lunes, febrero 03, 2014

La Bella Sonámbula

(Imagen: "Sleeping", de Alvor - Deviant Art)




Conocí a Anton hará unos veinte años, en Praga.

          En los años 90, en las capitales de los países recién liberados del socialismo se dio un gran auge de turismo sexual. Por todas partes se abrieron prostíbulos, sex shops, bares de lap dance, locales de peep show... había para todos los gustos y presupuestos: algunos lugares eran secretos y muy exclusivos, otros se anunciaban sin reserva en el periódico, en los folletos que daban en las oficinas de turismo, en tarjetas que se distribuían en hoteles y hasta en los mapas de la ciudad. También, por supuesto, había mujeres que hacían la calle a la manera tradicional, en pequeñas plazas, callejones, puentes...
          El turismo sexual, como cualquier otra clase de turismo especializado —el gastronómico, el literario, el religioso— propicia la creación de lo que se llama “círculos”: sociedades informales. Los licenciosos, como los arqueólogos o los buscadores de casas embrujadas, traban amistad a fuerza de encontrarse en los sitios del culto. Y no sólo eso: empiezan a reconocerse a simple vista, aprenden a identificar los rasgos, los gestos, el lenguaje corporal que los distinguen del profano. Un verdadero licencioso, como un revolucionario o un catador de vinos, puede engañar a todos menos a los que son como él. A los suyos. Y de la misma manera los reconoce al instante cuando los ve, así sea en medio de una multitud. Pues esto fue lo que determinó o propició que Anton y yo nos hiciéramos amigos.
          Yo estaba de viaje en Praga, buscando ya se sabe qué, y fui a tomarme una copa al Big Sister, en aquel entonces el burdel más caro de la ciudad. Aunque lo realmente caro eran los servicios; las bebidas costaban lo mismo que en la mayoría de los bares. Pedí una cerveza de la casa y me puse a mirar alrededor. Curiosamente, no había ninguna muchacha por ahí. En cambio, sobre la barra se encontraban varias pantallas en las cuales era posible ver lo que estaba ocurriendo en las 14 habitaciones. En efecto, una de las fantasías que el Big Sister podía hacer realidad era la de convertirlo a uno en estrella porno. Las pantallas mostraban mujeres bellas, de cuerpos esculturales, en distintas fases de la relación con el cliente. La mayoría estaban ya desnudas, pero dos o tres conservaban ligueros o tangas. Los clientes —por lo menos la mitad de ellos de rasgos orientales— tenían una cara de felicidad que no podían ni querían disimular.
          Aquello era como la Disneylandia de los libertinos. Tenía una habitación llamada Heaven (los nombres estaban en inglés), que era un espacio blanco con algún detalle azul, todo mullido y encortinado en manta de cielo, listo para el encuentro con los ángeles. Su antípoda era el Hell: una caverna con estalactitas artificiales, cadenas de hierro y demás parafernalia dantesca y lámparas ocultas que simulaban el fuego de los infiernos: el lugar ideal para condenarse por la lujuria. Luego estaba el Sultan’s Harem, como sacado de Las mil y una noches, con brisas de aire caliente y perfume de jazmines. Seguía el Fetish, difícil de describir: si hubieran puesto un prostíbulo en Blade Runner habría sido como esa habitación: paredes con espejos negros, cojines cilíndricos, luces