miércoles, junio 20, 2018

MAÑANA O TARDE


Ahí está, como muchos otros días, parada en medio de la calle peatonal. Supongo que vive en algún departamento de uno de esos ruinosos edificios del centro histórico.
         Me es difícil calcularle la edad. Será entre 70 y 80 años.
         La primera vez que me habló, pensé que iba a pedirme dinero. Pero no tenía el aspecto de alguien que necesita limosna para vivir. En su cara no había ni hambre ni malicia. Había desconcierto, asombro, una angustia sedimentada, asumida. Me pidió perdón por molestarme. Sólo quería saber —me dijo— si era de mañana o de tarde. “Son las seis treinta de la tarde”, le respondí.
         Después de eso, la he visto otras veces, en la misma situación: esperando a que algún transeúnte se detenga y le diga si es de mañana o de tarde. Pero no he visto que nadie lo haga. ¿Será que sólo yo puedo verla? Me da miedo que un día me diga: “Perdone usted, sólo quería saber si ya estamos en 1914 o todavía es 1913".

jueves, junio 14, 2018

El regalo del artista


Aquella mañana de septiembre de 1922, Arminda desayunó sólo dos rebanadas de pan con una taza de té aguado. Era todo cuanto tenía. Dos días atrás había raspado con un cuchillo lo último que le quedaba de mantequilla. Sin embargo se sentía emocionada. A mediodía iba a posar para Remo en el parque, a la orilla del estanque. Él se lo había pedido contra su costumbre. Normalmente, la pintaba en aquella ratonera de ático que él llamaba “su taller”. Ahí, con el sol de la mañana entrando por la ventanilla abierta, Arminda se quitaba la ropa y posaba para él. A veces se dejaba las medias y los zapatos.
         Pero aquella mañana, Remo le pidió que fuera al parque con su ropa más bonita. Quería hacer un retrato de tono campestre. Y ella, que nunca la negaba nada porque lo amaba, aceptó. Se puso un vestido de crepé color lila y encima su pelisse, revisó que su peinado de carré estuviera en perfecto orden, se pintó los labios en forma de corazón y salió de su vivienda en el segundo piso de la vecindad. Bajó las escaleras haciendo sonar alegremente sus zapatos, cruzó el umbroso patio y salió a la calle.
         Había mucho tráfico, casi todo coches de motor, pero todavía llegaban a pasar carruajes con caballos o jinetes. La ciudad se resistía a ser moderna, mas la Edad del Progreso avanzaba rápidamente a bordo de esos tranvías amarillos que anunciaban las paradas con campanitas. A ella le gustaban mucho, pero esa mañana no tenía dinero para el pasaje y se resignó a tener que caminar.

Durante casi dos semanas se vieron ahí, en el parque, a la orilla del estanque. Junto con su caballete y sus pinturas, Remo llevaba una botella de vino y un trozo grande de pan. Trabajaban un par de horas, hasta que hacía demasiado calor o necesitaban beber. Luego descansaban echados en la hierba, mirando cómo temblaban las hojas ya amarillas de los álamos y los castaños.
         El último día, Remo llegó al parque no con la ropa vieja y manchada que usaba para el trabajo, sino con prendas en buen estado y el bombín que guardaba para ocasiones especiales. Con mucho cuidado de no embarrarse de pintura, trabajó sin descanso durante casi cuatro horas. Arminda se sentía impaciente por ver el cuadro, porque sabía que ya casi estaba listo.
         —Nunca podré darte un joya —dijo él después de dar la pincelada final—, pero será como si te la hubiera regalado —y volteó la pieza terminada para que ella la viera.
         Y sí, la mujer del retrato era ella, Arminda, pero no era ella. Ésta tenía un vestido de color más vivo que el suyo y, rodeando su cuello lilial, el detalle más luminoso de la pieza: una gargantilla de amatistas.
         Arminda habría expresado su emoción ante tal belleza, pero en ese instante la hizo sentir escalofríos un ráfaga de ese viento de septiembre que ya anunciaba el otoño y, con él, el frío.

