lunes, diciembre 10, 2007

Adiós al maestro


Adiós al maestro


Sostengo que la gente que no ama la poesía es porque no tuvo un maestro que le enseñara a disfrutarla. Yo tuve este maestro, y no sólo a mí me dio ese regalo, sino también a muchos de mis contemporáneos y a otros más jóvenes que nosotros. Se llamaba Colin White. Pero cuando pienso en sus clases, cuando escucho en mi memoria su voz recitando a Wordsworth, a Yeats, a Coleridge, caigo en la cuenta de que resulta inexacto decir que el maestro White “enseñaba” poesía. No, por favor. Los maestros comunes “enseñamos”, lo cual significa más o menos que les decimos a los alumnos qué tienen que leer y les proporcionamos algunos conceptos para entenderlo. Colin White iba mucho más allá de eso. Él predicaba la poesía, la sembraba, la disparaba a quemarropa. Uno iba a sus clases como van al templo los miembros de una congregación protestante: sedientos de la palabra. Llegábamos temprano al salón, casi siempre antes que él. Los que tenían cargo de conciencia por no haber leído, lo esperaban nerviosos; los que no, también. Porque el maestro tenía un talento socrático para hacer que el creído de su inteligencia se descubriera tonto, y el tonto, tontísimo. Cuando él llegaba, se hacía el silencio en la clase. Se sentaba a veces en el escritorio, a veces en el suelo, a veces incluso en la silla; se ponía a fumar su pipa y azotaba su ya desbaratado volumen II de la Oxford Anthology. Luego escudriñaba a los alumnos con la vista, como eligiendo una víctima. Una vez hecha la elección, espetaba una pregunta que pudiera dar inicio a la clase. La respuesta casi siempre le provocaba un acceso de tos. Cínico, sarcástico, mordaz, despiadado con los pedantes y con los cándidos, había convertido estos “defectos” en su herramienta para crear en la clase la atmósfera apropiada para el culto de la poesía. Yo creo que por eso le gustaba jugar con las reacciones de sus alumnos. Había estado en el Ejército en su juventud, y a veces nos trataba como trata un general a una pandilla de soldados rasos que por irse de juerga faltaron a su deber. Pero en realidad todo era parte de esa liturgia suya, porque yo no recuerdo que fuese realmente duro con nadie. Y cuando trataba de parecerlo, uno se daba cuenta de que estaba jugando. Ese hombre tenía un gran sentido del humor, ese humor ácido y cálido a la vez con que las personas de corazón grande disfrazan sus palabras para no parecer sentimentales. Porque quería a sus alumnos. Quería a la gente en general, sin preferencias de ninguna clase, sin prejuicios, sin el orgullo que su posición, en cierta forma, le habría dado el derecho a tener. Era un humanista en el sentido más pleno de la palabra: le importaba todo lo que fuese humano, y nada de lo humano le era ajeno. Por eso mismo le gustaba saber de todo, hablar de todo, aprender de todo. Tenía una cultura universal en esta época en que la especialización ha convertido a los intelectuales en ufanos propietarios de una parcelita de conocimiento que defienden a capa y espada. Él no creía en esas cosas. Aunque tenía sus autores favoritos, no le gustaba enseñar siempre lo mismo ni dar siempre las mismas materias. Claro, además de soldado había sido obrero, minero, pescador, marino... le gustaba el mundo en toda su variedad. Creía en el valor de la aventura.

Qué chistoso es esto de escribir. Empecé estas líneas deseando imprimirles un tono de tristeza, un tono de elegía apropiado para decirle adiós a ese gran hombre que acaba de marcharse de este valle de lágrimas. Pero me da tanto gusto recordarlo, pensar en sus clases de hace veinte años y revivir esa ebriedad de la poesía que nos hacía sentir, que no puedo hacerlo sin sonreír. Y los dedos se me enredan al teclear estas palabras, y creo que al final, en lugar de decir “Adiós”, quiero sólo decir “Gracias”. Gracias, don Colin, como tuve la oportunidad de decirle algunas veces cuando podía hablar con el después de la clase, cuando se daba tiempo para leer mis cosas y darme su opinión siempre generosa, cuando me invitaba una cerveza o me daba un consejo con ese tono suyo de estarse burlando, que era el mejor de todos.


* La foto es de Miranda Romero y la publico sin su autorización. Espero no le moleste.

viernes, noviembre 23, 2007

Magda Szabó


El pasado lunes 19 de noviembre, por la tarde, murió Magda Szabó, la gran dama de las letras húngaras. Mas no quiero decir que sólo fuera importante en el ámbito de la escritura femenina. Era un gran escritor, así, sin más aclaración. La más traducida de todos, más incluso que el célebre Sándor Márai o que el premio Nóbel de 2002, Imre Kertész.


Magda Szabó tenía 90 años y, como pocos, tuvo el gusto de ser ampliamente valorada. Seis semanas antes de su fallecimiento recibió un homenaje en su ciudad natal, Debrecen. Se inauguró un pequeño museo con objetos suyos (su máquina de escribir, su pluma, sus lentes, fotos de familia), se le dio su nombre a una librería, se colocó un busto en la biblioteca central de la Universidad. Una revista local entrevistó a varias personas de distintas clases sociales, elegidas al azar en la calle, para preguntarles cuáles eran los cinco iconos que según ellos definían a la ciudad de Debrecen. Un alcohólico sin casa —incluso ellos la conocían— mencionó a Magda Szabó.

