Saturday, May 17, 2008

Blognovelas

Cada vez que publico un libro no comercial (o sea una edición de alguna Universidad o Instituto de Cultura) y me preguntan cómo quiero mi pago, si en ejemplares o en dinero en efectivo, elijo lo primero. Ahí están de testigo mis editores. Es que me encanta regalar mis libros, a los amigos. Si el escribirlos siempre me ha deparado largas horas de tensión, de pesimismo, de cansancio, de angustia, de preguntarme si no estaría mejor de dealer en algún parque, todo se ve recompensado en el momento en que abro el ejemplar todavía oloroso a tinta y empiezo a dedicárselo a una persona querida o a una bella muchacha que espera sonriente. Ya si les gusta o no es otro problema. La alegría es entregar el libro. Ahora ya llevo algunos años de no hacerlo, un poco porque me he vuelto excéptico respecto a mi trabajo. El hecho es que algunos amigos me insisten en que publique algo nuevo o en que por lo menos busque la reedición de mis viejos libros. A mi edad he publicado casi treinta y me tranquiliza que la mayoría ya no se consigan. No podría evitar sonrojarme si alguno de aquellos pecadillos de juventud estuviera todavía por ahí en los estantes de las librerías. Pero también hay otros a lo que no quiero dejar morir, tal vez porque en su momento significaron mucho. Y también porque algunas personas bien intencionadas los utilizan en sus cursos y los alumnos no pueden conseguirlos. El hecho es que, para ahorrarme todo ese trámite de negociar la reedición o por lo menos reimpresión con los editores, he decidido hacer mi propia edición en línea y entrar en esta onda de las "blognovelas". La primera que está accesible es "Cadáver a solas", una obra publicada en 1995 que me ganó varios lectores generosos que luego se volvieron amigos entrañables. Pues aquí está. Me gustaría ponerla encuadernada en la mano de cada lector de este espacio, pero como no puedo hacerlo me contento con darles el vínculo: http://cadaverasolas.blogspot.com

Cualquier comentario o sugerencia, como siempre, será bienvenido.

Wednesday, April 30, 2008

La fantástica realidad

Ésta es una de esas historias con las que uno no podría escribir nunca ni un cuento ni una novela en primer lugar porque, como ustedes verán, suena a película de Hollywood. Sin embargo es una historia real, increíble pero real, perfecta para ilustrar aquello que decía Dostoyevsky de que la realidad es más fantástica que la ficción.

Debrecen, la ciudad donde vivo, fue bombardeada por la aviación norteamericana en 1945, poco antes de que el Ejército Rojo liberara a Hungría de los nazis. Bombardearon la estación del tren y el barrio aledaño, con un propósito poco claro. Mi colega, amigo y vecino Ted Riordan lleva ya varios años investigando esta historia. Además de lo que es propiamente la búsqueda bibliohemerográfica, ha entrevistado a alguna personas, de entre los ancianos de la ciudad, que podrían haber sido testigos de lo sucedido.

Fue así como localizó a un personaje a quien llamaremos M, que era soldado. Cuando Ted le preguntó si estaba enterado del bombardeo, M le respondió que no. No estaba en Hungría en esos días. Ted le preguntó cómo era posible si para entonces, con la guerra casi perdida, todos los combatientes húngaros estaban aquí defendiendo al país. M le contó esta historia:

En Bergen-Belsen había un campo de concentración del que nunca se habla en los libros ni en las películas. No era el famoso de Bergen-Belsen; era otro, más pequeño y cercano al campo principal. Era para judíos enfermos, para que los judíos llegaran ahí a morirse, sin necesidad de que nadie los matara. Ahora bien, por su misma naturaleza el lugar era peligroso y Hitler no quería mandar ahí a soldados alemanes para que lo cuidaran; no fueran a contagiarse de algo. Decidió mandar húngaros. Fue así como M llegó ahí. Al igual que muchos otros combatientes de esa época, nunca entendió bien qué estaba pasando. El hecho es que se enamoró de una de las internas, una judía húngara, joven, que le correspondió. Vivieron su amor en secreto, un tiempo en el que nunca se atrevieron a estar solos y apenas si se hablaban, para no despertar sospechas. Finalmente entraron los rusos y liberaron a todos. M y la enferma volvieron juntos Hungría. Aquí ella se curó, se casaron, tuvieron familia y se hicieron viejos en Debrecen. Eso es todo. Nadie podrá negar que suena a melodrama del Holocausto, pero es una historia real.

