jueves, octubre 08, 2020

Memoria de Ixmiquilpan. Parte 1

 


Nací en 1963. Eso quiere decir que los primeros siete años de mi infancia me tocaron en los años sesenta. Una década de mucho ajetreo: las luchas revolucionarias latinoamericanas, Fidel Castro y el Che, la crisis de los misiles, los hippies, los Beatles, María Sabina, el boom latinoamericano, la primavera de Praga, la masacre de Tlatelolco, la llegada del hombre a la luna... era otro el mundo de entonces. México era otro. Ixmiquilpan era otra, tan diferente que hoy apenas y es posible reconocerla en las imágenes de las fotos antiguas.

         Ciertamente, esa ciudad de calles sucias y llenas de agujeros, atravesada por un río y un arroyo ya muertos, no se parece nada al tranquilo y un poco adormilado pueblo que todas las primaveras lucía alfombrado por las jacarandas. Miro las fotos que publica la revista Cactus: imágenes de los años 50, 60, 70… reconozco algunas caras y casi todos los nombres. Ixmiquilpan era tan pueblo que todo el mundo se conocía. Debía su identidad a algunos viejos apellidos: López, Vázquez, Rocha, Núñez, Monter, Ramírez, Trejo, Romero, Pedraza, Velázquez, Regalado, Salomón, Martínez, Morales, Hernández, Olguín, Bravo, Rangel, Sandoval, Roa, Alcántara, Durán, Cadena… esos y otros que de momento no recuerdo eran los apellidos de los personajes de esas fotos antiguas en blanco y negro, los de los primeros equipos de futbol y las primeras reinas de la belleza.

Ixmiquilpan todavía no tenía ínfulas de ciudad. Era un pueblo tan pequeño que, desde la parte de atrás de mi casa, se veía el arroyo, luego el mercado y, más allá, sólo tierras de labranza y un área despejada donde se ponían las carpas del circo. Allá me escapaba yo con mis hermanas y mi hermano, los chicos de los vecinos y a veces mis primos. Íbamos a ver los animales, con la sensación de aventura que daba llegar a las afueras del pueblo. En las otras direcciones era más o menos lo mismo; no se necesitaba tomar peseros para ir de un lado a otro. No había zonas residenciales ni supermercados ni casas de cambio ni pizzerías ni tiendas de computadoras ni nada de esas cosas modernas que nos han invadido. Eso sí, había muchas misceláneas y talleres de todo tipo. Bueno, creo que de sastrería sólo había tres: el de mi papá y mi tío Beto, el de Marcelo y Luis y el de Juan. Los cinco maestros ya se fueron de este mundo, pero dejaron discípulos que ahora siguen. También había pocos balconeros, pocos carpinteros, pocos zapateros y en general eran honrados y bien hechos, aunque a veces tardados.

Lugares de reunión también había pocos, pero muy queridos: La fuente de sodas Alcántara, adonde muchas veces íbamos saliendo de la secundaria y después de los desfiles; la cafetería El Minuto, ideal para citas amorosas porque tenía una sección a media luz donde uno podía platicar a salvo de miradas indiscretas. Y por supuesto, las cantinas a las que uno podía ir directamente en busca de los borrachos locales. En esa época no había teléfonos celulares y no todos tenían línea fija, así que era común ir a buscar a los hombres (jóvenes y viejos) a esa especie de despacho que era la cantina. Yo, por ejemplo, tenía una amiga que me llamaba a mi casa para que fuera al bar de la cuadra a buscar a su novio, que seguro estaba ahí, y le dijera que ella quería hablarle. Y ahí iba yo de obediente, lo llamaba y me lo llevaba a mi casa a que se pasara un buen rato oyendo regaños perfectamente justos. Estos entrañables templos dedicados al ocio y el vicio tenían nombres como Billares Alcántara, El Paraíso, El Atorón, El Jacalito, Haz de venir… aunque el lugar de reunión favorito de todos era el portal oriente, por las noches. Se llenaba de puestos de antojitos (chalupas, flautas, enchiladas, etcétera) y ahí se encontraban las familias, a veces aunque no quisieran. El otro portal, el del poniente, tenía más vida en las mañanas, cuando había un bolero en cada columna y era casi cuestión de estatus dejarse ver ahí sentado, leyendo el periódico, mientras esos chicos hacían rechinar las franelas.

¿Tiendas? Ya había muchas, pero no todas eran de tradición y no todas sobrevivían. Recuerdo algunas, las del centro, para no ir más lejos: La botica La Gloria, La Casa Venus (nombre más que promisorio para una perfumería), las ferreterías Casa Regalado, Casa San Pedro y El Zepelín (donde los hombres hacendosos nos sentíamos como niños en juguetería), La Alcántara (precursora de los minisúper), la mercería de don Marquitos, adonde tantas veces me mandaron a comprar botones, cierres, elásticos y cosas de ésas; y esa otra mercería que se llamaba La Vencedora y estaba en mi calle. Recuerdo también La Pasadita, donde vendían esas bebidas alcohólicas de colores que tenían el bello nombre de “espíritus”; la papelería El Venadito, atendida por un señor muy amable que se llamaba Bartolo y platicaba con los niños; y luego esa mezcla de juguetería y tienda de deportes que se llamaba El Trébol y estaba mero enfrente de donde paraban los autobuses a Pachuca y a la Ciudad de México; las farmacias Cruz Blanca e Hidalgo; esta última también era papelería y ahí compraba yo mis monografías y todas esas cosas que se usaban entonces. Por cierto, fue ahí donde una vez oí que un muchacho preguntaba si no tenían la biografía de la ballena. Tal vez se refería a alguna de esas ballenas famosas, como Mobby Dick o la que se comió a Jonás o la de Pinocho, pero yo no pensé en ésas y me dio risa.

