miércoles, diciembre 12, 2018

La marca de Caín



Isabella, se llamaba la niña que vivía en la casa de la esquina, la de la puerta blanca y las ventanas siempre cerradas. Isabella Medina. Esa familia llevaba dos años de haberse mudado a nuestra cuadra y nadie les hablaba. Llegaron envueltos en el halo negro de una historia de nota roja: se decía que Isabella había matado a su hermanito. Nadie sabía bien a bien cómo lo hizo, pero nadie dudaba de que lo había hecho. Decían que lo asfixió jugando, al meterle la cabeza en una bolsa de plástico.
         Como quiera que fuera, chicos y grandes nos referíamos a ella como “la niña que mató a su hermanito”, y esa palabra, “mató”, se pronunciaba en voz baja, con supersticioso respeto. Por eso nadie le hablaba a Isabella. Ni a sus padres, como si ellos tuvieran la culpa de lo que había hecho la niña. Tal vez la tenían, por no cuidar a sus hijos. De todos modos no me interesan. La historia que quiero contar es la de Isabella.
         No le hablábamos, pero tampoco nos metíamos con ella, yo creo que por miedo. La marca de su crimen la protegía. Lo más agresivo que llegábamos a hacerle era cruzarnos a la otra banqueta si la veíamos venir. Una vez, uno de mis primos que estaba de visita me vio haciendo eso y me preguntó por qué. Le contesté en voz baja: “Esa niña mató a su hermanito. Es una asesina”.
         Tal vez se sentían perseguidos por su historia; o tal vez, simplemente, el señor encontró trabajo en otra ciudad. El caso es que los Medina se fueron. Volvimos a respirar tranquilos.
         Yo respiré tranquilo durante muchos años. Hasta que empezó el llanto. Sí, una noche, ya en mi cama, oí que alguien lloraba en la oscuridad de la habitación. De niño, nunca vi ni oí llorar a Isabella Medina, pero desde el primer instante estuve seguro, absolutamente seguro, de que era ella. Estaba ahí, en algún rincón donde yo no podía verla, llorando. Encendí la luz. Como era de esperarse, no vi nada. Pero el llanto siguió, invisible, como si ese aire encerrado, envejecido de tristeza, llorara.
         Volvió a la noche siguiente y a la siguiente. Me cambié de casa y se fue conmigo. Algunas noches, raras, he tenido la fortuna de dormir acompañado. Y sé que sólo yo oigo el llanto de Isabella. Le he preguntado qué quiere, si necesita oraciones o algo. Le he dicho en voz alta, al aire, que aunque no me corresponde a mí, la perdono por lo que hizo. No me contesta ni deja de venir en las noches a chillarme. ¿Por qué a mí? Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy oyéndola.

miércoles, diciembre 05, 2018

Fragmento de mi libro Operación Snake




¿Sabes, mi pequeña, que la Muerte es hermana del Sueño? Hypnos y Thanatos. Vas a ver cómo se parecen. Primero sentirás que te invade una oleada de calor; una exaltación nueva, deliciosa, nunca antes experimentada, excepto, tal vez, en ciertos instantes de fiebre. Sentirás que tus sentidos se agudizan: los colores se vuelven más brillantes y puedes oír hasta el silencioso caminar de las hormigas sobre los párpados de los muertos. Tu corazón empezará a palpitar más rápido, con latidos más audibles, y quizás eso te cause angustia, pero ni aun entonces debes tener miedo: el fin de todo sufrimiento estará cerca. Poco a poco, a medida que tu cuerpo se vaya vaciando de sangre, las emociones mundanas darán lugar a una dulce sensación de languidez, como cuando sientes que el sueño se apodera de ti y tratas de luchar contra él para no quedarte dormida, pero no puedes; tus párpados se vuelven pesados y tus músculos abandonan toda lucha, todo esfuerzo. Te parecerá que el mundo va quedando lejos y ya nada tiene importancia, que las cosas que antes te hacían daño ya no tienen poder sobre ti... y la sed que se lleva tu vida se va llevando también tus tristezas, tus deseos... conforme se nublan tus ojos, el aire gris se irá convirtiendo en una visión de luz y de libertad... y el miedo, si es que lo hubo, se tornará gratitud.

jueves, noviembre 08, 2018

Miscelánea Martínez (cuento de hadas neoliberal)


