miércoles, febrero 17, 2010

Para qué sirven los talleres literarios

Un taller es en primer lugar para aprender. Uno debe llegar a él con una actitud abierta y amable hacia el maestro y hacia los compañeros, dispuesto a dejarse enriquecer por los distintos conocimientos y experiencias que cada uno puede aportar. Llegar pensando desde el principio que son estúpidos y que uno está por encima de ellos (ya porque tiene más formación literaria, ya porque es un genio) es algo tan estéril como leer un cuento de hadas pensando que sólo un idiota creería que una gorda va a volar a través de los aires y a convertir una calabaza en carroza.

Cierto: en la mayoría de los talleres llega a haber una o varias personas ingenuas, cuyas ideas sobre el oficio de escritor pueden resultarnos ridículas, pasadas de moda, sentimentales, moralistas, provincianas, etcétera. Pero lo que llamamos “valores literarios” depende en gran medida del gusto de una época. Cuando yo iba a talleres de poesía, a finales de los años setenta, principios de los ochenta, la influencia de Octavio Paz era tan grande que cualquiera que escribiese apartándose de sus ideas estaba condenado al aislamiento. Y recuerdo a un compañero cuyo talento se basaba en ser un buen lector; escribía mezclando muy bien los recursos poéticos de los autores de moda, y eso lo hizo creerse con el derecho de menospreciar a los anticuados que seguían escribiendo con métrica y rima. Como además había tomado algunos cursos en la Facultad de Filosofía y Letras, era capaz de defender sus argumentos con bastante retórica. Han pasado treinta años: ya nadie se acuerda de él; en cambio, algunos de los que escribían “mal” aprendieron lo que debían aprender y siguen trabajando y publicando. Así que es mejor no asumir nada y no llegar al taller a demostrar cuánto sabe uno, sino a tratar de aprender de todos. Si en las primeras clases uno se siente muy por encima del nivel general y se aburre, siempre es posible abandonar el grupo y esperarse a encontrar uno más adecuado. Pero en paz.

No es útil emplear adjetivos cuando comentamos la obra de nuestros compañeros. En la crítica inteligente sirven los argumentos, no los adjetivos. Los adjetivos son el recurso favorito de las mafias para poner en un pedestal a sus caudillos y defenestrar a sus enemigos. No empecemos desde la cuna, que es el taller. En lugar de decir que un texto es “interesante” hay que explicar qué cualidades lo hacen así.

Es común la idea de que la personalidad del maestro va a determinar la dinámica y la atmósfera del taller. Y que un buen maestro ofrecerá siempre un buen taller, como uno malo tendrá grupos malos. Y es verdad que el maestro influye mucho, pero no lo es todo. La prueba es que él mismo llega a tener talleres muy diferentes. Alumnos intransigentes o negativos, o un grupo demasiado heterogéneo o demasiado distraído pueden neutralizar los esfuerzos de un buen maestro. De igual manera, una grupo de personas entusiastas, receptivas y creativas pueden hacer un buen taller aunque el maestro no sea bueno. Un taller fecundo, constructivo es una coincidencia de personalidades capaces de conectarse en armonía y sin apartarse del objetivo común. A veces se da esta coincidencia, a veces no. Depende de muchas cosas, de muchos azares, y no es fácil hacer predicciones al respecto. Un grupo muy homogéneo en cuanto a edad, nivel intelectual y clase social puede resultar un club tan divertido que ya no funciona como taller: los alumnos le dan más importancia al chisme y al encuentro social que al trabajo serio, además de que los comentarios se vuelven predecibles muy pronto y los elogios mutuos dan la tónica. Por otra parte, en un grupo demasiado heterogéneo puede resultar difícil encontrar referentes comunes y que un alumno cualquiera logre entender lo que otro, muy diferente a él, desea expresar. En un taller intensivo, de semanas o meses, el primer caso es preferible; en un taller de años, el segundo es el menos malo: una vez superados los problemas de comunicación, una vez que se ha logrado hallar un lenguaje común, estos talleres suelen ser los más productivos. Claro, siempre es posible encontrar la tercera opción, la mejor: un taller donde diferencias y semejanzas (tanto entre los alumnos entre sí como entre ellos y el maestro) se equilibran perfectamente, y todo el mundo quiere aprender y todo el mundo quiere ayudar a que otros aprendan, y se critica lo que hay que criticar y se elogia lo que es digno de elogio y no más.

Entonces, dar con los compañeros adecuados es tan importante como dar con el maestro adecuado. En relación con éste, siempre es útil conocer su obra, pero es mejor no dejarse guiar por ella. Hay escritores brillantes que no son buenos maestros, como hay talentos modestos que tienen el don de ayudar a otros a crecer. Es como en el box: el mejor maestro no es el que golpea más duro, es el que sabe cómo enseñarnos a golpear duro.

