lunes, junio 01, 2015

El símbolo del héroe



El miércoles pasado, 27 de mayo de 2015, dejó su cuerpo físico mi maestro y amigo José Luis Ontiveros. Como una manera de recordarlo y de mostrar cómo su pensamiento sigue válido a través de las décadas, reproduzco esta entrevista que le hice algún día de 1995 y que apareció publicada originalmente en el suplemento Sábado de Uno más Uno.


AC. A lo largo de las  diferentes lecturas de tu obra se han mostrado de manera relevante tres temas o tres áreas de reflexión que son la literatura, la política y las ciencias ocultas. ¿Cuál es la relación que planteas y cómo crees que pueden fusionarse en el quehacer literario?

JLO. Me propongo sustentar una cosmovisión, lo que se decía una Weltanschauung, pero fundamentalmente a través de medios estéticos y literarios, no a través de un sistema de pensamiento sino de imágenes que se revelen como en una aparición, como en la función que cumple la oración para el creyente. Ahora, en el Hotel de las Cuatro Estaciones es un propósito conservar un carácter crítico y ambiguo y, por el mismo tema, que puede considerarse maldito, abominable o polémico como es el personaje trágico que encarna Rudolf Hess, llamado en  un momento por un autor italiano “La máscara de hierro de Spandau”. Yo creo entonces que el lector debe esforzarse en el desciframiento, en el sistema de pistas oníricas desde una lectura  del símbolo y del mito. Creo que más que ciencias ocultas sería el propósito de una vía iniciática tal como la comprenden en la tradición Julius Evola y René Guenon. Ahora,  creo que el tema tiene antecedentes en la literatura mexicana cuando por ejemplo José Emilio Pacheco, desde otro ángulo muy  interesante, crea esa atmósfera en su novela Morirás lejos. Y por otra parte creo que sería afín en cierto sentido maldito o de desafío estético al Farabeuf de Salvador Elizondo, mas siendo la mía una escritura más pasional cuando Farabeuf es producto de una literatura abstracta y cerebralista. Yo creo entonces que esa trilogía que tú marcas está definida a través de una concepción de valor estético donde es fundamental la influencia del “Deutsches Requiem”, de Jorge Luis Borges.

AC. Desarrollando esta primera pregunta un poco más, si en un momento dado tu narrativa parece un instrumento político o un instrumento de reflexión espiritual, ¿de que manera se da esto, es mas importante que el instrumento estético o solamente lo enriquece o lo matiza? ¿Hay una relación jerárquica entre tus indiferentes intenciones autorales?

JLO. Yo creo que sí, que mis intenciones son fundamentalmente literarias. Si no, hubiera pensado en escribir más bien un tipo de reflexión política que está muy lejos de mis intereses. A mí se me ubica más bien como un valor estético, estrictamente estético-literario y metapolítico, lo cual resulta muy anómalo, es cierto, respecto a lo que se acostumbra escribir en el trillado repertorio costumbrista y sociológico, que es al que tiende una parte importante de mi generación. Es un tipo de literatura light  donde no hay propósitos estéticos. Al contrario, yo diría que mi literatura exige una concepción difícil del quehacer literario, a contracorriente de todo ese tipo de literatura bombón, chewing gum, ¿no? Y en ese sentido resulta una revuelta desde una posición artística contra el mundo de la trivialización y banalización de la existencia, que es la subliteratura del consumo mercadotécnico.

AC. En El Hotel de las Cuatro Estaciones, como en tus primeras obras de ficción breve, hay una técnica de contrastes y claroscuros, en virtud de la cual algún personaje destaca sobre o ante otros personajes ¿Esto nos podría hacer pensar en una recuperación del culto del hombre extraordinario?

