martes, mayo 28, 2013

EL VAMPIRO



A Miguel Coutourier, in memoriam.

El apodo de El Vampiro se lo pusieron a mi tío Lorenzo Ferrán unos diez años antes de que yo naciera. Esto es, a mediados de los años cincuenta. En esa época se acostumbraba la brillantina en el cabello y el peinado de copete —siempre había un peine pequeño, negro, en la bolsa trasera del pantalón—, y así es como el Vampiro lucía. Se boleaba los zapatos cuantas veces fuera a salir de casa, se rasuraba diario y siempre olía a lavanda de Jockey Club.
            El origen de su apodo nunca me quedó claro. Tal vez se lo pusieron porque le daba un aire a Germán Robles cuando salió en aquella película del conde Drácula; tal vez porque vivía más de noche que de día. Es que se la pasaba en los prostíbulos del puerto. Haciendo negocios, decía él, y así debe de haber sido. Poseía las tres cualidades que hacen a un padrote: era bueno para el baile, para el trago y para los trancazos. Y además de todo era bien parecido: alto, flaco, con la piel color oliva pálido de que no le daba el sol y crónicamente ojeroso; tenía una expresión un poco infantil, como si una parte de su niñez no hubiera sido tocada por las sordideces de la vida. Ahora yo ya soy un hombre maduro en veloz tránsito hacia la vejez, él ha muerto y no hay a quien preguntarle, pero de pronto me parece recordar que alguien —una amiga de la familia— me dijo, o le dijo a otra persona delante de mí, que por eso le decían el Vampiro: por guapo. Es una ecuación típicamente femenina, no sé por qué. Tal vez ni las mujeres mismas pueden explicarlo, pero es muy común que su idea de belleza masculina tenga algo de vampiresca.
            Como quiera que sea, cuando me enteré del apodo de mi tío Lorenzo, ya tenía yo bien cumplidos seis años de edad; había visto todas las películas del Santo, Blue Demon y Jorge Rivero, las de Viruta y Capulina, las de Chabelo, y sabía qué cosa eran los vampiros. Cuando uno es niño, no se le ocurre que los apodos puedan nacer de una metáfora, de una sinécdoque o de la exageración de un rasgo en particular. Para mí, el hecho de que todo el pueblo identificara a mi tío como el Vampiro significaba que en verdad lo era. Y él se encargó de alimentar el malentendido. Me acuerdo que un día jugué a asustarlo con un crucifijo y él me siguió el juego fingiendo que lo hacía sufrir horriblemente; se tapaba la cara con las manos y se retorcía entre los gemidos más teatrales. Luego, en otra ocasión, me regaló una bala de plata; es decir, una bala plateada que yo le creí era de plata. Me dijo: “Guárdala bien, chaparro, donde nadie pueda encontrarla, porque con ésta podrían matarme”. En ese momento pensé que por qué no mejor la echaba al mar; ahí sí nadie la encontraría, pero no le dije nada y cumplí mi promesa. Todavía tengo la balita guardada en el cajón de mi escritorio.
            Nuestro pueblo era pequeño: un pueblo de costa donde las puertas de las casas permanecían abiertas todo el día, dejando correr la brisa del mar, hasta que los habitantes se retiraban a dormir, ya en la noche, cambiando la hamaca por la cama.
            El Vampiro —cada vez que lo nombro así me gustaría que el lector se imaginara un vampiro tropical: una mezcla de Drácula y Chanoc— vivía en una casa pequeña, herencia de mi abuelo, en la misma cuadra que nosotros. Ahí se llevó a vivir a sus dos mujeres que, para más escándalo de la familia, eran hermanas. Trabajaban de meseras en una cervecería cerca del muelle de pescadores. Se llamaban Myrna y Myrtha y, aunque sus nombres eran muy parecidos, no sucedía lo mismo con sus personalidades.
            Myrna era rubia teñida, “frondosa”, como decimos por allá; de brazos gordos con grandes marcas de vacunas y un vocabulario de estibador que acababa por hacer ruborizar a cualquiera que osase echarle un piropo. Eso sí, tenía un gran sentido del humor. Sus chistes siempre iban por el lado sexual, y eso hacía que las mujeres la criticaran y se apartaran de ella, pero a los hombres les caía muy bien.
            Myrtha era la menor sólo por dos años, pero parecía que lo fuera por diez. En contraste con su hermana, era de cuerpo pequeño, flaquita, como que todavía no acababa de hacerse mujer. Se arreglaba poco, usaba el cabello corto y, aunque sonreía con frecuencia y tenía unos ojos dulces de vaca preñada, había algo raro en su expresión. Ya que uno empezaba a hablar con ella, se daba cuenta: la pobre era idiota de nacimiento. Bueno, casi idiota. No vaya el lector a imaginársela babeando. Simplemente tenía cerradas las entendederas. Pero tratando de comprender a mi tío, digo que precisamente por eso era bonita: en ese mundo de las cervecerías del puerto en el que las mujeres habían rodado, sólo ella, que no sabía lo que hacía, conservaba el encanto de una inocencia incorruptible. Y mi tío, lleno de nostalgia por la inocencia como todos los libertinos, no pudo evitar caer ante ese encanto.
            La muchacha no sabía nada, no se imaginaba los estragos que había causado con su mirada de adolescente drogadicta. Escuchaba las galanterías del Vampiro, recibía las estrellas que él le bajaba del cielo y sonreía. Y cuanto más sonreía, más la deseaba Lorenzo Ferrán. Nada de eso se le escapó a Myrna ni dejó de sorprenderla, acostumbrada como estaba a ser deseada, a que los hombres la prefirieran siempre por encima de su hermana enferma. Y fuera por ese picón en su orgullo de hembra o porque de verdad le había gustado el hombre, empezó a usar sus artilugios con el fin de quitárselo a Myrtha. Cuando vio que no sería posible, se sentó con él en una mesa de la cervecería, le sirvió una a cuenta de la casa y le habló con franqueza y —cosa rara— sin malas palabras: “Mi hermana está mala —le dijo, como haciendo un dictamen inapelable—. No puede juntarse sola con un hombre porque no sabría defenderse de él. Por eso no podemos separarnos. Así se lo prometí yo a nuestra madre, que en paz descanse: adonde va una, vamos las dos”.
            Al Vampiro le pareció rara la idea, pero no le desagradó. Después de todo, era consecuente con su manera de pensar: “El que come de lo bueno y come de lo malo —predicaba—, come doble”. Y le tocó comer doble y en abundancia, porque como ya he dicho, Myrna tenía ese tipo de cuerpo que suele asociarse con opulencia y molicie. Desde luego, no dejaron de trabajar en la cervecería. Mi pobre tío no habría podido mantenerlas a las dos con lo que sacaba de sus “negocios”. Algunas personas tienen la idea de que quienes trabajan de noche ganan mucho dinero, pero no es así. La noche es mujer: hoy es generosa, mañana quién sabe.
            Como es de imaginarse, la llegada de Myrna y Myrtha a la vida de mi tío fue causa de que la familia se alejara de él. Sólo yo continué visitándolo en esa casa que empezó a llenarse de  fotos de cantantes y muñecos de peluche. Tenía casi diez años y esas mujeres no me molestaban; al contrario, me encantaba escucharlas platicar y aprender de ellas malas palabras. Porque hasta la inocente se las sabía, dentro de lo que alcanzaba a expresar.
            Fueron felices los tres un par de años. A veces el Vampiro se iba solo a los almacenes del centro y les compraba ropa a su gusto a sus mujeres: dos prendas idénticas para que no se pelearan, una para cada una. Parecía complacerlo enormemente el que la gente lo mirara tomando el fresco de la tarde, pavoneándose en el malecón por enfrente del hotel Del Río, que solía estar lleno de turistas, del brazo de sus dos hembras, con su traje marfil y su gazné lila.
            Un día les compró unas batas chinas de satín rojo con un dragón dorado en la espalda. Les gustaron tanto que salían a la calle con ellas como si fueran vestidos, Myrtha porque no entendía que no lo eran; Myrna, porque se le hacía algo muy sensual, como dejarse ver en ropa interior, y ella se sentía sensual. La sensualidad era para ella la base del poder femenino, tal vez porque habría sido difícil encontrarle otra cualidad.
            Pero Lorenzo Ferrán parecía haber tenido suficiente de eso. En ciertos, especiales momentos, tomaba de la mano a Myrtha y se la llevaba por ahí a estar solo con ella. Y si no podía, se conformaba con detenerse y contemplarla arrobado, ido, como si no hubiera nadie a su alrededor y ella estuviera dormida.
            —¡Las estrellas! —exclamó la tonta una noche, cuando los cuatro íbamos caminando por el malecón, de regreso de cenar en los portales.
            Me acuerdo que mi tío se detuvo a mirarla como si en esas dos palabras hubiera concentrado Myrtha toda la poesía del mundo. Se quedaron ahí parados, tontos los dos, enfermos de lo mismo: ella contemplando el cielo, él contemplándola a ella. Myrna y yo nos echamos a reír, burlones. No se me ocurrió que detrás de la risa de esta mujer hirvieran unos celos muy amargos.
            Una mañana, mi tío apareció muerto en un basurero de las pescaderías. Lo habían envenenado y luego lo remataron clavándole un palo afilado en el pecho. La policía no tuvo que investigar mucho: lo había matado una de sus dos mujeres. Myrtha, la tonta.
            Han pasado muchos años. En la familia hemos hablado hasta el cansancio sobre lo que pasó y hemos llegado a conclusiones que después cambiamos por otras. Yo creo que la preferencia del Vampiro por Myrtha fue la causa de su desgracia. Porque si de una mujer estuvo enamorado alguna vez, fue de ella. De ella, entre todas las que tuvo. ¿Por qué? ¿Qué era lo que le fascinaba de esa pobre enferma? ¿Sería alguna forma de perversión, o simplemente él podía ver en ella una cualidad que para todos los demás era invisible? Myrna —ésa sí que era lista— no ignoraba esa preferencia y empezó a odiar al Vampiro. Lo aborreció porque se sentía relegada como mujer, pero, sobre todo, por el hecho inadmisible de que fuera a su hermana idiota a quien prefiriese él. Eso era algo que para ella escapaba a toda lógica.
            La idea de cómo dar cauce a su odio se la di yo, sin saber. A esa edad fue cuando descubrí el placer de la lectura y, más por seguirle el juego a mi tío que por otra cosa, empecé a devorar cuanto material impreso hallara sobre el tema de los vampiros. A Myrna, que al principio me hacía burla por andar entre los libros en lugar de salir a jugar, acabó por interesarle; es decir, acabó por ver en ello una utilidad. Se volvió más amable conmigo cuando iba a su casa; me hacía sentarme a la mesa, le bajaba el volumen a su disco de Los Ángeles Negros  y me servía un vaso grande de cocacola. Luego llamaba a su hermana para que yo las entretuviera —decía— contándoles de mis lecturas.
            —Entonces —me preguntaba— los vampiros son seres del Demonio, ¿verdad? Que odian a Jesucristo.
            —Bueno —le contestaba yo, tratando de matizar esa frase tan radical—, digamos que le tienen miedo al crucifijo.
            —¿Y cómo dices que hay que matarlos para que nunca vuelvan a la vida?
            Solía decir mi papá que a los malvados los ciega el pecado, a los pobres la ignorancia y a los pendejos la vanidad. Yo vine a ser de los últimos. Porque sintiéndome un erudito a los ojos de Myrna, no me di cuenta que me estaba utilizando para encaminar al mal la ingenuidad de su hermana.
            De los miembros de la familia, yo fui quien más lloró la muerte de mi tío, y eso que aún no alcanzaba a vislumbrar mi participación en ella. A Myrtha la encerraron en el manicomio, unos años nada más porque dicen que después la soltaron y acabó vagando por las calles, viviendo de limosnas. De Myrna nadie sospechó nada: su versión de los hechos resultó totalmente convincente y era la única que había. Se casó con un viejo que tenía varios locales en las pescaderías: mucho dinero. Dicen que al final le dio por la religión.