            Es que había poca cultura entonces, y eso que la desgracia de la televisión apenas empezaba. Creo que empezó con cuatro canales nada más, pero ustedes me corregirán. Eran el 2 (telenovelas), el 4 (películas del año de la canica), el 5 (caricaturas y series gringas) y el 8 que ya no me acuerdo de qué era. Eso sí, muchas de las películas más emocionantes de mi vida (y algunas eran películas de arte) las vi en los dos cines que teníamos: el Del Valle y el Aries. Qué emoción era entrar ahí. Eran mis lugares favoritos en todo el pueblo. En el Del Valle me eché todas las de ficheras, metiéndome de contrabando. Bueno, también había aún carpas de cine en la feria, pero ya no me acuerdo de ésas. Creo que pasaban puras pelis de charros y canciones rancheras. Y había unas carpas con enanitos y esas otras tradiciones de la cultura de feria, como la carpa de la mujer lagarto.

            De música, pues qué querían: nadamás la banda municipal de tambora y trombón, y los tríos de huapangos de los lunes. No se habían inventado los Cds ni los formatos digitales, y los casets eran la gran novedad, aunque la mayoría de la gente seguía presumiendo sus discos de acetato. Me acuerdo de las portadas. Me acuerdo también de que en algunas casa tenían una consola; es decir, un mueble de madera con patas, especial para tocar música. Le ponían una carpetita de gancho encima con un elefante de yeso y era el orgullo de la familia, junto con la foto de XV años y el título de la universidad, que normalmente se colgaban en la pared, sobre la consola. ¿Quién no recuerda casas así?

            Ciertamente, tener un título universitario era cosa respetada y se consideraba que ya con eso tenía uno su fortuna hecha (ya habría tiempo para el desencanto). Ser llamado “doctor”, “licenciado” o “ingeniero” era cosa de mucho prestigio y mucho brillo: era uno un profesionista. ¡Las mamás estaban tan orgullosas de sus hijos profesionistas! Es que además no era tan fácil como ahora. No teníamos universidad, ni siquiera prepa. Lo más que se podía estudiar, saliendo de la secundaria, era la academia comercial (Villa o Lux).  Esas academias eran el destino de las señoritas de buena familia antes de casarse. Porque éramos una sociedad patriarcal, y, si la familia no podía sufragar los estudios universitarios de hijos e hijas, pues se daba la preferencia a los hijos. Las hijas para qué; nada más se iban a echar a perder allá en la ciudad juntándose con hippies y comunistas, y además qué necesidad había si su futuro estaba hecho con que se casaran bien. Mientras tanto iban a la academia comercial. Esas academias me encantaban porque las muchachas se veían muy bonitas con sus uniformes y además los salones de clase tenían ventanas a la calle y uno podía echarse su taco de ojo cada vez que pasaba por ahí.

            Otras muchachas se iban a estudiar la Normal, que en esa época se podía hacer sin preparatoria. Aunque muchos hombres también lo hacían, se consideraba una profesión de mujeres. Y en Ixmiquilpan llegaba a ser una tradición familiar. Así teníamos a las maestras Rocha, las maestras Domínguez, las maestras Chávez... tal vez otras que en este momento no me vienen a la memoria.

            En cambio, ser doctor o licenciado (más aún ingeniero) se consideraba cosa de hombres. Será por eso que cuando trato de recordar a los médicos de mi infancia, sólo se me ocurren hombres. La gente se refería a ellos por su apellido, con mucho respeto: Alisedo, Armenta, Lemus, López, Absalón, Luque, Valdivieso...

            De otras profesiones se sabía poco y a nadie le importaban. Eran un exotismo de los intelectuales. Y los “intelectuales” eran algo así como un montón de herejes que atentaban contra las buenas costumbres y los valores de la patria y la familia, pero afortunadamente vivían lejos; en Ixmiquilpan no teníamos ni uno. Tan se sigue dando por hecho esto que, una vez, hará unos veinte años, escuché un diálogo muy chistoso. Estaba una pareja joven mirando unos lentes en un puesto del portal. La muchacha intentaba convencer a su novio de que se comprara los que ella quería. “¿Por qué estos?”, le preguntó él, aferrado a otros más feos. “Es que con éstos te ves como intelectual”, le contestó ella. La respuesta de él fue contundente: “¿Y tú cómo sabes cómo son los intelectuales si nunca has visto uno?”.

            Pues ya me cansé. He escrito estas cosas un poco al azar, sin seguir un plan y sin ser exhaustivo en nada. He mencionado cosas, lugares y nombres, y seguramente habrá quien me reclame que me faltó esto o me faltó lo otro. Culpa de mi memoria o de que siempre fui muy distraído, tanto que de niño se me olvidó muchas veces pedir el vuelto en los mandados y mi mamá me mandó de regreso a la tienda o a la tortillería, con toda la pena. Así que si se me olvida algo, no se enojen y de todos modos recuérdenmelo, por si un día se me antoja hacer crecer estos recuerdos.

