miércoles, mayo 04, 2016

LOS SEGADORES



Among leaves, I have torn out the heart of
the sun
The long-lost Mexican sun.

James Dickey

 

Matiana ya sabía que iban a venir. Se lo había dicho su abuela. Allí, en la olorosa penumbra de su tienda de plantas medicinales en el mercado de Sonora, entre velas de chile, collares de santería y jabones para limpias, su abuela le dijo todo lo que iba a pasar. Y después de contárselo, selló sus labios con un movimiento de sus dedos torcidos y negros. No fue necesario, porque Matiana nunca tuvo la costumbre de hablar mucho, ni siquiera de niña. Y ahora que era adolescente y sabía que su tiempo en la tierra llegaba al final, menos. Había hecho su parte y estaba en paz. Por fin iba a reunirse con sus padres, quienes se fueron de este mundo cuando ella aún no cumplía el año de nacida. No hubo tiempo ni de darle hermanos. Matiana creció bajo el cuidado de la abuela, cobijada por las sombras de su tienda, entre el olor de la ruda y el del ocote, alimentando gallinas negras y buscando en los rincones a los sapos que escapaban de su jaula. Un día, cuando ya le había enseñado todo lo necesario, la anciana también se fue.
          —Pero nos vamos a reunir pronto —le dijo—. Ahorita todos los de nuestra sangre, incluidos tus padres, están solos allá en el Mictlán, esperando. No tienen con quien hablar y ahí no hay luz ni para mirarse los dedos de las manos. Todos están tristes y allá voy yo también. Pero en cuanto tú, que eres la última porque ya no va a nacer más gente de nuestra sangre, hagas tu parte, nos vamos a juntar.
          Esas palabras fueron la única herencia de la abuela. La tienda estaba vendida desde antes. Era parte del plan para Matiana, que debería caminar mucho en adelante, ver todo lo malo, ponerse en contacto con las existencias más inferiores de la ciudad de sus antepasados.
          Durante algún tiempo pidió limosna en las calles aledañas a la catedral metropolitana.
          —¿No tienes padres? —le preguntó un día un hombre como de cincuenta años, miserable, con los ojos como estrellados de cansancio. Matiana lo reconoció en seguida.
          —No.
          Podía anticipar todo lo que vendría después como si su vida fuera una película que ya había visto.
          El hombre se llamaba Apolión, pero en el barrio le decían “Apo”,  y era merolico; vendía unas milagrosas píldoras que curaban la solitaria, las lombrices, el granizo y todo tipo de parásitos intestinales. Buscaba un sitio adecuado en cualquier banqueta y ahí, sobre una lona pringosa, colocaba sus frascos llenos de bichos conservados en formol; eran cosas tan horribles que los transeúntes invariablemente se detenían a mirar y muchos compraban las píldoras, sólo por el temor de saberse invadidos por alguna de esas repugnantes serpentinas.
          Aunque Matiana no iba a resistirse a nada, no quiso tocarla sexualmente. Se la llevó a vivir con él así, sin cohabitación de esposos, porque ella era una niña y él se sentía sucio de gusanos. Se limitaba a bañarla. Vertía el agua sobre su cabeza con una jícara y luego, arrobado,  recorría con las manos enjabonadas toda su piel: los hombros redondos y suaves, el pecho todavía infantil pero cuyos oscuros pezones ya sabían erizarse al contacto de los dedos, la cintura. Luego la llevaba a la cama para secarla y, en ciertas noches especialmente infernales, se ponía a contemplarla durante horas, sin moverse, como un peregrino ante una imagen. No era ella lo que veía, sino las llamas que la rodeaban protegiéndola. Habría bastado un solo movimiento, una sola caricia impura, para que él mismo estuviese condenado, para que su alma se llenara de gusanos como ya lo estaba su cuerpo. El vértigo de ese peligro le daba un placer maravilloso y culpable. Y gracias a él, al otro día ofrecía sus píldoras milagrosas con mayor poder de convencimiento, con mayor espanto. Ante sus ojos aterrados de deseo, el cuerpo de Matiana dejó las formas y el perfume de la infancia. Una noche, al secarla, Apo descubrió entre las piernas de la niña su primera vaharada de mujer. Y ella se estremeció. El aire entraba con esfuerzo a sus pulmones a través de los labios entreabiertos. La visión del techo miserable y de la luz amarilla del foco se congeló en sus ojos entornados, en su mirada de pronto turbia. Apretó ambos puños, escondiendo los pulgares bajo los demás dedos. Después de ver así a su niña, Apo  corrió a la cocina de la vivienda en busca de un cuchillo. Sin un instante de vacilación, se sacó el ojo izquierdo. Y de la cuenca sangrante empezaron a salir gusanos, unos gusanos delgaditos y blancos que se retorcían de dolor al sentir el aire seco.
          Esa fue la señal para Matiana. Al día siguiente, como se lo había dicho su abuela, escapó de la casa sin llevarse nada ni dejar nada suyo. La calle lucía como recién lavada cuando salió. Echó a andar sin rumbo y sin tristeza, súbitamente llena de alegría.

