Tenía quince o dieciséis años cuando empecé a ir a la Cineteca Nacional, la que estaba en Calzada de Tlalpan y Río Churubusco, la que se acabó en un incendio en circunstancias sospechosas.
En aquellos años —finales de los setenta, principios de los ochenta— yo acababa de llegar de mi pueblo y me parecía que toda la inteligencia del mundo se hallaba concentrada en el Distrito Federal. Sólo ahí la gente podía hablar de literatura, de psicoanálisis, de materialismo histórico, de cine. Los jóvenes que conocía, universitarios ya cuando yo acababa de salir de la secundaria, hacían malabares con libros y películas como los cirqueros los hacen con pelotas: ahí iban Einsenstein, Marx, Fromm, Revueltas, Jodorowsky, Benedetti, Marcuse, Visconti, Sartre, Lezama Lima, Bergman, Adorno, Buñuel, Cazals, Brecht... eso era lo que leía y veía la gente culta, los intelectuales con quienes yo me sentía tan en desventaja.
En mi pueblo no había ni una librería, la gente que leía se había quedado con Ignacio Manuel Altamirano y en los dos cines que teníamos sólo daban películas del Santo, de Chabelo o de John Wayne. Y he aquí que estando todavía en tercero de secundaria empecé a frecuentar malas amistades, “hippies” como los llamaban mis padres: los malabaristas de libros, que eran provincianos también pero estaban estudiando en el CCH o en la UNAM y viajaban cada semana a la capital. Los veía los domingos en la tarde en la estación de autobuses con sus morrales de cuero, sus huaraches y sus greñas. Tomaban cerveza y discutían dividiendo a la humanidad en “revolucionarios” y “reaccionarios”. Y citaban a éste y a aquel autor y se referían a ésta y a aquella película y a un lugar legendario que llamaban “la Cineteca”. Yo no decía nada para no quedar en vergüenza, pero quería ser como ellos. Quería llegar a ser uno de ellos. Era una época en que muchas cosas se hacían con pasión: se pensaba, se discutía, se leía con pasión, se veía cine con pasión.
En cuanto pude viajar con cierta libertad al Distrito Federal, a visitar a mis tíos que vivían allá, me puse a averiguar dónde estaba la Cineteca. No quería preguntarle a ninguno de mis amigos para que no se dieran cuenta de que no sabía, y me tomó cierto tiempo llegar. Pero finalmente llegué. Y me encantó. Al paso del tiempo me volví tan adicto que me aparecía por ahí desde en la mañana, compraba cuatro boletos de una vez y me disponía a pasar el día viendo películas. Recuerdo que las colas eran larguísimas, sobre todo los fines de semana. Pero incluso eso me gustaba porque para mí era un espectáculo observar a toda esa gente que sacaba sus libros y se ponía a leer mientras avanzaba la fila. Los que iban en pareja o en grupo se ponían el libro en la axila y mejor platicaban. De ellos aprendí muchas palabras que no se usaban en mi pueblo. Aprendí que no era necesario que alguien supiera mucho para llamarlo “maestro”, por ejemplo. Y que creer en Dios era algo muy estúpido, tan estúpido como escribir o leer poesía rimada. Aunque no sólo esa clase de gente iba; también iban fresas, pero los “revolucionarios” fueron siempre la mayoría.
Sí, esas horas que pasé haciendo cola en la Cineteca se quedaron en mi memoria tanto como las películas que fui a ver y que me enseñaron cómo había sido la Guerra Civil española o cómo era la vida al otro lado de la Cortina de Hierro. Cuando al pasar el tiempo me acostumbré a la gente que iba ahí y perdí el interés en sus conversaciones —tal vez porque sin darme cuenta había realizado mi sueño de convertirme en uno de ellos—, empecé a mirar a las muchachas y a tratar de hacerles la plática. Nunca fue fácil, un poco por mi timidez de provinciano y otro poco porque ellas mismas parecían encerradas en una cápsula invisible. Las que iban acompañadas quedaban fuera de consideración, y las que iban solas sacaban su libro y se ponían a leer, como ya he dicho, y no les gustaba que las interrumpieran. Apenas si levantaban los ojos cuando el de atrás les decía que la cola ya había avanzado.
Algunas personas hacían lo mismo que yo: llegaban desde temprano, compraban boletos para todas las películas y se pasaban el día en la Cineteca. Es que había todo lo necesario allí; estaban las tres salas de proyección: la Fernando de Fuentes, que tenía 700 butacas, me parece; el Salón Rojo, como la cuarta parte de grande, y una sala muy pequeña cuyo nombre ya no recuerdo y que no siempre estaba abierta al público. Aparte había un restaurante donde los fumadores podían hacer todo el humo que quisieran sin que nadie los molestara, y una librería pequeña pero fascinante: no sólo vendían libros sino también música, pósters europeos y tarjetas postales que no se conseguían en ninguna otra parte de la ciudad. Y bueno, si uno se aburría de estar ahí tantas horas podía salir a comer a media jornada. Al lado se encontraba un Wings y, un poco más lejos, cerca del metro General Anaya, había varias fondas.
Algunas personas tenían una sala favorita. Yo no. Me gustaba la Fernando de Fuentes por grande y el Salón Rojo por pequeña. Para llegar a una de las dos —o tal vez a las dos, ya no recuerdo— había que subir una escalera en cuyo descanso había un mural. He olvidado los detalles del mismo, pero me gustaba. Además ahí comenzaba el momento esperado, el inicio del ritual: ese instante de emoción en que avisaban que ya se podía pasar y uno desfilaba hacia la sala en medio de una multitud igualmente ávida, caminando despacio porque todo se volvía entonces lento, lento. Terminaba de subir la escalera, cruzaba la puerta con sus cortinas rojas y, una vez dentro, ubicaba su lugar favorito con la esperanza de que estuviera libre.
Un cambio misterioso operaba en los espectadores en cuanto tomaban asiento: las tensiones y las miserias de la vida cotidiana quedaban fuera, en el mundo de los espacios soleados y los volúmenes reales, y venía en cambio el sueño de las tierras lejanas. Se sumergía uno en esa noche artificial que iba cayendo poco a poco, a medida que las luces se apagaban. Y en el momento en que la oscuridad era invadida por el resplandor azulescente de la pantalla, todo se transformaba por el arte de esa magia que era la magia del cine: las parejas dejaban de hablar o de besarse y se tomaban de la mano, los solitarios respiraban hondo, se relajaban y se quitaban las máscaras que usaban en su vida real, esas máscaras de seriedad o de inteligencia. Es que sólo en el cine el rostro se libera totalmente y uno es capaz de hacer las caras más tontas, caras de sorpresa, de terror, de ternura, de lujuria, de tristeza sin siquiera darse cuenta de ello. Y sin temer que otros lo estén mirando.
Esa libertad duraba hasta después de que aparecían en la pantalla los créditos secundarios y se encendían las luces. Porque si la película era buena —y casi siempre lo era— los espectadores salían sonriendo, con una expresión de satisfacción que se reflejaba de uno a otro.
La vieja Cineteca fue destruida por un incendio en 1982, en circunstancias que nunca quedaron claras. Había durado menos de diez años. Se hizo otra después, en otro lugar. Pero ya no fue lo mismo: una época había concluido.
Thursday, November 12, 2009
Thursday, October 15, 2009
Breve nota sobre los vinos húngaros
En estos días de octubre se celebra la vendimia en las regiones vitivinícolas húngaras: tradición muy antigua, cargada de simbolismo telúrico y dionisíaco. Pero también entrañable y familiar. Ciertamente, es costumbre que todos los miembros de la familia, aun los que se han ido a vivir lejos, vengan a casa para ayudar a cortar las uvas. Es un trabajo arduo, no por lo de cortar racimos, que eso hasta los niños pueden hacerlo, sino por lo de estar acarreando los canastos llenos. Sin embargo se disfruta porque es una ocasión de reunión familiar y de compartir los frutos de la tierra. Ahora son sólo las uvas, pronto será el vino.