Mujer religiosa, conservadora en unos aspectos, rebelde en otros, esta tensión se percibe en su obra en general, llena de mujeres que tratan de hallar el sentido más pleno de todas las cosas. Ejemplo de esto, son las dos protagonistas de la novela La puerta, donde una mujer burguesa, intelectual, sola, se ve confrontada en sus valores por una empleada doméstica.

Conocida principalmente como novelista, Magda Szabó escribió también teatro, poesía, ensayos y memorias.

Murió con un libro en las manos, mientras leía: esa muerte serena que les llega a los justos como si se quedaran dormidos.

martes, noviembre 20, 2007

La loca perdió su perro


La loca del barrio perdió su perro.
Anda por ahí buscándolo.
Pregunta a los vecinos, a la policía.

Ha puesto anuncios en los comercios;
ofrece una recompensa.

Era un animal pequeño, atrofiado,
sobre todo viejo.
Y ella lo sacaba a pasear en las noches,
cuando los vecinos estaban dormidos
y nadie la molestaba porque el perro
se meara en los árboles.

No lo querían.
Pero la verdad es que la loca está muy triste
y uno quisiera que ya lo encontrara.
Como que se siente uno culpable
aunque no haya hecho nada.
Aunque sólo deseara...

miércoles, septiembre 26, 2007

Genesis


La hija del hombre que mató a mi padre
es una niña blanca. Crece en su jardín
protegida por llamas que no ve.
Trepado en un árbol, disfrazado de serpiente
o de sapo, espío su risa.


La hija del hombre que mató a mi padre
no ha visto la noche ni ha tocado la tierra.
En sus ojos claros de niña blanca mi odio
se escondió como una abeja. La amo
sin cuchillos, sin fuego, sin hierros la amo. Apenas
podría tocarla con mis dedos duros.
Pero soy el que sigue: la flor de mi tribu.

La hija del hombre que mató a mi padre
está sentada devorando un toro.
Sus dedos rojos de niña blanca separan
piel y tejidos, desgarran, destrozan
la carne con finura de blanca. Sus dientes
se hincan como los dientes de su padre y los dientes
de su abuelo. Yo la amo sin armas,
sin puños cerrados, le haría un collar
con mis propios dientes. Pero en su sangre
brillan navajas y guarda en su seno
el estampido de mil disparos. Hace un año
le fueron servidos en una cazuela
los ojos de un héroe.

La hija del hombre que mató a mi padre
no tiene miedo. Se hacen pedazos
los vidrios de su casa y piensa que son
los gritos de las chachalacas. No desconfía
de mi aspecto de serpiente. Aquí, purísimo
y duro, tengo el fruto que ha de morder.

Entonces sabrá por qué gritan
las chachalacas y por qué las yeguas
patean las bardas. Y entonces su dios
la echará del jardín y los ojos de mi padre
volverán a ver.

miércoles, agosto 08, 2007

El Cielo


El Cielo estaba en la orilla de la carretera vieja que iba al norte. Era un edificio viejo, grande, aislado en medio de esa soledad donde no había ninguna otra casa ni vivía nadie. Alguna vez eso estuvo lleno de puestos de comida, de macetas, de muñecas de trapo que hacían las mujeres de por ahí. Pero construyeron la carretera nueva y todos se marcharon. Sólo quedó El Cielo.

Si uno pasaba de día, parecía un caserón abandonado. Pero de noche cobraba vida: se llenaba de música y de ruidos de fiesta, chocar de copas, risas de mujeres divertidas. Desde la carretera se veían las ventanas iluminadas por la luz de los candiles. Decían los chismes de la gente que ahí había mujeres muy bonitas; cobraban caro pero, cuando uno se levantaba de la cama de cualquiera de ellas, nunca la olvidaba ya. Guardaba el recuerdo de esos momentos como un tesoro, un secreto tan precioso que podía ensuciarse si entraba en cualquier oído. Por eso no se contaba a nadie. Debe de haber sido en verdad cosa grande, porque hubo algunos que después de haber estado en El Cielo ya no quisieron ni tener novia ni casarse. Se la pasaban suspirando y no volvieron a hablar. Uno que otro pudo regresar ahí, después de muchos años, ya viejo. Contaban que el tiempo no entraba al Cielo: pasaba de largo por la carretera, sin detenerse. Por eso ahí las mujeres no envejecían, la belleza no moría, el amor no se marchitaba. Recuerdo esas historias y pienso que ha de ser bonito ir a un lugar así cuando es uno joven, embriagarse con una muchacha bebiendo de su copa, amarla una noche y luego volver al mundo, vivir la misma vida de todos, recordando siempre aquella aventura, y volver cuarenta años después y encontrar a la misma muchacha, fiel a la imagen de su recuerdo, inmarcesible, intocada por el tiempo mientras uno se volvió anciano allá afuera tratando de vivir como todos los demás. Oír otra vez, igualita, esa voz de champaña y cigarrillo con que uno se arrulló noche tras noche quién sabe cuántos insomnios.