 ***

Esa noche del viernes 20 de diciembre comenzó todo. Varias jornadas antes había tenido lugar un eclipse de luna, celebrado con ofrendas en todo el valle, y ahora el solsticio de invierno coincidía con la luna llena, como hacía muchos años no se observaba. Sería una noche de revelaciones. Uno por uno fueron llegando los abuelos. Fuera de la Catedral, en pleno Zócalo, un águila volaba como si fuera mediodía y el colibrí se había convertido en ave nocturna. Tres días después, el lunes 23, aparecieron los signos. El más claro fue el de los pájaros adivinos. En todas las plazas y los parques de la ciudad y en las ferias y en todos aquellos sitios donde había una ave de éstas, nació primero el temor. La noche había sido tranquila, quizá un poco invernal, pero no parecía que fuera a pasar nada. En la mañana, cada dueño se levantó a la hora acostumbrada, desayunó, hizo alguna otra cosa y se dispuso a salir a trabajar. Buscó la jaulita con sus tarjetas de la buena suerte, saludó al animal que se encargaría de escoger una de ellas para cada persona que se acercara a consultarlo. Y entonces se dio cuenta. Sintió miedo. Después, durante el día, supo que en todas partes había ocurrido lo mismo: un espíritu maligno, un agente invisible y probablemente múltiple penetró en las jaulas de los pájaros adivinos y les sacó los ojos.
          No hubo más signos y, quienes no tenían en su casa un pájaro adivino, no se enteraron de nada. La ciudad pareció vivir normalmente. Los coches cumplieron con su lenta rutina. El color verde de los uniformes de la secundaria alegró un poco el paisaje vespertino. Pero bajo esta apariencia se desató un intenso movimiento. Moriscos, albinos, torna-atrás, lobos, zambayos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamizos y allí-te-estás... todas las castas olvidadas de México recibieron señal de alerta. El tiempo había llegado. En el altar mayor de la Basílica de Guadalupe, un sacerdote encendió el fuego. En las calles de la ciudad, las prostitutas de dientes pintados de rojo iniciaron la vigilia. Eecatl, Cipactli, Calli, Cuetzpallin, Coatl, Miquiztli, Mazatl, Tochtli, Atl, Itzcuintli, Ozomatli... Éstos y otros fueron los nombres que el sacerdote repitió.