En Hungría hay varia regiones vitivinícolas de fama legendaria. Una es la que se encuentra en el norte del país, cerca de la frontera con Eslovaquia. A ésta pertenece la población de Tokaj, famosa por su producción de vino blanco, del cual dijo el rey Luis XIV de Francia: “Es el rey de los vinos y el vino de los reyes”. En época más reciente aparece mencionado como algo muy especial en la Trilogía de la materia oscura, de Philip Pullman. Es el vino que Lord Azriel está a punto de beber al inicio de La brújula dorada. Hay varios tipos de vino de Tokaj, seco y dulce. El sárgamuskotály tiene un hermoso color dorado y un sabor exquisito. El ászú está hecho de pasas, y su grado de calidad se estima en puttonyos, siendo el más elevado de seis.
Estos son vino blancos. En cuanto a tintos, mis favoritos son el de Villány y el de Eger, sobre todo el primero. Tiene mucho cuerpo y un sabor suave y profundo al mismo tiempo, de fruta y madera. De Eger, el más tradicional es el Bikavér, de hermoso color sangre. Vale la pena ir a probarlo en la misma ciudad de Eger; ahí, arropado por las montañas, hay un pequeño valle lleno de cuevas que por su frescura y su humedad óptimas se usan para guardar el vino. Le llaman Valle de las Muchachas Bonitas, nombre que tiene muy merecido, y es un lugar encantado, como se imagina uno el Shire de El Señor de los Anillos. Ahí las bodegas están abiertas al público, con sus techos redondos y bajos, sus añejos barriles, su profundo olor de hongos, de tierra, de fruta madura. Uno se sienta a la mesa y pide un vaso de vino, que es muy bueno y barato. Cada bodega pertenece a una familia distinta, y en cada una el vino tiene un sabor diferente. Por eso vale la pena tomarse solo una copa en cada sitio y luego emigrar al siguiente. Y luego al siguiente y al siguiente. Es parte de la magia del lugar. En las noches de verano, los gitanos se aparecen por el bosque circundante y acompañan la degustación con esa música melancólica y apasionada que tocan en el violín. Y a veces hay quienes encienden una fogata y se ponen a asar tocino, no del de estilo inglés, que tiene mucha carne, sino del de por acá, que es casi pura grasa. Lo dejan escurrir sobre trozos de pan y con este pan se saborean el vino. La primera vez que estuve ahí, haciendo todo eso, me sentía como en un cuento de hadas.
Así como hay paisajes para todos los estados de ánimo, así hay vinos. Ciertos vinos te dan cosquillas en la lengua y te hacen hablar como perico; otros, se te van a las piernas y sientes que necesitas moverte: son los vinos de bailar. También hay vinos de cantar, vinos de hacer el amor, vinos de llorar. Una vez, en el lago Balaton, al oeste de Hungría, probé un exquisito vino de llorar; era una bebida tan conmovedora que me senté en la playa a tomarme la botella y me puse a mirar el horizinte sintiendo que todo yo me deshacía en lágrimas, unas lágrimas dulces que no paraban de correr. Estuve moqueando hasta que se hizo de noche. La botella había desaparecido, tal vez en la profundidad del lago.
En Hungría hay varia regiones vitivinícolas de fama legendaria. Una es la que se encuentra en el norte del país, cerca de la frontera con Eslovaquia. A ésta pertenece la población de Tokaj, famosa por su producción de vino blanco, del cual dijo el rey Luis XIV de Francia: “Es el rey de los vinos y el vino de los reyes”. En época más reciente aparece mencionado como algo muy especial en la Trilogía de la materia oscura, de Philip Pullman. Es el vino que Lord Azriel está a punto de beber al inicio de La brújula dorada. Hay varios tipos de vino de Tokaj, seco y dulce. El sárgamuskotály tiene un hermoso color dorado y un sabor exquisito. El ászú está hecho de pasas, y su grado de calidad se estima en puttonyos, siendo el más elevado de seis.
Estos son vino blancos. En cuanto a tintos, mis favoritos son el de Villány y el de Eger, sobre todo el primero. Tiene mucho cuerpo y un sabor suave y profundo al mismo tiempo, de fruta y madera. De Eger, el más tradicional es el Bikavér, de hermoso color sangre. Vale la pena ir a probarlo en la misma ciudad de Eger; ahí, arropado por las montañas, hay un pequeño valle lleno de cuevas que por su frescura y su humedad óptimas se usan para guardar el vino. Le llaman Valle de las Muchachas Bonitas, nombre que tiene muy merecido, y es un lugar encantado, como se imagina uno el Shire de El Señor de los Anillos. Ahí las bodegas están abiertas al público, con sus techos redondos y bajos, sus añejos barriles, su profundo olor de hongos, de tierra, de fruta madura. Uno se sienta a la mesa y pide un vaso de vino, que es muy bueno y barato. Cada bodega pertenece a una familia distinta, y en cada una el vino tiene un sabor diferente. Por eso vale la pena tomarse solo una copa en cada sitio y luego emigrar al siguiente. Y luego al siguiente y al siguiente. Es parte de la magia del lugar. En las noches de verano, los gitanos se aparecen por el bosque circundante y acompañan la degustación con esa música melancólica y apasionada que tocan en el violín. Y a veces hay quienes encienden una fogata y se ponen a asar tocino, no del de estilo inglés, que tiene mucha carne, sino del de por acá, que es casi pura grasa. Lo dejan escurrir sobre trozos de pan y con este pan se saborean el vino. La primera vez que estuve ahí, haciendo todo eso, me sentía como en un cuento de hadas.
Así como hay paisajes para todos los estados de ánimo, así hay vinos. Ciertos vinos te dan cosquillas en la lengua y te hacen hablar como perico; otros, se te van a las piernas y sientes que necesitas moverte: son los vinos de bailar. También hay vinos de cantar, vinos de hacer el amor, vinos de llorar. Una vez, en el lago Balaton, al oeste de Hungría, probé un exquisito vino de llorar; era una bebida tan conmovedora que me senté en la playa a tomarme la botella y me puse a mirar el horizinte sintiendo que todo yo me deshacía en lágrimas, unas lágrimas dulces que no paraban de correr. Estuve moqueando hasta que se hizo de noche. La botella había desaparecido, tal vez en la profundidad del lago.
Thursday, September 24, 2009
Francesca y Paolo
L’Enfer Noir era un burdel de lujo cuyas habitaciones se hallaban decoradas como cavernas infernales: con estalactitas negras que rezumaban un líquido fosforescente, cadenas de hierro, lámparas que simulaban el resplandor del fuego telúrico y espejos negros que multiplicaban al infinito el placer de la condenación. En este lugar de gemidos, las chicas se presentaban en traje de diablesas, con cuernos y cola y lencería de seda roja.
Una de ellas era una muchacha pálida con cuerpo de adolescente: senos pequeños con pezones del color de los dedos de los gatitos y un pubis tan terso que parecía no haber tenido nunca vello alguno. Llevaba años prestando sus servicios en L’Enfer Noir y, dicha sea la verdad, tanta tenebra le estaba afectando el carácter. Desde cuándo se hubiera largado de no ser porque su cuñado también trabajaba ahí, como bartender, en el pequeño y penumbroso bar del prostíbulo.
Cuando la tristeza se le hacía intolerable, y si no estaba ocupada con algún cliente, la muchacha pálida se ponía sus audífonos y escuchaba la radio, sintonizada siempre en una estación de música vieja. Le gustaban esas canciones porque la hacían volver atrás en el tiempo, a los días en que ella y su cuñado leían juntos las leyendas del rey Arturo. El locutor del programa solía repetir una frase que ella había hecho suya: “Recordar es volver a vivir”. Pero llegó el momento en que ya no se sintió capaz de llevar adelante esa vida y habló con el dueño. Le dijo lo que sentía. Y el dueño, un viejo de barba larga con aspecto de sabio, aceptó ayudarla. “Porque has amado demasiado”, le explicó. La dejó ir de ese local, pero no de sus empresas. Ciertamente, la muchacha pálida fue transferida, junto con su cuñado, al lupanar gemelo de L’Enfer Noir: Le Ciel Bleu.
