jueves, diciembre 17, 2015

LA FRONTERA ES UN BUEN LUGAR PARA VIVIR



A todos los que vienen de paso y me preguntan, les digo que la frontera es un buen lugar para vivir. Hay empleo, les digo. Además las casas son baratas, los coches son baratos y uno nunca se aburre: cuando es ley seca de este lado, se va al otro; cuando es ley seca del otro lado, la gente se viene para acá. Todo eso y más les dije a aquéllos, a la pareja que estuvo casi dos semanas aquí.
          Es un hotel viejo éste, como la mayoría de los hoteles de paso que hay en la frontera. Es bonito, digo yo: tiene su estacionamiento lleno de palmeras y platanares, su alberca grande. Bueno, la alberca no puede utilizarse de momento, pero ahora que haya dinero la vamos a componer. Los cuartos tienen televisión y aire acondicionado. Es que aquí hace mucho calor: en verano es raro estar a menos de treinta y cinco grados. Por eso tanta gente viene al restaurante sólo a tomarse una Corona o una Budweiser: gringos que cruzan a México por un rato, mexicanos que van de compras al otro lado y se detienen aquí, braceros en busca de alguien que los pase para allá. El restaurante es agradable: tiene su puerta de madera y sus ventanas con marcos también de madera, con el menú escrito en los cristales en letras rojas y verdes. A veces siento que hablo de este lugar como si fuera el dueño. Pero sólo soy el administrador. Trabajo aquí desde hace veinticinco años, desde cuando tenía diecisiete. En este tiempo he visto muchas cosas, muchas historias. La mayoría ya se me olvidaron, no eran importantes. Recuerdo unas cuantas, como la de la gringa que venía huyendo de la policía desde Nueva York y estaba feliz de encontrarse ya en México, tan feliz que dejó una propina de veinte dólares. También recuerdo a un tipo con una pierna de hierro, que a los tres días de estar aquí se suicidó: se dio un balazo en su cuarto después de escribirle a su ex esposa una carta como de veinte páginas. Ésas son historias de gringos, las de los mexicanos son todas iguales: gente que está aquí esperando cruzar. Por eso sólo recuerdo una: la de Irene y su marido.
          Llegaron en abril, por los días en que ya empezaba a sentirse fuerte el calor de la primavera. Traían poco equipaje y poco dinero, según pude ver. Cuando se registraron me fijé en el nombre de ella; el de él lo olvidé en ese momento. Venían de un pueblo en Colima y habían hecho todo el viaje en autobús, seguramente transbordando porque yo no sé de ninguna línea que vaya de aquí hasta allá. Les di una de las habitaciones del primer piso, en el corredor que da al estacionamiento. Subieron a dejar sus cosas y yo creo que a bañarse y a descansar, y en la noche bajó ella a comprar en la recepción una botella de agua y un champú de bolsita. Entonces pude verla bien. Tendría poco menos o poco más de veinte años ya bien macizos en el cuerpo: llenita, como de uno cincuenta, cadera grande, blanca. Pero lo que más me gustó de ella fue su cara. Era muy lisa, muy limpia, como la de esas mujeres que se ponen muchas cremas. Se me hizo demasiado fina para el marido que traía. Y estaba contenta. Sonreía. Le pregunté si todo estaba bien en su cuarto. Me contestó que no salía agua caliente, pero no la habían necesitado porque hacía mucho calor.
          —Mañana a primera hora mando a que le arreglen eso —le dije.
          Ya iba de salida pero ha de haber sentido que yo le estaba mirando el trasero y se volvió. Sus ojos muy serios silenciaron lo que los míos le estaban diciendo.
          Me quedé pensando en ella y más tarde, cuando llegó el encargado a hacer su turno, no pude aguantarme las ganas de acercarme a su cuarto. No había más huéspedes en ese pasillo, así que nadie, excepto ellos, podía sorprenderme. Llegué sin hacer ruido, agachado para que la luz del estacionamiento no fuera a echar mi sombra sobre la ventana. Las cortinas estaban cerradas, pero había un espacio entre ellas. Por ahí me asomé: no se alcanzaba a ver la cama; sólo se veía un trozo de pared iluminado por la luz cambiante de la televisión. Eso sí, se podía oír. Y lo que oí fue a Irene gimiendo bajito, como una niña enferma. Y la oí decir cosas, esas cosas que a todos los hombres nos gusta que nos digan en esos momentos. El ruido de la televisión no alcanzaba a ahogarla. Me quedé ahí hasta cuando se me entumieron las piernas de estar agachado.
