martes, febrero 02, 2016

LA HERMANDAD DE LOS TRISTES




A Roxanna Erdman

Las personas felices no se imaginan cuán amoroso puede ser el baño sauna para un enfermo emocional. Uno se siente protegido en esa cueva de calor, humedad y penumbra: es un poco como volver al útero, a esos días perfectos cuando uno no sabía —no sospechaba ni por aquí— que en unos meses sería echado al mundo, a un espacio radicalmente hostil donde siempre estaría solo. Por eso el sauna es como una droga para nosotros: sólo ahí nos sentimos a salvo de la miseria del exterior: el aire seco, la luz intolerablemente fuerte del sol, la agresiva prisa de la gente que debe llegar a algún lado. Nosotros no tenemos prisa. Llegamos en la mañana, en diferente horarios. Yo llego a eso de las diez y, desde que cruzo la puerta de cristal de la recepción, comienzo a desarrollar puntualmente el ritual de los iniciados. Hablo de iniciados porque entre nosotros suele haber gente ocasional: personas que van una vez o dos y luego desaparecen. Su condición de extraños se nota precisamente en su falta de ritualidad: se quitan la ropa, toman su toalla y su sábana y se meten a la cabina riendo y platicando entre sí.
          En mi caso, decía, llego a eso de las diez de la mañana, luego de un desayuno ligero de café y cereal con leche. Como ya se sabe, los tullidos emocionales no podemos comer mucho ni sentimos ánimos para cocinar nada, además de que muchas veces ni siquiera tenemos trastes limpios para hacerlo. Pues llego yo —decía— como a las diez, le muestro mi tarjeta a la empleada de la recepción, que checa en la computadora la vigencia de mi membresía y me entrega una toalla, una sábana y la llave de mi locker. Con esas tres cosas —el pase de salida para escapar del sórdido mundo— camino hasta el fondo del corredor, donde se hallan los vestidores. Una vez dentro el ritual comienza con la apertura de mis sentidos: disfruto el olor a limpiadores con que los empleados trapean el piso varias veces al día y el aroma de desodorantes, jabones, gel para el baño, agua de colonia, etcétera, de los otros cofrades. Saludo a quienes están ahí y converso un poco con ellos mientras se visten ya para retirarse o se desvisten como yo para entrar al sauna.
          Busco entre los lockers el número que corresponde a mi llave, abro mi maletín y, con la misma solemne parsimonia con que un sacerdote prepara los ornamentos, cálices y custodias para la misa, empiezo a disponer sobre la banca los objetos ceremoniales: toalla, sábana, traje de baño, chanclas y estuche de aromaterapia. Entonces me desvisto, me pongo el traje de baño y, con el ánimo ya menos decaído, me dirijo con mis cosas a “la playa”, como la llamamos los cofrades. Es ésta un salón en penumbra, lleno de sillones playeros, adonde uno se va a descansar saliendo de la cabina —la “capilla ardiente”, le decimos—. En el centro hay una pequeña piscina con agua a 15 grados centígrados y al fondo un garrafón de agua mineral con vasos desechables y una cesta llena de manzanas.
          Y ahí están: hermanos y hermanas en la tristeza.  A pesar de la penumbra, los reconozco a todos, incluso a aquellos cuya cara no es visible, ya porque se acomodan en el sillón en posición fetal, ya porque les gusta cubrirse el rostro con la sábana húmeda mientras dormitan o lloran.
          Sus cuerpos son muy semejantes, dentro de su relativa variedad, en tanto distintas manifestaciones de un solo cuerpo: el de la Soledad. Se mueven pesadamente, abrumados por el peso de incontables desilusiones o de un solo, inmenso, rotundo, irreversible fracaso.
          Entre las mujeres, algunas entran con las dos piezas del bikini, pero la mayoría se quitan el sostén, demasiado deprimidas como para tener pudor. “Mi vida está en ruinas”, oí decir a una de ellas una vez, “y quieren que todavía me importe si me ven las tetas”. Son mujeres de diferentes edades, entre 25 y 60 años: la edad perfecta de los enfermos emocionales. Porque antes de los 25 nadie lo toma a uno en serio; creen que simplemente no ha sido capaz de trascender la adolescencia. Y después de los 60 ya resulta macabro.
          Bien, pues una vez que reconozco a mis cofrades en ese perpetuo crepúsculo de la “playa”, saludo a los que es posible saludar y enseguida me dirijo a la cabina. Los cuerpos se mueven ahí adentro con más lentitud aún, inseguros, torpes, como si bucearan. Aunque en realidad casi no se mueven. Los más tristes buscan un rincón y ahí se acuestan en posición fetal, con la cara vuelta hacia la pared.
