jueves, enero 17, 2019

Magia negra



Toma esta semilla. Plántala en una olla que se haya usado sólo para hacer café. Riégala un poco los martes y los viernes cuando esté por dar la medianoche. Crecerá una planta con flores negras. Córtalas con un cuchillo de hombre y muélelas en un molcajete nuevo. Te quedará una pastita como sangre coagulada. Ésta la vas a echar en un cuarto de mezcal y la vas a dejar ahí 28 días. Al cabo de éstos tendrás un perfume. Rocías unas gotitas en las sábanas de tu cama cada vez que lleves una mujer. Si es el amor que te toca, vas a ver que la cama sale volando por la ventana y se va a playa y en la playa se convierte en una barca y se pierde en el mar. Nunca se volverá a saber de ustedes, pero para qué quieren regresar a la tierra si ya encontraron el amor. Ahora que, si no es la mujer que te toca, la cama se convertirá en una yegua bronca, saltará por la ventana y se los llevará a correr toda la noche. Cuando despiertes en la mañana, ya no te importará nada. Dirás que para qué quieres encontrar a la mujer que te toca si con la que no te toca es tan grande el placer.

miércoles, enero 16, 2019

Teoría de los cuadritos


Al nacer varón, la sociedad me asignó un cuadrito para moverme dentro de él, diferente al asignado a las niñas. Ser primogénito significó otro cuadrito que, sin darme cuenta, determinaría mucho de lo que se esperaba de mí. Luego vinieron otros cuadritos: ser de una familia tal, vivir en un barrio tal de una ciudad tal. Y con estas asignaciones vinieron las líneas rojas y las expectativas por las que se me hacía responsable: ¿por qué tenía que aguantarme las ganas de llorar sólo por ser hombre? ¿Por qué no podía jugar con una muñeca y en cambio debían gustarme los balones? (Nunca me gustaron, hasta la fecha no me gustan, nunca van a gustarme), ¿Por qué no podía salir descalzo a la calle o limpiarme los mocos con la mano, como sí les estaba permitido a otros niños?
          Al crecer y empezar a creerme listo, caí en la trampa: sacarle partido al sistema de ventajas de cada cuadrito, porque ser un alumno aplicado es diferente que ser un burro, ¿no es así? El encierro es ligeramente menos estrecho, aunque el discurso oficial de la sociedad diga que es mucho menos estrecho. No me daba cuenta de que todo era lo mismo: no importa cuántas veces cambies de cuadrito, siempre estarás en uno. Jamás en un círculo ni en un rombo.
          Viviendo en el extranjero durante muchos años, me ha parecido esto más y más asfixiante y más y más perverso. ¿Por qué tengo que bailar salsa sólo porque soy latinoamericano? ¿Por qué el ser mexicano me obliga a ser alegre y bebedor?
          Un día, un policía de un país europeo me contó una anécdota: llamaron de un centro comercial para que fueran a arrestar a dos adolescentes que habían sido sorprendidos robando. Los oficiales acudieron y subieron a la patrulla a los dos chicos. Uno de ellos era de una minoría étnica; el otro era blanco. En el camino, el policía que iba en el asiento del copiloto se puso a sermonear al niño blanco: “¿Por qué robas?, ¿qué educación te han dado tus padres?, ¿No te da miedo ir a la cárcel?” y así durante una hora, hasta que se cansaron de dar vueltas y dejaron libres a los dos ladrones. El castigo para el niño blanco fue ser interrogado y sermoneado; el del otro chico, ninguno. A él ni siquiera lo miraron. ¿Por qué? Porque era de una minoría. Para qué perder el tiempo con él; de todas maneras —me explicó el policía— iba a acabar mal. Cuestión de cuadritos, ¿verdad?
          Pues de eso quiero yo hablar cuando escribo para jóvenes: del derecho de todos a romper cuadritos. De la necesidad de hacerlo. Quería mostrar que lo que más perturba a la sociedad respecto a los lobos con piel de oveja no es lo peligroso del lobo (¿qué puede hacer un pobre lobo solitario contra el gigantesco rebaño y sus perros pastores?). No, no es eso: no es el peligro. Una vaca con piel de oveja produciría el mismo grado de angustia social. ¿Por qué? Porque se está moviendo en un cuadrito que no le toca. Hay que matarla o aislarla a como dé lugar, por el bien de “nuestros valores”.
          La vaca (o el lobo para el caso) tiene una posibilidad de salir bien librada: aprender a balar, no volver jamás a mugir y olvidarse de que es vaca.