como de galería de arte. En aquella primera visita al Big Sister me pareció más simpático el Mountains, un paisaje de fotomurales alpinos, con grandes rocas artificiales y la cama encima de éstas: una mezcla de Los Picapiedra y Heidi. Seguía el Girlish World, el sueño de toda quinceañera: una alcoba rosa y blanca, con una cama enorme en forma de madreperla con las valvas abiertas. Y por último estaba el Igloo: lleno de falsos témpanos de hielo y con un enorme oso blanco de museo de historia natural al pie de la cama.
          Esas eran las habitaciones especiales. Aparte había otras más tradicionales, menos caras. Y en otras áreas del edificio había una pista de baile para los strip shows, un sauna y un relax room con cómodos sillones para sentarse a descansar, a reponer energías o a platicar con alguna de las muchachas. En el sótano se hallaba un bar más pequeño con una  piscina de cristal: una especie de tiburonera donde uno podía sentarse a tomar una copa mientras miraba cómo las chicas buceaban y retozaban desnudas en el agua.
          Ahí, en ese bar del sótano, conocí a Anton. Lo reconocí como uno de los nuestros porque, mientras los orientales y demás turistas miraban todo como niños en juguetería, él bebía y fumaba despacio, mirando hacia la tiburonera con la expresión lánguida de un dandy victoriano.
          Cuando se dio cuenta de que lo estaba observando, me reconoció a su vez como a un miembro de la hermandad aunque de menor jerarquía que él, hizo una leve inclinación de cabeza y, con fuerte acento eslavo, me preguntó en inglés:
          —¿Dónde cree usted que se concentre la belleza de esa chica, la pelirroja?
          —En el cuello —le dije, luego de pensarlo unos instantes.
          —Se equivoca —me respondió en el tono con que un maestro francmasón de muy alto grado se dirigiría a un joven aprendiz—. Está en los párpados.
          —¿En los párpados?
          —Así es. Obsérvelos: lánguidos, sutiles y al mismo tiempo grávidos, ligeramente hinchados como si acabara de despertar o tuviera fiebre.
          —Ha de ser muy bella cuando está gozando —le dije, tratando de seguir el hilo de su reflexión.
          —No —respondió, seguro de lo que decía—. Cuando está gozando ya no hay nada que esperar. Dormida —concluyó, con tono de ensoñación—. Yo la tendría siempre dormida. O drogada.
          Nuestra conversación continuó un par de horas en ese tenor. Esa es la maravilla de la belleza: que fecunda a la inteligencia y la lleva a volar en alas de la reflexión y la conversación.
          Unos días después, Anton y yo volvimos a encontrarnos, esta vez en el Darling’s. Luego cada uno siguió su camino de libertinaje en distinta dirección: él se fue a viajar por las islas del Caribe y yo me fui a Hungría. Durante varios años, nuestro contacto fue a través del correo electrónico y de ocasionales envíos hechos por mensajería. Compartíamos fotos de la más artística pornografía, libros, curiosidades fetichistas.
          Finalmente, volvimos a encontrarnos. Él me envió un mensaje electrónico invitándome a visitarlo con la promesa de mostrarme “un tesoro”. Esta palabra, escrita por un hombre que, dándole la vuelta a la frase evangélica, afirmaba estar construyendo sus tesoros en el Infierno, tenía un brillo irresistible.