          Miro por dónde va el reloj de arena para no estar en la cabina más tiempo del saludable —ya se sabe que los enfermos emocionales tendemos a la hipocondría— y, si nadie ha usado aún alguna esencia, abro mi estuche de aromaterapia, elijo algo apropiado para mi estado de ánimo —mentol y eucalipto casi siempre— y pregunto a los presentes si están de acuerdo en la elección. Invariablemente dicen que sí. Yo respondo de la misma manera cuando es otra persona quien escoge la fragancia.
          Ése es el momento climático: la primera ronda de sudoración, cuando el cuerpo viene de la calle, está tenso, reseco, adolorido por los golpes de la vida, por los reveses del destino, y se sumerge en el calor y en la humedad. Cierra uno los ojos, aunque la penumbra dorada lo hace innecesario muchas veces, se recuesta o se sienta en un rincón y aspira hondo esa mezcla de olores a sudor, a madera, a la esencia elegida, a agua, a piedras calientes, a sangre y tejidos y vida orgánica... y se pone a paladear su desdicha hasta que el reloj de arena señala que el tiempo de la primera sesión se ha agotado. Entonces sale uno de la cabina y se va a las regaderas o se tira de clavado en la piscina, donde siente que se va a quedar paralítico de tan fría que está el agua. Y luego, ya refrescado, renacido, toma su lugar en la “playa” entre los demás cofrades. Ahí se queda una media hora, dormitando o platicando en voz baja (hay que respetar el dolor ajeno) o sollozando discretamente mientras bebe agua mineral y se come una manzana; después vuelve a la cabina, luego otra vez a la piscina y otra vez a la “playa”, y así... así, hasta que la tristeza termina de derretirse bajo la piel y escapa en la forma de ese sudor tibio, sutil que deja en las toallas una nostálgica fragancia de pañuelos de llorar.
          Ésa es nuestra vida, la única manera posible de soportar la carga de la existencia diaria con todos sus monstruos: la desilusión de los casados, la orfandad de los divorciados, la desesperanza de los solterones... Y fue así como conocimos a Fernanda.
          Fernanda tenía 28 años y un cuerpo que no reflejaba su frugalidad emocional, como no fuera porque estaba algo encorvada. Era una de las iniciadas. Digamos que si hubiéramos sido una secta, ella habría sido la Alta Sacerdotisa; la hacía merecedora a ello su apego a los principios no escritos de la hermandad. Ciertamente, era una virtuosa de la renuncia a todo cuanto pudiese ser causa de felicidad; su talento para el autosabotaje era maravilloso: era capaz de enfermarse o hasta de provocarse un accidente si con ello se echaría a perder la oportunidad de un romance o de un ascenso en el trabajo; tenía ojo clínico para enamorarse de los tipos más canallas y un olfato de perro para detectar a la gente más traicionera y confiar en ella. Pero, sobre todo, era una gran predicadora de nuestra doctrina; su pesimismo —el más negro que yo hubiera conocido— se traducía en frases contundentes: “No soy feliz, nunca he sido feliz y nunca seré feliz”, decía. Así era ella.
          Un día empezó a cambiar. Ya por una cosa, ya por otra, dejó de asistir con regularidad. Y en una ocasión la descubrimos sonriendo para sí misma, con los ojos brillantes de una horrenda alegría.
          —Estoy enamorada —confesó—. Y soy feliz.
          ¡Ups! Eso fue una bomba. Por supuesto, no íbamos a dejarla claudicar tan fácilmente. Por favor, éramos sus amigos.
          —“El sufrimiento —sentencié, citando palabras de Andrzejewski— es la sombra de todo amor; se puede amar, mas si se ama el amor se desdobla en amor y sufrimiento.”
          Los demás hicieron aportaciones en el mismo tono. Todo lo intentamos, pero no fue posible retener a Fernanda con nosotros. Se fue. Y me gustaría decir que nos dejó aún más tristes que antes, pero eso no era posible. Sólo diré, pues, que nos dejó resentidos. Ya nadie en la hermandad quería recordarla. Y si alguien lo hacía, se guardaba de mencionarlo. El nombre de Fernanda se convirtió en palabra prohibida. Una sola vez, de manera indirecta, nos referimos a ella. Y fue para ponerla de ejemplo:
          —No vayas a terminar como ésa —advirtió alguien, tratando de aconsejar a un hermano que estaba ilusionándose con una mujer.
          En realidad nadie la envidiaba. Si de verdad era feliz, qué bueno, pensábamos. Pero eso no era para nosotros. La felicidad es algo demasiado vasto, demasiado vertiginoso. Es como hallarse en medio de una plaza inmensa al golpe del sol. Y es muy solitario: al que es feliz nadie lo apoya, nadie lo comprende, nadie lo consuela. Ni siquiera Dios. ¿No lo dice así el Evangelio? “Bienaventurados los que lloran...” Nosotros nos teníamos unos a otros y teníamos esa cueva cálida, húmeda y penumbrosa que nos acogía en su seno para nutrir nuestra alma igual que una madre.
