miércoles, febrero 18, 2015

Las reinas



Imagen: Dave Lebow: "Brothel".


Era a principios de julio y había llovido todo el día. A las tres de la tarde seguía lloviendo, aunque menos fuerte. En la casa se oía el agua rebotando en los techos y en las ventanas, el canto friolento de algunos pájaros que buscaban resguardo en las ramas de los árboles. Las luces se hallaban encendidas. Así se sentía un poco menos triste lo nublado del día.
          —Con este clima, prefieren emborracharse —comentó Vanessa, de mal humor. Chaparrita y entrada en carnes, blanca, cabello castaño claro, enfundada en un bodice negro con cintas color de rosa, estaba fumando en una silla junto al teléfono, esperando a ver si alguien llamaba.
          —Es temprano —la consoló la Caballa.
          Se encontraban todas, las seis, ahí en la sala. Aburridas. Sentada en el sofá de terciopelo rojo, Danette leía el periódico. Bajo el entallado vestido blanco, sus enormes tetas parecían a punto de reventar el escote. Junto a ella, la pálida Amaris le cepillaba el pelo a la Caballa. Lo hacía con movimientos suaves, lánguidos, cansados, como si las largas crenchas de la Caballa pesaran mucho. Mela, junto al espejo, se exprimía un barro. Y Conny, en lencería roja incluidas medias con liguero, estaba echada sobre la alfombra en el centro de la sala, mirando un catálogo de zapatos y comiendo cacahuates. Un olor a café caliente comenzó a llegar de la cocina.
          —Voy a ver si ya está el café —anunció Mela, apartándose del espejo.
          —Yo lo que tengo es hambre, tú —se quejó Conny.
          —Hay queso en el refrigerador —le dijo la Caballa—. Y yo traje pan. ¿Por qué no te haces un sandwich en lugar de estar comiendo cacahuates?
          —Te van a salir barros como a Mela —agregó Vanessa, bromeando.
          Conny iba a contestarle algo cuando sonó el timbre. Danette dejó el periódico en el sofá, se acomodó las tetas y fue a ver quién tocaba. Sus zapatos de plataforma bajaron como martillazos los escalones de madera. Volvió con un hombre: un ranchero a juzgar por el sombrero, las botas, la piel curtida de sol.
          Danette le ofreció asiento y llamó a Mela, que seguía en la cocina sirviendo el café.
          Todas se formaron en línea, como soldaditos, para que Danette las presentara una por una y se presentara a sí misma.
          El hombre tardó un poco en decidirse, pero finalmente escogió a Amaris. Muchos la preferían, quién sabe por qué. Era la única que nunca sonreía. Flaca, pálida, llevaba un largo camisón transparente, negro, debajo del cual iba totalmente desnuda. En la opinión de sus compañeras, eso no la hacía bonita; al contrario, le daba un aspecto medio macabro, como de aparición de esas que van por ahí ululando. Pero había algo en su actitud de loca sedada que atraía a los clientes.
          El ranchero todavía no salía del cuarto cuando llegó otro cliente. Éste se fue con la Caballa: a algunos les gustaba por grandota. Parecía que el día iba a componerse, después de todo. Llegaron otros dos; uno se llevó a Conny y el otro a Danette, la de las tetas cornucopiales. Y eso que afuera seguía lloviendo. La casa cerraba a las ocho de la noche, porque casi todas las muchachas eran esposas y madres y debían llegar a cenar con su familia y a hacer limpieza o planchar ropa. En los días buenos hacían cinco, seis, a veces hasta diez clientes cada quien. Pero éste no iba a ser un día bueno. La siguiente vez que sonó el timbre era la señora del Avon. Sólo Danette le encargó algo: un perfume en el cual iba a gastarse lo que acababa de ganar. Le gustaban mucho los perfumes, en especial las fragancias dulces de flores nocturnas. Las demás sólo hojearon el catálogo.
          —¿Por qué te pusiste nombre de yoghurt? —le preguntó la vendedora, mientras apuntaba el encargo en su libreta.
          —Ella no se lo puso —aclaró Vanessa, riendo—. Nosotras se lo pusimos porque cuando recién llegó aquí estaba a dieta y lo único que comía era Danette.
          —¿Y a ti te gustó, m’ija? —preguntó la señora del Avon, incrédula, casi maternal.
          —Pues sí, qué tiene —se defendió Danette.
          —Yo digo que está bonito —concluyó Mela, guiñando el ojo; tenía los párpados pintados de lila—. Suena como francés.
