jueves, noviembre 28, 2019

Cantos para las fiestas paganas


Samhain

Celebramos en el lago a la orilla del otoño.
En Samhain (pronunciamos sow-onn)
honramos a nuestros antepasados
y a los que se han ido.
Decimos sus nombres en voz alta.
         Samhain:
La tierra se enfría
y las plantas se ocultan para el invierno.
Nunca como ahora es el velo tan delgado.
La esperanza es una hoja dorada que se desprende
de los cielos y cae en la mano, luminosa.


Yule

Guardamos vigilia ante un viejo tronco
junto a la playa. Sin luz, sin fuego.
Al derramarse el alba,
juramos en la corteza
los nombres de las cosas que deben morir.
Entregamos el tiempo al agua.
         Diciembre no es tan duro en esta tierra;
llevamos ropa de lana,
intercambiamos chamarras y gorros.
         Antes de irnos
lloramos mucho y nos abrazamos
mirando cómo el agua
se lleva el dolor.
         Yule es el nombre de la esperanza.


Candlemas

Otra vez de noche.
Mas ahora las velas iluminan el agua,
muchas, incontables velas, pues cada uno de nosotros
invitó a un amigo que invitó a otro amigo.
Venimos vestidos con túnicas blancas.
Nuestra pequeña playa
ha quedado convertida en un bosque de pieles.
Cantamos.
Leemos los poemas escritos en invierno.
Pedimos bendiciones para los niños.
Al partir, por la mañana,
las plantas habrán comenzado a renacer.

Ostara

Todavía hace frío en Ostara.
Las playas aún no se llenan de estudiantes
y las casas de madera, grises, solitarias,
se ven tras las ramas de los árboles
sin que el follaje las oculte.
Pero la tierra ya se siente blanda y las promesas
cruzan el cielo como blancos pájaros de pan.
Nacen huevos bajo las piedras.
Los niños del coven piden deseos,
entregan nuestras semillas a la tierra blanda.


Beltane

Beltane es el tiempo de la luna loca.
La tierra, húmeda,
se llena de lascivas, rojizas mantarrayas,
y revienta en borbotones de gemidos.

Sus escamas funden la piel de la diosa
en el aceite blanco de su mediodía.
Gato que persigue su cola
y corre en círculos:
nunca tiene suficiente.
         Las espinas del mundo
se han vuelto blandos colmillos
y Primavera es un cerdo que hoza
entre las ingles de las hembras.
         En Beltane el sol se vierte líquido
y se adormece, dorado,
como un barniz de la noche desnuda.


Litha

En la tarde el cielo se mareó con sus cabellos verdes
comenzó a dar vueltas sobre el bosque
y finalmente cayó boca arriba.
Hubo un incendio en que sólo ardió lo viejo.
De cada hoja brotó luz.
         Es el reino de Litha, la Emperatriz.
El licor del bosque perfuma sus muslos
mientras la tierra prende
alegremente
sobre la tierra.


Lamas

El Rey Herido se ha cubierto de espigas,
porque el rubor de las mujeres desbordó las copas
y se regó en hojuelas de luz.
Por los cinco arroyos
corre el calostro de la tierra,
la leche gruesa de las primeras uvas.
         En Lamas celebramos al fuego,
que ha empezado a cocer los panes.


Mabon

Nunca, como en Mabon, es grande la fiesta.
Vienen amigos de todos lados,
aun los que no celebran o no saben.
Las guirnaldas de la tierra ciñen lo vivo
sin pedir tributos ni reverencia.
Los jugos de otoño
son para colmar todas las copas.
Mabon es el color ocre de la hojas viejas,
el oro de la sidra,
el rúbeo del cordero que humea en el banquete.
         Después de la fiesta,
los miembros de la casa
comenzarán a prepararse para el invierno.

         Otro ciclo.

miércoles, noviembre 27, 2019

El Dream Team


Hacía un buen rato que todos habíamos terminado de comer, pero como a mí me tocaban los trastes, me quedé en la cocina. Terminé de lavar, sequé todo, guardé todo y volví a la mesa a comer galletas; era mi postre y era una mínima recompensa por mi trabajo. De pronto sentí raro que hubiera tanto silencio y me vino el presentimiento: el abuelo. Me levanté como resorte y fui a la sala en busca de mi mamá, quien estaba viendo la televisión en el sofá:
         —¿Y el abuelo?
         —¡Mi papá! —exclamó ella, y se levantó también.
         Fuimos juntos a la habitación del viejo. Efectivamente, había escapado una vez más. Siempre se las arreglaba: a veces se brincaba por la ventana, a veces hurtaba las llaves de alguien o esperaba a que nos descuidáramos y dejáramos la puerta sin cerrojo... sus estratagemas eran diversas. Lo que no cambiaba eran las consecuencias. El abuelo estaba pirado, loco, borderline. De verdad. Tenía una necesidad compulsiva de demostrar que era más listo que todas las demás personas. Por eso le daba por escapar cuando había tenido una pelea con mi madre o con alguno de nosotros, o cuando sentía que de alguna manera habíamos vulnerado su autoestima. Así nos lo dijo el doctor: era su manera de castigarnos. Se salía a la calle, tomaba el tranvía y se iba a robar a las tiendas. Sabía hacerlo y en general lograba burlar vigilantes, espejos, sensores y circuitos cerrados. Llegaba a la casa con su bolsa llena de porquerías: dulces, pantimedias, latas de atún, cremas faciales, velas perfumadas... pero cuando en verdad quería castigarnos, dejaba que lo cacharan. Y entonces sí: venían los problemas. Llamaba por teléfono —o hacía que llamaran los empleados de la tienda— para que fuéramos a rescatarlo. Y ahí íbamos, a veces mi pobre madre y yo. Hablábamos con el empleado, le explicábamos que el viejo estaba mal de la cabeza, nos disculpábamos y pagábamos o devolvíamos lo robado. Algunas personas eran amables y no llevaban el problema a mayores. Hasta les caía en gracia lo del viejito cleptómano. Pero otros se engorilaban y empezaban a amenazar con que iban a llamar a la policía y sólo se calmaban si pagábamos el triple de lo que costaba la mercancía robada. No siempre era posible, claro. Entonces había que pelear. Pero hasta eso, el abuelo era considerado: entraba a tiendas baratas y se birlaba sólo cosas baratas; nunca se metió a una joyería, por ejemplo, aunque yo sé que tenía esa fantasía.
         Pues otra vez se había metido en líos. O estaba por hacerlo. Le marqué al celular, resignado. Desde la mesa de la cocina empezó a sonar, inmediatamente, su canción favorita: We are the Champions. Genial: no se lo llevó.
         —Ya vendrá —le dije a mi madre, que me miraba con su eterna cara de preocupación.
         —Tu hermano va a llegar tarde —me contestó—. Fue a hacer un trabajo en equipo.
         —Pues yo no voy a ir a buscar a mi abuelo. No tengo idea de dónde esté.
         Mi madre se me quedó viendo ya sin decir nada, con los ojos vidriosos de angustia.  Pero no quise dejar que me manipulara.
         —Siempre agarra un camino distinto —le expliqué.
         Empezó a estrujarse las manos.
         No le hice caso. Regresé a la cocina a servirme un vaso de agua de tamarindo. Le eché hielos y me lo subí a mi cuarto. Me eché en la cama a oír música, a ver si me quedaba dormido y cuando despertara ya no me dolía la cabeza. Pero de pronto sentí que mi madre me estaba observando desde la puerta. Volteé. No había nadie ahí: la puerta estaba cerrada. Era el resultado de dieciséis años de condicionamiento moral familiar. Sencillamente no podía librarme de él. Me levanté y volví a la sala, donde mi madre no había dejado de retorcerse las manos. Tomé mi sudadera, que había dejado aventada en el respaldo del sofá.
         —Dame dinero, pues.
         Con más angustia que si yo hubiera seguido negándome, me entregó un billete que ya tenía preparado —así de bien me conoce— y todavía tuvo la desfachatez de encargarme que no me tardara.