Anton rentaba un piso elegante pero muy discreto cerca de la estación de Hütteldorf, en Viena. Ahí tuvo lugar el encuentro. Una mucama uruguaya, advertida de mi visita, me atendió en castellano desde que abrió la puerta. Me condujo a un salón que, como parecía ser el caso del resto del apartamento, estaba iluminado sólo con luz eléctrica. En esa penumbra y ese silencio no perturbado por los ruidos de la calle, se olvidaba fácilmente que afuera había sol.
          —El señor viene enseguida —me dijo la mucama, y desapareció al fondo de un pasillo algodonado de sombras.
          Mientras tanto, me puse a observar el espacio. Los muebles eran antiguos, de la época de Francisco José, y en los libreros, aparte de novelas licenciosas y álbumes de arte erótico, había una interesante colección de objetos de procedencia variopinta: una estatuilla hindú ilustrando una de las posiciones clásicas del sexo sagrado, una figura mexicana de barro de una pareja en el acto sexual, una Venus Afrodita de alabastro, una diosa africana de ébano, una serie de falos de piedra de alguna región mediterránea, un oxidado cinturón de castidad, algunos juguetes modernos...
          —Bienvenido a  L’Enfer —Anton apareció antes de que yo terminara de mirar sus cosas.
          Venía envuelto en una bata de baño rojo oscuro y se había teñido el pelo y el bigote para ocultar sus canas. Me recordó a Dirk Bogard en el papel de Aschenbach, en la adaptación de Visconti de Muerte en Venecia.
          Nos dimos un abrazo y un apretón de manos, y luego Anton llamó a la mucama, que nos trajo sendas tazas de espresso con su respectiva rebanada de sachertorte. Mientras se inclinaba para poner los platos en la mesa de centro, mi amigo aprovechó para meterle la mano bajo la falda y hacerle una caricia larga, soez, que pareció molestar mucho a la mujer. Sin embargo, no protestó ni hizo gesto alguno de rechazo. Sólo yo pude advertir la expresión de aborrecimiento que desfiguró su cara.
          Conversamos durante más de una hora sobre las más diversas trivialidades: viajes, descubrimientos bibliográficos y cinematográficos, hallazgos que entraban en nuestra particular especialidad...
          —Bueno —dijo él, por fin—, no te invité aquí para que me dieras una clase de literatura. Te voy a mostrar el mayor de mis tesoros, el que seguramente me dará el pase a la condenación eterna.
          Hizo sonar la campanita de plata que había llegado con los pasteles y, cuando la mucama apareció, le dijo en alemán:
          —Traiga usted a la niña, si está lista para ser presentada.
          —Está lista, señor. En un momento.
          La mujer desapareció al fondo del pasillo y en un momento, ciertamente, regresó. Llevaba del brazo a una jovencita que caminaba como enferma o ebria. No era que no pudiera sostenerse en pie ni que tropezara de una manera lastimosa; simplemente se movía como presa de una languidez invencible, pesada de debilidad o de tristeza o de voluptuosidad. Iba vestida con sólo una túnica transparente, que revelaba su cuerpo exquisitamente anémico y contrastaba con lo oscuro de su cabellera. Su piel mostraba una palidez enferma, como de azucena.
          —Puedes acercarte a ella —me dijo Anton, seguramente notando mi arrobamiento— y observarla tan cerca como quieras. Para eso te hice venir.
          Obedeciendo, me puse de pie y me acerqué a “la niña”, como la había llamado su dueño. Emanaba un sutil aroma de flores nocturnas, que me hizo confirmar lo que había pensado del color de su piel. Y entendí por qué actuaba como ebria: estaba dormida.
          —Abre los ojos, Schatzi —le ordenó Anton, tronando los dedos como un hipnotista que despierta a su paciente.
          La niña obedeció . Tenía las pupilas completamente dilatadas, tanto que era difícil apreciar el color de sus ojos: un delgado aro azul titilando débilmente tras el espejo negro, como en un eclipse de sol. Los labios semiabiertos, sedientos. Y babeaba un poco, pero no con ese efecto de fealdad un poco tierna que tienen algunas niñas idiotas, sino de una manera inequívocamente erótica, salvaje, maligna. No era una retrasada de babero y balbuceo, era la hembra de un animal de presa destilando el espeso veneno de su estro.
          —Hermosa, ¿verdad? —Anton interrumpió mi contemplación.
          No me atreví a contestarle. No estaba seguro de que le niña no entendiera el diálogo. Como si leyera mi pensamiento, Anton me explicó:
          —No oye a nadie, excepto a mí. No ve nada ni se da cuenta de nada. No habla, no pide, no reclama... sólo dos cosas sabe hacer: amarme y obedecerme.
          —¡Es bellísima! —me atreví, por fin, a decir.
