miércoles, diciembre 18, 2013

La cigüeña


Cuadro: Sandro Botticelli, La Natividad.

Una mañana de Enero, oscura y malsana como la sombra del signo Capricornio que en esos días había extendido sus alas por sobre todo el territorio de Piero de Medici El Gotoso, nació en Florencia un niño endeble y curiosamente hediondo, que no lloró al nacer. Vio la luz en una taberna cerca del Arno, de la cual sus padres eran dueños, y desde antes que el primer dolor de parto se presentara, una cigüeña entró a la casa con el viento de los Apeninos y se paró sobre un tonel. Se veía vieja y maltratada y empezó a graznar mientras en la recámara gritaba la parturienta. Su graznido era tan triste que, para cuando el niño nació, ya se había vuelto una especie de llanto humano. Pero nadie se atrevió a espantarla; un frío de superstición había paralizado al tabernero y a sus sirvientes. La cigüeña se marchó sola cuando se fue la partera. Salió caminando detrás de ella, como un gallina mansa, y una vez en la calle levantó el vuelo.
            Así reconstruyó un cronista anónimo el nacimiento de Jacopo Ridolfi, en parte con la ayuda de testigos presenciales: un par de clientes de la taberna, una cocinera y la madre del divino loco, quien habría de sobrevivirle por varios años. Y en parte —testimonio acaso de más responsabilidad— gracias a un dibujo de Sandro Botticelli, que conoció al orate ya en la época de su predicación. Se trata de un boceto en carbón, realizado muy probablemente después del año 1500, en donde aparece la cigüeña meditando sobre un tonel de vino.
            El año 1491 la primavera volvió a retrasarse. El cielo de Florencia emblanqueció y como que se hizo líquido. Algunas aves, pocas, se abrían paso a través de él, lentas y entorpecidas, y se tenía la impresión de caminar en el fondo de un estanque, con palacios sumergidos y renacuajos que nadaban en lo alto buscando la superficie. El viento del norte descendía en oleadas ácidas.
            Aquella mañana de Cuaresma, en el atrio de Santa María del Fiore, el ingente profeta Geronimo Savonarola arrojaba un venablo a la corrupción de Florencia. Para él, había vuelto a instaurarse en el mundo la maligna civilización de las ciudades, monumentos a la soberbia y a la mercadería. En su predicación de entonces, que versaba sobre las Lamentaciones de Jeremías, Savonarola profetizaba tribulaciones inminentes. La gente lo escuchaba absorta, arrebatada por sus palabras. Funcionarios, mercaderes y esa masa cada vez más abyecta que formaba el popolo minuto, bebían las palabras del profeta como un cáliz de necesaria hiel. Entre ellos, nuestro cronista anónimo reconoció a dos figuras: una, un adolescente de dieciséis años con un prodigioso don en las manos: Miguel Ángel Buonarrotti. La otra, un joven exactamente de la misma edad, pero cuya aura no era de luz inspirada como la del primero, sino de ardor oscuro y expectante: Jacopo Ridolfi, discípulo insatisfecho del famoso Marsilio Ficcino.
            Miguel Ángel se fue pronto, pues no era muy alto y no podía ver bien al profeta. Su sensibilidad hacia las formas de la materia determinaba que no le bastase oír: su alma asía la verdad por medio de los ojos o de las manos. Pero Jacopo Ridolfi sí se quedó. A él le interesaba mucho lo que ese hombre tenía que decir. Ya lo había escuchado antes, lo había seguido. No se perdió ninguno de los diecinueve sermones sobre el Apocalipsis que Savonarola rugió en San Marcos, de Todos Santos al día de Reyes, para denunciar los vicios que estaban pudriendo a la ciudad. El profeta ejercía sobre él una fascinación vigorosa y sobre todo vitalizante: era hombre de acción, y el joven Jacopo, enclenque y avergonzado, creía en el valor de la acción. Por eso dejó al sacerdote Ficcino.