Una vez en la calle, la pregunta era: ¿derecha o izquierda? Por la izquierda se iba al mercado, al cine El Ángel Azul y a la estación del tren: tiendas que iban de medio pelo a más o menos; por la derecha, al centro y a los portales y luego a la plaza comercial y al parque. Tomé este camino.
         En la primera cuadra había una tienda de deportes, una de regalos y una tabaquería. Ni siquiera me asomé: ésa no era la línea de mi abuelo. A partir de la segunda cuadra empecé a mirar adentro: libros, música y DVDs, perfumes, papelería, lencería, arreglos florales... Ni sus luces. También por ahí estaba la pastelería El Tiempo Perdido, así que pasé a comprarme una magdalena aprovechando que llevaba dinero. Me atendió la hija de la dueña, una chica de lentes que me gusta y a quien pienso invitar a salir un día de éstos, cuando su madre no esté ahí cuidándome los ojos.
         Me fui comiendo en el camino y me alegré un poco con eso. Luego vi a otra muchacha que me pareció interesante: tenía aspecto de vaga, pero una cara linda, entre melancólica y agresiva, algo así. Estaba parada ante el aparador de una zapatería, comentando con un chico de pelo largo que parecía niña.
         Llegué a Plaza Marsh —nuestro flamante centro comercial con dos plantas completas de como veinte tiendas cada una y cuatro salas de cine—. Recorrí el primer pasillo, luego el segundo y ahí... ahí lo encontré. Estaba en una tienda de ropa para caballeros y de inmediato vi cuál era el objetivo de la presente misión: las corbatas. No era mala idea: una corbata ocupa poco espacio, no pesa, se oculta fácilmente. El viejo hacía como que las miraba con ojos de conocedor sin poder decidirse entre una roja con lunares blancos y una azul con rayas diagonales verdes y amarillas. Conozco los métodos de mi abuelo: la que pensaba llevarse no era ninguna de esas dos; ésa ya la tenía en el bolsillo del saco. Ahora tomaría una chamarra cualquiera y se la llevaría al probador; una vez ahí le quitaría el clip magnético a la corbata con una herramienta especial que había diseñado él mismo... y ya estaba.
         Sin embargo, fuera porque ya lo conocían ahí o porque su actitud resultara sospechosa, una de las empleadas no dejaba de vigilarlo disimuladamente. Él seguro se había dado cuenta: tiene el mismo sexto sentido de las muchachas bonitas, que les advierte enseguida cuando alguien las está mirando. Como quiera, peligraba la misión. Y yo no tenía el mínimo interés en volver a caer en una de esas situaciones humillantes en que hay que entrar al rescate, explicar, disculparse, pagar, sonreír vergonzosamente... se me ocurrió hacer lo que nunca había hecho. Caminé directamente hacia la señorita, quien no le quitaba los ojos de encima al viejo y le pregunté si tenía calcetines negros. Me llevó al fondo de la tienda y ahí se puso a mostrarme distintos modelos, que yo miraba indeciso. Finalmente le di las gracias y me fui a mirar las chamarras. El abuelo iba saliendo.
         Por supuesto, me esperaba afuera.
         —¡Estuvimos geniales! —me dijo con un entusiasmo ridículamente infantil. Y sacó de su bolsillo, no una sino dos corbatas.
         —Escoge la que quieras —me dijo—. Es tu parte del botín.
         Acepté, más por diversión y por ahorrar palabras que por otra cosa, y tomé la más bonita de las dos corbatas: una amarilla con dibujos de los Simpson. Nos fuimos a casa en silencio, el abuelo caminando detrás de mí como perrito satisfecho de su paseo. Le dije a mi mamá que no había pasado nada, que había interceptado a su señor padre antes de que pudiera hacer una travesura, y le devolví su dinero, menos lo de la magdalena. Ella no preguntó más y el resto de la tarde transcurrió en paz.
         Sin embargo, en la noche, cuando ya era yo el único que seguía despierto y estaba en la computadora checando el Face, el viejo se acercó a mí sigilosamente y me dijo en voz baja:
         —Oye, la operación de hoy estuvo de veras genial. ¿Qué te parece si nos hacemos socios? Vamos a michas.
         Aparté la vista de la pantalla y me le quedé viendo.
         —Ándale —insistió—. Haríamos algunas operaciones facilitas, de entrenamiento, y luego nos vamos a la joyería Gina, ¿qué te parece? Ya la tengo bien estudiada. Todo el plan hecho.
         No pude evitar sonreír. La idea no era tan descabellada. Tal vez el abuelo estaba pirado, pero en eso de robar cosas tenía su talento.
         —¿Lo puedo pensar? —le pregunté, con miedo de sonar como niña en su primer noviazgo.
         —Piénsalo de aquí a mañana. ¡Rayos! Vas a ver que no te arrepientes. Haremos el dream team y luego hasta podemos especializarnos en obras de arte o algo así de picudo —con esto dio por terminado su discurso de convencimiento y se retiró a su cuarto con cara de ensoñación.
         Yo me quedé un rato más en la computadora y, por supuesto, pensando en la propuesta. Sí, sonaba tentador, pero había cosas que me daban mala espina. Por eso le dije que necesitaba pensarlo, no por hacerme el interesante. Me fui a dormir con la pregunta en la mente y al otro día la traje conmigo todo el tiempo como un zumbido en los oídos.
         El abuelo no me buscó ni intentó salirse a la calle ni hizo nada loco. Se la pasó oyendo música: sus viejos discos de Emerson, Lake & Palmer. Cómo no iba a estar tranquilo. ¿Qué podía perder? Si nos caían en algo gordo, él de todas maneras ya estaba viejo: había vivido todo lo que tenía que vivir. No pasaría muchos años en la cárcel de cualquier manera. Y a la mejor hasta le rebajaban la condena en atención a su avanzada edad. En cambio yo... el reformatorio, el estigma de la sociedad, la pena para mis padres. Ahora que, ¿y si hacíamos nada más lo de la joyería y que ahí muriera? Con lo que sacáramos se resolverían las necesidades más inmediatas de la familia. Mi papá podría pagarle al banco, mi mamá ya no tendría que trabajar tanto, por lo menos unos meses... yo me compraría una MacAir y unos Converse... Pero, ¿cómo le haríamos para vender las cosas? Habría que esperar a que se enfriaran, como decían en las películas, y mientras tanto no podríamos dormir en paz ni una sola noche. Y seguro el abuelo querría hacer otros robos. Podría chantajearme si yo no aceptaba; ahora tendría con qué.
         Mi ángel bueno y mi ángel malo siguieron peleándose así todo el día, sin que ninguno de los dos pudiera llegar a una victoria clara.
         Finalmente, en la noche, llegó el momento que temía: el abuelo vino a verme a la computadora. Lo sentí acercarse desde mucho antes que llegara. Y bueno, no tenía yo ninguna respuesta para él, no había podido llegar a nada. Pero él no me preguntó.
         —No sé qué hayas pensado —me dijo—, pero creo que yo me rajo.
         Sonreí con desencanto a pesar de todo.
         —¿Ya no me vas a invitar a tu dream team? —le pregunté.
         —Ya no habrá tal cosa. Me retiro. A partir de hoy soy un hombre nuevo. No más sobresaltos, no más humillaciones ni vergüenzas para la familia.
         —¿Es en serio, abuelo?
         —Completamente.
         —¿Y crees que te lo va a creer mi mamá?
         —Me creerá porque nunca antes se lo había prometido. Y nunca le he dejado sin cumplir una promesa. Pues qué te crees: soy ratero, pero honorable.
         Sentí que un gran peso desaparecía de mis espaldas. Adiós ayuda para mis padres, adiós MacAir, adiós autoestima, adiós todo. Pero qué geníal sería ya no tener que vigilar al abuelo, ya no ver a mi madre tronándose los dedos de preocupación; eso sería en sí una gran ayuda para ella.  Cuando me convencí de que el viejo hablaba en serio, de que no me iba a salir con una broma tonta, me vino la idea de volteársela:
         —¿Le vas a sacar entonces? Yo ya estaba listo, jefe. Hasta la mochila tenía preparada.
         —Ya te dije.
         —Para eso me gustabas, sacatón.
         Y así lo seguí jorobando, no sólo unos días, sino todos los meses que le quedaban de vida. Porque, ciertamente, el abuelo cumplió su promesa y no volvió a dar lata. Pero tampoco volvió a vérsele en los ojos el brillo de antes, de cuando lograba escapar a nuestra vigilancia y salirse a robar a las tiendas. Sin esa emoción, lo poco que le quedaba de vitalidad se resecó como un charco al sol.
         Le daría gusto saber que en su funeral, a pesar del regaño de mi madre y las miradas criticonas de muchos de los asistentes, usé la corbata de los Simpson que fue lo primero y lo último que robamos juntos.