          —Pero mírala bien —me dijo. Enseguida, dirigiéndose a ella, volvió a tronar los dedos y ordenó:
          —Quítate todo, Schatzi.
          La niña obedeció con la misma morosa languidez. Ver su cuerpo surgiendo de entre los pliegues de la túnica, en esa penumbra y con ese aroma de flores moribundas que despedía, me hizo pensar en una versión gótica del nacimiento de Venus.
          —¿Y bien? —me interrogó Anton cuando terminé de contemplar su tesoro. Evidentemente estaba orgulloso de él.
          —Es... es... —no se me ocurría la palabra que pudiera describir todas las emociones y todas las impresiones que la niña me había provocado— Es... increíble.
          Anton llamó a la mucama.
          —¿Señor? —acudió ella.
          Antes de decirle para qué la quería, mi amigo le dirigió una mirada que me pareció amenazante, como si ella no estuviera haciendo lo que debía hacer o hubiera el peligro de que no lo hiciera. Y la mujer le devolvió la mirada sin dejarse intimidar.
          —Vístala y llévesela —le ordenó Anton.
          —Sí, señor.
          En cuanto las dos mujeres desaparecieron, mi amigo me dio la explicación que esperaba.
          —La idea se me ocurrió en Haití. En un prostíbulo de zombis al que fui en Puerto Príncipe.
          —¿Quieres decir que ella es...? —un temor supersticioso me impidió completar la frase.
          —Una zombi. Una bella zombi. ¿No se le nota?
          —Pero... ¿cómo la sacaste del prostíbulo?
          —Amigo mío, estás demasiado perturbado como para poner atención en lo que digo. Dije que la idea se me ocurrió ahí, no que saqué a mi Schatzi de ahí.
          —¿Entonces?
          —La niña es polaca. La rescaté de un muladar de inmigrantes heroinómanos en Belfast. Ya tenía el plan y ella era exactamente lo que estaba buscando. Ya tenía contactado al boko en Puerto Príncipe. Lo llamé por teléfono, compré en línea su boleto de avión, le pagué una pequeña fortuna por hacer el trabajo y una semana después... —Anton concluyó la frase chasqueando la lengua.
          “Lo que le hiciste fue como matarla”, pensé, pero no tuve el coraje necesario para dar voz al reproche. En lugar de eso, en mi cobardía, lo justifiqué:
          —Supongo que la vida que llevaba como drogadicta sería peor que esto.
          —Así es —confirmó mi amigo, en un tono más serio, casi piadoso—. Esa vida es un infierno. Pero ya no más.
          —¿Nunca... volverá en sí?
          —Según el boko, lo único que podría devolverle la conciencia es comer sal.
          —¿Sal?
          —Sí. Una pizca de sal bastaría para destruir el efecto de las sustancias administradas por el brujo. En el prostíbulo de Puerto Príncipe se contaba una historia: una vez, un marinero llevaba en su bolsillo una bolsa de cacahuates con sal. Le ofreció de ellos a la zombi que se llevó a la cama, ella recuperó la conciencia y, cuando comprendió dónde estaba y todo lo que había pasado, se arrojó de cabeza al mar.
          No comenté ya nada. Me quedé pensando en eso y en otras historias sobre zombis que había escuchado. Y sentí que me asfixiaba en ese lugar, pero al mismo tiempo experimenté un desesperado sentimiento de haberme enamorado de “la niña”.
          —Tómate una copa —me ofreció Anton, notando mi contradictorio estado de ánimo—. Te ayudará a asentar la experiencia.
          Al día siguiente me fui de Viena. Durante los años que transcurrieron después, muchas veces volví a pensar en mi amigo y en la horrenda belleza que tenía en su casa. Deseaba y a la vez temía volver a verla. Soñaba con ella. Una noche la soñé o la vi —no lo sé— sentada en la orilla de mi cama, observándome mientras se comía a mordidas un enorme trozo de carne cruda, los labios escurriendo sangre. No baba, como aquel día en el piso de Viena, sino sangre.
          Me alejé un poco de Anton para no sentirme obligado a volver a visitarlo. Y ya no me sentía bien cuando pensaba en él. No era ninguna forma de rechazo moral; creo que lo envidiaba, que le tenía celos. Él no insistió.
          No volvimos a vernos. Lo último que supe de él fue que había muerto. Salió en el periódico. De acuerdo con el informe oficial, lo asesinó una joven que vivía con él y que se hallaba bajo el efecto de una droga desconocida. Lo apuñaló repetidamente con un cuchillo de cocina y luego se suicidó clavándose en el vientre la misma arma. Eso era todo lo que decía la nota. Lo demás me vino a la mente en una imagen clarísima: la mucama uruguaya dándole cacahuates salados a la niña, sin saber. O tal vez, por descuido, dejó un salero al alcance de ella. Y aun había una tercera posibilidad: lo hizo a propósito, para vengarse por algo de Anton.