martes, abril 07, 2020

La lluvia





Desde mi ventana se veía la bandera toda escurrida, húmeda por la lluvia, en el patio de la primaria de la unidad habitacional. El verde, supongo, representaba la carne echada a perder de los miles de muertos; el rojo, los bubones inflamados. ¿Y el blanco? ¿Qué decían los maestros que representaba el blanco? Tal vez ese cielo lechoso de septiembre. Porque no había parado de llover desde hacía un mes. Todo se veía húmedo a lo lejos; en las azoteas, los tendederos cayéndose de ropa que no se secaría nunca. El paisaje me trajo el recuerdo de aquella última tarde que pasé en mi pueblo antes de la pandemia, cuando saqué al Káiser a dar una vuelta por la plaza. Éramos los dos únicos seres vivientes que andaban por ahí mojandose. No es que fuera un aguacero aquella vez; la verdad sólo era chipi-chipi, pero la gente ya había empezado a encerrarse. Ya había empezado el miedo.
         Desde las ventanas del departamento, en el octavo piso de la unidad, la ciudad no se veía tan desierta como estaban diciendo en la televisión. Encendí la laptop para ver qué comentaban mis contactos del Face. Los hospitales estaban saturados, y los alarmistas ya estaban posteando fotos de enfermos agonizantes y médicos en traje de guerra biológica. ¿Por qué les gustaba crear miedo? Iba a hacer un comentario al respecto cuando sonó mi celular. Era mi madre:
         —Hola, má. ¿Cómo tás? ¿Está lloviendo en el rancho?
         —¿No has visto las noticias? ¡Está horrible, hijo! Qué bueno que no vas a venir al pueblo. No salgas si puedes evitarlo, por favor.
         —¿Quién te dijo que no voy a ir?
         —¿A qué vienes? Nada más a emborracharte con tus amigos. Pues ya ni eso vas a poder hacer.
         —Todavía no prohíben las reuniones en casa. ¡Además yo quiero ir! Es el cumple de Minerva y le van a hacer fiesta.
         —¿Es tu novia?
         —No, es mi amiga, pero...
         —Celebras su próximo cumpleaños. No le ha de faltar compañía... así como tiene de fama...
         Mi madre no se imaginaba por qué tenía yo tantas ganas de ir al rancho. La verdad es que ya no me quedaba nada de dinero. Me lo había gastado ordenando comida por internet ahora que había tanta oferta. Al final de la discusión telefónica, mi mamá se quedó con la idea de que yo iba a hacerle caso, y yo con la decisión de ir al rancho. Cuando colgué, me di cuenta de que la batería del celular ya estaba en amarillo, pero no quise entretenerme en cargarla. Junté mi ropa sucia y la zambutí en mi mochila, junto con la laptop. ¿Qué podía pasar? ¡Nada! Yo nunca me enfermaba. A veces, en la escuela, todo el mundo andaba moqueando y tosiendo, contagiándose unos a otros, y a mí no me pasaba nada. Ni un estornudo.
         Estaba lloviendo leve cuando salí del edificio. El impermeable no servía de mucho porque había viento y la lluvia pagaba de lado, fría, cortando la cara y las manos. Así llegué a la parada del micro. Un letrero avisaba que el servicio se había interrumpido hasta nuevo aviso: tendría que caminar. La estación de autobuses estaba lejos: cuatro kilómetros de acuerdo con Google maps, pero por lo menos ya estaba parando de llover. Recorrí esa distancia entre calles vacías, silenciosas. Parecía que nunca hubiera vivido nadie ahí. Ni siquiera salía ningún ruido de las ventanas cerradas a piedra y lodo. A cierta distancia vi humo, no el humo bucólico que sale de la chimenea de alguna cabaña anidada entre flores; no, yo sabía demasiado bien lo que era: estaban quemando a los muertos junto con todas sus pertenencias. En todo el trayecto vi sólo seis personas: las conté. Eran jóvenes todas. No traían cubrebocas ni ninguna protección. Los habitantes de la ciudad nos dividíamos en dos grupos: los que creíamos que todo eso era una falsa alarma creada por los medios y en realidad no ocurría nada, y los que ya no creían en la eficacia de nada. En cualquiera de los dos casos, las máscaras sobraban.
         Así llegué a la terminal. En el andén que me tocaba había como diez personas nada más y eso que las corridas de autobuses se habían reducido a una por día. Cuatro iban juntos, supongo que eran una familia; en todo caso lo parecían porque todos estaban gordos. La menos gorda era una niña como de once años; otra, más chica, era una verdadera lechoncita: hasta la voz tenía de cochinito. La madre estaba callada, seguramente llena de miedo. En cambio el padre se veía contento: un puerco grandote, prieto, de bigotes como de escobetilla pero negros, con una chamarra de cuero. Entre los otros pasajeros había tres o cuatro señoras y dos chicas, una de ellas lindísima y buenísima. Me puse a pensar en cómo podía hacerle la plática, pero luego decidí mejor no molestarla. Hacer caso de las recomendaciones oficiales de no acercarse a nadie. Justificación para mi inseguridad, lo reconozco. Mientras pensaba en eso, la gente pasaba hacia otros andenes, y más pasajeros vinieron a formarse en nuestra fila. El autobús no llegaba y ya eran las once y media de la mañana; se suponía que salía a las once.
         Dejé de pensar. Mi mochila estaba pesada con toda la ropa sucia que me llevaba al rancho para que mi mamá me la lavara. Pero ni modo de ponerla en el piso lodoso del andén. Recomendaban no hacer eso: el suelo era otro hervidero de virus.
         El gordo bigotón empezó a despotricar porque no llegaba el camión. “Cálmate, papá, por favor”, le suplicó la niña relativamente delgada. “Aquí amontonados corremos más peligro de infectarnos”, respondió él. Ni modo, iba yo a tener que aguantar la piara todo el camino. Ya quería llegar a casa. Tenía hambre y no tenía dinero ni para una torta; con trabajos había completado lo del pasaje.
         Finalmente llegó el autobús. Yo estaba a la mitad de la cola y de repente todos empezaron a empujarse para subir, a pesar de las advertencias sanitarias. Nunca he podido entender eso: si los boletos están numerados, ¿para qué se avientan? ¿No que tenían mucho cuidado de guardar Susana Distancia? Ah, claro, los que tenían ese cuidado se quedaban en casa y no viajaban a ninguna parte.
         —La mochila va abajo —me dijo el chofer con tono autoritario. Él sí traía su cubrebocas azul de dentista. No sé por qué pensé en un dentista, uno de esos que a uno le da asco que le metan en la boca sus dedos regordetes y peludos.
         —Siempre me dejan subirla.
         —No cabe en el portabultos. Además puede estar contaminada.
         —Me la llevo en las piernas.
         —Molesta al pasajero de al lado.
         —Pero si ni se van a ocupar todos los asientos —insistí.
         El chofer dejó de mirarme y meneó la cabeza, aferrado a su actitud.