martes, noviembre 19, 2019

Operación Snake (fragmento)




Una voz femenina, infantil, inmensamente triste y lánguida... es como un ulular, como la voz de una niña que cantara antes de morir, despidiéndose de la vida... como se imagina uno que han de cantar los fantasmas que no tienen paz. Pero casi no se oye: no es un canto realmente; es como un sollozo sofocado por la neblina... viene del hueco de una de esas puertas de madera podrida tapiadas por la hiedra.
         No puede ser un borracho ni un vagabundo, desde luego. Con todo y que hay algo en ese ulular que me hiela la sangre, me acerco. Sorpresa: es Yara. Está ahí acurrucada, hecha un ovillo como un perro sin casa: una sombra entre las sombras. Apenas y la reconozco. Pero ella ya me ha visto porque no se sobresalta cuando la toco, todavía dudando de si será quien yo creo.
         —Hola —me dice, suspendiendo su canto.
         —Hola —si fuera supersticioso, me habría dado miedo de que Yara ya hubiera muerto y eso no fuera ella sino su fantasma. Porque además se siente helada.
         —¿Qué andas haciendo por acá, niño?
         En lugar de responderle, le pregunto:
         —¿Ya estás bien? —y le toco la frente para ver si no tiene fiebre. Pero no, al contrario: está fría como un metal. Y húmeda por el rocío de la noche.
         —Yo nunca voy a estar bien, Horacio.

