A Miguel Coutourier, in memoriam.
El apodo de El Vampiro se lo pusieron a mi tío Lorenzo Ferrán unos diez años antes de que yo naciera. Esto es, a mediados de los años cincuenta. En esa época se acostumbraba la brillantina en el cabello y el peinado de copete —siempre había un peine pequeño, negro, en la bolsa trasera del pantalón—, y así es como el Vampiro lucía. Se boleaba los zapatos cuantas veces fuera a salir de casa, se rasuraba diario y siempre olía a lavanda de Jockey Club.
El apodo de El Vampiro se lo pusieron a mi tío Lorenzo Ferrán unos diez años antes de que yo naciera. Esto es, a mediados de los años cincuenta. En esa época se acostumbraba la brillantina en el cabello y el peinado de copete —siempre había un peine pequeño, negro, en la bolsa trasera del pantalón—, y así es como el Vampiro lucía. Se boleaba los zapatos cuantas veces fuera a salir de casa, se rasuraba diario y siempre olía a lavanda de Jockey Club.
El origen de su apodo nunca me quedó
claro. Tal vez se lo pusieron porque le daba un aire a Germán Robles cuando
salió en aquella película del conde Drácula; tal vez porque vivía más de noche
que de día. Es que se la pasaba en los prostíbulos del puerto. Haciendo
negocios, decía él, y así debe de haber sido. Poseía las tres cualidades que
hacen a un padrote: era bueno para el baile, para el trago y para los
trancazos. Y además de todo era bien parecido: alto, flaco, con la piel color
oliva pálido de que no le daba el sol y crónicamente ojeroso; tenía una
expresión un poco infantil, como si una parte de su niñez no hubiera sido
tocada por las sordideces de la vida. Ahora yo ya soy un hombre maduro en veloz
tránsito hacia la vejez, él ha muerto y no hay a quien preguntarle, pero de
pronto me parece recordar que alguien —una amiga de la familia— me dijo, o le dijo
a otra persona delante de mí, que por eso le decían el Vampiro: por guapo. Es
una ecuación típicamente femenina, no sé por qué. Tal vez ni las mujeres mismas
pueden explicarlo, pero es muy común que su idea de belleza masculina tenga
algo de vampiresca.
Como quiera que sea, cuando me
enteré del apodo de mi tío Lorenzo, ya tenía yo bien cumplidos seis años de
edad; había visto todas las películas del Santo, Blue Demon y Jorge Rivero, las
de Viruta y Capulina, las de Chabelo, y sabía qué cosa eran los vampiros.
Cuando uno es niño, no se le ocurre que los apodos puedan nacer de una
metáfora, de una sinécdoque o de la exageración de un rasgo en particular. Para
mí, el hecho de que todo el pueblo identificara a mi tío como el Vampiro
significaba que en verdad lo era. Y él se encargó de alimentar el malentendido.
Me acuerdo que un día jugué a asustarlo con un crucifijo y él me siguió el
juego fingiendo que lo hacía sufrir horriblemente; se tapaba la cara con las
manos y se retorcía entre los gemidos más teatrales. Luego, en otra ocasión, me
regaló una bala de plata; es decir, una bala plateada que yo le creí era de
plata. Me dijo: “Guárdala bien, chaparro, donde nadie pueda encontrarla, porque
con ésta podrían matarme”. En ese momento pensé que por qué no mejor la echaba
al mar; ahí sí nadie la encontraría, pero no le dije nada y cumplí mi promesa.
Todavía tengo la balita guardada en el cajón de mi escritorio.
Nuestro pueblo era pequeño: un
pueblo de costa donde las puertas de las casas permanecían abiertas todo el
día, dejando correr la brisa del mar, hasta que los habitantes se retiraban a
dormir, ya en la noche, cambiando la hamaca por la cama.
El Vampiro —cada vez que lo nombro
así me gustaría que el lector se imaginara un vampiro tropical: una mezcla de
Drácula y Chanoc— vivía en una casa pequeña, herencia de mi abuelo, en la misma
cuadra que nosotros. Ahí se llevó a vivir a sus dos mujeres que, para más
escándalo de la familia, eran hermanas. Trabajaban de meseras en una cervecería
cerca del muelle de pescadores. Se llamaban Myrna y Myrtha y, aunque sus
nombres eran muy parecidos, no sucedía lo mismo con sus personalidades.
