jueves, enero 18, 2007

Amores de la calle

Me han caído bien las putas desde que las veía, en mi infancia, en los melodramas mexicanos de la Época de Oro; desde que leí, en la secundaria, Oliver Twist y luego vi en el Canal 2 una versión para telenovela de la inmortal Santa, de Federico Gamboa, con esa exquisita belleza que era Tina Romero.

Cuando terminé la secundaria, a los 14 años, no había en mi pueblo donde seguir estudiando. Así que me fui a vivir a Pachuca, la capital del Estado, en situación de ser el más joven de diez inquilinos —todos los demás eran ya universitarios y no precisamente niños bien portados—, en una casa que se encontraba en la zona de tolerancia. Ahí comenzó una familiaridad con el mundo nocturno larga y llena de matices. A los 15 años me enamoré de una de esas muchachas; se llamaba Thelma y me da gusto ver que todavía me acuerdo de su nombre, no importa si era verdadero o falso; a los 20, ya viviendo en la Ciudad de México, otra de ellas me salvó de que me golpearan unos malvivientes en una calle oscura, una madrugada de diciembre; a los veintitantos me metí al cuarto con una que era fea como un murciélago y ni siquiera joven, sólo porque me dio lástima que ya ni los policías la levantaban.

Podría contar muchas anécdotas sobre ellas. Las he buscado y las he encontrado en casi todas las ciudades y países adonde he ido. Y de todas clases: de casa de citas, de esquina, de cabaret, de agencia, de tugurio, de ocasión... me acuerdo de una que iba a las presentaciones de libros, vestida como mujer de letras, a buscar clientes. Es que —decía ella— los escritores son muy generosos con el dinero. ¿Será cierto? También recuerdo que por lo menos tres de mis alumnas (debe haber habido otras de las que nunca me enteré), de alguna de esas universidades donde he dado clases, se metieron al negocio de las agencias por un semestre o dos, en lo que ahorraban algo de dinero. A una de ellas le fue tan bien que hasta coche del año se compró. A otra yo mismo le conseguí un par de clientes —aclaro que no pedí nada a cambio del favor, ni en dinero ni en especie—, entre mis amigos deprimidos que buscaban una chica provisional, discreta y con educación.

En fin, la huella de esta fraternal relación puede verse en mis libros: en mi ensayo Las venas impuras (tesis de maestría), en mi novela La lepra de San Job y en varias piezas breves como “Año Nuevo”, “La frontera es un buen lugar para vivir”, “Los vecinos feos”, “Parque Murillo”, “Amor de la calle” y otros tres o cuatro que tengo por ahí inéditos.

Por supuesto, me encanta leer novelas y cuentos en donde las putas aparecen como personajes. Y poemas dedicados a ellas.

Pero bueno, basta de prólogo. Estas cosas me vinieron a la mente en ocasión de dos libros. El primero de ellos es Un sueño comentado, del espléndido narrador y querido amigo Rubi Guerra. Me lo trajo el correo hace una semana y su lectura ha sido una delicia. Rubi Guerra es un hombre muy reservado y es difícil saber en principio qué piensa o qué le gusta, pero al leer su obra uno se da cuenta de que ama profundamente a todas las mujeres, incluyendo desde luego a las putas, y en virtud de ese amor ha sabido recrearlas en personajes entrañables, divertidos, conmovedores, seductores. Pero las cualidades del libro no se limitan a la construcción de los personajes. Me impresionó la riqueza anecdótica, la manera como el narrador logra crear la ilusión de una memoria comunitaria, el efecto casi de leyenda que logra dar a los acontecimientos. Y la libertad estilística y el tono completamente relajado con que va hilando las anécdotas, acotándolas, pastoréandolas como si se las platicara a sus amigos del Astoria con tres o cuatro cervezas de por medio.

El otro libro al que me refiero es Memorias de una madame americana, de Nell Kimball, traducido al castellano por mi también querida amiga Sandra Strikovsky. Es una obra divertida y que da mucha idea de cómo era la vida en los burdeles norteamericanos en el cambio del siglo xix al xx. Ciertamente, la autora nació en 1854 y murió en 1934. De ella escribió Roberto Calasso: “Poseía una inteligencia natural extraordinaria, que le permitió mostrarse más tarde, en estas Memorias, como una extraordinaria escritora; era curiosa, ávida y lúcida, felizmente desposeída de sentimentalismo y sentimiento de culpa”. La traducción es buenísima. Sandra Strikovsky ha logrado algo que es muy difícil para un traductor: trasladar de un idioma a otro la naturalidad y la intensidad del lenguaje coloquial.

jueves, enero 04, 2007

Las camisetas

Aunque puedan ser usadas por ambos sexos, aunque en su diseño sean idénticas, la camiseta de una muchacha es diferente de la de un hombre. La hacen diferente el olor aunque esté limpia, la luz que se le quedó dentro, la forma del cuerpo, que sigue guardando como si hubiera sido moldeada sobre éste. Las camisetas son eternamente jóvenes. Dentro de cada una vive una niña. Puede uno verla si pone atención. Las camisetas blancas guardan novias de beso en la reja y días de pinta; las azules, jovencitas de rubor californiano; las rojas traen manchas oscuras en la espalda y en las axilas: son mujeres de trabajo, endurecidas, generosas; las amarillas traen el calor de la costa, el aroma de la sal, la resolana de la piel al fuego. Las camisetas son objetos celestes, y esto es visible en su consanguinidad con las nubes, que detrás de su tensa blancura revelan el sol con sus rayos. Dos soles: dos haces.

En primavera hay tardes en las que el viento estremece muchachas como si fueran camisetas en un tendedero.