domingo, noviembre 10, 2019

Amorosa manipulación. La familia en la literatura infantil



De todos los géneros, la literatura infantil es el más conservador, el más leal a los valores de la ideología dominante, el más reacio a cambiar y a registrar los cambios. Ni la novela policíaca ni la fantástica ni la histórica ni la erótica son tan tradicionalistas. Esto es probablemente porque los libros para niños están destinados en primer lugar a complacer a los adultos. No llegan a las manos de los niños si antes no son filtrados por editores, docentes y administradores de la educación, padres de familia, promotores y mediadores de lectura, etcétera. Así funciona el sistema de la literatura infantil y juvenil. El autor escribe lo que piden los editores; los editores publican lo que aprueban los programas oficiales o por lo menos los padres y los maestros; los padres compran lo que ofrecen los editores y de todos modos vuelven a filtrarlo... Al final de todo este tira y afloja, ¿dónde queda el margen de elección de los niños?
         Esta alianza codependiente que forman editores, educadores y padres de familia, en virtud del mismo andamiaje ideológico que le da una posición privilegiada, ha dado lugar a un núcleo muy unido que forma el segmento más conservador de la sociedad mexicana y de los países occidentales en general. Sus guardianes son los que hablan de valores, de tradiciones, de inculcar, de mejorar... esos conceptos que rarísima vez o nunca se observan en los libros de otros subgéneros narrativos. La literatura infantil es así un espejo donde los niños se ven no como son sino como, según sus educadores, son. O deben ser. O donde se ve lo mal que les va a quienes, por su voluntad o por las injusticias de la vida, no pueden ser parte del maravilloso mundo de los valores tradicionales: huérfanos, vagabundos, fugitivos, disfuncionales, etcétera. A final de cuentas, el concepto de niñez es una construcción de los adultos que sirve en primer lugar a los adultos. Al relacionarse con los niños a través de los libros, el adulto pretende dirigir su desarrollo mental y moral. Pero además mira hacia el pasado, hacia un tiempo personal o histórico que ha idealizado para poder entender las determinaciones de su propia vida.  Y en toda esta construcción, el mito de la familia es el pilar central.
         Esto es así en toda la literatura infantil del mundo occidental y hasta donde alcanzan a llegar los libros. Y aquí hay que ver que la literatura infantil y juvenil mexicana, mucho más que la de los otros géneros, se ha venido construyendo sobre los grandes modelos europeos y norteamericanos. Lo curioso es que, al imitar esos modelos, nuestra producción literaria ha pasado por alto las peculiaridades de la visión mexicana del mundo. Empecemos con que, a partir del siglo XIX, hay un gran énfasis en educar al lector infantil en la idea de que la vida ideal, la vida que espera al héroe como recompensa a sus esfuerzos, es la vida en familia. Claro que esto viene desde La Odisea, pero en la cosmovisión decimonónica alcanzó su cristalización ideológica. El hecho es que prácticamente no hay ningún libro donde el final feliz no incluya un reencuentro con la familia o su fundación. Y en todas estas obras, la familia ideal es la familia nuclear: padre, madre e hijos. Pero resulta que, entre los países del hemisferio occidental, quizá no hay ninguno más propenso a las familias transnormativas que México. Puede ser herencia indígena, puede ser tradición criolla, puede ser una estrategia de supervivencia propia de las comunidades en situación de pobreza. El hecho es que lo que la mayoría de los mexicanos identifica como su familia suele salirse por mucho del molde europeo: a menudo no incluye al padre y en cambio incluye abuelita (con menos frecuencia, abuelito), tías, tíos y a veces hasta personas sin conexión biológica que simplemente se allegaron a la casa. El gran número de casos de madres solteras y la necesidad de ayuda extra en el cuidado de los niños también explica el que, en muchos hogares, la constelación familiar no siga el molde tradicional de padre, madre e hijos.
         Las familias mexicanas no funcionan como las europeas. Bueno, la verdad es que las familias europeas tampoco funcionan ya como la literatura infantil europea dice que funcionan. La literatura infantil, aun en sus expresiones “realistas”, debería leerse como un subgénero de la literatura fantástica. Ciertamente, en su libro The Family in Question: Changing Households and Familiar Ideologies (1985), Dianna Gittins considera que una de las causas de la crisis de la institución familiar –crisis que estamos viviendo hoy en día– es la brecha entre realidad e ideología. Por su parte, John Gillis explica que, cuando pensamos en términos de tradición, “proyectamos una imagen estática de la familia sobre un tiempo y un espacio pasados, e inmediatamente empezamos a describir el cambio en términos de decadencia pérdida”. (Thiel, 2)
         En el caso de México, hay que ver que la mayoría de los autores que hoy, en 2019, estamos escribiendo literatura infantil, nacimos entre finales de los años 50 y finales de los 70. ¿Cómo se formó la cultura de esta generación? En primer lugar, muchos de nosotros venimos de familias más o menos conservadoras. Probablemente, por lo menos en una de esas casas había un cuadro de la Sagrada Familia (no en la mía). Fue la generación de la televisión como centro de la vida familiar, con el montón de películas, telenovelas y comerciales que enfatizaban la visión de la familia de la clase media; incluso teníamos “programas familiares”, como En familia con Chabelo, que empezó a transmitir en 1967. Los anuncios comerciales apelaban a estos valores, al igual que la propaganda gubernamental: “Posdata: Viva la familia”. Las telenovelas tenían finales felices en donde al final de una serie de intrigas prevalecía el amor y había un matrimonio; es decir, la fundación de una nueva familia. El Canal 4 ofrecía películas ya viejas, pero que seguían desarrollando dramas lacrimógenos a partir de esta visión, como Cuando los hijos se van o la saga completa de Pepe El Toro, donde la causa de todo el infortunio de los protagonistas es que una transgresión moral dejó la familia incompleta, sin su raíz más grande, que es la madre.
         Y sí, entre las distintas posibilidades de tener una familia incompleta, la más terrible en la visión mexicana del mundo, es la de la familia sin madre. Una familia sin padre carece de un sostén sólido, pero puede salir adelante; una familia sin madre, sencillamente no es familia, es una manada rota, carente de cohesión, emocionalmente paralítica.
         ¿Qué leía en la infancia esta generación? Aún no existía en México una industria editorial dedicada a la literatura infantil, así que las opciones eran limitadas. Bueno, no tan limitadas, pero sí diferentes. Leíamos a los clásicos juveniles como Alejandro Dumas, Louisa May Alcott, Edmundo de Amicis, Charles Dickens, Julio Verne o Emilio Salgari, aunque la mayoría de los niños debía conformarse con los cuentos ofrecidos por los libros de texto de la primaria. O bien leíamos historietas ilustradas, que al final contribuían al condicionamiento ideológico, como La familia Burrón.  Además –cosa muy importante que se ha estudiado poco–, la educación literaria de esa generación estuvo muy influida por la costumbre de aprender poemas de memoria para recitarlos en los festivales escolares. Y ninguno de esos poemas se consideraría apropiado para la edad según los estándares de hoy en día. Sin embargo, funcionaban muy bien para reforzar en esos niños –que hoy escribimos para otros niños– los valores familiares. Por supuesto, los poemas a la madre eran ya en sí el género más popular. Pero además había largos poemas narrativos que ilustraban lacrimosamente las miserias de la orfandad, como “Mamá, soy Paquito”, de Salvador Díaz Mirón, o “Por qué me quité del vicio”, de Carlos Rivas Larrauri, y otros que advertían a las niñas contra los peligros de cometer un error moral y acabar privadas de la honorabilidad de la familia: “Cómo me dan pena las abandonadas”, de Julio Sesto. Y así había muchos otros en el mismo tono, incluidos en los célebres Tesoro del declamador universal El libro de oro del declamador, compilados por Homero de Portugal.