***

Le había dado por pensar en su vida como la historia de un rescoldo. Había nacido por accidente, porque alguien lo dejó caer al pasar, quizá de la punta de un cigarro, y él se aferró a lo primero que encontró: un periódico viejo, un pedazo de cartón. Logró sobrevivir con mínimo alimento. Pasaron días, que para él fueron años, y no le fue dado conocer otra cosa que el hambre, la soledad. Pero una noche, en virtud del mismo azar que lo había puesto ahí, una gracia le fue concedida en el ser de una niña. Aunque no supo quererla y ahora ya ni siquiera deseaba aquello en cuyo nombre la había perdido. Supo que había llegado su tiempo y no habría otro. Comenzó a arder con todas sus fuerzas, se aferró a aquello que de momento le era concedido: la cegadora luz de la soledad. Hubiera podido cuidarlo, apurarlo lentamente y así hacerlo durar. Pero nunca había tenido nada semejante y, ¿qué si mañana ya no había más? Se entregó a su propio calor y se dejó devorar por él. Vino luego, otra vez, el abandono. Los mismos invisibles seres que la habían encendido la dejaron consumirse. Ahora era otra vez un rescoldo, un calor débil sepultado en un montón de ceniza. No habría una segunda oportunidad.
          Había caminado mucho, durante varias horas, y estaba terriblemente cansado. Sentía que las piernas iban a doblársele en cualquier momento. Pero no le importaba. Sólo pensaba en una cosa: no dormirse. Se sentía como si le hubieran confiado la guarda de una torre, en una ciudad a punto de ser destruida. Sentía que si cerraba los ojos no los abriría más. Ni él ni ninguno de los que se hallaban bajo su protección. Pero, ¿quiénes eran? ¿Qué clase de tarea estaba cumpliendo al permanecer despierto? Se detuvo en un parque y se sentó en una banca. Detenido en el aire quieto, el smog delataba su presencia en una lenta vibración metálica. En el suelo, cerca de sus pies, había varios pájaros muertos, sin ojos, llenos de gusanos. A él también le faltaba un ojo, el que había entregado como rescate. Estaba en paz. Supo que debía detenerse en algún lado y vender sus píldoras milagrosas por última vez, aunque no llevara consigo sus frascos. El Señor de las Lombrices le dictaría lo que debía decir, hablaría por su boca. De pronto no tenía cansancio ni sed. Se plantó en un extremo de la banqueta, tal como lo hacía cuando ponía su lona y sus frascos, y comenzó su pregón. A su espalda, a muchos kilómetros en dirección del oriente, el volcán vomitaba su negra lluvia de cenizas.
          Después de casi tres horas, nadie se había detenido a oírlo. Apo  comprendió que ya era inútil. Había hablado de muchas cosas, de las tantas muertes de esta ciudad arrasada por el fuego y diezmada por la viruela, bombardeada con cañones y fertilizada con sangre. Luego, sin que nadie hubiese puesto atención a una sola de sus palabras, dejó caer los brazos y lloró por los abuelos y por las abuelas. Cuando terminó, era de noche. No había nada más qué decir ni a qué quedarse.
          Echó a andar otra vez. Los vendedores ambulantes habían levantado sus puestos y el viento nocturno dispersaba la basura en pequeños remolinos. En los comercios cerrados, ya sólo se movían —lentos relámpagos de carne oscurecida— algunas prostitutas. Apo  se metió por una calle de casas pequeñas con techos de cartón negro. Al dar la vuelta en una esquina, una figura llamó de pronto su atención. Recargada contra un muro, con los cabellos en desorden y la ropa desgarrada, una mujer parecía llorar. Apo  se detuvo frente a la banqueta cubierta de basura, bajo la luz oblicua de un letrero de hotel de paso. Al fondo, la calle se veía larga y sin fin y las cenizas del volcán seguían cayendo como mariposas incandescentes.
          —¿Te hicieron algo? —le preguntó a la mujer. Ella no le contestó, ni siquiera pareció oírlo. Con los brazos en cruz, cubrió su pecho. Sus piernas temblaban.
          —¿Quieres que llame a la policía?
          La mujer seguía sin contestarle. Empezó a llorar más fuerte.
          Apo  esperó unos instantes.
          —¿Quieres que llame a la policía?
          La mujer levantó la cabeza y se le quedó viendo. Era Matiana. Una Matiana ya no niña, pero muy joven, casi adulta. Y extendió hacia él sus brazos.
          —¿No vienes conmigo? —le dijo—. Ándale. Ya hicimos todo lo que podíamos hacer.
          Apolión  iba a preguntarle de qué hablaba cuando sintió en la mejilla la hoja de un cuchillo. Una sensación de calor le dijo que había empezado a brotar la sangre. Antes de dejarse caer, lanzó un grito largo y vibrante, como el de un pájaro cuando le sacan los ojos, y se inclinó hacia las manos de la muchacha que lo esperaba.
          —Eras el último, mi hijo —le explicó ella con inmensa y consternada tristeza—. Ahora ya pueden venir los Segadores a hacer su trabajo. Por fin, después de tantisísimos años.
          Las cenizas del volcán se retorcían en la calle como un reguero de gusanos en llamas.

jueves, abril 14, 2016

LOS APACHES DE KIEV



 
Foto del autor.
 
