jueves, noviembre 16, 2017

Mi tía Rubí



Mi tía Rubí era nueve años mayor que yo. Cuando yo tenía 10 y ella 19, me parecía la mujer más bella del mundo. La miraba hacia arriba, hacia esa luz en lo alto donde habitaba, con devoción, orgulloso de que un ser tan majestuoso fuera mi tía. No había para mí mayor felicidad que acompañarala o, de ser posible, asistirla cuando se arreglaba para salir; pasarle esta brocha o aquel lápiz, opinar sobre los colores de barnices para uñas y qué tal combinaban con este labial o aquel vestido. Ella se dejaba admirar y sonreía, satisfecha de tenerme de esclavo y yo de serlo. Incluso me encargaba de voltear una y otra vez sus singles favoritos en el tocadiscos portátil que tenía en su recámara.
         Mientras procedíamos a su arreglo, por supuesto, platicábamos interminablemente con esas canciones de fondo. O, mejor dicho, ella hablaba y yo la escuchaba y de vez en cuando, con breves exclamaciones y movimientos de cabeza, le expresaba que estaba de su lado. Contándome de sus novios y los novios de sus amigas, mi tía Rubí me dio mi educación sentimental.
         A mis padres no les gustaba mucho esa cercanía. Les parecía poco masculina; como que tenían miedo de que fuera yo a hacerme maricón con tanta frivolidad de chicas. Así que, aunque no se oponían abiertamente, tampoco hicieron por empujarme nunca a los brazos de mi tía.
         Cuando entré a la adolescencia se acabó todo eso. Yo tenía que resolver varios asuntos dentro de mí mismo, y la admiración que sentía por mi tía Rubí me estorbaba. Me alejé.
         Un día, la familia entera, con todos los parientes sanguíneos y políticos incluidos, puso el grito en el cielo: Rubí se iba a vivir a Europa con un hombre. Nadie se tomó la molestia de precisar a qué país se iba ni con qué hombre; ésos eran detalles circunstanciales que no alteraban lo atroz del hecho. Y así fue como, durante muchos años, le perdí la pista.
         Ya estaba yo en la universidad, en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando volví a saber de mi tía Rubí: después de más de una década de vivir a salto de mata, pasando de un país a otro sin más brújula que su insaciable impulso amoroso, se había establecido en Budapest. Pero otra vez no me importó y lo olvidé. Bastante ocupado estaba con mis propias historias.
         Ya tenía yo casi cuarenta años cuando, gracias a un programa de residencias artísticas, pude pasar tres meses en Viena. Sólo entonces se me vinieron encima los recuerdos de aquellas tardes de mi infancia frente al tocador de mi tía Rubí, con las canciones alegres que ponía como música de fondo. Y me dije: ¿por qué no visitarla? Además tenía muchas ganas de conocer Budapest. Le pedí a mi mamá su dirección de correo electrónico y le escribí.
         Me contestó tres o cuatro días después, muy amable. Me dijo que mi carta le había dado alegría, que se había acordado muchas veces de mí y que esperaba mi visita. Podía dormir en su casa, me dijo. Me dio su dirección. Y allá voy.
         Luego de más de tres horas en tren, llegué a la estación Nyugati de Budapest. El viaje me había puesto tenso y de mal humor, más aún al pensar que estaba en una ciudad donde la gente hablaba un idioma que yo no entendía. No tenía ninguna intención de tomar el metro y batallar con el mapa que me mandó mi tía. Tomé un taxi. La dirección estaba cerca. Era una calle angosta, solitaria, de edificios renegridos por el smog y el deterioro de muchos años. En uno de ellos vivía mi tía Rubí. Era una típica vecindad de principios del siglo XX, de esas que también hay en Viena, con su patio en medio, su elevador de puertas que hay que abrir y cerrar manualmente, y tres pisos de viviendas alineadas en corredores amplios con macetas y barandales de hierro.
         Me abrió la puerta un hombre como de sesenta años, bastante traqueteado, que olía fuerte a alcohol y a tabaco. Llevaba una botella de cerveza en la mano.
         —Rubí no tarda en llegar —me dijo en alemán.
         Me invitó a pasar y me señaló un sofá cubierto con una cobija morada. Pero no me ofreció nada de tomar. Estaba viendo en el televisor un partido de futbol de equipos locales.
         Cada vez de peor humor, tomé asiento. Tenía sed, pero no quise humillarme pidiéndole nada a ese descortés. El apartamento era lo más deprimente que había visto en mi vida: penumbroso, sucio, cargado de olores ya rancios, lleno de cosas viejas. Decidido, pensé: Si no llega mi tía en 15 minutos, me voy. Mi boleto de regreso a Viena era para cuatro horas después; aprovecharía para conocer un poco de la ciudad y buscar un buen restaurante.
         En ese lapso de tiempo, que me pareció eterno, el tipo no se dignó apartar la vista de su juego. Finalmente me puse de pie:
         —Hasta luego —dije, sin darle ninguna explicación al amante en turno de Rubí. No la merecía. Y no la pidió. Ni siquiera se levantó a despedirme. Los perros por lo menos mueven las orejas.
         Caminaba ya hacia el elevador cuando vi que venía subiendo las escaleras una muchacha muy bonita. No podía pasar de veinte años y, para mi enorme sorpresa, era idéntica al recuerdo que yo conservaba de mi tía Rubí: los mismos rasgos, la misma mirada entre coqueta y melancólica. ¿Sería su hija? No podía ser: hasta donde yo sabía, mi tía Rubí no había tenido hijos. ¿Entonces? ¿Sería hija de aquel hombre? ¿Una vecina? Pero nada de eso explicaría... mi sorpresa se convirtió en terror cuando caí en la cuenta de que la chica estaba vestida a la moda de mi infancia, con minifalda y suéter de cuello de tortuga. Y olía a... ¿a qué?
         Pasó junto a mí sin verme, como si hubiera sido yo transparente.
         Sentí que me volvía loco, eché a correr escaleras abajo y no paré hasta encontrarme en el patio.
         En el oscuro pasillo de la entrada, me crucé con una mujer como de cincuenta años con un vago aire familiar, que me miró curiosa. Traía una cigarrillo entre los labios y dos pesadas bolsas de supermercado. Y no vi más. Necesitaba desesperadamente alejarme de ahí y llorar.

