jueves, enero 19, 2017

Domingo




—Dile a tu padre que no esté en el fresco: le va a hacer daño.
         En realidad hacía calor en el patio. El sol ya estaba bajando, pero aún faltarían por lo menos dos horas para que se ocultara. Y las bardas de la casa protegían a don Antonio Nemiña de los ventarrones, que venían cargados de polvo y hojas secas, pero no traían frío sino más sofoco.
         —Dile que se meta. Hace frío —repitió su madre.
         Ignacio venía de la calle, del cine. Los domingos iba al cine. No le sorprendió ver al viejo ahí, al fondo del patio, fumándose un puro sentado en su mecedora. Pero a su madre sí debió de sorprenderle y no sabía cómo expresar que estaba preocupada. Por eso había recurrido a aquello de que hacía fresco. No se lo decía directamente a su marido porque ella y él hacía años no se hablaban. Si querían comunicarse algo se lo mandaban decir por medio de los hijos, aunque estuvieran uno enfrente del otro.
         —¿No me oyes?
         Don Antonio ni siquiera se volvía a mirarlos. Con el rostro vacío de expresión, contemplaba el humo que salía de su boca en gruesos cordones para ir a enredarse entre las ramas de un tamarindo. Las canas de sus sienes brillaban con la luz de la tarde, rojizas. Al verlo, Ignacio sintió que se desvanecía el odio que le había tenido en los últimos días. Le dio lástima.
         —Métete tú, mamá. Él ha de querer estar ahí.
         —Se va a poner malo. Y te va a dejar a ti todo el trabajo.
         —Déjalo. Vámonos adentro tú y yo. Quiero un café.
         Ella también se veía envejecida. El orgullo y el rencor habían logrado mantenerla joven durante muchos años, pero ahora hasta eso comenzaba a declinar. Ignacio la tomó del brazo y la condujo a la sala. La dejó sentada en el sofá y fue por el café. Al pasar hacia la cocina echó una mirada a la fotografía de su hermana, que colgaba en la pared. Era de su boda. Estaba sola, vestida de novia pero sola, con la mano apoyada en una columna de mármol. Sus padres no habían querido que se casara; se resistieron hasta lo último. En eso sí estuvieron de acuerdo. Por eso habían pedido para la casa una foto donde Marina estuviera sola, no con el mestizo ese. Y por eso ella no los visitaba. Había hecho su vida. Había tenido el coraje que a Ignacio le faltó. Quién la viera en ese retrato: tan dulce, sonriendo apenas, con sus ojos color miel llenos de luz.
         Mientras ponía el café, Ignacio se preguntó qué pensaría ella si se enterara de lo que había pasado acá. Siempre quiso mucho a su padre. Y él a ella.
         Abrió la llave del gas y luego, con un cerillo de madera, encendió el quemador. Las llamas azules salieron por los orificios iluminando un poco la habitación ya en penumbra. Olía a frutas en conserva.
         Su mente volvió a la mueblería, a su padre y a la muchacha. Bibiana tenía la costumbre de escupir al suelo. Lo hacía constantemente: cuando le venía la sensación de que algo se le había adherido en la garganta, cuando le llegaba algún olor extraño, cuando oía hablar de algo sucio o pensaba en ello. Se oía un chasquido y ahí estaba: un copo de espuma blanca que luego ella misma aplastaba con el pie.