Salió en los diarios y en la televisión lo del muerto que encontraron en el Jardín Botánico. La policía de Kiev lo identificó inmediatamente: Dmitri Belov, periodista y analista político, conocido por sus duras críticas a la administración del presidente Poroshenko. Presumiblemente se trataba de un suicidio, pero la policía había recibido órdenes de poner a trabajar todos los recursos posibles hasta confirmar este dictamen.
          De los subempleados —buhoneros y prostitutas— que merodeaban el Jardín Botánico, muy pocos fueron advertidos. ¿Cómo iban a enterarse los demás? No tenían televisor ni gastaban dinero en periódicos. Comprensiblemente, quienes supieron del cadáver evitaron aparecerse por ahí. Sabían que iba a haber revuelo, sobre todo si se trataba de un muerto importante; la policía iría en busca de posibles testigos para interrogarlos y de paso extorsionarlos con otros cargos. No serviría de nada explicarles lo que ya sabían: que cada semana todos esos subempleados pagaban una cuota para que los dejaran en paz.
          Ignorantes de todo, tres hombres como de 40 años, de aspecto exótico, vestidos como apaches de película Western, se aparecieron después de las once de la mañana. Eran Ernesto Ortega, Gonzalo Zavala y Milton Guzmán: mexicano, nicaragüense y venezolano respectivamente. Los tres vestían igual: penacho de plumas blancas de los que van de la cabeza a la cintura, chaqueta y pantalón de cuero café con tiras en las mangas y en la espalda, mocasines y maquillaje ritual de batalla. Llevaban varios instrumentos musicales que se turnaban para tocar música andina: “El cóndor pasa”, “Pájaro Chogüi”, “Moliendo café”, etcétera. Sabían que ni la música iba con el vestuario ni el vestuario con las etnicidades, pero esa rara combinación era lo que mejor les había funcionado comercialmente. La americanofilia estaba a la alta en Kiev, y los transeúntes les daban dinero gustosos a esos “indios norteamericanos” que tocaban música de “su pueblo”. Quizá las notas alegres de “La flor de la canela” llevaban a los ucranianos a imaginar la belleza de la vida en los tipees, entre bisontes, caballos salvajes, pumas y águilas cabeza blanca. El hecho es que, además de tocar y cantar, los “apaches” ponían en el piso un paño donde ofrecían a la venta CDs con la misma música.
          Después de sacar la mercancía de una enorme mochila de campamento y ver que los otros dos la colocaran de la manera más atractiva posible, Milton sacó también varios sandwichs y botellas de cerveza. Solían beber cerveza antes de tocar. Les daba inspiración, decían.
          —¿Ya probaron ésta, compas? —las botellas lucían etiquetas amarillas con caracteres que recordaban la escritura arábiga.
          —Española, creo —le preguntó Gonzalo.
          —¿Importa de dónde es? —se burló Ernesto.
          Usando una banca de cemento como mesa, Milton empezó a servir en vasos desechables mientras sus compañeros terminaban de colocar el puesto. A ninguno de ellos le sorprendía encontrar cada día productos occidentales en las tiendas de Kiev. Desde que cayó Yanukovich, los ucranianos consumían con avidez todo lo que viniera del Oeste, así que llegaban infinidad de cosas, ya fueran regalos de la Unión Europea, experimentos de exploración de mercado con miras a la futura integración de Ucrania, o el endémico contrabando que parecía ser lo único impermeable a los cambios políticos. Eran productos que se encontraban una vez, por unos días, y luego desaparecían del mercado para ser remplazados por otros. Así que había que aprovechar. La cerveza se veía buena: tenía un color brillante y un aroma lejanamente frutal que a los tres latinoamericanos les recordó alguna bebida del trópico.
          En septiembre todavía hacía calor en Kiev, pero ese año las lluvias de otoño se adelantaron. Ya se veían en el cielo los nubarrones oscureciendo el Jardín Botánico. Eso ahuyentaba a los paseantes: había pocos.
          De pronto oyeron unos pasos que venían apresurados hacia ellos:
          —Vámonos. Recojan todo —les dijo en ucraniano una voz femenina.
          Era Valerya Mutsinova, ladrona, buhonera de perfumes piratas y prostituta ocasional que se había hecho amiga de esos latinoamericanos a fuerza de compartir el territorio.
          —¿Qué pasa? —le preguntó Gonzalo, todavía alegre, llevándose a los labios el primer trago de su desayuno de cerveza.
          —Mataron a un tipo.
          —Cálmate —Ernesto sirvió un cuarto vaso de cerveza y se lo ofreció a la chica—. Todos los días matan gente en esta ciudad.
          Valerya aceptó la cerveza y se la tomó de un trago, pero no se relajó:
          —Lo mataron por aquí.
          —¿Y?
          —Que la policía anda buscando testigos.
          A los hombres les cambió la cara inmediatamente. Se tomaron rápido la cerveza y empezaron a recoger sus cosas. Todas y todos los que rondaban al área del Jardín Botánico y el bulevar Shevchenka habían entendido en carne propia por qué la policía ucraniana tenía fama de ser la más corrupta y brutal de Europa.
          Valerya empezaba a ayudarles con los CDs cuando vio de reojo a los cuatro hombres que caminaban hacia ellos: dos vestidos de civil y dos embutidos en el uniforme de verano de la policía ucraniana.
          —Demasiado tarde —dijo, cambiando la dirección de sus movimientos: en lugar de recoger estaba poniendo el puesto.
          —No lo mataron, se suicidó —murmuró. Y, como viera que no la comprendían, preguntó para asegurarse—. ¿Me oyeron?
          —Nosotros no vimos nada —protestó Ernesto—. Ni siquiera...
          Valerya lo silenció con una mirada imperativa, casi amenazante:
          —Ustedes van a decir que se suicidó.
          —Shtt —los calló Milton.
          La policía ya estaba ahí.