miércoles, enero 09, 2019

Una reseña de Operación Snake, por Norma Muñoz Ledo




Agustín, como escritor para jóvenes, es un caso especial. No me gusta hacer distinciones entre la literatura para niños y jóvenes y la literatura para adultos, sin embargo, el mundo editorial insiste en hacerlas, normalmente en detrimento de la literatura infantil y juvenil. Yo pienso que los buenos libros son para cualquier edad. Hay quien dice: “si te leen a ti, los jóvenes después podrán leer a Fuentes o a Borges”. Como si ésta fuera una ilteratura de segunda que preparase para una de primera. La crítica “seria” rara vez voltea a ver un libro para jóvenes. La edad de los lectores se considera la principal limitante: no se puede escribir de cualquier tema, tampoco hay una libertad en el uso del lenguaje, porque, ya saben, los jóvenes usan cada vez menos palabras y los niños, ni se diga. El asunto es que no es una literatura menor, pues requiere de un trabajo extra de la imaginación del autor: no sólo es entender la psicología de una edad particular; adaptarse a un cierto nivel de experienca de vida que el autor meramente adivina y lograr un lenguaje a tono con ese lector imaginario. También se requiere la creación de la obra con todos los elementos: el tema, el desarrollo, el desenlace y todo lo que eso implica.

El caso de Agustín, como decía, es especial. Él es un autor ampliamente reconocido en el ámbito de la literatura que no tiene distinción de edad, cuyo lenguaje fluye con igual belleza en la prosa que en la poesía. Agustín es, además, un gran lector, una persona erudita. Lo bello es que las gotas de su erudición resbalan a sus libros de una manera sutil, claramente perceptible aunque nunca ostentosa. Sus temas nunca me han parecido fáciles, ni sus personajes: él es un observador de la vida y de la naturaleza en el más extenso sentido de la palabra. Y muchas veces su mirada aguda ha caído sobre particularidades del comportamiento humano de las cuales no necesariamente nos sentimos orgullosos y las expone con ese deleite del lenguaje que para mí es una de las cualidades que lo definen como autor.

Lo especial es que un autor así decida andar el camino de la literatura para niños y jóvenes. Agustín no es condescendiente cuando escribe para este público. No hace concesiones. Considera al lector joven tan capaz como cualquiera. Sus temas siguen siendo complejos, el lenguaje no pierde terreno. He leído casi todas las obras que Agustín ha escrito en este camino, desde La guerra de los gatos, con la que ganó el premio Juan de la Cabada en 1998, hasta Operación Snake. Y el último me gusta mucho, ahora les diré por qué:

El protagonista, Horacio, es un adolescente que va por la vida con una actitud de desprecio hacia la humanidad. Entra a prepa en una escuela donde no conoce a nadie y se dedica a hacer una disección psicológica de sus compañeros, a quienes llama “conejitos”. En esa categoría están el chavo que busca ser amigo de todos, el guapo deportista, la rubia bonita y sus leales súbditas. Pero Horacio, autodefinido como chico duro, está harto de los conejitos y cito: “son niños que creen en el futuro, en la familia, en la pareja, en los iPhones y en lo cool... ¿por lo menos habrá un trasero interesante?”

Tras la apariencia de rudo, Horacio busca en realidad rostros inteligentes. Pero no es el único harto de una sociedad en donde todo parece producción en masa, hasta las personas y en donde los que piensan distinto prefieren aislarse, como él dice: “a los espacios más habitables, es decir libres de humanos”. En esa soledad del escondite conoce a Yara, que parece compartir su desprecio por la humanidad, empezando por él, a quien llama “feo, puerco y tonto”.

Los personajes de la novela –todos– me gustan por frescos, por genuinos, porque actúan y piensan como en verdad actúan y piensan los adolescentes y Agustín tiene la valentía de presentarlos sin pasteurizar. Me explico: el ámbito de la literura para niños y jóvenes en México a veces es muy fresa. En la preocupación por ser aceptados para las ventas escolares, autores y editoriales se suben al barco de los temas y el lenguaje puritano, existe una gran cantidad de libros donde los personajes están totalmente pasteurizados, es decir, trabajados para gustar, para encajar, despojándolos de toda su frescura. A Agustín eso no le interesa. Horacio es tan hormonoso y mal hablado como cualquier chavo de su edad. Y ve las cosas con artera acidez. Su vida familiar, por ejemplo, dista mucho de ser convencional, cito: “no creemos en supersticiones sociales: nada de que todos comemos juntos y nos contamos lo que hicimos durante el día. Cada quien come cuando llega o cuando tiene hambre. Toma de lo que hay en la estufa; si no encuentra nada ahí, busca en el refrigerador; si tampoco ahí hay nada, se va a la alacena y saca lo que pueda comerse sin morir envenenado”.