         Desde que llegó a pedir trabajo a la mueblería le causó mala impresión a Ignacio; le pareció vulgar, agresiva, peligrosa. Le disgustaron sus párpados pintados de plateado, su voz de fumadora y el orgullo con que sacaba el pecho luciendo sus tetas. Pero no se atrevió a decir nada porque su padre la había mirado con complacencia y ya lo conocía: una vez que se hacía una idea de algo o de alguien, cualquier palabra en contra despertaba su ira. Por su parte, Bibiana también lo midió a él; se le quedó viendo de arriba abajo con sus ojos de gata envenenada y con eso tuvo para saber que nunca serían amigos. Dio dos pasos en dirección a la puerta de la calle y aventó el primer salivazo a la banqueta. Don Antonio no le dijo nada. Cómo le iba a decir algo si fue gracias a ese acto que ella le dio la espalda, un instante, y él pudo mirarle el culo. La decisión estaba tomada. Fue mero formalismo lo que siguió después: la lectura supuestamente cuidadosa de la solicitud de empleo, los comentarios sobre algunos puntos, la advertencia sobre los errores que había cometido su antecesor —impuntualidad, descuido en su presentación— y por los cuales había sido despedido. Finalmente, mientras Ignacio atendía a una mujer que llegó a preguntar si todavía se fabricaban televisores Philco, su padre le explicó a Bibiana en qué consistiría su trabajo y se puso de acuerdo con ella respecto a cuánto le iba a pagar.
         Todo esto sucedió antes de las diez de la mañana, hacía casi seis meses. Para cuando la muchacha salió a comer, a las tres de la tarde, don Antonio ya estaba de un buen humor que no se le había visto en años. Él y su mujer se evitaban lo más posible. Dormían en habitaciones separadas y comían a distintas horas. Quizá con el fin de hacer menos obvia la soledad que pudiera sentir, don Antonio había dado en tomar en la mueblería su comida de la tarde. A las cuatro en punto, en cuanto volvía el empleado, se encerraba en el pequeño despacho del fondo y extendía en el escritorio el Correo Galego para estar leyendo mientras sopeaba en aceite de olivo rebanada tras rebanada de pan negro. Cerraba pasadas las ocho de la noche y se iba caminando a su casa. Siempre en silencio, siempre encerrado en sí mismo, como si el castigo de no hablarle que le había impuesto a su mujer se hubiera extendido a todo el mundo. No se quejaba. Parecía haber aceptado su suerte: estar casado desde hacía cuarenta años con esa mujer a la que no amaba, vivir en una pequeña ciudad sin plazas ni árboles perdida entre cerros áridos, comunicarse ya sólo a través de cartas con los escasos parientes y amigos que tenía regados por el mundo. Un día a la semana —los domingos— cerraba temprano la mueblería y se encerraba en su despacho a fumarse un puro y a beberse dos botellas de vino. Nunca más, nunca menos. Se encerraba solo. Alguna vez, Ignacio lo vio salir, ya como a las diez de la noche, y tomar el camino de su casa: una figura enorme, sólida y al mismo tiempo fantasmal, inasible, como si no fuera su padre sino un recuerdo borroso de su padre.
         Cuando oyó que el agua comenzaba a hervir, dio unos pasos hacia la puerta y encendió la luz de la cocina. Luego apagó la estufa. Sirvió el café, puso las dos tazas de porcelana en una charola, y volvió a la sala. Su madre lo estaba esperando con la misma cara de sufrimiento de hacía rato. Subió las piernas al taburete y comenzó a darse masaje sola. No era que le dolieran, decía; era una maña que se había cogido, nada más.
         —¿Ha habido problemas en la mueblería? —le preguntó a Ignacio.
         —No.
         —Entonces, ¿qué le pasa a tu padre?
         —No sé.
         —Todavía ayer estaba muy contento.
         “La empleada se ha marchado”, iba a decir Ignacio, pero pensó que eso no tranquilizaría a su madre. Haría más preguntas. Y él no quería contestar preguntas. Venía del cine, que era su único vicio y la única cosa que lo hacía feliz. Su padre no lo dejó ir a la Universidad. No leía, no practicaba ningún deporte, no tenía novia ni amigos —su padre le prohibió desde niño que hiciera amistad con los muchachos del pueblo—. Sólo iba al cine. Y cada vez que le gustaba mucho una película, se ponía a pensar en ella durante horas, a revivir en su mente las escenas que lo habían conmovido o excitado, aun ya en su casa, solo en su cuarto. Por eso se quedó callado. En la penumbra, puso la charola con el café en la mesita que había a un lado del sofá donde estaba su madre y permaneció de pie, como si esperara una orden o el permiso para retirarse.