                                                            °°°
Ernesto Ortega llevaba más de veinte años viviendo en Kiev. Llegó siendo un jovencito, con una beca para estudiar en la Unión Soviética, en el Instituto de Medicina A.A. Bogomoletz. Era 1988 y en todo el mundo había jóvenes idealistas que soñaban con educarse en el más puro espíritu del marxismo, en Moscú, en Leningrado, en Kiev, en Minsk... obtener esa beca significó para él un gran triunfo. Y, una vez instalado, el estudio pasó a segundo término ante la emoción de conocer muchachos y muchachas de tantos países, todos hermanados por su visión del futuro.
          Ernesto se enamoró de una ucraniana, se casó con ella sólo para encontrarse con que la mujer lo había embaucado sin más fin que el de usar el acta de matrimonio con un extranjero para poder escapar del país; se encontró solo y se sintió utilizado y roto y ya no tuvo la presencia de ánimo para seguir yendo a clases. No lo expulsaron de la Unión Soviética; irónicamente, el mismo papel que le sirvió a  su mujer para irse, le sirvió a él para quedarse. Además, ya no hubo país del cual expulsarlo: aquel país dejó de existir y todo se volvió un caos.
          Poco después, España pareció volverse un país rico. Muchos ucranianos querían emigrar allá, y eso le abrió a Ernesto nuevas posibilidades ahí mismo, en Kiev: empezó a dar clases privadas de español.
          La vida en Ucrania se transformó rápidamente luego del cambio de sistema, sobre todo en las ciudades grandes. En el transcurso de unos pocos años, el aspecto de las calles, de las casas, de las personas dio un vuelco tan grande que, de no haber sido porque las cosas esenciales se mantuvieron, la gente que salió del país cuando todavía ondeaban las banderas rojas no habría podido reconocer su casa. En el mismísimo bulevar Shevchenka, el paseo más bello de Kiev, se estableció un centro comercial subterráneo de estilo capitalista, con un McDonald’s y quién sabe qué otras tiendas y restaurantes de fast food que ofrecían una comida completa por 14 grines, menos de 3 dólares americanos. La ciudad se abrió al turismo y se llenó rápidamente de tiendas, de restaurantes, de puestos donde se podía comprar toda clase de souvenirs: banderas, relojes, licoreras, pins, gorros, fotografías de Stalin y de Gagarin y demás reliquias de la Unión Soviética, matriushkas, tarjetas postales, etcétera. Eso fue como por los años 2003, 2004. Ahora ya no. Ahora ya estaba prohibido, bajo pena de cárcel, todo lo que recordara a Rusia o el comunismo.
          Y así, muy parecidas a la de Ernesto, eran las historias de Gonzalo y de Milton. Los tres tenían ya más de cuarenta años y eran unos vagabundos, con frecuencia borrachos, que ni siquiera tocaban bien.