          A la mañana siguiente bajaron temprano a almorzar. Se sentaron juntos y pidieron lo mismo. Se veían enamorados, me pareció. El marido le preguntó a la mesera dónde podía contactar a alguien que los pasara al otro lado. Ella lo mandó conmigo. Yo le dije al principio que no sabía nada de eso. Pero luego, por Irene y no por él, le dije que fuera a la cantina Los Dorados y ahí se esperara a que alguien se le acercara y le ofreciera sus servicios. Me preguntó como cuánto cobraban por pasarlos a los dos. Le dije que eso sí no lo sabía. Irene nos observaba desde la mesa, esperando.
          No volví a verlos en el día. Quién sabe dónde comieron, si comieron. En la noche volví a subir a su cuarto y otra vez oí sus ruidos, los de ella.
          Ya en el almuerzo no quise preguntarle al marido cómo le había ido: nunca me ha gustado ayudar en esas cosas, es peligroso. Pueden pensar que uno es cómplice. Él sólo me contó que no había visto al pollero pero ya sabía cuándo y a qué horas iba a Los Dorados. Esa mañana la pasaron juntos, ahí en el hotel, mirando el agua sucia de la alberca inservible. Yo los observaba desde la ventana de la recepción sin que ellos me vieran. Irene llevaba una blusa ligera por la cual asomaban los tirantes rosas de su brasier. En algún momento se sentó en las piernas de él, ella tan pequeña, y empezaron a besarse.
          En la tarde pidieron en el restaurante unos burritos de chicharrón y de chorizo para llevar y los subieron a su cuarto. Luego lo vi bajar a él, solo, y salir a la calle. Yo pensaba en ella. Me hubiera gustado poder hacerle la plática, saber un poco de su vida. Pero no quería hacerme fantasías con una mujer ajena. Para ver si así me despejaba un poco y aprovechando que casi no había huéspedes, le dejé todo encargado a la cajera y me salí a dar la vuelta. Fui a caminar por la parte vieja de la ciudad y me senté un rato en una banca de la plaza a sentir la frescura de los álamos y las palmeras. Un paisano se acercó a pedirme dinero. Andaba descalabrado, todavía sangrando porque lo habían correteado al tratar de pasarse al otro lado. No le di nada: no llevaba dinero. Regresé al hotel.
          Esa noche no quise espiarlos: me daban celos. Me daba envidia. Además ya estaba muy prendido por lo de las dos noches anteriores. Ya me dolían los huevos. Estuve en la administración hasta que llegó el encargado y, en cuanto él tomó mi lugar, salí a buscar un taxi. Fui a la zona de tolerancia. Allá tengo una amiga: es limpia y amable y, aunque ya cobra doscientos cincuenta pesos, a mí me sigue cobrando los doscientos que cobraba cuando empecé a ir con ella. Volví fresco y relajado al hotel y ni siquiera se me ocurrió subir al pasillo.
Al día siguiente no los vi, pero me dijo la camarera que seguían en el hotel. También me dijo que el marido había llegado borracho de la cantina y se habían peleado.
          Entonces hoy habrá reconciliación, pensé, y subí otra vez a ver si los escuchaba. No hubo nada. Sobre el pedazo de pared blanca que alcanzaba a ver por la ventana bailaban las luces de la televisión. Se oían disparos, relinchos de caballos. Fuera de eso, silencio.
Así pasaron dos semanas. Ya casi no tenían dinero. Pagaban diario el alquiler del cuarto, pero ya no iban al restaurante. Compraban cosas en la tienda y se las comían en su cuarto. Yo sufrí junto con Irene todos esos días. La vi perder su sonrisa, la vi llorar. Una mañana lloró porque habían comprado un frasco de mayonesa y el marido lo soltó y se rompió en el piso. Así era ella. He visto hacer drama a muchas mujeres y puedo asegurar que el llanto de Irene no era drama: era sincero, real. Así de simple: era un alma demasiado fina para este mundo jodido; no lo soportaba.