jueves, octubre 19, 2017

LA PALABRA MÁS DIFÍCIL

Foto: Paul Almásy





Cuando uno es chico, piensa que lo que ha visto siempre es lo normal. El barrio es la medida del mundo.
         Cuando yo era niño, lo normal era echar piropos a las mujeres. Era un signo de hombría, la prueba de que uno ya había dejado atrás los cochecitos y las canicas.
         El asunto es que yo era tímido y, cuando llegué a los 15 años, era el único de mis amigos que nunca había echado un piropo. Me afligía la sola idea de tener que hacerlo. En esa época, el respeto a la mujer era nada más no decirle algo cochino. Y si uno tenía suerte o era guapo, hasta podía ganarse una sonrisa. Yo quería tener suerte, ser guapo, que me sonrieran. Nunca me había sonreído una mujer como mujer. Nunca había yo besado a nadie. Nunca había olido de cerca una cabellera. Y me moría de ganas, pero todo me daba vergüenza.
         Un día, finalmente, me armé de valor. Me paré en el hueco de una puerta, medio escondido porque hasta para eso era cobarde, y esperé. Estaba nervioso. Cualquiera hubiera dicho que iba a coger y no a echar un piropo. Tenía idea del perfil que esperaba: no debía ser demasiado bonita, porque ésas me ponían todavía más nervioso. Que fuera regular, tirándole a feíta, pero con cara de buena gente para que no se enfadara. La esperé, la esperé... finalmente llegó. La vi venir y supe que era ella. Pero había olvidado si el momento era justo antes de que pasara, mientras iba pasando o ya que había pasado. Y en lo que decidía, como en cámara lenta, la muchacha se me escapó. Se lo eché a la espalda. El piropo, pues. Fue algo muy corto y dicho entre dientes, a costa de un esfuerzo muy grande.
         Ahora, a casi cuarenta años de distancia, pienso que no me oyó. Pero ese día yo estaba satisfecho: había cumplido. Había pronunciado la palabra.