Algo curioso que ocurre con los talleres —y tardé muchos años en darme cuenta de esto— es que a veces el grupo funciona tan bien que se crea una dinámica muy positiva y ésta se manifiesta como una epidemia de éxito. Arriesgándome a decir algo inexacto, hay talleres que dan buena suerte. Los alumnos empiezan a publicar lo que escriben, encuentran las puertas abiertas. No sé cómo explicarlo, pero a veces sucede.

Un taller es para aprender, dije al principio; ésta es su función más obvia, pero no la única. Mencionaré otra: un taller es para ponerse a escribir. Hay personas que ya tienen cierto oficio, autocrítica; ya no necesitan tanto los comentarios de sus compañeros. Pero no tienen disciplina y sólo a lo largo de varios meses logran dar forma a unas cuantas páginas. El taller les sirve porque los presiona a trabajar, porque les inyecta creatividad o los hace salir de sus bloqueos creativos. Ésta también es una de las funciones, y es buena.

Otra más: el taller es para sondear la posible recepción de lo que uno escribe. Un taller es un microcosmos del gran público lector (críticos incluidos). Si uno o varios compañeros nos entienden mal o no nos entienden en absoluto, es probable que suceda lo mismo cuando publiquemos la obra, sólo que entonces no tendremos la oportunidad de cambiar nada ni de defendernos en ninguna forma. Claro, no se trata de hacer concesiones nada más porque sí, ni a los compañeros ni al maestro. Uno debe escuchar con respeto todo lo que se dice y al final quedarse con lo que pueda ser útil. Lo mismo hará después con las críticas impresas. Es decir que el taller también puede cumplir con la tarea de formar nuestro carácter, si aún estamos en edad de que esto suceda. Porque nos enseña equilibrio entre humildad y seguridad en nosotros mismos. Y nos enseña —otra vez la analogía con el box— a dar y a recibir golpes con espíritu deportivo, y a entender que un round no determina toda la pelea, como una pelea no determina toda la carrera. Nos enseña a ver por qué lado debemos protegernos más, dónde somos más débiles, cuáles son nuestros golpes fuertes y cuáles necesitamos practicar (hay quienes son muy buenos para los diálogos, pero les falla la pluma en las descripciones, por ejemplo). Nos enseña que el que se queda quieto, pierde.

Y otra función más: el taller es para conocer gente. Grandes y perdurables amistades literarias han empezado en un taller. Grandes romances también. Pero quienes van sólo en busca de eso suelen estorbar el trabajo de los demás, le caen mal al grupo y al maestro y al final no encuentran ni amistad ni romance ni aprenden nada. Es mejor llegar con una actitud abierta a todas las posibilidades, recibir todo lo que cada taller tiene para darnos. Quién sabe cuál será, al final, la cereza que corone el pastel.

22 comentarios:

Paulina dijo...

Siempre me da mucho gusto leer los textos que publicas en tu blog, pero en esta ocasión me siento especialmente identificada, sobre todo con el tipo de aspirantes a escritor indisciplinados. Espero poder volver a participar en uno de tus talleres cuando nos visites por acá.
Un abrazo,
Paulina

Agustin dijo...

Gracias, Paulina. Ya estaremos en contacto.

Anónimo dijo...

querido Agustin, es un gusto saber de tí a través de tus textos. A propósito de talleres deberiamos ir pensando en algo para el verano próximo en la Escuela de Artes...
Un abrazo

Nydia

josé manuel ortiz soto dijo...

Saludos, Agustín. Ya tuve la fortuna de estar en un par de talleres contigo y me identifico con el análisis que haces. Sin embargo, por ilógico que parezca, muchas veces no tenemos clara la idea de lo que es un taller literario y aquello se convierte en todo lo que dices. Antes de comenzar cualquier taller se debiera leer un texto introductorio como el que nos has hecho llegar. Después de leerlo, no se aceptan reclamaciones.

Alejandro Ramírez Romero dijo...

Muy acertadas las reflexiones compartidas. Sólo alguien que ha sido alumno y maestro tiene una visión tan clara de lo que es y no es un taller literario. Saludos.

Agustin dijo...

Pues tú dirás, querida Nydia. Voy a estar allá desde principios de junio hasta finales de agosto. Un abrazo también para ti.

Agustin dijo...

Saludos también para ti, José Manuel. Y gracias por el comentario.

Agustin dijo...

Gracias, Alejandro. Saludos.

Mastodonte dijo...

La experiencia del taller es única. Involucrarse en un taller es un ejercicio de confrontación: el taller te confronta contigo mismo. Además puede contribuir, asimismo, a convertirte en una persona crítica, no sólo con tus propios trabajos, sino también con los de los demás. Aprendes a escuchar y a afinar tus sentidos para poder externarlos críticamente. Así, se alimenta la obra del prójimo tanto como la tuya a través de los comentarios. Yo no puedo más que hablar bien de los talleres. Gracias por el texto, Cadena.