lunes, abril 29, 2013

Mi nueva novela juvenil: Operación Snake

No hay pasatiempo más vigorizante ni más saludable que el de hacer enemigos. Es una expresión de poder, un marcaje de territorio, como cuando los perros mean lo que es suyo. Equivale a decir: “De aquí no pasas, imbécil”. Los tipos duros como yo, que lo han experimentado, me entienden. Los conejitos, no. Y en esta escuela todos son conejitos y dedican el primer día de clases a conocerse, ubicar a sus posibles aliados, medir a sus posibles rivales y adelantarse a hacer las paces con ellos o empezar a segregarlos, y ver hasta dónde van a aprovecharse unos de otros... empiezan a formar grupitos y a crear estructuras de poder pretendiendo que todo es camaradería y buena onda. Y mientras tanto van por la vida sonriéndole hipócritamente al que pasa, tal como les enseñaron sus padres. Que hagan lo que quieran. No me importa. Me mantengo fiel a mis principios: todavía no termina mi primer día de clases y ya me di el lujo de ahuyentar a cinco que querían venir a untarme su amabilidad.

—Hola —me dijo el primero. No le contesté. Me limité a barrerlo con la mirada. Pero siguió adelante—. Me llamo Sebastián. ¿Y tú?
 

—Rosales —se lo dije en voz baja para que aprenda a hacer un esfuerzo de atención cuando yo hablo.
 

—Ése es tu apellido —me informó.
 

—¿De verdad? Gracias.
 

—De nada.
 

“Éste no tiene remedio”, pensé y me quedé mirándolo en espera de la aberración siguiente.
 

—¿Cuál es tu nombre? —insistió.
 

—Rosales.
 

—Ése es tu apellido —volvió a ilustrarme el peque—. Yo me llamo Sebastián Enríquez, y los profesores pueden llamarme Enríquez, pero para los cuates soy Sebastián. O Seb, si quieres.
 

—Yo soy Rosales para ti y para tus cuates —le dije, me di la vuelta y lo dejé ahí papando moscas. Me sacan ronchas los tipos sociables.
 

A mediodía fue una fulana con todo su gang la que vino a jorobarme. Había terminado la clase de filosofía, más soporífera que una tarde de hamaca en el trópico. Presintiéndolo en cuanto entré al salón, me senté en la última fila, cerca de la puerta por si debía huir antes de tiempo. El maestro —un molusco de maestro, vestido de gris como corresponde— empezó a dictar cosas que le venían a la mente sin decir agua va, como si la musa de la inspiración pedagógica lo hubiera poseído de pronto: “¿Qué sería de la humanidad sin la filosofía, jóvenes? ¿Cómo podríamos entender nuestro paso por la tierra sin la filosofía?”
 

Al principio no veía a nadie, pero, en cuanto la musa le dio un respiro, bajó la vista a los mortales: se me quedó viendo con odio porque yo era el único que no estaba apuntando lo que tosía; le devolví la mirada con una compasión infinita. El molusco no se atrevió a decirme nada. Terminó la clase, tomé mi mochila, que no había abierto, y fui el primero en salir. En un intento por olvidar la traumática experiencia, me fui a caminar por los jardines de atrás del edificio, donde la neblina parecía mantener las últimas hojas pegadas a las ramas ya casi desnudas de los castaños. Los romanos eran hijos del sol. Yo no. A mí me disgusta, me cansa, me jode la vista, me da comezón en la piel... no lo soporto. Por eso soy feliz en esta ciudad de bruma eterna que a los conejitos les parece deprimente.
 

Pues ahí fue donde sufrí el ataque. Estaba parado en el sendero que va del edificio administrativo a la cafetería, cruzado de brazos, distraído en observar cómo un cuervo martirizaba un escarabajo entre los montones de hojas secas que los trabajadores habían acomodado para llevárselas al bosque. De pronto apareció esta rubia de minifalda y suéter color de rosa con su grupito de recién adquiridas amigas. Me hicieron recordar un almohadón que me bordó mi abuela cuando era niño, que mostraba una niña holandesa con zuecos y gorro de tres picos arreando una parvada de gansos. Sólo que aquí faltaba la niña.
 

—Qué entripado le hiciste pegar al tícher de filosofía, ¿eh? ¡No supo ni cómo regañarte!
 