jueves, enero 26, 2017

Tonalidad del invierno




1. Tono rural.

 El sol no se ve. Desde hace un par de meses no se ve. A través de la blancura compacta del cielo, brilla débilmente. La tierra helada lo adivina.
         En la aldea, la gente sale poco de su casa. No hay mucho que hacer afuera.
         Las casas bajas, dispersas, parecen dormir. Los tejados están cubiertos de nieve y sale humo de algunas chimeneas. En algún patio, dos gallinas picotean entre el hielo. Agitan las alas como para entrar el calor.
         Por el camino que sale de la aldea van dos mujeres. Desde lejos se ven las cabezas cubiertas con pañoletas, los cuerpos gruesos envueltos en tres o cuatro suéteres. Van a la panadería. Platican de un borracho que murió de frío durante la noche.


2. Tono urbano.

Horizontales. Verticales. Horizontales. Verticales. Horizontales. Verticales. Cables. Lineas ferroviarias. Postes.
         Escala de grises.
         A mediodía, la ciudad es gris claro; en la tarde, gris oscuro; en la mañana, gris oscuro. A mediodía, gris oscuro; en la tarde, gris claro...
         Por la ventana se ve el río, inerte; las fábricas en la otra orilla. Hay una obra en construcción. Las grúas cortan el aire, grises. Los obreros podrían ser el único elemento humano del paisaje. Podrían dar la nota de color con sus trajes anaranjados y sus cascos amarillos. Naranja gris. Amarillo gris.