Una de ellas era una muchacha pálida con cuerpo de adolescente: senos pequeños con pezones del color de los dedos de los gatitos y un pubis tan terso que parecía no haber tenido nunca vello alguno. Llevaba años prestando sus servicios en L’Enfer Noir y, dicha sea la verdad, tanta tenebra le estaba afectando el carácter. Desde cuándo se hubiera largado de no ser porque su cuñado también trabajaba ahí, como bartender, en el pequeño y penumbroso bar del prostíbulo.
Cuando la tristeza se le hacía intolerable, y si no estaba ocupada con algún cliente, la muchacha pálida se ponía sus audífonos y escuchaba la radio, sintonizada siempre en una estación de música vieja. Le gustaban esas canciones porque la hacían volver atrás en el tiempo, a los días en que ella y su cuñado leían juntos las leyendas del rey Arturo. El locutor del programa solía repetir una frase que ella había hecho suya: “Recordar es volver a vivir”. Pero llegó el momento en que ya no se sintió capaz de llevar adelante esa vida y habló con el dueño. Le dijo lo que sentía. Y el dueño, un viejo de barba larga con aspecto de sabio, aceptó ayudarla. “Porque has amado demasiado”, le explicó. La dejó ir de ese local, pero no de sus empresas. Ciertamente, la muchacha pálida fue transferida, junto con su cuñado, al lupanar gemelo de L’Enfer Noir: Le Ciel Bleu.
Thursday, August 27, 2009
La Gorda
Hoy pasó una voz por la ventana.
Creí que era la Gorda.
La Gorda era inmensa;
de sus pechos brotaban pichones
por toda la casa.
Hacia ellos corría el verano
como un niño de pudor oscuro.
Se oía en su vientre la música de las esferas.
Ella bastaba para poblar el mundo,
para contenerlo.
Dormía llenando la cama
y su sueño era un hervor de carne satisfecha.
Cuando era amante
su cuerpo cantaba como un globo de lluvia.
La Gorda iba por la calle
como una bestia de miel
en un jardín de juguete.
Cuánto he estirado mi tristeza
para que su ausencia tenga sitio.
Este poema aparece en mi libro Primera sangre, publicado en 1995, en México, por la Universidad Autónoma Metropolitana en su colección Margen de poesía.
Decidí volver a publicarlo, ahora en este cuaderno electrónico, por insistencia de varios amigos y, sobre todo, amigas.
El texto nació de una discusión, en un café. una señora empezó a quejarse de los poetas, que según ella sólo podían inspirarse en mujeres bellas, jóvenes y esbeltas. Le respondí que no era verdad. Hicimos una apuesta. Escribí esto que acaban de leer.
Creí que era la Gorda.
La Gorda era inmensa;
de sus pechos brotaban pichones
por toda la casa.
Hacia ellos corría el verano
como un niño de pudor oscuro.
Se oía en su vientre la música de las esferas.
Ella bastaba para poblar el mundo,
para contenerlo.
Dormía llenando la cama
y su sueño era un hervor de carne satisfecha.
Cuando era amante
su cuerpo cantaba como un globo de lluvia.
La Gorda iba por la calle
como una bestia de miel
en un jardín de juguete.
Cuánto he estirado mi tristeza
para que su ausencia tenga sitio.
Este poema aparece en mi libro Primera sangre, publicado en 1995, en México, por la Universidad Autónoma Metropolitana en su colección Margen de poesía.
Decidí volver a publicarlo, ahora en este cuaderno electrónico, por insistencia de varios amigos y, sobre todo, amigas.
El texto nació de una discusión, en un café. una señora empezó a quejarse de los poetas, que según ella sólo podían inspirarse en mujeres bellas, jóvenes y esbeltas. Le respondí que no era verdad. Hicimos una apuesta. Escribí esto que acaban de leer.
Monday, August 03, 2009
Itaca
Pertenezco al tipo de exiliados que se resisten a la asimilación. Aunque no estoy seguro de que esto obedezca a una decisión consciente. Acaso lo que sucede es que no he podido asimilarme y racionalizo este fracaso diciendo que así lo quiero. El hecho es que después de todos estos años no me he ido de México. Inés Arredondo decía que, estando en el extranjero, sus ojos seguían llenos de los tonos verdes del Paseo de la Reforma. Y el muchacho de la película argentina Martín H escapa de Madrid y toma el avión de regreso a casa porque —dice— extraña las azoteas de Buenos Aires. A mí me ocurre algo semejante, aunque no tan melancólico porque tengo la fortuna de poder pasarme en México tres meses de cada año.
He llegado a entender que mi país, visto desde los ojos de Europa, resulta caótico y hasta salvaje, especialmente la Ciudad de México: es demasiado agresiva para los sentidos. Las calles están llenas de ruido, no sólo el ruido normal de tráfico de automóviles, ambulancias y patrullas de policía que hay en toda ciudad grande, sino también otro, el que producen los vendedores de música pirata que han invadido hasta los trenes del metro. Luego están los olores: esos miasmas que en casi todas las estaciones del metro se desprenden de los puestos de vísceras fritas y de los charcos de agua sucia.
Y sin embargo todo esto acaba por asumirse, como asume uno los mosquitos cuando va a la playa. Ya ni siquiera me molesta, a tal grado que, viajando por otras ciudades de Latinoamérica, encontrar una paisaje urbano semejante me produce una agradable sensación de estar en casa.
En la Ciudad de México, viví muchos años en el barrio de San Pedro de los Pinos. Y ahora, cuando debo dejar la tranquilidad de la casa solariega de mis padres, en el Estado de Hidalgo, y voy a la Ciudad de México para alguna diligencia, me quedo en casa de mis hermanos, en el mismo barrio. Hay algo que me lleva allá una y otra vez, al grado de que, si no conociera a nadie ahí, creo que buscaría hospedaje en uno de los hoteles del rumbo. Religiosamente, no paso unas vacaciones sin visitar mis lugares favoritos y cumplir con los rituales que el tiempo y los afectos me fueron creando: ir a almorzar al mercado, comprar cualquier cosa en el carro de productos oaxaqueños que se pone por ahí todos los viernes, ir a tomarme una cerveza o varias a la cantina Pierrot de la calle 17, aunque ya no trabaje ahí Esperanza, la mesera incansable que parecía saberse las historias de todos los que asistíamos regularmente. Con un sentimiento parecido, me gusta cenar en alguno de los restaurantes de chinos que se hallan en Revolución, casi llegando a Tacubaya, y comer gorditas de Zacazonapan de las que se encuentran en dirección opuesta, hacia el sur, ya llegando a Mixcoac. En fin, ésas son mis azoteas: las cosas que me proporcionan la excusa necesaria para no asimilarme al exilio. De las personas ni hablar: esos afectos son mi verdadera Ítaca. Y no hablo sólo de San Pedro de los Pinos, por supuesto, sino de toda la Ciudad de México y de mi pueblo.
Anuncio especial: Mi amiga Cristina Manterola está vendiendo una "Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe", editada en 1951 en Madrid. Son 90 volúmenes en buen estado, sólo dos libros están maltratados del lomo. Cristina iba a llevarlos a reparar, pero le dijeron que perdería autenticidad. En los anuncios de Internet en España piden unos 2000 Euros. Ella estaría dispuesta a aceptar 600. Su correo electrónico es éste: cristina.manterola@hotamil.com.mx
He llegado a entender que mi país, visto desde los ojos de Europa, resulta caótico y hasta salvaje, especialmente la Ciudad de México: es demasiado agresiva para los sentidos. Las calles están llenas de ruido, no sólo el ruido normal de tráfico de automóviles, ambulancias y patrullas de policía que hay en toda ciudad grande, sino también otro, el que producen los vendedores de música pirata que han invadido hasta los trenes del metro. Luego están los olores: esos miasmas que en casi todas las estaciones del metro se desprenden de los puestos de vísceras fritas y de los charcos de agua sucia.