miércoles, diciembre 18, 2013

La cigüeña


Cuadro: Sandro Botticelli, La Natividad.


Una mañana de Enero, oscura y malsana como la sombra del signo Capricornio que en esos días había extendido sus alas por sobre todo el territorio de Piero de Medici El Gotoso, nació en Florencia un niño endeble y curiosamente hediondo, que no lloró al nacer. Vio la luz en una taberna cerca del Arno, de la cual sus padres eran dueños, y desde antes que el primer dolor de parto se presentara, una cigüeña entró a la casa con el viento de los Apeninos y se paró sobre un tonel. Se veía vieja y maltratada y empezó a graznar mientras en la recámara gritaba la parturienta. Su graznido era tan triste que, para cuando el niño nació, ya se había vuelto una especie de llanto humano. Pero nadie se atrevió a espantarla; un frío de superstición había paralizado al tabernero y a sus sirvientes. La cigüeña se marchó sola cuando se fue la partera. Salió caminando detrás de ella, como un gallina mansa, y una vez en la calle levantó el vuelo.
         Así reconstruyó un cronista anónimo el nacimiento de Jacopo Ridolfi, en parte con la ayuda de testigos presenciales: un par de clientes de la taberna, una cocinera y la madre del divino loco, quien habría de sobrevivirle por varios años. Y en parte —testimonio acaso de más responsabilidad— gacias a un dibujo de Sandro Botticelli, que conoció al orate ya en la época de su predicación. Se trata de un boceto en carbón, realizado muy probablemente después del año 1500, en donde aparece la cigüeña meditando sobre un tonel de vino.
         El año 1491 la primavera volvió a retrasarse. El cielo de Florencia emblanqueció y como que se hizo líquido. Algunas aves, pocas, se abrían paso a través de él, lentas y entorpecidas, y se tenía la impresión de caminar en el fondo de un estanque, con palacios sumergidos y renacuajos que nadaban en lo alto buscando la superficie. El viento del norte descendía en oleadas ácidas.
         Aquella mañana de Cuaresma, en el atrio de Santa María del Fiore, el ingente profeta Geronimo Savonarola arrojaba un venablo a la corrupción de Florencia. Para él, había vuelto a instaurarse en el mundo la maligna civilización de las ciudades, monumentos a la soberbia y a la mercadería. En su predicación de entonces, que versaba sobre las Lamentaciones de Jeremías, Savonarola profetizaba tribulaciones inminentes. La gente lo escuchaba absorta, arrebatada por sus palabras. Funcionarios, mercaderes y esa masa cada vez más abyecta que formaba el popolo minuto, bebían las palabras del profeta como un cáliz de necesaria hiel. Entre ellos, nuestro cronista anónimo reconoció a dos figuras: una, un adolescente de dieciséis años con un prodigioso don en las manos: Miguel Ángel Buonarrotti. La otra, un joven exactamente de la misma edad, pero cuya aura no era de luz inspirada como la del primero, sino de ardor oscuro y expectante: Jacopo Ridolfi, discípulo insatisfecho del famoso Marsilio Ficcino.
         Miguel Ángel se fue pronto, pues no era muy alto y no podía ver bien al profeta. Su sensibilidad hacia las formas de la materia determinaba que no le bastase oír: su alma asía la verdad por medio de los ojos o de las manos. Pero Jacopo Ridolfi sí se quedó. A él le interesaba mucho lo que ese hombre tenía que decir. Ya lo había escuchado antes, lo había seguido. No se perdió ninguno de los diecinueve sermones sobre el Apocalipsis que Savonarola rugió en San Marcos, de Todos Santos al día de Reyes, para denunciar los vicios que estaban pudriendo a la ciudad. El profeta ejercía sobre él una fascinación vigorosa y sobre todo vitalizante: era hombre de acción, y el joven Jacopo, enclenque y avergonzado, creía en el valor de la acción. Por eso dejó al sacerdote Ficcino.