         El ideal de la familia no es una inocente fantasía idealista, sino un sistema ideológico en cuya raíz se encuentran temas de poder y control. En caso de que esto no fuera evidente, puede comprenderse con la lectura de los estudios de Michel Foucault sobre el poder, en particular su libro Vigilar y castigar: El nacimiento de la prisión (1975). La distinción que plantea el autor entre poder disciplinario y poder soberano resulta útil para explicar por qué persistimos –y se nos conmina a persisitir– creyendo en el ideal de la familia y alentándolo en nuestros lectores. En la sociedad premoderna, el poder soberano, como el nombre lo sugiere, depositaba todo el poder en una figura, generalmente masculina, como el rey, el sacerdote o el padre, a nivel microscósmico. A nivel macrocósmico, el sistema era un reflejo del orden divino en el cual la cabeza era Dios. El poder había sido distribuido por decreto divino y daba lugar a un sistema de control visible tanto en el gobierno de la nación como en el de instituciones más pequeñas, como la familia. Cada casa era un microcosmos del reino macrocósmico, y esto resultaba crucial para mantener el control de la población.
         En cambio, siguiendo con Foucault, el poder disciplinario se ejerce sobre el individuo a fin de producir un sujeto obediente. Funciona a través de la ideología: conceptos, valores, reglas, moral y todos los mecanismos que permiten la coexistencia pacífica entre masas de individuos; se presenta como “normal” y “natural” porque el individuo interioriza la ideología que lo produce. Pero las ideologías que circulan en la sociedad tienen un efecto de control: son parte de un sistema de poder que ha infiltrado la totalidad de la sociedad. (Foucault, 110)
         Aterrizando esto en el estudio de la literatura infantil y juvenil, uno de los medios más poderosos para hacer que el niño interiorice la ideología es la lectura. Con las inocentes historias que el padre, la madre o la abuelita le leen antes de dormir, no lo están acompañando, lo están adoctrinando. Se trata de un círculo cerrado: la literatura infantil disciplina al niño en el ideal de la familia, y la familia es el primer espacio donde el niño se sumerge en la ideología. Es la primera institución disciplinaria. De acuerdo con Ann Alston, la ideología de la familia es en sí misma un sistema disciplinario y como tal es impuesta y, en gran medida, autoimpuesta. La familia se mantiene como el espacio central del poder. Emitimos nuestros juicios desde la perspectiva de los valores introyectados y continuamos los rituales familiares como si nos sintiéramos observados, comparando nuestra familia con otras tanto reales como imaginarias. De modo que el hogar es un espacio de supervisión en la misma medida que lo son las escuelas, los hospitales y las prisiones. (Alston, 10)
         En la literatura infantil, el niño ve ilustrados aquellos conceptos que posibilitan su incorporación al mundo de los valores adultos: la familia, el hogar, su propia infancia como estado paradisíaco, su vulnerabilidad como estado de inocencia. Estos conceptos son centrales a las obras literarias que se le prescriben, pero no tienen sus raíces en otras obras del mismo género, sino en la gran literatura y en el desarrollo mismo de la cultura occidental. Ciertamente, el ideal de la infancia, que instauró la imagen del niño como intrínsecamente inocente, tiene sus raíces en las obras de William Wordsworth y Jean Jaques Rousseau. De acuerdo con el dogma cristiano, a causa del pecado original, el ser humano nace como un ser caído cuya aspiración será alcanzar la redención a través de la Gracia, que se alcanza durante el proceso de socialización. De acuerdo con Wordsworth y Rousseau es al contrario: el ser humano nace puro, “arrastrando nubes de gloria” (Wordsworth), pero el proceso de socialización destruirá su inocencia convirtiéndolo en un ser caído. Entonces el adulto es siempre un ser que ha perdido algo, que tiene menos de lo que tenía cuando era niño. Un ser espiritualmente inferior, espiritualmente mutilado, caído. Y esta pérdida, como en el mito de Adán y Eva, es resultado de la adquisición de un conocimiento: el conocimiento de la vida adulta y en particular de la vida sexual. Sólo hay que ver el celo con que muchos adultos en México hablan de “quitarles la inocencia” o incluso “robarles la infancia” a los niños cuando se les expone al conocimiento de la realidad sexual. El adulto ha perdido su pureza y jamás podrá recuperarla. Lo único que puede hacer –y debe hacer– es proteger la inocencia de quienes todavía son niños y dirigir su desarrollo moral de modo que la pérdida sea mínima y al final quede resarcida por una reorientación hacia “el buen camino”. Es cosa cotidiana en México ver cómo las madres y los padres lloran en la fiesta de XV años de su hija –que ya perdió la inocencia de la infancia y ahora deberá defender los valores inculcados por su familia para convertirse en “una mujer de bien”– y luego cómo esos mismos padres y madres declaran, en la boda de la hija o el hijo que ya está cumplida su misión. Todos los caminos llevan a Roma, y Roma es la fundación de la familia. Y entre todos los instrumentos que ayudan a introyectar este ideal en la mente infantil y garantizar así la continuidad del modelo, no hay ninguno más poderoso que la literatura y sus manifestaciones audiovisuales: películas, telenovelas, series, etcétera.
         No importa si todo el mundo sabe que la familia puede ser un espacio hostil. No han sido pocos los autores –Charles Dickens a la cabeza– que mostraron en sus obras el otro lado de la realidad: que el sacrosanto hogar puede ser un espacio de violencia y sufrimiento. Por otra parte, veamos que hay muy pocos matrimonios felices en las novelas de Jane Austen y, aún así, las bodas son lo que da el final feliz en todas ellas. Nada de esto importa. La literatura infantil y juvenil está aquí para seguir adorando a la familia y, si llega a mostrarse que ésta puede ser un espacio sofocante, sórdido o agresivo, especialmente si es transnormativa, es sólo para hacer brillar aún más, por contraste, a la familia ideal. Un ejemplo entre muchos: en Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl, Charlie Bucket gana al final la fábrica de chocolate, pero resulta que Willy Wonka tiene algo aún mejor: una familia. La felicidad verdadera –nos dice insistentemente la literatura infantil y juvenil– es imposible sin el amor y el apoyo de la familia.
         Incluso las historias de aventuras tienen el propósito de disciplinar al lector en estas ideas. De acuerdo con Elizabeth Thiel, en las historias de aventuras, los chicos se “liberan” del medio familiar sólo para reproducirlo. La gran aventura empieza con la chica o el chico yendo solo hacia el mundo, sin la supervisión de los adultos, y toda la historia será una prueba de qué tanto es capaz de comportarse como adulto; es decir, qué tanto ha sido capaz de introyectar y reproducir el modelo familiar. Hablamos de reproducir los roles de género de los padres: proporcionar alimento, establecer rutinas, asumir y distribuir responsabilidades. La aventura infantil es entonces no un escape sino un ensayo. (Thiel, 165)
