lunes, abril 14, 2014

EL JARDÍN SECRETO



Empezaba a oscurecer cuando Rosa llegó al callejón. Había llovido fuerte, y abajo de las banquetas el agua arrastraba basura: colillas de cigarros, un diario que alguien habría usado para cubrirse. Aún alcanzaban a leerse los encabezados: “El 90% de la ciudad está destruido. Los habitantes resisten heroicamente”.
            Era el 29 de agosto de 1942, finales de quincena y además época de lluvias. No podía esperarse que hubiera muchos clientes. Y, ciertamente, no cayó ni uno en las primeras dos horas de espera. Rosa se pasó el tiempo platicando con las otras muchachas; cuando se cansaba de estar parada, caminaba de un extremo a otro de la cuadra. Pensaba en las noticias de la guerra, que todos los días salían en el periódico: los alemanes avanzaban sobre Estalingrado. Se contaban cosas horribles de esas batallas. Pero ella se sentía contenta desde que despertó, en la mañana: había soñado que en el minúsculo jardín de su casa crecía una cuerda como un árbol, una cuerda para subir al cielo. Ella la miraba desde abajo: gruesa, limpiamente trenzada, tensa; la seguía hacia lo alto con la mirada, con todo y que el sol la deslumbraba de tan brillante, y la veía adelgazarse hasta convertirse un cabello finísimo que atravesaba el velo de las nubes y desaparecía más allá, en algún lugar. Hubiera querido guardar esa imagen como se guarda una foto, pero la hicieron olvidarla las ocupaciones del día. Y ahora aquí estaba, en el callejón, con las otras muchachas, esperando a los clientes que no venían por la lluvia o porque era a finales de quincena.
            No quería terminar en blanco la jornada y por eso, rompiendo la regla de no dar servicios fuera del hotel con el cual todas ellas tenían trato —el Papaloapan, que estaba a la vuelta de la esquina— aceptó irse con el hombre. Era un joven esmirriado, que usaba lentes de cristales muy gruesos y parecía tímido, como que le daba pena de sólo preguntar cuánto. Iba en un cochecito viejo y le dijo a Rosa que vivía ahí cerca, en la calle Mar del Norte. No era tan cerca, pero Rosa aceptó.
        —¿Cuántos años tienes? —le preguntó él cuando ya iban en camino y empezó a acariciarle la rodilla con la mano derecha, mientras conducía con la izquierda.
            —Dieciséis. ¿Y tú?
            —Veintisiete.
            No hablaron más, aunque el hombre no dejó de tocarla. Rosa se dejaba; había aprendido a desconectar su mente de las caricias. Ni siquiera se daba cuenta, entretenida en mirar cómo pasaban a los lados las tiendas todavía abiertas de la calzada de Tacuba.

Le llamó la atención que el hombre viviera entre tanta mugre: su casa estaba llena de polvo, había ropa sucia y libros regados por todas partes.
            —¿Cómo te llamas?
            —Rosa, amor. ¿Y tú?
            —Goyo.
            —¿Y en qué trabajas? —le preguntó por hacer la plática.
            —Voy a la universidad.
            —¿Te dan dinero tus padres?
            —No. Tengo una beca.
            —¿De veras? Has de ser muy inteligente entonces. ¿Y qué estudias?
            —Química —no parecía tener prisa. Se sentó junto a ella en un sofá viejo y lleno de polvo y volvió a empezar a las caricias. Tenía mal aliento: un olor raro y desagradable.
            —¿Y haces experimentos?
            —Claro. Hasta tengo mi propio laboratorio. Aquí mismo, en esta casa.
            —¿Me lo vas a enseñar? —Rosa se puso de pie.
       —Vamos —le dijo él, tomándola de la mano. La llevó a una habitación de tamaño mediano donde tenía dos mesas grandes y varios anaqueles y repisas llenos de matraces y tubos de ensayo.
            —Ahorita vengo. Voy al baño —y la dejó ahí, curioseando.
            Cuando volvió a aparecer, llevaba en la mano una cuerda que le recordó a Rosa su sueño de en la mañana.
            —¿Una cuerda para subir al cielo? —preguntó.
            —Sí —le respondió el hombre.
            Ella sonrió por última vez.