         —Enciende la luz, hijo —otra vez la voz de sufrimiento, el rumor de las manos rugosas sobando las piernas sobre las medias de lana.
         La luz lo deslumbró un poco, al principio. Se sentó en el sillón más chico, resignado. Volvió a mirar la foto de su hermana. ¿Y si le hablaba por teléfono y le contaba? Al viejo le haría bien hablar con ella, si no era más fuerte su vergüenza. No, seguramente no lo haría.
         —¿No ha llamado Marina, mamá?
         —¿Tú crees que va a llamar? Sólo que necesitara algo de tu padre.
         Ignacio dejó escapar un suspiro hondo, viejo. A veces la extrañaba mucho. La envidiaba. Le parecía el único ser vivo que había habitado alguna vez esa casa. Recordó el día cuando su padre descubrió que andaba de novia con aquél. Era domingo también, como ahora. En esa época, los domingos desayunaban todos juntos: su padre, su madre, Antonio el hermano mayor, Marina y él. Antonio andaba crudo, como siempre después de sus borracheras del viernes y el sábado, y eso había puesto de mal humor al viejo. Además ya le habían contado en la mueblería lo de Marina, aunque todavía no lo confirmaba; pensaba que ella iba a negarlo si la interrogaba. Pero no fue así. La criada acababa de servir el chocolate cuando sonó el teléfono. Marina saltó en su silla y fue a contestar. Pero don Antonio la detuvo: contestó él. De mal modo. Entonces ella no se aguantó más.
         —Me hablan a mí —le dijo—. Dame el teléfono.
         Su padre no le hizo caso. Se le quedó viendo a los ojos, desafiante. Entonces ella, igual de desafiante, le dijo para terminar:
         —Es mi novio.
         Ahí explotó todo. Su padre se contuvo con ella porque la quería mucho. Sólo la amenazó con meterle un tiro al muchacho. Pero a Antonio se le fue a golpes por no cuidar bien a su hermana. Y a su madre. Ignacio escapó de su ira. Él siempre escapaba porque a don Antonio ni siquiera le parecía que valiera la pena enojarse con él. Era un inútil nada más, una sombra.
         —¿Me enciendes la televisión, hijo?
         —Sí, mamá —Ignacio obedeció, sabiendo que después de unos minutos tendría que volver a levantarse para apagar el aparato. Era domingo y no había nada que le gustara a su madre: sólo deportes y un programa musical. Ya lo sabía. ¿Por qué entonces lo molestaba? Él quería pensar en la película que había visto: una historia en la selva del Amazonas, acerca de un negro que escapaba de la cárcel de Cayena y, después de caminar mucho y sortear toda clase de peligros, era capturado por unos salvajes que le ofrecían una mujer hermosa.
         —No ha venido la señora del pan de huevo —dijo su madre, pensativa.
Ignacio no le contestó.
         —Y ya no nos queda ni una pieza, ¿verdad?
         —Creo que no.
         —¿Por qué no vas a ver si hay por lo menos un pedazo? Tengo mucho antojo.
Ignacio caminó hacia la cocina. Desde la sala, su madre le gritó:
         —Si no encuentras nada, tráeme unas galletas de higo. Por favor, hijo.
         Por la ventana miró hacia el patio. Aunque ya estaba oscuro, todavía alcanzaba a distinguirse todo: el tamarindo, el granado, las dos higueras con la hamaca amarrada de una a otra. Don Antonio ya no fumaba pero seguía ahí, inmóvil. Ignacio pensó en una cascada muy alta, rodeada de árboles tropicales. El negro caía arrastrado por la corriente. Perdía el sentido. Los salvajes lo encontraban poco después, río abajo.
         En la sala, su madre miraba un partido de béisbol, aunque era evidente que estaba pensando en otra cosa y no le importaba lo que sucediera en la pantalla.
         —Gracias, hijo.
