sábado, enero 02, 2016

AÑO NUEVO



Aquel primero de enero, Paulino abrió su taller sólo un rato, como a mediodía. Era un changarro pequeño y lleno de suciedad donde se componía toda clase de aparatos eléctricos: licuadoras, planchas, televisores, radios... hacía frío en la calle y poca gente andaba fuera de su casa. A Paulino le habría gustado quedarse encerrado también, pero tenía trabajo pendiente y ya habían venido a buscarlo algunas personas. No estaba desvelado; la celebración del año nuevo en casa de sus suegros había terminado temprano. Él, su mujer y los tres chicos llegaron como a las nueve de la noche, en taxi, llevando una cazuela con romeritos y cuatro botellas de sidra Pomar. Sus cuñadas llevaron el espagueti y la ensalada de Nochebuena más otras botellas, y sus suegros, como cada año, pusieron el pavo. Por primera vez en una de esas celebraciones, Paulino no bebió nada de alcohol, ni siquiera un vaso de sidra; sólo refresco y ponche. Se lo había prometido a Isis. Se lo prometió aquella noche, a principios de diciembre del año que acababa de terminar, cuando se gastó con ella todo el dinero que le había dado su hijo Miguel como regalo de Navidad. A Elvia también se lo había prometido, muchas veces, pero nunca cumplía. Qué carajo. En cuanto llegaba la noche del sábado recibía en su taller a tres o cuatro borrachos del vecindario, bajaba la cortina y ponía su música en alguno de los aparatos que le habían llevado a componer. Llegaba a su casa en la madrugada, cayéndose. Elvia no le hablaba todo el domingo y sus hijos se salían a jugar en la cuadra. Él se quedaba solo, curándose la cruda con comida fría o calentada de mal modo, pensando que su mujer era una cabrona inconforme y que lo normal en un hombre era emborracharse con sus amigos una vez a la semana. Era su única diversión y para eso trabajaba.
          Antes de las dos de la tarde, Paulino arrastró la puerta de la cortina metálica hasta hacer que sus dos puntas encajaran en los respectivos agujeros en el piso. Luego buscó la varilla para bajar la cortina y se echó a la bolsa los dos candados con que aseguraba por fuera.
          Aun cuando no había bebido en la fiesta, Elvia apenas si le dirigía la palabra. Así era: nunca reconocía sus cosas buenas, sólo notaba sus fallas. El único que se portaba bien con él, que no lo juzgaba ni le reclamaba nada, era Miguel. Miguel era el orgullo de la familia. Había terminado hacía dos años su carrera de medicina y trabajaba en Tamaulipas. Allá se había hecho de novia. Una relación seria. Por eso vino a visitarlos a principios de diciembre: porque iba a pasar las fiestas con la familia de ella. Les adelantó su regalo a todos: trajo cecina de allá y unas chamarras para sus hermanos, y a Elvia y a Paulino les dio dinero, la misma cantidad a cada uno.
          Hacía frío en la calle y Paulino cruzó hacia la banqueta más soleada. Había poco tráfico y la mayor parte de los comercios estaban cerrados. También estaba cerrada La Chiquita, la tienda de abarrotes de la esquina donde él pensaba detenerse a comprar cigarros. En lugar de seguir derecho dio vuelta, internándose en la parte vieja del barrio. Un vecino pasó en bicicleta y lo saludó, contento. En el garage de una casa estaban vendiendo comida: pancita. Al percibir el olor, Paulino sintió un gran antojo. No tenía mucho dinero en la bolsa, pero al fin era Año Nuevo: valía la pena. Después de todo, Elvia seguramente no tendría la comida lista hasta después de las tres y media: el recalentado de la cena. Se sacó unas monedas del bolsillo trasero: le alcanzaba para un plato de pancita y un refresco. Si no se hubiera gastado todo lo de Miguel... pero valió la pena, se dijo por enésima vez. Nunca en su vida había gastado mejor el dinero.
          Entró al garage canturreando “Perfume de gardenias” y apenas si saludó a unos vecinos que estaban ahí comiendo y le desearon feliz año. Era una mesa larga cubierta con un mantel de plástico. En el jardín había otras mesas, pequeñas, protegidas del sol con una lona azul brillante. En una de ésas se sentó, solo, y pidió su comida. Se le antojó una cerveza, pero le había prometido a Isis que iba a cuidarse. Tengo diabetes, le confesó. Con tristeza, con la sensación de estar aceptando una derrota. Ya no tomes, le dijo ella, y entonces fue cuando él le hizo la promesa. Había llegado al cabaret después de que cerraron el bar donde comenzó a gastarse el dinero. Ya estaba borracho. Tomó un taxi a la salida del bar y le pidió al chofer que lo llevara a donde hubiera alcohol y muchachas. No se fijó ni en el camino ni en el nombre del cabaret, quizá porque la marcha del taxi por las calles ya vacías lo fue adormeciendo, y cuando el taxista lo despertó para avisarle que habían llegado sólo atinó, avergonzado, a preguntar cuánto era y a bajarse con un traspié. Al otro día ni siquiera recordaría en qué barrio estaba aquello. Era un lugar solitario en una calle mal iluminada; había dos autos estacionados en la banqueta, uno blanco y el otro de un color oscuro, y unos hombres llamando a los posibles clientes que pasaban. Uno de ellos lo revisó al entrar para ver si no portaba armas. Adentro había poca luz y poca gente. Isis estaba sentada en un banco junto a la caja, conversando con alguien del personal. Llevaba un minivestido de lycra roja y una pantaleta blanca que de vez en cuando asomaba contrastando llamativamente. Paulino se despabiló viéndola. Se dio cuenta de que no era joven: andaría por los cuarenta, de menos. Pero tenía unas piernas bien gordas que veinte años atrás debieron de ser perfectas y nalgas de buena bailadora.