         Llegado a este punto, quiero enderezar lo que me parece una injusticia por parte del cronista. Dice éste que Marsilio Ficcino no tuvo más importancia en la vida del orate que la de determinar su adhesión a la vía de Savonarola. Por mi parte, considero que si el loco hubiera conocido a Savonarola antes de recibir enseñanza de su primer mentor, le habría tenido miedo y lo habría rechazado. Porque el espíritu de Ridolfi antes de Ficcino era tan cobarde como su cuerpo. Ya había tenido visiones (cada vez que le pasaba, el graznido de la cigüeña volvía a sonar en sus oídos) pero le habían producido temor porque no las comprendía: no eran visiones proféticas, no hablaban de lo que iba a suceder en este mundo, sino de lo que ya estaba ocurriendo en un mundo imposible. Y el cobarde Jacopo temía estar cometiendo el pecado de dejarse visitar por el Demonio. Ficcino, cuya primera audacia había consistido en afirmar que la filosofía peripatética no era scientia sino malitia, inició a su discípulo en el platonismo y en las enseñanzas de Hermes Trismegisto. Así lo infectó con el humor prometéico de la osadía de la inteligencia. Y esto, en honor de Ficcino, no es poco.
         Jacopo Ridolfi esperaba una señal para empezar su predicación, y sabía que esa señal tendría que venir de la cigüeña. Si el pájaro había llorado su nacimiento era que conocía su destino. Mientras tanto miraba con arrobo los enérgicos ademanes del viril Savonarola, y lo seguía de una iglesia a otra, de una a otra plaza, en su carrera de fuego que iba hacia el fuego. Y mientras tanto a él lo seguían dos misteriosas figuras: un cronista oscuro y un gran pintor que sabía que el loco sabía.
         La época en que Ridolfi aún no estaba autorizado a revelar sus visiones coincide con los años de más intensa predicación del profeta. Ciertamente, unos meses depués que Savonarola, en su sermón de Adviento de 1492, le advirtiera al Papa Alejandro VI sobre la inminecia del Huracán y de la venganza divina, una cigüeña negra amaneció muerta en la casa del loco. Era la señal. Jacopo Ridolfi, el orate del Arno, abandonó su casa y se fue a vivir a las calles profetizando horrores que sólo hacían sonreír a quienes lo escuchaban. Reside ahí su miseria y, tal vez, también su grandeza. Ridolfi no pasó a la azarosa vida de la historia porque no fue un hereje superdotado de novecientas tesis, como Picco della Mirandola, ni un visionario luminoso como Botticelli, ni un profeta de sangre y fuego como Geronimo Savonarola. Ridolfi no tuvo ni siquiera la tenebrosa gloria del hereje; a él nadie lo acusó, nadie lo torturó; fue simplemente, para los niños de Florencia, el pobre loco al que la cigüeña más vieja de Europa se arrepintió de haber traído.
         Lo primero que hizo fue pararse en mitad de una plaza y decir que cuatrocientos setenta y seis mundos habían existido antes que éste. Nadie se detuvo a oírlo; nadie, excepto dos figuras misteriosas, se enteró siquiera de qué hablaba. Una gentil donna hasta tuvo la insolencia de mandar una criada a que le diera de comer.
         Pasó así un año terrible, de negro pesimismo generalizado. Hasta los taberneros repetían las dos canciones que estaban de moda: De ruina mundi y De ruina ecclesiae. En Abril de 1498 comenzó el proceso contra Fray Geronimo Savonarola. Y el 23 de Mayo, según consta en las crónicas, fue ahorcado y quemado muerto en la plaza pública. Botticelli vio. El loco del Arno vio.
         Lenta, pero eficazmente, la desazón gangrenó sus fuerzas y su entusiasmo. Si Dios quería hablar por su boca, ¿a quién se dirigía? ¿Por qué no decía algo que los demás entendieran, algo que por lo menos los llevara a hacerse la pregunta de si creer o no creer? ¿Por qué lo humillaba Dios así? ¿Por qué lo había convertido en un bufón? El orate Jacopo Ridolfi comenzó a tener pesadillas donde cigüeñas negras le sacaban los ojos. Y un día, por fin, decidió rebelarse: no dejaría que nadie hablara más por su boca, sería dueño absoluto de ella.
