miércoles, enero 30, 2019

La balada de las hojas


Foto: Graciela Iturbide
Lo recuerdo bien porque después de ese día nunca volví a tener problemas con las hojas: viernes 6 de junio de 1997. Eran casi las diez de la noche cuando decidimos pedir la cuenta y retirarnos del bar La Ópera. Los músicos habían terminado de tocar su ronda de valses, y Jorge, el poeta under-chic como lo había bautizado la genial Griselda Rosen, parecía saciado de carne a la tártara. Nos sentíamos jóvenes, el ambiente era agradable y la conversación no había decaído, pero por eso mismo sentimos la necesidad de cambiar de aires: algo más estimulante. El pretexto fue la presencia entre nosotros de Gil, un muchacho oaxaqueño cuya meta en la vida era llegar a ser escritor famoso. No es necesario decir que el jovencito era ingenuo. Marcos lo había llevado a La Ópera para que conociera a sus amigos escritores; es decir, a nosotros. Y Gil nos miraba con reverencia y creía todo cuanto decíamos. Todavía no cumplía veinte años. Se convirtió en una especie de mascota de los endurecidos lobos que creíamos ser.
         —¿Quieres ser escritor y nunca te has ido de putas? —más que una pregunta, fue un reproche de Jorge, el under-chic.
         —No, pero ya vivo con mi novia —se disculpó Gil, entre tímido y orgulloso.
         —No te estoy preguntando si ya coges, güey. Una cosa es coger y otra es irse de putas. ¿A poco Marcos no te ha enseñado? Buen maestro que escogiste.
         —No. Es que no me interesa —el muchacho parecía cada vez más turbado, pero aún tenía convicción—. No me llama la atención.
         —¿Por qué? —le pregunté. Lo estábamos acorralando entre todos, a ver si sacaba a relucir su moralina. Entiéndase: nos sentíamos poetas malditos o, por lo menos, de los de la Revista Moderna, que eran malditos versión Tiny Toons.
         —¿No sabes que ahí es donde tiene lugar la iniciación poética?
         —Es el encuentro con la cara oscura de la Diosa Blanca.
         —El rito de Orfeo por el que todo poeta debe pasar.
        —La Dama del Lago dándote las órdenes de la caballería andante.
         —Vamos a llevarlo con La Parca —dijo Gutiérrez, que hasta entonces no había hablado.
         —Pero primero que vaya entrando al ambiente. Para calentar motores.