          Paulino aceptó la mesa que le ofrecieron y, mientras miraba a la muchacha que se desnudaba en la pista, pidió una cubeta de cervezas. Casi se las había terminado cuando Isis se le acercó y le preguntó si le invitaba una copa. Él llevaba dinero suficiente y se dijo Por qué no. Hacía muchos años no se daba ese gusto. Le propuso pedir una botella para los dos. Appleton dorado. El mesero llegó con dos vasos, la botella, los tehuacanes y las cocas. Y unos cigarros, pidió Isis. Paulino volvió a decirse Por qué no. La mujer valía eso. Sus piernas pálidas, su cintura todavía estrecha. Pero lo más atractivo de ella era su cara: la cara de la lujuria, del vicio; hasta sonreía de lado y se dejaba el cigarro colgando entre los labios pintados, como las mujeres caídas de las películas viejas.
          Comenzaron una conversación de lo más normal en esos lugares: ¿A qué te dedicas? ¿Eres casado? ¿De dónde eres? La muchacha sabía escuchar; no era de las que nada más fingen y en realidad no les importa nada. Fue como si hubiera abierto la llave del agua: Paulino comenzó a contarle su vida. Estaba a punto de soltarse a llorar cuando lo salvó la llamada del animador para que Isis pasara a la pista. Entonces, mirándola desnudarse ahí en el centro, envuelta en el celofán de las luces rojas, Paulino olvidó su tristeza y se puso muy contento. Cuando Isis terminó, volvió con él. Lo abrazó y él se dejó abrazar y se quedó acurrucado en el pecho perfumado de la mujer. Ella le dijo —lo recordaba perfectamente—: Yo te voy a querer mucho. Y le preguntó si podía pedir una canción. Pidió “Perfume de gardenias” y con esa música él empezó a acariciarle las piernas y finalmente le preguntó cuánto cobraba por salir a un hotel.
          Cuando terminó de comer, el sol estaba más fuerte. Era ese sol de invierno que pica en el cuerpo y da sólo un calor momentáneo y superficial. Eran casi las cuatro de la tarde. Qué rápido —pensó— se iban los días de descanso. En una hora o dos comenzaría a oscurecer. Tal vez ahora sí llamara. Porque le ofreció, le prometió que iba a llamarlo. Estaban todavía en el cuarto del hotel. Ella le pidió su número telefónico. Él no quiso dárselo al principio. No quiero que juegues conmigo, le dijo. Para mí ha sido muy bonito esto, pero todas ustedes hacen promesas que nunca cumplen. Yo no, le respondió ella. Si te digo que voy a llamarte es porque te voy a llamar. ¿Por qué?, le preguntó él. Porque eres distinto, porque eres un buen hombre. Paulino quiso volver con ella al cabaret, pero Isis no lo dejó. Ya estaba borracho, ya se había divertido. ¿Para qué regresaba ahí?  Mejor que se fuera a su casa a descansar. Ella lo llamaría después. Paulino insistió. Ella también. Cuídate, le repitió varias veces. Cuida tu salud. Y Paulino, obediente como un niño bueno, tomó un taxi y se fue a dormir a su casa. De eso había pasado casi un mes y ella no llamaba.
          Cuando llegó, Elvia estaba sentada en el sillón de la sala viendo la televisión con Gabrielito, su hijo pequeño. La niña y el otro muchacho habrían salido. Olía a comida recalentada: un olor agradable, acogedor. Paulino hubiera querido sentarse con ellos y hacer así completa su imagen de la felicidad doméstica, pero Elvia hizo como si no lo hubiera visto entrar y él prefirió irse a su cuarto y esperar la llamada de Isis. Le había dado el número de su casa porque no tenía teléfono en el taller; no había querido ponerlo para que los clientes no lo estuvieran jodiendo. Llámame en las noches, le había dicho. Después de las nueve. Si no contesto yo, di que llamas para preguntar por un aparato. En domingos y días festivos estaré desde las seis esperándote.