JLO. Yo creo que es cierto, es real esa concepción tuya de mi obra. Hay en ella un culto al héroe en el sentido de las virtudes de la caballería. Es lo que dice Bioy Casares precisamente en un epígrafe que elijo para El Hotel de las Cuatro Estaciones, precisamente que en un momento determinado uno debe abandonar todo por un principio, por una idea, un sueño o una obsesión; es decir, existe esta recuperación del sentido del aventurero y del héroe que se sobrepone a la figura invertebrada, en gran parte senil y muchas veces agusanada de un tipo de antihéroe ya desgastado por una porción importante de la literatura contemporánea. De este héroe hablaba Max Weber, y en el mismo sentido El Hotel de las Cuatro Estaciones es una metáfora de cómo los reinos del mundo son efímeros y luminosos. Entonces yo diría que aquí existe una reconquista del símbolo del héroe y de la gesta de caballería a través de una concepción trágica de la existencia, la cual se plasma naturalmente en la literatura y en el símbolo del personaje que encarna lo que puede ser, o bien en una serie de relatos sobre un personaje que tiene esas características formales o en una novela que  algunos han calificado de gótica y que puede leerse de las dos maneras. Entonces yo diría que sí, efectivamente, hay un propósito de afirmación de los valores del héroe sobre el mundo del tendero, del vender y comprar telas, y sobre el tonel del ciudadano grasiento.

AC. ¿Esta recuperación de valores arcaicos elementales, incluso solares, y esta crítica a la trivialización contemporánea nos lleva a una postura del escritor ante su sociedad o a una función del escritor en la sociedad?

JLO. Yo creo que sí. Y esta función es la del sentido propio de la revelación profética, en donde el escritor no es más que un medio de las fuerzas de lo alto, no del inconsciente ni del humus ni de las represiones del paleofreudianismo, sino de una presencia activa del númen, del daimon, del yin, del Espíritu Santo, del ángel de la guarda en la literatura, que es el que te dirige y se manifiesta; yo creo que en ese sentido profundo la literatura es la recuperación del sentido del mito, de la religión y de lo sagrado en un mundo deslizable, posmoderno, superficial y sin arraigo ni convicciones,  un mundo donde dominan el placer indomado y la muerte del espíritu.

AC. Al llegar a este punto da la impresión de que el culto del hombre extraordinario se convierte también en una idea del escritor extraordinario.

JLO. Bueno, creo que no se puede escribir nada que no forme parte de la existencia y, en un sentido profundo, de la experiencia espiritual. Entonces sí hay una afinidad entre esa inmensa búsqueda del personaje trágico, que encarna en sí el destino, y del escritor que es poseedor de una verdad superior a la de del contrato social del totalitarismo democrático o a la ya enterrada del gulag soviético, a la uniformidad, a la homologación cultural. Es una visión en donde el escritor es un hombre más bien de capa y espada, como decía Drieu La Rochelle:  dispuesto a dar y recibir golpes, no un simple amanuense, chupatintas, literato, gacetero, funiculario o pensador entre comillas, no.

AC. Todas estas características, esta organicidad en tu obra, esta convicción que es evidente al leer cualquier cosa tuya han ido formando una personalidad literaria muy diferente de las otras que se fueron desarrollando en la misma época. Hablo concretamente de la generación de los nacidos en los cincuenta. Los narradores de esta generación supuestamente han compartido lecturas, maestros, un contexto histórico y social y, dentro de este contexto, tú eres una figura muy aislada, diferente, que quizás haya sido adelantada puesto que estos temas que tú empezaste a abordar hace ya más de una década ahora están siendo recuperados por las nuevas generaciones. ¿Cómo te ubicas en relación con tus contemporáneos?

JLO. Sería difícil que estableciera yo correspondencias en un sentido orteguiano, incluso con esta generación que —dice el pensador español y traductor de La decadencia de Occidente  comprende quince años. Fuera de ese lapso, yo pienso que en la literatura mexicana se presenta un tipo de ruptura que yo encarno, en cuanto que no correspondo ni al establecimiento de la derecha ni al de la izquierda en el sentido de la formación intelectual. Yo diría que represento una posición transgresiva, inconformista, que puede ser muy diabolizada y que por eso mismo también puede ser muy atractiva. Siento que de alguna manera me sobrepuse a la influencia del medio en una actitud de reacción creativa, de violencia espiritual creadora. Esa sería mi posición.

AC. Te planteaba esta afinidad mayor con escritores más jóvenes porque, ahora que las utopías se han visto desacreditadas, parece renacer en los autores, y ya ni siquiera en los de mi generación sino digamos en los nacidos en la década de los setenta, una nostalgia por la aventura y por la violencia y un gusto por ciertos ambientes góticos. En ese sentido, como observador que has sido de los procesos de la evolución estética, ¿cuál camino crees que vaya a seguir la literatura mexicana?