Y sin embargo todo esto acaba por asumirse, como asume uno los mosquitos cuando va a la playa. Ya ni siquiera me molesta, a tal grado que, viajando por otras ciudades de Latinoamérica, encontrar una paisaje urbano semejante me produce una agradable sensación de estar en casa.
En la Ciudad de México, viví muchos años en el barrio de San Pedro de los Pinos. Y ahora, cuando debo dejar la tranquilidad de la casa solariega de mis padres, en el Estado de Hidalgo, y voy a la Ciudad de México para alguna diligencia, me quedo en casa de mis hermanos, en el mismo barrio. Hay algo que me lleva allá una y otra vez, al grado de que, si no conociera a nadie ahí, creo que buscaría hospedaje en uno de los hoteles del rumbo. Religiosamente, no paso unas vacaciones sin visitar mis lugares favoritos y cumplir con los rituales que el tiempo y los afectos me fueron creando: ir a almorzar al mercado, comprar cualquier cosa en el carro de productos oaxaqueños que se pone por ahí todos los viernes, ir a tomarme una cerveza o varias a la cantina Pierrot de la calle 17, aunque ya no trabaje ahí Esperanza, la mesera incansable que parecía saberse las historias de todos los que asistíamos regularmente. Con un sentimiento parecido, me gusta cenar en alguno de los restaurantes de chinos que se hallan en Revolución, casi llegando a Tacubaya, y comer gorditas de Zacazonapan de las que se encuentran en dirección opuesta, hacia el sur, ya llegando a Mixcoac. En fin, ésas son mis azoteas: las cosas que me proporcionan la excusa necesaria para no asimilarme al exilio. De las personas ni hablar: esos afectos son mi verdadera Ítaca. Y no hablo sólo de San Pedro de los Pinos, por supuesto, sino de toda la Ciudad de México y de mi pueblo.
Anuncio especial: Mi amiga Cristina Manterola está vendiendo una "Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe", editada en 1951 en Madrid. Son 90 volúmenes en buen estado, sólo dos libros están maltratados del lomo. Cristina iba a llevarlos a reparar, pero le dijeron que perdería autenticidad. En los anuncios de Internet en España piden unos 2000 Euros. Ella estaría dispuesta a aceptar 600. Su correo electrónico es éste: cristina.manterola@hotamil.com.mx
Wednesday, July 08, 2009
El vestido
Yo también, algún día, compré un vestido. Fue en una feria y —circunstancia feliz— tenía a quien llevárselo: una mujer de cuello largo y nervioso que me esperaba en otra ciudad.
Dudé mucho rato. Me gustaba uno ligero, blanco y azul. Y me gustaba también uno amarillo, húmedo de luz atardecida. La vendedora insistía: “¿Cuál le enseño, señor? Todos los hacemos a mano, mire.” Pero yo no podía decidir. Iba a quedarme sin dinero si hacía la compra. Pensé, para animarme, en cómo se vería mi mujer cuando lo trajera puesto, cuando fuéramos a la playa y se mojara con él. Su piel de barro se revelaría toda bajo la tela amarilla. Casi estaba decidido. “¿Le gusta éste? ¿De qué talla lo quiere?”. Pero entonces se me ocurrió que tal vez nunca fuéramos juntos al mar y un día no nos viéramos más. Y entonces, mucha soledad después, preferiría recordarla con el vestido azul destacando los contrastes de su cuello y sus clavículas, exhibiendo en azul la tranquila inmovilidad de su carne. Sería mejor: más doloroso.
No podía llevarle los dos vestidos. Le compré el azul.
Dudé mucho rato. Me gustaba uno ligero, blanco y azul. Y me gustaba también uno amarillo, húmedo de luz atardecida. La vendedora insistía: “¿Cuál le enseño, señor? Todos los hacemos a mano, mire.” Pero yo no podía decidir. Iba a quedarme sin dinero si hacía la compra. Pensé, para animarme, en cómo se vería mi mujer cuando lo trajera puesto, cuando fuéramos a la playa y se mojara con él. Su piel de barro se revelaría toda bajo la tela amarilla. Casi estaba decidido. “¿Le gusta éste? ¿De qué talla lo quiere?”. Pero entonces se me ocurrió que tal vez nunca fuéramos juntos al mar y un día no nos viéramos más. Y entonces, mucha soledad después, preferiría recordarla con el vestido azul destacando los contrastes de su cuello y sus clavículas, exhibiendo en azul la tranquila inmovilidad de su carne. Sería mejor: más doloroso.
No podía llevarle los dos vestidos. Le compré el azul.
Wednesday, June 17, 2009
Maracuya
Fuimos a aquella playa en el mar Negro porque Dasha tenía muchos deseos de volver. Ya había ido una vez, hacía seis años, y decía que era increíble: cada verano, en agosto, ese pueblito de pescadores se convertía en el gran atractivo turístico de Crimea. Durante una semana, las discotecas, los bares y los restaurantes permanecían abiertos las 24 horas, albergando a cientos de turistas de todos los países eslavos y de otros más lejanos. Dasha recordaba con nostalgia los amaneceres bailando en la playa, entre borrachos que seguían cantando en idiomas incomprensibles y parejas que dormían abrazadas sobre la arena después de hacer el amor.
Acepté porque me dio curiosidad, pero también porque quería que Dasha descansara. Estaba harta de trabajar en el Peep Show explotando la ya no tan adolescente belleza de su cuerpo y haciendo felaciones a turistas gordos por veinte dólares.
Así que juntamos el dinero que teníamos y, un día después, ya íbamos en el tren cruzando los bosques de pinos de los Cárpatos, hacia las tierras bajas ucranianas.
Llegamos cansados y hambrientos, con fuerzas apenas suficientes para poner la tienda de campaña en un rincón más o menos tranquilo de la playa. Dejamos algunas cosas adentro y nos fuimos al pueblo a buscar qué comer. Era tal como Dasha lo había descrito: un lugar idílico y lleno de luz, como de libro de poemas antiguos.
Empezamos a beber vino dulce en una taberna pequeña, luego fuimos a la playa a mojarnos los pies en las olas y a mirar la puesta de sol y, ya que oscureció, llegamos a la discoteca más grande: Maracuyá. Había boletos para un día, para tres y para toda la semana. Dasha quiso que compráramos el último aunque en eso se nos fuera la mitad del dinero.
—Es más barato así —dijo—. Y además no pienso dejar de divertirme ni un día.
El lugar estaba decorado como si hubiera sido en el Caribe y no en el mar Negro: con hamacas, redes, cañones semienterrados en la arena y palmeras vivas que crecían bajo grandes domos de cristal.
Nos abrimos paso entre la gente, buscamos una mesa libre y echamos una mirada al menú: había una cantidad increíble de licores, cervezas y vinos de los lugares más exóticos.
—¿Qué es esto? —le pregunté a Dasha, casi gritando por lo fuerte que estaba la música. Al final de la lista había un signo de interrogación, con un precio; abajo de éste, dos signos de interrogación también con su respectivo precio; luego tres signos, luego cuatro, cinco...
—Son drogas —me respondió, también gritando casi—: un signo es mariguana, dos es hashish, tres es cocaína; los demás no sé. ¿Quieres algo?
—No —le dije: eso estaba carísimo—. ¿Y tú?
—Pídeme un Becherovka.