***

Después de las diez de la noche, El Evento ofrecía su última variedad. Era un table dance en el sótano de un edificio viejo en la calle de López, a una cuadra de la Alameda Central. Seguro muchos de ustedes lo conocieron. Pues de La Ópera allá nos fuimos caminando. Estábamos acostumbrados al lugar y ya no reparábamos mucho en las diferencias que tenía con otros del mismo tipo. Dos grandes ventajas: una, como había pocos clientes era fácil agarrar mesa junto a la pista y quedarse ahí un buen rato sin tomar mucho y sin que los meseros estuvieran jodiendo con que si íbamos a querer algo más; y dos, las chicas cobraban barato y no bailaban una sola canción, sino dos o tres o hasta más por un solo boleto, dependiendo de qué tan bien les cayera el cliente o qué tanto pudieran sacarle después. Eso sí, no había beldades ahí. Todas eran del pueblo, no estudiantes metidas a ficheras como las de otros antros.
         Siguiendo el consejo de Juan Malavé, un autor de novelas policíacas que esa vez no iba con nosotros, pedimos Bacardí blanco: es tan corriente que no vale la pena adulterarlo. En el transcurso de dos cubas, el inexperto Gil pasó de una actitud de asombro a un evidente estado de lujuria. Nos dimos cuenta de que no sólo no se había acostado con una puta, sino que ni siquiera había entrado a un lugar de ésos.
         Me fijé en una mujer que se veía como de cincuenta años pero muy conservada: sólo su cuello y sus manos delataban la edad. Tenía unas piernas bien esculpidas que veinte o treinta años atrás debieron de ser perfectas, nalgas de buena bailadora y cinturita de avispa; sólo las tetas se le veían medio jodidas. Quién sabe cuántas friegas se habrían llevado en ese oficio. Lucía un minivestido de lycra roja y calzones blancos que de vez en cuando asomaban contrastando llamativamente con el vestido. Pero lo más atractivo de ella era su cara: la cara de la lujuria, del vicio; hasta sonreía de lado y se dejaba el cigarro colgando entre los labios pintados, como las mujeres caídas de las viejas películas mexicanas. Era Lupita Tovar en Santa, pero todavía mejor para ese papel, con todo y su edad. Remataba su atuendo una corona de hojas secas.
         Le pedí que se sentara conmigo, viendo que mis amigos ya estaban bien acompañados. Les invitamos copas. Les echamos el cuento de que estábamos celebrando el cumpleaños número dieciocho de Gil y por eso habíamos ido ahí: para apadrinarlo en su debut como hombre. Quién sabe si nos creyeron o no, pero una de ellas, la más joven, le brindó al oaxaqueño su participación en el show. Y se esmeró en la bailada. Se quitó la ropa despacio y con mucha sensualidad y, cuando quedó ya sólo con las zapatillas de plástico transparente, se pegó a nuestra mesa y se puso a mostrar sus encantos en todas las posiciones: en cuclillas y con las piernas abiertas, de espaldas y agachada hasta que sus cabellos barrían la pista, trepada en el tubo, rodando en el piso como gata en celo...
         Íbamos a empezar a comprar boletos para los bailes privados, pero entonces mi cincuentona del vestido rojo me preguntó qué planes teníamos para el estreno de Gil. Le dije, mientiendo quién sabe por qué, que pensábamos buscar una chica en Sullivan o en Insurgentes.
         —Yo sé de una casa —dijo— donde los van a atender como reyes —y como vio que yo ponía cara de interesado, continuó—: Está en la colonia Roma.
         Lo cierto es que su sugerencia no me despertó la menor curiosidad. Yo quería seguir ahí, con ella. Me encantaba su corona. Eran hojas secas de verdad, algunas hasta tierra tenían todavía y olían a bosque húmedo. Y es que creí ver en eso un mensaje del destino porque, justo en esos días, yo tenía en mi casa una plaga de hojas secas. No sé de dónde venían porque yo nunca abría las ventanas (daban a un oscuro y claustrofóbico mini patio: para qué abrirlas). Y para hacerlo más inexplicable, estábamos a principios de junio y ninguno de los árboles de la ciudad había perdido su verdor. Sin embargo aparecían todos los días, en todas las habitaciones, cubriendo los pisos. Yo las barría por la tarde, al llegar de la editorial donde trabajaba, y en la mañana ya andaban ahí otra vez, rodando, arrastradas por el viento de las casas deprimidas.
         La muchacha del show ya había terminado y se hallaba sentada en las piernas de Gil. Como él  ya le estaba proponiendo redimirla de esa vida, mejor pedimos la cuenta y sacamos de ahí a nuestra mascota. Les dije del burdel en la colonia Roma donde nos tratarían como reyes.