         Esa noche se fue a buscar una taberna y bebió hasta caer dormido. Cuando despertó, estaba acostado en el suelo, entre mantas piojosas y al lado de una prostituta cuyos olores de estro casi podían masticarse. Se quedó a vivir con ella y trató de olvidar el pasado.
         Fue en ese año cuando Sandro Botticelli pintó sus cuadros más apocalípticos: La Natividad y La Crucifixión. Pero el loco del Arno nunca más abrió la boca en sentido inspirado. Lo que llegó a nosotros se conserva sólo gracias a su cronista y a algunas notas del gran pintor de los turbiones.
         Entre sus advertencias figura una, especialmente notable por la violencia con que el loco volvía y volvía a elaborarla, según la cual, durante la época que él en sus visiones llamaba del Penúltimo Ciro, la simiente de los hombres comenzaría a pudrirse. Los niños nacerían sin galladura, y las razas del mundo se dividirían en dos: las vesánicas y las despreciables, perros y cerdos, jaurías contra piaras. Y nadie tendría rostro. El loco veía enjambres de seres todos iguales entre sí, ejércitos que oscurecían los campos y las aguas y la luz del día, muchedumbres que hervían como larvas en ciudades de plomo. Pero todos eran iguales unos a otros, sin nombres.
         Después, en el tiempo que el orate llamaba ya del Último Ciro, los humanos descubrían el secreto de cómo distintos males se pasan de padres a hijos y empezaban a utilizarlo para el bien de su codicia. Y por sus iniquidades la tierra entera empezaba a calentarse como una piedra al sol y al final aparecía el jinete llamado Peste. Y el jinete llamado Peste disparaba sus flechas negras y miles de seres humanos caían presa de fiebre y sofoco, no podían respirar el aire y eran recogidos para que no esparcieran su mal. Se les quemaba en piras altas como torres y aún así el aire de su veneno seguía corriendo. Bajo la noche de su historia, una corona de fuego frío iba de un extremo a otro del cielo, señalando el radio de lo muerto.
         Entonces, de la sima de la hembra más envilecida salía un ángel. No nacía niño sino hombre. Las piernas de la ramera se abrían hasta descoyuntarse para dar a luz un animal de sangre negra y piel resbalosa como de pez, sordo y mudo, y que tenía los ojos iguales a los de Dios Padre: blancos. Avanzaba por los desiertos sin vida de las naciones, apagando con sus manos quemadas las estrellas.
         El ángel que vendría a hacer justicia llegaría por el cielo, volando con lumbre. A la vista de la ciudad que no tendría fronteras, daría nueve vueltas en torno de una espira y de lo alto le llegarían indicaciones, inaudibles para todas las creaturas, sobre cómo y en qué momento descender. Desde su carro de fuego el ángel contemplaría esa ciudad inmensa que imperaba sobre la noche, más rutilante que el cofre de un usurero favorito del Demonio. Y tendría un momento de tristeza por lo que iba a hacer.
         Ya en la tierra, el loco lo veía correr desnudo, con el aguijón desenvainado, sobre largos caminos aéreos como listones de plata, entre árboles rectos y blanqueados que no tenían hojas ni daban frutos sino una luz helada y necrofílica. El ángel seguía su carrera a lo largo de una valla de palacios que no terminaba; unos eran bermejos, otros parecían hechos de vidrio, otros se veían deformes como ruinas de bárbaros, otros más tenían en sus muros figuras gigantescas que poseían movimiento.
         Así se abría paso hasta las bóvedas de los mercaderes y las cunas de sus hijos, hasta los guettos de los infectados con el mal de Sidón, hasta los baños donde echaban sus abortos las falsas vírgenes. Así pintó con sangre los umbrales de las puertas.