Agustin dijo...

Gracias a ti, Efraín, por visitar este espacio.

Tarántula dijo...

Hola Agustín, pues creo que al tener la suerte de haber estado en un taller contigo, puedo identificar y recordar aquellas entrañables tardes cumanesas en las cuales escribimos apresuradamente.

Ahora soy una indisciplinada total, debería ir a un taller para ver si se reforman mis ánimos y mi espíritu creativo ¿conoces a alguno de oídas aquí en Madrid?

Un saludo enorme.

Agustin dijo...

María Inés: Yo también tengo muy buenos recuerdos de esas tardes en Cumaná. Ahora mismo se me ha escapado un suspiro de nostalgia. No sé de ningún taller en Madrid, ni en España. Salud para ti.

sombraluna dijo...

Agustín: Gracias por compartir tu reflexión y análisis sobre los talleres, me han dado luz sobre algunos aspectos que no terminaba por entender. Si me lo permites los voy a compartir con mis compañeros los nuevos y los viejos, seguramente a algunos le evitará sentirse fuera de lugar como yo me sentí (y a veces todavía me siento)cuando busco y asisto a ellos. Un beso y ojalá te veamos este año por estas tierras. Verónica Gordillo

Makiavelo dijo...

Muy bueno y necesario este post, que me sirve de recordatorio.
Un compañero que tuve, siempre me hizo hincapié en lo umilde que debemos ser siempre.

Mencionas a un tipo de gallo que siempre anhela destacar, ya sea en talleres literaios o en otros de difente índole.

Nunca me cansaré de aprender.

Saludos.

Agustin dijo...

Gracias ti, Verónica, y qué bueno que estas notas puedan servirles de algo a ti y a tus compañeros.

Yo también espero que este año vuelvan a invitarme por allá. Besos para ti.

Agustin dijo...

Gracias, Makiavelo. Saludos también para ti.

Rubí V. dijo...

Recuerdo que en un curso comentaste que no dijeramos que "algo" es bonito, sino que hablaramos de ese algo de tal manera que a quien nos escuchara le pareciera "bonito". Y desde entonces lo he tenido presente, pero muchas veces me dejo llevar por la emociòn y caigo en los adjetivos otra vez. Y por ejemplo, cuando escucho comentarios como "la historia está muy bonita" o "es muy interesante",y cuando me sorprendo diciéndolo en algún momento, no puedo dejar de pensar que ya sea por flojera o por ignorancia,se que realmente no están, o no estoy haciendo un comentario. Ahora al leerte se me acomodaron algunas ideas, como en aquel curso en el que ya en marcha hasta disfrutaba tu manera de ponernos en nuestro lugar, desde entonces con ese espíritu deportivo del que hablas. Y que muchas veces agradecí los malos comentarios, tanto los mios como los de los compañeros, pues me encantaba terminar la clase escuchándote y enamorándome con tu discurso.
Te mando un abrazote.

Agustin dijo...

Rubí: Me gustaría tanto volver a aquel salón de clases, a aquellos días. Gracias.

ana maria parente dijo...

En mi caso vengo a ser un tiranosaurus rex entre las charlas de cafè y los talleres.
Casualmente vengo de otro blog donde se habìa publicado una poesìa de Benedetti.
Les contaba que en una oportunidad pasé una noche literaria -cuidadito con pensar mal-conversando con BENEDETTI en el comedor de un hotel de PARANA.
Tambièn les relataba que ,por razòn de que mi madre conocìa al nieto de JOSE HERNANDEZ(AUTOR DEL POEMA MARTIN FIERRO QUE ES EL NACIONAL ARGENTINO)trabé conversaciòn con JORGE LUIS BORGES e incluso tuve el honor de presentàrselo a mis padres.Mi señora madre a su vez le presentò a los nietos de JOSE HERNANDEZ.
Esa tarde departimos -y el nos diò clase de historia argentina-hasta llegar pasada la media noche.
Mi padre era amigo de varios escritores argentinos, entre ellos SABATO ,ASÍ QUE YO "CALLADITA"ESCUCHABA LO QUE DECIAN.
Un camarada digamos que era de mi provincia y adquiriò relieve en paises "detrás de la llamada cortina de hierro" o sea Juan L Ortiz me juzgaba mis primeros versitos"como se decìa antes".

Agustin dijo...

Ana María: Qué fortuna haber conocido a esas figuras tan grandes.

Nati Alpire dijo...

Yo estoy por comenzar uno el lunes, por fin me anime, gracias por los consejos.

Agustin dijo...

Suerte, Nati. Y gracias a usted, por la visita.