          Después de unos meses, como en el fondo lo esperábamos, Fernanda regresó. Vencida, rota, triste. La relación había terminado. El amor, una vez más, demostraba ser una flor demasiado frágil, demasiado efímera. Y, como en la parábola del hijo pródigo, hubo en la hermandad más alegría por la oveja mala que volvía que por todas las buenas. Las sesiones de lloro y duelo recuperaron su esplendor de antaño. Pasó el tiempo. Alguien más se fue y luego regresó, igual que Fernanda. Perdimos el miedo a las tentaciones de la dicha; comprendimos que la Hermandad de los Tristes sobreviviría a todos los amores, a todos los golpes de fortuna.
          El otro día, alguien trajo al sauna una mezcla de esencias florales que se llamaba “melancolía gitana”. Fue una sesión memorable: lloramos hasta caer dormidos, como bebés.

sábado, enero 02, 2016

AÑO NUEVO



Aquel primero de enero, Paulino abrió su taller sólo un rato, como a mediodía. Era un changarro pequeño y lleno de suciedad donde se componía toda clase de aparatos eléctricos: licuadoras, planchas, televisores, radios... hacía frío en la calle y poca gente andaba fuera de su casa. A Paulino le habría gustado quedarse encerrado también, pero tenía trabajo pendiente y ya habían venido a buscarlo algunas personas. No estaba desvelado; la celebración del año nuevo en casa de sus suegros había terminado temprano. Él, su mujer y los tres chicos llegaron como a las nueve de la noche, en taxi, llevando una cazuela con romeritos y cuatro botellas de sidra Pomar. Sus cuñadas llevaron el espagueti y la ensalada de Nochebuena más otras botellas, y sus suegros, como cada año, pusieron el pavo. Por primera vez en una de esas celebraciones, Paulino no bebió nada de alcohol, ni siquiera un vaso de sidra; sólo refresco y ponche. Se lo había prometido a Isis. Se lo prometió aquella noche, a principios de diciembre del año que acababa de terminar, cuando se gastó con ella todo el dinero que le había dado su hijo Miguel como regalo de Navidad. A Elvia también se lo había prometido, muchas veces, pero nunca cumplía. Qué carajo. En cuanto llegaba la noche del sábado recibía en su taller a tres o cuatro borrachos del vecindario, bajaba la cortina y ponía su música en alguno de los aparatos que le habían llevado a componer. Llegaba a su casa en la madrugada, cayéndose. Elvia no le hablaba todo el domingo y sus hijos se salían a jugar en la cuadra. Él se quedaba solo, curándose la cruda con comida fría o calentada de mal modo, pensando que su mujer era una cabrona inconforme y que lo normal en un hombre era emborracharse con sus amigos una vez a la semana. Era su única diversión y para eso trabajaba.
          Antes de las dos de la tarde, Paulino arrastró la puerta de la cortina metálica hasta hacer que sus dos puntas encajaran en los respectivos agujeros en el piso. Luego buscó la varilla para bajar la cortina y se echó a la bolsa los dos candados con que aseguraba por fuera.
          Aun cuando no había bebido en la fiesta, Elvia apenas si le dirigía la palabra. Así era: nunca reconocía sus cosas buenas, sólo notaba sus fallas. El único que se portaba bien con él, que no lo juzgaba ni le reclamaba nada, era Miguel. Miguel era el orgullo de la familia. Había terminado hacía dos años su carrera de medicina y trabajaba en Tamaulipas. Allá se había hecho de novia. Una relación seria. Por eso vino a visitarlos a principios de diciembre: porque iba a pasar las fiestas con la familia de ella. Les adelantó su regalo a todos: trajo cecina de allá y unas chamarras para sus hermanos, y a Elvia y a Paulino les dio dinero, la misma cantidad a cada uno.
          Hacía frío en la calle y Paulino cruzó hacia la banqueta más soleada. Había poco tráfico y la mayor parte de los comercios estaban cerrados. También estaba cerrada La Chiquita, la tienda de abarrotes de la esquina donde él pensaba detenerse a comprar cigarros. En lugar de seguir derecho dio vuelta, internándose en la parte vieja del barrio. Un vecino pasó en bicicleta y lo saludó, contento. En el garage de una casa estaban vendiendo comida: pancita. Al percibir el olor, Paulino sintió un gran antojo. No tenía mucho dinero en la bolsa, pero al fin era Año Nuevo: valía la pena. Después de todo, Elvia seguramente no tendría la comida lista hasta después de las tres y media: el recalentado de la cena. Se sacó unas monedas del bolsillo trasero: le alcanzaba para un plato de pancita y un refresco. Si no se hubiera gastado todo lo de Miguel... pero valió la pena, se dijo por enésima vez. Nunca en su vida había gastado mejor el dinero.