Pero son muy pocos los que han podido entrar al Cielo. La mayoría ni siquiera lo han encontrado. Dicen que queda sobre la carretera vieja que va al norte, pero no saben dónde exactamente. Es que a ellos no les toca, nada más. Pueden andar y desandar la carretera del norte y no dar nunca con El Cielo. Sólo quienes han estado a punto de morir en algún accidente —dicen— oyeron en algún momento la música que trastumbaba por las ventanas del viejo edificio, una música alegre y silenciosa. Una música que los llamaba, que les decía “Ven”.

lunes, junio 04, 2007

El fetichismo de los cabellos


De acuerdo con la estilización que los prerrafaelistas llevaron a sus últimas consecuencias al reinterpretar, tanto plástica como literariamente, los mitos hebreos, Lilith, primera mujer de Adán y luego príncipe de los súcubos, aparece como una beldad romántica de larga y atormentada cabellera. En sus rizos de metal ardiente se encuentran enredados los corazones de todos los hombres que se han perdido por la lujuria. Sabido es que los prerrafaelistas no sostenían su credo estético como una mera pose, sino que, como todos los grandes artistas, supieron hacer de la letra sangre. Dante Gabriel Rossetti, autor de la que tal vez sea la imagen más conocida de Lilith, era un auténtico hairmad, como se decía entre sus contemporáneos para referirse a esta forma particular de fetichismo. Obsesionado con la maligna fascinación de las cabelleras largas, gracias a ello conoció a quien sería una de sus modelos predilectas y una de las mujeres más importantes de su vida. En efecto, según cuentan Gay Daly y Mario Praz, el encuentro tuvo lugar en 1856, durante la fiesta de fuegos artificiales que se dio en Londres para celebrar el regreso de Crimea de Florence Nightingale. Rossetti caminaba por los jardines de Surrey en compañía de Ford Madox Brown y Edward Burne Jones cuando percibió, entre la multitud, una cabellera pesada y abundante que llegaba hasta los pies de su dueña. De inmediato fingió tropezar sobre ella y así, deshaciéndose en excusas, logró convencerla de ser su modelo. Tiempo después, en su famoso soneto "Sybilla Palmifera", escribió: “Ésta es aquella señora Belleza en cuyo elogio tu voz y tu mano se aplican siempre —desde hace mucho conocida por ti por su cabellera al viento y la ondulante ropa.”

Los elogios y la fascinación de Rossetti por las cabelleras largas se multiplican en su obra, convertidas en hipnotizantes emblemas de voluptuosidad. Dante Gabriel Rossetti fue acaso el más entusiasta entre los adeptos de este fetichismo, pero no el único. Sus compañeros de cofradía también se adhirieron a él y, visto ya en su contexto más amplio, resulta ser uno de los signos distintivos de la sensibilidad decimonónica en sus filiaciones estéticas más importantes: el romanticismo, el decadentismo, el simbolismo y, ya trasplantado al otro lado del Atlántico, en el modernismo hispanoamericano.

Ciertamente, a las líneas de Rossetti en homenaje a su fetiche favorito, habría que agregar el poema xxiv de Las flores del mal, de Charles Baudelaire: “A una cabellera”. Basta citar unas cuantas imágenes para comprender el espíritu que lo anima: “¡Oh perfume cargado de desvelo!”. “Oh, fecunda pereza, balanceo infinito del ocio embalsamado”. “Oh cabellos azules, tinieblas extendidas”.

Semejante a esta belleza es la de la dama Ligeia, en el cuento del mismo nombre, de Edgar Allan Poe: “los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: cabellera de jacinto”.

Con menor fortuna reaparece el tema en muchos escritores de la época, pero después de las piezas maestras que acabo de citar, ya no hay nada digno de mención hasta el relato “La cabellera”, de Efrén Rebolledo. Se trata de una historia fuertemente fetichista donde la cabellera de la amada adquiere la fuerza de un signo trágico: “Se asemejaba a la bandera de un navío que se hunde [...] La cabellera lo atraía y lo horrorizaba a la vez como poderoso imán; la acariciaba; jugaba con ella; la extendía sobre la marmórea espalda; la dejaba correr como un río, como un río tenebroso y de aguas encantadas; cual si fueran flores, comenzó a deshojar sobre ella sus sueños que flotaban y se hundían en la cascada de ébano, ante aquella corriente bituminosa, de ondas crespas y frías [...] La cabellera, la fatídica cabellera undosa y desordenada como un bosque enmarañado por los tigres”.
Por supuesto, el prestigio sexual de los cabellos tiene antecedentes muy anteriores a Baudelaire y los prerrafaelistas. Está presente en leyendas como la de Rapunzel, en la imagen de las sirenas que cantan mientras peinan sus largas guedejas para enloquecer a los marineros, en costumbres cristianas como la de guardar cabellos en calidad de reliquias, en la creencia de la Inquisición de que las brujas podían liberar un gran poder con sólo soltarse el pelo, en el aséptico horror de los judíos hacia la potencia tentadora de la cabellera femenina, y es evidente que los salvajes indios de Norteamérica eran fetichistas de los cueros cabelludos.