Me le quedé viendo a las tetas. Eso no falla para hacer que se ofendan y se larguen, normalmente. Pero con ella no resultó.
 

—Está bonita tu sudadera. ¿Me dejas ver lo que dice? —me pidió con la mayor dulzura de que era capaz.
Efectivamente tengo una sudadera, pero jamás me habían dicho que fuera bonita. Es muy simple, es negra y tiene una inscripción en letras amarillas: “Life is about kicking ass, not kissing it”.
 

—¿Sabes inglés? —le pregunté sin descruzar los brazos, esperando ofenderla con mi pregunta, ya que no la ofendí con mi mirada.
 

—¿Oíste eso? —exclamó una voz de bruja enana detrás de ella— ¡Que si sabes inglés! Mi vida...
 

—Seguramente lo habla mejor que tú —me informó otra de la parvada, una que tiene la cara llena de barros y se pinta los labios de azul como muerta por envenenamiento—. Su mamá es británica.
 

—Sé decir “amor” en diez idiomas —la gansa alfa me sonrió con tono de perdonavidas; había olvidado todo interés en mi sudadera.
 

—Búscame cuando sepas hacerlo en diez posiciones —le contesté.
 

Se largaron por fin. Alcancé a oír “Te dije que era un megapatán”, y luego las vi perderse hacia Keats, la cafetería.

martes, febrero 19, 2013

Tan oscura en formato digital

Presentación

Tal vez el rasgo más notorio de las novelas de Agustín Cadena sea la fluidez de un lenguaje a la vez lírico y claro, lleno de evocaciones en las que el deseo, como ineludible puerta hacia la otredad, juega el papel más destacado. En Tan oscura, Cadena retorna al deseo como motor de todas las acciones y con unos cuantos personajes —en realidad, tres— logra encadenarnos a una narración que conjuga el intimismo y el erotismo con algunos elementos de la llamada “novela urbana”. Novela al mismo tiempo urbana e intimista, Tan oscura es una historia en la que el trillado tema del triángulo amoroso encuentra una nueva y brillante realización al ser llevado al extremo del erotismo.


En esta ocasión, el centro, el “signo único” en torno al cual giran todas las situaciones narrativas, es Julia, «una mujer hecha de pura voz», pero también «una mar honda y secreta». En El ano solar, Georges Bataille compara el mar con el órgano hembra «que se licua bajo la excitación de la verga» y afirma que el mar «se masturba continuamente». Ilimitado y cambiante, azaroso y a la vez origen de la vida, el mar ha sido una metáfora reiterada en la literatura universal: en él se han adentrado los hombres más osados, aquellos que no temen el peligro ni se dejan absorber por el miedo a lo desconocido. Julia, agua y voz, es un mar en cuyo interior «habitan pulpos, medusas eléctricas, peces de muchos colores que respiraban un agua suave, proteica». Como ocurre en las novelas de Pierre Klossowski o de Juan García Ponce, la mujer es un centro cambiante, vital, seductor, abierto, disponible e ilimitado; un objeto artístico y bello que al elegir el erotismo niega la utilidad del sexo como acto procreativo: lo único importante es la desintegración del yo que implica el placer sexual:

El orgasmo fue una explosión tan intensa, tan volcánica que Julia se sintió ahogada, revolcada en el ojo de un remolino de luz. Era energía pura puesta en movimiento, ondas calóricas incontenibles, un arcoiris en espiral hecho de núcleos atómicos. Su cuerpo había desaparecido. Todo estalló y se hizo silencio.


Envolvente y luminoso, el éxtasis se convierte en el paraíso que vence a la oscuridad, pero para lograrlo Julia necesita duplicarse, entregarse a dos hombres, tener dos amantes: un pintor casi veinte años mayor que ella (Gregorio Montero, cuyo apellido es significativo) y un muchacho inseguro y débil (Bodo). Ellos son los dos polos de un triángulo que Julia desea equilátero, pero que inevitablemente sufrirá un desequilibrio que llegará al paroxismo a través de las crisis y las sucesivas transformaciones. El continuo vaivén de las olas es deshecho por una tempestad que atenta contra el erotismo. Y si bien por iniciativa de Bodo los tres se van a vivir a la habitación «milagrosa y sucia» del bohemio Gregorio, para el joven tal experimento pronto resulta insoportable:

Bodo oyó primero cuando el hombre se pasaba a la cama de Julia: rechinar de resortes, movimiento de sábanas y cobijas. Luego vinieron los besos, los primeros hipos, alguna palabra trunca pero fácil de suponer, el golpe de un brazo en la cabecera. El instante en que Gregorio la penetró fue registrado por él con absoluta precisión: un suspiro hondo y cortado, un sollozo. Y ahí terminó todo para Bodo: no pudo seguir el resto del encuentro. Salió corriendo de la habitación, envuelto en sus cobijas, y se fue a la sala a dormir, a llorar hasta quedarse dormido.


Es el sentido del oído y no la mirada el que aquí concede significación al acto erótico; es el oído el que atormenta a Bodo, quien sin embargo pronto tendrá que aceptar las cosas como son, sin que la difícil disyuntiva entre la posesión y los celos, y la aceptación de ser parte de una “familia”, se borre del todo. La impureza del intercambio sexual llega a ser tan enfática que se convierte en pureza.

Al igual que Georges Bataille, Cadena no cree que lo sagrado sólo exista como algo reducido a lo puro, a lo positivo, a la bondad, a la no violencia. Y es que el centro, en realidad, no es Julia, sino sus genitales, su vagina como el lugar hacia donde todo confluye; fuerza centrípeta y centrífuga que reúne, decide, expulsa o monopoliza el deseo. Todo desemboca en Julia: lo mismo el placer que el dolor, lo negativo que lo positivo. Tan oscura es una novela vaginal que se desarrolla entre dos óleos sobre tela: un paisaje yermo, virginal, genésico, y un paisaje que nos hace volver al caos, a lo difuso, a la oscuridad.

Y aquí conviene referirnos a la estructura de esta nouvelle. En lo personal, me atrevo a afirmar que Tan oscura, en cierto sentido, parodia a la Biblia. Así, en su primer párrafo nada está vivo: «Dominan las áreas oscuras, manchas de color que rasgan el fondo como llagas resecas, como sedientos sexos femeninos», lo cual no deja de ser antitético: un sediento sexo femenino es un sexo húmedo y, como tal, contrasta con las llagas resecas. Se trata de un cuadro insuflado de «vitalidad rígida», acaso como una mujer tiesa y embarazada que lucha para dar a luz. Asimismo, aparece la evocación de un cadáver, de un cuerpo de mujer joven, lo cual me recuerda al Poema de la creación babilónico (Enuma Elish), donde Marduk extrae el universo del cadáver de Tiamat, diosa del caos y de la oscuridad. El universo novelístico al que apunta este primer cuadro estará hecho de luz y sombra, Eros y Tánatos.

Pero no sólo el cuadro inicial nos evoca a la Biblia. En esta novela aparece también la “experiencia del desierto” como una búsqueda, pero aquí se trata de una “ascesis” erótica en que los personajes se reconocen, se continúan uno en el otro para encontrar nuevos placeres: desde la doble penetración de Julia por parte de Gregorio y Bodo, hasta la uridipsomanía. Julia se convierte en objeto de culto. Durante esta experiencia en la que la transgresión, la violación de las normas morales y sociales de conducta está vinculada al éxtasis místico, los personajes se desbordan, tocan fondo. De esta anti-ascesis sólo quedará un acercamiento cada vez mayor hacia la desintegración y el desequilibrio: el Apocalipsis del cuadro final, que ya se anuncia desde el cruento debate del deseo de Julia —cuando Gregorio la entrega a los albañiles—, hasta la aparición del desorden urbano propiciado por las “fuerzas del orden”, que en este país actúan con absoluta impunidad, y por la aparición de los niños de la noche, comparados con ajolotes, símbolo recurrente en la obra (Gregorio tenía un ajolote del que tuvo que deshacerse para que Julia y Bodo fueran a vivir a su casa); símbolo que me recuerda a La jaula de la melancolía, de Roger Bartra; símbolo no menos importante que la piedra blanca, a la que Gregorio interpreta como una epifanía, terrible y milagrosa. Intimismo y erotismo se combinan con esoterismo.