Me levanté a la barra por las copas. Aquel lugar era un zoológico: había gente rarísima de todas las edades, razas y nacionalidades: ancianos libidinosos, ninfetas, mujeres otoñales en busca de aventuras, jóvenes con el torso desnudo y cubierto de tatuajes, japoneses, escandinavos, árabes... en el trayecto de nuestra mesa a la barra alcancé a oír palabras sueltas en idiomas irreconocibles, y mi sentido del olfato se saturó con una mezcla de olores a piel sudada, agua de mar, perfumes caros, desodorantes corrientes... en la barra había fila; tuve que esperar hasta que el bartender atendió a una rubia como de uno noventa de estatura y luego a un gay de traje color de rosa que no sabía cómo pedir unas medias de seda.
Finalmente, logré salir de ahí y volver a mi mesa.
—Gracias, baby —me dijo Dasha bailoteando en su asiento al compás de la música.
Le dio un trago a su copa, le sonrió a un tipo que le estaba guiñando el ojo desde una mesa vecina y se levantó a bailar con él. A mí no me gusta esa clase de manifestaciones primitivas, así que teníamos un acuerdo: ella era libre para bailar con quien quisiera. Y “bailar” significaba cualquier cosa además de eso. No me molestaba. Al contrario: pobre Dasha, era justo que al menos de vez en cuando pudiera acostarse con quien le gustara. Y en realidad casi nunca usaba esa libertad.
No la usó con aquel tipo. Bailó un poco con él, luego cambió de pareja, después fue a sentarse un rato y a tomarse una copa conmigo, volvió a bailar, volvió a sentarse... Cerca del amanecer, ya un poco borracho, la dejé divirtiéndose y me fui caminar por la playa. Cada vez más lejana, la música de las distintas discotecas se mezclaba con el siseo de las olas que llegaban a reventar cerca de mis pies.
Nos fuimos a dormir a la tienda a las siete de la mañana. Despertamos poco después de las once y nos metimos un rato al mar. Dasha parecía feliz: sonreía y canturreaba y me preguntaba cada tanto si no era ése un lugar maravilloso, si no me había encantado, si no iba a recordar siempre esos días cuando ya no estuviéramos juntos.
Fuimos al pueblo a comer en el Mc Donald’s, que era lo más barato, y saliendo de ahí caminamos un poco por las calles, entramos a la iglesia ortodoxa, compramos a la salida un pequeño icono falso. Después volvimos a la tienda de campaña para dormir siquiera un par de horas antes de la nueva jornada de bebida y baile en Maracuyá.
Esa noche fue muy semejante a la anterior, con la diferencia de que llegó una banda de treinta o cuarenta jóvenes en motocicleta, vestidos todos de cuero, y se pusieron a hacer más ruido del que ya había. En la madrugada los vi en la playa haciendo acrobacias con sus motos; la luz de la luna se reflejaba lanzando destellos en las partes cromadas de esas máquinas enormes.
Leo apareció en la tercera noche. Dasha y yo estábamos sentados en la discoteca tomando Becherovka.
—¡Mira ése! —exclamó ella de pronto. Cerca de nuestra mesa bailaba solo un hombre de unos sesenta años, vestido de blanco, con gafas oscuras y sombrero panamá. Pero lo que lo hacía más raro era que bailaba sin soltar su portafolios; lo tenía abrazado en el pecho, como si temiera que alguien se lo robara.
—¿Tendrá ahí dinero? —le pregunté a Dasha.
—¿O drogas? —me contestó divertida.
Lo seguimos observando. No se cansaba de bailar ni de tener los brazos en esa posición tan incómoda, porque por poco que pesara el portafolios, cualquiera estaría cansado ya. Pero él, al contrario, parecía estar disfrutando enormemente; bailaba con torpeza y no le importaba eso; tampoco le importaba no tener pareja. Una sonrisa de satisfacción, de viejo que realiza un sueño largamente acariciado, iluminaba su cara.
—Qué maravilla de hombre —comentó Dasha. Se tomó de un trago lo que le quedaba en la copa y se levantó a bailar con él.
Después de unos minutos volvió a la mesa.
—O baila con los ojos cerrados o está ciego —me dijo, dándole un trago a mi copa—. No se ha dado cuenta de mí.
—¿Por qué no le hablas? —le sugerí.
Y efectivamente le habló, en cuanto vio que iba a la barra a beber algo. Lo abordó en inglés. El hombre le contestó amablemente y, por su acento, Dasha comprendió que era ruso. Entonces cambiaron a este idioma, que también era la lengua materna de ella, y así empezó todo: él se llamaba Leonid, dijo, y era de Novosibirsk. Dasha lo llevó a nuestra mesa y me lo presentó. Nos tomamos una copa los tres juntos, y luego ellos dos se levantaron a bailar. Todo esto sucedió sin que Leo soltara su portafolios.
En algún momento, el hombre desapareció. No se despidió de nosotros; simplemente ya no lo vimos. Dasha estaba desconcertada.
—¿Tú crees le parecí tonta y se aburrió? —ella tenía ese complejo, que le afloraba cada cierto tiempo.
—No. Yo creo que le gustaste.
—¿Por qué lo crees?
—¿No viste cómo te miraba? Hasta dejó de bailar con los ojos cerrados.
—¿Tú crees?
—Sí. ¿Por qué no tienes una aventura con él? Se ve una persona interesante. Te haría sentir bien.
Dasha se me quedó viendo.
—Pero ya se fue —dijo, y torció la boca con ese gesto de niña rebelde que tanto les gustaba en nuestra ciudad a algunos de los clientes del Peep Show.
—Volverá mañana.
Y en efecto, a la noche siguiente, Leo volvió a Maracuyá. Con su portafolios. Dasha evitó mirarlo. Su experiencia le decía que, si él se había marchado sin despedirse, él debía dar ahora el primer paso y disculparse. “Los hombres desprecian siempre lo barato”, me explicó. Esa noche iba especialmente seductora: con un vestidito negro sin mangas —el mejor que había empacado en su mochila— que contrastaba de manera armoniosa con su piel bronceada; una gargantilla también negra en su largo cuello y una cadena de oro en el tobillo izquierdo.
Demostrando lo acertado de su teoría, Leo fue a sentarse a nuestra mesa en cuanto nos vio, y se disculpó por haberse ido así.
—Es que el cambio de comida —nos explicó en inglés por cortesía hacia mí, sin soltar ni un momento su portafolios— me causó una revolución en el estómago. Apenas si alcancé a llegar al hotel.
Más relajado que en el encuentro anterior, nos invitó una copa y se puso a platicarnos de lo difícil que era preparar bien un platillo aparentemente fácil de su tierra: la shuba, ensalada de papas, zanahorias y chícharos con mayonesa, anchoas y betabel
—Por supuesto, no va todo revuelto —decía—. La ensalada va dentro, como un relleno. El betabel y las anchoas son para cubrirla. Por eso se llama shuba, que en ruso quiere decir “abrigo” —siguió hablando de eso y de una pasta con salsa de champiñones que no nos importaba mucho. Lo que queríamos era preguntarle sobre el portafolios, pero no hallábamos la oportunidad. Finalmente se levantó a bailar con Dasha.
Pronto se hizo obvio que quería seducirla. Y ella empezó a aplicar con él todas las tácticas aprendidas en su no muy larga vida. “A los viejitos les gusta que una los haga creer que es inocente”, rezaba su filosofía. “Sólo los jóvenes son capaces de valorar la experiencia”. Pero Leonid no tenía cara de tonto: no creería realmente que una señorita inexperta iba a estar vacacionando con su novio en una playa sin moral y tomando Becherovka en una discoteca donde se vendía de todo. De cualquier manera, parecía disfrutar la compañía de Dasha.
La noche transcurrió de acuerdo con el plan y los deseos de ella. A las tres de la mañana, cuando Leo parecía más animado que nunca, la joven inexperta se despidió. No estaba acostumbrada a desvelarse, dijo, y ya tenía mucho sueño.