          A Mela —Carmela— parecían importarle mucho los nombres, aunque no había querido cambiarse el suyo. Y eso que no le gustaba: los albureros le hacían bromas de que con el nombre le habían dado el destino. El que sí le gustaba, y más que cualquier otro, era Paola Vianey, así, combinado, pero lo estaba reservando para cuando tuviera una hija.
          La vendedora se entretuvo un rato con ellas, recomendándoles algunos de los productos que ofrecía en el catálogo. Se tomó un café. Luego se fue, sin que nadie más le encargara nada.
          Se quedaron las seis otra vez solas, aburridas ahí en la sala. Vanessa empezó a fumar de nuevo. La Caballa se recostó en el sofá cuan larga era, con la cabeza apoyada en el regazo de Amaris. Y Amaris le estuvo acariciando el cabello hasta que la arrulló.
          —¿Para qué compras esas porquerías? —le preguntó Mela a Danette, que estaba limándose las uñas.
          —¿De qué hablas, tú?
          —Del perfume que encargaste. A muchos ni les gusta que una huela a perfume.
          —No me lo pongo para ellos —Danette torció la boca.
          —Te voy a enseñar algo que sí funciona —le ofreció Mela.
          Todas se volvieron a mirarla. Incluso la Caballa despertó y se dio vuelta, aunque sin levantar la cabeza de las piernas de Amaris.
          Mela fue por su bolso y sacó de él un sobrecito con letras rojas.
          —Miren —lo puso en las manos de Danette, que leyó en voz alta: “Dijo el Señor Jesús: Aquel que se crea libre de todo pecado, que arroje la primera piedra”.
          —¿Qué es esto?
          Se sentía como harina.
          —Es un polvito mágico. Me lo vendió un yerbero. Ayuda a atraer clientes. Mira —metió un dedo en el sobre y sacó una cosa como diamantina dorada—: te pones tantito atrás de las rodillas y otro poco en la frente.
          —Se me hace que te vieron la cara —se burló la Caballa, bostezando, y volvió a hundir la cabeza en el regazo de Amaris.
          —¿Desde cuándo te lo estás poniendo? —le preguntó Conny— Digo, porque yo no he visto que te vaya mejor, la verdad.
          Mela iba a responder algo cuando sonó el timbre. Vanessa fue a abrir porque era la que estaba más cerca de la puerta. Volvió sola.
          —Eran unos testigos de Jehová —comentó antes de que la interrogaran.
          —¿Hombres? —le preguntó Amaris, humedeciendo esa palabra con su lascivia de loca y entornando los ojos.
          —Los hubieras pasado —sugirió Conny—. Capaz que los hacemos cambiarse de religión.
          —Ah, qué —exclamó Vanessa—. Luego son re pesados.
          Conny ya no le dijo nada. Como no traía puesto más que su lencería roja, empezó a sentir frío. Se echó encima una vieja bata de baño y fue a la cocina a prepararse un sandwich.
          Cerca de las seis de la tarde volvieron a llamar. Era un niño como de diez años, tal vez menos, que venía empapado: el hijo de Vanessa. Ella iba a regañarlo porque ya le había prohibido que fuera a verla a su trabajo, pero lo vio tan mojado que primero fue a buscarle una toalla. El niño, mientras tanto, saludó de beso a todas las muchachas, una por una. Las conocía bien. Danette era su madrina de bautizo, la Caballa de confirmación y Mela de primera comunión. Es que cuando era muy pequeño, como no había quien lo cuidara, su madre lo llevaba ahí a la casa. No molestaba a nadie; al contrario, cualquiera de las muchachas iba darle una vuelta si Vanessa se hallaba ocupada con algún cliente. Pero a ella no le gustaba tenerlo ahí: le daba miedo que fuera a tomar malos ejemplos. Por eso, en cuanto el niño entró a la escuela y ya pudo cuidarse solo, empezó a dejarlo. Y él le había demostrado que era digno de confianza: de la escuela se iba derechito a la casa y nunca salía si no era para algo importante. No era vago como los hijos de las vecinas o la mayoría de sus compañeros de la escuela. Cuando quiera que Vanessa lo llamaba por teléfono, él estaba estudiando.
          —A ver si no te enfermas —le dijo, empezando a secarle la cabeza con movimientos enérgicos.
          —Ni que estuviera hecho de sal —le respondió el niño, guiñándoles el ojo a sus madrinas. Pero empezó a estornudar.
          —¿No te digo? —lo regañó su madre— ¿A qué viniste?
          —¿Te ha ido bien hoy? —le preguntó el niño, como tanteando el terreno.
          Vanessa no sabía qué le daba más vergüenza con su hijo, si decirle que no había tenido clientes o que sí. Encendió un cigarro, le dio una bocanada grande y optó por la verdad, como siempre.
          —No ha caído dinero. Ya ves cómo está el día.