Juanita Martínez —ya lo sé: es el nombre más común que existe, pero así se llamaba— venía de una familia muy pobre, tan pobre que, cuando ella cumplió quince años, su madre rompió un cochinito de yeso y le dijo:
         —Estos son los ahorros que tu padre y yo hemos venido juntando para dártelos en este día. Vete con ellos a la capital y úsalos sabiamente para hacer tu fortuna.
         Juanita se puso a contar las monedas y vio que eran dos pesos: apenas y le alcanzaban para comprar un boleto de autobús de ida y vuelta. No más.
         —Padres míos, les ruego que a este regalo que generosamente me han hecho le añadan otro más valioso aún: el de su consejo. ¿Qué puedo hacer con este dinero? Si lo gasto en ir a la capital y regresar, no me quedará nada para buscar mi fortuna.
         Su padre, que era hombre visionario y práctico, le dijo:
         —Compra el boleto sólo de ida. Una vez en la ciudad, ve al mercado de La Merced y con el peso que te queda cómprate una canasta de pepitas. Te vas a venderlas a la Alameda y las das al doble de lo que te costaron. Cuando ya no te quede ninguna tendrás dos pesos. Con ese dinero regresas al mercado y te compras dos canastas de pepitas y haces lo mismo. Así, cuando terminen de venderse tendrás cuatro pesos. Con eso pones un puesto grande de pepitas. Cuando tengas diez pesos, puedes rentar un local y abrir una tienda de pepitas. Entonces podrás vender también otras cosas. Y si sigues comprando y vendiendo al doble de como compras, al poco tiempo tendrás dos tiendas. A una le vas a poner “Abarrotes Juanita” y a la otra “Miscelánea Martínez”. No vas a poder atender las dos. Así que vienes por nosotros, que vamos a estar aquí esperándote, y nos llevas para que te ayudemos con “Miscelánea Martínez” mientras tú atiendes “Abarrotes Juanita”.
         A la chica la entusiasmó mucho el consejo de su padre y más que nunca lo admiró por su gran sentido práctico y su experiencia del mundo. Se puso el mejor de sus dos vestidos, echó el otro en una caja de cartón de aceite Libertador, y echó a andar hacia la estación de autobuses.

Una vez en la capital, hizo tal como le había aconsejado su anciano padre: se dirigió al mercado de La Merced, compró una canasta de pepitas y se fue andando a la Alameda a venderlas. Como tenía una linda sonrisa y ojos coquetos, empezó a irle ben desde el principio. El problema fue que empezó a sentir hambre y sed y no tenía qué comer ni qué beber. Sus padres le habían enseñado que no era de personas limpias tomar agua de la llave, pero nunca habían ido más allá en sus advertencias. Así que muy tranquila levantó su canasta y echó a andar hacia la fuente más cercana, se sentó en la orilla, cerca de unas palomas que la observaban con curiosidad, metió al agua las manos en cazuelita y se bebió tres puñados de agua verde. Calmó así su sed, pero no su hambre. Tenía ya algo de dinero, gracias a sus ventas, pero no quería descompletarlo: si tomaba aunque fuera un centavo de ahí, ya no podría comprarse al día siguiente las dos canastas de pepitas que le había dicho su padre. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la sensación de hambre se volvía más y más apremiante.
         Al final, Juanita decidió comer... pepitas. Y comió y comió hasta que se sintió saciada. Para entonces ya empezaba a bajar el sol y la gente era cada vez menos. Juanita se preguntó adónde iría. En algún lugar tenía que pasar la noche y no iba a gastar sus ganancias en un cuarto de hotel, por barato que fuera. Cerca de La Merced había un dormitorio público, pero igual costaba dinero. Así que quedó fuera de consideración.
         Decidió irse a la estación de autobuses y dormirse sentada en alguna sala de espera, como lo hacían muchas personas que tenían salida a las cinco o seis de la mañana. Y así lo hizo. Los vigilantes de la estación no la molestaron porque, ¿quién se atrevería a molestar a una niña de quince años con una sonrisa tan llena de luz y unos ojos tan coquetos como los de Juanita Martínez?
         Al día siguiente volvió a La Merced por su mercancía para el día. Mas resultó que, como se había comido la mitad de las pepitas, sólo había podido vender la otra mitad. Tenía un peso, no dos como su sabio padre había calculado, y se enfadó consigo misma por ser tan mala mujer de negocios. No se desanimó. Compró una canasta de pepitas y se fue a venderlas a la Alameda. Y otra vez sucedió lo mismo: se comió la mitad y vendió la mitad. El hecho es que a, una semana de haber empezado, seguía teniendo una canasta de pepitas.
         —Así nunca voy a salir de pobre —se puso a llorar—. Nunca voy a tener dos tiendas, y mis padres me van a dar una paliza si no logro traerlos a la capital para que atiendan “Miscelánea Martínez”.
         Juanita decidió cambiar de sistema: en lugar de comerse la mitad de las pepitas, vendería todas y de ahí tomaría una pequeña parte para comprarse una torta de huevo, que eran las más baratas. Mas eso tampoco resultó. Probó con gansitos, pingüinos, churrumais, chamoys, alegrías, y en los puros experimentos se le fue el dinero sin darse cuenta. Un día llegó al mercado de La Merced con las manos casi vacías. No pudo comprarse más que un cucurucho de pepitas. Con éste se dirigió a Chapultepec, tan triste y tan distraída en sus pensamientos que no se fijó por dónde caminaba. Y sucedió que iba pasando un cargador con un montón de huacales de naranjas y le dio tal empujón que Juanita soltó las pepitas sobre un charco de agua sucia.
         —Ahora sí estoy frita —pensó—. Nunca voy a salir de pobre. Nunca voy a tener dos tiendas, y mis padres me van a dar una paliza si no logro traerlos a la capital para que atiendan “Miscelánea Martínez”.
         Ciertamente, no le quedaba para vender más que su sonrisa. Y siendo que en ese barrio había muchas jovencitas que vendían sonrisas, decidió ahorrarse la caminata hasta la Alameda y hacer lo mismo que ellas. Se paró en una esquina de la avenida Anillo de Circunvalación y probó con el primer transeúnte que vio pasar. Ya hemos dicho que Juanita tenía una sonrisa encantadora, además de unos ojos coquetos, así que no ha de ser extraño el que empezara a tener clientes. Personas tristes, fracasadas, que necesitaban un poco de simpatía para poder seguir adelante. Se detenían a mirarla, le ofrecían una moneda y al marcharse se llevaban en la memoria el calorcito de su sonrisa, sintiendo que por un momento habían dejado de ser tristes o fracasados.
         El negocio habría ido bien de no ser porque —como Juanita descubriría pronto— las muchachas que vendían sonrisas debían repartir sus ganancias con otras personas: los amables caballeros que las cuidaban, los honestos policías que vigilaban el orden en el barrio, las dulces matronas que mantenían vivo el negocio, etcétera. Total, que después de unos meses de estar en eso, Juanita Martínez se puso a hacer cuentas y comprendió que seguía muy lejos de hacer su fortuna.
         —Así nunca voy a salir de pobre —se puso a llorar otra vez—. Nunca voy a tener dos tiendas, y mis padres me van a dar una paliza si no logro traerlos a la capital para que atiendan “Miscelánea Martínez”.
         En esa crisis estaba cuando una tarde, ya casi a la puesta de sol, un pobre vagabundo se detuvo a contemplarla.
         —¿Quieres que te sonría? —le preguntó Juanita, enjugándose las lágrimas con los dedos.
         —Nada me haría más feliz que eso —le respondió el pobre hombre—. Pero no tengo ni una moneda. ¿Aceptarías sonreírme a cambio de mi chaqueta?
         Juanita lo observó con más atención. En verdad se veía pobre. Estaba todo sucio y su raída chaqueta de pana, seguro recogida de algún basurero, no era la excepción. Sin embargo se veía horriblemente triste y le dio mucha lástima. Y bueno, ya venía el invierno y ella no tenía con qué abrigarse. Así que le dijo:
         —Está bien —y le sonrió con la más luminosa, dulce y alegre de sus sonrisas.
         El hombre se quitó feliz su chaqueta, se la entregó y se fue silbando una canción de su juventud.