lunes, febrero 03, 2014

Faraón



Entonces en esa noche infinita, hirviente y roja, de calor, de agua, de furiosas contracciones siderales, el sol se hizo visible. Empezó a caer, rodando, rodando: una bola gigantesca y viva. Millones de guerreros ciegos se lanzaron contra él en medio de gritos, haciendo flamear el caldo de la noche sus largas melenas. Los menos fuertes cayeron a mitad del camino; sus cadáveres quedaron flotando en un limo de sombras. El sol se hallaba lejos todavía y, sin embargo, era tan grande que sus llamas cubrían todo el cielo sobre las cabezas de los héroes. Un viento de cenizas volcánicas se oponía a ellos, aullando a grandes velocidades, deteniendo a unos, haciendo de otros ardientes antorchas. Mas los sobrevivientes seguían avanzando, ciegos, con sus rojas cabelleras y sus lanzas en alto. Corrían descalzos y sus pies sangrantes devoraban como lagartos la nata negra de la noche. El instante de la matanza, de la increíble colisión, estaba cerca. Muchos cayeron sobre sus rodillas y se cubrieron la cara. Desnudo y espléndido como una divinidad, un solo guerrero iba adelante. Con un grito se lanzó sobre las llamas y el sol fue herido. Se hizo la oscuridad en ese instante y el infinito quedó en silencio. Apagado, el sol era ahora un planeta enorme y desierto que se movía lentamente, dividiéndose y subdividiéndose, cayendo hacia la tierra.

                                                    *

El hombre abandonó resollando el cuerpo de Sabina. Ella cerró las piernas. Bajo la blusa, única prenda que se había dejado, sudaba turbiamente. Se quedó mirando hacia el techo, viendo las vigas podridas y el cable largo y negro que terminaba en el foco. También le sudaban la frente, la nariz, los oscuros muslos. Tomó del buró su pantaleta y se limpió el sexo con ella.
            —Dijiste que te ibas a salir —le reprochó al hombre, acostado junto a ella.
            —No pude —se enojó él.
            Sabina se levantó. Remotamente sintió que le gustaba en los pies el suelo frío. Fue al baño.
            —Voy a orinar. A ver si se me sale todo.
            El hombre estaba vestido: sólo se había bajado el pantalón. Tomó del buró una revista y se puso a verla.
            —Ni en mi casa ni aquí estoy a gusto —le dijo a Sabina al verla salir del baño. Luego se levantó y se ordenó la ropa.
            —Ya me voy.
            Ella lo miró con rencor.
            —No abras la puerta, me van a ver —le dijo, mientras levantaba del suelo su falda.
            —Ya me voy —repitió él abriendo la puerta, sin hacerle caso.
            En el patio de la vecindad estaban los cuatro hijos de Sabina, a quienes ella había mandado “a jugar allá afuera” cuando Arnulfo llegó.



                                                                           *

Aún no tenía ningún aspecto humano: era un trozo de hígado crudo. Y sin embargo exigía. Tenía que vivir, tenía que crecer y exigía. Sus células hinchaban y deshinchaban sus membranas sin descanso, como barrigas de hombres gordos que durmieran desnudos. Y así como la carne putrefacta se cubre de moscas rápidamente, así se multiplicaban: millones, miles de millones. Todas requerían alimento, se movían, abrían sus voraces bocas; si no lo obtenían, dejarían de hinchar sus barrigas de hombres gordos, se convertirían en diminutas uvas pasas, en gránulos duros y secos.
            Desde el primer momento de su existencia conoció la oscuridad. El líquido amargo de la zozobra penetraba hasta él gota tras gota, enturbiando como la tinta de un pulpo su mundo de jugos. Sentado cual un faraón en un trono de carne y sangre, los muñones de sus miembros nacientes se sacudían convulsos. Pero su cara sin facciones no podía mostrar dolor.