          Un día, finalmente, el marido cruzó al otro lado. Solo. Irene se veía serena cuando fue a comunicármelo.
          —¿Usted quiere ir a mi cuarto? —me preguntó. Me tomó por sorpresa. No supe qué contestar. Ella debió ayudarme:
          —Le gusto, ¿no?
          —Sí —dije por fin.
          —No tengo dinero para irme —aclaró—. El pasaje hasta mi pueblo cuesta como ochocientos pesos.
          —Comprendo —le respondí. No sé por qué me dio vergüenza.
Irene subió a su cuarto. Yo junté el dinero que tenía en la caja —cuatrocientos sesenta pesos— y diez minutos más tarde la alcancé allá arriba.
          Sé que debí haberme sentido afortunado, feliz como un niño al recibir un juguete que sus padres nunca habrían podido comprarle. Pero estaba triste cuando Irene apagó la luz y se quitó la ropa.
          No pude dormir en toda la noche, pensando. Sentía a Irene junto a mí, la tenía abrazada, podía oler cuanto quisiera ese perfume de su cuerpo que sólo de lejos me había llegado. Y sin embargo no lograba sentirme bien. No podía dejar de pensar en que las cosas habrían sido más bonitas si se hubieran dado en otra forma. Pero luego me decía que, después de todo, ésa no había sido una mala manera de obtenerlas: Irene no me había dicho “Te cobro tanto”: no era una prostituta. Estaba necesitada de momento, yo la apoyé económicamente y ella quiso demostrarme su agradecimiento de la única forma en que podía. Así fue. Así fue pero de todos modos yo no podía dejar de estar triste. La sentía respirar a mi lado, dándome la espalda, y veía en mi mente su cara y nos veía juntos.
          En la mañana, en cuanto ella abrió los ojos, le hice la proposición que había estado amasando toda la noche:
          —Quédate a vivir conmigo. No te faltará nada.
          Se me quedó viendo. De pronto me dio la espalda y se puso a llorar, unos instantes. Luego se levantó a bañarse. Yo le grité desde la cama lo que ya antes les había dicho a ella y a su marido:
          —La frontera es un buen lugar para vivir.
          Cuando salió, envuelta en su toalla, Irene estaba sonriendo.
          Se quedó conmigo.
          Se quedó conmigo y cada día y cada noche de los cuatro meses que estuvo aquí supo hacerme feliz. Me ayudaba en el hotel, me hacía de comer cosas de su tierra. En las noches sus pezones de maíz morado llenaban mi boca y mis sueños.
          Al mes de estar juntos le conseguí una visa provisional y la llevé a comprarse ropa al otro lado. Después volvimos otras veces. Recuerdo su cabello despeinado por el viento del río cuando cruzábamos el puente internacional. Se veía contenta, tal vez no dichosa, pero sí contenta, en paz. Ya no miraba con ojos de angustia todo lo que había allá. Aprendió algunas palabras en inglés. Parecía que íbamos a estar juntos siempre y que siempre sería así.
          Pero una mañana volvió el marido. Traía buenas noticias: había conseguido empleo y papeles. Venía por ella. Irene se me quedó viendo un momento, quiero pensar que dudando. Comprendí. Nos dijo a los dos:
          —Voy a arreglar mis cosas.
          El marido pasó al restaurante a esperarla y pidió una cerveza. Yo no quería que me viera: se iba a dar cuenta de que me temblaban las manos y la tristeza estaba a punto de ganarme.
          Irene fue a despedirse, ya con sus cosas.
          —Gracias por todo —me dijo.
          Parecía sentirse mal ella también, apenada tal vez. Pero se le notaba más la alegría, el amor por el hombre.
          —Llévate dinero —le dije.
          —Ya me has dado mucho.
          —Llévate esto por lo menos —era lo que había en la caja: doscientos pesos. Se los puse en la mano y le cerré los dedos sobre los billetes. Luego me puse a hacer unas cuentas. No quería ver cuando se fueran.
          En la tarde salí a caminar. Llegué hasta el puente internacional y me quedé un rato mirando a la gente que pasaba de un lado a otro. El agua reflejaba con fuerza el sol. A lo lejos, en la parte gringa, unos niños jugaban en columpios y resbaladillas.