En esta novela, los personajes no caen en estereotipos. Horacio no es simplemente el rudo que se la vive en contra de todos los demás. En realidad es un chavo que tiene miedos e inseguridades como cualquiera. Uno de ellos, que es feo. El piensa que“los feos solemos consolarnos pensando que todos los guapos son imbéciles”... La cosa es que el guapo de esta novela no es imbécil, en realidad es buena onda. El miedo de Horacio al rechazo no es sólo un miedo adolescente, como si fuera un mal típico de la edad que antes no se padecía y luego se supera por arte de magia. Es, en realidad, un miedo profundamente humano. Cito a Horacio:“Yo pensaba que estaba bien esto de ser feo. O que en todo caso, no tenía importancia. Ahora creo que sí importa y veo mi cara en el espejo, mi ridícula “cara de niño” y me da rabia lo que veo. Y miedo. Miedo de no gustarle a nadie. ¿Será que nunca voy a saber lo que es besar a una mujer, ser deseado, hacer el amor? Todo el mundo tiene miedo de algo, ¿no?”.

El hilo conductor de Operación Snake es la vida preparatoriana de este chavo que fracasa en sus intentos por repeler a sus compañeros. En el trasfondo, están los asesinatos que han ocurrido en la ciudad y que la hermana menor de Horacio, Celina, apasionada de los temas macabros y la medicina forense, ha seguido puntualmente en las noticias. Muertes extrañas, donde el asesino paraliza a sus víctimas y después las desangra. Comienzan las sospechas de que el asesino es un ser sobrenatural, porque, claro, como dice Érick, el cincuentón amigo de Horacio: “Si existe lo normal, ¿por qué no va a existir también lo anormal? ¿Sólo porque es anormal?”…

Y aquí entra en juego una lamia, un ser de la mitología griega: “las lamias son antiguos demonios del agua, mujeres-serpiente de belleza inmarcesible que no envejecen nunca. Nunca, aunque tengan quinientos años. Pero su belleza es fatal: se alimentan de la sangre de los voluptuosos...”.Agustín revive a un ser mitológico, ancestral y le extiende la invitación a participar en su novela. Y la lamia acepta. Frágil y poderosa, seductora y letal, se desliza en la historia como portadora de una feminidad que provoca un deseo incontrolable, peligroso, que lleva a quien lo vive a su propia muerte.Y de nuevo, nada es lo que parece ser.

En Operación Snake como dije antes, Agustín no hace concesiones ni escribe con condescendencia. Lo mismo hace alusiones a William Blake, a Poe, a Rilke que invita al lector al diccionario con palabras como inmarcesible. No se entretiene con banalidades ni juicios morales. Yo creo que ésta novela marca un hito y un punto de partida en la literatura juvenil que se ha escrito en México: una literatura genuina que se disfruta, que entretiene, que mueve y que ante todo, respeta al lector juvenil como una persona compleja, inteligente y curiosa.

martes, enero 08, 2019

La importancia de la literatura infantil

Traduje este breve pero sustancioso texto del escritor namibiano Netumbo Nekomba sobre la literatura infantil.