                                                                           *

—¿Vas a tener otro hijo, mamá?
            —Voy a tener otro hermanito, se dice.
            —Un hijo del Arnulfo no es mi hermano. Qué bueno que va estar negro como él.
            El niño se metió a la vivienda, dejando sola. Sabina hacía esfuerzos por no llorar mientras echaba petróleo en un hormiguero. Arnulfo ya no venía desde que supo que estaba embarazada. No iba a ayudarle, no iba a darle un centavo para comida ni para ir al doctor. Por allá debía de estar ahora con su esposa, con su familia. Sabina se asustó de sí misma, de lo que sentía, y huyó a su vivienda.
            Encontró a los hijos varones estuprando a la niña, quien los miraba como tonta con su blusita puesta. No pudo azotarlos. Con el corazón latiéndole dentro del cráneo como un sapo, ladrándole adentro, sintió que una cuerda oscura la estrangulaba y vio todo blanco.


                                                                           *

Muchos cambios habían ocurrido. Ahora su corazón latía vigorosamete y su rostro era el de una langosta gigante y siniestra. Sentado en su trono, había descubierto que algún poder quería destruirlo, lo rechazaba, no quería que viviera. Hacía unos días había estado a punto de morir. Primero sintió un gran terror. Bajó sus ojos sin párpados y los hundió entre oscuras proteínas. Permaneció así muchos días, esperando la muerte. Por fin, no se sabe cómo, empezó a levantar su cabeza enorme y blanda, de ámbar, y miró de frente a los fantasmas de la guerra. Estaba dispuesto. Su cetro regía el vagar azaroso de los astros, el exterminio de los mundos. Palabras de odio en ningún idioma vibraban, hervían, en su lengua llena de albúminas.

                                                                           *

—Se oye clarito, hija.
            La partera retiró la oreja de su panza.
            —Se oye re fuerte: va a nacer bien sanito.
            Sabina se levantó de la cama. Tenía la cara cubierta de manchas blancas, y su pelo sin brillo le caía tristemente sobre los hombros huesudos.
            —Lo de esta consulta se lo pago la otra semana, doña Mina, junto con las vitaminas que me va a dar.
            Acompañó a la vieja hasta la puerta y les gritó a sus hijos que entraran, que ya era de noche. Después de darles una taza de café se fueron a acostar, ella y la niña en una cama y los niños en otra. En la oscuridad, Sabina escuchaba las gotas llenando poco a poco los tinacos oxidados de la azotea y pensaba en Arnulfo. Arnulfo había ido a pedirle perdón y ella se lo dio.
            —Pero préstame dinero, ¿no? Es pa comprar unas vitaminas.
            —Ando desfalcado. Nomás tengo esto. Tómalo.
            —Gracias. Para algo ha de servir. Voy a comprar leche en polvo aunque sea.
            El hombre se quedó callado largos instantes. Parecía que ya se iba, pero todavía preguntó:
            —¿No puedes tener relaciones?
            Sabina le señaló su panza y entonces él comprendió y se despidió.
            Sobre el vientre desnudo, Sabina sintió una mano pequeña y rasposa.
            —¿Qué haces tú?
            —Como que lo sentí moverse.
            —Sí, ya se mueve.


                                                                           *

En su oscuridad, el silencio estaba lleno de resonancias, como dentro de un tambor o de una tumba. Ya no tenía cara de langosta. Ahora parecía un verdadero faraón y pronto empezaría a desgarrar el mundo como un ácido. Tenía ya el rostro de los seres humanos, la quijada fuerte de Licaón, y tiraba golpes cada vez más enérgicos. Si en la tierra no hubiera habido espadas, él habría venido a forjarlas. Pero no sabía a donde iba a ir. A través de sus párpados translúcidos no veía nada, y en los dedos sólo sentía la oscuridad del origen: savia, limo, misterio. Sentado en su trono, con su piel rugosa de anciano, esperó por un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo.


                                                                           *

—¡Es que viene sentado!— gritó la partera.
            Sabina sangraba mortalmente. Tenía los dientes prendidos a la sábana.
            —¡No quiere! —insistía la vieja, con las manos empapadas de sangre entre las piernas de Sabina.
            —¡Ya no puedo! —gritó ella soltando la sábana. Y sin embargo alcanzó a darlo a luz.
            —¡Ay, Madre Santísima, me van a llevar a la cárcel! —lloraba la vieja.
            Eran las primeras voces que, maravillado, escuchaba el bebé. La voz rota de la partera, su propio llanto, sonoro, inocente, y los gritos de los hermanos que preguntaban afuera si ya había nacido, iban a ser las primeras cosas que grabara la cinta en blanco de su memoria.