                                                            °°°

—¿Y esto? —preguntó uno de los uniformados.
          —Cerveza —le respondió Milton—. ¿Quiere probarla?
          —¿No será contrabando? —preguntó el agente, viendo que no se trataba de una marca común.
          —La compré en la tienda. Si quiere lo llevo para que vea.
          —Pruébela, está buena —lo invitó Ernesto.
          Por toda respuesta, el policía vació en el suelo el contenido del envase, con una expresión de triunfalismo, de prepotencia orgullosa de sí misma.
          Tras la intimidación de costumbre —revisión de identificaciones y permisos de residencia, mochilas, instrumentos y mercancía, con la pregunta-amenaza de si no llevaban droga escondida en algún lado— los agentes empezaron a hacer preguntas.
          —Contesten con la verdad y no los investigaremos más de lo necesario —en el lenguaje de la policía ucraniana, “investigaremos” se traducía como “inculparemos”.
          —Está bien.
          —¿Ayer estaban ustedes aquí alrededor de las seis de la tarde?
          —Sí —respondió Valerya de inmediato, con la firmeza necesaria para que sus amigos no fueran a contradecirla.
          —¿Tú también, nena? —uno de los uniformados se le acercó como para intimidarla con su voluminoso cuerpo—. Aquí no está permitido ejercer la prostitución. En el bulevar...
          —No soy prostituta —se defendió la chica—. Vendo perfumes.
          —¿Perfumes? ¿Mandamos a analizar al laboratorio lo que traes en tus botellitas?
          —No se entretenga en tonterías —lo regañó uno de los que vestían de civil, el que parecía ser el jefe.
          —Perdón, señor. Era para establecer contacto.
          El de civil lo hizo a un lado sin responder y continuó él mismo el interrogatorio:
          —Andaban por aquí entonces. ¿Los cuatro?
          Los latinoamericanos asintieron, no muy seguros. Estaban mintiendo y no tenían  idea de por qué.
          —Mientras se hallaban aquí, ¿en algún momento oyeron o vieron algo fuera de lo común?
          —Yo oí un disparo —declaró Valerya.
          —Yo también —confirmó Gonzalo, intuyendo que debía seguirla.
          El policía se volvió hacia él.
          —¿Dónde?
          —No lo sé, jefe. Es muy difícil saber de dónde viene un disparo, por lo menos para mí.
          —¿Cerca?
          —Relativamente, sí.
          —¿Dirías que se originó en el área del Jardín Botánico?
          Gonzalo miró de reojo a Valerya, a ver si ella le ayudaba a responder de alguna manera. Hizo como que reflexionaba y finalmente contestó:
          —Sí.
          —¿No te acercaste a ver qué pasaba?
          —No.
          —¿Por qué?
          —Me dio miedo.
          —¿Estás diciendo la verdad? —el policía no parecía satisfecho.
          Valerya se dio cuenta de que Gonzalo no sabía ya hacia dónde ir y salió en su ayuda:
          —Yo vi algo.
          —¿Qué?
          —Un muerto.
          —¿Cómo era?
          —No sé. No recuerdo. Estaba nerviosa.
          El otro tipo vestido de civil sacó una foto y se la puso enfrente:
          —¿Sería éste?
          La imagen mostraba un cuerpo masculino tumbado boca abajo entre los arbustos, con los brazos abiertos en cruz. No se le veía el rostro, pero en la mano derecha sostenía una pistola automática.
          —Sí. Ése era —dijo ella.
          La expresión del policía se relajó. El otro, el que parecía ser el jefe, incluso sonrió.
          —¿Viste si alguien estaba cerca?
          —¿Alguien?
          —Sí. Alguien que hubiera podido dispararle.
          —No. No había nadie ya por ahí. Supongo que se disparó él mismo. Se mató.
          El otro policía le mostró una foto más: un close up del rostro de un hombre como de cincuenta años.
          —Era éste —le dijo a la muchacha—. ¿Lo conoces?
          —De vista —por primera vez, Valerya sintió la frescura de estar diciendo la verdad.
          —¿Tenías algún... negocio con él?
          —Venía al Jardín Botánico. Venía a caminar. A veces se sentaba a fumar en alguna banca.
          —¿Nunca hablaste con él?
          —No. No tenía cara de querer platicar.
          —¿Estaba deprimido, dirías?
          —Sí. Supongo que ya traía la idea de matarse.
          El jefe volvió a sonreír, incapaz de disimular su satisfacción.
          —Eres muy lista para ser lo que eres.
          Valerya no quiso darse por ofendida:
          —Tal vez es por lo que soy que soy lista.
          El jefe ignoró el comentario. Respondió con otra cosa, dirigiéndose a los cuatro testigos:
          —Se salvaron. Los oficiales les van a tomar sus datos —y los dejó ahí, con los dos uniformados. Él y el otro de civil ya se alejaban de regreso por donde habían venido, pero todavía se detuvo un instante para hacer una advertencia—. Váyanse ya. Vamos a estar trabajando aquí y no quiero que entorpezcan la investigación.
          Los cuatro amigos hicieron lo que se les ordenaba. Y cuando pensaron que ya podían retirarse tranquilos, resultó que todavía debían darles una propina a los uniformados, por la molestia que se tomaron en tratarlos como si fueran gente decente.