          Entró al garage canturreando “Perfume de gardenias” y apenas si saludó a unos vecinos que estaban ahí comiendo y le desearon feliz año. Era una mesa larga cubierta con un mantel de plástico. En el jardín había otras mesas, pequeñas, protegidas del sol con una lona azul brillante. En una de ésas se sentó, solo, y pidió su comida. Se le antojó una cerveza, pero le había prometido a Isis que iba a cuidarse. Tengo diabetes, le confesó. Con tristeza, con la sensación de estar aceptando una derrota. Ya no tomes, le dijo ella, y entonces fue cuando él le hizo la promesa. Había llegado al cabaret después de que cerraron el bar donde comenzó a gastarse el dinero. Ya estaba borracho. Tomó un taxi a la salida del bar y le pidió al chofer que lo llevara a donde hubiera alcohol y muchachas. No se fijó ni en el camino ni en el nombre del cabaret, quizá porque la marcha del taxi por las calles ya vacías lo fue adormeciendo, y cuando el taxista lo despertó para avisarle que habían llegado sólo atinó, avergonzado, a preguntar cuánto era y a bajarse con un traspié. Al otro día ni siquiera recordaría en qué barrio estaba aquello. Era un lugar solitario en una calle mal iluminada; había dos autos estacionados en la banqueta, uno blanco y el otro de un color oscuro, y unos hombres llamando a los posibles clientes que pasaban. Uno de ellos lo revisó al entrar para ver si no portaba armas. Adentro había poca luz y poca gente. Isis estaba sentada en un banco junto a la caja, conversando con alguien del personal. Llevaba un minivestido de lycra roja y una pantaleta blanca que de vez en cuando asomaba contrastando llamativamente. Paulino se despabiló viéndola. Se dio cuenta de que no era joven: andaría por los cuarenta, de menos. Pero tenía unas piernas bien gordas que veinte años atrás debieron de ser perfectas y nalgas de buena bailadora.
          Paulino aceptó la mesa que le ofrecieron y, mientras miraba a la muchacha que se desnudaba en la pista, pidió una cubeta de cervezas. Casi se las había terminado cuando Isis se le acercó y le preguntó si le invitaba una copa. Él llevaba dinero suficiente y se dijo Por qué no. Hacía muchos años no se daba ese gusto. Le propuso pedir una botella para los dos. Appleton dorado. El mesero llegó con dos vasos, la botella, los tehuacanes y las cocas. Y unos cigarros, pidió Isis. Paulino volvió a decirse Por qué no. La mujer valía eso. Sus piernas pálidas, su cintura todavía estrecha. Pero lo más atractivo de ella era su cara: la cara de la lujuria, del vicio; hasta sonreía de lado y se dejaba el cigarro colgando entre los labios pintados, como las mujeres caídas de las películas viejas.
          Comenzaron una conversación de lo más normal en esos lugares: ¿A qué te dedicas? ¿Eres casado? ¿De dónde eres? La muchacha sabía escuchar; no era de las que nada más fingen y en realidad no les importa nada. Fue como si hubiera abierto la llave del agua: Paulino comenzó a contarle su vida. Estaba a punto de soltarse a llorar cuando lo salvó la llamada del animador para que Isis pasara a la pista. Entonces, mirándola desnudarse ahí en el centro, envuelta en el celofán de las luces rojas, Paulino olvidó su tristeza y se puso muy contento. Cuando Isis terminó, volvió con él. Lo abrazó y él se dejó abrazar y se quedó acurrucado en el pecho perfumado de la mujer. Ella le dijo —lo recordaba perfectamente—: Yo te voy a querer mucho. Y le preguntó si podía pedir una canción. Pidió “Perfume de gardenias” y con esa música él empezó a acariciarle las piernas y finalmente le preguntó cuánto cobraba por salir a un hotel.
          Cuando terminó de comer, el sol estaba más fuerte. Era ese sol de invierno que pica en el cuerpo y da sólo un calor momentáneo y superficial. Eran casi las cuatro de la tarde. Qué rápido —pensó— se iban los días de descanso. En una hora o dos comenzaría a oscurecer. Tal vez ahora sí llamara. Porque le ofreció, le prometió que iba a llamarlo. Estaban todavía en el cuarto del hotel. Ella le pidió su número telefónico. Él no quiso dárselo al principio. No quiero que juegues conmigo, le dijo. Para mí ha sido muy bonito esto, pero todas ustedes hacen promesas que nunca cumplen. Yo no, le respondió ella. Si te digo que voy a llamarte es porque te voy a llamar. ¿Por qué?, le preguntó él. Porque eres distinto, porque eres un buen hombre. Paulino quiso volver con ella al cabaret, pero Isis no lo dejó. Ya estaba borracho, ya se había divertido. ¿Para qué regresaba ahí?  Mejor que se fuera a su casa a descansar. Ella lo llamaría después. Paulino insistió. Ella también. Cuídate, le repitió varias veces. Cuida tu salud. Y Paulino, obediente como un niño bueno, tomó un taxi y se fue a dormir a su casa. De eso había pasado casi un mes y ella no llamaba.