         Ignacio sintió tristeza al verla. Y también cierta satisfacción porque finalmente, a pesar de su padre y de los dos hijos muertos y de todo, ahí estaba: sana. Apoyada en sus manías.
Junto al retrato de Marina, más pequeño, colgaba uno de Antonio. Ése sí que no pudo, pensó Ignacio. Antonio había sido el hijo predilecto, cuando niño. Su padre esperaba mucho de él. Por eso, de los tres que llegaron a grandes, fue el que más llegó a odiarlo. Por eso se emborrachaba tanto y se gastaba el dinero con mujeres públicas. Sufría, pero en medio de ese sufrimiento le quedaba la satisfacción de ver frustradas las esperanzas que don Antonio había puesto en él. Hasta que lo mataron a balazos en una cantina. Fue entonces, inmediatamente después del entierro, cuando los dos viejos dejaron de hablarse. En silencio, con un rencor sordo e infinito, se culpaban uno al otro por la muerte de Antonio. Que porque el padre lo había orillado al vicio con sus castigos y su dureza; que porque la madre lo había echado a perder de tanto solaparlo.
         —Todavía ayer se veía muy contento.
         —Sí, mamá —le molestaba esa actitud de ella. ¿Por qué preocuparse por alguien a quien ya no quiere uno?
         —¿No será cosa de alguna mujer? ¡A su edad...!
         —No creo, mamá.
         —Es un viejo sucio.
         Sí, desde que Bibiana entró a trabajar, don Antonio le echó el ojo. Y eso que ella primero había querido coquetear con Ignacio. Pero a él le desagradó: le daba asco verla escupir. Como no podía hacerlo ahí, en el piso de la mueblería, se salía a la calle o iba al baño. Además su olor, el olor de su cuerpo... Ignacio sentía que se le había quedado metido en la nariz. En las noches despertaba de pronto, aventaba a un lado las sábanas empapadas de sudor, y le parecía que Bibiana estaba ahí mirándolo, acechando en la oscuridad, desnuda y ahíta de lujuria. Levantaba los brazos como si fueran alas y dejaba salir el olor de su cuerpo, que Ignacio llevaba consigo como una infección. Y tal vez sí, su padre era un viejo sucio. Empezó a hablarle, a darle privilegios que Ignacio no tenía. Le dio poder. Si algo salía mal era culpa de él, de Ignacio, no de ella. Bibiana hacía las mejores ventas, atraía a los clientes. La mueblería era ellos dos: don Antonio y ella.
         —Cierra la puerta, hijo. Se van a meter los zancudos.
         Ignacio obedeció. Se levantó a cerrar la puerta y de paso encendió la luz del corredor. Desde ahí se veía, obstinada, la figura de su padre.
         —¿Ahí está todavía?
         —Sí.
         —Se me hace que tú sabes algo y no me quieres decir.
         —No. No sé nada.
         —¿Tienen empleada en la mueblería?
         —No. Estamos solos.
         Era verdad. Qué alivio no tener que decir una mentira. ¿Por qué cada vez que la recordaba la veía escupiendo? O la oía diciendo “ei”. Decía “ei” en lugar de “sí”: una respuesta a medias, que a Ignacio le parecía no era una verdadera afirmación, como de alguien que no quiere comprometerse. A su padre le daba lo mismo, pero a él le disgustaba. Ei. Empezaron a hacerlo sentir que estorbaba. Por eso, finalmente, Ignacio decidió dejarlos solos una tarde. Al día siguiente se dio cuenta de que su padre no había desaprovechado la oportunidad. Se lo vio en la mirada, en la forma como pasaba junto a él casi empujándolo, sin decir Con permiso. Bibiana llegó tarde y no fue reprendida. Ignacio empezó a dejarlos más y más tiempo solos. Se iba a caminar por la ciudad, esa ciudad tan horrible. Subía las calles empinadas, humeantes de calor. Ni un solo árbol en el camino, ni una banca donde sentarse. Casi nadie andaba por las banquetas. De pronto alguna puerta se abría a un patio largo, lleno de gente acalorada: hombres sin camisa, mujeres que bailoteaban y se reían alrededor de los lavaderos colmados de ropa mojada, niños que orinaban en cualquier lado, entre perros jadeantes. Ignacio llegaba así a lo alto de los cerros y entonces se volvía, esperando ver algún paisaje agradable, si no venía alguno de esos ventarrones que le aventaban a los ojos puñados de tierra. Pero sólo veía la ciudad extendiéndose desde el pequeño valle hasta cubrir de fábricas y casas miserables todos los cerros vecinos. Únicamente hacia el centro destacaban algunas notas de color: las torres anaranjadas de la iglesia, los platanares y las jacarandas que trataban de dar a los hoteles un toque de exotismo, los distintos árboles que crecían todavía en los huertos de algunas casas viejas. Y el cine: un edificio alto como una gran caja de zapatos pintada de amarillo.