lunes, noviembre 23, 2015

Nostalgia




(de mi libro de minicuentos Dibujos a lápiz, publicado en octubre de 2015 por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo y la Editorial Puente)


Treinta años después de su matrimonio con Jane, Tarzán era un cincuentón calvo y con sobrepeso.
            Habían tenido dos hijos y ya no vivían con ellos.
            Tarzán trabajaba en un periódico, poniendo en orden alfabético los anuncios clasificados. Era un trabajo que nadie quería hacer, pero a él le parecía entretenido.
            En las tardes llegaba cansado a su apartamento y, después de comer con su amada Jane, se ponía sus pantuflas de zarpas de tigre, se sentaba en su sillón reclinable y buscaba el control remoto de la televisión para mirar los documentales de Animal Planet. Apenas si podía creer que alguna vez él hubiera estado cerca de todo aquello.
            Los viernes iba a un bar a jugar dominó con sus amigos, y los sábados los pasaba con su mujer en el centro comercial. Llegaban por la mañana y se ponían a mirar las tiendas, compraban alguna cosita que estuviera de oferta. Luego se sentaban a comer una pizza, y en la tarde se metían a una sala de cine. No había para qué salir del edificio.
            A veces hacían el amor al llegar casa, pero Tarzán ya no tenía los bríos de la juventud; ya no era el salvaje hipersexual de quien Jane se enamorara un lejano día, en una igualmente lejana selva africana. Ya ni siquiera le salía su grito. En realidad siempre le había costado trabajo excitarse con el cuerpo lampiño y relativamente inodoro de su mujer. Extrañaba a sus antiguas amantes, las hirsutas gorilas de la selva. Ésas —se decía lleno de nostalgia— sí que eran hembras.

jueves, septiembre 17, 2015

La campaña

(Imagen: "Politician" by Renegad3spectre - Deviant Art)




Se puede coger por tristeza. Es decir, se puede por muchas cosas: por amor, por venganza, por puras ganas, por lástima. Pero también por tristeza. Así nada más. Porque ya no aguanta uno las cosas de la vida y necesita desahogarse de esa manera. En eso pensaba Adriana aquella noche cuando finalmente se rindió a la evidencia de que la campaña estaba perdida desde el principio.
          Habían recorrido muchos pueblos en esas tres semanas. Todos miserables, casi iguales entre sí: la cancha de básquetbol a la orilla de la carretera; la escuela, la tienda y las casas importantes a los lados; atrás las calles de tierra suelta y las casas de tabique crudo; al fondo, en el cerro más cercano, el depósito de agua pintado con propaganda de algún partido. A veces del de ellos. Cardoso no había escatimado recursos: se había movido buscando apoyo por todos lados. Dinero. Había comprometido lo suyo. Estaba seguro de que iba a ganar o al menos eso decía. Eso les venía diciendo desde que salieron de la capital del estado, hacía tres semanas, en aquel autobús lleno de papeles, de propaganda, de botellas de whisky que había que renovar constantemente. Qué distinto se veía el futuro entonces. Quedaron de verse a las ocho de la mañana en la casa de campaña y llegaron puntuales, frescos todos, bien dormidos, llenos de energía. Cardoso, Adriana, los del equipo de Comunicación Social, el chofer y la secretaria subieron en el autobús; los tres guaruras y el otro chofer les ayudaron a acomodar su equipaje y luego abordaron el Stratus. Los dos vehículos salieron de la ciudad a la hora en que mucha gente entraba a trabajar. Se sentía eso en el aire: la emoción de la jornada que comienza, de lo que está por hacerse, de lo que está por ganarse. El sol calentaba apenas los cerros cercanos cubiertos de casas, tiñendo las paredes de dorado, y los árboles de la carretera se balanceaban apenas como si su única intención hubiera sido demostrar que no pertenecían a un cuadro fijo. En algún momento, ya saliendo de las últimas barriadas, Adriana reparó en el espectacular que mostraba a un atleta rompiendo una marca: un joven rubio, vestido de blanco, que levantaba sus brazos como para recibir el sol entero. Era un mensaje para ellos, o ella quiso verlo así: una promesa de poder, de conquista lograda y saboreada.
          —¿Entonces qué, licenciada? —le dijo el Changa— ¿La vamos a hacer o no?