          Cuando llegó, Elvia estaba sentada en el sillón de la sala viendo la televisión con Gabrielito, su hijo pequeño. La niña y el otro muchacho habrían salido. Olía a comida recalentada: un olor agradable, acogedor. Paulino hubiera querido sentarse con ellos y hacer así completa su imagen de la felicidad doméstica, pero Elvia hizo como si no lo hubiera visto entrar y él prefirió irse a su cuarto y esperar la llamada de Isis. Le había dado el número de su casa porque no tenía teléfono en el taller; no había querido ponerlo para que los clientes no lo estuvieran jodiendo. Llámame en las noches, le había dicho. Después de las nueve. Si no contesto yo, di que llamas para preguntar por un aparato. En domingos y días festivos estaré desde las seis esperándote.
          Se sentó en la cama y se agachó con un enorme cansancio para desatar los cordones de sus zapatos. De sus calcetines azul cielo se desprendió un olor como de que hubiera caminado mucho. O trabajado mucho. Un olor que lo hizo sentir aún más cansancio. Acomodó las almohadas de manera que pudiese recostarse con la cabeza en alto y se quedó mirando hacia la ventana. Por las cortinas abiertas se veía el pequeño patio donde Elvia tendía la ropa. Ahora estaba vacío y así resultaba triste de contemplar: la pared descascarada del fondo, las plantas desnudas por el invierno, los tanques de gas, la cabeza de venado de yeso en cuyos cuernos Elvia colgaba a veces su delantal... ¿Y si había llamado y le contestó Elvia y después no dijo nada? Era capaz. Paulino sentía a su mujer como una condena. Una cadena perpetua: estarían juntos hasta que uno de los dos muriera. Sólo entonces, sin importar a quién le tocara irse, él podría descansar, verla como un trago amargo que debió beberse pero que por fin había quedado atrás. En cambio Isis... ella sí que había podido darle en unas horas toda la felicidad que no conoció en años. Por eso le pedía a Dios, todos los días, que ella cumpliera su promesa de llamar. Él la habría buscado si tan sólo recordara dónde estaba el cabaret o cómo se llamaba. Pero había tantos en la ciudad... y todos eran parecidos. No había manera de tomar otra vez un taxi y darle al chofer alguna seña particular. Seguramente era lejos, puesto que él había podido quedarse dormido en el camino.
          Hasta ahí se oía el ruido de la televisión: los comerciales, las canciones del programa musical que Elvia estaba mirando. En el patio comenzaba a oscurecer. Adentro, ya sólo se veían las sombras de los objetos. De todos modos, ¿qué haría si pudiera localizarla? Ni modo de sacarla de esa vida y ponerle un departamento: ¿con qué ojos? No. De cualquier forma tendría que renunciar a ella. Pero esa noche habían hablado de ir a cenar juntos, platicar largamente y luego volver a meterse en ese hotel o en cualquier otro. ¿Cómo se llamaba el hotel? No tenía nombre, le parecía. Desde la calle, a dos cuadras del cabaret, sólo se veía el anuncio que decía verticalmente, en letras luminosas: Hotel.
          Sin darse cuenta, Paulino se quedó dormido, arrullado por el ruido de la televisión y por sus pensamientos. No supo cuánto tiempo había pasado cuando lo despertaron los gritos de Elvia y de los muchachos. Era porque habían estado todo el día en la calle y ella no sabía adónde ir a buscarlos. Sofía comenzó a llorar. Rafael le contestó algo a Elvia y ella le gritó que no le faltara al respeto. Paulino quiso cerrar los oídos a eso y volver a dormirse, pero entonces su hija entró al cuarto dando un portazo, se arrojó a la cama, junto a él, y se soltó a llorar abrazándolo. Había salido con sus amigas de la secundaria, dijo. Qué tenía de malo. Fueron a ensayar los valses de Quince Años de una de ellas. Se les fue el tiempo sin sentirlo. Ahora su madre la amenazaba con no dejarla ir a la fiesta. Con Rafael, en cambio, no se enojó tanto y él se había tardado lo mismo. Paulino no pudo decirle nada. Se quedaron así largo rato. Elvia les preguntó desde la sala si querían cenar y ellos no le contestaron: se hicieron los dormidos.
