miércoles, noviembre 03, 2010

Penélope


(Foto: "Nyugati pályaudvar", de Alex Wipf)


Una mujer de unos cuarenta años, rubia, vestida con ropa gris de corte clásico y con un paraguas del mismo color en la mano, acudía regularmente a la estación de trenes Nyugati, en Budapest. Llegaba antes de las seis de la tarde y se quedaba hasta las seis y media, a veces hasta las siete. Nadie se fijaba mucho en ella. Era sólo una guapa más. Nada la hacía extraordinaria. Parecía estar esperando la llegada de un tren. Mucha gente llegaba a Nyugati con el mismo propósito.

Yo sí reparé en ella. En aquella época iba con frecuencia a la estación porque, como la idea original era que sólo estaría en el país un año, trataba de aprovechar mi residencia viajando lo más posible a las ciudades cercanas. Y como normalmente tomaba el tren entre las cinco y las seis de la tarde, ya que había terminado mis clases, comido y empacado, solía encontrarme con esa mujer. Me llamó la atención desde el principio por su expresión angustiada. Y más raro aún me pareció que todas las veces tuviera la misma actitud y se parara en el mismo lugar del andén, vestida con la misma ropa.

Un día, por hacer conversación, le pregunté si sabía dónde podía cambiar dinero dentro de la estación.

Me contestó algo que no tenía nada que ver:

—Me dijo que vendría en de las seis, de Berlín.

Repetí la pregunta y ella insistió en su respuesta:

—Tiene que venir ahí. Me lo prometió.

Finalmente, pensando que se trataba de una pobre loca, no me entretuve más y fui a abordar mi tren.

Dos semanas después, viajando a otra ciudad, volví a encontrarme con la enigmática dama. Me daba curiosidad: era demasiado elegante, demasiado fina para ser una simple loca vagabunda. Como no quería correr el riesgo de irritarla, esta vez no le hablé. Lo que hice fue ir a mirar el tablero de llegadas, a ver si había alguna de Berlín a las seis de la tarde. No había ninguna. Me perdí entre la multitud y, desde cierta distancia, me dispuse a observar a aquella mujer que cada vez me intrigaba más.

Y ahí seguía, clavada en aquel punto del andén, con la mirada fija en las vías, escudriñando cada tren que llegaba. Nadie le dirigía la palabra, como si no la vieran.

Al costo de perder el boleto y no salir de viaje ese día, decidí quedarme a observar hasta el final. Y el final llegó después de las siete. La dama inclinó la cabeza y comenzó a llorar en silencio.

Más conmovido que asustado, salí de la estación y fui a refugiarme en un bar de por el rumbo. Me tomé un par de cervezas, incapaz de dejar de pensar en esa mujer maravillosa. Seguí encontrándola en la estación de trenes, siempre entre cinco y media y seis y media o siete, con su traje sastre y su paraguas gris. No volví a acercármele ni a esperar hasta el momento del llanto.

10 comentarios:

yoviznita dijo...

Siempre la lectura de este relato nos transforma, por un instante, en Penélope.
Gracias, saludos desde Actopan, Agustín.
Iovanka

Paulette dijo...

escribis muy bellamente esta historia. Tu Penélope me recuerda a mi tia Leda, por la descripción y un poco por la espera...

Agustin dijo...

Gracias, Iovanka. Saludos para ti, hasta Actopan.

Agustin dijo...

Paulette, me encanta tu tía Leda, ya lo sabes. Gracias.

josé manuel ortiz soto dijo...

Agustín, siempre habrá modernas Penelopeas en todas las estaciones, desgraciadamente el vértigo en que vivimos no nos permite percatarnos.

Un afectuoso saludo.

Agustin dijo...

Saludos afectuosos también para ti, José Manuel.

ROSIO dijo...

Que hermosa manera de contar esta historia, me conmueve. Gracias por escribir tan lindo.

Agustin dijo...

Gracias, Rosio. Saludos.

Maya dijo...

Precioso. Tantas historias perdidas, desvanecidas, desdibujadas. Hay que tener buen ojos para relatarlas, para rescatarlas. ¡Saludos!

Agustin dijo...

Gracias, Maya. A mí me gustaron mucho tus reflexiones sobre Juan Rulfo.