jueves, enero 19, 2017

Domingo




—Dile a tu padre que no esté en el fresco: le va a hacer daño.
         En realidad hacía calor en el patio. El sol ya estaba bajando, pero aún faltarían por lo menos dos horas para que se ocultara. Y las bardas de la casa protegían a don Antonio Nemiña de los ventarrones, que venían cargados de polvo y hojas secas, pero no traían frío sino más sofoco.
         —Dile que se meta. Hace frío —repitió su madre.
         Ignacio venía de la calle, del cine. Los domingos iba al cine. No le sorprendió ver al viejo ahí, al fondo del patio, fumándose un puro sentado en su mecedora. Pero a su madre sí debió de sorprenderle y no sabía cómo expresar que estaba preocupada. Por eso había recurrido a aquello de que hacía fresco. No se lo decía directamente a su marido porque ella y él hacía años no se hablaban. Si querían comunicarse algo se lo mandaban decir por medio de los hijos, aunque estuvieran uno enfrente del otro.
         —¿No me oyes?
         Don Antonio ni siquiera se volvía a mirarlos. Con el rostro vacío de expresión, contemplaba el humo que salía de su boca en gruesos cordones para ir a enredarse entre las ramas de un tamarindo. Las canas de sus sienes brillaban con la luz de la tarde, rojizas. Al verlo, Ignacio sintió que se desvanecía el odio que le había tenido en los últimos días. Le dio lástima.
         —Métete tú, mamá. Él ha de querer estar ahí.
         —Se va a poner malo. Y te va a dejar a ti todo el trabajo.
         —Déjalo. Vámonos adentro tú y yo. Quiero un café.
         Ella también se veía envejecida. El orgullo y el rencor habían logrado mantenerla joven durante muchos años, pero ahora hasta eso comenzaba a declinar. Ignacio la tomó del brazo y la condujo a la sala. La dejó sentada en el sofá y fue por el café. Al pasar hacia la cocina echó una mirada a la fotografía de su hermana, que colgaba en la pared. Era de su boda. Estaba sola, vestida de novia pero sola, con la mano apoyada en una columna de mármol. Sus padres no habían querido que se casara; se resistieron hasta lo último. En eso sí estuvieron de acuerdo. Por eso habían pedido para la casa una foto donde Marina estuviera sola, no con el mestizo ese. Y por eso ella no los visitaba. Había hecho su vida. Había tenido el coraje que a Ignacio le faltó. Quién la viera en ese retrato: tan dulce, sonriendo apenas, con sus ojos color miel llenos de luz.
         Mientras ponía el café, Ignacio se preguntó qué pensaría ella si se enterara de lo que había pasado acá. Siempre quiso mucho a su padre. Y él a ella.
         Abrió la llave del gas y luego, con un cerillo de madera, encendió el quemador. Las llamas azules salieron por los orificios iluminando un poco la habitación ya en penumbra. Olía a frutas en conserva.
         Su mente volvió a la mueblería, a su padre y a la muchacha. Bibiana tenía la costumbre de escupir al suelo. Lo hacía constantemente: cuando le venía la sensación de que algo se le había adherido en la garganta, cuando le llegaba algún olor extraño, cuando oía hablar de algo sucio o pensaba en ello. Se oía un chasquido y ahí estaba: un copo de espuma blanca que luego ella misma aplastaba con el pie.
         Desde que llegó a pedir trabajo a la mueblería le causó mala impresión a Ignacio; le pareció vulgar, agresiva, peligrosa. Le disgustaron sus párpados pintados de plateado, su voz de fumadora y el orgullo con que sacaba el pecho luciendo sus tetas. Pero no se atrevió a decir nada porque su padre la había mirado con complacencia y ya lo conocía: una vez que se hacía una idea de algo o de alguien, cualquier palabra en contra despertaba su ira. Por su parte, Bibiana también lo midió a él; se le quedó viendo de arriba abajo con sus ojos de gata envenenada y con eso tuvo para saber que nunca serían amigos. Dio dos pasos en dirección a la puerta de la calle y aventó el primer salivazo a la banqueta. Don Antonio no le dijo nada. Cómo le iba a decir algo si fue gracias a ese acto que ella le dio la espalda, un instante, y él pudo mirarle el culo. La decisión estaba tomada. Fue mero formalismo lo que siguió después: la lectura supuestamente cuidadosa de la solicitud de empleo, los comentarios sobre algunos puntos, la advertencia sobre los errores que había cometido su antecesor —impuntualidad, descuido en su presentación— y por los cuales había sido despedido. Finalmente, mientras Ignacio atendía a una mujer que llegó a preguntar si todavía se fabricaban televisores Philco, su padre le explicó a Bibiana en qué consistiría su trabajo y se puso de acuerdo con ella respecto a cuánto le iba a pagar.