El día siguiente nos lo pasamos descansando en la playa, paseando por el pueblo y haciendo conjeturas sobre el portafolios misterioso.
—Te digo que ha de ser dinero. Ha de ser todo lo de su jubilación o pensión o liquidación o lo que sea, y se lo vino a gastar aquí.
—¿Qué tal si es un terrorista? ¿De Chechenia? No lo parece pero podría ser. Podría traer ahí una bomba, una de esas que las hacen explotar con un teléfono celular.
Dasha estaba dispuesta a develar el misterio, y en la noche empleó con ese objetivo el resto de sus muchos encantos, al grado de que desapareció con Leo y no volví a verla hasta la mañana siguiente. Casi a las ocho se apareció en la tienda de campaña. Se metió sin decir nada y, también sin decir nada, comenzó a hacerme el amor. Era su costumbre cuando había tenido una aventura. De esa manera —decía— se limpiaba de la otra piel.
Despertamos poco después de las once de la mañana.
—Bueno —le dije—, ¿qué hay en el portafolios?
—Un libro —me contestó sin el menor asomo de desilusión.
—¿Un libro?
—Sí, un manuscrito. Él lo escribió. Se tardó veinte años en terminarlo.
—Pero, ¿por qué lo trae ahí?
—Porque vino a este pueblo a echarlo al mar —Dasha explicaba todo con una naturalidad sorprendente, como si se tratara de la cosa más normal del mundo—. Sólo que antes quiere divertirse. Es su doble despedida.
—¿Por qué doble?
—Leo se despide de su libro y de su carrera literaria.
—Pero, ¿por qué?
Dasha se encogió de hombros.
—Yo tampoco entendía sus razones al principio. Pero después que me contó toda la historia empecé a comprenderlo. Se pasó veinte años trabajando en ese montón de papeles. Y, ¿sabes para qué? Para nada. Lo ha llevado a más editoriales de las que puede recordar, y en todas lo han mandado al cuerno con su libro. Unos —los menos estúpidos— le dicen simplemente que no. Los otros le sugieren que cambie cosas, que corte esto o aquello. Pero Leo no quiere cambiar nada y yo lo entiendo. ¿Por qué va a permitir que un vendedor de libros le diga cómo debe escribir? Ya se cansó de eso. Si sus papeles son basura —me dijo—, pues irán a la basura.
No le pregunté más y no quise quedarme pensando en Leonid ni en su historia. Tenía hambre.
—Vamos a comprar algo de comer.
—Leo nos invita a almorzar en su hotel. Me preguntó si estarías de acuerdo y yo le dije que sí.
—Bueno —le dije—, pues vámonos. Supongo que no tenemos que cargar las mochilas, ¿verdad?
—No. Aquí se quedan. Sólo déjame sacar mi cartera y mi celular.
El almuerzo fue muy agradable. Cuando no hablaba de comida, el viejo ruso era un excelente conversador. Y todo el tiempo se comportó con Dasha de manera respetuosamente paternal, como si no hubiera habido nada entre ellos ni fuera a haberlo. Nos explicó que al día siguiente regresaba a su tierra.
—¿Me leerías algo de tu libro antes de echarlo al mar? —le preguntó Dasha.
—¿De verdad te interesa? —Leo parecía incrédulo.
—Claro que sí. Y me encantaría oírlo de tu voz. Así lo recordaría siempre.
—Pues si tú quieres... —le respondió él con el tono de un abuelo que se resigna a hacerse cómplice en el capricho de una nieta consentida— Podemos leer algo en la tarde.
Después de unos instantes aclaró mirándome.
—El libro está en ruso.
—No hay problema —le dije—. Yo de todas maneras no puedo estar con ustedes. Cité a una amiga en Maracuyá.
No era verdad, pero quería dejarlos solos. El papel de cornudo de por sí no es cómodo. Pero un cornudo que se sabe cornudo, lo acepta y todavía estorba es lo más patético del mundo.
Me pasé el resto del día echado en la playa y, cuando me aburrí, me fui a jugar futbol con los motociclistas que habían llegado hacía dos días. Me hice amigo de una de las muchachas —una rubia plateada, flaca como un palillo— y en la noche estuve con ella en Maracuyá. En algún momento salimos a caminar por la playa. Llegamos hasta el final de la escollera, hasta donde ya sólo de lejos se oía la música de las discotecas, y ahí nos sentamos a mirar la luna. Aunque ya no era llena, aún se veía enorme y anaranjada, colgando quieta sobre el mar.
En la mañana, Dasha llegó a despertarnos a la tienda de campaña. Ni siquiera se esperó a que yo le presentara a mi amiga.
—Ven —me dijo—. Quiero enseñarte una cosa —parecía muy contenta.
—¿Qué? —le contesté abriendo sólo un ojo, muerto de sueño.
—Yo ya me voy —dijo la rubia, que tal vez no quería ser inoportuna. Y efectivamente, se vistió rápido, me dio un beso y se marchó.
Era muy temprano y hacía algo de frío.
Viendo que el terreno había quedado libre, Dasha se metió a la tienda.
—Mira —llevaba el portafolios de Leonid—. Me lo dio. ¡Me dio su libro!
Nunca la había visto tan contenta, tan satisfecha. Seguramente —pensé— sentía que ése había sido el mejor negocio de su vida profesional. Y sentí por ella una mezcla de alegría y lástima.
—¿Ya lo leíste? ¿Será una buena obra? —le pregunté.
—Qué importa eso. Le costó veinte años escribirla, ¿te das cuenta? Lo que yo llevo de vida se pasó trabajando en ella. Algo así es un tesoro independientemente de lo que pudiera decir cualquier crítico o editor.
Sacó el manuscrito, engargolado y con pastas de cartulina azul, y lo puso en mis manos con enorme respeto.
—Se ha ido —suspiró—. Tomó el tren a las seis de la mañana.
Dasha nunca había sido sentimental, pero esa vez parecía a punto de soltarse a llorar. Volvió a guardar el libro en el portafolios, se quitó la ropa y se metió conmigo en el sleeping bag.
—Qué feo perfume dejó aquí esa mujer —fue todo lo que comentó antes de abrazarme y quedarse dormida.
A mediodía fuimos a comer al pueblo. Nos contamos todo lo que habíamos hecho. Nos abrazamos. Nos prometimos que, pasara lo que pasara, siempre estaríamos juntos.
Volvimos caminando por la playa tomados de la mano, platicando otra vez de Leo. Éramos felices; más aún: éramos locamente felices. Estúpidamente felices.
Cuando llegamos a la tienda de campaña se acabó la alegría: alguien había entrado a robar. Las mochilas se hallaban ahí, pero el portafolios había desaparecido. “Dinero o drogas”, debió de pensar el ladrón, que seguramente lo había visto cuando todavía estaba en las manos de Leo.
Acepté porque me dio curiosidad, pero también porque quería que Dasha descansara. Estaba harta de trabajar en el Peep Show explotando la ya no tan adolescente belleza de su cuerpo y haciendo felaciones a turistas gordos por veinte dólares.
Así que juntamos el dinero que teníamos y, un día después, ya íbamos en el tren cruzando los bosques de pinos de los Cárpatos, hacia las tierras bajas ucranianas.
Llegamos cansados y hambrientos, con fuerzas apenas suficientes para poner la tienda de campaña en un rincón más o menos tranquilo de la playa. Dejamos algunas cosas adentro y nos fuimos al pueblo a buscar qué comer. Era tal como Dasha lo había descrito: un lugar idílico y lleno de luz, como de libro de poemas antiguos.
Empezamos a beber vino dulce en una taberna pequeña, luego fuimos a la playa a mojarnos los pies en las olas y a mirar la puesta de sol y, ya que oscureció, llegamos a la discoteca más grande: Maracuyá. Había boletos para un día, para tres y para toda la semana. Dasha quiso que compráramos el último aunque en eso se nos fuera la mitad del dinero.