         Allá, una tarde cuando ya las cosas entre Bibiana y el viejo parecían muy seguras y don Antonio se había dado cuenta de que Ignacio sabía todo, la vio. Vio a Bibiana. Con un muchacho de su edad. Estaban recargados contra un arco de madera cubierto de flores marchitas, rastro de la última fiesta religiosa. El aironazo traía embozadas de polvo que se metían por todos lados como una plaga del Cielo, y sin embargo los dos jóvenes se veían frescos y libres igual que si hubieran estado en una playa o en un prado o en cualquier lugar igualmente bello y no en esa atroz ciudad. Era demasiado tarde para que Ignacio tomara otro camino. Bibiana, arrinconada contra el poste del arco, lo había sentido. Lo barrió con una mirada tan fuerte que hizo que su acompañante se volviera también. Y sacó la lengua como si fuera a escupir, pero no lo hizo. Esa vez no lo hizo. Sólo se mojó los labios, un segundo, antes de aferrarse al cuerpo que la tenía atrincherada en ese rincón. En su cara se dibujó una sonrisa mala, de desafío, de triunfo. Vino el viento, otra vez. Ignacio no los vio más.
         Pensó otra vez, con placer, en la película que había disfrutado esa tarde.
         —Ya me voy a acostar, hijo. Ayúdame.
         Ignacio se levantó y le ofreció el brazo a su madre. Por fin, pensó.
         —Quién sabe hasta qué horas pensará quedarse ahí —le dijo ella—. Llévale una manta.
         Salieron al corredor lleno de ruidos de insectos. Al fondo se encontraba la recámara de la madre: una habitación muy grande, de paredes altas. La puerta de madera rechinó al abrirse.
         Mientras esperaba a que su madre abriera el ropero y sacara la manta, Ignacio observó la cómoda cubierta de retratos de familia, incluyendo uno de su hermano más pequeño, el cuarto de la familia, que había muerto casi recién nacido; el reclinatorio, el rosario colgado en la cabecera de la cama. Pensó otra vez en su hermano Antonio. Quizá él se habría sentido satisfecho de ver así a su padre. De verlo por fin con la cabeza doblada, mordiéndose los huevos, solo. Sí, si Antonio podía verlos desde algún lado, si su alma andaba rondando la casa, estaría satisfecho: ya podría descansar en paz.
         —Hasta mañana, hijo. Que Dios y la Virgen cuiden tu sueño.
         Ignacio besó los dedos en cruz y cerró la puerta tras de sí. Cruzó el patio con la manta. Iba a ponérsela a su padre en las piernas, pero el viejo le cogió el brazo con su mano velluda. Lo apretó con fuerza, como si Ignacio fuera otra vez un niño y él pudiera lastimarlo y hacerlo llorar. Lo miró con ojos brillantes de rencor y escupió al suelo. Lo que nunca había hecho: escupió al suelo. La espuma de su rencor se perdió en la oscuridad de la noche. Luego se puso de pie y echó a andar hacia su habitación, en el otro extremo de la casa.