Pero la obra de Cadena no apunta a la resolución de ningún problema, ni erótico-amoroso ni social, sino sólo a mostrar el horror que se oculta tras el amor, las sucesivas crisis consecuentes de la fusión de tres cuerpos —esa santísima trinidad erótica—, el paulatino acercarse a la muerte por medio de la carne: Eros y Tánatos en medio de un espacio urbano y carente de ley. Julia es, en este espacio, lo que Rilke llama lo “Abierto”, no como un estar en el mundo, sino como ser el mundo, la vida misma, con todas sus contradicciones y paradojas. Si Julia no defiende al amante, sino su libertad, ella es también esclava del deseo, esa fuerza irracional y desproporcionada que recorre a los personajes para hacerlos tocar fondo, y por ello mismo su clamor es el clamor inocente de la carne, espacio en que la luz y la oscuridad se debaten infinitamente.


Juan Antonio Rosado   ***   Tan oscura ya se puede adquirir en edición electrónica en Kindle, en este enlace: http://www.amazon.com/dp/B00BHLN8XC

domingo, enero 27, 2013

El primer capítulo de mi nueva novela

El monigote apareció una mañana a principios de octubre, colgado en el enorme tejo que daba sombra al atrio de la iglesia azul. Empezaba a soplar el viento del otoño y la gente se acercaba al árbol en busca de cobijo: señoras que ya venían de regreso del mercado, cargadas de bolsas rebosantes y olorosas a verduras en vinagre y a pescado seco, un deshollinador con sus cepillos, una vendedora de pañuelos bordados, un campesino en traje de domingo que había venido a la ciudad a hacer alguna diligencia, el prefecto de alguna escuela, con su gorro frigio, que andaba a la caza de niños prófugos... venían a sentarse en las bancas de hierro del atrio, a la sombra del tejo, y he aquí: encontraban el monigote, colgado por el pie izquierdo.

De haber ocurrido en una ciudad grande y liberal, esto no habría causado mayor revuelo, pero aquella ciudad no era ni una cosa ni la otra. Era pequeña y conservadora, y sus habitantes no estaban acostumbrados a que pasara nada fuera de bodas, nacimientos, defunciones, fiestas nacionales y religiosas y todos esos pequeños y grandes acontecimientos que forman parte de la vida provinciana. Podían tolerar que una golondrina no se marchara al empezar el otoño, que un murciélago volara antes del crepúsculo, que la luna diera de pronto una luz lívida y hasta que dos personas de distintas clases sociales se casaran. Pero que de la noche a la mañana apareciera un muñeco colgado por el pie, de la rama más horizontal del abuelo de todos los árboles y en el atrio de la iglesia azul... eso era un desafío abierto a la sagrada ley de la cotidianidad ciudadana. ¿Es difícil de creer? Pues permítame el lector ponerlo un poco en antecedentes, a fin de que pueda calibrar en su justa proporción el significado del suceso.

La historia comienza y termina en una pequeña ciudad de veinte mil habitantes, muy antigua, de gente conservadora como ya hemos dicho, apegada a sus costumbres y a sus tristezas; una ciudad llena de torres, agujas y cúpulas, de fuentes sollozantes, estatuas de poetas, callejuelas empedradas y rincones nostálgicos, y de edificios que parecían pintados por un pastelero: crema con azul pálido, vainilla con lila, durazno de atardecer, pistache con frambuesa, rosa de enamorado... Su bonanza económica se sostenía en los cientos de estudiantes que llegaban a inscribirse en las distintas secundarias, los bachilleratos, los seminarios, los liceos, las academias, los colegios y la universidad. Estas instituciones le habían dado el prestigio de que gozaba. Sobre todo la universidad era motivo de orgullo, no sólo por la excelencia de los estudios e investigaciones que ahí se realizaban, sino también porque ocupaba uno de los dos edificios más importantes, simbólicos y majestuosos de la ciudad: un palacio estilo Weltschmerz que dominaba el paisaje con sus muros de piedra gris y su domo rojizo, que al atardecer se volvía cereza. El otro edificio principal era la iglesia, la misma iglesia de desmayado color azul en uno de cuyos árboles más venerables se le ocurriera a algún orate colgar un mono por el pie izquierdo.

Ahora bien, había tres puntos con los cuales la gente se orientaba: en el norte estaba la universidad, en el sur la estación del tren y en el centro la plaza de armas, con la iglesia como corazón. De un extremo a otro hacían los ataúdes un recorrido de media hora, aunque también se podía caminar si a uno le gustaban las calles antiguas y tenía buena condición física. Perdón, creo que el lector no sabe qué es esto de los “ataúdes”: pues así les decían ahí a los tranvías porque estaban pintados de negro. Sólo había una línea, y lo más chistoso era que se llamaba Línea 1. “Como si hubiera más”, se burlaban los pasajeros. Pero bueno, esto dará una idea de lo realmente provinciana que era la población y de sus ínfulas de ciudad grande.

La iglesia, entonces, se hallaba en el centro, cerca del mercado, el Museo de los Corazones, el Puente Roto, que no cruzaba nada y no estaba roto sino que nunca terminó de construirse, y el monumento a los Defensores de la Patria, lo cual quiere decir que a mucha gente le quedaba de paso. Difícilmente podía haber encontrado el gracioso del monigote un lugar más estratégico.

Y ahí estaba su creación: un muñeco de trapo de un metro, tal vez un poco más de alto, vestido con un traje del año de la canica: pantalón azul de bailarín, alpargatas rojas, casaca combinada de rojo y amarillo, con diez botones blancos y dos bolsillos en forma de medias lunas. En realidad no estaba mal hecho; era un trabajo cuidadoso en el cual parecía haberse invertido tiempo y creatividad. Nadie lo haría sólo por el gusto de jugar una broma. Aunque si uno se fijaba bien, los materiales se veían ya deslucidos, como si el muñeco hubiera estado guardado muchos años. Detalle curioso: prendidos en el pecho tenía un ramito de azahares, una libélula disecada y un pequeño trozo de pergamino.

El primer comentario vino del primer ciudadano que lo vio —el prefecto, por supuesto, siempre listo para descubrir alguna travesura y culpar a los chicos por ella—; después se acercó alguien más a ver qué era aquello tan extraño —el campesino, escandalizado con las extravagancias de la ciudad—. Luego llegó otro, luego otro más y otro. Se retiraron los primeros y aparecieron más.

Faltaba decir que, además de estudiantes, lo que más había allí eran conspiradores. Las páginas más gloriosas de la historia local versaban sobre las hazañas de heroicos conspiradores que prefirieron morir antes que traicionar un voto de secreto, y los modernos descendientes de esos próceres no habían querido quedarse atrás. Así que muchos de los edificios de lacrimosa arquitectura albergaban logias, gremios milenarios, cofradías, iglesias cismáticas y sociedades secretas. Y los correspondientes adeptos, aprendices y maestros rivalizaban a ver cuál era el más capaz de descifrar los antiguos símbolos y emblemas de que estaba llena la ciudad. De estos buenos ciudadanos vinieron los primeros intentos por explicar el mensaje que encerraba aquel monigote.

—Se trata de un enamorado que se lamenta de no ser correspondido —dijo uno.

—Es del cliente de algún abogado, en protesta porque su asunto no avanza en la corte —dijo otro.

—Es un símbolo de la fe —respondió un tercero.

—¿Y la libélula? ¿Y los azahares? —preguntó un cuarto, observando que nadie había reparado en esos detalles.

—La libélula es un símbolo de ilusión. El mensaje completo es que tengamos fe y no nos dejemos extraviar por las ilusiones del mundo.

—¿Y el pergamino?

—¡Es verdad! ¡El pergamino! —por fin se le ocurrió a alguien pensar en eso. En esa ciudad de soñadores, la gente prefería imaginar historias que investigar hechos concretos.

—Tal vez tenga algo escrito.

—Vamos a verlo.