         —Va abajo.
         —¿Por qué?
         —Es el reglamento y ya, hijo. Te subes o te quedas.
         Comprendí que no iba a lograr nada:
         —Está bien. Ábrame la cajuela.
         —Jálale nomás.
         Hasta eso tuve que hacer. Con la lata de que iba a tener que ponerme a las vivas en cada parada, no fueran a robarse mi mochila. Nada más saqué la laptop.
         Me fui viendo el paisaje: la ciudad empapada tras la cortina gris de la lluvia, que había vuelto. Lentamente, parando cada tanto, pasamos los últimos barrios de la ciudad, la zona industrial, la caseta de cobro... el chofer iba hablando por su radio de banda civil, probablemente con sus colegas que iban por otros rumbos. No alcancé a oír lo que decían ni me interesó.
         Saliendo de la ciudad vimos el primer accidente: dos autos destruidos, un carro de bomberos, un hombre empapado haciendo señales con una franela roja... la turba llena de miedo le había prendido fuego a una casa. Luego ya todo fue más rápido. El chofer dejó su juguetito y puso música o lo que él entendía como tal. Para cuando terminamos de remontar la sierra, ya habíamos contado otros cuatro desastres y linchamientos de enfermos. Entendí que ni mi madre ni mis contactos del Face habían exagerado: la situación estaba grave. En mi teléfono, la señal de batería baja no dejaba de flashear. “Creo que mejor me hubiera quedado”, me dije. “Pero bueno, gracias a Dios no ha pasado nada hasta ahorita”.
         Nos detuvimos en Los Limones, donde bajaron dos pasajeros. Quedamos como ocho, yo creo. El chofer se tardó un poco platicando en la oficina de la línea y luego volvió con un café en un vaso de unisel y reanudamos la marcha. Atrás de mí iba la familia de gordos. Adelante, junto a la puerta, la muchacha bonita. Luego dos señoras que iban secreteándose. Cerca de mí, del otro lado del pasillo, un señor ya viejo que se me hizo conocido y un muchacho como de mi edad. Pensé que viajaban juntos porque iban platicando muy animados, como si les valiera un cacahuate lo que pasaba allá afuera con la pandemia. Se reían.
         Bajando hacia los valles no llovía, pero el lodo y los montones de hojas verdes arrancadas de los árboles indicaban que eso era sólo una tregua. De cualquier manera, dejé de estar preocupado: era ya la mitad del camino a mi pueblo. Saber esto me llenó de tranquilidad. Cerré los ojos y poco a poco, arrullado por el rumor de las conversaciones y la música tropical del chofer, empecé a cabecear. Como entre sueños, sentí que el autobús dejaba de moverse hacia adelante y en cambio descendía en una lenta y suave caída. Quién sabe qué me hizo despertar. Yo creo que los gritos de las niñas gordas. El hecho es que abrí los ojos sólo para darme cuenta de que estábamos atascados en una cuneta. Las señoras chismosas exclamaron algo y las niñas gordas se soltaron a llorar. El chofer se puso de pie y dijo:
         —Todos están bien, ¿verdá? Tranquilos. Tuvimos una falla mecánica y yo no puedo arreglarla. En cuanto pase otra unidad de la línea, le digo que los lleve.
         —¿Y a qué horas va a ser eso? —preguntó desde atrás el gordo de la chamarra de cuero.
         —Eso sí no sé decírselo, señor. Puede ser una hora, puede ser más.
         La más chica de las niñas gorditas empezó gritar:
         —¡Mami, tengo miedo!
         Y la madre se puso a acariciarle los cabellos tratando de consolarla. Ha de haber sido una de esas señoras aguerridas, porque sin duda todos estábamos nerviosos y sin embargo ella se aguantaba para no asustar más a sus hijas. Pensé en mi mamá y en lo que ella habría hecho en este caso, y me cayó el veinte de que esto era precisamente de lo que había querido salvarme. Me sentí triste, no alarmado como los otros pasajeros. Intenté llamar a mi casa, pero el teléfono ya no respondió. A nadie le importó, por supuesto. Ni siquiera se dieron cuenta. Cada quien estaba en su onda, reaccionando a su manera. Unos le echaban la culpa al chofer, otros hacían lo posible por mantener la calma, las señoras chismosas se pusieron a rezar. Nadie me miraba, nadie miraba a nadie más. La única que volteó hacia mí fue la muchacha bonita. Era mi última oportunidad para acercármele. Y otra vez me quedé paralizado, pensando.
         El chofer se quitó su cubrebocas de dentista y se bajó a fumar. Siguieron su ejemplo el viejo que se me hacía conocido y el muchacho que iba con él, y luego la bonita. Se pararon del lado de la cuneta, donde quedaban protegidos del viento húmedo, y ahí encendieron sus cigarros. Yo sabía fumar, como todos los de mi banda de la prepa, pero no me gustaba. Sin embargo me di cuenta de que ahí sí era mi última oportunidad. Me bajé corriendo con mi laptop en la mano, como estúpido nerd:
         —¿Tendrás un cigarro que me regales? —le pregunté a la bonita. La voz me salió entre tartamudeos, como si nunca en la vida le hubiera hablado a una chica. Ella se me quedó viendo y sonrió. Iba a responder algo, pero en eso el viejo se metió en nuestra conversación:
         —No te pases de gandul. ¿Cómo le pides cigarros a una señorita? Eso no es de caballeros. Yo te doy los que quieras. Toma —y me extendió su cajetilla.
         Me le quedé viendo con una mezcla de odio y vergüenza. La bonita se dio cuenta y acudió en mi ayuda.
         —Yo se lo doy, señor. No se preocupe —dijo, y siguió sonriendo. Era el momento de demostrar mi caballerosidad:
         —No la voy a despreciar, ¿verdad, amigo?
         —Como quieran —gruñó el viejo con una voz ronca de fumador—. Para mí, mejor. Me dura más la cajetilla.
         Fue así como, fumando, comenzamos a platicar los tres. Yo hubiera querido que nada más fuéramos dos, pero ni modo de hacer una grosería; para empezar, me hubiera visto muy lanzado. Definitivamente se me hacía conocido el viejo. ¿De dónde?
         —¿Cómo se llama, señorita? —hizo la pregunta que yo quería hacer.
         —Diana. ¿Y usted?
         —Isaías Galindo, para servirle.
         En ese momento se hizo la luz en mi memoria. Claro: ese viejo disminuido, encorvado, con aspecto de enfermo, era “El Pezuña” Galindo, el orgullo de mi pueblo hacía como veinte años. Yo todavía no nacía cuando él dejó de pelear, pero mi padre y mis tíos siempre que se ponían a chupar acababan hablando de ese gran boxeador que fue El Pezuña Galindo, campeón de peso gallo. Se contaban mil anécdotas, a cual más exagerada, y una de las cantinas del pueblo tenía las paredes cubiertas de recortes de periódico donde él aparecía, fotos y carteles anunciando sus peleas y, sobre la barra, unos guantes autografiados. Vivía en Los Angeles, hasta donde yo estaba enterado. ¿iba al pueblo? ¿De visita? Me dieron muchas ganas de preguntarle, pero lo que nos sobraba era tiempo. Ya lo haría después, con más confianza.
