martes, febrero 13, 2007

El sueño de Pigmalión

De acuerdo con el mito, Pigmalión era un joven chipriota que, al ver los incontables defectos que padecían las mujeres de su época, decidió permanecer soltero y dedicarse a la escultura. Un día, esculpiendo en marfil una figura femenina de tamaño natural, empezó a sentir que se enamoraba de ella. Deseó hacerla perfecta, libre de todas las impurezas que le impedían mirar a las humanas, y más hermosa que todas ellas. Y de pronto, en virtud de la magia del arte —de su propio arte—, Pigmalión tuvo un día ante sus ojos, salida de sus manos y de sus sueños, la amada que no había encontrado entre las mujeres de la tierra. Cada día creció el amor con que trabajaba en ella. Su corazón la soñaba y sus dedos reconocían el sueño en la materia fría del marfil, repasando temblorosos de orgullo y de deseo la perfección de cada parte, la redondez y la dureza de las masas más grandes, la delicadeza de los pliegues y los detalles minúsculos, la tersura de las bruñidas superficies. Pasaba el día con ella. Vivía para ella. Finalmente, conmovida por la devoción del artista, la diosa Venus le dio vida a su obra. Pigmalión había salido a la calle. Cuando llegó a su casa, feliz como un esposo, fue en busca de la pieza para darle un beso en los labios y he aquí que, al momento de hacerlo, la virgen de marfil comenzó respirar; su carne se estremeció y, ante los ojos maravillados del artista, bajó del pedestal y buscó un pedazo de tela con que cubrirse. Pigmalión se casó con su maravillosa estatua viva y ella le dio un hijo, Pafos, de quien viene el nombre de la ciudad consagrada a Venus.

Desde su aparición en la cultura occidental, este mito ha sido inspirador de las más altas ambiciones estéticas y espirituales. Ha hecho soñar a artistas y escritores de todas las épocas y, gracias a él, se ha sostenido el impulso creativo de más de un desdichado en la fría oscuridad de una vivienda pobre.

Examinado en todas sus implicaciones, el mito de Pigmalión incide en el problema platónico-aristotélico de las relaciones entre realidad y representación. Para Platón, el resultado del trabajo artístico es inevitablemente un producto de segunda mano, ya que es la copia de la copia de un objeto ideal. Evidentemente, Platón está dando por hecho que el arte pretende reproducir, reflejar o imitar la realidad. Para Aristóteles, en cambio, hay otra posibilidad: que el arte (la poesía) no se encuentre corriendo detrás de la realidad sino delante de ella. De ahí la dignidad de la tragedia: representa a los hombres mejores de como son.

De estas dos posturas se desprenden básicamente todos los problemas de estética en occidente, al grado de que la historia del arte y la de la literatura se han desarrollado alternando el predominio de la visión platónica con el de la visión aristotélica. A una época en la cual se busca que el arte sea una transcripción exacta de la realidad, le sigue otra en la cual los artistas se adelantan a ésta o simplemente se declaran independientes de ella. Los novelistas del realismo inglés y francés llevaron hasta el virtuosismo aquellos recursos mediante los cuales el lenguaje literario buscaba crear una “apariencia de realidad”. Finalmente, esta misma búsqueda elevó el prestigio del efecto de lo real por encima del hecho de lo real. Aun si el objetivo era la “imitación de la vida”, un escritor tan extraordinario como Balzac acababa desbordándola y creándola.

En La decadencia de la mentira, Oscar Wilde expone su idea acerca de la supremacía del arte sobre la realidad. “La única gente real es la que nunca existió”, dice, y atribuye la opacidad de ciertos escritores a su pobreza imaginativa; es decir, a su incapacidad para mentir acerca de la realidad. Luego Nietzsche, el titánico Nietzsche, se refirió al “ardiente anhelo de apariencia” que surge del principium individuationis. En virtud de este anhelo de apariencia, el mito de Pigmalión ha fascinado no sólo a los artistas sino también a los consumidores, coleccionistas y admiradores de las creaciones humanas. Pensar en ese hombre solitario, desilusionado del mundo, que sublima todas sus pasiones en la creación de una magnífica virgen de marfil, tan bella y tan cargada de vida que acaba por cobrar una verdadera vida, es un sueño maravilloso y titánico. Es el sueño del creador que supera a su propio Creador, a Dios. Es un deicidio estético. Y, como en toda criatura humana existen impulsos deicidas, quisiéramos, si no somos capaces de esculpir con nuestras manos la estatua de marfil, poseer la riqueza necesaria para pagarle al artista que la esculpa para nosotros: una criatura humana perfecta, libre de los defectos y los vicios de los humanos nacidos de mujer y engendrados por varón, inmune a las enfermedades, inmarcesible al tiempo; una criatura hecha sólo para ser contemplada, acariciada, venerada; una criatura —y esto debe ser lo más fascinante de todo— que pudiera ser poseída de una manera total y para siempre.