         ¿No hay escapatoria entonces? Parecería que sí. Por ejemplo, en Peter Pan, de J.M. Barrie, el protagonista, un chico que logró romper para siempre el cerco del mundo adulto, se lleva a los tres niños de la familia Darling a pasar unas maravillosas vacaciones de aventura en un mundo no supervisado: la tierra de Nunca Jamás. Peter Pan parece ciertamente ser un texto revolucionario que cuestiona la ideología de la familia; sin embargo se adhiere a muchas convenciones e ideales tradicionales. En la tierra de Nunca Jamás, los chicos se encuentra separados de sus padres, buscando aventuras. No obstante, como observa Alston, su estilo de vida se halla basado en estructuras adultas. El hogar de los Darling se presenta bajo una luz cómica: el señor Darling es débil, pomposo y tonto, mientras que la nana de los niños, descrita como práctica y sensata, es una perra San Bernardo. A pesar de toda esta ambigüedad y aparente cuestionamiento de la familia, el narrador promete que “todo saldrá bien al final” (Barrie, 8). Y, efectivamente, al final los niños regresan a casa. Los padres pueden ser tontos, inseguros e indignos de confianza, pero siguen siendo amorosos y por eso, al final, Wendy, John y Michael reciben su abrazo incondicional. Peter seguirá siendo inmortal, tal vez libre, pero siempre volverá en busca de alguna Wendy que quiera ser su mamá por un tiempo. La novela recuerda a los lectores adultos e infantiles que todos los niños necesitan una madre y desean una familia. (Alston, 43-44) No es una regla absoluta que todo niño varón deba prepararse para ser padre, pero sí lo es que toda niña tendrá que ser madre de una u otra forma.
         Continuando con Alston, a las heroínas se les permite soñar y a veces hasta tienen la libertad de experimentar temporalmente una vida más independiente, pero luego se ven arrastradas de regreso al mundo de lo doméstico y eso –se nos dice– es un final feliz. En Peter Pan, Wendy tiene la oportunidad de elegir y escapar del mundo doméstico y lanzarse a la aventura, pero de todos modos hace lo que “le toca”: cocinar, limpiar y cuidar a Peter y a los niños. Al final no importa qué vida escoja, si regresa a casa o se queda en Nunca Jamás; de todas maneras acabará desempeñando su papel de madre. De igual manera, en Mujercitas, de Louisa May Alcott, Jo se va de viaje, pero regresa a lo doméstico; Ana de las Tejas Verdes, de L.M. Montgomery, tiene la oportunidad de irse a estudiar, pero se queda para cuidar a Marilla. La heroína infantil está destinada a convertirse en madre. (Alston, 44)
         Podría decirse que estos ejemplos vienen de muy atrás. Pues veamos uno más cercano a nosotros: Las crónicas de Narnia. Y veamos uno todavía más cercano, perfectamente contemporáneo: la saga de Harry Potter.
         En Narnia, los niños se ven separados de sus padres. Hay cuatro: dos niños y dos niñas. El mayor es varón y, por lo tanto, es el líder. La que sigue es una chica: le toca ser la madre sustituta. Narnia promueve la ideología familiar convencional. Es sobre la lucha entre el Bien y el Mal. El Mal se encuentra personificado por la Bruja Blanca, cuya condición maligna se ve en términos de antifamilia: no tiene esposo ni hijos y rechaza lo doméstico. En contraste, los personajes buenos –el señor Tumnus y los Beaver– se hallan rodeados de familia y referentes domésticos. En Narnia, el Bien se representa en términos de familia, hogar y comida. Aslan podrá tener un papel mesiánico, pero lo importante es que la familia y su unidad es lo que al final vence al reino del Mal de la Bruja Blanca. (Alston, 56)
         En Harry Potter, al final de la saga, la familia natural de Harry demuestra ser más poderosa y confiable que la familia transnormativa conformada por los tíos. La madre del protagonista, Lily, es el epítome de la figura femenina que se sacrifica para salvar a su hijo. La moraleja final es que el amor maternal y la familia natural son el poder más grande sobre la tierra, más grande que las fuerzas oscuras, más grande que la magia misma. Tristemente, en la raíz de esta diferencia hay una diferencia de clase. En efecto, como bien señala Alston, para el niño de clase media, la familia transnormativa se representa como inferior a la unidad de la familia “natural”. En cambio –y hay que ver aquí el clasismo casi inherente a la literatura infantil– para el niño en condición de pobreza, una familia transnormativa pero formada con los valores de la clase media, siempre es preferible a la familia de origen. Son raros los casos como el de Mary Lennox, la protagonista de El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett, que acaba siendo más feliz con la familia transnormativa que con la “natural”.
         En efecto, incluso en las numerosas historias de huérfanos que tenemos en la literatura, la familia es el final feliz. De acuerdo con Alston, esto explica por qué la figura del huérfano es tan gratificante para el lector tanto niño como adulto. Al niño le permite seguir la vida de un personaje libre de sus padres, sabiendo que, al final, el héroe se sentará a cenar en la comodidad de un hogar. Al lector adulto le recuerda que los niños necesitan que los cuiden, le hace sentirse necesario e importante y le da seguridad en la validez de la estructura familiar. (Alston, 44) Mucha de la literatura infantil y juvenil del siglo XX tiene huérfanos como protagonistas: El jardín secretoPeter Pan, Ana de las Tejas Verdes, Harry Potter, la Trilogía de la materia oscura...
         Esto de la familia transnormativa es un tema especialmente espinoso en un país como México, donde la figura de la madre, idealizada y a la vez oprimida, se encuentra en las raíces más profundas de la cultura, como lo han analizado Octavio Paz y Roger Bartra. El paso del siglo XX al XXI ha significados cambios dramáticos en la percepción de la institución familiar, que la sociedad mexicana ha registrado con la misma fuerza que el resto del mundo: se ha reducido la mortalidad infantil, las parejas tienen menos hijos y muchas veces sólo uno e incluso hay un creciente movimiento antinatalista, los hijos siguen viviendo en la casa aún ya adultos, es más fácil divorciarse, las familias mezcladas son más comunes porque los padres se divorcian y vuelven a casarse, las familias gays empiezan a ser aceptadas... Los cambios son inmensos y, sin embargo, sigue habiendo una tendencia a añorar la perdida época dorada de los valores familiares y a promover la imagen de la familia que come y juega con el padre, la madre y los hijos. En esta imagen idílica que los adultos tradicionales quieren creer que existía no hay lugar para la violencia ni la corrupción ni la inmoralidad. “Qué cosas tan feas leen ahora”, dicen. Ya no es como en mis tiempos, que todo era bonito”. Olvidan que un gran éxito de 1975 (nuestros autores nacidos en la década de los 60 se acordarán) fue Nacida inocente, de Bernhardt J. Hurwood: una novela en donde, en las primeras páginas, una niña de 14 años es violada con un palo. Tuvo tanto éxito que hubo una segunda parte y luego una imitación: Motín en el reformatorio, de Jack Thomas. Esos libros, los chicos que hoy somos autores de LIJ nos los recomendábamos unos a otros, nos los prestábamos y los adultos ni se enteraban. Esos adultos que ahora vienen con eso de que “tan bonitos los libros que leíamos antes”.