Tuesday, March 25, 2008

Cuentos de la Global Village


Una de los escritores mexicanos más interesantes entre los nacidos en la década de los setenta es Cristina Rascón Castro. Nació en Ciudad Obregón en 1976, es economista de profesión y ha recorrido extensamente las distintas geografías del planeta. Donde más tiempo ha vivido ha sido en Japón y en Austria. Japón, especialmente, parece haberla marcado: le dejó su lengua, que ahora ella traduce. Le dejó también ciertos tonos, cierta textura de la imaginación que se siente en su narrativa y en este sentido la incorpora al reducido grupo de los autores que, como Efrén Rebolledo, José Juan Tablada y José Vicente Anaya han acercado el Japón a México.


Ha publicado tres colecciones de relatos, que por esos azares a los que están sujetas las editoriales, salieron casi al mismo tiempo, en 2006: Cuentráficos, El agua está helada y Hanami. Llama la atención, especialmente en los dos primeros libros, la gran variedad de tonos y recursos narrativos que emplea la autora. Hay textos escritos a la manera tradicional, textos posmodernos, escritos parcialmente como diálogos, en primera persona, en segunda, de tono confidencial, de ambiente realista al estilo de los escritores de la frontera, fantásticos casi a la manera de Cortázar, etcétera. Esto de ninguna manera se siente como fragmentación o falta de unidad o de una voz propia, como sucede en otros autores jóvenes. Al contrario. En los cuentos de Cristina Rascón, la forma parece estar siempre determinada por la dirección del contenido y éste es proteico, mutante y, dentro de esto, fiel a una voz íntima que es lo que le da unidad. Así ,textos en apariencia tan disímiles como “Di”, en donde una jovencita debe despedirse de su mascota —un pequeño dinosaurio— e “Inoculado”, un espléndido relato hiperrealista en el que un narcotraficante es secuestrado y torturado, coexisten en un mismo volumen como voces en contrapunto que van creando un solo efecto coral.


Otra cosa que le da riqueza y un tono indudablemente contemporáneo a esta obra es su carácter multicultural. Muchos de los textos de desarrollan en un espacio vagamente definido, pero otros tienen lugar en el Japón de los tatamis y los futones, y en todos ellos se van deslizando vocablos en japonés, en inglés, en portugués que se combinan con el castellano para completar el mosaico babélico de la aldea global en que vivimos.


En resumidas cuentas, Cristina Rascón Castro es una de esos escritores que tienen el talento de poder reflejar su tiempo y en ese sentido hay que valorar su obra.

Thursday, February 14, 2008

Walpurgisnacht

La luna estaba crecida, casi llena, y su luz amniótica se unía con la del alumbrado público para dar a la explanada su aspecto irreal, de ciudad fantasma o de reino sumergido. El pavimento blanco parecía un extenso lecho de arena, y el aire sedoso y plateado daba volumen y profundidad a los sonidos.

Primero apareció una hembra desbocada, completamente desnuda. Corría y danzaba salvajemente, mientras la claridad de la noche enmarañaba su largo pelo. Por momentos emitía gruñidos de excitación, breves y aterciopelados. Sus ojos brillaban con tal intensidad que desde lejos se veía cómo un halo de lumbre se expandía cada vez que las pupilas se dilataban.

Detrás de ella aparecieron cinco machos también desnudos e igualmente formidables. El que parecía ser el líder venía adelante, con la verga erecta como una larga gema rosada. La hembra lo miraba con deseo pero no parecía dispuesta a dejarse alcanzar tan pronto. Llevó adelante su danza impúdica, huyendo de sus persecutores con asombrosa agilidad, aparentando que caía para quedarse un instante en la pose de una víctima segura, mostrando su sexo dilatado y encendido y acariciando con la mirada de sus ojos húmedos los cinco falos que la cercaban. Los machos parecían disfrutar el juego igual que ella. Cada vez que estaban a punto de alcanzarla y la perdían, lanzaban largos gritos de placer.

De repente, el que parecía el líder alcanzó a sujetarla por los cabellos e intentó abrazarla. Ella se quedó quieta unos segundos, acezante, mientras una cosa lúbrica subía por entre sus piernas tratando de abrirse paso hacia adentro. Lo sintió duro y caliente y dulce. Sin embargo no se dejaría poseer tan fácilmente; volviéndose, mordió el cuello de su atacante y echó a correr, tomando por sorpresa a uno de los otros, que ya se precipitaba sobre ella. Volvió a iniciarse la danza, pero ahora los muslos de la hembra lucían empapados por la humedad que escurría de su sexo. El tiempo fluía insensiblemente.