            Llegado a este punto, quiero enderezar lo que me parece una injusticia por parte del cronista. Dice éste que Marsilio Ficcino no tuvo más importancia en la vida del orate que la de determinar su adhesión a la vía de Savonarola. Por mi parte, considero que si el loco hubiera conocido a Savonarola antes de recibir enseñanza de su primer mentor, le habría tenido miedo y lo habría rechazado. Porque el espíritu de Ridolfi antes de Ficcino era tan cobarde como su cuerpo. Ya había tenido visiones (cada vez que le pasaba, el graznido de la cigüeña volvía a sonar en sus oídos) pero le habían producido temor porque no las comprendía: no eran visiones proféticas, no hablaban de lo que iba a suceder en este mundo, sino de lo que ya estaba ocurriendo en un mundo imposible. Y el cobarde Jacopo temía estar cometiendo el pecado de dejarse visitar por el Demonio. Ficcino, cuya primera audacia había consistido en afirmar que la filosofía peripatética no era scientia sino malitia, inició a su discípulo en el platonismo y en las enseñanzas de Hermes Trismegisto. Así lo infectó con el humor prometéico de la osadía de la inteligencia. Y esto, en honor de Ficcino, no es poco.
            Jacopo Ridolfi esperaba una señal para empezar su predicación, y sabía que esa señal tendría que venir de la cigüeña. Si el pájaro había llorado su nacimiento era que conocía su destino. Mientras tanto miraba con arrobo los enérgicos ademanes del viril Savonarola, y lo seguía de una iglesia a otra, de una a otra plaza, en su carrera de fuego que iba hacia el fuego. Y mientras tanto a él lo seguían dos misteriosas figuras: un cronista oscuro y un gran pintor que sabía que el loco sabía.
            La época en que Ridolfi aún no estaba autorizado a revelar sus visiones coincide con los años de más intensa predicación del profeta. Ciertamente, unos meses depués que Savonarola, en su sermón de Adviento de 1492, le advirtiera al Papa Alejandro VI sobre la inminecia del Huracán y de la venganza divina, una cigüeña negra amaneció muerta en la casa del loco. Era la señal. Jacopo Ridolfi, el orate del Arno, abandonó su casa y se fue a vivir a las calles profetizando horrores que sólo hacían sonreír a quienes lo escuchaban. Reside ahí su miseria y, tal vez, también su grandeza. Ridolfi no pasó a la azarosa vida de la historia porque no fue un hereje superdotado de novecientas tesis, como Picco della Mirandola, ni un visionario luminoso como Botticelli, ni un profeta de sangre y fuego como Geronimo Savonarola. Ridolfi no tuvo ni siquiera la tenebrosa gloria del hereje; a él nadie lo acusó, nadie lo torturó; fue simplemente, para los niños de Florencia, el pobre loco al que la cigüeña más vieja de Europa se arrepintió de haber traído.
            Lo primero que hizo fue pararse en mitad de una plaza y decir que cuatrocientos setenta y seis mundos habían existido antes que éste. Nadie se detuvo a oírlo; nadie, excepto dos figuras misteriosas, se enteró siquiera de qué hablaba. Una gentil donna hasta tuvo la insolencia de mandar una criada a que le diera de comer.
            Pasó así un año terrible, de negro pesimismo generalizado. Hasta los taberneros repetían las dos canciones que estaban de moda: De ruina mundi y De ruina ecclesiae. En Abril de 1498 comenzó el proceso contra Fray Geronimo Savonarola. Y el 23 de Mayo, según consta en las crónicas, fue ahorcado y quemado muerto en la plaza pública. Botticelli vio. El loco del Arno vio.
            Lenta, pero eficazmente, la desazón gangrenó sus fuerzas y su entusiasmo. Si Dios quería hablar por su boca, ¿a quién se dirigía? ¿Por qué no decía algo que los demás entendieran, algo que por lo menos los llevara a hacerse la pregunta de si creer o no creer? ¿Por qué lo humillaba Dios así? ¿Por qué lo había convertido en un bufón? El orate Jacopo Ridolfi comenzó a tener pesadillas donde cigüeñas negras le sacaban los ojos. Y un día, por fin, decidió rebelarse: no dejaría que nadie hablara más por su boca, sería dueño absoluto de ella.