          De pronto sonó el teléfono. Paulino se levantó con tanta agilidad como pudo y corrió a la sala, pero cuando llegó, Elvia ya había contestado. Y colgó.
          —¿Quién era? —le preguntó él, con odio.
          —El mudo —y no dijo más. Volvió a la cocina a seguir cenando con sus hijos.
          Paulino sintió una gran desesperación. Al dar el primer paso para seguir a su mujer a la cocina, se pegó en los dedos del pie con un sillón. El dolor lo hizo detenerse. Se dejó caer al suelo y se quedó ahí, doblado. Deseó salir a emborracharse, como lo hacía siempre que quería vengarse de Elvia por algo, pero volvió a pensar en Isis: le había prometido cuidarse, no beber más.
          Cuando Elvia terminó de cenar y volvió a su lugar para seguir viendo la televisión, lo encontró llorando y lo observó con curiosidad pero sin emoción alguna. Paulino levantó la mirada, aspiró los mocos y preguntó:
          —¿Ha llamado otras veces?
          —¿Quién?
          —El mudo.
          Elvia encendió la televisión y se sentó junto a él. Los dos muchachos terminaron de lavar los trastes de la cena y se reunieron con ella.
          —El mudo... ¿no será la muda? Sí, el otro día llamó. Pero nunca dice nada.
          Paulino se incorporó lentamente y fue a la recámara en busca de su hija para cenar con ella. Estaba seguro que había sido Isis. Había cumplido su promesa. Con saber eso le bastaba, aunque no volviera a verla: se acordaba de él. Era verdad. Era verdad todo.
          —Les dejamos comida caliente —dijo Elvia cuando vio salir de la recámara a su esposo y a su hija. Él cojeaba un poco.

jueves, diciembre 17, 2015

LA FRONTERA ES UN BUEN LUGAR PARA VIVIR



A todos los que vienen de paso y me preguntan, les digo que la frontera es un buen lugar para vivir. Hay empleo, les digo. Además las casas son baratas, los coches son baratos y uno nunca se aburre: cuando es ley seca de este lado, se va al otro; cuando es ley seca del otro lado, la gente se viene para acá. Todo eso y más les dije a aquéllos, a la pareja que estuvo casi dos semanas aquí.
          Es un hotel viejo éste, como la mayoría de los hoteles de paso que hay en la frontera. Es bonito, digo yo: tiene su estacionamiento lleno de palmeras y platanares, su alberca grande. Bueno, la alberca no puede utilizarse de momento, pero ahora que haya dinero la vamos a componer. Los cuartos tienen televisión y aire acondicionado. Es que aquí hace mucho calor: en verano es raro estar a menos de treinta y cinco grados. Por eso tanta gente viene al restaurante sólo a tomarse una Corona o una Budweiser: gringos que cruzan a México por un rato, mexicanos que van de compras al otro lado y se detienen aquí, braceros en busca de alguien que los pase para allá. El restaurante es agradable: tiene su puerta de madera y sus ventanas con marcos también de madera, con el menú escrito en los cristales en letras rojas y verdes. A veces siento que hablo de este lugar como si fuera el dueño. Pero sólo soy el administrador. Trabajo aquí desde hace veinticinco años, desde cuando tenía diecisiete. En este tiempo he visto muchas cosas, muchas historias. La mayoría ya se me olvidaron, no eran importantes. Recuerdo unas cuantas, como la de la gringa que venía huyendo de la policía desde Nueva York y estaba feliz de encontrarse ya en México, tan feliz que dejó una propina de veinte dólares. También recuerdo a un tipo con una pierna de hierro, que a los tres días de estar aquí se suicidó: se dio un balazo en su cuarto después de escribirle a su ex esposa una carta como de veinte páginas. Ésas son historias de gringos, las de los mexicanos son todas iguales: gente que está aquí esperando cruzar. Por eso sólo recuerdo una: la de Irene y su marido.
          Llegaron en abril, por los días en que ya empezaba a sentirse fuerte el calor de la primavera. Traían poco equipaje y poco dinero, según pude ver. Cuando se registraron me fijé en el nombre de ella; el de él lo olvidé en ese momento. Venían de un pueblo en Colima y habían hecho todo el viaje en autobús, seguramente transbordando porque yo no sé de ninguna línea que vaya de aquí hasta allá. Les di una de las habitaciones del primer piso, en el corredor que da al estacionamiento. Subieron a dejar sus cosas y yo creo que a bañarse y a descansar, y en la noche bajó ella a comprar en la recepción una botella de agua y un champú de bolsita. Entonces pude verla bien. Tendría poco menos o poco más de veinte años ya bien macizos en el cuerpo: llenita, como de uno cincuenta, cadera grande, blanca. Pero lo que más me gustó de ella fue su cara. Era muy lisa, muy limpia, como la de esas mujeres que se ponen muchas cremas. Se me hizo demasiado fina para el marido que traía. Y estaba contenta. Sonreía. Le pregunté si todo estaba bien en su cuarto. Me contestó que no salía agua caliente, pero no la habían necesitado porque hacía mucho calor.
