miércoles, diciembre 09, 2009

Los iluminados

El mes pasado salió a la venta mi nuevo libro, Los iluminados, publicado por la editorial Progreso en su colección Rehilete. Se trata de una novelita para niños que se desarrolla en los años 20, en algún lugar del occidente de México, en el contexto de la revuelta cristera. Es la continuación de La guerra de los gatos, impresa en 2004 por la misma casa editorial. Como aquélla, es una obra que busca estimular en los niños el interés por la historia y la literatura y, por supuesto, entretenerlos. Aunque no he visto el libro físicamente, recibí una versión electrónica y sé que es una edición bonita y bien cuidada (asumo totalmente la responsabilidad por los errores que se fueron) y que, como en el caso de La guerra de los gatos, debe mucho del atractivo que pueda tener a las espléndidas ilustraciones de Guillermo Graco Castillo. Reconozco y agradezco profundamente su talento, así como el profesionalismo y el entusiasmo de mis editores, Eva Gardenal y Ariel Hernández, y ofrezco aquí un fragmento como botón de muestra:

Una calma extraña se respiraba en el pueblo. No era la calma de los días felices, como la que se sentía al día siguiente de la fiesta del santo patrón, cuando todo el mundo estaba desvelado y cansado por la procesión y luego los cohetes y la verbena. Esta calma era distinta: era como la que sobrevenía tras la muerte de una persona importante o cuando había granizado mucho y se habían perdido las cosechas. En la plaza municipal no se veía ni un alma. Lo único que parecía tener movimiento era una hoja seca que el viento llevaba de aquí para allá. Los portales se veían desiertos. La esbelta torre de la iglesia se recortaba contra un cielo blanco que presagiaba frío. Todo estaba en silencio. Ni siquiera los perros ladraban.

A un costado de la plaza se hallaba el negocio del señor Stefan Preiss, pastelero austriaco que habría podido hacer una fortuna en Colima o en Guadalajara, pero que, por un incomprensible capricho suyo había preferido venir a enterrarse a este pueblo olvidado del occidente de México donde sólo cuatro personas —el doctor, el boticario, el sacerdote y la esposa del alcalde— eran capaces de valorar sus creaciones. Por eso hacía sus pasteles muy de vez en cuando y sólo por encargo, y en cambio se dedicaba a hornear pan, un pan sabroso y llenador que los paisanos le compraban satisfechos de pagar el precio.

La casa era grande, con todo y que los señores Preiss vivían solos; es decir, sin compañía humana. No habían podido tener hijos, y tal vez por eso la señora Preiss había canalizado sus instintos maternales hacia sus mascotas: un gato, un sabueso viejo y una cotorra huasteca de lengua negra. Al perro lo llamaban Coronel porque lo habían heredado todavía pequeño de un soldado que murió en la Revolución y porque, según Stefan era valiente y disciplinado como un coronel de húsares a quien conociera hacía muchos años en el palacio de Schönbrunn; la guacamaya se llamaba Marlene, y al gato, como era negro, le habían puesto el nombre del pastel sacher hecho con chocolate oscuro de la mejor calidad, aristocrática tradición vienesa y orgullo de la casa Preiss.

Pues esa mañana de domingo estaba Sacher echado en el alféizar de la ventana, mirando hacia la desierta plaza municipal. De todos los habitantes de la casa, él fue el primero que se dio cuenta de que algo raro ocurría en el pueblo. Aunque al parecer los humanos ya lo esperaban. Seguramente habían estado hablando a espaldas de él y poseían información privilegiada. Esto era algo que un gato que se dice gato no podía tolerar. El mal humor de Sacher iba en aumento a medida que la mañana avanzaba hacia el mediodía y el pueblo seguía igual de muerto. Para colmo, Marlene no lo dejaba tomar su siesta en paz. Insistía en repetir a gritos las tonterías que le enseñaban sus dueños.

Aquí entre nos, Sacher miraba de arriba abajo a cualquier animal que no perteneciese a la familia de los felinos. Marlene le parecía irremediablemente estúpida, incapaz de pensar por sí misma, feliz en su jaula de oro como esas niñas mimadas que mientras tengan todos los lujos en casa no desean mirar nada del mundo. Así era ella: carente de curiosidad científica, de espíritu de aventura, de audacia. El Coronel sí tenía espíritu de aventura, pero era moralista, se tomaba todo demasiado en serio y eso exasperaba a Sacher. Si sus amos le encomendaban alguna tarea sencilla, al alcance de su limitado talento, era el perro más feliz del mundo. Y si luego de cumplirla bien recibía una caricia como recompensa, actuaba como si el emperador de Austria-Hungría le hubiese puesto en el pecho una condecoración. Qué cosa más patética, pensaba Sacher.

Con los que sí tenía buena relación era con los gatos de los vecinos, la gata gordita del cura y los gatos vagos que se reunían en las noches para tomar el fresco en la plaza y se contaban todos los chismes de sus respectivas casas: que si la niña mayor de los Sandoval recibió a escondidas una carta de su novio, que si la señora del alcalde llamó a su esposo “bruto” e “ignorante” en medio de una discusión, que si el doctor Solís se tomaba cada noche un jarro de tequila, que si doña Anita la que prestaba a rédito tenía una olla llena de dinero y la muy agarrada quería que sus gatos vivieran de puros ratones... en fin, que se pasaban en la chorcha hasta la madrugada, como cualquier persona que haya observado la vida de los gatos habrá de imaginarse. Pero Sacher no había escuchado ahora nada que pudiese relacionar con esa extraña quietud del pueblo.