Después de un rato, notó que sus persecutores comenzaban a cansarse —uno ya había desertado— y decidió estimularlos un poco más; ella también estaba cansada y cubierta de sudor; la luz de la noche parecía un agua azul de la cual ella estuviera empapada. Se tendió en el suelo boca arriba, con las piernas abiertas, cerró los ojos y empezó a quejarse de placer, quedito, como una niña que después de llorar se duerme con el pezón de la madre entre su boca. El olor de su sexo se prendió al aire, y los machos se sintieron obligados a detenerse para contemplarla así. De entre los labios —encarnados, abiertos al tacto de la luna como una flor de noche— brotaba una baba purísima como luz coagulada; de ella estaban empapadas sus piernas, mojaba el vello púbico como una escarcha caliente y anegaba el pequeño orificio anal antes de encharcarse en el piso. En medio de todo esto, el botón del placer pulsaba ferozmente, hinchado de dolor como un gusano comestible. Y ella gemía de gozo.

Entre los machos, el liderazgo parecía haber cambiado; el nuevo jefe, más audaz que el anterior, se arrojó sobre la hembra. Y esta vez ella no hurtó su cuerpo, sino que lo esperó sin cerrar las piernas, con las pupilas aureoladas de miel ardiente. Pero antes de que él la penetrara, otro lo apartó de un golpe y se enredó con él en una pelea que los hizo rodar de un lado a otro. La hembra aprovechó la oportunidad para ponerse a salvo, aunque sintió que esa violencia la encendía más. Otro de los atacantes, en un estado de completa ebriedad, se acostó para lamer del piso los líquidos que ella había dejado, mientras el cuarto, un ejemplar de músculos finos y más joven que sus rivales, se le quedaba viendo sin atreverse a dar un paso. Ella tenía las mejillas encendidas y de sus boca abierta salía un aliento de sal y de exquisito veneno. Sus pechos subían y bajaban al ritmo de su excitación. El macho joven la miraba como si no pudiera creerlo y ella se dio cuenta de que era virgen. De pronto, mientras los jefes se peleaban y el tercero se apresuraba a lamer el piso, le dio la espalda y se dejó caer hacia adelante, hasta que quedó apoyada sobre sus codos. Ante el joven incrédulo se alzó una grupa como un fruto abierto que se le ofrecía completo.

Los otros dejaron de pelear cuando oyeron el primer bramido de la hembra. El joven la sujetaba de los cabellos con sus dientes, como si hubiera querido devorarla, y mientras tanto ella sentía que la desgarraba con aquello que le estaba metiendo y gritaba con todas sus fuerzas, roncamente. Los otros la rodearon con sus manos, bocas y falos que esta vez se adueñaron de ella.

El joven terminó demasiado pronto, quizá porque era la primera vez, pero ella no tuvo tiempo para sentir su ausencia: otro la cubrió inmediatamente sin darle respiro, y los gritos de la hembra volvieron a oírse encendiendo el aire.

No supo ni qué le había hecho cada quien; le mordieron los pezones, le lastimaron el recto, se vinieron en sus cabellos, orinaron en su espalda...

Antes del amanecer bajó de la azotea. La puerta de la recámara estaba cerrada, pero la hembra se puso a rasguñarla. Aventuró un maullido largo, que reveló inevitablemente lo cansada que estaba. Y como siempre, no tardaron en hacerle caso. La puerta se abrió y unas manos tibias de sábanas la levantaron.

—¡Mafalda! ¿Te fuiste otra vez de juerga? Mira nada más cómo te dejaron. ¡Cochina! Ven acá, vamos a dormirnos juntas, que yo estoy igual.

Wednesday, February 06, 2008

Bosque dorado teñido de sangre


Eugenia Robleda es una joven grande en varios aspectos: su cuerpo es grande, como quien dice abundancia, como quien predica la gloria del reino terrenal; su sonrisa es grande también, fresca, espontánea, algo infantil. Ciertamente, hay en Eugenia algo de niña: le gusta jugar y hacer bromas de niña, le gustan los vampiros, las princesas encantadas, los magos y las brujas, las sibilas, los arcanos. Y su voz es también un poco infantil. Uno diría cuando la ve por primera vez que es una pequeña disfrazada de mujer adulta. Y cuando empieza a conocerla descubre que, en efecto, le siguen gustando los juegos, en especial ese antiquísimo juego que surgiera en la noche de los tiempos, cuando los hombres y las mujeres de la tribu se reunían en torno de una fogata: el de imaginar y contar historias.