Del libro Fábulas del crepúsculo. Editorial Ficticia. Biblioteca de cuento Anís del Mono, 2003.

miércoles, diciembre 18, 2013

La cigüeña


Cuadro: Sandro Botticelli, La Natividad.

Una mañana de Enero, oscura y malsana como la sombra del signo Capricornio que en esos días había extendido sus alas por sobre todo el territorio de Piero de Medici El Gotoso, nació en Florencia un niño endeble y curiosamente hediondo, que no lloró al nacer. Vio la luz en una taberna cerca del Arno, de la cual sus padres eran dueños, y desde antes que el primer dolor de parto se presentara, una cigüeña entró a la casa con el viento de los Apeninos y se paró sobre un tonel. Se veía vieja y maltratada y empezó a graznar mientras en la recámara gritaba la parturienta. Su graznido era tan triste que, para cuando el niño nació, ya se había vuelto una especie de llanto humano. Pero nadie se atrevió a espantarla; un frío de superstición había paralizado al tabernero y a sus sirvientes. La cigüeña se marchó sola cuando se fue la partera. Salió caminando detrás de ella, como un gallina mansa, y una vez en la calle levantó el vuelo.
            Así reconstruyó un cronista anónimo el nacimiento de Jacopo Ridolfi, en parte con la ayuda de testigos presenciales: un par de clientes de la taberna, una cocinera y la madre del divino loco, quien habría de sobrevivirle por varios años. Y en parte —testimonio acaso de más responsabilidad— gracias a un dibujo de Sandro Botticelli, que conoció al orate ya en la época de su predicación. Se trata de un boceto en carbón, realizado muy probablemente después del año 1500, en donde aparece la cigüeña meditando sobre un tonel de vino.
            El año 1491 la primavera volvió a retrasarse. El cielo de Florencia emblanqueció y como que se hizo líquido. Algunas aves, pocas, se abrían paso a través de él, lentas y entorpecidas, y se tenía la impresión de caminar en el fondo de un estanque, con palacios sumergidos y renacuajos que nadaban en lo alto buscando la superficie. El viento del norte descendía en oleadas ácidas.
            Aquella mañana de Cuaresma, en el atrio de Santa María del Fiore, el ingente profeta Geronimo Savonarola arrojaba un venablo a la corrupción de Florencia. Para él, había vuelto a instaurarse en el mundo la maligna civilización de las ciudades, monumentos a la soberbia y a la mercadería. En su predicación de entonces, que versaba sobre las Lamentaciones de Jeremías, Savonarola profetizaba tribulaciones inminentes. La gente lo escuchaba absorta, arrebatada por sus palabras. Funcionarios, mercaderes y esa masa cada vez más abyecta que formaba el popolo minuto, bebían las palabras del profeta como un cáliz de necesaria hiel. Entre ellos, nuestro cronista anónimo reconoció a dos figuras: una, un adolescente de dieciséis años con un prodigioso don en las manos: Miguel Ángel Buonarrotti. La otra, un joven exactamente de la misma edad, pero cuya aura no era de luz inspirada como la del primero, sino de ardor oscuro y expectante: Jacopo Ridolfi, discípulo insatisfecho del famoso Marsilio Ficcino.
            Miguel Ángel se fue pronto, pues no era muy alto y no podía ver bien al profeta. Su sensibilidad hacia las formas de la materia determinaba que no le bastase oír: su alma asía la verdad por medio de los ojos o de las manos. Pero Jacopo Ridolfi sí se quedó. A él le interesaba mucho lo que ese hombre tenía que decir. Ya lo había escuchado antes, lo había seguido. No se perdió ninguno de los diecinueve sermones sobre el Apocalipsis que Savonarola rugió en San Marcos, de Todos Santos al día de Reyes, para denunciar los vicios que estaban pudriendo a la ciudad. El profeta ejercía sobre él una fascinación vigorosa y sobre todo vitalizante: era hombre de acción, y el joven Jacopo, enclenque y avergonzado, creía en el valor de la acción. Por eso dejó al sacerdote Ficcino.