JLO. Creo que afortunadamente hay un tipo de reacción, un movimiento a contracorriente contra el predominio de las tendencias costumbristas de la pseudoliteratura. Es una reacción de revelación del ser, y siento también que, dadas las condiciones del mundo, no solamente en la literatura mexicana de esta generación que emerge de los setenta, sino en todas, se observa un retorno al sentido del misterio y de revuelta contra este mundo desmaravillado, dominado por un estado mundialista, este mundo de la usura, las finanzas, el aniquilamiento de los sueños. Entonces creo que los escritores quieren ser otra vez de alguna manera los caballeros andantes de su estirpe y en este sentido hay todo un campo, podríamos decir, de la fantasía heroica, de una ficción metahistórica, de una presencia del héroe en cuanto símbolo, en cuanto hombre que se atreve a romper con las reglas sociales y que en ese sentido es un bárbaro y no corresponde a la normalidad de la civilización. La literatura se anticipa naturalmente a la política en este mundo de las utopías racionales que se desploman, desde el comunismo hasta este neoliberalismo agónico y opresor. Yo creo también que la morfología de la cultura presenta entonces una respuesta en donde lo fantástico que guarda en sí el sentido del misterio se rebela contra la miseria de un mundo del que se ha tratado de extirpar el sentido de lo sagrado. Yo creo entonces que la literatura de estos jóvenes que encuentran en Kipling, en Lovecraft, en Borges nuestra tradición literaria, está contraatacando a este mundo de la muerte del alma, de los muertos vivos.

AC. Paralelamente con una concepción apocalíptica del mundo extraliterario se advierte cierto optimismo en  tu idea de la literatura, ¿Tú crees que la literatura pueda salvar al mundo?

JLO. Bueno, yo naturalmente que no soy optimista, soy partidario más bien de un realismo heroico en términos de Jünger o de un pesimismo trágico como decían Evola o Vasconcelos, pero yo creo que cuando en el mundo avanza el desierto, como decía Nietzsche, es en la literatura donde podemos encontrar el refugio de la plegaria, y que cuando las religiones en Occidente se han vaciado de contenido, la literatura puede ser la manera de religar con las esferas sutiles, con los poderes superiores, con las fuerzas de lo alto. Esta sería una aspiración apocalíptica en el sentido de revelación como de final de un ciclo.

miércoles, febrero 18, 2015

Las reinas



Imagen: Dave Lebow: "Brothel".