          El niño no insistió. Pensó en la lluvia, en que efectivamente nadie quería salir de su casa.
          —¿Qué quieres comprar, mi amor? —le preguntó Conny— ¿Otro libro?
          Eso era lo que el niño hacía encerrado en su casa: leer. Leía mucho. Por eso sacaba las mejores calificaciones. Y por eso Vanessa no le negaba nada.
          —Sí. Es que se murió el abuelito de un amigo de la escuela y están vendiendo todos sus libros.
          —¿Por qué no me esperaste en la casa? —volvió a regañarlo su madre.
          —Los vecinos ya empezaron a comprárselos, como están bien baratos. Si me espero más, capaz que ya no alcanzo nada.
          —Vamos a hacer una coperacha —dijo Danette—. A ver, esas que las dieron hoy. Con cuánto se van a mochar pa los libros del ahijado.
          En un momento se juntó el dinero. Hasta Mela, que no había hecho ni un cliente y estaba de mal humor por ese motivo y porque tenía hambre, puso algo.
          El niño les dio las gracias a todas y se despidió de beso, ansioso por irse. Vanessa lo acompañó a la puerta. No se tardó casi nada. Cuando volvió a la sala, Amaris tenía la mirada perdida en un punto indefinible.
          —Me da tristeza que tu hijo sea tan buen niño —dijo, sin que nadie le preguntara, sin apartar la vista de aquello remotísimo que estaba mirando.
          Vanessa iba a protestar. “Desgracia que fuera un vago”, pensó. Pero ya no dijo nada. A veces ella, también, sentía esa contradictoria tristeza; a veces preferiría que su hijo fuera uno de esos escuincles vagos que andan en la calle, porque así ella no tendría que desear tener una vida diferente.
          No a todas las incomodaba lo que hacían. Amaris, por ejemplo, tenía un cliente regular que se había enamorado de ella y quería sacarla de ahí, “de blanco”, le decía. Pero ella no lo aceptaba.
          En ese momento llamaron a la puerta. Era el marido de Conny: iba por ella porque vivían lejos, en un barrio peligroso.
          —Buenas tardes —saludó a las muchachas. Era un hombre muy correcto, muy propio. Trabajaba de corrector en una editorial. Se sentó en el sofá a esperar a su esposa, que fue a cambiarse de ropa.
          Afuera empezaba a oscurecer, aún más de lo que ya había estado todo el día, con la lluvia. Y sin embargo todavía llegó un cliente: un regular de la Caballa. Un abuelito que ya tendría más de sesenta años y todavía daba buena lata en la cama, cuando no le agarraba un acceso de tos. A veces pasaba así: que al final se componía el día. Muchos salían tarde de trabajar. En alguna época probaron tener abierto hasta las diez de la noche, pero no les gustó: ya a esa hora llegaban bebidos y se ponían muy pesados. Mejor tratar sólo con hombres decentes; todos sus clientes lo eran.
          Amaris pensó en su enamorado. No había venido. Andaría por allá, sufriendo como lo hacía otras veces —eso decía él— porque ella no quería casarse. Pero, ¿cómo iba a aceptar eso? ¿A cambio de qué? No sabía hacer nada: tendría que pasársela encerrada en la casa, haciendo quehacer y mirando la televisión. O conseguir trabajo de empleada de mostrador. ¡Y eso no! Pero él no entendía. Como toda la gente de allá afuera, pensaba que cualquier cosa sería para ellas mejor que lo que hacían aquí. Y no era así, ¿pues cómo? El tipo trabajaba de músico: gran cosa, decía Amaris con ironía.
          Después de las siete se retiraron Danette y Vanessa. Vanessa iba desalentada, cabizbaja porque no había hecho ni un cliente y tenía hambre: no iba a poder cenar nada en el camino, en su puesto de tacos favorito. Pero le levantó el ánimo pensar que, cuando llegara a casa, su hijo estaría muy contento leyendo ya sus nuevos libros.
          Mela todavía se quedó un buen rato, con la esperanza de que el polvo mágico funcionara y a la última hora cayera alguien. Pero no fue así.  No llegó nadie. Dobló cuidadosamente su lencería de trabajo y fue a guardarla a su locker después de ponerse ropa de calle. Por último tomó su chamarra de plástico y se despidió.
          —Pues ya —le dijo la Caballa a Amaris cuando oyó que la puerta se cerraba tras los melancólicos pasos de Mela.
          —Pues ya —le respondió Amaris, con un destello en los ojos.
          Ahora que se habían quedado solas y ya nadie vendría a molestar, podían cenar con calma y luego apagar las luces y acurrucarse una en la otra, besarse y acariciarse y quererse hasta que el deseo satisfecho y el sonido de la lluvia las adormecieran.