                                                            °°°
Se fueron por el bulevar y tomaron hacia el río, el anchuroso y helado Dnieper. A pesar de que no habían tenido problemas, había una sombra que pesaba sobre ellos. Valerya ya no decía nada, pero pensaba en el muerto. ¿Cuántas veces anduvo ese hombre por ahí mismo, caminando por el hermoso camellón lleno de álamos? ¿Cuántas veces lo vio ella sentarse a fumar en una de las bancas? Y sin embargo nunca habló con él.
          —¿Por qué no nos interrogaron por separado, como siempre lo hacen? —Milton, el venezolano, la sacó de sus cavilaciones.
          —Es obvio, ¿no? Porque tenían prisa y no les interesaba saber la verdad.
          —¿Entonces? ¿Qué querían?
          —Hacernos parte de su teatrito —respondió ella, casi con rencor—. Que les dijéramos que el tipo se había suicidado.
          —¿Por qué?
          Ella se encogió de hombros:
          —Eso es lo que van a decirle a la gente.
          —Mierda de políticos —añadió Ernesto.
          Valerya hizo una pausa y luego dictaminó, con tono de estar totalmente segura:
          —Ellos lo mataron.
          —¿Ellos? ¿Quiénes?
          —La policía. El gobierno. No sé. Ellos.
          —Eso dijiste vos cuando llegaste —recordó Gonzalo.
          —¿Cómo puedes estar segura? —la cuestionó Milton— ¿Qué tal si de verdad se suicidó?
          —No. Yo lo había visto varias veces. Venía por aquí a fumar.
          —¿Y?
          —Que era zurdo: encendía el cigarro con la mano izquierda, se lo llevaba a la boca con la mano izquierda. Y en la foto que traían estos cerdos tenía la pistola en la derecha: se la sembraron ellos.
          Milton ya no dijo nada. Frunció el ceño por toda respuesta. Había comprendido. Los demás comprendieron también. Después de todo, las cosas no eran muy diferentes en América Latina.
          —Bueno —dijo Valerya, cambiando en tema—, ¿vamos a comprar otras?
          —¿Otras qué?
          —Otras cervezas.
          —Vamos —apoyó Gonzalo.
          A la distancia se veían los edificios antiguos y bien iluminados de la avenida Khreschchatyk. El pavimento mojado reflejaba las luces: había empezado a lloviznar.