Por otra parte, en el tantra se dice que la manera como se peinen los cabellos de una mujer puede controlar poderes cósmicos de creación y destrucción. La cabellera de Isis posee poderes mágicos de protección, resurrección y reencarnación. En efecto, le devolvió la vida a Osiris sacudiendo sus cabellos encima de él.

Como tema literario, podemos encontrarlo ya en un poema de Bilitis, la ilustre lesbiana que vivió en el siglo vi de la era pagana. Dice Bilitis: “Eran tus trenzas para mí como un collar de azabache, todo alrededor de mi nuca y de mi pecho. Las acariciaba, y se tejían con mis propios cabellos y, de este modo, una misma cabellera nos ataba, nos ceñía para siempre tu boca con mi boca.”

Más cerca de nosotros, son igualmente ineludibles el pelo verde del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, y el cabello siempre derramado, ardiendo en una sola llamarada, de Susana San Juan, en Pedro Páramo.

En nuestros días, después de que hace unos años se pusieron de moda las pelonas al estilo Juliette Binoche en Les amants du Pont Neuf, la tradición comienza a resurgir, gracias en gran medida a la insistencia publicitaria de L’Oreal y a cierta canción ya olvidada de Gloria Trevi. Ciertamente, algunos de nuestros escritores contemporáneos han dedicado a este fetichismo predilecto lineas memorables. Dice, por ejemplo, Efraín Bartolomé: “Regálame tu larga cabellera mi joven concubina / Déjame verla ondeando con el viento / Envuélveme con ella / Óyeme bajo ella decir cuánto te amo”.

miércoles, abril 11, 2007

Apología de la gordura

(Foto: Jan Saudek)




Un temor violento y una mórbida fascinación: éstas son las dos actitudes hacia la muerte que se han intercalado en la historia de la sensibilidad. El temor aparece cuando la fe en la existencia del alma flaquea, en épocas de revolución o crisis epistemológica. En el siglo xvii el hombre se sentía angustiado por tener demasiados conocimientos; había atisbado muy lejos en la estructura del universo, en los problemas trascendentales del ser humano, en el funcionamiento del organismo animado. Y había desarrollado una tecnología militar escalofriante para su tiempo. Todo esto lo hacía sentirse blasfemo. Estaba provocando a las fuerzas primordiales del universo, experimentando con una máquina cuyas reacciones desconocía y que lo mismo podía crear que destruir. Y los dioses castigan, o en el mejor de los casos abandonan, a quien roba su fuego, a quien muerde criminalmente los frutos del árbol del conocimiento. Con la transgresión, la culpa y el miedo entran en el mundo. Se exteriorizan como un horror vacui: el horror a la nada, a los espacios vacíos. El criminal, si es artista, tratará entonces de llenar todos los huecos que existan en el espacio de su obra; creará el barroco: las catedrales, la pintura de Rubens, la poesía de Góngora. Odiará lo desnudo y lo magro. Glorificará la vida y la celebrará en su abundancia, en su inmediata presencia.

De todas las épocas que sucedieron al barroco, la que más se le parece en este sentido es el siglo XXI: la misma osadía, la misma culpa, el mismo vértigo de la inteligencia.


Por la otra parte, la fascinación morbosa ante la muerte aparece cuando la ilusión de la inmortalidad hace huir las sombras del temor. La vida es entonces, como en las doctrinas gnósticas, una estación de prueba en la cual el alma puede liberarse de esta prisión a punto de apestar que es la carne. El hombre romántico anhelaba la paz de la tumba. Y al igual que los cátaros o los ascetas cristianos, descubrió el placer de oprimir sádicamente su propio cuerpo. Ya no se trataba de alcanzar la salvación del alma por medio del ayuno o la flagelación, sino de afirmar la autonomía absoluta del yo por medio del suicidio. El romántico estaba obsesionado por la evidencia de su mortalidad; se sentía o se sabía herido de muerte desde su nacimiento. Fascinado por el Demonio y por el Infierno, ya no esperaba el Cielo cristiano sino otra clase de recompensa: la gloria de hallar el fin del héroe cósmico, del transgresor, del despreciador de la vida. Esta aristocracia espiritual se manifestaba exteriormente como una forma refinada de estoicismo: el spleen, mal du siécle o Weltschmerz. Envolvió entonces, en el manto vaporoso de su poesía, la tuberculosis, la enfermedad en general junto con algunos de sus signos externos: la palidez, la fiebre, la delgadez extrema. La verdadera belleza estaba en la beauté malade que Baudeleaire tomó, para consagrarla, de Edgar Poe. Su ideal estético es reductible a una imagen: la joven tocada por la muerte en la flor de la vida.


Nuestro siglo XXI, con todo lo que tiene de parecido al XVII, es una época de extraordinaria complejidad; la idea de una norma estética única se ha visto sustituida por la noción de los tipos: cada hombre dice tener su tipo de mujer. Evidentemente es una falacia. Para comprobarlo, bastaría examinar los contenidos ideológicos que sustentan el modelo antropométrico dominante. Tema para otro estudio. De cualquier manera, en la medida de su cultura un hombre es libre para adoptar la idea (o ideas) de belleza que mejor se ajuste a su sensibilidad. Como la diversidad cultural es enorme, en nuestra época coexisten, a veces en un mismo individuo, los tipos más disímiles. En sociedades y en individuos con un panorama cultural estrecho, los estereotipos de belleza son definidos y contados. Cuanto más se expande la sensibilidad, gracias a la pluralidad cultural, más laxo se es en este sentido; se descubren cualidades estéticas en lo que tradicionalmente se consideraba feo. En una sociedad culta habría un admirador para cada mujer, y un signo de la cultura de un hombre sería que le gustaran todas las mujeres.