martes, enero 27, 2015

Valle del Mar



La gente de la aldea nunca baja allá. Tienen miedo. Según la leyenda, hubo una época en que el mar llegaba hasta el valle y todo eso que ahora es un desierto estuvo lleno de agua. Esa arena que corre como huérfana cuando viene el viento era espuma blanca. La tierra se acuerda. Y, si no, se lo recuerdan los ecos. Porque acercarse al valle es como pegarse una caracola al oído; ahí está todo: el eterno oleaje y las furiosas tempestades, el chillido de las gaviotas, el rechinar de las jarcias, el fantástico llamado de las ballenas y el retumbo de los tritones cuando cabalgan a la batalla sobre las cresta de las olas.
          Por eso, cuando uno se pierde en el desierto y se encuentra en el Valle del Mar, le da miedo. Es un miedo como de morir ahogado. Como de escuchar de repente un canto que lo vuelva loco.

miércoles, enero 07, 2015

Campamento de refugiados



Es un lugar secreto, de cuya existencia no sabe ni siquiera la gente que vive cerca. El gobierno no quiere revelarlo porque sus científicos no han podido obtener información satisfactoria. Los refugiados no hablan ningún idioma conocido, así que no se sabe cómo se llaman ni de dónde proceden ni adónde intentaban ir.
          Los encontraron en diferentes lugares. Uno apareció flotando en el río, casi muerto. Otro cruzó la frontera en el tren, sin llevar consigo ni pasaporte ni identificación alguna ni teléfono celular: nada que ayudara a rastrearlo. A una de las mujeres la hallaron caminando por la orilla de la carretera. La mayoría fueron detenidos en alguna ciudad: vagabundos sin casa. Sus huellas digitales no aparecen en los bancos de datos. Su adn es indescifrable. Pero todos son jóvenes y todos muestran marcas misteriosas en alguna parte del cuerpo.
          Mientras se logra saber más de ellos, el gobierno los tiene ahí, en ese campamento secreto que desde lejos parece una base militar. Hay cercas de alambres de púas, perros, guardias armados.
          Los refugiados viven en tiendas de campaña individuales; tienen un baño para todos, una red de voleibol, un comedor, aunque no hay horario para las comidas. Pueden ir a la hora que quieran. Nunca hablan, ni siquiera entre sí. No parecen interesados en nada ni tienen miedo de nada. A veces sonríen solos, sin motivo aparente. Y a veces se ponen a trazar signos en la arena del campamento. Quién sabe qué significan: son signos misteriosos como los que tienen en su cuerpo.
          El gobierno no sabe nada de ellos, pero los libros ancestrales los mencionan. Hablan incluso de sus marcas, aunque no dicen qué significan. Los llaman “Los Mensajeros”.