—Es más barato así —dijo—. Y además no pienso dejar de divertirme ni un día.
El lugar estaba decorado como si hubiera sido en el Caribe y no en el mar Negro: con hamacas, redes, cañones semienterrados en la arena y palmeras vivas que crecían bajo grandes domos de cristal.
Nos abrimos paso entre la gente, buscamos una mesa libre y echamos una mirada al menú: había una cantidad increíble de licores, cervezas y vinos de los lugares más exóticos.
—¿Qué es esto? —le pregunté a Dasha, casi gritando por lo fuerte que estaba la música. Al final de la lista había un signo de interrogación, con un precio; abajo de éste, dos signos de interrogación también con su respectivo precio; luego tres signos, luego cuatro, cinco...
—Son drogas —me respondió, también gritando casi—: un signo es mariguana, dos es hashish, tres es cocaína; los demás no sé. ¿Quieres algo?
—No —le dije: eso estaba carísimo—. ¿Y tú?
—Pídeme un Becherovka.
Me levanté a la barra por las copas. Aquel lugar era un zoológico: había gente rarísima de todas las edades, razas y nacionalidades: ancianos libidinosos, ninfetas, mujeres otoñales en busca de aventuras, jóvenes con el torso desnudo y cubierto de tatuajes, japoneses, escandinavos, árabes... en el trayecto de nuestra mesa a la barra alcancé a oír palabras sueltas en idiomas irreconocibles, y mi sentido del olfato se saturó con una mezcla de olores a piel sudada, agua de mar, perfumes caros, desodorantes corrientes... en la barra había fila; tuve que esperar hasta que el bartender atendió a una rubia como de uno noventa de estatura y luego a un gay de traje color de rosa que no sabía cómo pedir unas medias de seda.
Finalmente, logré salir de ahí y volver a mi mesa.
—Gracias, baby —me dijo Dasha bailoteando en su asiento al compás de la música.
Le dio un trago a su copa, le sonrió a un tipo que le estaba guiñando el ojo desde una mesa vecina y se levantó a bailar con él. A mí no me gusta esa clase de manifestaciones primitivas, así que teníamos un acuerdo: ella era libre para bailar con quien quisiera. Y “bailar” significaba cualquier cosa además de eso. No me molestaba. Al contrario: pobre Dasha, era justo que al menos de vez en cuando pudiera acostarse con quien le gustara. Y en realidad casi nunca usaba esa libertad.
No la usó con aquel tipo. Bailó un poco con él, luego cambió de pareja, después fue a sentarse un rato y a tomarse una copa conmigo, volvió a bailar, volvió a sentarse... Cerca del amanecer, ya un poco borracho, la dejé divirtiéndose y me fui caminar por la playa. Cada vez más lejana, la música de las distintas discotecas se mezclaba con el siseo de las olas que llegaban a reventar cerca de mis pies.
Nos fuimos a dormir a la tienda a las siete de la mañana. Despertamos poco después de las once y nos metimos un rato al mar. Dasha parecía feliz: sonreía y canturreaba y me preguntaba cada tanto si no era ése un lugar maravilloso, si no me había encantado, si no iba a recordar siempre esos días cuando ya no estuviéramos juntos.
Fuimos al pueblo a comer en el Mc Donald’s, que era lo más barato, y saliendo de ahí caminamos un poco por las calles, entramos a la iglesia ortodoxa, compramos a la salida un pequeño icono falso. Después volvimos a la tienda de campaña para dormir siquiera un par de horas antes de la nueva jornada de bebida y baile en Maracuyá.
Esa noche fue muy semejante a la anterior, con la diferencia de que llegó una banda de treinta o cuarenta jóvenes en motocicleta, vestidos todos de cuero, y se pusieron a hacer más ruido del que ya había. En la madrugada los vi en la playa haciendo acrobacias con sus motos; la luz de la luna se reflejaba lanzando destellos en las partes cromadas de esas máquinas enormes.
Leo apareció en la tercera noche. Dasha y yo estábamos sentados en la discoteca tomando Becherovka.
—¡Mira ése! —exclamó ella de pronto. Cerca de nuestra mesa bailaba solo un hombre de unos sesenta años, vestido de blanco, con gafas oscuras y sombrero panamá. Pero lo que lo hacía más raro era que bailaba sin soltar su portafolios; lo tenía abrazado en el pecho, como si temiera que alguien se lo robara.
—¿Tendrá ahí dinero? —le pregunté a Dasha.
—¿O drogas? —me contestó divertida.
Lo seguimos observando. No se cansaba de bailar ni de tener los brazos en esa posición tan incómoda, porque por poco que pesara el portafolios, cualquiera estaría cansado ya. Pero él, al contrario, parecía estar disfrutando enormemente; bailaba con torpeza y no le importaba eso; tampoco le importaba no tener pareja. Una sonrisa de satisfacción, de viejo que realiza un sueño largamente acariciado, iluminaba su cara.
—Qué maravilla de hombre —comentó Dasha. Se tomó de un trago lo que le quedaba en la copa y se levantó a bailar con él.
Después de unos minutos volvió a la mesa.
—O baila con los ojos cerrados o está ciego —me dijo, dándole un trago a mi copa—. No se ha dado cuenta de mí.
—¿Por qué no le hablas? —le sugerí.
Y efectivamente le habló, en cuanto vio que iba a la barra a beber algo. Lo abordó en inglés. El hombre le contestó amablemente y, por su acento, Dasha comprendió que era ruso. Entonces cambiaron a este idioma, que también era la lengua materna de ella, y así empezó todo: él se llamaba Leonid, dijo, y era de Novosibirsk. Dasha lo llevó a nuestra mesa y me lo presentó. Nos tomamos una copa los tres juntos, y luego ellos dos se levantaron a bailar. Todo esto sucedió sin que Leo soltara su portafolios.
En algún momento, el hombre desapareció. No se despidió de nosotros; simplemente ya no lo vimos. Dasha estaba desconcertada.
—¿Tú crees le parecí tonta y se aburrió? —ella tenía ese complejo, que le afloraba cada cierto tiempo.
—No. Yo creo que le gustaste.
—¿Por qué lo crees?
—¿No viste cómo te miraba? Hasta dejó de bailar con los ojos cerrados.
—¿Tú crees?
—Sí. ¿Por qué no tienes una aventura con él? Se ve una persona interesante. Te haría sentir bien.
Dasha se me quedó viendo.
—Pero ya se fue —dijo, y torció la boca con ese gesto de niña rebelde que tanto les gustaba en nuestra ciudad a algunos de los clientes del Peep Show.
—Volverá mañana.
Y en efecto, a la noche siguiente, Leo volvió a Maracuyá. Con su portafolios. Dasha evitó mirarlo. Su experiencia le decía que, si él se había marchado sin despedirse, él debía dar ahora el primer paso y disculparse. “Los hombres desprecian siempre lo barato”, me explicó. Esa noche iba especialmente seductora: con un vestidito negro sin mangas —el mejor que había empacado en su mochila— que contrastaba de manera armoniosa con su piel bronceada; una gargantilla también negra en su largo cuello y una cadena de oro en el tobillo izquierdo.
Demostrando lo acertado de su teoría, Leo fue a sentarse a nuestra mesa en cuanto nos vio, y se disculpó por haberse ido así.
—Es que el cambio de comida —nos explicó en inglés por cortesía hacia mí, sin soltar ni un momento su portafolios— me causó una revolución en el estómago. Apenas si alcancé a llegar al hotel.
Más relajado que en el encuentro anterior, nos invitó una copa y se puso a platicarnos de lo difícil que era preparar bien un platillo aparentemente fácil de su tierra: la shuba, ensalada de papas, zanahorias y chícharos con mayonesa, anchoas y betabel
—Por supuesto, no va todo revuelto —decía—. La ensalada va dentro, como un relleno. El betabel y las anchoas son para cubrirla. Por eso se llama shuba, que en ruso quiere decir “abrigo” —siguió hablando de eso y de una pasta con salsa de champiñones que no nos importaba mucho. Lo que queríamos era preguntarle sobre el portafolios, pero no hallábamos la oportunidad. Finalmente se levantó a bailar con Dasha.
