, que estaba a la vuelta de la esquina— aceptó irse con el hombre. Era un joven esmirriado, que usaba lentes de cristales muy gruesos y parecía tímido, como que le daba pena de sólo preguntar cuánto. Iba en un cochecito viejo y le dijo a Rosa que vivía ahí cerca, en la calle Mar del Norte. No era tan cerca, pero Rosa aceptó.
          —¿Cuántos años tienes? —le preguntó él cuando ya iban en camino y empezó a acariciarle la rodilla con la mano derecha, mientras conducía con la izquierda.
          —Dieciséis. ¿Y tú?
          —Veintisiete.
          No hablaron más, aunque el hombre no dejó de tocarla. Rosa se dejaba; había aprendido a desconectar su mente de las caricias. Ni siquiera se daba cuenta, entretenida en mirar cómo pasaban a los lados las tiendas todavía abiertas de la calzada de Tacuba.

Le llamó la atención que el hombre viviera entre tanta mugre: su casa estaba llena de polvo, había ropa sucia y libros regados por todas partes.
          —¿Cómo te llamas?
          —Rosa, amor. ¿Y tú?
          —Goyo.
          —¿Y en qué trabajas? —le preguntó por hacer la plática.
          —Voy a la universidad.
          —¿Te dan dinero tus padres?
          —No. Tengo una beca.
          —¿De veras? Has de ser muy inteligente entonces. ¿Y qué estudias?
          —Química —no parecía tener prisa. Se sentó junto a ella en un sofá viejo y lleno de polvo y volvió a empezar a las caricias. Tenía mal aliento: un olor raro y desagradable.
          —¿Y haces experimentos?
          —Claro. Hasta tengo mi propio laboratorio. Aquí mismo, en esta casa.
          —¿Me lo vas a enseñar? —Rosa se puso de pie.
          —Vamos —le dijo él, tomándola de la mano. La llevó a una habitación de tamaño mediano donde tenía dos mesas grandes y varios anaqueles y repisas llenos de matraces y tubos de ensayo.
          —Ahorita vengo. Voy al baño —y la dejó ahí, curioseando.
          Cuando volvió a aparecer, llevaba en la mano una cuerda que le recordó a Rosa su sueño de en la mañana.
          —¿Una cuerda para subir al cielo? —preguntó.
          —Sí —le respondió el hombre.
          Ella sonrió por última vez.