lunes, diciembre 15, 2008

Lapidaria

Sé, niña, como las piedras.
Míralas:

Ellas ruedan con el agua,
no les preocupa dónde van a detenerse.
Se mueven con la Tierra,
un milímetro cada dos mil años:
no tienen prisa.

Las piedras, niña, no se aferran a nada.
Abandonan solas su playa
y van a adornar una fuente,
un pasillo en un palacio,
la celda de un sabio que ha aprendido a oírlas.

Son humildes las piedras:
permanecen enterradas durante siglos
y un día salen y se quiebran sin más.
Tienen fe, una fe de piedra.
Por eso el Buen Maestro las hizo pan.

Tú no preguntes, niña.
Sé como las piedras nada más.

Un día, bajo la tierra,
yo te estaré esperando.

miércoles, diciembre 03, 2008

Luto por Enriqueta Ochoa


Daniela Ramos y Oscar Wong acaban de darme la noticia: la querida maestra Enriqueta Ochoa, de quien Octavio Paz dijo que era la mejor poeta mexicana después de Sor Juana, falleció ayer martes 2 de diciembre, a los ochenta años de edad. Pérdida enorme para México y para la poesía. Como un homenaje a ella pongo aquí estas notas que escribí alguna vez sobre su obra.

Al comentar la obra de Enriqueta Ochoa se ha convertido en un lugar común la polaridad de sus dos temas más evidentes: el amor divino y el humano. Las fuerzas que generan esta tensión aparecen como el impulso inicial de una aventura incendiaria. Incomprendida por unos, hipócritamente plagiada por otros, la poeta ha ido tejiendo una dialéctica apremiante en virtud de la cual el cielo y la tierra se enfrentan y se corrigen recíprocamente. El fuego robado por Prometeo desciende al punto en que devora y a la vez alimenta a la llama humilde, entrañable, del amor doméstico. Así es en toda la obra de Enriqueta Ochoa: al silencio homicida del cielo responde el canto de la tierra; a las urgencias de un Dios desconsolado en su omnipotencia responde la voz como un vaso de fresca agua de la virgen terrestre.

De este modo, al erotismo fulgurante y a la mística en tono mayor se une una presencia cada vez más demandante: la de la Tierra, así, con mayúscula: el planeta Tierra pero también la madre arquetípica, la sustancia de la materia viva, el espacio de manifestación de todo lo fecundo y maternal y femenino. Qué mujer tan grande es la que puede amasar con esto los granos de trigo que son sus palabras, sus versos, y sembrarlos en una parcela que se ha convertido, al buscar respuestas, en un nuevo camino a Eleusis.
Mística, entonces, de la tierra, profeta de las espigas; sacerdotisa de la semilla que penetra y la entraña que se deja iluminar; guardiana de esos misterios en virtud de los cuales los antiguos cantos agrarios arden en un triángulo mágico junto con el oro pequeño de los Cielos y las urgencias de la carne, Enriqueta Ochoa conjura el poder fecundador de la palabra. Es como una danza para traer la lluvia o para propiciar buena cosecha. El acto poético, de una manera literal, estricta y operativa, se convierte en bendición. La poesía bendice el campo de labranza, ahuyenta al invierno y apresura la primavera y la lluvia. La maestra misma lo dice: “Sólo hay una verdad sobre la tierra: la semilla.”

Con cuánto poder ha de entregar sus bendiciones alguien que viene del desierto, que lo ha palpado en sus diferentes colores y perfumes, desde la dura Coahuila hasta el hipnótico Sahara. La poesía de Enriqueta Ochoa está llena de paisajes, de recuerdos de paisajes que una y otra vez se antojan dictados por la misma dialéctica: a las casas “espolvoreadas de azafrán” y a “esa sazón oscura y cálida de cafetal” responde “el árido resplandor del silencio”; a “la llovizna de abril” y “la luz de las jacarandas” contesta “la sal de la llanura”. Jamás se neutralizan ni se vuelven borrosos los dos principios; al contrario: la presencia de cada uno acentúa la intensidad cromática del otro. No pelean: danzan. Se abrazan en ritmos ondulantes como el desierto y silbantes como el viento entre las espigas. El paisaje agostado de Tánger, “antigua carpa de malabarismos”, se ve redimido de su esterilidad con la frescura del verde: “nilo al atardecer”. Es que toda la poesía de Enriqueta Ochoa es una carpa de malabarismos; es parte de su magia y quizá pueda explicarse en función de ese fervor arábigo con que ha andado por el mundo. Porque los árabes, eternos vagabundos del desierto, a dondequiera que construían un edificio ponían en él fuentes y jardines. De la escasez nace el culto de la abundancia; de la sed la gratitud por el agua. No hay amargura tampoco hacia el desierto: es otro amor.

Enriqueta Ochoa era una mujer llena de contrastes: contundente en unas cosas, aérea en otras, daba la impresión de caminar con los ojos en el cielo y los pies en la tierra, aunque esto último no debe servir para ubicarla entre las mujeres con sentido práctico, las ciudadanas. La tierra que ella pisaba era la que guardaba con su canto, la que bendecía, esta Tierra que la ha abrazado ahora, en el día de su partida, y que está muy lejos de la ciudad sin dioses, de la ciudad sin San Isidro, divinidad pluvial a quien la maestra invocó en alguna parte. Esa tierra de sus sueños queda lejos de la colonia Del Valle, donde ella vivía. Quizá se encuentre en algún sitio cerca de Torreón o de Guadalajara o perdida en el Sahara entre las rutas de los camellos. Tal vez desapareció hace mucho, cuando los hombres dejamos de escuchar en las espigas los tambores de la carne.