No es de sorprenderse el que la tecnología esté tomando al mundo por asalto y veamos cómo llegan a su fin los días en que los niños se sentaban alrededor de una fogata para escuchar historias ancestrales.
    Tampoco debe sorprendernos el que los libros infantiles desempeñen un papel crucial en el desarrollo de los niños. Los libros no son sólo una gran herramienta para enseñarles a leer y a pronunciar correctamente las palabras, sino también para expandir su vocabulario todavía más. Después de todo, ¿no empieza a temprana edad la eterna necesidad de explorar?
    Pero, ¿qué es la literatura infantil? ¿Se refiere a los libros que tratan sobre los niños? ¿Incluye libros escritos por niños?
    Juliet Pasi, catedrática de literatura inglesa en el Politécnico de Namibia, considera que “aunque la literatura infantil engloba otros tipos y géneros, nos proporciona un espacio discursivo flexible, relacionándonos con la literatura de una manera diferente”.
    En la mayoría de las sociedades, los niños son víctimas, seres miserables en un mundo hostil. Necesitan que los veamos y los escuchemos porque su dolor y sus traumas son diferentes a los de los adultos.
    La literatura infantil es una gran manera de aprender sobre el arte de la imaginación, especialmente desde el punto de vista de un niño. Es un medio perfecto para estimular su capacidad de inventar mundos y seres nuevos y maravillosos, así como para proporcionarle una plataforma desde la cual se deje llevar por sus ideas sin importar cuán descabelladas puedan parecer.
    Los cuentos de hadas son con frecuencia lo que más inspira a los niños a ser decididos y a soñar en grande. Aunque los elementos de la creatividad y la visualización surgen en este punto, los padres deben estar atentos; los niños finalmente aprenderán a separar la realidad de la fantasía, pero hay que recordar que no se debe apresurar este proceso.
    Por medio de los libros de cuentos, los niños se vuelven capaces de equiparse a sí mismos con las habilidades sociales que necesitan para formar relaciones y entender mejor las emociones. Al comparar las situaciones de los libros con las de la vida real, aprenden a distinguir el bien del mal y, en el futuro, podrán usar lo que han aprendido para tomar las decisiones correctas.
    Gran parte de la literatura infantil africana incluye historias de animales o de personas con diferentes características, unas buenas, otras malas. Estos rasgos “inadecuados” de los personajes tienen la utilidad de revelar valores y principios morales, como por ejemplo las consecuencias de ser egoísta, grosero, impaciente, etcétera. A veces estas historias se usan también para explicar por qué una cosa es como es, digamos por qué las arañas tejen su telaraña en círculos, por qué las tortugas son lentas o cómo llegó el mundo a existir.
    Contar con una vasta selección de literatura infantil ayuda a expandir los conocimientos de los niños, y es la opción perfecta para remplazar la cultura letal de ver la televisión todo el día, todos los días. Más aún, adoptar una rutina de lectura es un medio efectivo para que padres e hijos se vinculen y aprendan unos de otros.
    Estudios exhaustivos han demostrado que, desde la edad de un año, los niños deben entrar en contacto con libros que contengan un puñado de palabras y luego, con cada año consecutivo, el vocabulario debe extenderse a enunciados de dos palabras y oraciones complejas, hasta que finalmente se llegue a estructuras gramaticalmente correctas, a los cuatro o cinco años.
    Ahora bien, ¿qué puede uno hacer con la literatura infantil?  Probablemente hayan ustedes oído esta pregunta muchas veces. La cuestión sería replantearla en términos de ¿qué puede hacer por mí la literatura infantil?
    Como dice Elisabeth Wittmann, jefa del Departamento de Lenguas del Politécnico de Namibia, “Enriquece a una persona y la pone en contacto con otras personas (los personajes de las historias, cuentos de hadas, leyendas, novelas y poemas) y con sus experiencias, y despierta en uno un sentido de empatía”.
    Sobre todo, la literatura infantil es para disfrutarla. Es una aventura en un mundo nuevo e inexplorado, un viaje hacia un mundo que permanece oculto a aquellos que no se exponen ni se vuelven parte del espacio en el cual penetramos al leer.

martes, enero 01, 2019

Bolitas de polvo


Desde niño me han intrigado esas bolitas de polvo que aparecen en el piso después de varios días de no barrer. Me fascina el misterio de su origen: prueba de que existe la generación espontánea. Me fascina cómo cambian de lugar, cómo corren, cómo se esconden. No pertenecen al mundo de los seres vivos, pero tampoco al de las cosas inanimadas. ¿De qué mundo intermedio proceden? ¿Qué otras creaturas habitan allá? ¿Son mensajeros? ¿Son sofisticados aparatitos para espiar diseñados por los chinos? No sé. A mí me parece que vienen de las casas de los ratones o son juguetes de los duendes o son el rastro que queda de los fantasmas cuando la luz del día los desmadeja. Me gustaría coleccionarlos y pintarlos de colores como si fueran pelucas para las hadas. En húngaro se llaman porcica: “gatitos de polvo”. Desde que lo supe me gustan más.