Myrna era rubia teñida, “frondosa”,
como decimos por allá; de brazos gordos con grandes marcas de vacunas y un
vocabulario de estibador que acababa por hacer ruborizar a cualquiera que osase
echarle un piropo. Eso sí, tenía un gran sentido del humor. Sus chistes siempre
iban por el lado sexual, y eso hacía que las mujeres la criticaran y se
apartaran de ella, pero a los hombres les caía muy bien.
Myrtha era la menor sólo por dos
años, pero parecía que lo fuera por diez. En contraste con su hermana, era de
cuerpo pequeño, flaquita, como que todavía no acababa de hacerse mujer. Se
arreglaba poco, usaba el cabello corto y, aunque sonreía con frecuencia y tenía
unos ojos dulces de vaca preñada, había algo raro en su expresión. Ya que uno
empezaba a hablar con ella, se daba cuenta: la pobre era idiota de nacimiento.
Bueno, casi idiota. No vaya el lector a imaginársela babeando. Simplemente tenía
cerradas las entendederas. Pero tratando de comprender a mi tío, digo que
precisamente por eso era bonita: en ese mundo de las cervecerías del puerto en
el que las mujeres habían rodado, sólo ella, que no sabía lo que hacía,
conservaba el encanto de una inocencia incorruptible. Y mi tío, lleno de
nostalgia por la inocencia como todos los libertinos, no pudo evitar caer ante
ese encanto.
La muchacha no sabía nada, no se
imaginaba los estragos que había causado con su mirada de adolescente
drogadicta. Escuchaba las galanterías del Vampiro, recibía las estrellas que él
le bajaba del cielo y sonreía. Y cuanto más sonreía, más la deseaba Lorenzo
Ferrán. Nada de eso se le escapó a Myrna ni dejó de sorprenderla, acostumbrada
como estaba a ser deseada, a que los hombres la prefirieran siempre por encima
de su hermana enferma. Y fuera por ese picón en su orgullo de hembra o porque
de verdad le había gustado el hombre, empezó a usar sus artilugios con el fin
de quitárselo a Myrtha. Cuando vio que no sería posible, se sentó con él en una
mesa de la cervecería, le sirvió una a cuenta de la casa y le habló con
franqueza y —cosa rara— sin malas palabras: “Mi hermana está mala —le dijo,
como haciendo un dictamen inapelable—. No puede juntarse sola con un hombre
porque no sabría defenderse de él. Por eso no podemos separarnos. Así se lo
prometí yo a nuestra madre, que en paz descanse: adonde va una, vamos las dos”.
Al Vampiro le pareció rara la idea,
pero no le desagradó. Después de todo, era consecuente con su manera de pensar:
“El que come de lo bueno y come de lo malo —predicaba—, come doble”. Y le tocó
comer doble y en abundancia, porque como ya he dicho, Myrna tenía ese tipo de
cuerpo que suele asociarse con opulencia y molicie. Desde luego, no dejaron de
trabajar en la cervecería. Mi pobre tío no habría podido mantenerlas a las dos
con lo que sacaba de sus “negocios”. Algunas personas tienen la idea de que
quienes trabajan de noche ganan mucho dinero, pero no es así. La noche es
mujer: hoy es generosa, mañana quién sabe.
Como es de imaginarse, la llegada de
Myrna y Myrtha a la vida de mi tío fue causa de que la familia se alejara de
él. Sólo yo continué visitándolo en esa casa que empezó a llenarse de fotos de cantantes y muñecos de peluche.
Tenía casi diez años y esas mujeres no me molestaban; al contrario, me
encantaba escucharlas platicar y aprender de ellas malas palabras. Porque hasta
la inocente se las sabía, dentro de lo que alcanzaba a expresar.
Fueron felices los tres un par de
años. A veces el Vampiro se iba solo a los almacenes del centro y les compraba
ropa a su gusto a sus mujeres: dos prendas idénticas para que no se pelearan,
una para cada una. Parecía complacerlo enormemente el que la gente lo mirara
tomando el fresco de la tarde, pavoneándose en el malecón por enfrente del
hotel Del Río, que solía estar lleno de turistas, del brazo de sus dos hembras,
con su traje marfil y su gazné lila.
