jueves, diciembre 05, 2013

Hotel Pánuco



Foto: La Jornada

—Tengo sed.
            —Sí. A mí también me dio.
            —¿Quieres que te suba algo?
            —¿Vas a bajar? ¿Por qué no llamas a la recepción y que nos suban un refresco?
            —A estas horas sólo hay una persona atendiendo. No va a querer subir.
            —¿Qué hora es?
            —Las dos de la mañana.
            —Qué rápido se fue el tiempo. ¿A qué hora llegamos?
            —Antes de las 12.
            —¿Ya te quieres ir? ¿Por qué te estás vistiendo?
            —Tengo sed. ¿Puedo encender la luz?
            —¿Vas a regresar?
            —Sí. Sólo voy por una coca. ¿Quieres una para ti?
            —No tienes que bajar hasta la recepción por ella. Aquí en este piso, junto al elevador, hay una máquina.
            —No sirve. Todo está al tiempo.
            —Voy contigo. Creo que ya se me bajó la borrachera.
            —No. Voy yo solo. Tú quédate a descansar. ¿Quieres que te traiga algo?
            —Una botella de agua, por favor.
            —Ahorita subo. No me tardo.
            —Espera.
            —¿Qué?
            —No te había visto bien. Me gusta tu cuerpo.
            —Y a mí el tuyo.
            —¿De verdad? ¿A pesar de que casi no tengo tetas?
            —Me gustan así: pequeñas.
            —Yo... Nunca me había sentido tan bien con un hombre. Fue muy bonito. Eres tan tierno...
            —A m también me gustó.
            —Entonces ven. Vamos a volver a hacerlo.
            —Ahorita que regrese. Tengo sed.
            —¿Te gustaron mis nalgas?
            —Sí.
            —¿Y mi sexo?
            —Sí.
            —A mí me gustó el tuyo. Es como tú: suave y cálido.
            —No me conoces.
            —Mira: ya se está despertando otra vez.
            —Voy por una coca.
            —Espera... tengo miedo.
            —¿De qué?
            —De que te vayas y ya no regreses.
            —¿Por qué crees que haría eso?
            —No sé, es un presentimiento. Como no te costé ningún trabajo... tal vez pienses que así soy con cualquiera. O que cada vez que me tomo una copa hago lo mismo. Pero te juro que no.
            —No pienso eso.
            —¿Qué piensas entonces?
            —No pienso nada.
            —¿Qué piensas de mí?
            —Nada.
            —¿No piensas nada? No te creo.
            —Dame mi camisa. Voy por un refresco.
            —...
            —Si quieres te dejo mi cartera y mi reloj para que veas que no voy a irme.
            —Siéntate tantito y luego vas. Mira mi sexo. Tócalo.
            —...
            —Una vez me hicieron eso.
            —¿Qué?
            —Un tipo al que conocí en un bar me llevó a un hotel de paso, como éste al que tú me trajiste. Me cogió y luego, en cuanto me sintió dormida, se fue y me dejó sola, sin dinero y sin manera de regresar a mi casa a esas horas.
            —¿Te robó?
            —No. Pero yo me había gastado en el bar todo lo que tenía y él me había dicho que me iba a ir a dejar.
            —¿Vives con tus padres?
            —Con mi madre.
            —Ahorita vengo.
            —...
            —¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
            —Es que nadie me toma en serio. ¿Tú crees que alguien pueda enamorarse de mí?
            —Yo creo que sí. No eres fea.
            —¿Tú no te quieres enamorar de mí? No, ¿verdad?
            —Apenas te conozco.
            —Eso quiere decir que no. El enamoramiento no se da con el tiempo. Nace al conocerse o no nace nunca.
            —...
            —¿Eres estudiante?
            —Sí. Estudio ingeniería en sistemas. ¿Y tú?
            —Acabo de terminar la prepa. ¿Vives con tus padres?
            —Vivo en una casa de estudiantes. Mi familia está en Ciudad Mante. ¿Conoces?
            —No. ¿Me vas a invitar? ¿Me vas a presentar a tu familia como tu novia?
            —No sé.
            —No soy la clase de mujer que una madre provinciana quiere para su hijo, ¿verdad?
            —Me gustaría volver a verte, conocerte más.
            —¿Ya no tienes sed?
            —Sí.
            —Pues vete por tu refresco, ándale. Te urgía mucho.
            —Sí.
            —¿Por qué hice esto? ¿Por qué, chingada madre?
            —¿Qué cosa?
            —¡Vete por tu refresco!
            —Ahorita vengo.
            —...
            —Ahorita vengo.
            —No. Ya no regreses.
            —¿Qué te pasa?
            —No regreses. No quiero volver a verte.
            —¿Estás loca?
            —Quiero estar sola, ¿no me entiendes?
            —Pero hace ratito...
            —Hace ratito tena ganas de hacer el amor. Ya no. No quiero que te sientas comprometido. No me interesa atrapar a nadie.
            —¿Qué te pasa?
            —Ya vete, por favor. Me quiero dormir, ¿no lo entiendes?
            —...
            —¿Qué haces ahí, parado? ¿Qué esperas? Tenías mucha sed, ¿no?
            —¿Me estás corriendo?
            —¿Hasta ahorita te das cuenta? Claro que te estoy corriendo. Lárgate.
            —Estás loca.
            —Lárgate ya, por favor. Ya nos usamos uno al otro, ¿no? ¿Qué más?
            —...
            —¿Qué más?
            —Ya me voy... pinche vieja loca.
            —...
            —Ahí te dejo cien pesos para que te regreses a tu pinche casa. Es lo que cobran las de la Merced.
            —Gástatelos en tu refresco. Tenías mucha sed, ¿no?



Del libro Los pobres de espíritu. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004.