Todas las culturas han creado sus fetiches; todas han buscado una representación más o menos antropomórfica de aquello que desean y de aquello que temen. Y la forma de lo deseable es por excelencia femenina. En los países católicos, las tradiciones populares están llenas de historias de devotos que se enamoran —espiritualmente, se supone— de alguna imagen de la Virgen. De un momento a otro, y en virtud de la misma magia que hace posible el amor a primera vista, el devoto experimenta un rapto, una revelación de la realidad divina a través de la experiencia estética que lo aparta del mundo de las mujeres reales. Sin embargo es un hecho que todas estas historias ocurren con imágenes de gran calidad artística, capaces de producir un intenso y casi hipnótico efecto de realidad en el espectador.

En esta época desacralizada en la que, como decía Nietzsche, los dioses se han marchado, también abundan las historias de hombres que caen enamorados de algún artefacto femenino de hechura humana: retratos al óleo, misteriosos daguerrotipos, esculturas de mármol, muñecas de cera, maniquíes... y la mórbida fascinación por los cadáveres femeninos, que se extendió como una epidemia durante el siglo xix, se explica por un hecho muy sencillo: lo que más puede parecerse a una mujer artificial es una mujer muerta. Una amada difunta. Y a falta de un cadáver, lo que más se parece a una mujer muerta es una mujer dormida. Surge así el culto romántico y modernista, baudeleriano y proustiano del sueño femenino. Al reducirla a la inmovilidad gestual —dicen las críticas feministas—, el artista anula la individualidad femenina para así apoderarse de ella. No es el objetivo de este escrito rebatir tales argumentos. Baste decir que en los sueños más profundos del hombre occidental hay nostalgia por la amada inmóvil.

Estas reflexiones se me han ocurrido después de visitar la página web de Real Doll: http://www.realdoll.com/. No me interesa repetir lo que el lector puede encontrar ahí, pero voy a explicar un poco el contexto:

En 1996, el artista en efectos especiales Matt McMullen, llamado con justicia el “Pigmalión del plástico”, creó un extraordinario juguete sexual: la Real Doll. La compañía que las fabrica, fundada por el mismo McCullen, tiene el siguiente slogan: “Abyss Crations... en una era en que la línea divisoria entre fantasía y realidad se ve constantemente borrada”. La afirmación es exacta. Cuando la gente del pueblo ve un retrato que la impresiona por su efecto de realidad, dice: “Sólo le falta hablar”. A la Real Doll sólo le falta hablar. Es una mujer artificial hecha de goma de silicón, con una piel tan suave y elástica que emula fielmente el tacto de la piel humana. Su sistema muscular es sólido y flexible, y se sostiene en un esqueleto cuyas articulaciones funcionan de manera realista en casi todo el rango de movimientos del cuerpo humano. Sus facciones, en cualquiera de los modelos disponibles, son notables por su belleza y tan parecidas a las de una mujer viva que, como afirma una admiradora de McCullen, “casi dan miedo”. En cuanto a sus zonas erógenas, los pechos, realizados en gel de silicón, poseen la apariencia, el tacto y la gravidez de los pechos humanos, y tienen pezones erectos que asoman bajo la ropa y pueden pellizcarse como si fueran reales. El vello púbico es incrustado hebra por hebra en el hermoso sexo de la muñeca, cuyos labios y demás estructuras genitales pueden manipularse, abrirse o mordisquearse de una manera perfectamente realista. Cuando su dueño y amo la penetra, en la vagina de la Real Doll se forma un vacío que ejerce un poderoso efecto de succión. Algunos propietarios afirman haber tenido orgasmos muy fuertes gracias a esta cualidad. En cuanto a las otras entradas, son igualmente perfectas. La boca ha sido moldeada con labios suaves, lengua ultrasuave y dientes de silicón duro que no lastiman, y tiene una mandíbula articulada que se abre y se cierra como las humanas. Todo esto lo podrá constatar el lector si visita la página.

Aunque Abyss Creations fue la primera compañía en producir estas maravillas dignas del mundo futurista de Blade Runner, de 1996 para acá les han surgido a las Real Dolls varios imitadores. Una corporación japonesa (que desgraciadamente no exporta sus productos) ha puesto en el mercado a Babette, una mujer artificial que cuesta casi el doble que la Real Doll, pero que posee movimiento y segrega fluidos.

Con algo así se puede dar rienda suelta a cualquier fantasía. Como comentaba en los primeros párrafos de este escrito, los movimientos de la cultura —sobre todo en épocas de decadencia— tienden a afirmar la supremacía del anhelo de apariencia. Y con estas muñecas se ha alcanzado un grado que jamás se había visto. Se hará realidad la ficción de Felizberto Hernández en su cuento “Las hortensias”, donde las muñecas que crea un fabricante visionario despiertan las fantasías de un extraño coleccionista y al final se convierten en el centro de sus relaciones más tormentosas.