            Llegado a este punto, quiero enderezar lo que me parece una injusticia por parte del cronista. Dice éste que Marsilio Ficcino no tuvo más importancia en la vida del orate que la de determinar su adhesión a la vía de Savonarola. Por mi parte, considero que si el loco hubiera conocido a Savonarola antes de recibir enseñanza de su primer mentor, le habría tenido miedo y lo habría rechazado. Porque el espíritu de Ridolfi antes de Ficcino era tan cobarde como su cuerpo. Ya había tenido visiones (cada vez que le pasaba, el graznido de la cigüeña volvía a sonar en sus oídos) pero le habían producido temor porque no las comprendía: no eran visiones proféticas, no hablaban de lo que iba a suceder en este mundo, sino de lo que ya estaba ocurriendo en un mundo imposible. Y el cobarde Jacopo temía estar cometiendo el pecado de dejarse visitar por el Demonio. Ficcino, cuya primera audacia había consistido en afirmar que la filosofía peripatética no era scientia sino malitia, inició a su discípulo en el platonismo y en las enseñanzas de Hermes Trismegisto. Así lo infectó con el humor prometéico de la osadía de la inteligencia. Y esto, en honor de Ficcino, no es poco.
            Jacopo Ridolfi esperaba una señal para empezar su predicación, y sabía que esa señal tendría que venir de la cigüeña. Si el pájaro había llorado su nacimiento era que conocía su destino. Mientras tanto miraba con arrobo los enérgicos ademanes del viril Savonarola, y lo seguía de una iglesia a otra, de una a otra plaza, en su carrera de fuego que iba hacia el fuego. Y mientras tanto a él lo seguían dos misteriosas figuras: un cronista oscuro y un gran pintor que sabía que el loco sabía.
            La época en que Ridolfi aún no estaba autorizado a revelar sus visiones coincide con los años de más intensa predicación del profeta. Ciertamente, unos meses depués que Savonarola, en su sermón de Adviento de 1492, le advirtiera al Papa Alejandro VI sobre la inminecia del Huracán y de la venganza divina, una cigüeña negra amaneció muerta en la casa del loco. Era la señal. Jacopo Ridolfi, el orate del Arno, abandonó su casa y se fue a vivir a las calles profetizando horrores que sólo hacían sonreír a quienes lo escuchaban. Reside ahí su miseria y, tal vez, también su grandeza. Ridolfi no pasó a la azarosa vida de la historia porque no fue un hereje superdotado de novecientas tesis, como Picco della Mirandola, ni un visionario luminoso como Botticelli, ni un profeta de sangre y fuego como Geronimo Savonarola. Ridolfi no tuvo ni siquiera la tenebrosa gloria del hereje; a él nadie lo acusó, nadie lo torturó; fue simplemente, para los niños de Florencia, el pobre loco al que la cigüeña más vieja de Europa se arrepintió de haber traído.
            Lo primero que hizo fue pararse en mitad de una plaza y decir que cuatrocientos setenta y seis mundos habían existido antes que éste. Nadie se detuvo a oírlo; nadie, excepto dos figuras misteriosas, se enteró siquiera de qué hablaba. Una gentil donna hasta tuvo la insolencia de mandar una criada a que le diera de comer.
            Pasó así un año terrible, de negro pesimismo generalizado. Hasta los taberneros repetían las dos canciones que estaban de moda: De ruina mundi y De ruina ecclesiae. En Abril de 1498 comenzó el proceso contra Fray Geronimo Savonarola. Y el 23 de Mayo, según consta en las crónicas, fue ahorcado y quemado muerto en la plaza pública. Botticelli vio. El loco del Arno vio.
            Lenta, pero eficazmente, la desazón gangrenó sus fuerzas y su entusiasmo. Si Dios quería hablar por su boca, ¿a quién se dirigía? ¿Por qué no decía algo que los demás entendieran, algo que por lo menos los llevara a hacerse la pregunta de si creer o no creer? ¿Por qué lo humillaba Dios así? ¿Por qué lo había convertido en un bufón? El orate Jacopo Ridolfi comenzó a tener pesadillas donde cigüeñas negras le sacaban los ojos. Y un día, por fin, decidió rebelarse: no dejaría que nadie hablara más por su boca, sería dueño absoluto de ella.