Eugenia está celebrando (y sus amigos con ella) la publicación de su primer libro: Bosque dorado teñido de sangre (Tierra Adentro, 2008). Como toda opera prima, es una exploración preliminar del terreno que habrá de ser suyo algún día. Es una colección de 10 relatos cuyo tema más recurrente es el amor, visto desde sus zonas más oscuras. Ciertamente, hay en estas historias una fascinación sostenida por los aspectos más tortuosos de las relaciones humanas: la violencia doméstica, el sadomasoquismo, el vértigo de la transgresión y el crimen, la dependencia perversa que ata a la víctima a su verdugo. Los ambientes son variados y van de lo real cotidiano a lo onírico y lo fantástico, incorporando elementos orientales, góticos, futuristas, ancestrales... tan variadas como los ambientes son las técnicas empleadas en la composición de estas historias: el lenguaje del teatro y del guión cinematográfico, notas periodísticas, fragmentos de blogs, transcripciones de diálogos callejeros... y en todas las historias, como música de fondo, una reflexión sobre la realidad biológica del cuerpo, articulada a partir de referencias constantes a lo escatológico, lo visceral, lo orgánico, lo fecal, sangre, fluidos, mierda, vómitos...


Se advierte en esta obra el entusiasmo por contar propio del escritor joven. Y desde luego, hay sensibilidad para captar aquellos aspectos de la realidad que pueden convertirse en materia literaria. Habrá que seguir de cerca a esta joven narradora, ver qué nos ofrece después porque en Bosque dorado teñido de sangre se encuentra apenas en el umbral. Sin duda la pondrán a prueba el tiempo y las lecturas, tendrá que defender la verdad de las musas ante los gruñidos propios de la aldea de las letras y la tentación de lo fácil. Pero el primer paso está dado y quienes somos testigos lo celebramos con alegría.

Friday, January 11, 2008

Una lección de Tolstoy

Una amiga escritora me confió en estos días su preocupación con un problema técnico muy común en nuestro trabajo. Su pregunta era: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?

En primer lugar, habría que preguntarse por qué los escritores de esta época le tenemos tanto miedo al melodrama. Después de todo, como dijo T.S. Eliot,: “No es posible definir drama y melodrama de modo que se excluyan uno al otro; los grandes dramas suelen tener algo de melodramático, y los mejores melodramas llegan a participar de la grandeza del drama”. Por su parte, Fanger y me parece que también algún otro historiador de la literatura definieron al melodrama como tragédie populaire. Cierto: aquí había que atender a las definiciones clásicas de lo trágico, que señalan terror y piedad como sus principales ingredientes, incompatibles con el elemento patético que en cambio es característico del melodrama y del sentimentalismo popular.

Tal vez la repugnancia que sentimos los escritores hacia el melodrama sea precisamente temor a caer en lo patético, a querer representar un gran momento de la vida humana y hacer el ridículo en el intento. Entonces mejor no nos arriesgamos, dado el caso, mejor recurrimos a la elipsis o a la narración indirecta o de plano no nos acercamos a esos momentos. O también, como lo han hecho muchos de nuestros colegas siguiendo la moda imperante, optamos por una visión trivialista de la vida, un discurso deconstruccionista sobre el desmantelamiento de los mitos de la vida emocional, o algo así.

Por otra parte se ha argüido que caer en lo melodramático le quita verosimilitud a la narración. Argumento bastante discutible, porque alguien que sabe hacerlo no tiene por qué padecer ese problema. Y una cosa más que hay que tener en cuenta es que la mayoría de los lectores prefieren una buena novela cursi que una mala novela artística. Después de todo, como Agustín Lara sentenció alguna vez: todo el que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi.

En fin, todo esto viene a que creo que lo más importante ante esta cuestión es relajarse, no tomárselo tan en serio. Total, siempre hay oportunidad de revisar lo escrito y, viéndolo bien, es muy larga la lista de escritores notables a quienes el público lector ha perdonado un párrafo o varias páginas de melcocha, si en el balance general ésta alcanza a justificarse.

En cualquier caso es útil examinar las artes con que algunos maestros han salido airosos del problema. Y de todos los ejemplos que conozco, el que me parece más interesante se encuentra en la obra que Virginia Woolf y muchos otros críticos han aplaudido como la mejor novela de toda la literatura: La guerra y la paz. Como hemos de recordar, una de sus principales líneas argumentales cuenta el romance entre Natasha Rostov y el príncipe Andrei Bolkonsky. Ellos se conocen porque tenían que conocerse (como suele suceder en las novelas y en la vida), se enamoran a primera vista y deciden casarse. Pero ante la oposición de su padre y la necesidad de recuperarse totalmente de una herida de guerra, Andrei le pide a Natasha que pospongan un año la boda. Muy de malas, ella acepta. El príncipe se va a Alemania y desde allá le escribe regularmente a su prometida. Ella le responde del mismo modo. Se extrañan con pasión, como enamorados. Pero ya cerca de que termine el plazo, Natasha se deja deslumbrar por el efébico Anatole Kuragin, desatándose así un conflicto maravilloso que le permitirá a Tolstoy explorar con máxima intensidad sus grandes temas.