            Esa noche se fue a buscar una taberna y bebió hasta caer dormido. Cuando despertó, estaba acostado en el suelo, entre mantas piojosas y al lado de una prostituta cuyos olores de estro casi podían masticarse. Se quedó a vivir con ella y trató de olvidar el pasado.
            Fue en ese año cuando Sandro Botticelli pintó sus cuadros más apocalípticos: La Natividad y La Crucifixión. Pero el loco del Arno nunca más abrió la boca en sentido inspirado. Lo que llegó a nosotros se conserva sólo gracias a su cronista y a algunas notas del gran pintor de los turbiones.
            Entre sus advertencias figura una, especialmente notable por la violencia con que el loco volvía y volvía a elaborarla, según la cual, durante la época que él en sus visiones llamaba del Penúltimo Ciro, la simiente de los hombres comenzaría a pudrirse. Los niños nacerían sin galladura, y las razas del mundo se dividirían en dos: las vesánicas y las despreciables, perros y cerdos, jaurías contra piaras. Y nadie tendría rostro. El loco veía enjambres de seres todos iguales entre sí, ejércitos que oscurecían los campos y las aguas y la luz del día, muchedumbres que hervían como larvas en ciudades de plomo. Pero todos eran iguales unos a otros, sin nombres.
            Después, en el tiempo que el orate llamaba ya del Último Ciro, los humanos construían escaleras altísimas para asaltar los templos que ellos mismos habían levantado y derribar a sus viejos ídolos. Los pendones caían al suelo y nadie siquiera los pisoteaba. Los que habían luchado por alguno de ellos, los que habían sido perros o cerdos enfermos de rabia, ahora danzaban cogidos de las manos sobre sus propios excrementos y los de sus enemigos. Ocupados en la celebración de esa despreciable paz sin gloria, se habían olvidado de vigilar. Bajo la noche de su historia, una corona de fuego frío iba de un extremo a otro del cielo, señalando el radio de lo muerto.
            Entonces, de la sima de la hembra más envilecida salía un ángel. No nacía niño sino hombre. Las piernas de la ramera se abrían hasta descoyuntarse para dar a luz un animal de sangre negra y piel resbalosa como de pez, sordo y mudo, y que tenía los ojos iguales a los de Dios Padre: blancos. Avanzaba por los desiertos sin vida de las naciones, apagando con sus manos quemadas las estrellas.
            El ángel que vendría a hacer justicia llegaría por el cielo, volando con lumbre. A la vista de la ciudad que no tendría fronteras, daría nueve vueltas en torno de una espira y de lo alto le llegarían indicaciones, inaudibles para todas las creaturas, sobre cómo y en qué momento descender. Desde su carro de fuego el ángel contemplaría esa ciudad inmensa que imperaba sobre la noche, más rutilante que el cofre de un usurero favorito del Demonio. Y tendría un momento de tristeza por lo que iba a hacer.
            Ya en la tierra, el loco lo veía correr desnudo, con el aguijón desenvainado, sobre largos caminos aéreos como listones de plata, entre árboles rectos y blanqueados que no tenían hojas ni daban frutos sino una luz helada y necrofílica. El ángel seguía su carrera a lo largo de una valla de palacios que no terminaba; unos eran bermejos, otros parecían hechos de vidrio, otros se veían deformes como ruinas de bárbaros, otros más tenían en sus muros figuras gigantescas que poseían movimiento.
            Así se abría paso hasta las bóvedas de los mercaderes y las cunas de sus hijos, hasta los guettos de los infectados con el mal de Sidón, hasta los baños donde echaban sus abortos las falsas vírgenes. Así pintó con sangre los umbrales de las puertas.