Pronto se hizo obvio que quería seducirla. Y ella empezó a aplicar con él todas las tácticas aprendidas en su no muy larga vida. “A los viejitos les gusta que una los haga creer que es inocente”, rezaba su filosofía. “Sólo los jóvenes son capaces de valorar la experiencia”. Pero Leonid no tenía cara de tonto: no creería realmente que una señorita inexperta iba a estar vacacionando con su novio en una playa sin moral y tomando Becherovka en una discoteca donde se vendía de todo. De cualquier manera, parecía disfrutar la compañía de Dasha.
La noche transcurrió de acuerdo con el plan y los deseos de ella. A las tres de la mañana, cuando Leo parecía más animado que nunca, la joven inexperta se despidió. No estaba acostumbrada a desvelarse, dijo, y ya tenía mucho sueño.
El día siguiente nos lo pasamos descansando en la playa, paseando por el pueblo y haciendo conjeturas sobre el portafolios misterioso.
—Te digo que ha de ser dinero. Ha de ser todo lo de su jubilación o pensión o liquidación o lo que sea, y se lo vino a gastar aquí.
—¿Qué tal si es un terrorista? ¿De Chechenia? No lo parece pero podría ser. Podría traer ahí una bomba, una de esas que las hacen explotar con un teléfono celular.
Dasha estaba dispuesta a develar el misterio, y en la noche empleó con ese objetivo el resto de sus muchos encantos, al grado de que desapareció con Leo y no volví a verla hasta la mañana siguiente. Casi a las ocho se apareció en la tienda de campaña. Se metió sin decir nada y, también sin decir nada, comenzó a hacerme el amor. Era su costumbre cuando había tenido una aventura. De esa manera —decía— se limpiaba de la otra piel.
Despertamos poco después de las once de la mañana.
—Bueno —le dije—, ¿qué hay en el portafolios?
—Un libro —me contestó sin el menor asomo de desilusión.
—¿Un libro?
—Sí, un manuscrito. Él lo escribió. Se tardó veinte años en terminarlo.
—Pero, ¿por qué lo trae ahí?
—Porque vino a este pueblo a echarlo al mar —Dasha explicaba todo con una naturalidad sorprendente, como si se tratara de la cosa más normal del mundo—. Sólo que antes quiere divertirse. Es su doble despedida.
—¿Por qué doble?
—Leo se despide de su libro y de su carrera literaria.
—Pero, ¿por qué?
Dasha se encogió de hombros.
—Yo tampoco entendía sus razones al principio. Pero después que me contó toda la historia empecé a comprenderlo. Se pasó veinte años trabajando en ese montón de papeles. Y, ¿sabes para qué? Para nada. Lo ha llevado a más editoriales de las que puede recordar, y en todas lo han mandado al cuerno con su libro. Unos —los menos estúpidos— le dicen simplemente que no. Los otros le sugieren que cambie cosas, que corte esto o aquello. Pero Leo no quiere cambiar nada y yo lo entiendo. ¿Por qué va a permitir que un vendedor de libros le diga cómo debe escribir? Ya se cansó de eso. Si sus papeles son basura —me dijo—, pues irán a la basura.
No le pregunté más y no quise quedarme pensando en Leonid ni en su historia. Tenía hambre.
—Vamos a comprar algo de comer.
—Leo nos invita a almorzar en su hotel. Me preguntó si estarías de acuerdo y yo le dije que sí.
—Bueno —le dije—, pues vámonos. Supongo que no tenemos que cargar las mochilas, ¿verdad?
—No. Aquí se quedan. Sólo déjame sacar mi cartera y mi celular.
El almuerzo fue muy agradable. Cuando no hablaba de comida, el viejo ruso era un excelente conversador. Y todo el tiempo se comportó con Dasha de manera respetuosamente paternal, como si no hubiera habido nada entre ellos ni fuera a haberlo. Nos explicó que al día siguiente regresaba a su tierra.
—¿Me leerías algo de tu libro antes de echarlo al mar? —le preguntó Dasha.
—¿De verdad te interesa? —Leo parecía incrédulo.
—Claro que sí. Y me encantaría oírlo de tu voz. Así lo recordaría siempre.
—Pues si tú quieres... —le respondió él con el tono de un abuelo que se resigna a hacerse cómplice en el capricho de una nieta consentida— Podemos leer algo en la tarde.
Después de unos instantes aclaró mirándome.
—El libro está en ruso.
—No hay problema —le dije—. Yo de todas maneras no puedo estar con ustedes. Cité a una amiga en Maracuyá.
No era verdad, pero quería dejarlos solos. El papel de cornudo de por sí no es cómodo. Pero un cornudo que se sabe cornudo, lo acepta y todavía estorba es lo más patético del mundo.
Me pasé el resto del día echado en la playa y, cuando me aburrí, me fui a jugar futbol con los motociclistas que habían llegado hacía dos días. Me hice amigo de una de las muchachas —una rubia plateada, flaca como un palillo— y en la noche estuve con ella en Maracuyá. En algún momento salimos a caminar por la playa. Llegamos hasta el final de la escollera, hasta donde ya sólo de lejos se oía la música de las discotecas, y ahí nos sentamos a mirar la luna. Aunque ya no era llena, aún se veía enorme y anaranjada, colgando quieta sobre el mar.
En la mañana, Dasha llegó a despertarnos a la tienda de campaña. Ni siquiera se esperó a que yo le presentara a mi amiga.
—Ven —me dijo—. Quiero enseñarte una cosa —parecía muy contenta.
—¿Qué? —le contesté abriendo sólo un ojo, muerto de sueño.
—Yo ya me voy —dijo la rubia, que tal vez no quería ser inoportuna. Y efectivamente, se vistió rápido, me dio un beso y se marchó.
Era muy temprano y hacía algo de frío.
Viendo que el terreno había quedado libre, Dasha se metió a la tienda.
—Mira —llevaba el portafolios de Leonid—. Me lo dio. ¡Me dio su libro!
Nunca la había visto tan contenta, tan satisfecha. Seguramente —pensé— sentía que ése había sido el mejor negocio de su vida profesional. Y sentí por ella una mezcla de alegría y lástima.
—¿Ya lo leíste? ¿Será una buena obra? —le pregunté.
—Qué importa eso. Le costó veinte años escribirla, ¿te das cuenta? Lo que yo llevo de vida se pasó trabajando en ella. Algo así es un tesoro independientemente de lo que pudiera decir cualquier crítico o editor.
Sacó el manuscrito, engargolado y con pastas de cartulina azul, y lo puso en mis manos con enorme respeto.
—Se ha ido —suspiró—. Tomó el tren a las seis de la mañana.
Dasha nunca había sido sentimental, pero esa vez parecía a punto de soltarse a llorar. Volvió a guardar el libro en el portafolios, se quitó la ropa y se metió conmigo en el sleeping bag.
—Qué feo perfume dejó aquí esa mujer —fue todo lo que comentó antes de abrazarme y quedarse dormida.
A mediodía fuimos a comer al pueblo. Nos contamos todo lo que habíamos hecho. Nos abrazamos. Nos prometimos que, pasara lo que pasara, siempre estaríamos juntos.
Volvimos caminando por la playa tomados de la mano, platicando otra vez de Leo. Éramos felices; más aún: éramos locamente felices. Estúpidamente felices.
Cuando llegamos a la tienda de campaña se acabó la alegría: alguien había entrado a robar. Las mochilas se hallaban ahí, pero el portafolios había desaparecido. “Dinero o drogas”, debió de pensar el ladrón, que seguramente lo había visto cuando todavía estaba en las manos de Leo.
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