          ¿Se refería a la campaña o a ella?, se preguntó Adriana débilmente, acostumbrada al hostigamiento del guarura. De todos modos, pensó, las dos cosas estaban perdidas: la campaña, porque si desde el principio ya se dudaba que Cardoso pudiera ganar, ahora, con tantos actos cancelados y con tantos errores, ya nadie parecía albergar ninguna esperanza; ella, porque estaba cansada de lo que habían sido esas tres semanas: el lento peregrinar de la comitiva por las carreteras del estado, el calor, el encierro del vehículo, las piernas entumidas hasta que llegaban al siguiente pueblo y podían estirarlas. Y estaba harta de trazar itinerarios, de programar actos públicos en poblaciones a las que a veces ya ni siquiera entraban, de estarle contando las copas a Cardoso, de recordarle cada compromiso y ver que pudiera cumplir, de acostarlo en la pequeña cama del autobús y ponerle los zapatos y hacerle el nudo de la corbata cuando estaba muy borracho, de hablar con las delegaciones locales para aplazar o cancelar la visita. No le habría importado tanto si sólo fuera un trabajo, sin más. Pero ella creía en Cardoso. Había creído en él desde que fue su maestro en la Facultad de Economía. Por eso se hizo su amante. Por eso siguió queriéndolo y admirándolo después de que su alcoholismo acabó de destruir la relación. Y por eso aceptó trabajar en la campaña aun cuando mucha gente decía ya que él no iba a ganar. El presidente de la República tenía su candidato y no era él. Eso era todo. La decisión estaba tomada desde allá arriba. Pero Cardoso hizo desde el principio como que tenía un as bajo la manga. Los hizo creer que iba a ganar. Tal vez él mismo lo creía aunque, pensaba ahora Adriana, tal vez no. Por eso comenzó a beber desde el principio. Subir al autobús, encender un cigarro y servirse medio vaso de whisky eran para él un solo acto. Luego, todo el camino era lo mismo: fumar más, beber más, hablar sin parar sobre los problemas del estado y los cambios que se necesitaban. Era tan lúcido, pensaba Adriana aun entonces, tan brillante. La gente creía en él de manera natural, nada más oyéndolo.
          —¿La hacemos o no la hacemos, licenciada? —repitió el Changa.
          Estaban en el extremo de la plaza, de espaldas a una tiendita de artesanías. Había mucha gente: grupos con pancartas, sindicatos y uniones de campesinos. Habían llegado en varios autobuses y tuvieron que esperar cuatro horas al candidato. Porque el acto iba a ser a la una de la tarde y eran las cinco.
          Adriana otra vez no respondió. Fingió que estaba poniendo atención en el discurso de Cardoso. Ella lo había escrito hacía unas horas, mientras él continuaba su monólogo de borracho diciéndole más o menos lo que deseaba expresar, haciéndole un resumen de los problemas del pueblo en turno y de lo que haría para resolverlos.
          Al no obtener respuesta, el Changa se paró atrás de ella y se le pegó al cuerpo. Adriana pudo sentir su respiración en la nuca. Era un hombre asqueroso, prepotente, sucio, lleno de lujuria por todas las mujeres. ¿Por qué tenía que serlo de manera especial con ella? Desde que empezó la campaña no había dejado de mirarla. Sus ojos trazados de venas rojas la seguían por todas partes. En cuanto paraban en algún lugar, se daba prisa en bajar del Stratus para ir a ayudarla a apearse del autobús. Trataba de hacer conversación con ella; le hablaba de política, de los municipios del estado que él ya conocía, de la música de moda. Era inculto, soez, lento de inteligencia: todo lo opuesto a Cardoso. Pero tenía unas manos enormes en cuya muñeca izquierda el ostentoso reloj deportivo parecía chiquito, y ahora, por primera vez, Adriana reconoció que le atraían las manos así. ¿A cuántos hombres y quizá mujeres habría desecho a golpes? Era comandante de granaderos antes de entrar a trabajar con Cardoso.