Sin embargo, la marginación sexual sigue siendo el castigo a la imperfección física. Y suelen ser las víctimas quienes con más celo cuidan el funcionamiento de esta máquina de segregación. Cada vez que una muchacha se pone a dieta para bajar de peso, declara con este acto que la delgada es superior a ella.

La publicidad, la creciente propaganda y religiosa, la televisión, la música popular... todo insiste diariamente en que olvidemos nuestra mortalidad. La gente ya no muere en su casa ni vuelve a la tierra como antes; se le sepulta (si a eso se le llama sepultar) en rascacielos funerarios. Se prohibe a los niños entrar en la habitación del moribundo. En fin, el mexicano descrito por Octavio Paz, que celebra y dentro de su miedo se burla de la muerte, se parece cada vez más al norteamericano aséptico, para quien todo lo relacionado con el acontecimiento último de la vida es macabro. Y el cuerpo —en especial el cuerpo obeso, por más rotundo, por menos espiritual— nos agrede, nos obliga a recordar que somos mortales, orgánicamente corruptibles como una naranja o un gato atropellado en la calle.

Ser gordo es una humillación y esto es absolutamente cierto, pero en el sentido etimológico y cristiano de la palabra. Porque humillación viene de la misma raíz que humus. Humillarse es aceptar que la suculenta sustancia humana procede de lo inorgánico, de la tierra, de la ceniza.

Se trata de una relación dialéctica: tras la conciencia de la mortalidad viene la celebración de la vida, el canto a su abundancia. Si el individuo va a desaparecer sin que al final sobreviva nada suyo, queda el gozo de amarlo en su presente sensible, en su undosa materialidad. Al diablo las formas modernas de opresión del cuerpo: la anorexia y el gimnasio. La exuberancia adiposa representa la venganza de la imperfección humana contra lo perfecto cibernético o divino.

La mujer bien cebada es una burbuja que revienta de vida. Sabe —no puede olvidarlo— que va a morir y disfruta su residencia en la tierra: que sean los hombres y no los gusanos quienes agoten tanta abundancia.

La culturista, en cambio, utiliza el gimnasio para olvidar la precariedad de su cuerpo. En griego, narcisismo procede de la misma raíz que narcosis. La narcisista contempla su cuerpo —la parte más superficial y perecedera de su ser— para olvidar que va a perderlo. En cambio la mujer gorda, ola redonda, nube grávida, ámpula de dulzor, está vacunada contra el narcisismo (a menos que quiera sentirse la Venus de Wilendorf) y contra los remilgos de la espiritualidad. Su cuerpo luce inflamado de amor y, gracias a él, disfruta intensamente los placeres de la gula y de la carne (both meat and flesh), inaccesibles al estoicismo vegetariano.

La sebosidad victoriosa se asocia con el sibaritismo, con la molicie, con cierto tipo de voluptuosidad deliciosamente grosera, y con todos aquellos vicios que involucran el lujo del cuerpo y la caída del alma en la dulce degeneración de la opulencia.

Globo de pulpa, sandía de carne, la mujer bien jugosa recuerda, como Bachelard, que la dicha hace comestible al mundo. Por eso, quien ama disfruta su cuerpo como un pastel enorme e inagotable donde el amante puede hundir su rostro mil veces sin acabárselo. Véase si no la espléndida foto de Jan Saudek que ilustra estas notas.

Qué placer tan grande sería el del artista barroco Martínez del Mazo cuando pintó, desnuda, a aquella niña gorda a quien malamente apodaban La Monstrua; era, estoy seguro, un fragante lechón de nácar.

viernes, marzo 23, 2007

La ex alumna




Cómo decirle —aún ahora— que hablaba para ella,
que la clase, todas las clases
no eran más que para ella.
Cuando sus pasos entraban se cerraba la puerta.

Cómo decirle —aún después de estos años—
que cuando ella faltaba, el salón estaba vacío.
Las palabras se perdían en el aire
y eran como insectos que volaran ciegos
en busca de una llama inexistente.
Torpes, locos, se estrellaban en los muros,
en los cristales de las ventanas,
hasta explotar de silencio.

En realidad, nunca decía yo nada;
todo se quedó dentro.
Le hubiera preguntado tal vez por sus proyectos,
dónde vivía, qué hacían sus padres.