         Aquí hay que reflexionar en otro cambio que, en México, viene de las últimas décadas del siglo XX. Si en las familias de antes el padre era la figura más importante, ahora el niño se convirtió en el centro de la familia, de modo que la misión de los adultos es satisfacer las necesidades de consumo de los hijos. Diríase que sin ellos su vida carece de sentido. Hoy en día, el niño tiene un poder que nunca antes había tenido en la historia; no es sólo el agujero negro de la economía familiar, es el centro emocional de la familia. Por eso oímos con frecuencia que los padres atrapados emocionalmente declaran que siguen juntos “sólo por los hijos”.
         Por supuesto, nuestra literatura lo ha registrado abundantemente. Como hemos visto, la mayoría de los autores mexicanos de literatura infantil y juvenil provenimos de un espacio social que fue muy bombardeado ideológicamente con el asunto de los valores familiares. En la mayoría de las obras, la familia es un tema secundario y en realidad funciona como marco a una acción principal, por el simple hecho de que los niños no viven solos y hay que inventarles un contexto. Pero en otros casos puede verse un registro efectivo de los retos que enfrenta la familia tradicional y su paso hacia la familia transnormativa. Por ejemplo, en Los días de Lía, de Edmée Pardo, la primera menstruación de la protagonista aparece como un sangriento reflejo de la crisis familiar que se precipita. La metaforización de esta crisis adquiere una lectura positiva, de renacimiento y empoderamiento, si consideramos la visión ancestral de la menarquia como iniciación. Lía debe abandonar el esquema tradicional familiar para dejar atrás la infancia.
         Otra novela donde el divorcio de los padres de la protagonista aparece sincronizado con un acontecimiento disruptivo (en este caso el terremoto de 1985 en la Ciudad de México) es Cuando Plutón era un planeta, de Flor Aguilera. Y hablando de esta autora –una de las que más han examinado por todos lados el mito de la institución familiar–,  otra obra que viene a cuento es su novela juvenil El hombre lobo es alérgico a la luna llena. Aquí, de manera por demás interesante, la resistencia al cambio no viene del adulto sino del protagonista adolescente. El héroe –Federico– tiene 14 años y vive con su madre. Toca en una banda de música y escribe muy bien, lo cual le gana la aceptación de las chicas de su medio social. Hasta aquí todo bien. El contexto nos da una zona de confort que sin embargo tiene una grieta por la cual podrá colarse la catástrofe: no hay padre. La madre de Federico es divorciada. El mundo del protagonista, de por sí débil de acuerdo con la visión tradicional de la familia, puesto que se encuentra sostenido en un solo pilar, se verá convulsionado por el anuncio de la madre de que va a volver a casarse a fin de formar una familia más grande; es decir, una familia transnormativa. La novela crece en torno de esta crisis.
         Una obra de la misma autora que asume una posición más radical es El (estúpido) príncipe azul y otros mitos sobre el amor. A través de una charla entre dos amigas que se llaman Flor y Alejandra, la autora va cuestionando los mitos del amor romántico y desconstruyendo las ideas inculcadas por la tradición familiar, en el sentido de que ser mujer y ser soltera es una desventaja y un fracaso, o que una vida realizada implica tener hijos, o que las comodidades de la vida deben venir de un marido proveedor. Luego de analizar y subvertir estas ideas en la primera parte del libro, la segunda parte se dedica a apuntalar la proposición básica: que la soltería puede ser una decisión personal y no implica ninguna pérdida de oportunidades ni de nada. El problema aquí es que no hay personajes propiamente hablando; Flor y Alejandra son dos voces nada más que dialogan para ir construyendo un libro que, con todo y sus anécdotas, tiene mucho más de ensayo que de narrativa. Esto hace que, como bien puede argumentarse, el libro es más para la lectura de los adultos que para la de los chicos. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que El (estúpido) príncipe azul y otros mitos sobre el amor podría ser hasta ahora el asalto mejor vertebrado al discurso de la familia tradicional.
         Por último parece necesario detenerse en la obra de Norma Muñoz Ledo, ya que, en todos sus libros, la familia es el centro en torno del cual se mueven los personajes y sus conflictos. Esto se ve ilustrado en El nuevo restaurante de Pierre Quintonil (ausencia del padre), en Zorrillo (relación de hermana y hermano y tío y sobrinos) y en Mamá Tlacuache (relación madre-hijo).
         Además de estos títulos, hay un libro de Norma Muñoz Ledo que parece prestarse especialmente a la reflexión sobre las representaciones de la familia en la literatura infantil y juvenil mexicana: Peligro de suerte. Aquí el protagonista es la familia en su conjunto: un héroe colectivo. En efecto, Peligro de suerte nos cuenta el batallar de la familia Pachón, que ha perdido su fortuna y, con ella, los privilegios de clase a los que estaban acostumbrados. Ahora deben resignarse a ser parte de una clase media con la que nunca se habrían sentido identificados y, a la manera de un proceso de muerte con todas las fases de Kübler-Ross, viven momentos de negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación. En este proceso diría iniciático, luego de una larga serie de penurias, más emocionales que materiales, los distintos integrantes de la familia se descubren más fuertes y más capaces, pero, sobre todo, más unidos. La novela es con todo esto un espectacular monumento a la institución familiar, no sólo como fuente privilegiada de fortaleza interior, sino, a fin de cuentas, como única posibilidad de supervivencia en un mundo quebrantado por el individualismo.
         Paralelamente con esta visión tradicional, la autora va construyendo una serie de respuestas a los temas más espinosos de las transformaciones sociales actuales: la injusticia social, las crisis económicas, el miedo a los cambios, el miedo a envejecer, la incertidumbre como parte de la cotidianidad, los derechos sexuales, los crímenes impunes, la competencia caníbal entre las personas en todo y por todo, el alcoholismo, la soledad, la hipocresía, el racismo, el clasismo... Peligro de suerte es, a final de cuentas, una radiografía de la sociedad chilanga con todos sus prejuicios, traumas, fetiches, fantasías de grandeza y complejos de pequeñez. Y a través de este cristal se observa lo que parece ser la institución fuerte: la familia. Esto hace de ella una novela esencialmente optimista, como lo es casi toda la literatura infantil y juvenil. Llama la atención cómo, en medio de un cuestionamiento constante a la ideología dominante, Norma Muñoz Ledo mantiene una lealtad férrea al discurso victoriano de la familia natural: padre, madre e hijos, que aquí se antojan una versión siglo XXI de los 300 espartanos legendarios que sostuvieron el embate de los 10 mil soldados de Jerjes.
         Además de todas estas novelas, vale la pena reparar en el libro Esta familia que ves, de Alfonso Ochoa. No es propiamente una obra narrativa, sino un álbum ilustrado por Valeria Gallo, con textos escritos en verso. Aunque no se desarrollan las historias como tales, el libro contiene doce bocetos de familias transnormativas, incluyendo las que tienen dos papás o dos mamás. Todas ellas comparten un edificio de departamentos y –dicen los editores– “son diferentes, pero se quieren igual”.