***

El taxi hizo escala en un cajero automático, de donde todos menos Gil sacamos dinero, y luego nos dejó ante una casa cubierta de hiedras cerca de la calle de Tonalá. Una puerta grande, de madera labrada y en excelente estado, nos hizo presentir que los manjares del lugar no serían baratos. Seguramente, pensé, Santa (mi Santa de la corona de hojas secas) trabajó aquí en sus buenos tiempos y cuando envejeció ya no la dejaron seguir. ¿Dónde estaría Hipólito? No le dije nada a nadie, pero comencé a sentirme insatisfecho. Se me ocurrió que mejor me hubiera quedado en El Evento; le hubiera dicho a mi Santa cincuentona que lo que me iba a gastar en esta casa fifí mejor me lo gastaba con ella. Pero los otros sí estaban animados. También les había gustado la idea de cambiar la decadencia de La Parca por algo mejor y esto parecía cumplir muy bien con el propósito. Podía satisfacer el under-hedonismo del under-chic.
         Un portero mal encarado, que sostenía de la correa un peor encarado rott-weiler, nos hizo atravesar un jardín bien cuidado, lleno de flores perfumadas y con una fuente blanca con luces azules en el centro. Nos llevó a una sala art nouveau y ahí nos dejó con la promesa de que nos atenderían en seguida. Efectivamente, instantes después llegó una mujer como de cuarenta años, sin aspecto de madame de película; lejos de eso, tenía una cara dulce de tía solterona que hornea galletas para sus sobrinos. Nos preguntó si queríamos tomar alguna copa, cortesía de la casa. Como ya se nos estaban bajando las cubas y no nos sentíamos cómodos, pedimos otra vez ron, sólo que ahora nos dio pena decir la palabra Bacardí. La madrota, edecán, manager o lo que fuera nos dio a escoger entre varias marcas. Jorge, Marcos y yo pedimos Appleton Dorado, Gutiérrez pidió Don Q y Gil un Solera (el Bacardí no tan barato que acostumbrábamos los oficinistas de entonces).
         —Enseguida vienen las copas y las chicas —dijo la mujer, con el acento de alguien que ha vivido mucho tiempo en el extranjero o desea dar esa impresión. A punto de desaparecer por la puerta, se dio la vuelta y nos preguntó si era la primera vez que íbamos y si sabíamos cuánto costaban los servicios. Como negáramos, nos dijo una cantidad: era considerablemente más de lo que esperábamos, pero no quisimos pasar la vergüenza de apurar las copas y retirarnos.
         Resultó que, en cuanto a belleza, las muchachas valían el precio: todas jovencitas con aspecto de hijas de familia. Ni siquiera bajaron en lencería como en otros lugares. Traían ropa de calle, de la que podrían usar perfectamente para ir a sus clases en una universidad privada. Lo único que se les veía,  y eso no a todas,  era un poquito del elástico de los calzones, que los jeans no alcanzaban a cubrir. No, me dije al ver todo ese encanto, no creo que Santa haya trabajado aquí. Ella estaría muy buena, pero seguramente nunca se vio fresa. Y éstas sí. Se presentaron por sus nombres y nos dijeron que escogiéramos con calma, mientras nos terminábamos la copa.
         Todos mis amigos se fueron con alguien, menos yo. Yo no quería acabarme mi sueldo pagando esas muchachas tan caras. Y tan poco tenía ya interés. Mi mente estaba llena de hojas secas.
         Le pedí a la madame otra cuba de Appleton y me quedé en la sala, hojeando una revista de manualidades para señoras, mientras los poetas malditos resolvían sus asuntos.