jueves, marzo 15, 2018

Errantes



—Madre, ¿quiénes son esas personas que van por el medio del camino?
         —Son peregrinos: gente santa.
         —Pero, ¿por qué no van cantando? Los peregrinos siempre cantan, madre.
         —Éstos no.
         —¿No rezan tampoco? ¿No hablan?
         —No. Y baja la voz, que pueden oírte.
         —Se está haciendo de noche y hace frío. ¿Dónde van a dormir, madre?
         —Estos peregrinos no duermen.
         —¿Por qué no les damos unas manzanas? Traemos suficientes.
         —¿Para qué desperdiciarlas? Nadie de ellos come.
         —Pero, ¿de dónde son, madre?
         —De todas partes.
         —¿Dónde viven?
         —En ningún lado, hijo mío. Ninguno de ellos vive.

jueves, marzo 08, 2018

La mosca



La mosca no nos trae noticias de los dioses, como las aves, no es industriosa como las abejas ni bella como las libélulas ni sirve para metáfora de autosuperación como las mariposas. Tampoco la envuelve el glamour noir de las arañas capulinas. Bueno, ni siquiera tiene el oscuro halo bíblico de las langostas. Es sólo molesta y —dicen— sucia. Aunque hay quesos muy apreciados que se fermentan con larvas de mosca. Y sus huevecillos sirven en medicina forense para dictaminar cuánto tiempo lleva un cadáver de ser cadáver. Me temo que no se le conocen otras gracias. Aparece al inicio de un cuento de hadas, pero el héroe no es ella, es un sastre. Y hay una obra de teatro de un autor existencialista y una novela de un premio Nobel que prometen en su título hablar de la mosca, pero, oh decepción: jamás lo hacen. Fuera de eso, es verdad, está presente en poemas, cuentos, fábulas y minificciones memorables, pero nunca se le presenta como la beldad que ella quisiera ser. Para la mayoría de las personas, la mosca es impertinente, a juzgar por la expresión popular “hacer mosca”; es gorrona, por aquello de “viajar de mosca”. También la relacionan con problemas y aflicciones: “¿Qué mosca te picó?”. Tal vez por eso está tan sola. Sólo Belzebú, un dios ya casi olvidado, quiso convertir a la mosca en su protegida.

jueves, marzo 01, 2018

Los dos anillos



Mi abuela Conchita y yo éramos los únicos mórbidos de la familia, tanto así que ella era la primera en llamarme o mandarme mensaje al teléfono cada vez que había una defunción en el barrio o sucedía algo digno de comentarse. Y es que ella pasaba mirando hacia la calle, oculta tras las cortinas semitransparentes de la ventana de su cocina. En su defensa hay que decir que, en esa cuadra de gente chismosa, no era la única que hacía eso.
         Por esa afinidad ella era mi parienta consentida y yo era su nieto consentido. A mí me dejó su herencia, incluyendo sus dos gatos. Y sus secretos.
         Desde niño, me acostumbré a ver dos anillos en la mano de mi abuela, dos anillos juntos en el mismo dedo. Con el tiempo llegué a entender que uno era de compromiso y el otro de boda. Nunca, ni por un momento que yo recuerde, se los quitó.
         Al abuelo no lo conocí. Murió antes de que yo naciera. Pero crecí oyendo anécdotas de cómo era: un tipo campechano, con sentido del humor, que no se dejaba agriar el día por quítame allá estas pajas. En las pocas fotos que había de él se le veía en la cara una expresión juguetona, como de esos hombres que no quieren madurar. Tal vez por eso murió joven. Dejó a mi abuela viuda con cuatro hijos y ella no volvió a casarse. Encontró consuelo para su soledad en el chisme que, como ya dije, compartía conmigo. Y nunca se quitó sus anillos. Cuando ya estaba desahuciada, pero todavía tenía lucidez, pidió que cuando muriera la enterraran con sus anillos puestos. Y así fue. Se los tuvimos que colgar con una cadena como medallas; la enfermedad la había enflacado tanto que se le caían de los dedos.
         Yo era el único ser en el mundo que conocía su secreto: sólo uno de esos dos anillos se lo había dado mi abuelo: el de bodas. El otro se lo dio un novio que tuvo antes. No se casaron. ¿Por qué? Ésa es otra historia y ésa sí le voy a cumplir la promesa de no contarla. El hecho es que hubo noviazgo formal, petición de mano y luego ya no hubo boda, pero ella no quiso deshacerse del anillo de compromiso. Luego se encontró al abuelo. Y el abuelo conocía la historia del anillo, pero no le dio importancia. Nada más se reía. Tal vez gracias a eso, al hecho de no haber sido un celoso típico, fue uno de los dos hombres que mi abuela Conchita se llevó a la tumba.