Ahora bien, poco después de que los enamorados se conocen, la familia Rostov organiza una partida de caza. Natasha insiste en unirse, a pesar del poco entusiasmo con que los patriarcas de la familia ven su espíritu amazónico. Tolstoy dedica a narrar la cacería dos capítulos admirables, llenos de tensión narrativa, de violencia épica, de poesía. Al final vemos una loba acorralada por los cazadores y los perros. La vemos luchar por su vida con esa ferocidad trágica del que sabe que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. El momento de su muerte es muy poderoso: la imagen se queda en la mente del lector. Luego de este episodio hay un regreso a la vida cotidiana, se vuelve a las otras líneas argumentales y uno ya no piensa más en la loba ni en su mirada a punto de enfrentar a los perros. Pero cuando Natasha, finalmente, confiesa su traición y es interrogada por su familia, Tolstoy ya sólo necesita una pincelada para hacernos entrar en sus emociones: la infiel se queda mirando a sus parientes “como un animal herido mira a la jauría que la acorrala”. No se dice más. No es necesario. No hay lágrimas ni grandes palabras. La imagen de la loba aterrada en medio del bosque salta a la imaginación fundiéndose con la de Natasha y cargando la escena con un sentido ominoso. Es una formidable respuesta a la pregunta de mi amiga: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?

Sunday, December 30, 2007

Ser perro en Escocia


Raffles es un golden retriever que tiene nueve años y diez meses. Porque nació el 20 de febrero de 1998. Su nacimiento fue filmado en video, y todas las circunstancias que lo acompañaron se encuentran registradas en el Libro de Mascotas de la familia Mac Leod. No es que se trate de un perro aristocrático. Es que en este país existe una tendencia general a tratar a las mascotas no como si fueran seres humanos, sino mejor. Tienen cementerios, hospitales, peluqueros, dentistas, psiquiatras... incluso hay una famosa red de servicios de caridad —Vets For Pets— que se encarga de dar atención veterinaria a mascotas de escasos recursos económicos.

Los amos de Raffles son una pareja de abogados exitosos y su hijo de diez años. Se visten con un sentido británico de la elegancia, muchas veces con ropa oscura. Por supuesto, siempre hay pelos blancos o amarillos en sus abrigos. Su coche y ellos mismos tienen un sutil pero persistente olor a perro. Y aunque yo me propusiera revelar estos detalles con la intención de dañar la imagen de mis amigos, no lograría nada porque aquí a nadie le parece mal eso. Al contrario, querer a los animales ayuda mucho a dar una imagen de persona confiable y políticamente correcta. Los Mac Leod son personas muy religiosas, que no faltan a la iglesia los domingos. Y llevan a Raffles sin ningún problema. El perro es bien educado y, mientras lo mantengan lejos de los perros de otros feligreses, se porta bien. Se echa al pie de sus amos, en uno de los pasillos laterales donde no estorba. Sólo de vez en cuando, si siente que los feligreses no están cantando bien uno de los himnos, suelta un ladrido.


Pero la iglesia no es el único lugar —de los que en mi país todavía son exclusivos para humanos— donde he visto perros. El otro día vi a dos en el teatro, en una función de ballet. Estaban echados en el pasillo, sobre la alfombra roja, junto a los asientos de sus amos. Y nada de que estaban dormidos esperando a que fuera hora de irse a casa; eran perros cultos: miraban atentamente lo que ocurría en el escenario.


Además de todo esto —ya se me estaba olvidando, por obvio— uno de los monumentos más famosos de Edimburgo es el dedicado al perro de Greyfriars, que cuando perdió a su amo se fue a aullar de tristeza a la tumba de éste y no se movió de ahí hasta que murió él también.


En una ocasión acompañé a una amiga a visitar a un pariente suyo en una casa hogar para ancianos. Claro, ahí no se permite tener mascotas. Pero hubo un detalle que nos llamó la atención. Había una señora ya de muy luengos años que de ninguna manera estaba desamparada en el mundo; tenía hijos y nietos que la visitaban regularmente y le llevaban regalitos o flores. Pero la única foto que tenía en su buró no era de ninguno de ellos: era de su perro, a quien extrañaba horriblemente.


En fin, creo que por lo menos en la Gran Bretaña (porque en Inglaterra y el país de Gales la situación es semejante) la vieja expresión “vida de perro”, tendrá que pasar por un serio proceso de recontextualización.