         —¿Y tú cómo te llamas? —me preguntó Diana.
         —Juan José.
         Se unió a nosotros el muchacho que iba sentado junto a El Pezuña, y así el grupo llegó a cuatro. Mejor: así me sería más fácil concentrarme en Diana. Y así lo hice: cuando terminamos de fumar y regresamos al autobús, me senté junto a ella.
         —Eres estudiante, ¿verdad? —me preguntó.
         —Sí, de la prepa uno. ¿Y tú?
         —De la tres.
         Y así se nos fue el tiempo: platicando. Al parecer, los otros pasajeros también se hicieron amigos. Confiábamos en que nadie estaba infectado y así debía ser: esa enfermedad era rápida para hacer su trabajo: el que la contraía iba a dar a la morgue dos días después. El gordo se puso de buenas y empezó a contar chistes que los demás le celebraban. Mientras tanto, el chofer seguía comunicándose con alguien por el radio.
         —No nos queda más que esperar —dijo finalmente a través de su máscara de dentista—. Las unidades no están saliendo por el mal tiempo.
         —¿Qué vamos a hacer? —el gordo volvió a ponerse de mal humor. Se le había acabado la risa.
         —Ustedes no se preocupen, señores. El Ejército ya está apoyando: viene en camino un vehículo militar.
         —Pues a ver si de veras.
         —Véanlo por el lado positivo: aquí no hay quien nos contagie.
         Seguimos esperando, ya todos con hambre. Las señoras chismosas llevaban galletas y las repartieron.
         Luego de un rato oímos que un camión grande se detenía al lado del autobús. Eran  soldados y venían con sus trajes blancos de guerra biológica. El chofer y el gordo se bajaron a hablar con ellos. Yo iba a ir también, por si había algún problema, pero pensé que me sería más caballeroso mantenerme al lado de Diana y protegerla.
         —¿Cuántos civiles hay en el vehículo? —alcancé a oír que preguntaba uno de los militares, a través de la visera del traje.
         —Nueve en total, mi jefe —le respondió el chofer.
         —Tenemos capacidad para seis. Los llevamos a Los Limones. Ahí han instalado un refugio en la escuela. Les darán alimentos y atención médica si es necesario.
         El chofer y el gordo volvieron al autobús y nos repitieron lo que ya habíamos oído
         —Mis hijas no han comido nada y están muy asustadas —argumentó la mamá gorda—. Denles prioridad. Entre ellas y yo somos tres. Y mi marido...
         —¡Nosotras somos del grupo más vulnerable, por nuestra edad! —gritó desde atrás una de las señoras— Y tampoco hemos comido. Los niños aguantan; nosotras ya no.
         —Niños y mujeres siempre van primero —dijo el chavo de mi edad, con un tono definitivo que no le había oído antes.
         —Yo tengo que inyectarme mi insulina —dijo El Pezuña sin mucha convicción, más bien como con tristeza.
         —Tengan lástima de los que ya estamos viejos —insistió otra de las señoras chismosas—. Ya no nos queda mucho de vida. En cambio para los niños, esto es una aventura.
         —¿No tiene usted nietos? —le reclamó Diana— ¿Qué les diría si estuvieran aquí: que disfrutaran su aventura?
         —Estaría orgullosa de verlos cederles el lugar a unos pobres ancianos.
         La niña más chiquita empezó a chillar:
         —¿No nos van a llevar, mami?
         —Claro que sí, nena. ¡No faltaba más!
         —Pero esta pinche vieja...
         —Sshhhh —la madre le tapó la boca.
         El sargento, capitán o lo que fuera paró la discusión:
         —Nos llevamos a las niñas con su mamá, a las abuelitas y a la señorita. Los demás esperan a la próxima unidad de auxilio.
         —¿Y mi esposo? ¿Qué va a pasar con él?
         —Las alcanza en el siguiente vehículo que podamos mandar, señora.
         Nadie dijo ya nada. Nada más se oyó el ruido de las bolsas y cosas que bajaban los pasajeros.
         —Nos vemos al rato en el refugio —me sonrió Diana, echándose su mochila a la espalda.
         Ya sin ella, sentí que se había agotado mi paciencia. Hubiera querido volver a ser niño y soltarme a llorar como las gorditas. Y no podía ni siquiera usar mi puto teléfono. Me dieron ganas de aventarlo al suelo y pisotearlo. Pero me levantó el ánimo lo que me dijo Diana: “Nos vemos al rato”. Era una promesa y supongo que también expresaba un deseo de su parte. Y bueno, tal vez tenía razón la viejita y todo esto sería una aventura. Tal vez pasaríamos la noche en el refugio... corriendo aún más peligro de infectarnos. Miré a los otros pasajeros que se habían quedado conmigo. El gordo parecía muy inconforme con la decisión de los militares de separarlo de su familia. Se puso a sermonearnos a los demás sobre cómo había que portarse en situaciones de crisis. El Pezuña ni lo oía; se veía mal. Entonces me di cuenta: bajo el cuello y los puños de la camisa se le veían los bordes de unos bultos enrojecidos: los bubones. ¿Era posible que nadie más que yo lo hubiera visto? Sentí terror. Creía que porque había películas y había tenido miedo de que me mordiera un perro conocía el terror. Pero no, aquello no lo era. Esto sí. Y ni siquiera podía decir nada: la gente se pondría histérica y querrían prenderle fuego al enfermo. Él se veía tan jodido... si además tenía diabetes, no iba a durar. Apenas y podía articular las palabras cuando dijo:
         —Cuando lleguemos al albergue, me voy a inyectar mi insulina.
         —¿Por qué no lo hizo antes? —le preguntó el chofer.
         —Llevo muchas horas viajando. No creí que tendría que esperar tanto.
         Yo me sentía mareado de miedo. ¿Me había tocado? ¿Tenía ya el virus yo también? ¿Estaríamos infectados ya todos los pasajeros? Me toqué los brazos, el cuello... no tenía molestias, pero... él sí se veía mal. Muy mal. ¿De verdad era ése el hombre que había noqueado quién sabe a cuántos, que se movía en el ring como un tiburón buscando su presa? ¿No se habían dado cuenta los demás pasajeros? ¿Era que el miedo les impedía ver lo que no soportarían ver?
         —¿Dijeron los soldados a qué hora vendrán por nosotros? —le pregunté al chofer.
         —Como en una hora, hijo. En lo que van a Los Limones y regresan.
         —Hace rato no se veía usted tan amolado —le espetó el gordo a El Pezuña—. ¿Qué le pasa?
         —Los nervios me ponen así. No es bueno para la diabetes.
         —¿Por qué no se inyecta ahorita?
         —No traigo jeringa. Allá en el albergue han de tener. El capitán dijo...
         —Pues no se angustie, don Isaías —le dijo el muchacho de mi edad—. ¿Por qué se angustia? No estamos en peligro ni nada aquí.