         Todo esto sucedió antes de las diez de la mañana, hacía casi seis meses. Para cuando la muchacha salió a comer, a las tres de la tarde, don Antonio ya estaba de un buen humor que no se le había visto en años. Él y su mujer se evitaban lo más posible. Dormían en habitaciones separadas y comían a distintas horas. Quizá con el fin de hacer menos obvia la soledad que pudiera sentir, don Antonio había dado en tomar en la mueblería su comida de la tarde. A las cuatro en punto, en cuanto volvía el empleado, se encerraba en el pequeño despacho del fondo y extendía en el escritorio el Correo Galego para estar leyendo mientras sopeaba en aceite de olivo rebanada tras rebanada de pan negro. Cerraba pasadas las ocho de la noche y se iba caminando a su casa. Siempre en silencio, siempre encerrado en sí mismo, como si el castigo de no hablarle que le había impuesto a su mujer se hubiera extendido a todo el mundo. No se quejaba. Parecía haber aceptado su suerte: estar casado desde hacía cuarenta años con esa mujer a la que no amaba, vivir en una pequeña ciudad sin plazas ni árboles perdida entre cerros áridos, comunicarse ya sólo a través de cartas con los escasos parientes y amigos que tenía regados por el mundo. Un día a la semana —los domingos— cerraba temprano la mueblería y se encerraba en su despacho a fumarse un puro y a beberse dos botellas de vino. Nunca más, nunca menos. Se encerraba solo. Alguna vez, Ignacio lo vio salir, ya como a las diez de la noche, y tomar el camino de su casa: una figura enorme, sólida y al mismo tiempo fantasmal, inasible, como si no fuera su padre sino un recuerdo borroso de su padre.
         Cuando oyó que el agua comenzaba a hervir, dio unos pasos hacia la puerta y encendió la luz de la cocina. Luego apagó la estufa. Sirvió el café, puso las dos tazas de porcelana en una charola, y volvió a la sala. Su madre lo estaba esperando con la misma cara de sufrimiento de hacía rato. Subió las piernas al taburete y comenzó a darse masaje sola. No era que le dolieran, decía; era una maña que se había cogido, nada más.
         —¿Ha habido problemas en la mueblería? —le preguntó a Ignacio.
         —No.
         —Entonces, ¿qué le pasa a tu padre?
         —No sé.
         —Todavía ayer estaba muy contento.
         “La empleada se ha marchado”, iba a decir Ignacio, pero pensó que eso no tranquilizaría a su madre. Haría más preguntas. Y él no quería contestar preguntas. Venía del cine, que era su único vicio y la única cosa que lo hacía feliz. Su padre no lo dejó ir a la Universidad. No leía, no practicaba ningún deporte, no tenía novia ni amigos —su padre le prohibió desde niño que hiciera amistad con los muchachos del pueblo—. Sólo iba al cine. Y cada vez que le gustaba mucho una película, se ponía a pensar en ella durante horas, a revivir en su mente las escenas que lo habían conmovido o excitado, aun ya en su casa, solo en su cuarto. Por eso se quedó callado. En la penumbra, puso la charola con el café en la mesita que había a un lado del sofá donde estaba su madre y permaneció de pie, como si esperara una orden o el permiso para retirarse.
         —Enciende la luz, hijo —otra vez la voz de sufrimiento, el rumor de las manos rugosas sobando las piernas sobre las medias de lana.
         La luz lo deslumbró un poco, al principio. Se sentó en el sillón más chico, resignado. Volvió a mirar la foto de su hermana. ¿Y si le hablaba por teléfono y le contaba? Al viejo le haría bien hablar con ella, si no era más fuerte su vergüenza. No, seguramente no lo haría.
         —¿No ha llamado Marina, mamá?
         —¿Tú crees que va a llamar? Sólo que necesitara algo de tu padre.
         Ignacio dejó escapar un suspiro hondo, viejo. A veces la extrañaba mucho. La envidiaba. Le parecía el único ser vivo que había habitado alguna vez esa casa. Recordó el día cuando su padre descubrió que andaba de novia con aquél. Era domingo también, como ahora. En esa época, los domingos desayunaban todos juntos: su padre, su madre, Antonio el hermano mayor, Marina y él. Antonio andaba crudo, como siempre después de sus borracheras del viernes y el sábado, y eso había puesto de mal humor al viejo. Además ya le habían contado en la mueblería lo de Marina, aunque todavía no lo confirmaba; pensaba que ella iba a negarlo si la interrogaba. Pero no fue así. La criada acababa de servir el chocolate cuando sonó el teléfono. Marina saltó en su silla y fue a contestar. Pero don Antonio la detuvo: contestó él. De mal modo. Entonces ella no se aguantó más.
         —Me hablan a mí —le dijo—. Dame el teléfono.
         Su padre no le hizo caso. Se le quedó viendo a los ojos, desafiante. Entonces ella, igual de desafiante, le dijo para terminar:
         —Es mi novio.