Era a principios de julio y había llovido todo el día. A las tres de la tarde seguía lloviendo, aunque menos fuerte. En la casa se oía el agua rebotando en los techos y en las ventanas, el canto friolento de algunos pájaros que buscaban resguardo en las ramas de los árboles. Las luces se hallaban encendidas. Así se sentía un poco menos triste lo nublado del día.
          —Con este clima, prefieren emborracharse —comentó Vanessa, de mal humor. Chaparrita y entrada en carnes, blanca, cabello castaño claro, enfundada en un bodice negro con cintas color de rosa, estaba fumando en una silla junto al teléfono, esperando a ver si alguien llamaba.
          —Es temprano —la consoló la Caballa.
          Se encontraban todas, las seis, ahí en la sala. Aburridas. Sentada en el sofá de terciopelo rojo, Danette leía el periódico. Bajo el entallado vestido blanco, sus enormes tetas parecían a punto de reventar el escote. Junto a ella, la pálida Amaris le cepillaba el pelo a la Caballa. Lo hacía con movimientos suaves, lánguidos, cansados, como si las largas crenchas de la Caballa pesaran mucho. Mela, junto al espejo, se exprimía un barro. Y Conny, en lencería roja incluidas medias con liguero, estaba echada sobre la alfombra en el centro de la sala, mirando un catálogo de zapatos y comiendo cacahuates. Un olor a café caliente comenzó a llegar de la cocina.
          —Voy a ver si ya está el café —anunció Mela, apartándose del espejo.
          —Yo lo que tengo es hambre, tú —se quejó Conny.
          —Hay queso en el refrigerador —le dijo la Caballa—. Y yo traje pan. ¿Por qué no te haces un sandwich en lugar de estar comiendo cacahuates?
          —Te van a salir barros como a Mela —agregó Vanessa, bromeando.
          Conny iba a contestarle algo cuando sonó el timbre. Danette dejó el periódico en el sofá, se acomodó las tetas y fue a ver quién tocaba. Sus zapatos de plataforma bajaron como martillazos los escalones de madera. Volvió con un hombre: un ranchero a juzgar por el sombrero, las botas, la piel curtida de sol.
          Danette le ofreció asiento y llamó a Mela, que seguía en la cocina sirviendo el café.
          Todas se formaron en línea, como soldaditos, para que Danette las presentara una por una y se presentara a sí misma.
          El hombre tardó un poco en decidirse, pero finalmente escogió a Amaris. Muchos la preferían, quién sabe por qué. Era la única que nunca sonreía. Flaca, pálida, llevaba un largo camisón transparente, negro, debajo del cual iba totalmente desnuda. En la opinión de sus compañeras, eso no la hacía bonita; al contrario, le daba un aspecto medio macabro, como de aparición de esas que van por ahí ululando. Pero había algo en su actitud de loca sedada que atraía a los clientes.
          El ranchero todavía no salía del cuarto cuando llegó otro cliente. Éste se fue con la Caballa: a algunos les gustaba por grandota. Parecía que el día iba a componerse, después de todo. Llegaron otros dos; uno se llevó a Conny y el otro a Danette, la de las tetas cornucopiales. Y eso que afuera seguía lloviendo. La casa cerraba a las ocho de la noche, porque casi todas las muchachas eran esposas y madres y debían llegar a cenar con su familia y a hacer limpieza o planchar ropa. En los días buenos hacían cinco, seis, a veces hasta diez clientes cada quien. Pero éste no iba a ser un día bueno. La siguiente vez que sonó el timbre era la señora del Avon. Sólo Danette le encargó algo: un perfume en el cual iba a gastarse lo que acababa de ganar. Le gustaban mucho los perfumes, en especial las fragancias dulces de flores nocturnas. Las demás sólo hojearon el catálogo.
          —¿Por qué te pusiste nombre de yoghurt? —le preguntó la vendedora, mientras apuntaba el encargo en su libreta.
          —Ella no se lo puso —aclaró Vanessa, riendo—. Nosotras se lo pusimos porque cuando recién llegó aquí estaba a dieta y lo único que comía era Danette.
          —¿Y a ti te gustó, m’ija? —preguntó la señora del Avon, incrédula, casi maternal.
          —Pues sí, qué tiene —se defendió Danette.
          —Yo digo que está bonito —concluyó Mela, guiñando el ojo; tenía los párpados pintados de lila—. Suena como francés.
          A Mela —Carmela— parecían importarle mucho los nombres, aunque no había querido cambiarse el suyo. Y eso que no le gustaba: los albureros le hacían bromas de que con el nombre le habían dado el destino. El que sí le gustaba, y más que cualquier otro, era Paola Vianey, así, combinado, pero lo estaba reservando para cuando tuviera una hija.
          La vendedora se entretuvo un rato con ellas, recomendándoles algunos de los productos que ofrecía en el catálogo. Se tomó un café. Luego se fue, sin que nadie más le encargara nada.