Más aún, una nueva forma de pornografía diferida está naciendo y con ella tiene lugar un nuevo desplazamiento del nivel de lo real. Me explico: una garantía de que la Real Doll es anatómicamente exacta es el hecho de que todas las partes de su cuerpo fueron moldeadas sobre mujeres reales. Sin embargo, esto pasa a segundo término cuando sabemos que la muñeca se ha convertido en la modelo. Efectivamente, en la película RealDoll: The Movie, el actor Ron Jeremy estelariza una comedia sobre la búsqueda de la compañera sexual perfecta. A través de una serie de relaciones insatisfactorias y luego de una ruptura sentimental, descubre el verdadero amor en los brazos de una Real Doll que viene a colmar sus noches con los más intensos placeres. Lo fascinante —como un fenómeno dentro de la historia de la sensibilidad— es que se trata de la representación de una representación. Hay un discurso que representa a un objeto que representa a una mujer, pero que, de acuerdo con este mismo discurso, se vuelve independiente de ella y deja de ser así una representación.

La creación humana alcanza de esta manera lo que podríamos considerar su victoria más alta. La imitación copia la realidad con tal exactitud que la rebasa y se planta delante de ella; se desprende de ella, que ya no es más que un cascarón del cual surgió para extender sus alas. Ciertamente, la fantasía se prenda de la Real Doll no a pesar de no ser una mujer, sino precisamente porque no es una mujer. El sustituto deja de ser tal y se convierte en un referente autónomo, en un objeto de deseo en sí.

Aristóteles, Oscar Wilde, Charles Baudelaire y muchos otros habrían sido felices de poseer una de ellas, y a Friedrich Nietzsche le habrían dado la oportunidad de lanzar una sentencia lapidaria contra el espíritu de esta época, cuando el anhelo de apariencia ha alcanzado su apoteosis.

lunes, febrero 05, 2007

An avocado from Michoacán


Estoy celebrando que mi relato “Carne verde, piel negra”, del libro Los pobres de espíritu (Premio San Luis Potosí 2004) acaba de ser publicado en inglés, en una edición bilingüe de Cuadernos de Tameme. Desde luego, ser traducido a un idioma extranjero y poder llegar a lectores de otras culturas es ya un motivo para sentirse contento. Pero en este caso, mi alegría va más allá de la satisfacción profesional por distintos motivos. En primer lugar está el hecho de que la traductora haya sido C.M. Mayo. Ella y yo tenemos ya muchos años de ser amigos, desde que nos puso en contacto esa formidable poeta que es Marianne Toussaint. Nuestra amistad ha crecido a través de la distancia, con pocos pero muy gratos encuentros personales y una copiosa correspondencia epistolar.

Persona cálida ella, muy sencilla en su trato, observadora atenta y sensible de las personas y sus entretelas psicológicas, más que crítica, yo la llamaría pintora de la realidad social. Sobre todo, una dama. Así es C.M. Mayo. Entusiasta para hacer realidad su sueños, como lo hizo con Tameme, el proyecto editorial que empezó hace ya no sé cuánto tiempo. Primero era sólo una revista que incluía textos de diversos géneros literarios, siempre en edición bilingüe. Ahí, en alguno de los tres primero números —no los tengo a la mano ahora— aparecieron mis poemas “Viejos comunistas” y “La Gorda”. Era la primera vez que alguien traducía algo mío y, por supuesto, me sentí muy contento. Unos años después, la editorial Planeta me encargó la versión al castellano del libro de C.M. Mayo, Sky Over El Nido, ganador en Estados Unidos del Premio Flannery O’Connor. Yo ya estaba retirado de la traducción, pero tratándose de esta obra acepté. Creo que ahí fue donde nuestra amistad se hizo más estrecha. Porque la traducción de esos cuentos fue un modelo de colaboración autor-traductor. Yo le enviaba los borradores a Catherine, anotando mis dudas, marcando aquellas frases de las que no estaba seguro, preguntándole, preguntándole, preguntándole. Y ella me respondía con una enorme paciencia. Hasta que terminamos y el libro salió de la imprenta con el título El cielo sobre El Nido.

Ahora es ella quien me ha traducido a mí, con una dinámica de trabajo semejante. El resultado es “An avocado from Michoacán”, que, para mayor honor mío, es el primer título de la colección Cuadernos, de Tameme. Es una edición muy bonita, con un diseño de portada de Ines Hilde, y además del relato en sí incluye una entrevista (es decir una conversación entre C.M. Mayo y yo) y notas de traducción. Claro, lo que más debe valer en un libro es el contenido, la calidad de la escritura, pero creo que tanto para el autor como para el lector es muy agradable tener entre las manos una edición cuidada y hecha con esmero, como lo es ésta.

Ignoro qué títulos vendrán después del mío, pero el lector de estos apuntes podrá encontrar información al respecto en la página web de Tameme: http://www.tameme.org,/ así como en el blog de C.M. Mayo: http://madammayo.blogspot.com/.