         Ahí explotó todo. Su padre se contuvo con ella porque la quería mucho. Sólo la amenazó con meterle un tiro al muchacho. Pero a Antonio se le fue a golpes por no cuidar bien a su hermana. Y a su madre. Ignacio escapó de su ira. Él siempre escapaba porque a don Antonio ni siquiera le parecía que valiera la pena enojarse con él. Era un inútil nada más, una sombra.
         —¿Me enciendes la televisión, hijo?
         —Sí, mamá —Ignacio obedeció, sabiendo que después de unos minutos tendría que volver a levantarse para apagar el aparato. Era domingo y no había nada que le gustara a su madre: sólo deportes y un programa musical. Ya lo sabía. ¿Por qué entonces lo molestaba? Él quería pensar en la película que había visto: una historia en la selva del Amazonas, acerca de un negro que escapaba de la cárcel de Cayena y, después de caminar mucho y sortear toda clase de peligros, era capturado por unos salvajes que le ofrecían una mujer hermosa.
         —No ha venido la señora del pan de huevo —dijo su madre, pensativa.
Ignacio no le contestó.
         —Y ya no nos queda ni una pieza, ¿verdad?
         —Creo que no.
         —¿Por qué no vas a ver si hay por lo menos un pedazo? Tengo mucho antojo.
Ignacio caminó hacia la cocina. Desde la sala, su madre le gritó:
         —Si no encuentras nada, tráeme unas galletas de higo. Por favor, hijo.
         Por la ventana miró hacia el patio. Aunque ya estaba oscuro, todavía alcanzaba a distinguirse todo: el tamarindo, el granado, las dos higueras con la hamaca amarrada de una a otra. Don Antonio ya no fumaba pero seguía ahí, inmóvil. Ignacio pensó en una cascada muy alta, rodeada de árboles tropicales. El negro caía arrastrado por la corriente. Perdía el sentido. Los salvajes lo encontraban poco después, río abajo.
         En la sala, su madre miraba un partido de béisbol, aunque era evidente que estaba pensando en otra cosa y no le importaba lo que sucediera en la pantalla.
         —Gracias, hijo.
         Ignacio sintió tristeza al verla. Y también cierta satisfacción porque finalmente, a pesar de su padre y de los dos hijos muertos y de todo, ahí estaba: sana. Apoyada en sus manías.
Junto al retrato de Marina, más pequeño, colgaba uno de Antonio. Ése sí que no pudo, pensó Ignacio. Antonio había sido el hijo predilecto, cuando niño. Su padre esperaba mucho de él. Por eso, de los tres que llegaron a grandes, fue el que más llegó a odiarlo. Por eso se emborrachaba tanto y se gastaba el dinero con mujeres públicas. Sufría, pero en medio de ese sufrimiento le quedaba la satisfacción de ver frustradas las esperanzas que don Antonio había puesto en él. Hasta que lo mataron a balazos en una cantina. Fue entonces, inmediatamente después del entierro, cuando los dos viejos dejaron de hablarse. En silencio, con un rencor sordo e infinito, se culpaban uno al otro por la muerte de Antonio. Que porque el padre lo había orillado al vicio con sus castigos y su dureza; que porque la madre lo había echado a perder de tanto solaparlo.
         —Todavía ayer se veía muy contento.
         —Sí, mamá —le molestaba esa actitud de ella. ¿Por qué preocuparse por alguien a quien ya no quiere uno?
         —¿No será cosa de alguna mujer? ¡A su edad...!
         —No creo, mamá.
         —Es un viejo sucio.
         Sí, desde que Bibiana entró a trabajar, don Antonio le echó el ojo. Y eso que ella primero había querido coquetear con Ignacio. Pero a él le desagradó: le daba asco verla escupir. Como no podía hacerlo ahí, en el piso de la mueblería, se salía a la calle o iba al baño. Además su olor, el olor de su cuerpo... Ignacio sentía que se le había quedado metido en la nariz. En las noches despertaba de pronto, aventaba a un lado las sábanas empapadas de sudor, y le parecía que Bibiana estaba ahí mirándolo, acechando en la oscuridad, desnuda y ahíta de lujuria. Levantaba los brazos como si fueran alas y dejaba salir el olor de su cuerpo, que Ignacio llevaba consigo como una infección. Y tal vez sí, su padre era un viejo sucio. Empezó a hablarle, a darle privilegios que Ignacio no tenía. Le dio poder. Si algo salía mal era culpa de él, de Ignacio, no de ella. Bibiana hacía las mejores ventas, atraía a los clientes. La mueblería era ellos dos: don Antonio y ella.
         —Cierra la puerta, hijo. Se van a meter los zancudos.
         Ignacio obedeció. Se levantó a cerrar la puerta y de paso encendió la luz del corredor. Desde ahí se veía, obstinada, la figura de su padre.
         —¿Ahí está todavía?
         —Sí.
         —Se me hace que tú sabes algo y no me quieres decir.
         —No. No sé nada.
         —¿Tienen empleada en la mueblería?
         —No. Estamos solos.
