viernes, septiembre 01, 2006

Presonajes 2

Pío Barragán Berthely cumplió hace poco los 82 años. Vive en Tlacotalpan, Veracruz, donde tiene un pequeño museo. Él dice que es un minizoológico porque hay algunos animales vivos, pero la verdad es que se trata de un museo de su vida. Ahí están cientos de cosas que ha ido coleccionando a través de tantos años, cosas que él consiguió, que heredó de sus padres, que los vecinos llegaron a regalarle o a venderle. Son ídolos prehispánicos, espadas de piratas, balas de cañón, carabinas de revolucionarios, lámparas y botellas de barcos que venían de muy lejos, máquinas de escribir, fotografías de Agustín Lara, autógrafos de visitantes famosos... Esa colección no es sólo la parte material de la memoria de Pío Barragán Bethely; también es la memoria de Tlacotalpan. Y él se la sabe bien. Le gusta contar cómo consiguió cada cosa, cómo llegaron a su casa los cocodrilos y las tortugas. Esta parte de la visita al museo es la mejor: cuando uno lo oye cómo va deshebrando sus recuerdos y lo acompaña en esos viajes suyos por el tiempo, a la época de don Porfirio Díaz, a la de la intervención francesa, cuando los soldados de Maximiliano estuvieron a punto de bombardear Tlacotalpan, a los años licenciosos del Flaco de Oro.

Pío Barragán Berthely dice que a sus 82 años ya no ve con un ojo y ya no oye con un oído. Poco a poco ha ido delegando en otras personas la tarea de mostrarles el museo a los visitantes. Poco a poco va callando.