***

Un par de horas después, ya en la calle, dimos la juerga por terminada y nos despedimos. Cada quien tomó su camino. Se sentía en el aire ese olor profundo de las madrugadas en la Ciudad de México, que parece venir del pasado, de los canales de Tenochtitlán. Volví a pensar en Santa. Ni siquiera le había preguntado su nombre y lo peor era que en El Evento había mujeres que iban una vez o dos y luego no volvía uno a verlas. Me acordé de una ocasión, en Mérida, cuando a un amigo entrañable lo dejó impresionado una muchacha que conoció en un cabaret. Me dijo: "¿Has visto cómo queda una jerga de cantina después de limpiar meados y vómitos de borrachos? Pues así me dejó por dentro esa mujer". Y así me había dejado a mí la cincuentona: Santa. “Santita”, como le decía Hipólito.
         Estaba por amanecer cuando volví a El Evento. Aún no cerraban, pero ya habían apagado las luces de la calle y ya no había cadeneros cuidando la entrada. Bajé al sótano por la escalera en penumbra, sin que nadie me lo impidiera.
         Todo estaba en silencio: ya no había ni música ni clientes ni meseros ni más chicas que Santa. En efecto, ella era la única presencia allí. No se veía muy sobria. O tal vez sólo era que ya estaba cansada de los tacones altos y por eso se movía con torpeza entre las mesas. Estaba barriendo. Acercándome más a ella, vi que tenía el maquillaje todo corrido: el rimmel hasta en la nariz y el labial embarrado. Pero su corona de hojas secas lucía en perfecto estado, brillando en la penumbra como si le hubiera caído encima polvo de mariposas.
         —Ayúdame —me dijo, y me dio otra escoba que estaba por ahí y una bolsa negra de plástico.
         Sólo entonces me di cuenta de que el piso del tugurio estaba cubierto de hojas secas.
         Obedecí. Me puse a barrer y vaya que me costó trabajo. Es que en algunas partes no era posible barrer la hojarasca porque el suelo estaba pegajoso con las bebidas derramadas por los borrachos durante la noche. Apestaba a ron, a cerveza agria, a ceniza de cigarrillos. Varias veces tuve que agacharme y desprender las hojas con los dedos, en pedacitos. Hasta el baño, tan asqueroso, dejé limpio. Di por terminado mi trabajo sólo cuando Santa me dijo:
         —Ya vámonos —y me tomó del brazo como las mujeres de antes tomaban a los hombres de quienes se sentían orgullosas.
         A la luz de la mañana, tan insolente, las arrugas y los arañazos de la vida se le notaban mucho más. No me importó. Nos detuvimos a desayunar tortas de tamal y atole de arroz en un puesto tempranero y luego seguimos hacia mi casa, en la calle Belisario Domínguez.
         Me hizo feliz que Santa no criticara nada, que no dijera nada del desorden de mi vivienda ni del olor a aire encerrado ni de la humedad que había llenado de roña las paredes. Me tomó de la mano y me llevó a la recámara como si ya conociera el lugar y sus rincones.
         —Ponte cómodo, mi amor —me dijo, mientras encendía un cigarrillo y sacaba de su bolso dos condones, un tubo de lubricante K-Y y una botella de algo que parecía aceite para bebé pero era verde como el absinto. Dispuso todo eso en el buró. Luego me preguntó si empezaba a desnudarse o si yo prefería quitarle la ropa. Le dije que lo hiciera ella así como estaba, de pie, para poder verla por todos lados.
         Todavía fumando, se quitó la ropa despacio, con estilo, aunque creo que le dio un poco de asco pisar mi alfombra vieja con los pies descalzos. Sólo la corona se dejó puesta. Sus pechos ya no eran jóvenes ni firmes y tenían los pezones un poco hundidos, pero irradiaban la belleza de una larga experiencia. En su vientre, en un alfabeto que debía leerse con los dedos como el braille, las estrías contaban las historias de todos los hombres que la habían amado.
         Se subió a la cama, me metió entre los labios lo que quedaba de su cigarro y comenzó a darme masaje con su aceite verde en los hombros, luego en la espalda. Se bajó a mis nalgas, me abrió las piernas y metió la mano entre ellas. Sus dedos ahí se volvieron morosos y expertos. De tiempo en tiempo, me daba un rozón en la espalda con sus pezones, que se sentían frescos y suaves. Me dijo: “Voltéate”. Ya boca arriba, tuve las manos libres para acariciarla yo también. Ella continuó con el masaje, pintándome todo de verde sin que yo me diera cuenta.  Quería que me quedara dormido. Y me quedé dormido recordando una trapecista muy bella que vi en el circo hacía muchos años.
         Cuando desperté, Santa ya no estaba por ninguna parte. Tampoco estaban las hojas secas. No volví a tener hojas secas en mi vivienda.

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