martes, agosto 09, 2016

Tarde de lluvia



Imagen: "Rainy Street 3", de Ole Lensmar (Flickr) 

“Paso por ti a la estación”, me dijo mi amiga. “Está bien, aquí te espero”. En eso se soltó la lluvia. Me gusta ver llover, así que salí a la calle y me paré bajo la marquesina. De cualquier manera no había otra cosa qué hacer: es una estación pequeña, sin tiendas ni cafés ni nada. Al ver cómo iban de lento los coches, levantando grandes olas de agua sucia, me hice a la idea de que tendría que esperar un buen rato. Y aquí estoy.
          Miro el sitio de taxis enfrente de mí. Los choferes llegan en orden, cargan rápido a sus pasajeros y se van. Una rubia gorda, cuarentona, vestida con ropa deportiva y una gorra de béisbol que anuncia la cerveza Heineken, hace de checadora. Si no hay pasaje ni llamadas, se sienta en una banca de metal bajo un toldo de plástico azul brillante. Pegado a uno de los postes que lo sostienen hay un letrero con el nombre y los números telefónicos del servicio de taxis. También hay una estructura de cemento destinada a proteger el teléfono y una vitrina con una Virgen de Guadalupe. Si alguien llama, la gorda sólo tiene que extender el brazo para contestar; es un esfuerzo mínimo y sin embargo lo hace sin apresurarse, como si le pesara, como si odiara hacerlo. Eso sí, no pierde oportunidad para platicar y reírse con los choferes que llegan.
          Distraído en observarlos, no me doy cuenta de que un hombre me observa a su vez y al parecer ha decidido acercarse a mí. Además de él, hay pocas personas bajo la marquesina: un ama de casa con su niño, dos muchachas como de veinte años, un tipo de pelo largo, en overol, muy alto y flaco; un oficinista joven de traje gris... tal vez también esperan a alguien que viene por ellos, o no esperan a nadie pero no quieren ni mojarse ni pagar un taxi.
          El hombre que se me acerca trae un fedora gris, un saco del mismo color, pantalón de mezclilla, zapatos cafés mojados... usa bigote y una barba de tres días que ya se ve entrecana. Me da la impresión de que es alcohólico y viene a pedirme dinero para beber, pero no es así. De algún lugar hace aparecer una cajetilla de Camel y me pregunta si tengo lumbre.
          “No fumo”, le contesto.
          El tipo me da las gracias de todos modos y echa a andar hacia el oficinista del traje gris, con la misma petición. Mismo resultado.
          Va a pedirle fuego al hippy del overol, luego a las dos chicas. Por algún motivo descarta a la señora con el niño; tal vez no le ve cara de cargar encendedor. En cambio se dirige a un tipo mal encarado que viene saliendo de la estación. Nada. Nadie tiene fuego. Nadie fuma. Pero el tipo no se desanima. Actúa como si estuviera seguro de que en algún momento, finalmente, alguien le proporcionará los medios para encender su cigarrillo.
          Pasan los minutos. Ni vienen por mí ni el fumador encuentra otro fumador. Va y le pregunta a la gorda, sólo para que ella lo ignore.
          Pienso en la época en que todo el mundo fumaba. No me di cuenta cómo se fueron acabando. Bueno, deben de quedar muchos por ahí; si no, ya no venderían cigarrillos. Pero hoy, esta tarde, en este barrio, parece haber sólo un fumador. Tiene cara de galán venido a menos; seguro se sentía feliz cuando podía compartir sus cigarrillos con alguna mujer, cuando se inclinaba hacia ella para prenderle uno y le hacía casita con la mano al encendedor. Seguro era de esos hombres de antes de la prohibición en interiores, que al llegar a una cantina ponían la cajetilla sobre la mesa para que los amigos se sintieran libres de tomar de ahí. Y seguro que la mayoría de esos amigos han ido capitulando poco a poco, siempre con la excusa de la salud. ¿Cuánto tardará él en capitular también? ¿O estará decidido a seguir fumando hasta el final?
          La Virgen de los taxistas le hace el milagro: un auto se detiene para dejar a una mujer guapa que viene a la estación. Por la ventanilla asoma el brazo peludo del conductor, la mano tosca con un cigarrillo humeando entre los dedos.
          El tipo corre hacia allá. Pero el conductor ha de pensar que quiere dinero para beber, sube el vidrio de su ventanilla y se apresura a alejarse.
          No alcanzo a ver el desenlace de la historia. Mi amiga se ha detenido enfrente y me hace señas para que vaya y suba a su coche.
          La lluvia sigue.

6 comentarios:

Mayte Romo dijo...

Casi los veo...

Agustin Cadena dijo...

:)

José Antonio Bautista dijo...

Maestro, con este relato entendí el estilo de Dibujos a lápiz, me refiero a la forma narrativa, como alguien contando lo que ve, como si eso que ve y describe con tanta precisión fuera y/o es algo tan trivial, tan cotidiano y citadino que los que vivimos en la periferia no nos damos cuenta de eso que pasa, como si no pasara porque es algo tan común. Por suerte, contamos con un narrador que nos narra la vida para recordarnos que hasta lo más trivial existe y nos lo hace ver.

Agustin Cadena dijo...

Gracias por leerme así, tan receptivamente, Toño. Te mando un abrazo.

Alejandra Camposeco dijo...

Agustín.. me encanta el esbozo: la lluvia, el humo, los cigarrillos, los personajes... Me gusta

Agustin Cadena dijo...

Gracias, querida amiga.