Una clave le faltaba al loco, que murió privado de fe y sin comprender lo que había visto. La recibió la noche de su borrachera, pero no quiso tomarla en serio y dejó pasar el tiempo. Hasta que la cigüeña llegó a graznar en la cabecera de la cama de su mujer.
         Jacopo Ridolfi se emasculó al día siguiente de saber que había puesto en la entraña de su concubina un hijo de Satán. Y murió desangrado como un perro, sin gloria y sin hoguera.

jueves, diciembre 05, 2013

Hotel Pánuco



Foto: La Jornada

—Tengo sed.
            —Sí. A mí también me dio.
            —¿Quieres que te suba algo?
            —¿Vas a bajar? ¿Por qué no llamas a la recepción y que nos suban un refresco?
            —A estas horas sólo hay una persona atendiendo. No va a querer subir.
            —¿Qué hora es?
            —Las dos de la mañana.
            —Qué rápido se fue el tiempo. ¿A qué hora llegamos?
            —Antes de las 12.
            —¿Ya te quieres ir? ¿Por qué te estás vistiendo?
            —Tengo sed. ¿Puedo encender la luz?
            —¿Vas a regresar?
            —Sí. Sólo voy por una coca. ¿Quieres una para ti?
            —No tienes que bajar hasta la recepción por ella. Aquí en este piso, junto al elevador, hay una máquina.
            —No sirve. Todo está al tiempo.
            —Voy contigo. Creo que ya se me bajó la borrachera.
            —No. Voy yo solo. Tú quédate a descansar. ¿Quieres que te traiga algo?
            —Una botella de agua, por favor.
            —Ahorita subo. No me tardo.
            —Espera.
            —¿Qué?
            —No te había visto bien. Me gusta tu cuerpo.
            —Y a mí el tuyo.
            —¿De verdad? ¿A pesar de que casi no tengo tetas?
            —Me gustan así: pequeñas.
            —Yo... Nunca me había sentido tan bien con un hombre. Fue muy bonito. Eres tan tierno...
            —A m también me gustó.
            —Entonces ven. Vamos a volver a hacerlo.
            —Ahorita que regrese. Tengo sed.
            —¿Te gustaron mis nalgas?
            —Sí.
            —¿Y mi sexo?
            —Sí.
            —A mí me gustó el tuyo. Es como tú: suave y cálido.
            —No me conoces.
            —Mira: ya se está despertando otra vez.
            —Voy por una coca.
            —Espera... tengo miedo.
            —¿De qué?
            —De que te vayas y ya no regreses.
            —¿Por qué crees que haría eso?
            —No sé, es un presentimiento. Como no te costé ningún trabajo... tal vez pienses que así soy con cualquiera. O que cada vez que me tomo una copa hago lo mismo. Pero te juro que no.
            —No pienso eso.
            —¿Qué piensas entonces?
            —No pienso nada.
            —¿Qué piensas de mí?
            —Nada.
            —¿No piensas nada? No te creo.
            —Dame mi camisa. Voy por un refresco.
            —...
            —Si quieres te dejo mi cartera y mi reloj para que veas que no voy a irme.
            —Siéntate tantito y luego vas. Mira mi sexo. Tócalo.
            —...
            —Una vez me hicieron eso.
            —¿Qué?
            —Un tipo al que conocí en un bar me llevó a un hotel de paso, como éste al que tú me trajiste. Me cogió y luego, en cuanto me sintió dormida, se fue y me dejó sola, sin dinero y sin manera de regresar a mi casa a esas horas.
            —¿Te robó?
            —No. Pero yo me había gastado en el bar todo lo que tenía y él me había dicho que me iba a ir a dejar.
            —¿Vives con tus padres?
            —Con mi madre.
            —Ahorita vengo.
            —...
            —¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
            —Es que nadie me toma en serio. ¿Tú crees que alguien pueda enamorarse de mí?
            —Yo creo que sí. No eres fea.
            —¿Tú no te quieres enamorar de mí? No, ¿verdad?
            —Apenas te conozco.
            —Eso quiere decir que no. El enamoramiento no se da con el tiempo. Nace al conocerse o no nace nunca.
            —...
            —¿Eres estudiante?
            —Sí. Estudio ingeniería en sistemas. ¿Y tú?
            —Acabo de terminar la prepa. ¿Vives con tus padres?
            —Vivo en una casa de estudiantes. Mi familia está en Ciudad Mante. ¿Conoces?
            —No. ¿Me vas a invitar? ¿Me vas a presentar a tu familia como tu novia?
            —No sé.
            —No soy la clase de mujer que una madre provinciana quiere para su hijo, ¿verdad?
            —Me gustaría volver a verte, conocerte más.
            —¿Ya no tienes sed?
            —Sí.
            —Pues vete por tu refresco, ándale. Te urgía mucho.
            —Sí.
            —¿Por qué hice esto? ¿Por qué, chingada madre?
            —¿Qué cosa?
            —¡Vete por tu refresco!
            —Ahorita vengo.
            —...
            —Ahorita vengo.
            —No. Ya no regreses.
            —¿Qué te pasa?
            —No regreses. No quiero volver a verte.
            —¿Estás loca?
            —Quiero estar sola, ¿no me entiendes?
            —Pero hace ratito...
            —Hace ratito tena ganas de hacer el amor. Ya no. No quiero que te sientas comprometido. No me interesa atrapar a nadie.
            —¿Qué te pasa?
            —Ya vete, por favor. Me quiero dormir, ¿no lo entiendes?
            —...
            —¿Qué haces ahí, parado? ¿Qué esperas? Tenías mucha sed, ¿no?
            —¿Me estás corriendo?
            —¿Hasta ahorita te das cuenta? Claro que te estoy corriendo. Lárgate.
            —Estás loca.
            —Lárgate ya, por favor. Ya nos usamos uno al otro, ¿no? ¿Qué más?
            —...
            —¿Qué más?
            —Ya me voy... pinche vieja loca.
            —...
            —Ahí te dejo cien pesos para que te regreses a tu pinche casa. Es lo que cobran las de la Merced.
            —Gástatelos en tu refresco. Tenías mucha sed, ¿no?




Del libro Los pobres de espíritu. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004.