          —Mañana a primera hora mando a que le arreglen eso —le dije.
          Ya iba de salida pero ha de haber sentido que yo le estaba mirando el trasero y se volvió. Sus ojos muy serios silenciaron lo que los míos le estaban diciendo.
          Me quedé pensando en ella y más tarde, cuando llegó el encargado a hacer su turno, no pude aguantarme las ganas de acercarme a su cuarto. No había más huéspedes en ese pasillo, así que nadie, excepto ellos, podía sorprenderme. Llegué sin hacer ruido, agachado para que la luz del estacionamiento no fuera a echar mi sombra sobre la ventana. Las cortinas estaban cerradas, pero había un espacio entre ellas. Por ahí me asomé: no se alcanzaba a ver la cama; sólo se veía un trozo de pared iluminado por la luz cambiante de la televisión. Eso sí, se podía oír. Y lo que oí fue a Irene gimiendo bajito, como una niña enferma. Y la oí decir cosas, esas cosas que a todos los hombres nos gusta que nos digan en esos momentos. El ruido de la televisión no alcanzaba a ahogarla. Me quedé ahí hasta cuando se me entumieron las piernas de estar agachado.
          A la mañana siguiente bajaron temprano a almorzar. Se sentaron juntos y pidieron lo mismo. Se veían enamorados, me pareció. El marido le preguntó a la mesera dónde podía contactar a alguien que los pasara al otro lado. Ella lo mandó conmigo. Yo le dije al principio que no sabía nada de eso. Pero luego, por Irene y no por él, le dije que fuera a la cantina Los Dorados y ahí se esperara a que alguien se le acercara y le ofreciera sus servicios. Me preguntó como cuánto cobraban por pasarlos a los dos. Le dije que eso sí no lo sabía. Irene nos observaba desde la mesa, esperando.
          No volví a verlos en el día. Quién sabe dónde comieron, si comieron. En la noche volví a subir a su cuarto y otra vez oí sus ruidos, los de ella.
          Ya en el almuerzo no quise preguntarle al marido cómo le había ido: nunca me ha gustado ayudar en esas cosas, es peligroso. Pueden pensar que uno es cómplice. Él sólo me contó que no había visto al pollero pero ya sabía cuándo y a qué horas iba a Los Dorados. Esa mañana la pasaron juntos, ahí en el hotel, mirando el agua sucia de la alberca inservible. Yo los observaba desde la ventana de la recepción sin que ellos me vieran. Irene llevaba una blusa ligera por la cual asomaban los tirantes rosas de su brasier. En algún momento se sentó en las piernas de él, ella tan pequeña, y empezaron a besarse.
          En la tarde pidieron en el restaurante unos burritos de chicharrón y de chorizo para llevar y los subieron a su cuarto. Luego lo vi bajar a él, solo, y salir a la calle. Yo pensaba en ella. Me hubiera gustado poder hacerle la plática, saber un poco de su vida. Pero no quería hacerme fantasías con una mujer ajena. Para ver si así me despejaba un poco y aprovechando que casi no había huéspedes, le dejé todo encargado a la cajera y me salí a dar la vuelta. Fui a caminar por la parte vieja de la ciudad y me senté un rato en una banca de la plaza a sentir la frescura de los álamos y las palmeras. Un paisano se acercó a pedirme dinero. Andaba descalabrado, todavía sangrando porque lo habían correteado al tratar de pasarse al otro lado. No le di nada: no llevaba dinero. Regresé al hotel.
          Esa noche no quise espiarlos: me daban celos. Me daba envidia. Además ya estaba muy prendido por lo de las dos noches anteriores. Ya me dolían los huevos. Estuve en la administración hasta que llegó el encargado y, en cuanto él tomó mi lugar, salí a buscar un taxi. Fui a la zona de tolerancia. Allá tengo una amiga: es limpia y amable y, aunque ya cobra doscientos cincuenta pesos, a mí me sigue cobrando los doscientos que cobraba cuando empecé a ir con ella. Volví fresco y relajado al hotel y ni siquiera se me ocurrió subir al pasillo.
Al día siguiente no los vi, pero me dijo la camarera que seguían en el hotel. También me dijo que el marido había llegado borracho de la cantina y se habían peleado.
          Entonces hoy habrá reconciliación, pensé, y subí otra vez a ver si los escuchaba. No hubo nada. Sobre el pedazo de pared blanca que alcanzaba a ver por la ventana bailaban las luces de la televisión. Se oían disparos, relinchos de caballos. Fuera de eso, silencio.
