miércoles, agosto 08, 2007

El Cielo


El Cielo estaba en la orilla de la carretera vieja que iba al norte. Era un edificio viejo, grande, aislado en medio de esa soledad donde no había ninguna otra casa ni vivía nadie. Alguna vez eso estuvo lleno de puestos de comida, de macetas, de muñecas de trapo que hacían las mujeres de por ahí. Pero construyeron la carretera nueva y todos se marcharon. Sólo quedó El Cielo.

Si uno pasaba de día, parecía un caserón abandonado. Pero de noche cobraba vida: se llenaba de música y de ruidos de fiesta, chocar de copas, risas de mujeres divertidas. Desde la carretera se veían las ventanas iluminadas por la luz de los candiles. Decían los chismes de la gente que ahí había mujeres muy bonitas; cobraban caro pero, cuando uno se levantaba de la cama de cualquiera de ellas, nunca la olvidaba ya. Guardaba el recuerdo de esos momentos como un tesoro, un secreto tan precioso que podía ensuciarse si entraba en cualquier oído. Por eso no se contaba a nadie. Debe de haber sido en verdad cosa grande, porque hubo algunos que después de haber estado en El Cielo ya no quisieron ni tener novia ni casarse. Se la pasaban suspirando y no volvieron a hablar. Uno que otro pudo regresar ahí, después de muchos años, ya viejo. Contaban que el tiempo no entraba al Cielo: pasaba de largo por la carretera, sin detenerse. Por eso ahí las mujeres no envejecían, la belleza no moría, el amor no se marchitaba. Recuerdo esas historias y pienso que ha de ser bonito ir a un lugar así cuando es uno joven, embriagarse con una muchacha bebiendo de su copa, amarla una noche y luego volver al mundo, vivir la misma vida de todos, recordando siempre aquella aventura, y volver cuarenta años después y encontrar a la misma muchacha, fiel a la imagen de su recuerdo, inmarcesible, intocada por el tiempo mientras uno se volvió anciano allá afuera tratando de vivir como todos los demás. Oír otra vez, igualita, esa voz de champaña y cigarrillo con que uno se arrulló noche tras noche quién sabe cuántos insomnios.

Pero son muy pocos los que han podido entrar al Cielo. La mayoría ni siquiera lo han encontrado. Dicen que queda sobre la carretera vieja que va al norte, pero no saben dónde exactamente. Es que a ellos no les toca, nada más. Pueden andar y desandar la carretera del norte y no dar nunca con El Cielo. Sólo quienes han estado a punto de morir en algún accidente —dicen— oyeron en algún momento la música que trastumbaba por las ventanas del viejo edificio, una música alegre y silenciosa. Una música que los llamaba, que les decía “Ven”.