Cuántos diálogos imaginados, soñados tan sólo.
Es que su edad la hacía de otro espacio.
Y andaba de novia. No era posible.
¿Con qué derecho perturbarlos?
Ella nunca lo sabría.
De cualquier manera
—era mejor pensar así—,
no hubiera sido posible.

martes, febrero 13, 2007

El sueño de Pigmalión

De acuerdo con el mito, Pigmalión era un joven chipriota que, al ver los incontables defectos que padecían las mujeres de su época, decidió permanecer soltero y dedicarse a la escultura. Un día, esculpiendo en marfil una figura femenina de tamaño natural, empezó a sentir que se enamoraba de ella. Deseó hacerla perfecta, libre de todas las impurezas que le impedían mirar a las humanas, y más hermosa que todas ellas. Y de pronto, en virtud de la magia del arte —de su propio arte—, Pigmalión tuvo un día ante sus ojos, salida de sus manos y de sus sueños, la amada que no había encontrado entre las mujeres de la tierra. Cada día creció el amor con que trabajaba en ella. Su corazón la soñaba y sus dedos reconocían el sueño en la materia fría del marfil, repasando temblorosos de orgullo y de deseo la perfección de cada parte, la redondez y la dureza de las masas más grandes, la delicadeza de los pliegues y los detalles minúsculos, la tersura de las bruñidas superficies. Pasaba el día con ella. Vivía para ella. Finalmente, conmovida por la devoción del artista, la diosa Venus le dio vida a su obra. Pigmalión había salido a la calle. Cuando llegó a su casa, feliz como un esposo, fue en busca de la pieza para darle un beso en los labios y he aquí que, al momento de hacerlo, la virgen de marfil comenzó respirar; su carne se estremeció y, ante los ojos maravillados del artista, bajó del pedestal y buscó un pedazo de tela con que cubrirse. Pigmalión se casó con su maravillosa estatua viva y ella le dio un hijo, Pafos, de quien viene el nombre de la ciudad consagrada a Venus.

Desde su aparición en la cultura occidental, este mito ha sido inspirador de las más altas ambiciones estéticas y espirituales. Ha hecho soñar a artistas y escritores de todas las épocas y, gracias a él, se ha sostenido el impulso creativo de más de un desdichado en la fría oscuridad de una vivienda pobre.

Examinado en todas sus implicaciones, el mito de Pigmalión incide en el problema platónico-aristotélico de las relaciones entre realidad y representación. Para Platón, el resultado del trabajo artístico es inevitablemente un producto de segunda mano, ya que es la copia de la copia de un objeto ideal. Evidentemente, Platón está dando por hecho que el arte pretende reproducir, reflejar o imitar la realidad. Para Aristóteles, en cambio, hay otra posibilidad: que el arte (la poesía) no se encuentre corriendo detrás de la realidad sino delante de ella. De ahí la dignidad de la tragedia: representa a los hombres mejores de como son.

De estas dos posturas se desprenden básicamente todos los problemas de estética en occidente, al grado de que la historia del arte y la de la literatura se han desarrollado alternando el predominio de la visión platónica con el de la visión aristotélica. A una época en la cual se busca que el arte sea una transcripción exacta de la realidad, le sigue otra en la cual los artistas se adelantan a ésta o simplemente se declaran independientes de ella. Los novelistas del realismo inglés y francés llevaron hasta el virtuosismo aquellos recursos mediante los cuales el lenguaje literario buscaba crear una “apariencia de realidad”. Finalmente, esta misma búsqueda elevó el prestigio del efecto de lo real por encima del hecho de lo real. Aun si el objetivo era la “imitación de la vida”, un escritor tan extraordinario como Balzac acababa desbordándola y creándola.

En La decadencia de la mentira, Oscar Wilde expone su idea acerca de la supremacía del arte sobre la realidad. “La única gente real es la que nunca existió”, dice, y atribuye la opacidad de ciertos escritores a su pobreza imaginativa; es decir, a su incapacidad para mentir acerca de la realidad. Luego Nietzsche, el titánico Nietzsche, se refirió al “ardiente anhelo de apariencia” que surge del principium individuationis. En virtud de este anhelo de apariencia, el mito de Pigmalión ha fascinado no sólo a los artistas sino también a los consumidores, coleccionistas y admiradores de las creaciones humanas. Pensar en ese hombre solitario, desilusionado del mundo, que sublima todas sus pasiones en la creación de una magnífica virgen de marfil, tan bella y tan cargada de vida que acaba por cobrar una verdadera vida, es un sueño maravilloso y titánico. Es el sueño del creador que supera a su propio Creador, a Dios. Es un deicidio estético. Y, como en toda criatura humana existen impulsos deicidas, quisiéramos, si no somos capaces de esculpir con nuestras manos la estatua de marfil, poseer la riqueza necesaria para pagarle al artista que la esculpa para nosotros: una criatura humana perfecta, libre de los defectos y los vicios de los humanos nacidos de mujer y engendrados por varón, inmune a las enfermedades, inmarcesible al tiempo; una criatura hecha sólo para ser contemplada, acariciada, venerada; una criatura —y esto debe ser lo más fascinante de todo— que pudiera ser poseída de una manera total y para siempre.

Todas las culturas han creado sus fetiches; todas han buscado una representación más o menos antropomórfica de aquello que desean y de aquello que temen. Y la forma de lo deseable es por excelencia femenina. En los países católicos, las tradiciones populares están llenas de historias de devotos que se enamoran —espiritualmente, se supone— de alguna imagen de la Virgen. De un momento a otro, y en virtud de la misma magia que hace posible el amor a primera vista, el devoto experimenta un rapto, una revelación de la realidad divina a través de la experiencia estética que lo aparta del mundo de las mujeres reales. Sin embargo es un hecho que todas estas historias ocurren con imágenes de gran calidad artística, capaces de producir un intenso y casi hipnótico efecto de realidad en el espectador.