          —Ni parece que haya tomado nada, ¿verdad, licenciada? —le dijo, buscando otro tema de conversación. Por lo menos hablaba de Cardoso con respeto, incluso con simpatía. Eso era lo único que hacía al Changa tolerable para Adriana. Tal vez no admiraba a su jefe como ella, pero era el único en quien se podía confiar. Los demás estaban ahí sólo por el salario y porque en realidad no sabían nada, no se daban cuenta, no veían aún que su camino por esas carreteras no iba a llegar a ninguna parte. Eran como dos embarcaciones perdidas en el mar. El Changa sí parecía preverlo. Y seguramente le dolía porque también él había creído en Cardoso. Estaba orgulloso de trabajar con él y eso, ahora que ya todo estaba perdido, le inspiraba a Adriana una enorme simpatía. Por eso finalmente le contestó:
          —Sí, no se ve mal. Dirán que se tomó sólo una cerveza con alguno de los líderes.
          —Yo digo que está bien que se eche unas antes de los actos, ¿no, licenciada? —el Changa pareció animarse, sentirse estimulado por la respuesta de ella— Como que agarra inspiración, írelo. Habla más bonito, le llega más a la gente.
          Esa manera de hablar, con su acento de barrio, le desagradaba a Adriana; echaba a perder de golpe todo lo que el hombre, en sus mejores momentos, podía lograr.
          —El problema es que no “se echó” nada más unas, y si la gente lo “ira” bien, se va a dar cuenta.
          —Usté déjelo, licenciada —el Changa ni siquiera notó la manera como ella le había hablado—. Orita con el calor que está haciendo va a sudar todo el whisky.
          El Changa no pudo oír lo que Adriana le contestó porque el discurso había terminado y la gente comenzó a aplaudir. Hubo una pausa. Algunas personas se abrieron paso entre la muchedumbre para retirarse o para cambiar de lugar. Bajo los sombreros se veían las sienes que escurrían de sudor. Los líderes campesinos empezaron a leer discursos de apoyo. Luego se acercaron a Cardoso para estrecharle la mano. Cuando Adriana se volvió, el Changa había desaparecido. Instantes después lo vio en el templete, cuidando que ninguna persona armada o con ánimo agresivo se acercara al candidato. Los otros guaruras andaban echando ojo entre la multitud, y los asistentes de comunicación social repartían propaganda.
          Adriana respiró con alivio: disponía de unos minutos para ella sola. Fue a la tienda de abarrotes y compró una botella de agua purificada. En la penumbra del local, sentado en una banca, estaba un campesino bebiendo cerveza. A ella se le antojó, por el calor que hacía. Desde que empezó la campaña, no había querido beber nada de alcohol para que Cardoso no se sintiera acompañado y tomara más. Pero ahora tenía necesidad de relajarse, de olvidarse un momento de todo. Y además se le antojaba tanto esa cerveza... el placer con que el campesino se llevaba la botella a los labios. Se decidió a pedir una y se sentó en la banca, junto al hombre. Era joven, musculoso. Y hubo algo en su olor a sudor y a cerveza que a Adriana le resultó repulsivo y excitante a la vez. No quiso reconocer lo último; se frotó los ojos con enorme cansancio y se dio prisa en terminar de beber. El campesino se le quedó viendo a los pechos: una mirada directa, no oblicua, no torcida como las del Changa. Se levantó y le pidió al dependiente dos vasos de caña; uno se lo invitó a Adriana.
          —¿Usté es casada? —le preguntó a bocajarro.
          Adriana aceptó la bebida, pero no quiso conversar.
          —No —respondió secamente.
          —¿Por qué?
          Vaya con el metiche igualado. El primer trago le supo muy fuerte, después empezó a gustarle.
          —¿No ha visto usted bien a los que fracasan? —comenzó a repetir palabras que le había oído a Cardoso, como un homenaje a él, pero también porque necesitaba oír que eran falsas, que el gran hombre se había equivocado en todo— Siempre tienen compañía. A la victoria, en cambio, va uno solo: para ganar no hacen falta testigos.
          El hombre no siguió el diálogo: se quedó pensando. Acaso los sofismas de Cardoso funcionaban también pasados de segunda mano. Adriana le dirigió una mirada de desprecio al muchacho.
          —Quién sabe —dijo él como defendiéndose así de esa mirada de hielo.
          Adriana se volvió hacia la calle. Cuando terminó de beber la caña, el campesino ya se había ido. Se sentía ligeramente ebria.