            Esa noche se fue a buscar una taberna y bebió hasta caer dormido. Cuando despertó, estaba acostado en el suelo, entre mantas piojosas y al lado de una prostituta cuyos olores de estro casi podían masticarse. Se quedó a vivir con ella y trató de olvidar el pasado.
            Fue en ese año cuando Sandro Botticelli pintó sus cuadros más apocalípticos: La Natividad y La Crucifixión. Pero el loco del Arno nunca más abrió la boca en sentido inspirado. Lo que llegó a nosotros se conserva sólo gracias a su cronista y a algunas notas del gran pintor de los turbiones.
            Entre sus advertencias figura una, especialmente notable por la violencia con que el loco volvía y volvía a elaborarla, según la cual, durante la época que él en sus visiones llamaba del Penúltimo Ciro, la simiente de los hombres comenzaría a pudrirse. Los niños nacerían sin galladura, y las razas del mundo se dividirían en dos: las vesánicas y las despreciables, perros y cerdos, jaurías contra piaras. Y nadie tendría rostro. El loco veía enjambres de seres todos iguales entre sí, ejércitos que oscurecían los campos y las aguas y la luz del día, muchedumbres que hervían como larvas en ciudades de plomo. Pero todos eran iguales unos a otros, sin nombres.
            Después, en el tiempo que el orate llamaba ya del Último Ciro, los humanos construían escaleras altísimas para asaltar los templos que ellos mismos habían levantado y derribar a sus viejos ídolos. Los pendones caían al suelo y nadie siquiera los pisoteaba. Los que habían luchado por alguno de ellos, los que habían sido perros o cerdos enfermos de rabia, ahora danzaban cogidos de las manos sobre sus propios excrementos y los de sus enemigos. Ocupados en la celebración de esa despreciable paz sin gloria, se habían olvidado de vigilar. Bajo la noche de su historia, una corona de fuego frío iba de un extremo a otro del cielo, señalando el radio de lo muerto.
            Entonces, de la sima de la hembra más envilecida salía un ángel. No nacía niño sino hombre. Las piernas de la ramera se abrían hasta descoyuntarse para dar a luz un animal de sangre negra y piel resbalosa como de pez, sordo y mudo, y que tenía los ojos iguales a los de Dios Padre: blancos. Avanzaba por los desiertos sin vida de las naciones, apagando con sus manos quemadas las estrellas.
            El ángel que vendría a hacer justicia llegaría por el cielo, volando con lumbre. A la vista de la ciudad que no tendría fronteras, daría nueve vueltas en torno de una espira y de lo alto le llegarían indicaciones, inaudibles para todas las creaturas, sobre cómo y en qué momento descender. Desde su carro de fuego el ángel contemplaría esa ciudad inmensa que imperaba sobre la noche, más rutilante que el cofre de un usurero favorito del Demonio. Y tendría un momento de tristeza por lo que iba a hacer.
            Ya en la tierra, el loco lo veía correr desnudo, con el aguijón desenvainado, sobre largos caminos aéreos como listones de plata, entre árboles rectos y blanqueados que no tenían hojas ni daban frutos sino una luz helada y necrofílica. El ángel seguía su carrera a lo largo de una valla de palacios que no terminaba; unos eran bermejos, otros parecían hechos de vidrio, otros se veían deformes como ruinas de bárbaros, otros más tenían en sus muros figuras gigantescas que poseían movimiento.
            Así se abría paso hasta las bóvedas de los mercaderes y las cunas de sus hijos, hasta los guettos de los infectados con el mal de Sidón, hasta los baños donde echaban sus abortos las falsas vírgenes. Así pintó con sangre los umbrales de las puertas.

Una clave le faltaba al loco, que murió privado de fe y sin comprender lo que había visto. La recibió la noche de su borrachera, pero no quiso tomarla en serio y dejó pasar el tiempo. Hasta que la cigüeña llegó a graznar en la cabecera de la cama de su mujer.
            Jacopo Ridolfi se emasculó al día siguiente de saber que había puesto en la entraña de su concubina un hijo de Satán. Y murió desangrado como un perro, sin gloria y sin hoguera.

(De mi libro Fábulas del crepúsculo. México, Ficticia, 2003)