         Antonio sintió un golpe de viento fresco y pensó, con placer, en el Amazonas.

miércoles, noviembre 16, 2016

Volado





—Ándale, ¿sí?
         —Que no. Y ya sabes que no me gusta discutir en la calle.
         —Pues por eso: vamos a entrar y así ya no estamos en la calle.
         —No. No me presiones.
         —Dijiste que cuando cumpliéramos seis meses de andar.
        —Pues sí, pero no me siento lista y a fuerzas ni tú lo vas a disfrutar, ¿o sí?
         —Por favor, muñequita... de veras que ya no aguanto las ganas.
         —Ayúdate tú solo. Vas a ver que te relajas.
         —Ayúdame tú.
         —No. Con coacción, nada.
         —Ya vinimos hasta aquí. Vamos a entrar. Ándale, ven.
         —No me jales, güey. Nos está viendo la gente.       
         —Pues vamos.
         —Está muy feo este hotel. Ha de tener hasta pulgas.
         —Todos los hoteles son iguales.
         —En los que tú te has hospedado, tal vez.
         —Ay, sí. Tú puro cinco estrellas.
         —Entiéndeme, amor. Quiero conservar un recuerdo bonito de mi primera vez. Que se vaya dando solo, no así. Y que no sea en un lugar tan pinche. ¿Viste esa pareja que salió? Es como hotel de huilas. ¿No sientes feo de llevar a tu novia a un lugar así?
         —Bueno, vamos al que está por la escuela.
         —Cómo crees. Ahí cualquier conocido puede vernos. ¿Y luego?
         —¿Entonces, gordita?
         —Gorda la más vieja de tu casa. Yo estoy delgada. Pero eso no lo vas a ver hoy.
         —Ya no aguanto, de veras. Siento que si estornudo se me van a salir por la nariz.
         —Ni siquiera has de traer condones.
         —Los ando cargando desde hace tres meses.
         —¿Y te lo sabes poner?
         —Vamos, para que veas que sí.
         —No. Ya te dije: ayúdate tú solo.
         —¿Cuándo me vas a ayudar tú?
         —No te conformarías con eso.
         —Por ahora sí.
         —Por ahora.
         —Bueno, ni modo que te diga que para siempre.
         —De todas maneras no, güey. Ya te conozco. Vas a querer más.
         —Te juro que no. Nada más una manita. Ándale, ¿sí?
         —No. Ya te conozco.
         —Llegamos hasta donde tú quieras. De verdad.
         —¡Ay, ya no me confundas! No quiero. Y ya vámonos de aquí. Qué van a pensar, que estamos discutiendo en la puerta de un hotel.
         —¿Adónde vamos, pues?
         —Al Starbucks. Quiero un chai latte.
         —¡Al Starbucks!
         —¿Qué tiene?
         —Está bien caro.
         —¿Y con qué dinero ibas a pagar el hotel, si se puede saber?
         —El dinero del hotel nunca me lo gasto. ¿Qué tal si el día en que por fin quieras no tengo?
         —No te preocupes, no voy a querer pronto. Podemos ir al Starbucks.
         —Ni madres.
         —Ándale, Cochichi, ¿sí?
         —No. Y deja de inventarme apodos ridículos.
         —Entonces ya me voy a mi casa.
         —No. No te vayas.
         —¿Vamos al Starbucks?
         —¿Vamos al hotel?
         —Un volado.
         —Juega. Avienta la moneda.
         —Va.
         —¡Águila!
         —¡Sol!
         —Cayó águila. Lo sabía.
         —Te salvó la suerte. Vamos al Starbucks, pues.
         —Vamos, Cochichi.
         —Oye, ¿a poco si hubieras perdido sí ibas a ir conmigo al hotel?
         —¡Dale con el hotel! Estás obsesionado con eso. Me lo vuelves a mencionar y me voy a mi casa, ¿eh?
         —Está bien.
         —Pues apúrale, que todavía tengo que llegar a hacer tarea.