Así pasaron dos semanas. Ya casi no tenían dinero. Pagaban diario el alquiler del cuarto, pero ya no iban al restaurante. Compraban cosas en la tienda y se las comían en su cuarto. Yo sufrí junto con Irene todos esos días. La vi perder su sonrisa, la vi llorar. Una mañana lloró porque habían comprado un frasco de mayonesa y el marido lo soltó y se rompió en el piso. Así era ella. He visto hacer drama a muchas mujeres y puedo asegurar que el llanto de Irene no era drama: era sincero, real. Así de simple: era un alma demasiado fina para este mundo jodido; no lo soportaba.
          Un día, finalmente, el marido cruzó al otro lado. Solo. Irene se veía serena cuando fue a comunicármelo.
          —¿Usted quiere ir a mi cuarto? —me preguntó. Me tomó por sorpresa. No supe qué contestar. Ella debió ayudarme:
          —Le gusto, ¿no?
          —Sí —dije por fin.
          —No tengo dinero para irme —aclaró—. El pasaje hasta mi pueblo cuesta como ochocientos pesos.
          —Comprendo —le respondí. No sé por qué me dio vergüenza.
Irene subió a su cuarto. Yo junté el dinero que tenía en la caja —cuatrocientos sesenta pesos— y diez minutos más tarde la alcancé allá arriba.
          Sé que debí haberme sentido afortunado, feliz como un niño al recibir un juguete que sus padres nunca habrían podido comprarle. Pero estaba triste cuando Irene apagó la luz y se quitó la ropa.
          No pude dormir en toda la noche, pensando. Sentía a Irene junto a mí, la tenía abrazada, podía oler cuanto quisiera ese perfume de su cuerpo que sólo de lejos me había llegado. Y sin embargo no lograba sentirme bien. No podía dejar de pensar en que las cosas habrían sido más bonitas si se hubieran dado en otra forma. Pero luego me decía que, después de todo, ésa no había sido una mala manera de obtenerlas: Irene no me había dicho “Te cobro tanto”: no era una prostituta. Estaba necesitada de momento, yo la apoyé económicamente y ella quiso demostrarme su agradecimiento de la única forma en que podía. Así fue. Así fue pero de todos modos yo no podía dejar de estar triste. La sentía respirar a mi lado, dándome la espalda, y veía en mi mente su cara y nos veía juntos.
          En la mañana, en cuanto ella abrió los ojos, le hice la proposición que había estado amasando toda la noche:
          —Quédate a vivir conmigo. No te faltará nada.
          Se me quedó viendo. De pronto me dio la espalda y se puso a llorar, unos instantes. Luego se levantó a bañarse. Yo le grité desde la cama lo que ya antes les había dicho a ella y a su marido:
          —La frontera es un buen lugar para vivir.
          Cuando salió, envuelta en su toalla, Irene estaba sonriendo.
          Se quedó conmigo.
          Se quedó conmigo y cada día y cada noche de los cuatro meses que estuvo aquí supo hacerme feliz. Me ayudaba en el hotel, me hacía de comer cosas de su tierra. En las noches sus pezones de maíz morado llenaban mi boca y mis sueños.
          Al mes de estar juntos le conseguí una visa provisional y la llevé a comprarse ropa al otro lado. Después volvimos otras veces. Recuerdo su cabello despeinado por el viento del río cuando cruzábamos el puente internacional. Se veía contenta, tal vez no dichosa, pero sí contenta, en paz. Ya no miraba con ojos de angustia todo lo que había allá. Aprendió algunas palabras en inglés. Parecía que íbamos a estar juntos siempre y que siempre sería así.
          Pero una mañana volvió el marido. Traía buenas noticias: había conseguido empleo y papeles. Venía por ella. Irene se me quedó viendo un momento, quiero pensar que dudando. Comprendí. Nos dijo a los dos:
          —Voy a arreglar mis cosas.
          El marido pasó al restaurante a esperarla y pidió una cerveza. Yo no quería que me viera: se iba a dar cuenta de que me temblaban las manos y la tristeza estaba a punto de ganarme.
          Irene fue a despedirse, ya con sus cosas.
          —Gracias por todo —me dijo.
          Parecía sentirse mal ella también, apenada tal vez. Pero se le notaba más la alegría, el amor por el hombre.
          —Llévate dinero —le dije.
          —Ya me has dado mucho.
          —Llévate esto por lo menos —era lo que había en la caja: doscientos pesos. Se los puse en la mano y le cerré los dedos sobre los billetes. Luego me puse a hacer unas cuentas. No quería ver cuando se fueran.
          En la tarde salí a caminar. Llegué hasta el puente internacional y me quedé un rato mirando a la gente que pasaba de un lado a otro. El agua reflejaba con fuerza el sol. A lo lejos, en la parte gringa, unos niños jugaban en columpios y resbaladillas.