Efectivamente, encontraron algo escrito. “Se solicita esposa”, decía. Habría parecido un anuncio relativamente común, de esos que las personas solitarias acostumbran insertar en los clasificados de algún periódico, y no habría causado mayor comentario entre los transeúntes. Pero enseguida había una extraña cláusula:


Requisitos: acreditar examen de odonatología a nivel básico y de dominio del idioma esperanto en las cuatro habilidades. Presentarse en la oficina del Profr. Dr. Saturnino Grünman (edificio principal de la universidad, Instituto de Historia Natural) con una docena de hojas de papel blanco, plumilla y tintero con tinta negra.


Conque el muñeco no tenía otro objetivo que el de atraer la atención sobre ese anuncio: no había ningún simbolismo en ello. A mediodía ya toda la ciudad estaba enterada y los comentarios no se hicieron esperar: ¿Qué mujer se iba a prestar a una cosa tan ridícula y humillante? ¿Qué quería decir eso de “odonatología”? ¡Requisitos! ¡Acreditar examen! ¡Y para ser esposa de un profesor! Ni que fuera un príncipe.


***

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viernes, enero 04, 2013

Noticias del mundo sutil

“Lo sobrenatural es muy extenso”, dice Alethia Ventura en Supernaturalia. “Sin embargo, de su vastedad apenas se sabe un poco. A diferencia del mundo natural, cuya abundante biodiversidad aún nos sorprende con maravillosos hallazgos, el estudio del mundo sutil se dificulta enormemente debido a su naturaleza etérea, totalmente esquiva a los métodos de comprobación científica”.

    Ciertamente, llama la atención el hecho de que en México, donde las culturas ancestrales dan tanta importancia a lo sobrenatural, esto casi no se haya estudiado. Hubo una época, recién “descubierto” el continente americano, cuando todo era tan nuevo que la categoría “sobrenatural” resultaba irrelevante. Para Europa todo lo americano era, literalmente, maravilloso. Había que describirlo y de eso se hicieron cargo cronistas, naturalistas y viajeros curiosos.  Juan Rodríguez El Viejo, Sebastián de Macarro y, más tarde, Francisco Javier Clavijero, por ejemplo, dan cuenta de avistamientos de misteriosos jabalíes que tenían el ombligo en el lomo. Y Francisco Hernández, en su Historia natural de la Nueva España, se deja seducir por un monstruo que inspirará, desde esa época hasta el siglo XX y tal vez después, algunas de las más perturbadoras fantasías literarias: el Ambystoma axolotl. Sí, hubo una época en que la inteligencia estaba abierta a la maravilla y, si esta época hubiera durado un poco más, tendríamos un corpus respetable de tratados, monografías y documentos de todo tipo que hablaran de aluxes y chaneques y tlahuelpuchis, y hasta se incluiría en los programas de la SEP la materia de Ciencias sobrenaturales.


    Infortunadamente, dos cosas se unieron para mutilar nuestra visión del mundo. La primera: el avance del racionalismo y el positivismo, según los cuales lo incompresible se convirtió en lo irreal. Y segundo: el triunfo ideológico del racismo novohispano y luego mexicano, que condenó las culturas ancestrales al terreno de “las supersticiones de los indios”.


    Ante este estado de cosas, sólo una obra monumental, un contundente golpe de audacia intelectual, habría podido enderezar lo torcido. Este formidable acontecimiento es  la aparición de Supernaturalia, de Norma Muñoz-Ledo: una obra que ha devuelto a la ciencia su carácter de fábula, y a la fábula su carácter de ciencia. Será que para Norma Muñoz-Ledo, como para Palinuro, el de Fernando del Paso, la ciencia no es ciencia sino arte, medida de las cosas, cosmovisión.
 

    Desde los tiempos de la Nueva España, cuando la cultura europea se hallaba apenas en el proceso de perder la inocencia, y América era un mundo que seguía descubriéndose día tras día, a cada paso que el conquistador daba a través del continente amanecido, hasta los días quizá demasiado cercanos del furor positivista, la búsqueda de una percepción verdadera de las cosas ha sido una invocación a lo fantástico, a la fábula, a la superstición. En las tierras milagrosas de las Indias Occidentales, el pensamiento científico no ha sido sino una manera distinta de hacer mitologías, de fabular. Supernaturalia invierte así la presunción de Alejo Carpentier: para el indiano que diariamente convive con fantasmas y espíritus ancestrales, con deidades guardianas de cada uno de los seres que pueblan la naturaleza, con muertos ambulantes y hálitos de desgracia que flotan invisibles en el aire, lo real maravilloso es la superstición racionalista de los europeos. Se trata de una diferencia de gestalt.

    Esta vocación científica de Supernaturalia se hace evidente en varios aspectos. Más que como un bestiario medieval, Norma Muñoz-Ledo escribió su libro siguiendo la estructura moderna de los manuales de zoología o botánica; es decir, con un formato científico propio de la más pura tradición positivista: descripción de la especie y sus subespecies, hábitat, características físicas y psicológicas, grado de peligrosidad, índice de territorialidad, etc. A esta ficha le sigue lo que es la esencia del libro: las historias, los testimonios, el entramado literario, tan fino, tan rico en matices, que la autora va tejiendo.
 

    Así desfilan ante nosotros La Llorona, Tonantzin y Metstli, la Xtabay, Nuuk, la vieja Chichima, el señor Escolopendra, duendes, aluxes y chaneques, tzitzimimes, xocoyoles, encueraditos, chamaquitos, enanos y gigantes, el bebé con dientes de fiera, la mujer serpiente, brujas y sirenas, nahuales y tlahuelpuchis, y luego fantasmas y mensajeros de la muerte, lugares encantados que son puertas dimensionales o guardan tesoros o gente que vive fuera del tiempo (a veces ciudades enteras, pueblos, iglesias, cuevas, parajes, árboles)... y hay animales sobrenaturales que se parecen a sus primos del mundo natural: burros y caballos, aves de corral, perros, el ratón de los dientes, sapos, serpientes, tecolotes, el chupacabras... en su afán enciclopédico, la autora incluye objetos aparentemente inanimados: árboles, el arcoiris, la calabaza gigante, campanas encantadas, canastas de buena suerte, piedras, sogas, varitas mágicas... y termina reviviendo uno de los temores más antiguos de la humanidad: el de las enfermedades sobrenaturales.

    “Dicen que México es el quinto país con mayor riqueza en su biodiversidad”, dice, otra vez, Alethia Ventura. “Me pregunto si, quienes afirman eso, tendrán en cuenta a la infinita variedad de vida sobrenatural que comparte el territorio con nosotros”.
 

    Con Supernaturalia, Norma Muñoz-Ledo pasa a formar parte de esos autores que, escribiendo originalmente para niños, han logrado producir una obra sin edad. La suya es, en efecto, una obra monumental cuya lectura es indispensable para todo el que quiera saber algo del mundo más allá del funcionamiento normal de nuestros atrofiados sentidos.

jueves, noviembre 08, 2012

Tres libros de Socorro Venegas

La risa de las azucenas. Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 (Núm. 151) 113 pp.



La risa de las azucenas es una colección de relatos cuya mayor cualidad es la intensidad emotiva. Esto es difícil de lograr cuando no se tiene talento, aunque el autor haya tomado infinidad de talleres. Y a Socorro Venegas lo que le sobra es talento. Trátese de historias de alcohólicos, de niños solitarios o de mujeres encerradas en el fondo de sí mismas, la autora consigue una perfecta tensión entre sus dos tonos dominantes: la violencia y la ternura. Esto se debe, en parte, al ritmo de su prosa: concentrado, duro, ajeno a esa lasitud que tanto daño ha hecho a la literatura mexicana de las últimas décadas. Pero también es responsable de este efecto la despiadada distancia que la escritora ha establecido desde el principio entre su mirada y sus personajes: no hay simpatía ni lástima ni presunción. Los seres de Socorro Venegas deambulan a través de un mundo helado en un estado de completo desamparo. No son sus hijos ni los trata ella como tales; no los sobreprotege, como lo hacen muchos de nuestros narradores, no los lleva de la mano ni los convierte en proyecciones narcisistas de sí misma. Aunque sean los seres más huérfanos del mundo. La suya es una literatura áspera, desnuda. Y sin embargo, el giro justo en el momento necesario, el adjetivo preciso, logran la magia: lo tierno se hace visible bajo las cuarteaduras del dolor cotidiano. Por eso estos cuentos son conmovedores. Me refiero, por ejemplo, a “Diario de plenilunio”, una historia donde el Apocalipsis es ese instante dulcísimo y esperado en que por fin la muerte toma para sí la cara de la bendición. Me refiero también a “El globo terráqueo”, a “Cristina”, a “Los niños que van a morir”, a “El hada”, a “El periplo de Espartaco”... Es difícil hacer una lista: me gustan todos.