Esa noche, cuando ya se disponía a dormir en su silla de la estación de autobuses, Juanita se puso la chaqueta y metió las manos en los bolsillos. En el del lado derecho sintió una hoja de papel y la sacó. Vio que tenía algo escrito con tinta azul:
Envidiosa de mi fortuna, una malvada bruja del mercado de Sonora me hizo un encantamiento según el cual yo sería pobre y nadie volvería a sonreírme como no fuera por interés. Tú te compadeciste de mí, lograste desencantar al príncipe que soy al sonreírle a un miserable sólo a cambio de su chaqueta. Ahora podré casarme, ser feliz y disfrutar una vida de lujos. Te amo por tu gran corazón. Si te interesa ser mi princesa, llámame: 555-666-444.

Juanita no lo pensó dos veces. Fue a la estación del metro Merced a buscar un teléfono público y llamó al príncipe. Dos semanas después estaba casada con él, tuvieron hijos perfectos y fueron felices para siempre. Y sus padres también lo fueron, atendiendo una hermosa “Miscelánea Martínez”.

jueves, septiembre 06, 2018

Gestación


La solitaria no sabe cómo llegó a estar donde está. Ella se cree un fetito. Y, lógicamente, piensa que el hombre que la padece es su madre. En concordancia, se le antoja lo más normal demandar comida y no hacer nada ahí más que crecer y crecer.
         Su “mamá” tiene una versión distinta. Sabe que es un hombre y que está enfermo. Un médico se lo dijo y empezó a darle pastillas.
         “Abortivos”, piensa la solitaria, sintiéndose atacada. Pero es fuerte y resiste. El amor que sentía hacia su “mamá” se transforma en hirviente ira. Ya no quiere “nacer”. Teme que, si nace, tratarán de matarla en el exterior, como hicieron con algunos dioses. Ella no es un dios y no sabría defenderse, así que tiene miedo. Se da prisa en crecer para hacerse más resistente a los venenos del médico. En poco tiempo ya es tan grande que la comida ingerida por su “mamá” no le basta. Entonces empieza a morder lo que encuentra con sus dientes feroces de lobo diminuto.
         El bisturí del patólogo la trae al mundo. Ella llama a eso “cesárea”.
         Sin nalgada de por medio, su inocente llanto de recién nacida se deja oír entre las frías paredes de la morgue.