En esta época desacralizada en la que, como decía Nietzsche, los dioses se han marchado, también abundan las historias de hombres que caen enamorados de algún artefacto femenino de hechura humana: retratos al óleo, misteriosos daguerrotipos, esculturas de mármol, muñecas de cera, maniquíes... y la mórbida fascinación por los cadáveres femeninos, que se extendió como una epidemia durante el siglo xix, se explica por un hecho muy sencillo: lo que más puede parecerse a una mujer artificial es una mujer muerta. Una amada difunta. Y a falta de un cadáver, lo que más se parece a una mujer muerta es una mujer dormida. Surge así el culto romántico y modernista, baudeleriano y proustiano del sueño femenino. Al reducirla a la inmovilidad gestual —dicen las críticas feministas—, el artista anula la individualidad femenina para así apoderarse de ella. No es el objetivo de este escrito rebatir tales argumentos. Baste decir que en los sueños más profundos del hombre occidental hay nostalgia por la amada inmóvil.

Estas reflexiones se me han ocurrido después de visitar la página web de Real Doll: http://www.realdoll.com/. No me interesa repetir lo que el lector puede encontrar ahí, pero voy a explicar un poco el contexto:

En 1996, el artista en efectos especiales Matt McMullen, llamado con justicia el “Pigmalión del plástico”, creó un extraordinario juguete sexual: la Real Doll. La compañía que las fabrica, fundada por el mismo McCullen, tiene el siguiente slogan: “Abyss Crations... en una era en que la línea divisoria entre fantasía y realidad se ve constantemente borrada”. La afirmación es exacta. Cuando la gente del pueblo ve un retrato que la impresiona por su efecto de realidad, dice: “Sólo le falta hablar”. A la Real Doll sólo le falta hablar. Es una mujer artificial hecha de goma de silicón, con una piel tan suave y elástica que emula fielmente el tacto de la piel humana. Su sistema muscular es sólido y flexible, y se sostiene en un esqueleto cuyas articulaciones funcionan de manera realista en casi todo el rango de movimientos del cuerpo humano. Sus facciones, en cualquiera de los modelos disponibles, son notables por su belleza y tan parecidas a las de una mujer viva que, como afirma una admiradora de McCullen, “casi dan miedo”. En cuanto a sus zonas erógenas, los pechos, realizados en gel de silicón, poseen la apariencia, el tacto y la gravidez de los pechos humanos, y tienen pezones erectos que asoman bajo la ropa y pueden pellizcarse como si fueran reales. El vello púbico es incrustado hebra por hebra en el hermoso sexo de la muñeca, cuyos labios y demás estructuras genitales pueden manipularse, abrirse o mordisquearse de una manera perfectamente realista. Cuando su dueño y amo la penetra, en la vagina de la Real Doll se forma un vacío que ejerce un poderoso efecto de succión. Algunos propietarios afirman haber tenido orgasmos muy fuertes gracias a esta cualidad. En cuanto a las otras entradas, son igualmente perfectas. La boca ha sido moldeada con labios suaves, lengua ultrasuave y dientes de silicón duro que no lastiman, y tiene una mandíbula articulada que se abre y se cierra como las humanas. Todo esto lo podrá constatar el lector si visita la página.

Aunque Abyss Creations fue la primera compañía en producir estas maravillas dignas del mundo futurista de Blade Runner, de 1996 para acá les han surgido a las Real Dolls varios imitadores. Una corporación japonesa (que desgraciadamente no exporta sus productos) ha puesto en el mercado a Babette, una mujer artificial que cuesta casi el doble que la Real Doll, pero que posee movimiento y segrega fluidos.

Con algo así se puede dar rienda suelta a cualquier fantasía. Como comentaba en los primeros párrafos de este escrito, los movimientos de la cultura —sobre todo en épocas de decadencia— tienden a afirmar la supremacía del anhelo de apariencia. Y con estas muñecas se ha alcanzado un grado que jamás se había visto. Se hará realidad la ficción de Felizberto Hernández en su cuento “Las hortensias”, donde las muñecas que crea un fabricante visionario despiertan las fantasías de un extraño coleccionista y al final se convierten en el centro de sus relaciones más tormentosas.

Más aún, una nueva forma de pornografía diferida está naciendo y con ella tiene lugar un nuevo desplazamiento del nivel de lo real. Me explico: una garantía de que la Real Doll es anatómicamente exacta es el hecho de que todas las partes de su cuerpo fueron moldeadas sobre mujeres reales. Sin embargo, esto pasa a segundo término cuando sabemos que la muñeca se ha convertido en la modelo. Efectivamente, en la película RealDoll: The Movie, el actor Ron Jeremy estelariza una comedia sobre la búsqueda de la compañera sexual perfecta. A través de una serie de relaciones insatisfactorias y luego de una ruptura sentimental, descubre el verdadero amor en los brazos de una Real Doll que viene a colmar sus noches con los más intensos placeres. Lo fascinante —como un fenómeno dentro de la historia de la sensibilidad— es que se trata de la representación de una representación. Hay un discurso que representa a un objeto que representa a una mujer, pero que, de acuerdo con este mismo discurso, se vuelve independiente de ella y deja de ser así una representación.