La risa de las azucenas nos muestra el poder profundamente perturbador de la belleza. En este libro, nada hay más violento que la ternura.





La muerte más blanca. Cuernavaca, Mor., Instituto de Cultura de Morelos, 2000. 68 pp.




Socorro Venegas se dio a conocer como narradora con el libro de cuentos La risa de las azucenas (Tierra Adentro, 1997). En esta primera colección se advertían ya las que serían las características más notables de este oficio literario: la dureza de la voz, la contundencia del estilo, la potencia de la imaginación, la sensibilidad para el hallazgo anecdótico, la tensión entre las fuerzas opuestas de la ternura y la violencia.

Ahora, en La muerte más blanca, Socorro Venegas agrega a estos ingredientes una energía vital que se manifiesta en el sustrato anecdótico como erotismo, lealtad hacia los impulsos primarios, exacerbación de la vivencia del mundo interno y del de los actos humanos.

Se trata de diecisiete historias —número de esperanza—, unas de varias páginas, otras de un párrafo. Unas se desarrollan más o menos en esta época; otras, en el pasado histórico. Unas tienen ocurrencia en sitios reconocibles: Lisboa, Amsterdam; otras, en un espacio casi mítico, un poco mediterráneo, un poco mexicano. Y a veces, también, está ahí la presencia del desierto como un reflejo externo de inabarcables soledades interiores.

Continúa la exploración de los temas que ya habían cobrado en Socorro Venegas una memorable fuerza expresiva: el alcoholismo y la orfandad radical de la infancia. “Los borrachos son la gente que más me gusta. Sólo con ellos puedo entenderme y sólo ellos me entienden”, declara la niña protagonista de “Día de Santa Amada”. El alcohólico, ciertamente, y como ya lo han experimentado otros escritores —Malcolm Lowry, Charles Bukowsky, José Revueltas — es un ser que, desde su insalvable aislamiento, ha recuperado alguna forma de inocencia primigenia; un adulto que ha podido volver al desamparo de la infancia, a ese estado de dependencia en el cual necesitaba que lo cuidaran y lo llevaran a dormir. El alcohólico es hermano del niño.

Varios de estos relatos —“La higuera”, “La muerte más blanca”, “Refugiados”, “Jericó”— tienen elementos eróticos. Sin embargo sería un error leerlos como literatura erótica. El amor sexual, en ellos, es expediente anecdótico que, al igual que la infancia, el desierto o los secos diálogos de los personajes, pone de manifiesto el aislamiento radical de los individuos en el interior de sí mismos.

Así, nada en este libro —y me atrevería a afirmarlo respecto de la obra completa de Socorro Venegas— se aparte de una visión del mundo centrada en la experiencia subjetiva: narrativa dantesca en el sentido estricto. Odisea interior. Largo viaje de retorno a una Ítaca que tal vez desapareció antes de todo, a una “isla del recuerdo” que estallará sola, sin Penélopes que esperen nada.

Veo en La muerte más blanca el segundo círculo de un descenso que parece saber lúcidamente adónde va. Y los recursos literarios que lo permiten, lo guían y lo obligan son cada vez más depurados, más penetrantes.





Todas las islas. México, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, 2002.




De voz dura, voz fraguada más en los purgatorios rurales de diversas geografías vistas o soñadas que en el rumor adecentado de las avenidas urbanas, de pocas pero sustanciosas palabras, Socorro Venegas comenzó a explorar sus temas axiales desde sus primeros libros: La risa de las azucenas (1997) y La muerte más blanca (2000). En ambas colecciones de relatos se percibe una visión del mundo indudablemente personal, articulada en torno de ciertas figuras recurrentes: el individuo aislado en su mundo interior, el alcohólico, el infante que debe elegir entre salvarse y salvar su inocencia, el ser condenado a cualquier forma de silencio, el ángel en la tierra que tanto nos recuerda a José Revueltas. El mundo a través del cual estos personajes tratan de moverse es un espacio simbólicamente denso, donde cada objeto parece ser parte del aura de quien lo usa, lo porta o lo mira: proliferan los colores, los seres del mundo vegetal, los paisajes ásperos, las desnudeces; hay objetos —vestidos, globos terráqueos, bicicletas, camas, campanas, árboles, muchos árboles—; animales —caballos, perros, zorras, aves—; abundan las referencias a los ojos y las miradas y a la luna, como si las tres cosas acabaran por ser lo mismo. Y las manos: casi tan importantes como los ojos. Hay muchos, muchos viajes, algunos a lugares que quién sabe si existen. Ciertas palabras percuten con insistencia: remordimiento, odio, memoria, dolor.

En Todas las islas, el libro por el cual recibió el Sexto Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, emisión correspondiente al año 2002, Socorro Venegas lleva más allá la exploración de sus constantes. En efecto, se trata de una colección de quince relatos en los cuales las figuras del alcohólico, el niño desolado, el amante que se asume transitorio y otros más parecen transitar un espacio todavía más desnudo, más ajeno, si esto es posible. La condición insular que anuncia el título del volumen se rebate y finalmente se reafirma en cada pieza.

Todos los personajes de Socorro Venegas se han ido o se están yendo o están por irse. Todos han muerto o se están muriendo o están por morirse. Deambulan en el mundo y sin embargo fuera de él; han encontrado una manera —siempre dolorosa— de ponerse a salvo. Sufren para no sufrir tanto. Contemplan. A veces se diría que no tienen otra actividad que ésa: contemplar una tierra que parece irreal de tan bella, de tan espantosa. Eso hacen la alcohólica que bebe desde en la mañana en la playa de Varadero, la niña que debe recorrer la ciudad en busca de su padre ebrio, la mujer que pone un anuncio para cambiar sus pertenencias por otras, la niña que ve morir a su hermano, el hombre que entrega su mujer al río, la agonizante que sólo desea mirar un cuadro... todos ellos parecieran vivir la vida como una condena. Atraviesan por ella en un paisaje de casas deshabitadas, de mudanzas, de islas reales y metafóricas. Y ahí están acompañándolos, como siempre en Socorro Venegas, los colores y los símbolos y los ojos. Y la pintura —los grandes cuadros de los grandes pintores—, otro tema recurrente desde La risa de las azucenas. La pintura: único lenguaje capaz de expresar algo vivo en un mundo donde lo que no es silencio es ruido ensordecedor y, finalmente, también silencio. Está también el asunto —más sutil, menos explícito en los libros anteriores— del triángulo, la tríada, las Parcas, la Diosa Triple de la feminidad que inspira, da vida, enloquece y mata.

Al final, la conclusión resulta obvia: Todas las islas son todos los seres humanos.

viernes, noviembre 02, 2012

Dos novelas de Javier Sicilia

El bautista. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1991. 241 pp. (Ficción).


“Aquella mañana Juan partió al desierto. Hacía meses que el espíritu de Dios lo empujaba hacia ahí. Pero Juan se había resistido con todo su corazón, con toda su alma y toda su mente”.

Así empieza El bautista, primera novela de Javier Sicilia. En ella, el autor explora conflictos interiores: las dudas y los instantes de rebeldía o de arrebatada fe por medio de los cuales el protagonista, Juan el Precursor, fue arrastrando su tarea hasta cumplirla cabalmente. Como en toda obra de carácter histórico, biográfico o hagiográfico, el lector puede adelantarse más o menos al desenlace. Aun antes de abrir el libro sospechamos que terminará con la decapitación del Bautista, según se refiere en los Evangelios, principalmente en los de Mateo y Marcos (Mt. 14:1 y Mc. 6:14). La novela, entonces, no podía crecer en la dirección de la intriga; tenía que hacerlo hacia adentro, aprovechando los huecos que dejan las Escrituras. Lejos de limitarlo, este hecho le permite a Sicilia desarrollarse en lo que sabe hacer. Porque parece evidente que tiene más de poeta que de narrador. La alianza establecida resulta, pues, inteligente: la Biblia pone el hilo anecdótico; él se encarga de tejerlo. Por supuesto, el asunto no es tan radical: hay de parte de Sicilia mucho trabajo narrativo, sólo que lo principal ya está dado. Hay que ver los resultados.