          Se quedaron las seis otra vez solas, aburridas ahí en la sala. Vanessa empezó a fumar de nuevo. La Caballa se recostó en el sofá cuan larga era, con la cabeza apoyada en el regazo de Amaris. Y Amaris le estuvo acariciando el cabello hasta que la arrulló.
          —¿Para qué compras esas porquerías? —le preguntó Mela a Danette, que estaba limándose las uñas.
          —¿De qué hablas, tú?
          —Del perfume que encargaste. A muchos ni les gusta que una huela a perfume.
          —No me lo pongo para ellos —Danette torció la boca.
          —Te voy a enseñar algo que sí funciona —le ofreció Mela.
          Todas se volvieron a mirarla. Incluso la Caballa despertó y se dio vuelta, aunque sin levantar la cabeza de las piernas de Amaris.
          Mela fue por su bolso y sacó de él un sobrecito con letras rojas.
          —Miren —lo puso en las manos de Danette, que leyó en voz alta: “Dijo el Señor Jesús: Aquel que se crea libre de todo pecado, que arroje la primera piedra”.
          —¿Qué es esto?
          Se sentía como harina.
          —Es un polvito mágico. Me lo vendió un yerbero. Ayuda a atraer clientes. Mira —metió un dedo en el sobre y sacó una cosa como diamantina dorada—: te pones tantito atrás de las rodillas y otro poco en la frente.
          —Se me hace que te vieron la cara —se burló la Caballa, bostezando, y volvió a hundir la cabeza en el regazo de Amaris.
          —¿Desde cuándo te lo estás poniendo? —le preguntó Conny— Digo, porque yo no he visto que te vaya mejor, la verdad.
          Mela iba a responder algo cuando sonó el timbre. Vanessa fue a abrir porque era la que estaba más cerca de la puerta. Volvió sola.
          —Eran unos testigos de Jehová —comentó antes de que la interrogaran.
          —¿Hombres? —le preguntó Amaris, humedeciendo esa palabra con su lascivia de loca y entornando los ojos.
          —Los hubieras pasado —sugirió Conny—. Capaz que los hacemos cambiarse de religión.
          —Ah, qué —exclamó Vanessa—. Luego son re pesados.
          Conny ya no le dijo nada. Como no traía puesto más que su lencería roja, empezó a sentir frío. Se echó encima una vieja bata de baño y fue a la cocina a prepararse un sandwich.
          Cerca de las seis de la tarde volvieron a llamar. Era un niño como de diez años, tal vez menos, que venía empapado: el hijo de Vanessa. Ella iba a regañarlo porque ya le había prohibido que fuera a verla a su trabajo, pero lo vio tan mojado que primero fue a buscarle una toalla. El niño, mientras tanto, saludó de beso a todas las muchachas, una por una. Las conocía bien. Danette era su madrina de bautizo, la Caballa de confirmación y Mela de primera comunión. Es que cuando era muy pequeño, como no había quien lo cuidara, su madre lo llevaba ahí a la casa. No molestaba a nadie; al contrario, cualquiera de las muchachas iba darle una vuelta si Vanessa se hallaba ocupada con algún cliente. Pero a ella no le gustaba tenerlo ahí: le daba miedo que fuera a tomar malos ejemplos. Por eso, en cuanto el niño entró a la escuela y ya pudo cuidarse solo, empezó a dejarlo. Y él le había demostrado que era digno de confianza: de la escuela se iba derechito a la casa y nunca salía si no era para algo importante. No era vago como los hijos de las vecinas o la mayoría de sus compañeros de la escuela. Cuando quiera que Vanessa lo llamaba por teléfono, él estaba estudiando.
          —A ver si no te enfermas —le dijo, empezando a secarle la cabeza con movimientos enérgicos.
          —Ni que estuviera hecho de sal —le respondió el niño, guiñándoles el ojo a sus madrinas. Pero empezó a estornudar.
          —¿No te digo? —lo regañó su madre— ¿A qué viniste?
          —¿Te ha ido bien hoy? —le preguntó el niño, como tanteando el terreno.
          Vanessa no sabía qué le daba más vergüenza con su hijo, si decirle que no había tenido clientes o que sí. Encendió un cigarro, le dio una bocanada grande y optó por la verdad, como siempre.
          —No ha caído dinero. Ya ves cómo está el día.
          El niño no insistió. Pensó en la lluvia, en que efectivamente nadie quería salir de su casa.
          —¿Qué quieres comprar, mi amor? —le preguntó Conny— ¿Otro libro?
          Eso era lo que el niño hacía encerrado en su casa: leer. Leía mucho. Por eso sacaba las mejores calificaciones. Y por eso Vanessa no le negaba nada.
          —Sí. Es que se murió el abuelito de un amigo de la escuela y están vendiendo todos sus libros.
          —¿Por qué no me esperaste en la casa? —volvió a regañarlo su madre.
          —Los vecinos ya empezaron a comprárselos, como están bien baratos. Si me espero más, capaz que ya no alcanzo nada.