La creación humana alcanza de esta manera lo que podríamos considerar su victoria más alta. La imitación copia la realidad con tal exactitud que la rebasa y se planta delante de ella; se desprende de ella, que ya no es más que un cascarón del cual surgió para extender sus alas. Ciertamente, la fantasía se prenda de la Real Doll no a pesar de no ser una mujer, sino precisamente porque no es una mujer. El sustituto deja de ser tal y se convierte en un referente autónomo, en un objeto de deseo en sí.

Aristóteles, Oscar Wilde, Charles Baudelaire y muchos otros habrían sido felices de poseer una de ellas, y a Friedrich Nietzsche le habrían dado la oportunidad de lanzar una sentencia lapidaria contra el espíritu de esta época, cuando el anhelo de apariencia ha alcanzado su apoteosis.

lunes, febrero 05, 2007

An avocado from Michoacán


Estoy celebrando que mi relato “Carne verde, piel negra”, del libro Los pobres de espíritu (Premio San Luis Potosí 2004) acaba de ser publicado en inglés, en una edición bilingüe de Cuadernos de Tameme. Desde luego, ser traducido a un idioma extranjero y poder llegar a lectores de otras culturas es ya un motivo para sentirse contento. Pero en este caso, mi alegría va más allá de la satisfacción profesional por distintos motivos. En primer lugar está el hecho de que la traductora haya sido C.M. Mayo. Ella y yo tenemos ya muchos años de ser amigos, desde que nos puso en contacto esa formidable poeta que es Marianne Toussaint. Nuestra amistad ha crecido a través de la distancia, con pocos pero muy gratos encuentros personales y una copiosa correspondencia epistolar.

Persona cálida ella, muy sencilla en su trato, observadora atenta y sensible de las personas y sus entretelas psicológicas, más que crítica, yo la llamaría pintora de la realidad social. Sobre todo, una dama. Así es C.M. Mayo. Entusiasta para hacer realidad su sueños, como lo hizo con Tameme, el proyecto editorial que empezó hace ya no sé cuánto tiempo. Primero era sólo una revista que incluía textos de diversos géneros literarios, siempre en edición bilingüe. Ahí, en alguno de los tres primero números —no los tengo a la mano ahora— aparecieron mis poemas “Viejos comunistas” y “La Gorda”. Era la primera vez que alguien traducía algo mío y, por supuesto, me sentí muy contento. Unos años después, la editorial Planeta me encargó la versión al castellano del libro de C.M. Mayo, Sky Over El Nido, ganador en Estados Unidos del Premio Flannery O’Connor. Yo ya estaba retirado de la traducción, pero tratándose de esta obra acepté. Creo que ahí fue donde nuestra amistad se hizo más estrecha. Porque la traducción de esos cuentos fue un modelo de colaboración autor-traductor. Yo le enviaba los borradores a Catherine, anotando mis dudas, marcando aquellas frases de las que no estaba seguro, preguntándole, preguntándole, preguntándole. Y ella me respondía con una enorme paciencia. Hasta que terminamos y el libro salió de la imprenta con el título El cielo sobre El Nido.

Ahora es ella quien me ha traducido a mí, con una dinámica de trabajo semejante. El resultado es “An avocado from Michoacán”, que, para mayor honor mío, es el primer título de la colección Cuadernos, de Tameme. Es una edición muy bonita, con un diseño de portada de Ines Hilde, y además del relato en sí incluye una entrevista (es decir una conversación entre C.M. Mayo y yo) y notas de traducción. Claro, lo que más debe valer en un libro es el contenido, la calidad de la escritura, pero creo que tanto para el autor como para el lector es muy agradable tener entre las manos una edición cuidada y hecha con esmero, como lo es ésta.

Ignoro qué títulos vendrán después del mío, pero el lector de estos apuntes podrá encontrar información al respecto en la página web de Tameme: http://www.tameme.org,/ así como en el blog de C.M. Mayo: http://madammayo.blogspot.com/.

jueves, enero 04, 2007

Las camisetas

Aunque puedan ser usadas por ambos sexos, aunque en su diseño sean idénticas, la camiseta de una muchacha es diferente de la de un hombre. La hacen diferente el olor aunque esté limpia, la luz que se le quedó dentro, la forma del cuerpo, que sigue guardando como si hubiera sido moldeada sobre éste. Las camisetas son eternamente jóvenes. Dentro de cada una vive una niña. Puede uno verla si pone atención. Las camisetas blancas guardan novias de beso en la reja y días de pinta; las azules, jovencitas de rubor californiano; las rojas traen manchas oscuras en la espalda y en las axilas: son mujeres de trabajo, endurecidas, generosas; las amarillas traen el calor de la costa, el aroma de la sal, la resolana de la piel al fuego. Las camisetas son objetos celestes, y esto es visible en su consanguinidad con las nubes, que detrás de su tensa blancura revelan el sol con sus rayos. Dos soles: dos haces.

En primavera hay tardes en las que el viento estremece muchachas como si fueran camisetas en un tendedero.