Un día les compró unas batas chinas
de satín rojo con un dragón dorado en la espalda. Les gustaron tanto que salían
a la calle con ellas como si fueran vestidos, Myrtha porque no entendía que no
lo eran; Myrna, porque se le hacía algo muy sensual, como dejarse ver en ropa
interior, y ella se sentía sensual. La sensualidad era para ella la base del
poder femenino, tal vez porque habría sido difícil encontrarle otra cualidad.
Pero Lorenzo Ferrán parecía haber
tenido suficiente de eso. En ciertos, especiales momentos, tomaba de la mano a
Myrtha y se la llevaba por ahí a estar solo con ella. Y si no podía, se
conformaba con detenerse y contemplarla arrobado, ido, como si no hubiera nadie
a su alrededor y ella estuviera dormida.
—¡Las estrellas! —exclamó la tonta
una noche, cuando los cuatro íbamos caminando por el malecón, de regreso de
cenar en los portales.
Me acuerdo que mi tío se detuvo a
mirarla como si en esas dos palabras hubiera concentrado Myrtha toda la poesía
del mundo. Se quedaron ahí parados, tontos los dos, enfermos de lo mismo: ella
contemplando el cielo, él contemplándola a ella. Myrna y yo nos echamos a reír,
burlones. No se me ocurrió que detrás de la risa de esta mujer hirvieran unos
celos muy amargos.
Una mañana, mi tío apareció muerto
en un basurero de las pescaderías. Lo habían envenenado y luego lo remataron
clavándole un palo afilado en el pecho. La policía no tuvo que investigar
mucho: lo había matado una de sus dos mujeres. Myrtha, la tonta.
Han pasado muchos años. En la
familia hemos hablado hasta el cansancio sobre lo que pasó y hemos llegado a
conclusiones que después cambiamos por otras. Yo creo que la preferencia del
Vampiro por Myrtha fue la causa de su desgracia. Porque si de una mujer estuvo
enamorado alguna vez, fue de ella. De ella, entre todas las que tuvo. ¿Por qué?
¿Qué era lo que le fascinaba de esa pobre enferma? ¿Sería alguna forma de
perversión, o simplemente él podía ver en ella una cualidad que para todos los
demás era invisible? Myrna —ésa sí que era lista— no ignoraba esa preferencia y
empezó a odiar al Vampiro. Lo aborreció porque se sentía relegada como mujer,
pero, sobre todo, por el hecho inadmisible de que fuera a su hermana idiota a
quien prefiriese él. Eso era algo que para ella escapaba a toda lógica.
La idea de cómo dar cauce a su odio
se la di yo, sin saber. A esa edad fue cuando descubrí el placer de la lectura
y, más por seguirle el juego a mi tío que por otra cosa, empecé a devorar
cuanto material impreso hallara sobre el tema de los vampiros. A Myrna, que al
principio me hacía burla por andar entre los libros en lugar de salir a jugar, acabó
por interesarle; es decir, acabó por ver en ello una utilidad. Se volvió más
amable conmigo cuando iba a su casa; me hacía sentarme a la mesa, le bajaba el
volumen a su disco de Los Ángeles Negros
y me servía un vaso grande de cocacola. Luego llamaba a su hermana para
que yo las entretuviera —decía— contándoles de mis lecturas.
—Entonces —me preguntaba— los
vampiros son seres del Demonio, ¿verdad? Que odian a Jesucristo.
—Bueno —le contestaba yo, tratando
de matizar esa frase tan radical—, digamos que le tienen miedo al crucifijo.
—¿Y cómo dices que hay que matarlos
para que nunca vuelvan a la vida?
Solía decir mi papá que a los
malvados los ciega el pecado, a los pobres la ignorancia y a los pendejos la
vanidad. Yo vine a ser de los últimos. Porque sintiéndome un erudito a los ojos
de Myrna, no me di cuenta que me estaba utilizando para encaminar al mal la
ingenuidad de su hermana.
De los miembros de la familia, yo
fui quien más lloró la muerte de mi tío, y eso que aún no alcanzaba a
vislumbrar mi participación en ella. A Myrtha la encerraron en el manicomio,
unos años nada más porque dicen que después la soltaron y acabó vagando por las
calles, viviendo de limosnas. De Myrna nadie sospechó nada: su versión de los
hechos resultó totalmente convincente y era la única que había. Se casó con un
viejo que tenía varios locales en las pescaderías: mucho dinero. Dicen que al
final le dio por la religión.