         —Nervioso había de estar yo, que no sé dónde estarán mi mujer y mis hijas. Quién me dice que no se las llevaron a otro lado los milicos. Capaz que ni siquiera existe el tal refugio. Ya ven lo que hicieron en Ayotzinapa.
         —Cómo cree, señor —trató de calmarnos el chofer, sin mucha convicción.
         —Hay que tranquilizarnos —dije en voz baja, creo que más para mí que para ellos.
         Nos bajamos a fumar. Pasó una hora. Hora y media. Me había invadido una angustia muy fea: sentí que mis neuronas empezaban a explotar como palomitas de maíz dentro de mi cabeza. No pude más.
         —Los Limones no está tan lejos —dije—. Yo me voy caminando.  Cualquier cosa es preferible a estar aquí, en esta espera.
         —Estás loco —me regañó el chofer—. Espérate aquí; ya no han de tardar los militares. Ahorita vuelvo a llamar, a ver qué pasa.
         —Pues si vienen, a fuerzas me tienen que ver en el camino. Para ellos es igual levantarme de la carretera que llevarme de aquí.
         Todos se me quedaron viendo como si realmente estuviera yo loco. El gordo hasta me sonreía.
         —¿Quién se va conmigo? —pregunté.
         Quien menos hubiera esperado, El Pezuña, levantó la mano.
         —Yo tampoco quiero seguir aquí sin hacer nada. Esto no es de hombres.
         —No, señor —lo detuvo el chofer—. Usted tiene diabetes. Ni siquiera debería haber salido de su casa. Regrese a su asiento y espere a que venga el auxilio y vengan a multarlo por irresponsable.
         —Escúcheme, joven —me dijo El Pezuña, sin molestarse en contestarle al chofer—, yo sé lo que necesito: necesito respirar aire fresco, estirar las piernas. Nadie de ustedes sabe quién soy o quién fui alguna vez, pero no soy de los que se quedan sentados.
         —Está muy lejos para usted —le dije, tratando de convencerlo de que no me siguiera. Me daba miedo. Y lástima. Respiraba como con esfuerzo, como si acabara de correr, y las manos le temblaban. Pero estaba decidido.
         —No me importa. Vámonos de aquí.
         Los demás se dieron cuenta de que no iban a detenernos y ya no dijeron nada. Abrí la cajuela y saqué mi mochila y el veliz de El Pezuña. ¿Qué llevaría ahí? Pesaba. Pero no me dejó ayudarle.
         —Yo puedo —dijo.
         Empezó a lloviznar, con viento. Un viento que cortaba, que chicoteaba entre los árboles del camino cargado de agua. Traté de ir despacio, por consideración al viejo. Ya para qué me cuidaba de él: si iba a haber daño, ya estaba hecho. Él comentó algo, pero no lo oí bien y no le contesté. No se podía hablar con ese clima. Como  tampoco oía sus pasos, de rato en rato volteaba hacia atrás para ver si aún me seguía: estaba empapado, más que yo porque él no traía ropa para la lluvia: un saco de pana y un sombrero viejo que ya ni forma tenía. Zapatos de ciudad. Me paré en seco y le grité para que me oyera:
         —Señor, regrese al autobús. Mire cómo está de mojado. Ya respiró aire fresco y ya estiró las piernas.
         —De ninguna manera. Vamos a llegar a Los Limones.
         —Pues sígale usted solo. Yo aquí me quedo parado hasta que lo vea que va usted de regreso al camión.
         —Nos quedamos aquí parados los dos.
         Y así lo hicimos unos minutos. Yo tenía ganas de decirle que ya sabía quién era, pero pensé que entonces menos me dejaría en paz. Me contenté con mirarlo a los ojos, tratando de dominarlo, pero finalmente cedí:
         —¿Por qué no dijo nada? ¿Por qué subió al autobús si ya tiene los bubones?
         —No sabía. Me empezaron a salir hace rato.
         —¿No sabe que puede habernos contagiado a todos? ¿No se siente mal por eso?
         El Pezuña asintió con la cabeza, inmensamente triste. Reanudamos la marcha.
         —Vamos a llegar a Los Limones a que me curen —dijo—. Es mi última pelea y tengo que ganarla.
         —Usted sabe que a su edad ya no se cura. Y con diabetes, menos. Y ya nos amoló a todos. Nocaut. ¿Esta satisfecho?
         No habíamos recorrido más de un kilómetro cuando se cayó. Fui a verlo. Dejé a un lado mi mochila y con todo y mi miedo y mi enojo me hinqué junto a él para ayudarle. El viejo estaba sudando frío y los bubones le habían crecido. Le ayudé a levantarse y le dije que se apoyara en mis hombros. Así seguimos andando un poco más.
         —Nada más tengo hambre —dijo—. En cuanto coma algo me voy a sentir mejor.
         Yo no sabía qué hacer. Íbamos muy despacio y empezamos a hacer pausas para descansar. La lluvia arreció.
         —Déjame sentarme tantito —se separó de mí y se arrimó al tronco de un pino, a unos tres metros de la orilla de la carretera.
         —Usted es El Pezuña Galindo: el campeón —le solté de golpe, para ver si sabiéndose reconocido sacaba fuerzas. Él me miró a los ojos como sonriendo.
         En ese instante oí un motor que se acercaba. Era un jeep.
         —¡Los soldados! —exclamé, y corrí a detenerlos.
         Eran sólo dos, pero llevaban el carro lleno de víveres. No había lugar para pasajeros. Les expliqué lo que había pasado y que venía conmigo un hombre enfermo que necesitaba insulina urgentemente.
         Los militares se miraron uno al otro.
         —Si tiene diabetes, no debía haber salido de su casa —dijo el que manejaba.
         Que se vaya encima de esos bultos —dijo el otro—. Pero nada más cabe él.
         Esta vez sentí otra clase de angustia. ¿Y si por mi culpa, por querer salvar a un hombre que de todos modos ya estaba acabado, provocaba el contagio de otros? Pero ellos eran jóvenes y se veían fuertes: podían curarse...
         —Está bien —acepté—. Ayúdenme a subirlo. Apenas y puede caminar.
         Cuando llegamos por él, ya estaba muerto. Los soldados lo comprobaron. Y vieron cuál había sido la causa. Uno de ellos fue al vehículo por gasolina.
         —Tenemos que quemarlo.
         —Pero... no es cualquier muerto. ¡Era Isaías El Pezuña Galindo! Boxeador famoso. ¿No sabe quién fue?
         —Y usted está detenido porque estuvo en contacto con él.
         —¿Adónde me van a llevar?
         —Al refugio, por lo pronto.
         —¿Al de Los Limones? ¿Es un refugio de emergencia sanitaria?
         —No hay de otra cosa.
         —Pensé que era por la lluvia.
         Se rieron. Se rieron tanto que la visera de su traje blanco se empañó por dentro. Por fuera reflejaba las llamas de la incineración.
         Cuando llegamos allá, los otros refugiados ya estaban enterados. No sé qué versión les dieron, pero sentí sobre mí las miradas incriminatorias de todos: la familia de gordos, el chofer del autobús, el muchacho de mi edad, las ancianas, Diana... incluso Diana me miraba como si hubiera sido yo un asesino. El asesino de todos ellos.