Más que como un callejón sin salida, este panorama se presenta ante nuestros ojos como un desafío colosal. En el México del siglo XXI, uno de los grandes problemas sociales es la fragilidad del núcleo familiar. Más que nunca antes, y debido en parte a la actitud defensiva-ofensiva que han adoptado los sectores más conservadores respecto a las distintas demandas de equidad e inclusividad, se registra un conflicto constante entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, etcétera. Y más que nunca parece necesario resolver las diferencias y encontrar la manera de funcionar como familia. Es una cuestión de supervivencia. Y la literatura infantil y juvenil tiene la oportunidad histórica de ser una tabla de salvación. La pregunta es, ¿hacia dónde puede moverse? ¿Va a continuar haciendo el juego a los sectores conservadores, pagando tributo a una ideología cada vez más divorciada de la realidad? ¿O va a asumir la peligrosa responsabilidad de dar el hachazo a los valores tradicionales, dejando para después la cuestión de cómo llenar el hueco que quede?
         La respuesta no es fácil, pero una opción sería continuar por el camino de esa minoría de autores cuya obra se comenta en estas páginas: no quedarse atrás de la sociedad, replantear los esquemas familiares sin abolirlos, dotar el concepto de familia con una nueva imagen y permitir que la imaginación de los lectores descubra modos de vida alternativos en lugar de seguir creyendo que la felicidad adulta tiene un solo camino. Una frase que sintetiza muy bien este proyecto es la de Jane Howard: “Llámalo clan, llámalo red, llámalo tribu, llámalo familia: como quiera que lo llames, quienquiera que seas, necesitas una” (Howard, 18).



Bibliografía

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Muñoz Ledo, Norma.
         El nuevo restaurante de Pierre Quintonil. México, Ediciones SM, 2005.
         Mamá Tlacuache. México, Ediciones SM, 2006.
         Zorrillo. México, Ediciones SM, 2006.
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