En primer lugar, salta a la vista que el oficio poético del autor domina sobre el narrativo. Me explico: hay imágenes en El bautista que obedecen más a la lógica de la elaboración onírica que a las reglas de la precisión referencial: “Juan, como todos los hombres de Judea, entraba en su habitación, se tendía en su jergón y aguzaba el oído”. Cito este ejemplo porque la generalización propuesta me parece excesiva: es una imagen onírica, o si se quiere poética, la de todos los hombres de Judea tendidos en su jergón y aguzando el oído. Por otra parte, los personajes se presentan, de manera poco convincente, como tipos demasiado puros, caracterizables en una palabra o dos; son megáfonos de verdades eternas. Esta última condición explica que el análisis de los procesos interiores llegue a pesar demasiado y le reste agilidad a la narrativa, que en general es lenta.

No quiero dar a estos detalles un peso tal que parezca que, en mi lectura, demeritan la obra en conjunto. El bautista es una novela llena de claroscuros, de oposiciones, de paradojas que reproducen efectivamente el conflicto abordado. Semejantes recursos nos hacen concebir a Juan como un hombre cuyo tránsito progresa permanentemente al borde de algo, rodeado por la oscuridad que acompaña la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo. La palabra oscuridad y sus sinónimos y formas adjetivales aparecen muchísimas veces en la novela. Ya cerca del final comenzamos a sospechar que es en la oscuridad del mundo soñado donde se encuentra la luz del libro. La iluminación no se da sino en medio de la oscuridad; fuera de las tinieblas, en el mundo del día aparente, la divinidad permanece muda e insondable. El silencio de Dios es el umbral de su presencia. La lectura nos sugiere, de hecho, que Juan encontró a Dios desde el momento en que sintió su ausencia y decidió buscarlo. Estas consideraciones merecen detenimiento. La sabiduría que Javier Sicilia pone en boca de sus personajes tiene el sello de Israel, pero, extratextualmente, me aventuro a sospechar detrás de ella lecturas amplias en el campo de las religiones comparadas, de los gnósticos y los neoplatónicos al zen y, por supuesto, los Padres de la Iglesia.

Las teofanías de Juan, cuando son directas y no tienen lugar dentro de la visión franciscana que tiñe gran parte del libro, asumen el carácter terrible de la cratofanía: el choque contundente que abate a quien roza, así sea por un segundo, los circuitos de poder elemental del cosmos: “No se puede permanecer mucho tiempo mirando a Dios sin ser destruido”.

Paso a explicar el título de esta nota. En algún momento, Juan es comparado por su madre, Isabel, con Jacob. Pero si la lucha de aquél contra el ángel se relata en términos de combate físico (Génesis 32:25), la de Juan contra Yahvé se libra todo el tiempo como una contienda de voluntades: se trata del conflicto pagano entre el destino y la libertad. Es en este sentido que veo en Juan menos de Jacob que de Eneas. Repetidas veces Juan intenta ocultarse de la gracia de Dios como el héroe de Virgilio huía de la ira de Juno. Los dos son precursores: preceden a una figura fundadora, le allanan el camino. Y luego, así como Eneas lleva en su brazo de aventurero la historia de Roma, así Juan es portador de la memoria de la Iglesia. Se trata de ese juego entre tiempo y eternidad que Rubén Bonifaz Nuño observó en la obra de Virgilio.

Un ejemplo de ello se encuentra en las visiones que tiene Juan después de su lucha más decisiva. Se trata de visiones prolépticas que él no comprende en ese momento, pero que funcionan como la memoria de la tradición. Juan ve su propia cabeza servida en un platón, ve al maestro Jesús orando en el Monte de los Olivos, y no podemos dejar de recordar que, también en una visión, le fueron revelados a Eneas su destino y la historia romana.

En alguna parte, Sicilia hace coincidir, en una sola escena y de la manera más luminosa, dos dogmas de la Iglesia Católica: es durante la concepción cuando se revela a María, “una virgen joven, pobre y desconocida”, el misterio de la Santísima Trinidad: “Fue el triple temor del amor: una llama de fuego penetrando por mi oído, un batir de alas sonando por la estancia, y el miedo de los miedos: pensar que llevaría el cielo en mis entrañas”.

Hay otros aspectos en la novela que me parece necesario destacar. En The Marriage of Heaven and Hell, William Blake dice que el cuerpo es la parte visible del alma. Sicilia pone en boca de Jesús palabras que lo recuerdan casi textualmente: “el cuerpo es una extensión del alma”. Efectivamente, la aproximación de Juan a Dios es a través de los sentidos, las meditaciones a que invita el amor de María Magdalena y la celebración que el poeta hace de la naturaleza. Todo esto cumple con una función: la de devolver al cuerpo la dignidad cristiana que —supongo— alguna vez tuvo.

Con resultados semejantes de recuperación sensorial, Sicilia recurre constantemente a una figura retórica: el símil. Podría dar de ello muchos ejemplos, que abundan en el libro, pero basta uno: “sus labios son rojos como el grito que abate al enemigo, más rojos que las patas de las palomas y que los tobillos de los hombres cuando vuelven del lagar”.

Otra cosa que hace crecer la novela es una serie de anécdotas que, cercanas a las parábolas del Nuevo Testamento, escenifican vívidamente las tesis del autor. Estas anécdotas son por demás convincentes: parecen forjadas de verdad en el austero yunque de la leyenda.

Por último, objeto de un estudio interesante sería la constitución libidinal de Juan, así como lo presenta la novela: un hombre que renuncia a la mujer para ser “devorado” por el Padre. A lo largo de su camino de perfección, el protagonista traza la crónica de su búsqueda del látigo de Dios, el cual encuentra finalmente en la figura crística. En este sentido, resulta sugerente la escena donde lucha contra el ángel, y especialmente sugerentes parecen estas palabras: “... y tomándolo por el cuello lo tendió contra el piso”.



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Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. México, Fondo de Cultura Económica, 2001. 512 pp. (Vida y pensamiento de México)


En su famoso “Prefacio”, que con toda probabilidad es la obra teórica más importante que se ha escrito sobre el arte de la biografía, Lytton Strachey hace una observación fundamental que separa al biógrafo del novelista. Considera que narrar de manera escrupulosa no es el mejor método para quien desea explorar la arqueología de una vida. La pureza del trazo narrativo puede ser una virtud en el novelista, que trabaja con personajes traídos a la luz desde las tinieblas de su mundo interior, pero el biógrafo —dice Strachey— “si es sabio adoptará una estrategia más sutil. Atacará su tema en lugares inesperados; lo abordará por los flancos o la retaguardia; dirigirá un repentino y revelador haz de luz en dirección a un oscuro lugar que ha pasado inadvertido hasta ahora”.

Ignoro si Javier Sicilia tenía en mente estas recomendaciones cuando escribió Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo. Lo que sí puedo decir es que el método con el que parece haber construido su biografía coincide con ellas de una manera puntual.

En efecto, manteniéndose dentro de la mejor tradición biográfica, Sicilia ha pergeñado su libro independientemente del estilo novelado que está de moda entre quienes escriben biografías. Su personaje es elusivo, misterioso, a veces contradictorio; él lo sabe y se detiene respetuosamente ahí donde el biógrafo novelista no habría tenido escrúpulos en llenar los huecos con su poder de invención. El resultado de este procedimiento es una obra más o menos ordenada, más o menos fragmentaria, como suelen serlo las vidas humanas; una obra donde los pasajes narrativos se entretejen con reflexiones de orden ensayístico e incluso didáctico, comentarios al margen, observaciones personales y hasta algunas bromas a costa de los personajes. Las fuentes de estas acotaciones tienen diversos orígenes: la filosofía, la teología, la historia de la Iglesia, la historia nacional, el psicoanálisis, la propia existencia.

Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, cuenta la vida de esta mística mexicana, a quien Sicilia pone a la altura de Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita de Liesieux. Abarca desde la historia de los bisabuelos, muchos años antes del nacimiento de la protagonista, en 1862, hasta el momento de su muerte, en 1937. Años coyunturales fueron los que le tocaron vivir a Concha, como el autor la llama cariñosamente. La guerra contra los franceses, los conflictos entre liberales y conservadores, la Revolución, las luchas posrevolucionarias, la revuelta cristera, el maximato y el cardenismo pasan rápidamente por estas páginas, un poco de soslayo. A Concha, como se dice en alguna parte, lo único que le interesaba era Dios. Mujer devota por tradición familiar, niña que jugaba a ser santa, adolescente enamorada de Cristo, esposa y madre, la señora de Armida se supo desde siempre llamada hacia la cruz, símbolo que con ella alcanzaría una realidad y una fuerza de manifestación plenas y renovadas. Y todo esto sin hacer a un lado su destino en la tierra. De ahí que Sicilia la considere una mística revolucionaria, como Teresa de Lisieux. El mérito de Concha, su aportación genial a la historia del ascetismo cristiano, radica en que logró sacar la mística de los conventos y llevarla a la vida secular. Demostró que una mujer no necesita vivir encerrada para ser santa, y que los deberes de atender una casa no son un estorbo cuando se ha decidido seguir un camino espiritual. Innovadora inconsciente de su mérito, la señora de Armida tuvo siempre una (a veces no tan secreta) envidia hacia las monjas: ellas eran a sus ojos las esposas legítimas. Vírgenes consagradas al Señor, podían reclamar el derecho de llamarse así. Concha, en cambio, para quien la condición de mujer con obligaciones conyugales parece haber sido siempre un martirio y una mancha, se sentía menos que ellas, se sentía la amante. De ahí el título del libro.

No tiene mucho caso entrar en detalles. La vida que ha estudiado para nosotros Javier Sicilia, tal como él la cuenta, es una vida intensa, activa y contemplativa (admirable síntesis) al mismo tiempo. “La santidad no niega lo humano —dice el autor—, lo lleva a su plenitud”. En efecto, paralelamente a las interminables gestiones que formaron la vida pública de Concha, asistimos al desarrollo y a la realización plena de su vida mística. Ninguna parece ser más importante que la otra. De la primera se desprendió un vasto apostolado que aún hoy abarca a muchas personas e instituciones católicas; de la segunda, surgió un camino de crecimiento interior, de entrega y renuncia, que logró integrar el Cielo y la Tierra y debió pasar por todas las etapas (al parecer ya bien definidas) de una ascensión, con los primeros encuentros, las pruebas, el matrimonio en el espíritu, la transverberación, la encarnación mística y el abandono último y total al Amado.

Sólo hay que tener en cuenta algunas cosas al leer el libro. 1) Javier Sicilia no es biógrafo ni historiador de profesión: es poeta. 2) Javier Sicilia no es alguien que esté escribiendo sobre un personaje desde fuera de su contexto ideológico (como lo hizo, por ejemplo, Álvaro Ruiz Abreu con José Revueltas); por el contrario, escribe desde dentro; es un investigador católico escribiendo sobre una heroína católica.

Luego de estas consideraciones, es comprensible que Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, parezca un libro escrito con más buena fe que objetividad. Ya sé. Se me dirá que la objetividad es sabidamente imposible y que la escritura de una biografía es siempre el diálogo de dos subjetividades. Sin embargo, es evidente que hay quienes logran (o quienes pretenden) crear una ilusión de objetividad. El mismo Sicilia ha demostrado antes (en El bautista y en El reflejo de lo oscuro) que puede hacerlo. Éste no es el caso ahora. Ahora las costuras se ven demasiado y los momentos en que esto sucede son varios. Si vamos a ser justos, por ejemplo, habría que decir que la condenación a la sexualidad no es directamente “hija del neoplatonismo”, como Sicilia la llama, sino de manera mediata, a través de la Iglesia Católica, que mucho de neoplatonismo le ha inculcado a la gente, aun si en sus dogmas lo rechaza. Como si la gente mocha fuera lectora de filosofía. Nieta del neoplatonismo e hija de la Iglesia es, siendo más estrictos en esto de las filiaciones, la condenación a la sexualidad. Semejante parcialidad es visible en otras partes, con otros temas, y no tiene caso ahondar en ello para quitarle mérito literario a una obra cuyo objetivo va más allá de lo literario. El autor mismo, previendo nuestras objeciones, se ha adelantado a ellas: “Javier Sicilia, dirán, está lleno de beaterías. No lo voy a discutir. Para los ideologizados mis razones son otro campo de lo ideológico, pero trasnochado”. No veo ningún acierto intelectual, pues, en tratar de coger en falta un libro que con admirable honestidad se declara ya en falta.

Por ahí hubiera empezado, dirán algunos lectores tal vez desilusionados. Es que, a diferencia de El bautista y de El reflejo de lo oscuro, Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo no parece haber sido pensada como una obra esencialmente literaria. Es más bien un documento, no sólo para la historia del catolicismo en México, sino, sobre todo, para el conocimiento del alma humana y de los misteriosos procesos que pueden llevarla a rebasarse. El estilo es muy sencillo y claramente (yo diría deliberadamente) menos cuidado que el de las obras anteriores del autor. Como si Sicilia no quisiera que la belleza del adorno distrajera al lector de lo principal. Los recursos narrativos son primarios, toscos, como si en un acto de ejemplar modestia el autor nos hiciera recordar que, cuando se escribe una biografía, debe lucir el personaje biografiado, no el que lo presenta.

Sin embargo, estoy seguro de que muchos lectores (yo entre ellos, lo confieso) no se acercarán al libro porque les interese la vida de Concepción Cabrera, de quien tal vez no sepan nada, sino porque les interesa el poeta Javier Sicilia. Y aquí es donde resulta relevante la consideración de que el libro está escrito con más buena fe que objetividad. Y aquí es donde se hace necesario recordar que el autor es, en primer lugar, poeta. A su pesar, esta obra, más que revelarnos a Concepción Cabrera, nos revela al mismo Javier Sicilia. Y vaya que nos dice de él mucho más de lo que pudieron decirnos sus libros anteriores. No sólo es una especie de mapa ideológico útil a la hora de transitar por La presencia desierta, El reflejo de lo oscuro o El bautista, ya que de manera explícita expone las ideas del poeta acerca de la iglesia, la santidad, la penitencia, la carne y el cuerpo, el pecado, la Encarnación y la Gracia, sino también nos permite asomarnos a una infinidad de detalles tal vez triviales, tal vez meros chismes, pero que van construyendo el semblante posible de uno de nuestros escritores más interesantes.

En efecto, aquellos más interesados en el escritor que en su personaje, tendrán que reconocer que, gracias a las 512 página de Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, sabemos que Javier Sicilia tiene ancestros llegados de España, que su padre contaba chistes, que oye a Chabuca Granda y a John Lennon y a éste último lo llama “maestro”; que Los puentes de Madison le parece “la mejor película que ha dirigido y actuado Clint Eastwood”, y en cambio la televisión se le hace un “ojo obsceno e inhumano”; sabemos cuáles son sus iglesias favoritas; entendemos que para él el sexo es maravilloso y probablemente santo; que es amigo de Ignacio Solares y que a éste le gustan las mujeres gorditas, que la basílica de Guadalupe le parece una “espantosa carpa de circo”, que los “dramones” de Ninón Sevilla le encantan y que habla un inglés de “acapulqueño de playa”.

A mí me interesa mucho este escritor y por eso he reparado en estos detalles y en cuanto ellos pueden revelar acerca de la obra. Pero también, ahora, ha comenzado a interesarme la vida de Concha. Javier Sicilia me la presentó en su libro y me cayó bien. Y creo que la Iglesia debería darle a su mejor autor vivo una beca vitalicia en consideración a lo mucho que ha hecho por levantar su imagen.