jueves, marzo 12, 2020

La cita de Teri



Teri se paraba en la puerta del edificio a esperar la muerte.
         Era mi vecina, aunque no mi amiga porque ella no tenía amigos que yo supiera. Se llamaba Teresa, pero le decíamos Teri. Tendría poco menos o poco más de cincuenta años de edad y una hija adulta que no vivía con ella. Hacía traducciones y daba clases particulares de inglés a un par de adolescentes. De eso vivía. No padecía ninguna enfermedad física, según le dijo a otra vecina que nos contó todo a los demás habitantes del edificio. Su enfermedad consistía en que tenía miedo de morirse y que nadie se enterara hasta mucho después, cuando el olor de putrefacción de su cuerpo nos avisara. No quería pasar por esa vergüenza y por eso hacía lo que hacía: bajar a la entrada del edificio y pararse ahí a esperar la muerte.
         Teri hacía cita con la muerte, y la muerte la dejaba plantada una y otra vez. Cuando se cansaba de esperar o se calmaba, volvía a subir a su departamento.
         Aparentemente no estaba tan sola: tenía sus alumnos, y su hija la visitaba los fines de semana. Pero el miedo estaba ahí. Sobrevenía sin aviso, cualquier día a cualquier hora: en la noche, en la mañana, en la tarde. Teri lo enfrentaba con dignidad, sin dramatismo. Quien no la conociera, diría que había llamado un taxi y estaba ahí esperándolo, o que aguardaba a alguien que bajaría tras ella. No había manera de ayudarla y tal vez no lo necesitaba. Tal vez es una necedad creer que todo el que sufre quiere ayuda.
         Después de unos años, me mudé a otro edificio, en otra ciudad. No mantuve contacto con nadie y no volví a saber de Teri. Pero a veces me pregunto por ella. Me pregunto si descansará cuando se cumpla su cita. Tal vez entonces siga bajando a la entrada del edificio, ahora a esperar la vida.