         Era verdad. Qué alivio no tener que decir una mentira. ¿Por qué cada vez que la recordaba la veía escupiendo? O la oía diciendo “ei”. Decía “ei” en lugar de “sí”: una respuesta a medias, que a Ignacio le parecía no era una verdadera afirmación, como de alguien que no quiere comprometerse. A su padre le daba lo mismo, pero a él le disgustaba. Ei. Empezaron a hacerlo sentir que estorbaba. Por eso, finalmente, Ignacio decidió dejarlos solos una tarde. Al día siguiente se dio cuenta de que su padre no había desaprovechado la oportunidad. Se lo vio en la mirada, en la forma como pasaba junto a él casi empujándolo, sin decir Con permiso. Bibiana llegó tarde y no fue reprendida. Ignacio empezó a dejarlos más y más tiempo solos. Se iba a caminar por la ciudad, esa ciudad tan horrible. Subía las calles empinadas, humeantes de calor. Ni un solo árbol en el camino, ni una banca donde sentarse. Casi nadie andaba por las banquetas. De pronto alguna puerta se abría a un patio largo, lleno de gente acalorada: hombres sin camisa, mujeres que bailoteaban y se reían alrededor de los lavaderos colmados de ropa mojada, niños que orinaban en cualquier lado, entre perros jadeantes. Ignacio llegaba así a lo alto de los cerros y entonces se volvía, esperando ver algún paisaje agradable, si no venía alguno de esos ventarrones que le aventaban a los ojos puñados de tierra. Pero sólo veía la ciudad extendiéndose desde el pequeño valle hasta cubrir de fábricas y casas miserables todos los cerros vecinos. Únicamente hacia el centro destacaban algunas notas de color: las torres anaranjadas de la iglesia, los platanares y las jacarandas que trataban de dar a los hoteles un toque de exotismo, los distintos árboles que crecían todavía en los huertos de algunas casas viejas. Y el cine: un edificio alto como una gran caja de zapatos pintada de amarillo.
         Allá, una tarde cuando ya las cosas entre Bibiana y el viejo parecían muy seguras y don Antonio se había dado cuenta de que Ignacio sabía todo, la vio. Vio a Bibiana. Con un muchacho de su edad. Estaban recargados contra un arco de madera cubierto de flores marchitas, rastro de la última fiesta religiosa. El aironazo traía embozadas de polvo que se metían por todos lados como una plaga del Cielo, y sin embargo los dos jóvenes se veían frescos y libres igual que si hubieran estado en una playa o en un prado o en cualquier lugar igualmente bello y no en esa atroz ciudad. Era demasiado tarde para que Ignacio tomara otro camino. Bibiana, arrinconada contra el poste del arco, lo había sentido. Lo barrió con una mirada tan fuerte que hizo que su acompañante se volviera también. Y sacó la lengua como si fuera a escupir, pero no lo hizo. Esa vez no lo hizo. Sólo se mojó los labios, un segundo, antes de aferrarse al cuerpo que la tenía atrincherada en ese rincón. En su cara se dibujó una sonrisa mala, de desafío, de triunfo. Vino el viento, otra vez. Ignacio no los vio más.
         Pensó otra vez, con placer, en la película que había disfrutado esa tarde.
         —Ya me voy a acostar, hijo. Ayúdame.
         Ignacio se levantó y le ofreció el brazo a su madre. Por fin, pensó.
         —Quién sabe hasta qué horas pensará quedarse ahí —le dijo ella—. Llévale una manta.
         Salieron al corredor lleno de ruidos de insectos. Al fondo se encontraba la recámara de la madre: una habitación muy grande, de paredes altas. La puerta de madera rechinó al abrirse.
         Mientras esperaba a que su madre abriera el ropero y sacara la manta, Ignacio observó la cómoda cubierta de retratos de familia, incluyendo uno de su hermano más pequeño, el cuarto de la familia, que había muerto casi recién nacido; el reclinatorio, el rosario colgado en la cabecera de la cama. Pensó otra vez en su hermano Antonio. Quizá él se habría sentido satisfecho de ver así a su padre. De verlo por fin con la cabeza doblada, mordiéndose los huevos, solo. Sí, si Antonio podía verlos desde algún lado, si su alma andaba rondando la casa, estaría satisfecho: ya podría descansar en paz.
         —Hasta mañana, hijo. Que Dios y la Virgen cuiden tu sueño.
         Ignacio besó los dedos en cruz y cerró la puerta tras de sí. Cruzó el patio con la manta. Iba a ponérsela a su padre en las piernas, pero el viejo le cogió el brazo con su mano velluda. Lo apretó con fuerza, como si Ignacio fuera otra vez un niño y él pudiera lastimarlo y hacerlo llorar. Lo miró con ojos brillantes de rencor y escupió al suelo. Lo que nunca había hecho: escupió al suelo. La espuma de su rencor se perdió en la oscuridad de la noche. Luego se puso de pie y echó a andar hacia su habitación, en el otro extremo de la casa.
         Antonio sintió un golpe de viento fresco y pensó, con placer, en el Amazonas.