miércoles, diciembre 17, 2014

El MIEDO A LOS GATOS



Cada vez que tengo que pasar por la casa de las celosías verdes me cruzo a la banqueta de enfrente. Es que da miedo: está lleno de gatos. En serio, yo he contado veintidós, pero debe de haber más. Es una construcción vieja. En teoría no está abandonada, pero nunca se ve a nadie por ahí y nadie cuida el jardín. Los gatos, que habrán encontrado la manera de meterse a las habitaciones o a los sótanos, han hecho su madriguera en esa casa y siempre están cuidándola. Pero lo que me da miedo no es eso, sino que me hablen. Sí, sí, eso dije: esos gatos hablan.
          La primera vez que ocurrió iba yo distraído, leyendo sin poner atención la placa según la cual en ese inmueble vivió un poeta famoso del siglo XIX. Y he aquí que alguien me dice:
          —Buen día, caballero.
          Ni me asusté ni me sorprendí. Era una voz común de hombre maduro, educado, y pensé que venía del interior: el dueño, que deseaba hacer amistad o necesitaba ayuda. Me asomé hasta donde lo permitía la reja de entrada. Aún intentaba escudriñar entre las sombras que parecían moverse detrás de las celosías, cuando volví a oírlo:
          —Buen día, caballero.
          La voz no venía de ninguna parte en el interior. Venía de... un gato gris, enorme, que estaba echado en los peldaños de la puerta principal y me miraba entrecerrando los ojos.
          —Le he dado los buenos días, señor.
          Aquello se me hizo tan raro que no me creí a mí mismo. Le di la espalda al gato y a la casa y reanudé mi marcha sin contestar. Me alejé lo más rápido posible. Varias veces, en el transcurso del día, volví a pensar en el suceso. El miedo de sentir que está uno volviéndose loco es horrible. Por ese mismo miedo volví: quería ver si era cierto; es decir, si volvía a pasar. Porque si volvía a pasar, entonces sí tendría que tomarme el asunto en serio y llegar a alguna conclusión. Estaba nervioso cuando llegué a la casa, así que no pude evitar mirar a los gatos como si hubieran sido alacranes.
          Me le quedé viendo al que estaba más cerca de la reja. Me incliné hacia él con cara de confesor o de psicoanalista que se dispone a escuchar. El ingrato animal me correspondió con una mirada de desprecio, se dio vuelta y me tiró un pedo antes de irse. Intenté con otro, con resultados semejantes. ¿Entristecerme? ¿Enfadarme? Todo lo contrario: estaba feliz (¡No estoy loco! ¡Ah, no estoy loco! ¡Aleluya!) Ya me marchaba silbando una canción alegre cuando oí una voz femenina que me decía:
          —Adiós, guapo.
          Sentí que me echaban hielo en la espalda y lenta, muy lentamente, me volví.
          —¿No te ibas? —me reprochó la misma voz. Venía de una gata (supongo que era gata) blanca. De nadie más que de ella. Con toda claridad había visto su hocico apestoso a gato moviéndose al tiempo que emitía las palabras.
          —¿Me-me-me hablaste? —tartamudeé.
          La gata entrecerró los ojos.
          —A ver —le supliqué—. Dilo otra vez.
          En ese momento me sobresaltó una presencia que no había sentido venir.
          —¿A usted también le da por platicar con los gatitos? —me preguntó, enternecida, una viejecilla. Me dio horror la pregunta.
          —No se apene —me dijo, con el mismo tono de ternura—. Yo también lo hago cada que vengo a dejarles sus galletas.
          —¿Y... y... le contestan?
          —¡Claro! Son animalitos muy entendidos.
          —Pero... ¿pueden... hablar?
          —¡Hablar! —se rió la viejecilla—. Por supuesto que no. Aunque usted y yo queramos verlos como bebés, son gatos.
          —Sí, sí, pero... dijo usted que platicaba con ellos.
          —Fue un decir, caballero —volvió a reírse la buena señora—. No habrá usted pensado que estoy loca, ¿verdad?
          “El loco soy yo”, me dieron ganas de decirle, pero me quedé callado. Ella continuó:
          —Lo que pasa es que les hablo y bueno, ellos me contestan con maullidos, a veces sólo con la mirada. Son muy expresivos los gatitos, ¿verdad? Y muy inteligentes. Mire usted, como saben que les traigo de comer, ya están todos aquí.
          Ciertamente, mientras yo estaba distraído en la conversación, un montón de pulgosos de todos colores se había concentrado detrás de la reja y en la banqueta, alrededor de nosotros. Dos de ellos se le tallaban en las pantorrillas a la viejecita. Me habría echado a correr si el terror no me hubiera paralizado. Como fuera, logré disimular.
          —Bueno —balbuceé—, tengo que irme. Un placer conocerla, señora.
          —Encantada, caballero.
          Me alejé despacio, volteando cada tantos pasos a ver si todo era normal. Y sí, podríamos decir. La viejecilla se quedó ahí alimentando a esos siniestros animales y hablándoles como si fueran niños. Ellos se limitaban a maullar. Maullar.
          Ese mismo viernes, en la reunión semanal de café, les pregunté a mis contertulios.
          —¿Ustedes han oído un gato que hable?
          —Claro —me contestó uno de ellos—. Ahí tienes a Benito, Demóstenes, Cucho, Espanto...
          —Silvestre —dijo otro.
          —Silvestre no habla, idiota —le rebatió otro más.
          Nadie tomó en serio mi inquietud.
          —Son gatos, no pericos —me dijo mi anciana madre el día que fui a visitarla y le pregunté.
          Por su parte, mi hermana me regañó:
          —Ya no leas tanto, te estás volviendo loco.
          Total, que mejor dejé de comentarle a la gente. Pero sé que los gatos de esa casa hablan; los he escuchado en otras ocasiones y ni siquiera tengo la satisfacción de decir que me han revelado algo de lo mucho que han de saber. Me dicen sólo lo necesario para angustiarme: un saludo, una frase suelta. Por eso ahora procuro no pasar por ahí. La calle no puedo evitarla porque necesitaría dar un gran rodeo, pero trato de caminar por la banqueta de enfrente. Aun así, se me ponen los pelos de punta cuando oigo una voz felina que me dice:
          —Buen día, caballero.