jueves, enero 30, 2020

El sobrino diabólico

Sostengo que la soledad es el estado ideal del hombre. Cuando uno vive solo, es rey absolutista y dictador de su espacio. Todo cuanto hay a la vista le pertenece, y uno sabe dónde está cada cosa y por qué está ahí.
En este paraíso transcurrían mis años terrestres hasta que llegó mi sobrino.
El gandul entraba a la universidad, y a mi hermana le pareció lo más normal echármelo. Para qué gastar en hospedaje cuando aquí estaba el tío viviendo con más holgura de la necesaria a un viejo solterón. A mi hermana le pareció un trato brillante y equitativo: su retoño me daría compañía y se encargaría de llamar a la ambulancia si me daba un soponcio, y a cambio yo resolvería su problema de vivienda y de paso cuidaría que no se descarriara. No pude negarme. Pero eso sí, puse mis reglas, las normales que se observan en cualquier casa decente. Y bueno, al principio todo anduvo bien: mi sobrino era un chico respetuoso, silencioso. Se veía que sus padres lo habían educado. Además creo que no le gustaba estar aquí. Los viernes se llevaba su maleta a la universidad y, terminando su última clase, se iba directamente a la estación de autobuses y, de ahí, al pueblo. Yo no volvía a verlo hasta el lunes.
Fue un sábado, estando ya solo, la primera vez que noté algo extraño: me vestía para salir cuando vi que, en el interior del ropero, mis zapatos no estaban perfectamente alineados como los tengo siempre. Uno de ellos sobresalía. Ya podrá el lector imaginar mi sobresalto. En este caos, que es el mundo, la gente se enamora y tiene hijos para que ellos le proporcionen una estructura, una columna vertebral. Los solitarios contamos sólo con nuestros objetos, nuestro invisible (para nosotros visible) orden cotidiano.
Por supuesto, pensé en mi sobrino. ¿Quién más podía haber hecho este estropicio? Pero, ¿para qué? ¿Qué tenía que hacer él en mi ropero? Sus pies eran más grandes que los míos y lo sabía. No habría tenido la idea de probarse mis zapatos. Todo el fin de semana estuve cavilando en el asunto y no pude llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Ya ni siquiera estaba seguro de lo que vi.
En cuanto volvió mi sobrino, el lunes, le pregunté. Dijo que él no había tocado nada, que ni siquiera entraba a mi pieza. Le creí. Con toda mi buena fe, le creí. Pero esa misma noche descubrí que el desorden había vuelto a invadir mi mundo, a colarse en él como un ladrón. Esta vez fue en la cocina: encontré un tenedor en el compartimento de las cucharas del cajón de los cubiertos. Jamás, en los más de treinta años que llevo de vivir en este departamento, había ocurrido algo semejante. Otra vez, le pregunté a mi sobrino. Volvió a negar.
No es que yo dramatice; es que, la verdad, estaba angustiado. Tenía miedo de las consecuencias a nivel macrocósmico que esos lapsos pudieran tener. Porque, si como es arriba es abajo, entonces una mínima fractura del orden microcósmico puede muy bien anunciar —o lo que es peor, propiciar— un daño masivo.
En las semanas siguientes tuve motivos para temer que me volvería loco: las cosas salían de su cauce regular sin mediar explicación. La toalla de manos del baño grande apareció en el baño chico, el tubo de pasta dental tenía huellas de que lo habían oprimido por en medio y no por el extremo como debía ser; en la repisa del cambio, una moneda de diez estaba en la pila de las de cinco, la llave del gas resultó estar abierta cuando yo estaba seguro de haberla cerrado, las cajas de té ya no se encontraban alineadas por fecha de caducidad... miedo me daba pensar que un día encontrara el salero volcado sobre la mesa, porque entonces sí, además del caos, la mala suerte invadiría mi casa.
Cuantas veces quise ventilar el asunto con mi sobrino, la respuesta fue la misma: él no había tocado nada. ¿Sería yo, que me había vuelto sonámbulo?
Se me ocurrió hacer algo que en teoría iba a tranquilizarme, pero en la práctica me dejó peor: empecé a trazar con gis el contorno de cada cosa en su lugar preciso. La tarea me llevó más de una semana y desde el principio exigió una exorbitante inversión de tiempo. Porque los puros trazos no servían de nada; una vez hechos, había que revisar todas las cosas constantemente.
Total, aquello no sirvió para mucho y, en cambio, terminó por ahuyentar a mi sobrino. Era de esperarse, supongo. Un viernes, antes de salir, el muchacho me comunicó que iba a mudarse con un compañero de la escuela. Me dio las gracias por todo y me entregó las llaves. Su ausencia no bastó para que la calma volviera a mi casa. Sigo con miedo. Cuando llego de la calle, cuento meticulosamente los escalones que suben hasta mi piso. Son como un seguro de vida: el día en que haya uno más o uno menos, moriré.

jueves, noviembre 28, 2019

Cantos para las fiestas paganas


Samhain

Celebramos en el lago a la orilla del otoño.
En Samhain (pronunciamos sow-onn)
honramos a nuestros antepasados
y a los que se han ido.
Decimos sus nombres en voz alta.
         Samhain:
La tierra se enfría
y las plantas se ocultan para el invierno.
Nunca como ahora es el velo tan delgado.
La esperanza es una hoja dorada que se desprende
de los cielos y cae en la mano, luminosa.


Yule

Guardamos vigilia ante un viejo tronco
junto a la playa. Sin luz, sin fuego.
Al derramarse el alba,
juramos en la corteza
los nombres de las cosas que deben morir.
Entregamos el tiempo al agua.
         Diciembre no es tan duro en esta tierra;
llevamos ropa de lana,
intercambiamos chamarras y gorros.
         Antes de irnos
lloramos mucho y nos abrazamos
mirando cómo el agua
se lleva el dolor.
         Yule es el nombre de la esperanza.


Candlemas

Otra vez de noche.
Mas ahora las velas iluminan el agua,
muchas, incontables velas, pues cada uno de nosotros
invitó a un amigo que invitó a otro amigo.
Venimos vestidos con túnicas blancas.
Nuestra pequeña playa
ha quedado convertida en un bosque de pieles.
Cantamos.
Leemos los poemas escritos en invierno.
Pedimos bendiciones para los niños.
Al partir, por la mañana,
las plantas habrán comenzado a renacer.

Ostara

Todavía hace frío en Ostara.
Las playas aún no se llenan de estudiantes
y las casas de madera, grises, solitarias,
se ven tras las ramas de los árboles
sin que el follaje las oculte.
Pero la tierra ya se siente blanda y las promesas
cruzan el cielo como blancos pájaros de pan.
Nacen huevos bajo las piedras.
Los niños del coven piden deseos,
entregan nuestras semillas a la tierra blanda.


Beltane

Beltane es el tiempo de la luna loca.
La tierra, húmeda,
se llena de lascivas, rojizas mantarrayas,
y revienta en borbotones de gemidos.

Sus escamas funden la piel de la diosa
en el aceite blanco de su mediodía.
Gato que persigue su cola
y corre en círculos:
nunca tiene suficiente.
         Las espinas del mundo
se han vuelto blandos colmillos
y Primavera es un cerdo que hoza
entre las ingles de las hembras.
         En Beltane el sol se vierte líquido
y se adormece, dorado,
como un barniz de la noche desnuda.


Litha

En la tarde el cielo se mareó con sus cabellos verdes
comenzó a dar vueltas sobre el bosque
y finalmente cayó boca arriba.
Hubo un incendio en que sólo ardió lo viejo.
De cada hoja brotó luz.
         Es el reino de Litha, la Emperatriz.
El licor del bosque perfuma sus muslos
mientras la tierra prende
alegremente
sobre la tierra.


Lamas

El Rey Herido se ha cubierto de espigas,
porque el rubor de las mujeres desbordó las copas
y se regó en hojuelas de luz.
Por los cinco arroyos
corre el calostro de la tierra,
la leche gruesa de las primeras uvas.
         En Lamas celebramos al fuego,
que ha empezado a cocer los panes.


Mabon

Nunca, como en Mabon, es grande la fiesta.
Vienen amigos de todos lados,
aun los que no celebran o no saben.
Las guirnaldas de la tierra ciñen lo vivo
sin pedir tributos ni reverencia.
Los jugos de otoño
son para colmar todas las copas.
Mabon es el color ocre de la hojas viejas,
el oro de la sidra,
el rúbeo del cordero que humea en el banquete.
         Después de la fiesta,
los miembros de la casa
comenzarán a prepararse para el invierno.

         Otro ciclo.