          Se sentó en la cama y se agachó con un enorme cansancio para desatar los cordones de sus zapatos. De sus calcetines azul cielo se desprendió un olor como de que hubiera caminado mucho. O trabajado mucho. Un olor que lo hizo sentir aún más cansancio. Acomodó las almohadas de manera que pudiese recostarse con la cabeza en alto y se quedó mirando hacia la ventana. Por las cortinas abiertas se veía el pequeño patio donde Elvia tendía la ropa. Ahora estaba vacío y así resultaba triste de contemplar: la pared descascarada del fondo, las plantas desnudas por el invierno, los tanques de gas, la cabeza de venado de yeso en cuyos cuernos Elvia colgaba a veces su delantal... ¿Y si había llamado y le contestó Elvia y después no dijo nada? Era capaz. Paulino sentía a su mujer como una condena. Una cadena perpetua: estarían juntos hasta que uno de los dos muriera. Sólo entonces, sin importar a quién le tocara irse, él podría descansar, verla como un trago amargo que debió beberse pero que por fin había quedado atrás. En cambio Isis... ella sí que había podido darle en unas horas toda la felicidad que no conoció en años. Por eso le pedía a Dios, todos los días, que ella cumpliera su promesa de llamar. Él la habría buscado si tan sólo recordara dónde estaba el cabaret o cómo se llamaba. Pero había tantos en la ciudad... y todos eran parecidos. No había manera de tomar otra vez un taxi y darle al chofer alguna seña particular. Seguramente era lejos, puesto que él había podido quedarse dormido en el camino.
          Hasta ahí se oía el ruido de la televisión: los comerciales, las canciones del programa musical que Elvia estaba mirando. En el patio comenzaba a oscurecer. Adentro, ya sólo se veían las sombras de los objetos. De todos modos, ¿qué haría si pudiera localizarla? Ni modo de sacarla de esa vida y ponerle un departamento: ¿con qué ojos? No. De cualquier forma tendría que renunciar a ella. Pero esa noche habían hablado de ir a cenar juntos, platicar largamente y luego volver a meterse en ese hotel o en cualquier otro. ¿Cómo se llamaba el hotel? No tenía nombre, le parecía. Desde la calle, a dos cuadras del cabaret, sólo se veía el anuncio que decía verticalmente, en letras luminosas: Hotel.
          Sin darse cuenta, Paulino se quedó dormido, arrullado por el ruido de la televisión y por sus pensamientos. No supo cuánto tiempo había pasado cuando lo despertaron los gritos de Elvia y de los muchachos. Era porque habían estado todo el día en la calle y ella no sabía adónde ir a buscarlos. Sofía comenzó a llorar. Rafael le contestó algo a Elvia y ella le gritó que no le faltara al respeto. Paulino quiso cerrar los oídos a eso y volver a dormirse, pero entonces su hija entró al cuarto dando un portazo, se arrojó a la cama, junto a él, y se soltó a llorar abrazándolo. Había salido con sus amigas de la secundaria, dijo. Qué tenía de malo. Fueron a ensayar los valses de Quince Años de una de ellas. Se les fue el tiempo sin sentirlo. Ahora su madre la amenazaba con no dejarla ir a la fiesta. Con Rafael, en cambio, no se enojó tanto y él se había tardado lo mismo. Paulino no pudo decirle nada. Se quedaron así largo rato. Elvia les preguntó desde la sala si querían cenar y ellos no le contestaron: se hicieron los dormidos.
          De pronto sonó el teléfono. Paulino se levantó con tanta agilidad como pudo y corrió a la sala, pero cuando llegó, Elvia ya había contestado. Y colgó.
          —¿Quién era? —le preguntó él, con odio.
          —El mudo —y no dijo más. Volvió a la cocina a seguir cenando con sus hijos.
          Paulino sintió una gran desesperación. Al dar el primer paso para seguir a su mujer a la cocina, se pegó en los dedos del pie con un sillón. El dolor lo hizo detenerse. Se dejó caer al suelo y se quedó ahí, doblado. Deseó salir a emborracharse, como lo hacía siempre que quería vengarse de Elvia por algo, pero volvió a pensar en Isis: le había prometido cuidarse, no beber más.
          Cuando Elvia terminó de cenar y volvió a su lugar para seguir viendo la televisión, lo encontró llorando y lo observó con curiosidad pero sin emoción alguna. Paulino levantó la mirada, aspiró los mocos y preguntó:
          —¿Ha llamado otras veces?
          —¿Quién?
          —El mudo.
          Elvia encendió la televisión y se sentó junto a él. Los dos muchachos terminaron de lavar los trastes de la cena y se reunieron con ella.
          —El mudo... ¿no será la muda? Sí, el otro día llamó. Pero nunca dice nada.
          Paulino se incorporó lentamente y fue a la recámara en busca de su hija para cenar con ella. Estaba seguro que había sido Isis. Había cumplido su promesa. Con saber eso le bastaba, aunque no volviera a verla: se acordaba de él. Era verdad. Era verdad todo.
          —Les dejamos comida caliente —dijo Elvia cuando vio salir de la recámara a su esposo y a su hija. Él cojeaba un poco.