Echado en el alféizar de la ventana, pretendía dormir mientras a su espalda el señor Preiss leía un periódico en el sofá y su esposa, sentada junto a él, hacía una labor de bordado. Cualquiera habría dicho que el gato, efectivamente, dormía, pero la verdad es que por lo menos dos de sus sentidos se hallaban bien despiertos: sus ojos en la plaza y sus oídos en la sala, en espera de cualquier comentario que le ayudase a develar el misterio.

Finalmente, como a eso de las 11 de la mañana, se rompió la inmovilidad de tarjeta postal del paisaje pueblerino. La señora del alcalde venía cruzando la plaza. A Sacher no le caía bien porque tenía la costumbre de querer acariciarlo cada vez que venía de visita. Por eso la otra vez que lo agarró de malas pulgas él no pudo ocultar su disgusto y le lanzó un rasguño. Pero esa mañana de domingo le dio gusto verla. Esperó un poco y, cuando vio que la señora ciertamente venía hacia la casa, se levanto de la ventana, fue a ronronearle a Eva Preiss y se echó en su regazo en espera de oír el llamador de la puerta.

20 comentarios:

yoviznita dijo...

felicidades Agustín.

Pronto conseguiré el libro y lo pondré en manos de los niños de mi escuela.
Saludos

Agustin dijo...

Gracias, Iovanka. Saludos también para ti.

Paulette dijo...

me gusta!!!!me encanta que escribas para niños. Inteligentemente,poniendo lo mejor, sin subestimarlos, como deberían hacer todos los autores!No hay público más exigente que los niños, porque no son hipócritas,y si se aburren lo dicen, ellos nos ponen a prueba, pero tontamente invertimos los roles y creemos que los aprobamos o desaprobamos nosotros!Aunque pocos lo entienden.besos

Makiavelo dijo...

Gracias Agustín por dejarnos esta primicia. Qué buena pinta tiene, y que bien se lo van a pasar los niños y los no tan niños.

¿Lo publicarán en España?

Felicidades por el libro y por estas fiestas.

Saludos.

Agustin dijo...

Gracias, Makiavelo. No creo que lo publiquen en España, por lo menos pronto. Pero gracias por interés y felices fiestas para ti también.

Rubí Vanessa dijo...

Pienso que hay que educar con el ejemplo, y por esto me da mucho gusto que ecribas para niños. Así motivas a los niños a que lean y escriban. Además, una narración me parece una oportunidad para que los chicos y también los adultos aprendan Historia de forma creativa y placentera. Bueno, hasta me has hecho pensar en una frase que me agrada mucho:"Dejad que los niños vengan a mi,y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos"(Mateo 19:14). Y una más, "Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él" (Lucas 18:17). Si escribes para niños Agustin, seguro conservas tu esencia. Así que, gracias por abrirnos una puerta al "cielo".
Por cierto, aparte de tener un nombre dulcemente erótico, mira que Sacher tan selectivo, que bueno. Me da la impresión de que es un gato pensante e intuitivo,así como son los niños, y de seguro verá una luz que otros no podrán ver fácilmente. Será un placer leer como se devela ese misterio.
Te mando un abrazo Agustin.

Agustin dijo...

Gracias, Rubi. De corazón, gracias.

Yo dijo...

Muchas felicidades Agustin! Justo ahora estoy leyendo 'El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson' de Selma Lagerloff que tambien es un libro para que los niños se interesen por la geografia e historia, en este caso escadinava, y me pareció una gran idea! Que gusto saber que tu libro salió me encantará leerlo y seguro mas de un adulto lo disfrutara :) La próxima vez que esté por México lo voy a buscar. Muchas felicidades! y de paso una feliz Navidad y Año Nuevo :)

Agustin dijo...

Gracias, Yo. Muchos buenos deseos para ti también.

ana dijo...

Da realmente ganas de seguir leyendo.
Seguramente es tipo de literatura como el programa del CHAVO DEL OCHO que es interesante para grandes y chicos por igual.
A los chicos ,pedagogicamente se le enseña el comportamiento del felino en relaciòn a los otros animales y a los grandes el encanto de recordar instantes con sus gatos preferidos.

Agustin dijo...

Gracias, Ana.

Agustin dijo...

Gracias, Paulette querida! Besos.

Alejandro Ramírez Romero dijo...

Enhorabuena maestro. Luego de leer el botón de muestra, entiendo que no sólo los nños disfrutarán esta nueva publicación, sino también los más grandecitos. Saludos

Agustin dijo...

Gracias, Alejandro. Saludos también para usted.

Ángel C. dijo...

Agustín, ¿cuándo abrirá un taller acá en México?

Agustin dijo...

En el verano, Angel. Déjeme su email y yo le aviso.

Ángel C. dijo...

Gracias por la respuesta,
mi correo es: seasarezzo@hotmail.com

Saludos.

Agustin dijo...

Gracias, Angel. Estamos en contacto. Saludos.

cristina dijo...

¿Qué pasará, por qué el silencio de la plaza? Un sacher con orejas o un gato de chocolate finísimo.
No sé qué escritor dijo que Viena era una ciudad donde la mujeres llevan a sus maridos y a sus perros a comer pasteles. ¡Sí bendito lugar! Ese pueblo que describes, mexicano y donde vive un pastelero autriaco es donde quisiera vivir. En el DF hace como diez años hacían en el Hotel Camino Real un Festival de Pastelería Austriaca (Buffet). Era una esquisitez, desde luego por las tartas, pero también porque parecía que hubieras entrado a una florería, además los meseros rubitos... Hmmm...

Agustin dijo...

Cristina: Curiosamente, por los días en que salió publicada la novela, abrieron una panadería austrica en mi pueblo (Ixmiquilpan). Ahí está todavía, creo. Por si quieres visitarme en el verano.