          Salió a la plaza, para entonces casi vacía. El sol estaba bajando. El viento arrastraba cientos de volantes por las calles de grava. Adriana sintió el impulso de dar una vuelta por el pueblo, conocerlo, entrar a la iglesia tal vez. Pero en ese momento se le apareció uno de los guaruras.
          —La estamos buscando por todo el pueblo, licenciada. El candidato quiere verla.
          —¿Hay algún problema? —preguntó, alarmada. En un instante era otra vez la misma de siempre: tensa, nerviosa, pendiente de todo lo que tuviese que ver con Cardoso.
          —No, licenciada, todavía no. Lo que pasa es que el candidato se fue con unos líderes y...
          —¿Está tomando?
          —Sí, licenciada. Y creo que ya se está sintiendo mal.
          —¿Y el Changa?
          —El Changa fue el único que se quedó con él. Todos los demás salimos a buscarla a usted.
          Adriana se sintió molesta: ¿por qué tenía que preguntar por él? Echó a andar por donde el guarura quiso llevarla. Atravesaron la plaza llena de basura, dieron vuelta por una callejuela. En el patio de una de las casas había una lona azul y bajo ella varias mesas pegadas con un solo mantel, mucha gente sentada y algunos de pie. Ahí estaba Cardoso, ciertamente bebiendo. Ya no podía hablar bien. No se le entendía. Intentaba decir algo en contra del presidente de la República, pero no había argumentos en su discurso, sólo epítetos, insultos. Los campesinos lo miraban en silencio, sin expresión. Las mujeres, paradas junto a la pared del fondo, se reían tapándose la boca. Estaba oscureciendo y habían encendido la luz.
          —Ayúdeme, por favor —le dijo Adriana al Changa, que estaba ahí sentado junto a su jefe como un perro echado a los pies de su amo. Tomó a Cardoso del brazo y trató de levantarlo.
          —Vámonos —le dijo resuelta.
          El Changa esperaba una confirmación de Cardoso, pero como éste no respondiera le obedeció a Adriana.
          —¿Adónde llevan al candidato? —se interpuso uno de los campesinos, también bebido.
          —A que descanse, señor. Déjenos pasar.
          —¿Ya saben dónde está la casa donde se van a quedar? —le preguntó otro hombre, que parecía tener autoridad. Buscó con los ojos a un niño y le gritó:
          —A ver, m’ijo, llévalos a la casa de don Alí. Toma las llaves.
          Finalmente salieron de ahí. Cardoso no podía tenerse en pie. El Changa lo levantó en brazos como si hubiera sido un niño pequeño y se lo llevó detrás del chamaco que los guiaba. Unos perros ladraron a lo lejos, en la noche morada de calor.

Después de que dejaron a Cardoso en su cama, Adriana soltó un suspiro de cansancio. Al día siguiente tenían que salir temprano. Continuaría la peregrinación por esas carreteras que no tenían fin ni destino. Continuarían el calor, el aire reseco, el mosquerío. Cardoso diría que necesitaba curársela. Comenzaría a beber desde que subieran al autobús. Por supuesto, ya no recordaría ninguna de las promesas que hubiera hecho hoy a esas personas. Pero, ¿para qué recordarlas si no iba a ser gobernador?, ¿si esta campaña seguía adelante por pura inercia, porque había que gastarse el presupuesto hasta lo último?
          —Se ve muy cansada, licenciada —le dijo el Changa, afectuosamente, recargándole apenas en el hombro una de sus manos—. ¿No quiere que le dé un masaje pa que duerma bien?
          Adriana sonrió con amargura. No había recámaras ahí para cada uno. Iban a dormir en cuatro habitaciones: en una los guaruras, en otra los choferes con los dos muchachos de Comunicación Social, en otra ella y la secretaria. La cuarta era ésta, la de Cardoso, la mejor de la casa.
          —Está bien —contestó finalmente. Fue entonces cuando pensó eso de que se puede coger por tristeza. Por puritita tristeza—. Pero vámonos al autobús —puntualizó—. Total, que hablen. Ya esto se acabó.
          Antes de salir le hizo una caricia a Cardoso en los cabellos y cerró los ojos un instante. Vio el paisaje del primer día, cuando parecía que todo iba a salir bien: el campo verde y al fondo el anuncio del atleta con sus brazos hacia lo alto, lleno de poder.