Una clave le faltaba al loco, que murió privado de fe y sin comprender lo que había visto. La recibió la noche de su borrachera, pero no quiso tomarla en serio y dejó pasar el tiempo. Hasta que la cigüeña llegó a graznar en la cabecera de la cama de su mujer.
            Jacopo Ridolfi se emasculó al día siguiente de saber que había puesto en la entraña de su concubina un hijo de Satán. Y murió desangrado como un perro, sin gloria y sin hoguera.

(De mi libro Fábulas del crepúsculo. México, Ficticia, 2003)

jueves, diciembre 05, 2013

Hotel Pánuco



Foto: La Jornada

—Tengo sed.
            —Sí. A mí también me dio.
            —¿Quieres que te suba algo?
            —¿Vas a bajar? ¿Por qué no llamas a la recepción y que nos suban un refresco?
            —A estas horas sólo hay una persona atendiendo. No va a querer subir.
            —¿Qué hora es?
            —Las dos de la mañana.
            —Qué rápido se fue el tiempo. ¿A qué hora llegamos?
            —Antes de las 12.
            —¿Ya te quieres ir? ¿Por qué te estás vistiendo?
            —Tengo sed. ¿Puedo encender la luz?
            —¿Vas a regresar?
            —Sí. Sólo voy por una coca. ¿Quieres una para ti?
            —No tienes que bajar hasta la recepción por ella. Aquí en este piso, junto al elevador, hay una máquina.
            —No sirve. Todo está al tiempo.
            —Voy contigo. Creo que ya se me bajó la borrachera.
            —No. Voy yo solo. Tú quédate a descansar. ¿Quieres que te traiga algo?
            —Una botella de agua, por favor.
            —Ahorita subo. No me tardo.
            —Espera.
            —¿Qué?
            —No te había visto bien. Me gusta tu cuerpo.
            —Y a mí el tuyo.
            —¿De verdad? ¿A pesar de que casi no tengo tetas?
            —Me gustan así: pequeñas.
            —Yo... Nunca me había sentido tan bien con un hombre. Fue muy bonito. Eres tan tierno...
            —A m también me gustó.
            —Entonces ven. Vamos a volver a hacerlo.
            —Ahorita que regrese. Tengo sed.
            —¿Te gustaron mis nalgas?
            —Sí.
            —¿Y mi sexo?
            —Sí.
            —A mí me gustó el tuyo. Es como tú: suave y cálido.
            —No me conoces.
            —Mira: ya se está despertando otra vez.
            —Voy por una coca.
            —Espera... tengo miedo.
            —¿De qué?
            —De que te vayas y ya no regreses.
            —¿Por qué crees que haría eso?
            —No sé, es un presentimiento. Como no te costé ningún trabajo... tal vez pienses que así soy con cualquiera. O que cada vez que me tomo una copa hago lo mismo. Pero te juro que no.
            —No pienso eso.
            —¿Qué piensas entonces?
            —No pienso nada.
            —¿Qué piensas de mí?
            —Nada.
            —¿No piensas nada? No te creo.
            —Dame mi camisa. Voy por un refresco.
            —...
            —Si quieres te dejo mi cartera y mi reloj para que veas que no voy a irme.
            —Siéntate tantito y luego vas. Mira mi sexo. Tócalo.
            —...
            —Una vez me hicieron eso.
            —¿Qué?
            —Un tipo al que conocí en un bar me llevó a un hotel de paso, como éste al que tú me trajiste. Me cogió y luego, en cuanto me sintió dormida, se fue y me dejó sola, sin dinero y sin manera de regresar a mi casa a esas horas.
            —¿Te robó?
            —No. Pero yo me había gastado en el bar todo lo que tenía y él me había dicho que me iba a ir a dejar.
            —¿Vives con tus padres?
            —Con mi madre.
            —Ahorita vengo.
            —...
            —¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
            —Es que nadie me toma en serio. ¿Tú crees que alguien pueda enamorarse de mí?
            —Yo creo que sí. No eres fea.
            —¿Tú no te quieres enamorar de mí? No, ¿verdad?
            —Apenas te conozco.
            —Eso quiere decir que no. El enamoramiento no se da con el tiempo. Nace al conocerse o no nace nunca.
            —...
            —¿Eres estudiante?
            —Sí. Estudio ingeniería en sistemas. ¿Y tú?
            —Acabo de terminar la prepa. ¿Vives con tus padres?
            —Vivo en una casa de estudiantes. Mi familia está en Ciudad Mante. ¿Conoces?
            —No. ¿Me vas a invitar? ¿Me vas a presentar a tu familia como tu novia?
            —No sé.
            —No soy la clase de mujer que una madre provinciana quiere para su hijo, ¿verdad?
            —Me gustaría volver a verte, conocerte más.
            —¿Ya no tienes sed?
            —Sí.
            —Pues vete por tu refresco, ándale. Te urgía mucho.
            —Sí.
            —¿Por qué hice esto? ¿Por qué, chingada madre?
            —¿Qué cosa?
            —¡Vete por tu refresco!
            —Ahorita vengo.
            —...
            —Ahorita vengo.
            —No. Ya no regreses.
            —¿Qué te pasa?
            —No regreses. No quiero volver a verte.
            —¿Estás loca?
            —Quiero estar sola, ¿no me entiendes?
            —Pero hace ratito...
            —Hace ratito tena ganas de hacer el amor. Ya no. No quiero que te sientas comprometido. No me interesa atrapar a nadie.
            —¿Qué te pasa?
            —Ya vete, por favor. Me quiero dormir, ¿no lo entiendes?
            —...
            —¿Qué haces ahí, parado? ¿Qué esperas? Tenías mucha sed, ¿no?
            —¿Me estás corriendo?
            —¿Hasta ahorita te das cuenta? Claro que te estoy corriendo. Lárgate.
            —Estás loca.
            —Lárgate ya, por favor. Ya nos usamos uno al otro, ¿no? ¿Qué más?
            —...
            —¿Qué más?
            —Ya me voy... pinche vieja loca.
            —...
            —Ahí te dejo cien pesos para que te regreses a tu pinche casa. Es lo que cobran las de la Merced.
            —Gástatelos en tu refresco. Tenías mucha sed, ¿no?