          —Vamos a hacer una coperacha —dijo Danette—. A ver, esas que las dieron hoy. Con cuánto se van a mochar pa los libros del ahijado.
          En un momento se juntó el dinero. Hasta Mela, que no había hecho ni un cliente y estaba de mal humor por ese motivo y porque tenía hambre, puso algo.
          El niño les dio las gracias a todas y se despidió de beso, ansioso por irse. Vanessa lo acompañó a la puerta. No se tardó casi nada. Cuando volvió a la sala, Amaris tenía la mirada perdida en un punto indefinible.
          —Me da tristeza que tu hijo sea tan buen niño —dijo, sin que nadie le preguntara, sin apartar la vista de aquello remotísimo que estaba mirando.
          Vanessa iba a protestar. “Desgracia que fuera un vago”, pensó. Pero ya no dijo nada. A veces ella, también, sentía esa contradictoria tristeza; a veces preferiría que su hijo fuera uno de esos escuincles vagos que andan en la calle, porque así ella no tendría que desear tener una vida diferente.
          No a todas las incomodaba lo que hacían. Amaris, por ejemplo, tenía un cliente regular que se había enamorado de ella y quería sacarla de ahí, “de blanco”, le decía. Pero ella no lo aceptaba.
          En ese momento llamaron a la puerta. Era el marido de Conny: iba por ella porque vivían lejos, en un barrio peligroso.
          —Buenas tardes —saludó a las muchachas. Era un hombre muy correcto, muy propio. Trabajaba de corrector en una editorial. Se sentó en el sofá a esperar a su esposa, que fue a cambiarse de ropa.
          Afuera empezaba a oscurecer, aún más de lo que ya había estado todo el día, con la lluvia. Y sin embargo todavía llegó un cliente: un regular de la Caballa. Un abuelito que ya tendría más de sesenta años y todavía daba buena lata en la cama, cuando no le agarraba un acceso de tos. A veces pasaba así: que al final se componía el día. Muchos salían tarde de trabajar. En alguna época probaron tener abierto hasta las diez de la noche, pero no les gustó: ya a esa hora llegaban bebidos y se ponían muy pesados. Mejor tratar sólo con hombres decentes; todos sus clientes lo eran.
          Amaris pensó en su enamorado. No había venido. Andaría por allá, sufriendo como lo hacía otras veces —eso decía él— porque ella no quería casarse. Pero, ¿cómo iba a aceptar eso? ¿A cambio de qué? No sabía hacer nada: tendría que pasársela encerrada en la casa, haciendo quehacer y mirando la televisión. O conseguir trabajo de empleada de mostrador. ¡Y eso no! Pero él no entendía. Como toda la gente de allá afuera, pensaba que cualquier cosa sería para ellas mejor que lo que hacían aquí. Y no era así, ¿pues cómo? El tipo trabajaba de músico: gran cosa, decía Amaris con ironía.
          Después de las siete se retiraron Danette y Vanessa. Vanessa iba desalentada, cabizbaja porque no había hecho ni un cliente y tenía hambre: no iba a poder cenar nada en el camino, en su puesto de tacos favorito. Pero le levantó el ánimo pensar que, cuando llegara a casa, su hijo estaría muy contento leyendo ya sus nuevos libros.
          Mela todavía se quedó un buen rato, con la esperanza de que el polvo mágico funcionara y a la última hora cayera alguien. Pero no fue así.  No llegó nadie. Dobló cuidadosamente su lencería de trabajo y fue a guardarla a su locker después de ponerse ropa de calle. Por último tomó su chamarra de plástico y se despidió.
          —Pues ya —le dijo la Caballa a Amaris cuando oyó que la puerta se cerraba tras los melancólicos pasos de Mela.
          —Pues ya —le respondió Amaris, con un destello en los ojos.
          Ahora que se habían quedado solas y ya nadie vendría a molestar, podían cenar con calma y luego apagar las luces y acurrucarse una en la otra, besarse y acariciarse y quererse hasta que el deseo satisfecho y el sonido de la lluvia las adormecieran.

martes, enero 27, 2015

Valle del Mar



La gente de la aldea nunca baja allá. Tienen miedo. Según la leyenda, hubo una época en que el mar llegaba hasta el valle y todo eso que ahora es un desierto estuvo lleno de agua. Esa arena que corre como huérfana cuando viene el viento era espuma blanca. La tierra se acuerda. Y, si no, se lo recuerdan los ecos. Porque acercarse al valle es como pegarse una caracola al oído; ahí está todo: el eterno oleaje y las furiosas tempestades, el chillido de las gaviotas, el rechinar de las jarcias, el fantástico llamado de las ballenas y el retumbo de los tritones cuando cabalgan a la batalla sobre las cresta de las olas.
          Por eso, cuando uno se pierde en el desierto y se encuentra en el Valle del Mar, le da miedo. Es un miedo como de morir ahogado. Como de escuchar de repente un canto que lo vuelva loco.