Del libro Los pobres de espíritu. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004.

lunes, octubre 07, 2013

El misterio de la noche



Hace tiempo tuve en mi taller de narrativa a una muchacha muy bonita con aire de princesa árabe. La llamaremos Luna. O Noche, sí, mejor Noche. Tendría 20 años más o menos, era alta, como de 1.70 o más, y muy delgada; se vestía y se maquillaba con buen gusto, a la moda, y casi siempre llegaba a clase con una maleta de cabina de las que usan las azafatas. De ésta sacaba un termos que contenía un misterioso brebaje en cuyo aroma pude reconocer algo de cardamomo, y, entre sorbo y sorbo, se ponía a leer sus cuentos y a comentar los de sus compañeros, la mayoría hombres. Escribía historias de esas que parecen infantiles pero no lo son, un poco al estilo de El Principito. No era especialmente talentosa, pero tenía un candor que daba a sus textos una gracia innegable. Tampoco era muy buena para opinar: le faltaba lo que llaman los académicos “un aparato crítico”. Y en todo esto era diferente a sus compañeros, todos muy “jóvenes escritores”, muy “próximos becarios” y blablablá. Por lo menos ya tenían los defectos típicos del medio, entre ellos el desprecio disfrazado de cortesía y la espontaneidad para fraguar alianzas subrepticias, alimentadas con críticas estratégicas y deudas sobreentendidas.
            Sólo tres personas —de nueve— había en ese grupo que no participaban de tales juegos: dos señoras despistadas y un joven demasiado inteligente como para necesitar envilecerse. Este joven —lo platicamos años después él y yo— estaba dispuesto a pelear contra todos los mafiosos si hubieran convertido a Noche en blanco de sus inquinas.  Pero nunca lo hicieron. Nunca lo hicieron porque había algo en ella que los intimidaba. ¿Qué?, me he preguntado muchas veces desde entonces. Era la belleza.
            Y ahora que lo pienso a la distancia del tiempo, es sospechoso que nadie intentara ligársela. Era evidente que les gustaba; eso se notaba hasta en las cosas que escribían. Me gustaba también a mí y le gustaba al joven que estaba dispuesto a defenderla. Su presencia hacía que el aire del salón se cargara de electricidad, de feromonas. Pero era como un aparato de botones sin letreros; nadie sabía cuál apretar o qué iba a pasar si tocaba éste o aquél. Sencillamente olvidamos que, como se sabe desde que la Divina Comedia fue revelada a los sueños del gran florentino, el talento debe caminar detrás de la belleza, no adelante. ¿O sería que ahí no había talento?
            El hecho es que aquel taller terminó sin que nadie lograra hacer amistad con Noche ni resolver ninguno de los misterios que la rodeaban. Sólo una vez, alguien se atrevió a preguntarle si era azafata. Ella dijo que no y eso fue todo.
            Años después nos enteramos de que era modelo. La vimos en unas revistas femeninas de la época del taller, anunciando un perfume. O sea que mientras ella posaba para esas fotos glamurosas, nosotros perdíamos el tiempo imaginando que era espía, terrorista, experta en artes marciales, guardaespaldas de un jeque árabe o algo así. Pero cómo íbamos a saber si nosotros leíamos literatura de vanguardia, no revistas de modas. Lo más irónico de todo es que, mientras ella ya era famosa y tenía tras sí a hombres de verdad poderosos, aquellos aspirantes del taller la miraban con condescendencia y le decían: “Pues no está tan mal tu cuentito”.